Juan
José Millás
Esos ojos que parecen indagar si hay vida más allá de la
muralla cardenalicia pertenecen a un anciano que se hace
llamar Juan Pablo II y que está convencido de ser el
representante de Dios en la Tierra.

No es el único, pero es uno de los más influyentes. Por su
palacio pasan reyes, príncipes, jefes de Estado, primeros
ministros, banqueros, cantantes, empresarios..., y todos le
llevan la corriente, como si se tratara de una pretensión
absolutamente normal. Lo curioso es que en 25 años de
pontificado no ha recibido a un solo mendigo. Claro, que los
mendigos tampoco le piden audiencia, cosa rara si pensamos
que era la clase social favorita de Cristo. Es todo muy
extraño, como que Dios no pueda soportar que la gente se
divorcie, que los científicos experimenten con células
madre, que los jóvenes usen condón, que los homosexuales y
lesbianas tengan los mismos derechos civiles que el resto de
las personas, o que los cónyuges hagan el amor con
concupiscencia. Cuando un político visita oficialmente Cuba,
los periódicos dedican sus primeras páginas y sus
editoriales a fustigarlo, pues Castro representa uno de los
rostros más crueles y pintorescos de las dictaduras
contemporáneas. Pero cuando ese mismo político visita al
Papa, que dirige una institución misógina, machista,
homófoba y reaccionaria, nadie dice nada, todavía no hemos
logrado comprender por qué. Este mismo año, sin ir más
lejos, el príncipe Felipe y la princesa Letizia,
representantes de un Estado laico, fueron a verle y se
arrodillaron ante él y besaron su mano. Por si fuera poco,
la princesa llevaba una mantilla negra y una peineta que
evocaba la tétrica imagen de las señoras de todos los
ministros de Franco, que solían visitarlo de tal guisa. Se
nos pusieron los pelos de punta al pasar la página del
periódico porque parecía que estábamos pasando una hoja del
álbum familiar.
Más tarde, fue a verle el propio Zapatero, al que riñó por
haber negado a la Biblia el mismo estatus científico que a
la Biología, y por permitir la venta de la píldora del día
después, entre otros asuntos que, increíblemente, también
sacan de quicio a Dios. Zapatero, que acababa de inaugurar
un Gobierno paritario, no le preguntó, en cambio, por qué
las mujeres no pueden ser obispas cuando ya son princesas e
ingenieras y escritoras y médicas y presidentas del
Gobierno. Pero no es que no se lo preguntara Zapatero, es
que no se lo pregunta nadie, no sabemos si por no llevarle
la contraria o por miedo a que les responda y la audiencia
se prolongue media hora más. El caso es que cuando piensas
en el respeto absurdo (y no correspondido) con el que medio
mundo se dirige al Vaticano y con el que el otro medio se
dirige al FMI, comprendes por qué estamos como estamos, o
sea, mal.
(Me pregunto qué diría Dios, caso de existir, de estas
líneas. Aunque supongo que no diría nada porque son unas
líneas inocentes, es decir, perplejas, pero honradas. Los
sucesivos representantes de Dios, sin embargo, además de
colaborar siempre con las dictaduras más sangrientas, han
llevado a la hoguera a miles de personas por escribir
reflexiones más inocuas, si cabe, que la mía. Algo no
encaja).