El quince de Diciembre de 2004 leí
una ponencia sobre este tema en el seminario Economía y Cultura del
proyecto UNIA, Arte y Pensamiento. Las aportaciones que tuvieron lugar
a continuación de la lectura, junto a la posterior discusión de la
ponencia con miembros de tres colectivos diferentes, me han llevado a
introducir sucesivas modificaciones. La primera de ellas es aclarar
que si mi nombre figura en el encabezamiento lo hace sólo de forma
instrumental, equivale mi nombre por así decirlo a un apartado de
correos donde se van depositando cartas. Bien, tal vez no sea la
imagen adecuada porque este apartado de correos es al cabo quien
después transcribe, introduce, en ocasiones desecha las cartas que le
llegan. Pero aún así, se trata de una autoría instrumental que busca
que este texto pueda seguir existiendo y tarde o temprano concretarse
en cinco, dos, acaso una sola acción encaminada a transformar el
actual modo de producción de las ficciones.
En 1934 Bertolt Brecht
escribió Sobre los horacios y los curiacios, una pieza
didáctica que, entre otras cosas, era casi un manual de estrategia
acerca de cómo un ejército más débil puede vencer a otro más fuerte.
Voy a contar primero la historia de esa batalla para a continuación
plantear la posibilidad de que haya llegado el momento de combatir
también desde el lugar en donde se producen las ficciones.
Los curiacios deciden atacar a los horacios:
“Hemos resuelto tomar las armas y en tres cuerpos de ejército invadir
el país de los horacios para someterlos por completo y apropiarnos de
todo lo que tienen sobre el cielo y bajo el suelo”. Los horacios
responden: “¡Llegan los bandidos! Con un poder militar monstruoso
invaden nuestra tierra. Pretenden que nos dejarán con vida si les
damos lo que nosotros necesitamos para vivir. ¿Por qué temer la muerte
y no el hambre? ¡No nos rendiremos!”. Ambos bandos hacen recuento de
sus hombres y de sus armas. Los horacios tienen menos hombres y sus
armas son peores. “Este arco”, dirá el arquero , “no es de mucho
alcance”. Y el coro de horacios, que sabe que no hay otro, le
responde: “Acércate al enemigo”. Así también el lancero debe aceptar
una lanza más corta que la del enemigo. En cuanto al espadero, ante un
escudo débil, dirá: “He comprendido, como no aguanta un golpe directo
tendré que procurar que los golpes resbalen”.
La primera batalla es la del arquero. Al
principio lucha bien porque logra elegirle él la posición al enemigo.
Puesto que no dispone de un buen arco, el arquero necesita una
distancia pequeña. La necesidad es, por tanto, lo que le hace
planificar una estrategia adecuada. El arquero logra herir levemente
al enemigo. Sin embargo, después comete tres errores y ambos son fruto
de una misma actitud: “Se aferraba a un lugar, se aferraba a un arma y
se aferraba a un consejo”. En efecto, el arquero no quiere abandonar
su posición, sin darse cuenta de que la mañana, que pudo con la luz
del sol cegar al enemigo, avanza inexorablemente y acabará
perjudicándole a él. Sin advertir que el consejo que el coro le dio a
mediodía no es igual de útil por la tarde. Sin comprender que aunque
sea un arquero acaso deba renunciar a su arco y utilizar los puños.
Así el arquero cae.
El lancero también empieza su batalla con
buen pie. Sobre todo porque cuando persigue al enemigo sabe entender
los siete usos de la lanza, como punto de apoyo, como rama, como
sonda, como pértiga, como balancín, como puntal, como lanza. Sabe
entender que “hay muchas cosas en una cosa”. No obstante, el cansancio
tras la marcha hace que el lancero se duerma y el enemigo escapa. El
lancero debe entonces desandar el camino andado. “No puedo más”, dice.
“He hecho lo que debía”, y el coro le responde: “Entonces aprende que
eso no basta (...) Has hecho mucho, pero no has detenido al enemigo”.
El lancero horacio concibe un plan. Acorta su lanza, partiéndola, y
baja por el río en una balsa con esa lanza corta que el lancero
curiacio no puede ver. Escuchamos ahora las palabras del curiacio, del
enemigo: “Y, con toda la fuerza del río, sobre el que cabalga como un
caballo brioso, me clava al pasar el trozo de lanza en el cuerpo.
