Hace cincuenta años, Aldo Leopold dijo que
el delta del río Colorado era el gran oasis de América del
Norte: más de 8.000 km2 de tierras pantanosas, ciénagas, lagunas
provocadas por las mareas, jaguares y montes de algarrobas. Hoy
es un desierto.
El portentoso río Colorado ya no llega más
al Mar de Cortés. Su caudal entero ha sido desviado y repartido
entre plantaciones de heno, agua para las fuentes en los
vestíbulos de los hoteles de Las Vegas y miles de campos de golf.
Al Colorado lo han exprimido hasta la última gota.
Este delta, que una vez fue exuberante y
lozano, se parece hoy a unas salinas tan áridas como Cartago
después de que Escipión el Africano se vengara diezmando la patria
de Aníbal. Su estuario era una de las maravillas del mundo: un
extenso pantano, repleto con más de cuatrocientas especies de
animales y plantas. Como el Nilo
–otro río del desierto–, hubo un
tiempo en que cerca del 80% del inhóspito hábitat en torno al
río Colorado se concentraba en los alrededores de su
desembocadura. Las lagunas poco profundas de esta región eran el
hogar del delfín Vaquita, que con su metro y veinte centímetros
de envergadura es el más pequeño del mundo y se encuentra hoy al
borde de la extinción, pues sólo quedan vivos, que se sepa, unos
cien ejemplares. Docenas de otras especies endémicas se
hallan en la misma situación.
Pero no son únicamente los animales quienes tienen problemas. El
delta fue en una época la meca de la cultura de los indios copacha, que se ganaban bien la vida con la pesca en el
estuario. Pero, hoy en día, sus barcazas están varadas en la
playa y los indios y mexicanos de la zona viven en la miseria
más absoluta y se ven forzados a tener varios trabajos, en
alejadas fábricas de tortillas, maquiladoras y plantaciones de
trigo.
Es posible que la única ley existente más
aburrida que la del mar sea la ley del río Colorado. Esa
maraña de acuerdos, compensaciones, rechazos, subsidios y robos
legales políticamente aprobados es prácticamente impenetrable,
incluso para el observador más cínico y veterano. Y, sin
embargo, al otro lado de la frontera con México la ley es
tremendamente simple: los Estados Unidos se quedan con el 95% de
las aguas del Colorado y México con el resto. La mayor parte de
los años ese volumen es del orden de los 1850 millones de m3, a
grandes rasgos la misma cantidad que los campesinos del desierto
de Sonora usaban para irrigar sus plantaciones de porotos y
cebollas en 1922.
Justo antes de que el Colorado cruce la
frontera entre EE.UU. y México, el 75% de su caudal es desviado
hacia el canal All-American, desde donde el agua fluye hacia
antieconómicos sistemas de irrigación y, la poca que queda,
termina en el Mar Salton, un lago que en el ayer fue una
importante estación de paso en la ruta migratoria de los pájaros
que se dirigían hacia el Pacífico, pero que hoy es un caldo
tóxico de fertilizantes y pesticidas. En vez de un paraíso para
las aves, el Mar Salton se ha convertido en un campo de muerte,
en una pajarera abierta equivalente a un valle cancerígeno.
Las aguas que por fin
entran en México, la mayor parte de las cuales son residuales de
los campos de alfalfa y algodón de Arizona y California,
contienen tanta sal y tantos tóxicos como las del Mar Salton. La
situación es tan calamitosa que, en 1992, el Departamento de
Reclamaciones se vio obligado a construir en Yuma una planta
desalinizadora (mediante ósmosis invertida), a un costo que se
elevaba a 211 millones de dólares, pero que sólo estuvo en
servicio durante un año.
Todo se debe al
consumo. La población del sudoeste estadounidense todavía no se
ha enterado de que vive en un desierto. Los habitantes de
California, Nevada y Arizona consumen 757 litros diarios per
cápita, más de un 120% por encima del consumo medio de la
nación. En Israel, por ejemplo, el consumo diario está por
debajo de los 284 litros.
Pero, por muy
sorprendentes que sean estas cifras, la sed del sector de la
agricultura californiana parece, en comparación, digna de
insaciables vampiros. Aproximadamente el 80% del caudal del
Colorado se destina a la agricultura industrial. La mayor
parte a cultivos de bajo precio, como la alfalfa, el algodón
y las papas, que requieren una gran cantidad de agua. Y, gracias
a su influencia política, el agua sale barata. Los
habitantes de Los Ángeles, por ejemplo, pagan 4,86 dólares por
m3 de agua del Colorado. Las compañías agropecuarias, en cambio,
consiguen la misma cantidad por 0,01 dólar el
m3.
