Una buena regla de la crítica literaria es la de
poner en evidencia los aspectos presentes en un
libro, en lugar de los que faltan. En la crítica de
una obra ensayística, esta norma se vuelve menos
rigurosa, ya que es de esperar que el autor de un
ensayo deba tener en cuenta informaciones o teorías
relativas al tema tratado. Sobre el libro de Toni
Negri y Michael Hardt, Imperio. El nuevo orden de
la globalización, mucho se ha escrito y casi
siempre se han tomado en consideración los aspectos
ausentes en la argumentación de los dos autores.
Quisiera intentar criticarlo, en cambio, como si se
tratase de una novela, es decir sin poder censurar a
los autores porque el protagonista de los sucesos
realiza tal o cual acción, o bien porque hubieran
debido agregar un determinado hecho. Luego, dada mi
formación filosófica, quisiera detenerme en la última
parte del libro, la que se refiere a la propuesta
filosófico-política que Negri y Hard dejan
planteada.
Voy a partir de una
consideración general: concuerdo con las críticas
de Atilio Borón al libro de Negri y Hardt en su Imperio
Imperialismo. Creo que luego del 11 de
septiembre algunas ideas - y una en particular,
presente en el libro - han perdido toda validez. Me
refiero a la idea de la ausencia de un centro del
Imperio. Si es cierto que antes del 11 de septiembre
la globalización podía dar la impresión de la
falta de un centro, luego del atentado a las dos
torres, esta impresión se ha revelado, cuanto
menos, como una simple impresión: en realidad, los
que realizaron el atentado golpearon un núcleo simbólico
del sistema, además de un centro económico, cuya
desaparición física contribuyó a determinar una
recesión económica más o menos grave.
Siempre permaneciendo en el
plano genérico del libro, confieso que me parecen
fundados algunos análisis -contenidos en el mismo-,
sobre la historia de los sistemas imperiales. Negri
y Hardt describen con precisión el funcionamiento
del sistema imperial romano, valiéndose de estudios
de rigurosos investigadores, conocidos desde hace ya
bastante tiempo.
Considero un acierto la idea
de que el sistema imperial romano representa una
primera forma de imperio globalizante. Por lo tanto
estoy de acuerdo con la concepción de que el actual
sistema imperial globalizante capitalista no es el
primero que apareció en la historia, sino que, por
el contrario, tuvo otros precedentes históricos, en
los cuales se inspiró en mayor o menor medida. En
cambio falta - y esto resulta desconcertante - un análisis
profundo de otros sistemas imperiales globalizantes,
como los análisis de los imperios coloniales de la
edad moderna, o un análisis del imperio chino del
período de la historia que los europeos se obstinan
en llamar "Medievo".
La primera omisión es grave
si se considera que el actual imperio global es la
continuación de aquella experiencia histórica. Por
lo tanto, además de reflexionar sobre la antigua
Roma, Negri y Hardt hubieran debido considerar también
la manera en que se desarrollaron históricamente
los imperios español, portugués, inglés, francés
y holandés, para comprender cómo se fueron creando
ciertas relaciones de dependencia. Si lo hubieran
hecho, habrían descubierto, por ejemplo, que la
Argentina, una vez lograda su independencia, ya no
era económicamente dependiente de España, sino de
Inglaterra.
Quisiera advertir al lector
que no estoy faltando a la palabra dada, en el
sentido de no criticar el libro por lo que no tiene,
sino que me estoy refiriendo a lo expuesto en la
obra. Si se toma en consideración la bibliografía
presente en el libro se podrá notar la casi
absoluta ausencia de textos en español. Los autores
que se refieren a América Latina están presentes sólo
en sus traducciones inglesas y eso que Negri comete
el "error" de conocer el español.
Por lo tanto no hay un análisis
desde un punto de vista proveniente de la
"periferia" y dirigido hacia la misma
"periferia", más bien está presente
aquello que el "centro" considera
indispensable para tener un conocimiento acerca de
la "periferia".
La segunda omisión se liga
estrechamente a la primera. También en este caso no
estoy faltando a la palabra empeñada: esta omisión
es reveladora de una mentalidad presente en todo el
libro. Poquísimos intelectuales del llamado Primer
Mundo conocen la estructura del imperio chino y
sobretodo su estructura económico-mercantil,
fundada en el comercio de la cerámica. También aquí
se manifiesta la mentalidad de los autores: ellos
conocen muy bien sus propios sistemas de referencia,
pero no se arriesgan, como en cambio lo hizo
Immanuel Wallerstein, a salirse de su mundo académico
a pesar que sean pertenecientes a la izquierda mas
alternativa al sistema. En resumidas cuentas se
parecen a aquellos militantes de izquierda, honestísimos
desde el punto de vista intelectual, que apenas
descubren un movimiento social o político, o una
teoría sociológica o filosófica proveniente del
Tercer Mundo, se enamoran y, como amantes en sus
primeras experiencias, pregonan su amor por todos
lados, salvo que luego un cambio de opinión los
lleve a transformarse en los más feroces críticos
de lo anteriormente amado. Pero siempre ponen una
condición: el amado debe hablar su idioma y debe
ser fácil de encontrar. En esta época de
globalización no acepto como justificación que
Negri esté obligado a arresto domiciliario: con
Internet y con DHL o UPS se puede conseguir un libro
en poquísimo tiempo, aun desde el lugar más
alejado. En suma, son buenos intelectuales de salón,
pero no para desarrollar una crítica corrosiva del
sistema o para ayudar a cambiar la formación
intelectual eurocéntrica del "centro" del
sistema globalizante.
Sigo manteniendo la promesa.
En el último capítulo del libro, Negri y Hardt se
refieren a una multitud que se torna sujeto político.
Estoy de acuerdo en que hayan dejado de lado
vetustos conceptos del marxismo, como el de clase
obrera, y hagan referencia a "aquellos que
viven de su trabajo".
Lamentablemente mi traducción
al italiano del libro del sociólogo brasileño
Ricardo Antunes ¿Adiós al trabajo? salió a
comienzos de este año, de otro modo hubiera pensado
que Negri y Hardt tomaron de Antunes el concepto de
"clase que vive del trabajo". Pero, grosso
modo, tanto Antunes como Negri y Hardt sostienen la
misma idea. Ellos afirman: "con el trabajo
propio, la multitud produce y reproduce autónomamente
el entero mundo de la vida. Producir y reproducir
autónomamente significa construir una nueva
realidad ontológica. Trabajando, la multitud de
hecho se produce a sí misma como singularidad"
(p. 365 de la edición italiana). Resuenan aquí
Husserl y el Lukács de la Ontología del ser
social, que hacen de complementos no confesados
de los filósofos franceses ampliamente citados por
Negri y Hardt, como Deleuze, Guattari, Foucault.
Husserl estuvo en el origen de la corriente que llevó
a los franceses a enamorarse primero de la
fenomenología y luego del estructuralismo. Lukács,
filósofo maldito, no es confesable, porque no está
de moda. Estoy de acuerdo con que el trabajador,
sobre todo, se produce a sí mismo, y produciéndose
a sí mismo reproduce todo aquello que tiene en común
con los otros, su propia comunidad y con ella su
mundo de la vida.
Luego se sostiene "la
multitud es el poder singular de una nueva
ciudad". Por "ciudad" se entiende el
uso de la palabra griega polis, que significa
"comunidad". Este "poder" vuelve
más adelante en la acepción latina de posse,
cuando se afirma: "Posse significa
aquello que un cuerpo y una mente pueden realizar.
Persistiendo en la resistencia, el término metafísico
se transforma en un término político. Posse
concierne al poder de la multitud y su telos, el
poder del ser y del conocimiento incorporado y
siempre abierto a lo posible" (p. 377). Como
recuerdan Negri y Hardt: "En el humanismo del
renacimiento la tríada esse, nosse, posse
(ser, conocer y poder) era el centro metafísico de
aquel paradigma filosófico constitutivo, que entrará
en crisis con la llegada de la modernidad (p. 376).
Así nos encontramos en el origen de la modernidad,
que Negri y Hardt consideran terminada. Gran parte
de la humanidad, sin embargo, nunca ha entrado en la
modernidad, me refiero a la gran masa de los
excluidos de los beneficios de la técnica, del
bienestar, y pertenecientes a un mundo de la vida,
donde la dificultad es justamente la reproducción
de la vida. Pero esto en el texto de Negri y Hardt
no está presente, entonces, volvamos al libro.
El posse fue usado sobre todo
por Campanella, para quien el posse conjuntamente
con "sensatez y amor" era una primeridad
del ser, es decir un principio general por el cual
cada cosa hace referencia al mundo externo, referiéndose
primero a sí misma. Se podría decir con un
lenguaje filosófico que el posse es un fundamento
del ser. Podemos interpretar el posse de Campanella
como una especie de energía potencial que cada ser
posee y se trata de retomar el concepto aristotélico
de dynamis, la potencia que pasa al acto,
precisamente en la acción. La dynamis aristotélica
fue retomada por Santo Tomás de Aquino y
considerada la fuerza creadora de la esencia divina,
colocando de esta manera una neta distinción entre
esencia y ser. Campanella ubica juntos esencia y
ser, justamente porque el posse es una primeridad
del ser, y no le es trascendente como pretendía
Santo Tomás, más bien le es inmanente. Por otra
parte, para Campanella, ser, saber y actuar eran los
fundamentos metafísicos del mundo. Se comprende
bien este uso si se considera la filología del término,
posse está compuesto por potis (patrón) y esse
(ser), por lo tanto significa "ser dueño de sí
mismo". El término Poder, del cual posse, da
origen también a petere, que significa dirigir.