Caigo al suelo. Mi adversario está perdido. La cascada se lo tragará.
Yo estoy gravemente herido y permanezco inmóvil en el desfiladero. Me
había olvidado de que el río no es imposible de navegar, sino
navegable arriesgando la vida, es decir, que mi posición no era
inatacable sino atacable sólo arriesgando la vida”. Así el lancero
pierde la vida pero logra herir gravemente al enemigo.
La última batalla es la de los espaderos. El
espadero horacio está solo, el lancero y el arquero han sido
aniquilados. El lancero y el arquero curiacios están heridos, y el
espadero lleva un escudo pesado como su espada, pero ellos son más,
sin duda. Entonces el horacio huye y mientras huye logra dividirles,
pues no todos pueden correr igual. A continuación el horacio da la
vuelta y ataca primero al espadero, extenuado por correr y cargar con
sus pesadas armas. Le vence. Ataca luego al arquero también cansado, y
herido. Le vence. Ataca por fin al lancero herido y le derriba sin
esfuerzo. “Lo que ahora se acercaba como un ejército había sido antes
tres y por lo tanto podía volver a ser tres”, dice el espadero horacio.
Así el espadero consuma la victoria.
Mi planteamiento es que el
arte que se hace en el capitalismo es un arte invadido, un arte que
está siendo diariamente invadido. Debo hacer en primer lugar la
salvedad de que tengo una visión amplia acerca de qué sea el arte, y
dentro de ella estaría la producción de ficciones. A esa parte del
arte es a la que voy a referirme. De lo que se trata ahora es de
plantear la posibilidad de ofrecer una resistencia coordinada a la
invasión. Durante mucho tiempo creímos, yo al menos lo creí, que el
rigor y el talento podían hacer que una obra de arte fuera
revolucionaria incluso a pesar de las intenciones de su autor. Es el
clásico ejemplo de Marx citando a Balzac. Voy a permitirme poner en
duda esta afirmación y no por su verdad o falsedad intrínsecas sino
por las condiciones económicas en que hoy se produce el imaginario
colectivo. Es tarde ya, me parece, para pensar que siendo la industria
del ocio una de las más poderosas y uno de los pilares de la sociedad
capitalista, apenas confiando en la buena voluntad de los talentos
individuales vamos a lograr sobreponernos a las visiones del mundo que
esa industria ha creado. Sin embargo, subsiste aún esa visión, como
si el artista, por el mero hecho de existir, por el mero hecho de
llevar a cabo un trabajo destinado a indagar de un modo radical en la
vida real y en la vida posible de hombres y mujeres, fuera ya un
combatiente. Como si bastara con decir que todo ese otro arte que
consiente en la invasión y la aplaude y le da alas no es arte
verdadero. Pero lo es, es cuando menos ficción verdadera que
contribuye a que la invasión se perpetúe. Por eso es preciso
reaccionar, plantar cara, iniciar una cierta coordinación.
Hoy por hoy, cuando se piensa en proyectos
revolucionarios surgen análisis interesantes sobre la organización
popular, sobre la burocracia, sobre la cultura política, sobre los
sistemas productivos, pero en el campo de la construcción de una nueva
ficción estos análisis apenas existen. Y sin embargo, es preciso
lograr cuanto antes una cierta reconfiguración de la ficción dentro,
en contra o a pesar del mercado. Lo es desde el punto de vista del
trabajo político. Lo es porque cada vez que los proyectos
revolucionarios reivindican la cooperación, la solidaridad, la
relación armónica con la naturaleza, el valor de lo común, la
moderación, etcétera, acaban asumiendo que esas opciones parezcan un
modo de resignarse. Como si el sueño de éxito -eso sí, a costa de
otros- propuesto por el capitalismo en cada una de sus ficciones fuera
el único sueño deseable.
Tal vez hemos caído en una trampa. Tal vez
tantas apelaciones a la importancia del talento individual se hayan
convertido en un modo de desactivar el talento colectivo, común,
coordinado.
