Análisis metodológico del régimen de
Lula
¿ADÓNDE VA BRASIL?

James
Petras
y Henry
Veltmeyer
Traducido
para Rebelión por Carlos J. Gil Bellosta y Manuel Talens
Necesitamos
el liderazgo estadounidense para las muchas cosas que hemos de
hacer en este mundo.
Celso Amorin,
Ministro de Asuntos Exteriores de Brasil, 16 de marzo de 2003.
Vamos a
declarar la guerra.
George W.
Bush,
17 de marzo de 2003.
Introducción
La
elección de Luis Inacio “Lula” da Silva hizo surgir grandes
expectativas en el centro izquierda. Para la mayoría de los
escritores izquierdistas, su elección anunciaba una nueva época
de cambios progresistas que, incluso si no eran revolucionarios,
significarían “el fin del neoliberalismo”. Notables figuras
religiosas progresistas, como Leonardo Boff, anunciaron el
“cambio” inminente, que iba a desafiar la hegemonía
estadounidense y conducir a una gran participación popular. Frei
Betto, un colaborador cercano a Lula, lanzó un vitriólico ataque
contra los críticos que ponían en entredicho algunos de sus
nombramientos, en el cual recordó las raíces populares del
presidente como antiguo trabajador metalúrgico y sindicalista
durante el cuarto de siglo anterior. Olivo Dutra y Tarso Genero,
dos miembros del ala izquierda del Partido de los Trabajadores (PT)
designados para puestos ministeriales poco relevantes en el
gabinete, exigieron medidas “disciplinarias” (la expulsión o el
silenciamiento) contra Heloisa, la senadora disidente del PT que
se opuso al nombramiento del senador de derecha José Sarney como
Presidente del Senado. La progresía europea, estadounidense y
latinoamericana, así como los izquierdistas y sus movimientos,
las ONG y los periódicos, se unieron a la celebración de la
presidencia de Lula, de su “agenda progresista” y de su
“liderazgo en la lucha contra el neoliberalismo y la
globalización”. Mientras que más de 100.000 participantes en el
Foro Mundial Social de Porto Alegre aclamaban a Lula en enero de
2003 como héroe de la izquierda y precursor de una nueva ola de
regímenes izquierdistas (junto con el presidente Lucio Gutiérrez
y el presidente Hugo Chávez de Venezuela), algunos de los
intelectuales partidarios de Lula (Emir Sader) le pidieron que
no fuese a Davos a defender su agenda de inversiones extranjeras
ante los especuladores más rapaces y los inversionistas más
ricos del mundo.
Además de
la gran mayoría de los intelectuales de izquierda, de las ONG y
de los políticos que de manera agresiva e incuestionable apoyan
a Lula en su calidad de nueva fuerza progresista, los medios
financieros brasileños y extranjeros, las instituciones
financieras internacionales (el Fondo Monetario Internacional,
el Banco Mundial, Wall Street, la City de Londres y prominentes
líderes de la derecha, como el primer ministro británico Tony
Blair y el presidente Bush) elogiaron a Lula como “hombre de
Estado” y “líder pragmático”. En otras palabras, los grandes
capitales, los banqueros y los líderes políticos de la derecha
consideran a Lula como a un aliado en la defensa de sus
intereses contra la izquierda y los movimientos populares de
masas.
Este
ensayo analizará y evaluará las expectativas de las percepciones
izquierdistas y capitalistas a la luz de la realidad política y
económica. La rigurosa evaluación del régimen de Lula y de su
trayectoria futura se basa en diversos procedimientos
metodológicos:
(A) Un
examen de la dinámica histórica del Partido de los Trabajadores
(PT). No es posible entender al PT estudiando simplemente lo que
era en sus orígenes, hace casi un cuarto de siglo. Los partidos
políticos evolucionan a lo largo del tiempo, de la misma manera
que lo hacen sus relaciones con la base social original que los
apoya, sus fuentes de financiación, la composición del partido,
la membresía en los congresos y las estructuras internas, tal
como indicaron hace mucho los sociólogos clásicos Michels,
Pareto y Weber. En el caso del PT, el cambio en relación con los
movimientos sociales, los procesos electorales y la maquinaria
estatal es crucial.
