El Papa
Eduardo Haro Tecglen

No, yo no me río. Hay gente que ríe
cuando ve al Papa mascullando palabras incomprensibles y
haciendo gestos extraños, pendiente la cabeza como de un hilo; y
cuando oyen luego a los que le traducen -y se lo han escrito
antes- que lo que hace es condenar la homosexualidad, el
matrimonio civil, la investigación con células madre. No me río,
porque la ancianidad caquéctica siempre me ha producido respeto.
Hasta la mía: mañana o pasado. No me río, tampoco, porque todo
el Vaticano es ahora así: fantasmas de antes de morir, paseando
entre los restos humanos de las reliquias y el tesoro fabuloso
acumulado de cuando tenían poder. Vacilo en el cálculo de si es
España la que lo ha invadido ideológicamente, desde san
Josemaría, o al revés. Cuando le oí hablar del problema de las
aguas del Ebro me di cuenta de que le habían colocado delante un
escrito de autor español. Oigo a los del partido único de la
oposición: es el Vaticano el que los creó a su semejanza.
En todo caso, da igual: no estamos
precisamente ante la paradoja del huevo o la gallina. No me da
risa. No por este viejecito, ni por el grupo de poder que le
representa aquí, que tienen articulaciones de voz unánimes que a
veces son ridículas, sino por la pobre cohorte de creyentes que
se resignan bajo el tipo de consignas que se pasean de Roma a
Washington, de Washington a Bruselas, de Bruselas a Madrid, y
viven bajo la presión doble del capitalismo monopolista armado,
tan fuerte, tan incesante, y al mismo tiempo en el infierno, en
que la casa de Loreto, donde nació María en Nazaret, fue
transportada por los aires a la costa italiana; los que están
seguros de que la Virgen de Lourdes empujó un poco la pistola
del búlgaro para que no matara al Papa, pero dejó que entrase en
sus carnes para darle esta agonía tan dura y tan poco lustrosa.
Siempre me ha parecido que los milagros son mezquinos. No hacen
brotar claramente una pierna seccionada, o resucitar a un
electrocutado, o dar la vista a un ciego: les arreglan un pelín,
que vean como con niebla o anden a trompicones.
Nunca curan al Papa, ni tampoco se lo
llevan consigo. Le dejan revestido de brocados, sedas, oros y
tules, ponen un motorcito a la silla gestatoria, le meten entre
cristales blindados, le hacen micrófonos sensibles. Pero no le
dejan salir de este terreno vago, de este equilibrio inestable y
de esos viejos tópicos del tiempo antiguo.