Quienes no poseemos y además rechazamos el
discurso hegemónico estamos condenados a tropezar con las palabras
porque sus dueños son los dueños del discurso, aquellos que ejercen la
dominación. Hablo de talento colectivo y debo a continuación señalar
que lo colectivo no es una reunión de cinco directores de marketing
diseñando el final de una película. Ni son tres novelistas escribiendo
una novela a tres manos. Por talento colectivo entiendo el que trabaja
para allanar el camino hacia una sociedad socialista, o comunista, y
no el que trabaja en aras del beneficio capitalista. No es
necesariamente en la ejecución material de la obra o el proyecto donde
tiene que darse la cooperación, sino en el acto fundamental de
desbrozar los fines dados, los fines que no vemos y al servicio de los
cuales trabajan la mayoría de los productos culturales en el
capitalismo, para alcanzar unos fines distintos, digámoslo ya,
revolucionarios.
Hasta el día de hoy los artistas que, dentro
del capitalismo, se oponen, nos oponemos, a él, nos hemos acostumbrado
a la doble vida o a la doble escritura: no escribimos ni filmamos ni
imaginamos del todo aquello que querríamos sino sólo aquello que
siendo posible, viable, publicable, rentable, no traiciona demasiado
nuestro proyecto. Es lo que hay, nos dicen, es lo que hay, nos
decimos. Y en todo caso si se oyen voces de resistencia proceden de
quienes ni siquiera pueden acceder a esa doble vida, de quienes aún no
han entrado en los circuitos y desean entrar. Es en cierto modo
legítimo que deseen entrar: lo necesitan para vivir y para que su
trabajo pueda ser conocido. Y es en cierto modo legítimo que los que
hemos entrado trabajemos ahí, con las limitaciones que nos imponen,
también lo necesitamos para vivir y para que nuestro trabajo pueda ser
conocido.
Pues bien, lo que vengo a proponer es que
intentásemos rechazar ese “en cierto modo”, que cuestionásemos la
legitimidad de nuestro comportamiento. Podríamos decir en cambio que
es comprensible, pero no legítimo. Porque semejante actitud no es, al
cabo, fruto de ninguna justicia sino de la imposición.
Sólo si admitimos que trabajar siempre
haciendo concesiones a lo que funciona, a lo publicable, a lo que
engancha, a lo rentable, es trabajar sometidos, podremos presentar
batalla. Los pocos apuntes de algo distinto que logramos introducir no
se nos aparecerán como victorias sino como señales de nuestra “mala
vida”. Y a partir de este reconocimiento tendrá sentido pensar en la
necesidad de un arte coordinado, coordinado para, cuando menos,
dificultar la condiciones en que actúa el enemigo.
¿Es esto posible? ¿Puede ser la conciencia un
mero acto de voluntad? ¿Pueden, podemos, en verdad los intelectuales y
artistas reconocer nuestra condición de sometidos ? El voluntarismo,
lo sabemos, no es una solución. El actual modo de vida, que es también
el actual modo de producción, lleva consigo la obligación cotidiana de
enterrar nuestra “mala vida”, la obligación de no dejar nunca al
descubierto que lo que hacemos no es decisión nuestra, ni es justo. En
efecto, cualquier intento de producción de un nuevo relato sobre
nuestra vida explotada y dominada –también la vida explotada y
dominada de los artistas- tiene que alterar todas y cada una de las
mediaciones pues, por ejemplo, de nada sirve llamar la atención sobre
la precariedad laboral como forma de concentración de una "reserva
industrial de parados" que mantiene el "mercado laboral" útil y
beneficioso para los empresarios si no podemos desactivar al mismo
tiempo la impresión de que la vida cuesta mucho cambiarla, de que la
sociedad siempre ha sido así o de que el trabajo asalariado es lo
único que te permite vivir adecuadamente.
Esto es cierto, el voluntarismo, el esfuerzo,
por así decir, de la conciencia, no es una solución. Sin embargo,
tampoco lo han sido la resignación o el autoengaño. Apelar a las
condiciones subjetivas tal vez despierte sospechas de insuficiencia,
incluso de idealismo. Pero las condiciones subjetivas forman parte de
la historia. Y más aún debieran formar parte en este caso en el que no
hablamos de hazañas individuales, sino de la responsabilidad de un
cuerpo social que a su vez es el encargado de construir una de las
mediaciones a través de las cuales se articula la sumisión, la
mediación de la cultura.