(B) La
relación entre el PT y los gobiernos nacional, estatal y local
en los que ha ejercido el poder. Antes de la elección de Lula
como presidente, el PT ocupó los cargos de gobernador o gobernó
en coalición en varios estados importantes (Rio Grande do Sul,
Brasilia, São Paulo) y en muchas ciudades grandes y medianas,
incluidas Porto Alegre, São Paulo, Belém, Brasilia,
Florianopolis y otras). Los gobiernos del PT han evolucionado en
todos estos niveles durante los últimos veinticinco años, desde
la socialdemocracia al neoliberalismo, y representan un
importante papel en la provisión de ministros, funcionarios y
actitudes políticas al gobierno de Lula.
(C) El
programa político económico del PT ha cambiado de manera muy
significativa a lo largo de la pasada década y, en particular,
durante la campaña electoral presidencial de octubre de 2002.
Los poco informados entusiastas de la presidencia de Lula, en
particular los observadores extranjeros, suelen referirse a los
programas pasados del PT, que no tienen relevancia alguna con
respecto a la política actual y a las prioridades inmediatas
para el futuro. Los juicios a priori, las proyecciones de deseos
y la exuberancia excesiva e irracional han nublado el juicio de
muchos de los defensores nacionales y extranjeros de Lula con
respecto a sus prácticas y prioridades socioeconómicas actuales.
(D) La
campaña electoral y, lo que es más importante, las alianzas
políticas y los pactos económicos que la acompañaron, son
importantes puntos de referencia para un análisis serio y para
la evaluación subsiguiente del régimen. En el terreno de las
campañas electorales, lo más importante no es la frecuente
“retórica populista”, el “mezclarse con el pueblo”, las promesas
socioeconómicas de empleos y de la mejora del nivel de vida o
incluso las denuncias del neoliberalismo (que es lo que suelen
hacer los políticos de todas las tendencias y colores desde
finales de los años ochenta), sino las alianzas sociopolíticas,
las visitas a Washington y Bruselas y los pactos económicos con
el Fondo Monetario Internacional y otro “centros de poder”.
Igualmente importante es la relación de las campañas electorales
con las luchas de masas en curso: ¿exigen los políticos durante
la campaña electoral que cesen los movimientos y desistan de la
acción directa para no asustar al mundo de los negocios y a las
elites bancarias o bien los animan y combinan con ellos su
estrategia electoral? La relación entre los partidos
electoralistas y los movimientos de masas y sus luchas es un
indicador importante de la trayectoria futura de un partido
cuando llega al poder.
(E) La
“imagen” y la “realidad” de un candidato es un indicador
importante de la dirección del partido y de su futuro curso
político en el gobierno. La mayoría de la propaganda electoral
se centra en el perfil anterior de su candidato, en sus orígenes
humildes, en sus vínculos pasados con las luchas populares y en
sus gestos “plebeyos”; a pesar de que esta retrospectiva es
importante, es también compatible con una alianza actual con la
elite del poder y con pactos con banqueros y grandes capitales.
Lo fundamental es en qué lugar se encuentran hoy los políticos y
hacia dónde van. Un análisis mediocre de clase se centrará en
los orígenes sociales, mientras que el análisis riguroso
examinará la movilidad de clase, los nuevos referentes y la
resocialización política adulta del personaje. Existen
demasiados ejemplos, pasados y actuales, de presidentes electos
que empezaron siendo pobres y progresistas y terminaron ricos y
reaccionarios como para pasar por alto esta hipótesis en el caso
de Lula. El más reciente es el del presidente Toledo, de Perú,
que se presentó vestido de campesino y como antiguo limpiabotas.
Más tarde, recibió un doctorado honoris causa en los
Estados Unidos, colaboró con el Banco Mundial y, tras su
elección, puso en práctica un programa neoliberal profundamente
reaccionario, apoyado por el Fondo Monetario Internacional y
rechazado por la gran mayoría de los peruanos, incluida buena
parte de los votantes pobres que se dejaron embaucar por su
folclórica propaganda electoral.
(F) La
identidad, el historial y las políticas económicas de los
funcionarios ministeriales y económicos claves. