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Hasta la última gota

Por qué el río Colorado ya no llega al mar

Editorial de CounterPunch, 14 de marzo de 2001

 

Hace cincuenta años, Aldo Leopold dijo que el delta del río Colorado era el gran oasis de América del Norte: más de 8.000 km2 de tierras pantanosas, ciénagas, lagunas provocadas por las mareas, jaguares y montes de algarrobas. Hoy es un desierto.

El portentoso río Colorado ya no llega más al Mar de Cortés. Su caudal entero ha sido desviado y repartido entre plantaciones de heno, agua para las fuentes en los vestíbulos de los hoteles de Las Vegas y miles de campos de golf. Al Colorado lo han exprimido hasta la última gota.

Este delta, que una vez fue exuberante y lozano, se parece hoy a unas salinas tan áridas como Cartago después de que Escipión el Africano se vengara diezmando la patria de Aníbal. Su estuario era una de las maravillas del mundo: un extenso pantano, repleto con más de cuatrocientas especies de animales y plantas. Como el Nilo otro río del desierto, hubo un tiempo en que cerca del 80% del inhóspito hábitat en torno al río Colorado se concentraba en los alrededores de su desembocadura. Las lagunas poco profundas de esta región eran el hogar del delfín Vaquita, que con su metro y veinte centímetros de envergadura es el más pequeño del mundo y se encuentra hoy al borde de la extinción, pues sólo quedan vivos, que se sepa, unos cien ejemplares. Docenas de otras especies endémicas se hallan en la misma situación.

Pero no son únicamente los animales quienes tienen problemas. El delta fue en una época la meca de la cultura de los indios copacha, que se ganaban bien la vida con la pesca en el estuario. Pero, hoy en día, sus barcazas están varadas en la playa y los indios y mexicanos de la zona viven en la miseria más absoluta y se ven forzados a tener varios trabajos, en alejadas fábricas de tortillas, maquiladoras y plantaciones de trigo.

Es posible que la única ley existente más aburrida que la del mar sea la ley del río Colorado. Esa maraña de acuerdos, compensaciones, rechazos, subsidios y robos legales políticamente aprobados es prácticamente impenetrable, incluso para el observador más cínico y veterano. Y, sin embargo, al otro lado de la frontera con México la ley es tremendamente simple: los Estados Unidos se quedan con el 95% de las aguas del Colorado y México con el resto. La mayor parte de los años ese volumen es del orden de los 1850 millones de m3, a grandes rasgos la misma cantidad que los campesinos del desierto de Sonora usaban para irrigar sus plantaciones de porotos y cebollas en 1922.

Justo antes de que el Colorado cruce la frontera entre EE.UU. y México, el 75% de su caudal es desviado hacia el canal All-American, desde donde el agua fluye hacia antieconómicos sistemas de irrigación y, la poca que queda, termina en el Mar Salton, un lago que en el ayer fue una importante estación de paso en la ruta migratoria de los pájaros que se dirigían hacia el Pacífico, pero que hoy es un caldo tóxico de fertilizantes y pesticidas. En vez de un paraíso para las aves, el Mar Salton se ha convertido en un campo de muerte, en una pajarera abierta equivalente a un valle cancerígeno.

    Las aguas que por fin entran en México, la mayor parte de las cuales son residuales de los campos de alfalfa y algodón de Arizona y California, contienen tanta sal y tantos tóxicos como las del Mar Salton. La situación es tan calamitosa que, en 1992, el Departamento de Reclamaciones se vio obligado a construir en Yuma una planta desalinizadora (mediante ósmosis invertida), a un costo que se elevaba a 211 millones de dólares, pero que sólo estuvo en servicio durante un año.

    Todo se debe al consumo. La población del sudoeste estadounidense todavía no se ha enterado de que vive en un desierto. Los habitantes de California, Nevada y Arizona consumen 757 litros diarios per cápita, más de un 120% por encima del consumo medio de la nación. En Israel, por ejemplo, el consumo diario está por debajo de los 284 litros.

    Pero, por muy sorprendentes que sean estas cifras, la sed del sector de la agricultura californiana parece, en comparación, digna de insaciables vampiros. Aproximadamente el 80% del caudal del Colorado se destina a la agricultura industrial. La mayor parte a cultivos de bajo precio, como la alfalfa, el algodón y las papas, que requieren una gran cantidad de agua. Y, gracias a su influencia política, el agua sale barata. Los habitantes de Los Ángeles, por ejemplo, pagan 4,86 dólares por m3 de agua del Colorado. Las compañías agropecuarias, en cambio, consiguen la misma cantidad por 0,01 dólar el m3.