Bastaría para empezar con sentarnos en torno
a una mesa y admitir que cuando empezamos a pensar en una historia no
somos libres, no estamos del todo preguntándonos sobre qué nos
interesaría escribir o pensar sino que esa pregunta nace ya sometida
por la presencia de los grupos económicos que van a legitimar,
producir y distribuir nuestra historia.
A continuación, si queremos combatir,
necesitaremos saber con qué armas contamos y cómo funcionan tanto como
con qué armas cuenta el enemigo. Deseo llamar la atención sobre el
hecho de que ahora está ocurriendo precisamente lo contrario: los
referentes literarios y cinematográficos de los militantes de
distintos movimientos populares, de distintos colectivos de trabajo
político, no en mucho difieren de los referentes del resto de la
población. Resulta llamativo que en el ensayo y en las propuestas
políticas y en la orientación de la realidad que busca el periodismo
exista una clara diferenciación entre publicaciones, textos, medios
que están al servicio del orden establecido y publicaciones, textos,
medios que lo combaten, y que, y sin embargo, esa diferencia se diluya
hasta casi desaparecer cuando se trata de hablar de ficción.
Ha habido momentos en la historia en los que
el socialismo ha ganado algunas batallas. Ocurrió en los primeros años
de la revolución rusa, y ocurrió y sigue ocurriendo con la revolución
cubana. Se ganan batallas, no se gana la guerra todavía. El enemigo
está dentro o está fuera y muy cerca y por eso sigue siendo preciso
combatir. Y bien, en cada uno de esos casos algo aprendimos. Se
aprendió en la Unión Soviética que era posible y necesario pensar en
un arte diferente. Se aprendió en Cuba con las palabras de Ernesto Che
Guevara que no había que “ buscar en las formas congeladas del
realismo socialista la única receta válida”. Pero en todo caso
sabemos, también en palabras del Che, que en el capitalismo “la
superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar a los
artistas”. Hay un tipo de arte que es idéntico en la mayoría de las
pantallas, en la mayoría de los anuncios, en la mayoría de las
narraciones. Un arte único que no rechazamos como sí parecemos en
cambio dispuestos a rechazar el pensamiento único.
Todo arte es político, es la última consigna
que nos atrevemos a pronunciar. Tan política es una película sobre el
paro como una película sobre un tiburón. Y de este modo creemos que ya
hemos saltado la barrera invisible. Sin embargo, seguimos en la
trampa. Aceptamos que la película sobre el desempleo es política de la
nuestra, y que la película sobre el tiburón, política de la suya. Así,
nos resignamos a que el arte comprometido y aún revolucionario sea el
de ciertas materias, cargando tantas veces el repertorio de un
hipotético arte nuestro con películas sobre los pobres o poemas sobre
el paro que son reaccionarios o cursis o ambas cosas. Al mismo tiempo,
renunciamos, permitimos que nos hagan renunciar a un arte, a una
ficción de clara intención revolucionaria que traten de abordar,
refutar, construir a su modo los paradigmas propios del arte
convencional, ya sean la adolescencia, la insatisfacción o el ansia de
aventura.
Lo que propongo entonces es que no le
tengamos miedo a la discusión ni a fijar sus términos. Los términos, a
mi juicio, podrían ser no arte o imaginación colectiva políticas, sino
arte o imaginación colectiva para qué política. Y ahí caben cientos de
proyectos y temas diferentes, que ahora nos están siendo robados. Arte
para qué política aquí y ahora. Porque existió El acorazado
Potemkin, existieron Brecht y Piscator, existieron Una tragedia
americana y La consagración de la primavera, y el cine de
Gleyzer y la canción política y el análisis marxista de las obras
pasadas, pero se trata del presente. Y bien, hay, en la actualidad,
por ejemplo, películas de denuncia interesantes, no todas, desde
luego. Sin embargo, ni siquiera creo que la denuncia, tal como ahora
se concibe, tuviera que ser un elemento fundamental en esa ficción
coordinada posible. Conocemos la omnipresencia y también el soborno
del poder capitalista en nuestros días. Esta situación de ahora es
distinta de la situación que Piscator enfrentaba en su teatro
político. Y esta situación de ahora es la que no hemos analizado.
¿Tiene sentido mostrar con la ficción una opresión que de sobra
conocemos y en la que a veces participamos? Tal vez tenga sentido. Lo
que parece claro es que esa crítica tal como se hace la mayoría de las
veces desde el interior del capitalismo no moviliza ningún resorte en
la imaginación de quien la recibe. Lo que parece claro es que
desconocemos cuáles son los resortes que necesitamos movilizar.
