Cómo navegar por una
identidad trastornada y disfrutar de los síntomas
LA MÚSICA, LA CULPA Y LA
RESPONSABILIDAD

Gilad Atzmon
*
Traducido
para Rebelión por Manuel Talens
Hace aproximadamente treinta y ocho años
nací en una pequeña ciudad cercana a la costa oriental del
Mediterráneo. Por lo que soy capaz de recordar, yo diría que
en mi niñez me sentía más que feliz y orgulloso de mi herencia
étnica judía y de mi sentido de pertenencia nacional.
Me encantaba considerarme como el
prototipo de la víctima judía e incluso de pasar el resto de
mi vida culpando al mundo de ser antisemita. Tal como todos
llegamos a aprender algún día, el judaísmo moderno y el
sionismo se han especializado en crear sentimientos de culpa
en almas gentiles. Conforme iba haciéndome un poco mayor, mi
mente empezó a resquebrajarse y por las grietas se coló el escepticismo. De hecho,
fue durante la guerra del Líbano, como soldado israelí, cuando
me di cuenta de que yo era un opresor, no una víctima. Y fue
así como empecé a sentir una enorme culpabilidad asociada con
mi identidad. Todo culminó con mi visita a Anzar, un campo de
concentración israelí en tierra libanesa.
Nunca olvidaré los miles de palestinos
rodeados por alambradas de púas ni los torreones con
centinelas militares bajo el sol ardiente de agosto. Recuerdo
las diminutas celdas de cemento que mi ejército reservaba para
castigar a aquellos palestinos tan resistentes. Supe entonces que no
podría aguantar más de cinco minutos en aquellas condiciones.
Lo que vi fue el mayor y más claro ejemplo de opresión y abuso
que había conocido hasta entonces. Tras haber contemplado
escenas devastadoras, me era imposible aceptar sin violencia
que todas aquellas atrocidades se hacían en mi nombre. No
podía soportar la idea de que mi existencia como israelí
implicase la dominación continua de millones de palestinos.
Comprendí con dolor que mi identidad se basaba en la negación
de los derechos legítimos de un pueblo inocente a regresar a
su tierra. Aprendí que mi existencia como israelí se basaba en
la ignorancia absoluta del Otro. Para entonces, mi sentimiento
de víctima se había evaporado por completo y desperté a la
terrible certeza de que la identidad que me habían dado se
acompañaba de una culpa enfermiza.
Como es fácil imaginar, los sentimientos
de culpa distan mucho de ser algo productivo. Al contrario,
hacen que uno se sienta perdido. La horrible idea de que uno
pertenece a un club que se basa en una clara injusticia no se
resuelve con facilidad. Pero yo tenía las suficientes luces
como para comprender que los clubes nunca cambian sus
reglamentos de manera voluntaria. Supe, pues, que mis
sentimientos de repulsa nunca se resolverían, a menos que me
enseñara a mí mismo a hacer caso omiso de mi conciencia moral
o que me diera de baja en el club del mal. Tenía treinta y
pocos años cuando abandoné Israel y me instalé en Londres.
Pensaba entonces que esta huida rebajaría la viveza de mis
sentimientos de culpa y la decepción hacia mi pueblo, pero mis
esperanzas fueron efímeras. En realidad, el hecho de vivir en
Londres, que es un enclave multicultural, arrojó aún más luz
sobre mi
preocupada identidad. Dado que yo estaba considerado y me presentaba al público como un
jazzman israelí, empecé a tener
muy claro que tendría que adoptar una posición inequívoca
contra mi pueblo, y ello de una manera lo más perceptible y obvia
posible. La identidad es un concepto muy difícil y conlleva
dos elementos dolorosos que no se pueden evitar:
Primero, la identidad del Yo necesita la
aquiescencia del Otro y está determinada por la realización personal que,
a su vez, ha de coincidir con la aprobación de dicha
realización por parte del Otro. Por ejemplo, me considero un
músico de jazz y he logrado que mi público acepte esta
conquista personal. Por otra parte, se me califica como israelí, pero no porque yo quiera serlo, sino más
bien por el modo en que el Otro me percibe. Segundo,
cualquier identidad particular se basa en una enorme red de
infinitos significados, en los que cada elemento está
determinado por los demás elementos de dicha red. Uno es lo
que es porque no es otra cosa. Soy un israelí porque no soy un
estadounidense, no pertenezco a la realeza, no formo parte de la
mano de obra palestina barata, no soy fulano ni mengano, etc. Según esta línea de
pensamiento, se puede deducir que la identidad es una noción
dinámica que cambia sin cesar, en un flujo infinito. Está
determinada por más de un factor y depende de todo el campo de
significados.