    Desde hace aproximadamente ciento cincuenta años, la cultura del consumidor de agua en el Oeste estadounidense se ha forjado de acuerdo con esta una máxima: «Úsala o deja que se pierda». El principio de permitir que el agua permanezca en el río para los peces, los pájaros, las ovejas o para México siempre ha sido anatema para los señores del agua.

    «Los científicos dicen que necesitamos por lo menos el uno por ciento para que el Colorado sea capaz de mantener la vida en su desembocadura», dice David Orr, del grupo activista Moab, con sede en Utah. «Por eso iniciamos la campaña Uno por ciento. Les pedimos a los usuarios de la cuenca del Colorado que donen el uno por ciento de sus raciones para ayudar a recuperar el delta. El uno por ciento no es mucho pedir, ¿verdad?».

    Se trata de una pregunta retórica, porque Orr sabe mejor que nadie que la historia de la política del agua en el Oeste se basa en el paradigma «úsala o deja que se pierda». Por eso, el agua del Colorado y sus afluentes queda retenida en embalses para luego la desviarla desde Wyoming a la frontera con México. Desde la perspectiva de los señores del agua, es mejor despilfarrarla que dejarla en el río.

    Fue así como se construyó el embalse del Cañón Glen, una de las mayores profanaciones de la naturaleza. Este tapón de cemento anegó casi quinientos kilómetros a lo largo del cauce del Colorado y destruyó uno de los cañones más grandiosos de la tierra. Pero el agua retenida –que equivale al caudal entero de dos años– simplemente se queda allí. El artificial Lago Powell está considerado como un reservorio. Existe únicamente para evitar que el agua llegue al mar de Cortés, donde se «perdería».

    Éste es el colmo de la perversión del sistema. Dado que el Lago Powell está situado en medio de un desierto de piedras rojizas, anualmente se pierde una gran cantidad de agua por evaporación. ¿Cuánta? Más de 1200 millones de m3. Y no sólo eso, otros 430 millones de m3 desaparecen absorbidos por las paredes arenosas del cañón. En conjunto, el 10% del caudal anual del Colorado. Para hacerse una idea de lo que eso significa, digamos que el agua perdida por evaporación en un día equivale al agua que consumen 17.000 hogares en Phoenix durante un año entero.

    Esta cruda realidad ha conducido a la idea extrema, pero sensata, de demoler la barrera que tapona el Cañón Glen para restablecer el cañón y permitir que el agua llegue de nuevo al delta, donde podrá rehabilitar lo que una vez fue un oasis lleno de vida. Con vistas a promover este plan inaudito, pero necesario, Orr y sus compañeros se dedican a acarrear agua por las carreteras en camiones cisternas, deteniéndose en los diques a lo largo del Colorado, llenando un cubo de agua en cada parada y vertiéndola en los tanques, para terminar devolviéndosela al delta del Colorado. Bautizaron el camión con el nombre de «vaquita del rescate», en recuerdo de la marsopa.

    Así es el nuevo movimiento medioambiental: étnicamente diverso, ingenioso, teatral, militante y lleno de pasión por las causas sociales y ecológicas, pero también con sentido del humor, como auténticos descendientes de David Brower y Edward Abbey, sus iniciadores.

    Cabalgando con su camión a lo largo de las diferentes paradas en la región de los Cuatro Rincones estaba Thomas Morris, el jefe de la Asociación Navajo de Hombres Medicina (Navajo Medicine Men’s Association). Morris considera el embalse del Colorado como un ataque a las raíces culturales y espirituales de los nativos de todo el sudoeste. Muchos de los lugares más sagrados para Morris y los navajos están ahora sumergidos bajo decenas o cientos de metros de agua destinada a las parcelas de Phoenix o a los campos de golf.

    «La conservación de nuestras tradiciones culturales es cada vez más importante y cada vez más difícil, a medida que pasa el tiempo», dice Morris. «El pueblo indio ha trabajado duro por la protección de nuestras creencias espirituales y nuestras costumbres, por los lugares donde realizamos nuestros ruegos, entonamos nuestras canciones y llevamos a cabo las ceremonias. Hemos avanzado un poco, pero todavía queda un largo camino por andar. Imagínese cómo se sentiría la gente si las grandes catedrales fueran demolidas para construir centros de compras. La Biblia dice que Jesús arrojó a los mercaderes del templo. Nosotros comprendemos muy bien por qué lo hizo cuando vemos nuestros sitios sagrados inundados y convertidos en atracciones turísticas.»

    Si se derribasen los diques del Cañón Glen y se restituyese el caudal del río Colorado para que llegue a su desembocadura, se estaría dando un gran paso hacia la corrección de antiguos errores cometidos a ambos lados de la frontera.

 


TRADUCCIÓN DE DANIEL SILBERMAN

Daniel Silberman (Argentina)

 

Ciberespacio, martes 21 de octubre de 2003

 

Signo del copyleft

Manuel Talens 2003