¿Seríamos capaces de dejar atrás, mediante ficciones no
melodramáticas, pero tampoco ambiguas, los valores individualistas,
consumistas, irresponsables del mundo de hoy? Apenas lo hemos
intentado.
¿Por qué no existen grupos de investigación
centrados en el papel de la ficción a la hora construir una
subjetividad revolucionaria?¿Por qué en las escuelas de cine, en las
facultades de filología, en los talleres narrativos, en las escuelas
de comunicación audiovisual, en los congresos y seminarios y
encuentros sobre literatura, es éste un tema absolutamente ausente,
tal se diría, prohibido?
La democracia, aunque sea formal, está
obligada en teoría a admitir todas o casi todas las discusiones y
tendría, también al menos en teoría, que admitir aquellos cursos de
doctorado o aquellas publicaciones, etcétera, que quisieran trabajar
en esta materia. No será fácil, habrá que hacerlo en contra de
numerosas voluntades, pero ya hemos aprendido que el capitalismo no
puede controlarlo todo y que a veces un arco menos bueno o un escudo
ligero generan su propia estrategia de victoria.
Por otro lado no debemos olvidar que existen
sociedades socialistas o en transición hacia el socialismo. En esas
sociedades lo público sí coincide con lo común o al menos su objetivo
es coincidir. Y tampoco en esas sociedades, pienso en la sociedad
cubana, por lo que sabemos, se está llevando a cabo una investigación
en este sentido y también allí, con las dificultades que comporte el
acoso constante del capitalismo, pero con la necesidad que ese acoso
constante provoca, podría llevarse a cabo esta investigación.
De regreso a nuestra sociedad, más allá de lo
público queda el espacio de los movimientos políticos y sociales.
Grupos que sí podrían contribuir a sacar a la luz los valores, las
imágenes, los sueños contra los que rebotan y a veces chocan sus
propios proyectos. Grupos en donde la reflexión sobre la ficción, hoy
por hoy, apenas existe o bien está casi diría dramáticamente influida
por los criterios de la cultura dominante.
Sabemos que la dificultad no está sólo en los
intelectuales y artistas que no se quieren poner a escribir contra el
capital en colaboración con los colectivos sociales, sino en que pocos
ponemos nuestro trabajo y esfuerzo participando en los mismos
movimientos. La clase media encuentra una enorme diferencia entre
organizar un movimiento y escribir sobre la organización de un
movimiento. “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los
olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros
escritores interesa la justicia social” , escribía en 1927 el poeta y
revolucionario cubano Rubén Martínez Villena. Tal vez sólo quepa decir
que hoy son los versos, las ficciones, la cultura, uno de los
principales instrumentos de opresión con que cuenta la sociedad
capitalista, y que por eso mismo tanto como debiéramos participar en
la lucha contra la injusticia, tanto debiéramos incluir en esa lucha
la necesidad de arrebatarle a la sociedad capitalista esos y otros
instrumentos de opresión.
De la experiencia y los errores del arquero
horacio me interesa especialmente aquel que procede de su deseo de
aferrarse a un consejo. ¿A qué nos aferramos hoy los artistas que
podríamos estar coordinados pero que no lo estamos? Desde mi punto de
vista aquello a lo que con perseverancia indebida, como el arquero,
nos aferramos es a nuestra independencia. Durante demasiados años se
ha cultivado el mito del artista como individuo excepcional. Ahí, en
lo excepcional, en el apartarse de la regla aplicable a los de su
especie, se gestó su petición de soledad, de independencia, de
apartamiento. Sin embargo, si en algo tuviera que radicar, cosa de la
que no estoy segura, la excepción del artista, sería precisamente en
su capacidad para ser todos, para asemejarse a todos.
Por otra parte, es curioso que aquel
prestigio elitista de que gozó el artista y que provocaba el que nadie
pudiera entrometerse en su acto privado de creación, conviva hoy con
la absoluta dependencia profesional de quienes trabajan para estudios
y editoriales creando ficciones. Esos asalariados ya no son llamados
artistas, pero tienen un peso mayor en la construcción del imaginario
que los escasos artistas teóricamente independientes y que producen
alguna novela metaliteraria o alguna película lenta. Mi propuesta es
que unos y otros debieran ser cuestionados, analizados, interpelados
por los colectivos que se quieren revolucionarios.
No vivimos en España ni en Europa en un
momento en que los artistas deban temer la injerencia de un partido
fuerte. Los cientos de colectivos que trabajan con criterios de
izquierda y acaso revolucionarios, incluidos, con buena voluntad, el
Partido Comunista e Izquierda Unida, lo hacen desde posiciones
diferentes, a menudo contradictorias, con pocos medios y poco apoyo.
En estas circunstancias, no es del partido de quien podemos temer que
merme nuestra libertad. No existe pues el temor a la injerencia. Sí
conocemos, en cambio, la capacidad de expansión de las telarañas del
poder mediático. Si ante esas telarañas permanecemos aislados,
protegiéndonos solos, aferrados al consejo de independencia que una
vez, hace mucho tiempo, se nos dio, tal vez caigamos como el arquero
de Brecht.
Y al cabo debemos recordar que ese consejo de
independencia lo ha hecho suyo y complace antes que nadie al
capitalista. Son artistas independientes, “libres”, lo que el
capitalista sobre todo desea. A los otros, a los que dependen de los
estudios o de las productoras de televisión, como decía, ni siquiera
les llama artistas. La independencia es así el valor de cambio con que
el artista se vende en el mercado, la independencia es lo que
garantiza que precisamente aquello que vende -conformidad, refugio,
legitimidad de este presente y por tanto legitimidad de la dominación,
cierta ideología y no otra, etcétera- es fiable y debe ser comprado.
En efecto, el mercado rechazaría sin duda al
artista dependiente de un partido, de un colectivo, de un proyecto
revolucionario. El mercado le privaría de su condición de “artista”.
¿Cómo sobrevivir entonces? No lo sabemos. Tal vez debiéramos recurrir,
como tanto lo ha hecho y sigue haciendo el enemigo en su propia guerra
fría cultural, a dependencias clandestinas. Y tal vez debiéramos
también concentrar una parte de la energía que dedicamos a la
construcción de ficciones a desvelar, a hacer patente, la dependencia
real de los otros artistas, sus vínculos con los grupos a los que
defienden y de qué modo no sólo sus ingresos sino también los
argumentos de sus ficciones resultan condicionados por esos grupos
mediáticos, por esas fundaciones, por esas instituciones de las que
dependen más allá de la productora o la editorial concreta para la que
trabajan.
En cuanto a la posibilidad real de
sobrevivir en el mercado como artista dependiente de otra cosa que no
sea el capitalismo, la posibilidad de hacerlo de un modo abierto, sin
duda esta posibilidad estará ligada a la fuerza que tenga esa otra
cosa, ese otro proyecto político socialista o comunista o
revolucionario. Pues a nadie se le oculta que esta hipótesis para un
arte coordinado no quiere ni tiene la menor voluntad de circular en un
campo aislado y corporativista compuesto sólo por productores de
ficciones, sino que se dirige, a su modesto modo, a ese proyecto
político posible.
En cuanto a los siete usos de la lanza que es
capaz de encontrar el arquero horacio, quizá debamos pensar en los
siete usos posibles de lo que hoy se entiende por “talento
individual”.
Romper el legado que nos ha encerrado dentro
del mito del "talento individual" empezaría por saber quién o qué
nombra nuestras individualidades para llamarnos novelistas,
dramaturgos, etc. De algún modo, quien ahora les habla tanto como
muchos de aquellos a quienes se dirige hemos sido construidos como
sujetos “artísticos” por el mercado, por la institución académica y
por la producción de obras que no contribuyen a la destrucción de este
sistema.
Y bien, esto es así, y tal vez de nuevo sólo
quepa decir que al menos no lo sea con nuestro consentimiento, el de
los así llamados artistas, y el de los proyectos políticos que
renuncian a interferir en el camino de los artistas como no renuncia
en cambio el proyecto del capital.
