LA DECADENCIA DEL LECTOR
José María Guelbenzu

La decadencia de la novela o la
decadencia de la lectura son dos asuntos socio-literarios de
resonancia que periódicamente aparecen en la discusión pública
con un tono lamentatorio, nostálgico y, en ocasiones,
razonablemente masoquista. De lo que se habla menos es de la
decadencia del lector, como si éste fuera una pieza inamovible
del juego, como si la decadencia de la novela o de la lectura
fuese un asunto que perteneciera a un estado de la realidad
ajeno a la presencia concreta del lector. El lector aparece
entonces como víctima de un plan general de degradación del
conocimiento y como un ente pasivo sujeto a los vaivenes y
conflictos de la sociedad de consumo.
La decadencia de la novela suele
atribuirse al agotamiento de un género que ha reinado durante
un par de siglos en el mundo de la literatura. La decadencia
de la lectura se atribuye a su vez a la invasión de lo
audiovisual en la vida de las personas. En lo que se refiere a
lo primero, la historia demuestra que las nuevas formas de
expresión no arrumban necesariamente a las antiguas, sino que,
más bien, las resitúan. En cuanto a lo segundo, el lenguaje
del impacto (la imagen) sólo demuestra ser más asequible, por
lo inmediato, que el lenguaje de la reflexión (la palabra),
pero no hay sustitución, sino, en todo caso, posición
dominante.
Al mismo tiempo, en nuestro país la
novela ha alcanzado cotas de difusión ciertamente notables. Se
venden más libros que antes y se leen más libros que antes. La
idea de que los libros se compran, pero no se leen, me parece
indemostrada y, referida a la novela, sospecho que bien
dudosa. En España hay más lectores que nunca y se venden más
libros que nunca. También se edita más que nunca, de manera
desproporcionada con respecto a la clientela real, pero eso
tiene que ver con la saturación del mercado, no con el índice
de lectura. El alarmismo me parece infundado, lo que no
desdice del hecho de que seamos un país con índices de lectura
inferiores a los de países tradicionalmente más lectores, como
Francia, Inglaterra o Alemania.
Otra cosa es lo que se lee. Como
decía al principio, no se habla nunca de la decadencia del
lector. Y, sin embargo, lo que puede explicar el fenómeno de
que se lea más y de que, paradójicamente, la literatura sea de
peor calidad es, justamente, un asunto que compete a esa
figura que, en principio, es calurosamente apreciada -debido
al mérito de su esfuerzo implícito para encarar la página
escrita- frente a la que se deja invadir pasivamente por la
imagen: el lector.
El alimento del lector es el libro.
En el caso de la novela, admitimos que se editan más novelas y
se lee más, pero la calidad del producto decae de manera
alarmante. Este aparente contrasentido lo sería si olvidamos a
la pieza objeto de este artículo: el lector. En mi opinión, lo
que ha descendido no sólo en España, sino también en los
países que antes citaba como ejemplos de índice de lectura, es
la calidad del lector, porque la calidad de la mejor
literatura no ha cedido. Pero refiriéndonos a España, me
atrevo a conjeturar que el cambio de proporciones entre lector
selectivo (que escoge y progresa) y lector común (que sólo
exige más de lo mismo) a favor de este último se debe sobre
todo a la incorporación de nuevos lectores. Vivimos en una
sociedad lo suficientemente rica como para permitirse comprar
libros y lo suficientemente deseosa de autoafirmación como
para leerlos. El problema es de criterio. La estructura social
puede hoy en día modificarse con rapidez -de una dictadura a
una democracia, por ejemplo evidente-, pero el criterio es un
asunto de largo plazo.
Una de las rémoras de la democracia
súbita es que se confunde con harta frecuencia la opinión con
el criterio. Opinión tiene cualquiera, pero una opinión que no
se funda en un criterio no pasa de ser una inconsecuencia. El
criterio se adquiere como se adquiere el conocimiento: por la
experiencia y el estudio. En otras palabras: no todas las
opiniones son igual de válidas, del mismo modo que el lema "un
hombre, un voto" sólo vale para votar, no para tener razón. La
razón se adquiere de manera bien distinta y harto más
trabajosa. Valga como ejemplo de torpeza encubierta de
liberalidad aquel lema que hizo furor hace años en USA ("I'm
good, you're good"), que no era el signo de igualitarismo
que pretendía ser, sino de mera estupidez.
Tópico cómplice en el mundo
intelectual es el enunciado que dice que "en España sólo hay
unos diez mil buenos lectores"; si a esta frase le añadimos la
exagerada, pero significativa, de Félix de Azúa: "Somos la
última generación que ha leído", vendremos a concluir que,
paradójicamente, a medida que aumenta la cifra de lectores
generales, disminuye, si la muerte hace bien su trabajo, la de
buenos o selectos lectores; es decir, no parecen tener
repuesto. ¿Serán a la larga estos últimos una especie en
extinción y serán liquidados bien por las mayorías adictas al
mínimo esfuerzo, bien por las inmensas minorías victimistas y
sustitutivas del intelectual universal a las que Harold Bloom
agrupa bajo la denominación de "Escuela del Resentimiento"?
Recuerdo una reunión en Alemania en
la que participábamos Juan Benet, Álvaro Pombo, Montse Roig y
yo mismo, junto con los redactores de un suplemento cultural
de prestigio, creo que el de Die Zeit, en el que nos
preguntaron por qué los intelectuales alemanes apenas conocían
la literatura española contemporánea y, en cambio, los
españoles estaban al día en literatura alemana contemporánea.
Juan Benet, con su mordacidad habitual, contestó: "Porque
ustedes son lo suficientemente ricos como para permitirse ser
provincianos y nosotros somos aún lo suficientemente pobres
como para necesitar ser cosmopolitas". El valor actual del
confort consumista y la nueva imagen ciudadana de que el libro
pertenece al estatus actual es una de las razones por las que
se ha reblandecido el acto de leer.
Otra razón de importancia es que el
lector de nuevo cuño carece de tradición, carece de criterio y
ha empezado a leer al apagar la televisión, no antes de que
ésta llegara a casa. Confía en sí como todo el mundo confía en
su propio gusto, pero sobre gustos hay mucho escrito, que no
leído; el gusto no es innato, sino adquirido. No le ayudarán
ni una crítica aún naturalista, además de arbitraria, ni una
educación llena de rígidos esquemas y no menos rígidos
tontemas y bobemas en sus análisis de textos. Su principal
referencia es el entretenimiento por el entretenimiento. En
consecuencia, ahora somos lo suficientemente ricos y
cosmopolitas como para permitirnos leer como provincianos. La
sencillez puede ser amiga de la novela de calidad; la
simpleza, no; y en cuanto a la buena voluntad, es el
principio, no el fin.
Así que el lector es reflejo de su
sociedad y, como tal, es razonablemente acrítico; es decir, no
es exigente ni selectivo, no le empuja la curiosidad de saber,
sino la necesidad de saber "qué pasó"; es un lector de
anécdotas, no de sentido. No creo en la decadencia de la
novela, y si acepto la de la lectura es porque creo firmemente
en la decadencia del lector. Parafraseando una afirmación de
Fernando Savater sobre el pensar bien, puede decirse que
"quien no se esfuerza en leer, no leerá nunca nada
verdaderamente interesante".