Desde hace
aproximadamente ciento cincuenta años, la cultura del consumidor
de agua en el Oeste estadounidense se ha forjado de acuerdo con
esta una máxima: «Úsala o deja que se pierda». El principio de
permitir que el agua permanezca en el río para los peces, los
pájaros, las ovejas o para México siempre ha sido anatema
para los señores del agua.
«Los científicos dicen
que necesitamos por lo menos el uno por ciento para que el
Colorado sea capaz de mantener la vida en su desembocadura»,
dice David Orr, del grupo activista Moab, con sede en Utah. «Por
eso iniciamos la campaña
Uno por ciento. Les pedimos a los usuarios de la cuenca
del Colorado que donen el uno por ciento de sus raciones para
ayudar a recuperar el delta. El uno por ciento no es mucho
pedir, ¿verdad?».
Se trata de una
pregunta retórica, porque Orr sabe mejor que nadie que la
historia de la política del agua en el Oeste se basa en el
paradigma «úsala o deja que se pierda». Por eso, el agua del
Colorado y sus afluentes queda retenida en embalses para luego la
desviarla desde Wyoming a la frontera con México. Desde la
perspectiva de los señores del agua, es mejor despilfarrarla que
dejarla en el río.
Fue así como se
construyó el embalse del Cañón Glen, una de las mayores
profanaciones de la naturaleza. Este tapón de cemento anegó casi
quinientos kilómetros a lo largo del cauce del Colorado y destruyó uno de los cañones
más grandiosos de la tierra. Pero el agua retenida –que equivale
al caudal entero de dos años– simplemente se queda allí. El
artificial Lago Powell está considerado como un reservorio. Existe únicamente
para evitar que el agua llegue al mar de Cortés, donde se
«perdería».
Éste es el colmo de la
perversión del sistema. Dado que el Lago Powell está situado en
medio de un desierto de piedras rojizas,
anualmente
se pierde una gran cantidad de agua por evaporación. ¿Cuánta? Más de 1200
millones de m3. Y no sólo eso, otros 430 millones de
m3
desaparecen
absorbidos por las paredes arenosas del cañón. En conjunto,
el 10% del caudal anual del Colorado. Para hacerse una
idea de lo que eso significa, digamos que el agua perdida por
evaporación en un día equivale al agua que consumen 17.000
hogares en Phoenix durante un año entero.
Esta cruda realidad ha
conducido a la idea extrema, pero sensata, de demoler la barrera
que tapona el
Cañón Glen para restablecer el cañón y permitir que el agua
llegue de nuevo al delta, donde podrá rehabilitar lo que una vez fue un
oasis lleno de vida. Con vistas a promover este plan inaudito,
pero necesario, Orr y sus compañeros se dedican a acarrear agua
por las carreteras en camiones cisternas, deteniéndose en los
diques a lo largo del Colorado, llenando un cubo de agua en cada
parada y vertiéndola en los tanques, para terminar
devolviéndosela al delta del Colorado. Bautizaron el camión con
el nombre de «vaquita del rescate», en recuerdo de la marsopa.
Así es el nuevo
movimiento medioambiental: étnicamente diverso, ingenioso,
teatral, militante y lleno de pasión por las causas sociales y
ecológicas, pero también con sentido del humor, como auténticos
descendientes de David Brower y Edward Abbey, sus iniciadores.
Cabalgando con su camión a lo largo de las diferentes paradas en
la región de los Cuatro Rincones estaba Thomas Morris, el jefe
de la Asociación Navajo de Hombres Medicina (Navajo Medicine Men’s
Association). Morris considera el embalse del Colorado como un
ataque a las raíces culturales y espirituales de los nativos de
todo el sudoeste. Muchos de los lugares más sagrados para Morris
y los navajos están ahora sumergidos bajo decenas o cientos
de metros de agua destinada a las parcelas de Phoenix o a los campos de golf.
«La conservación de
nuestras tradiciones culturales es cada vez más importante y
cada vez más difícil, a medida que pasa el tiempo», dice Morris.
«El pueblo indio ha trabajado duro por la protección de nuestras
creencias espirituales y nuestras costumbres, por los lugares
donde realizamos nuestros ruegos, entonamos nuestras canciones y
llevamos a cabo las ceremonias. Hemos avanzado un poco, pero
todavía queda un largo camino por andar. Imagínese cómo se
sentiría la gente si las grandes catedrales fueran demolidas
para construir centros de compras. La Biblia dice que Jesús
arrojó a los mercaderes del templo. Nosotros comprendemos muy
bien por qué lo hizo cuando vemos nuestros sitios sagrados
inundados y convertidos en atracciones turísticas.»
Si se derribasen los
diques del Cañón Glen y se restituyese el caudal del río
Colorado para que llegue a su desembocadura, se estaría dando
un gran paso hacia la corrección de antiguos errores cometidos a
ambos lados de la frontera.
TRADUCCIÓN DE DANIEL SILBERMAN