Pero para ser dueño de sí mismo es necesario
saberse y saber cuál es el propio sentido de la
dirección, en la cual nos orientamos.
Sin embargo, Campanella advertía
que un ser, especialmente un ser humano, debe ser
consciente de su propia composición ontológica y
de esta manera aspiraba a que el saber permitiese al
hombre transformarse en "dueño de sí
mismo", consciente del propio ser. Se puede
considerar el sensu sui campanelliano como la
primera posición en la cuestión de la conciencia,
en la filosofía moderna. Desde Descartes, el
problema ha llegado a través de Kant, Hegel y Marx
hasta Lukács, quien fue el primero en plantear la
"conciencia de clase", que actualmente
podríamos interpretar como la pertenencia a una
comunidad, o para decirlo a la manera de Negri y
Hardt, a una "multitud". Lukács hace
referencia a una "supuesta conciencia de la
clase", pero coloca el problema fundamental en
la toma de conciencia. Y ésta se logra sólo con la
lucha política y la teoría.
Por el contrario, Negri y
Hardt no hacen la más mínima referencia a este
desarrollo del concepto de posse y se limitan a
dejarlo en el punto en el cual se había detenido
Campanella. De ninguna manera quiero criticarlos por
la ausencia de una formulación de la cuestión de
la conciencia de clase, pero se comprende, a esta
altura, porqué se quedan en una hipostatización:
un "proyecto de amor" de tipo franciscano.
Quizás Negri haya retornado a su vocación juvenil,
cuando militaba en la Acción Católica. Se puede
comprender también la cita de Plotino, presente en
el último capítulo, en la cual vaticina una fuga
"hacia la querida patria", el Sumo Bien,
de donde han emanado las "hipóstasis" que
conforman el mundo. Toda esta concepción, que Borón
considera "mística", ciertamente además
de mística, es precientífica. Y todo este
pensamiento pre científico que puede aparecer como
post moderno, en realidad es insulso. Mientras el
toyotismo actualmente se apropia científicamente
del trabajo, tanto abstracto cuanto concreto, Negri
y Hardt proponen una oposición que nazca de una
filosofía de hippies. Si, tal vez se hubiese
propuesto algo a la manera de Campanella, quien
transcurrió 27 años en las cárceles napolitanas y
allí escribió obras fundamentales como La città
del sole o la Metaphysica, en las cuales
continuaba su singular lucha contra el Imperio de la
Iglesia, entonces la propuesta hubiera sido al menos
discutible. Campanella hubiera sido como mínimo un
ejemplo ético para oponerse a la globalización de
las conciencias.
Quizás el enorme éxito que
ha tenido Imperio se deba al contenido de la
propuesta de Negri y Hardt. El ex presidente de la
República Italiana, Francesco Cossiga - que era
Ministro del Interior durante los años del
terrorismo, es decir en los años en los que Negri
pasó de la Acción Católica a ser el inspirador de
Autonomia Operaia, uno de los movimientos que
no excluían la lucha armada -, uno de los más
decididos adversarios de la izquierda alternativa,
se declaró un lector entusiasta del libro y se hizo
fotografiar con Toni Negri, quien a su vez se declaró
su amigo y admirador. No estoy del todo de acuerdo
con Borón cuando afirma: "La fama y la
celebridad rara vez han sido compañeras del
pensamiento crítico" (p. 149). La cuestión
consiste en preguntarse de dónde provienen esa fama
y esa celebridad.
De todas maneras no intento
sostener que Negri y Hardt son traidores o herejes,
sería demasiado. Los considero honestos pensadores
críticos, que buscan una alternativa a la
globalización dominante y han desarrollado una
idea. Sobre el contenido de la propuesta, por lo
poco que expresan, hacen surgir numerosas
perplejidades.
Un proyecto de amor de tipo
franciscano, o apuntar a la singularidad de la
multitud pueden servir tanto a dejar perdurar el
sistema dominante, como a llevar a la multitud a
aquel momento de la "negatividad
absoluta", como lo definía Hegel, momento en
el que se es capaz de decir no, pero no se está en
condiciones de plantear alguna propuesta
alternativa, cosa propia de Autonomia Operaia
- afortunadamente no más armada -, o bien de
cacerolazos sin un futuro. Se podía esperar una
alternativa tal vez espiritual y ética, a partir de
la cual construir una opción, pero esto en el libro
no aparece y entonces no hablaremos.