El concepto de identidad conduce al proceso complementario y
dialéctico de realización personal, que nunca se puede alcanzar
por completo. La vida en una sociedad multicultural, en la que
muchas identidades diferentes se combinan y dan lugar a un
híbrido lleno de color, hace que sea aún más complicado y que
uno llegue a una comprensión mucho más profunda de la esencia
y del significado a través del sentido de la multiplicidad. El
hecho de mantenerse en contacto con uno mismo se convierte en un
trabajo a tiempo completo. Al aceptar el nuevo papel de mi
identidad dentro de una sociedad muy mezclada, comprendí que
no podría ocultarme más tras una culpa heroica. No basta con
proclamar que uno se siente culpable, hay que hacer algo que
refleje oposición. Mi difícil identidad se convirtió en una
forma de mediación entre mi ambiente social y yo mismo. Al ser
un artista de jazz muy activo en los frentes europeo y
británico, comprendí que la reprobación que sentía por mi
pueblo determinaba algunos aspectos principales de mi
identidad en cualquier parte a donde iba. Empecé a representar
un papel activo, que dio lugar al rechazo total de las
actividades incorrectas de mi pueblo. Expuse mis opiniones
sobre la situación en mi patria de una manera absolutamente
explícita. En otras palabras, me hice responsable. Me
considero personalmente responsable de lograr que se acabe la
opresión del pueblo palestino. Intento hacer que mi música sea
una voz puesta a la disposición de quienes tuvieron la mala
fortuna de sufrir la exposición más radical de las
discrepancias de mi pueblo. En mi música intento crear un
collage
de culturas, principalmente árabe y
judía, dentro de la dimensión del jazz. Tomo algunas oraciones
judías y las interpreto con ritmos árabes y viceversa. Trato
de estimular a mis oyentes a la reflexión, a la turbación, a
momentos de empatía. Trato de atraerlos hacia mi propio abismo
privado y personal. Cuando una parte de mi público participa en mi
abismo, nos desbarrancamos juntos durante dos
horas y media. Quienes compran mi álbum... ¡se desbarrancan
para siempre!
Es curioso, pero al estar atrapado en mi
propia lucha por la identidad, me di cuenta de que mi música empezó
a ser cada vez más personal. La composición musical llegó a ser más y
más una suerte de autorreflexión. Como soy un artista de jazz
(una forma de arte que se vuelve cada vez más analítica,
inteligente y académica), encuentro que la complejidad
personal y la lucha social alimentan una expresión emocional
que casi ha desaparecido de la música improvisada. Encuentro
que el estímulo que proporciona un fuerte compromiso social
aporta un florecimiento radical a la actividad artística. Esto
provoca algo de cólera, que se acompaña de dolor personal y
revela la multiplicidad de la vida. Confrontado con la
dificultad de mi difícil pasado y de mi origen nacional, he
aprendido a navegar por las aguas turbulentas de mi
trastornada identidad y, al igual que una buena madre judía,
ahora incluso disfruto de mis síntomas.

*
Jazzman,
escritor y activista de izquierda, el polifacético Gilad
Atzmon es una estrella ascendente de la escena cultural
británica. Nacido en Israel y criado dentro del judaísmo, se
exiló a Londres en los años noventa. Apoya sin matices la
liberación del pueblo palestino, se opone de manera rotunda al
principio racial del Estado de Israel y milita a favor de la
creación de un único estado democrático, que acogería en su
seno tanto a palestinos como a israelíes. Su último CD,
grabado con el multicultural The Orient House Ensemble, se
titula Exile. Gilad Atzmon ha publicado una novela,
Guide to the Perplexed, que con el título de
Guía
de
perplejos acaba de aparecer en castellano bajo el
sello de Ediciones del Bronce (Grupo Editorial Planeta,
Barcelona 2003).
El lector puede visitar su
sitio web en el siguiente URL:
www.gilad.co.uk