Si aceptamos que los artistas, junto al
reconocimiento de los circuitos establecidos o tal vez contra ese
reconocimiento, necesitamos escalar una montaña, cruzar un ventisquero
para detener al enemigo, entonces habremos creado un espacio para la
puesta en cuestión de lo existente. Y es posible que en algunos casos
sobrevuele el miedo a un momento que quiso acabar con Joyce, con
Proust, con Kafka por tratarse de arte decadente burgués. No acabemos
con ellos, pero tampoco renunciemos a la libertad, porque también ahí
está la libertad, de criticarles. A tal efecto parece necesario salir
del limbo ya sentimental, ya formalista , ya de culto a lo espontáneo
por el que transita la lectura del arte hoy.
En torno al campo semántico de lo espontáneo
se agrupan adjetivos de carácter positivo, abierto, libre, natural,
sincero o expresivo. Por el contrario, lo no espontáneo es, se dice,
cerebral, contenido, forzado, artificioso, cauto, todos ellos
adjetivos de carácter negativo. Al margen de que convenga cuestionar
esta visión hegemónica de la realidad que viene a colocar la reflexión
fuera del campo de las cosas deseables, sucede que cuando se trata del
arte el malentendido se multiplica.
En primer lugar, se da por sentado que el
arte, en este caso la ficción, es algo bueno en sí mismo, y en segundo
lugar se conviene en que por tanto será algo espontáneo, libre,
abierto. No hay tal espontaneidad en la mayoría de los productos,
películas, best-seller, series que alcanzan mayor difusión. Y cuando
la hay, ésta pasa simplemente por no cuestionar el sistema de
legitimidades en que se desenvuelve.
Hasta tanto no seamos capaces de desentrañar
los usos de cada ficción concreta, lo que cada ficción concreta está
proponiendo, más allá de las afinidades sentimentales e irreflexivas
que nos despierte, difícilmente podremos empezar a imaginar esos otros
usos de la ficción que necesitamos.
Nuestra ignorancia es tal que aun si hubiera,
y a mi juicio los hay, artistas dispuestos a arriesgar su vida
económica, pues ésa es la vida del capitalismo, por detener al
enemigo, no sabrían cómo hacerlo. No sabemos en este momento cómo
sería el guión de una película subversiva, como sería una telenovela
de izquierdas o siquiera si algo así podría existir.
El enemigo nos compra, nos sugiere los temas,
nos encarga las obras, nos divide, y nosotros, siguiendo la táctica
del espadero horacio, ¿cómo podríamos dividirle a él? La analogía con
Brecht es sencilla de ver aunque difícil de poner en práctica:
obligándole a perseguirnos. No es sencillo, no somos suficientes y
carecemos de medios, relevancia, etcétera, como para crearle esa
obligación. Pero quizá valga la pena intentarlo. Quizá valga más la
pena intentarlo que seguir tratando de lograr su aprobación.
Entretanto, tal vez sea suficiente fijar un
rumbo y no correr, al menos, en la misma dirección que corre el
enemigo y a su lado. Esto, cuando de arte se trata significa, desde mi
punto de vista, reconocer que no nos interesan los misterios de la
condición humana en la misma medida y de la misma forma en que le
interesan a los artistas capitalistas. Parece tan sencillo decirlo y
sin embargo hay tan pocos espacios en donde pueda ser dicho.
Hasta el momento siempre habíamos afirmado
que nos interesaba deslegitimar, desacreditar, aquellas visiones de la
condición humana que convierten las situaciones concretas de
explotación en situaciones naturales y ahistóricas. Que nos
interesaba, añadíamos, legitimar los criterios, los actos, los
sentimientos que harían posible, vuelvo a Brecht “sacudir la propia
esclavitud sacudiendo totalmente la esclavitud de todos”. Y bien,
sobre estas cuestiones ha intentado trabajar un cierto arte de un
cierto signo político que sigue siendo necesario. Pero también nos
interesa, digo ahora y quisiera haber construido con estas líneas un
espacio para poder decirlo, imaginar la vida que querríamos, porque no
deja de ser significativo que en este momento en que la
contrainformación empieza a ser un objetivo posible, carezcamos casi
diré por completo de una contraficción donde reconocernos, de un
espacio imaginario donde poder probar hasta qué punto, en palabras de
Carlos Piera, “el único porvenir digno de ser soñado es el que no
tiene que ver con los sueños” o, siquiera, con esos sueños que, como
en el poema Brecht, para ganarnos el pan tantas veces hemos ido a
ofrecer al mercado donde se compran mentiras.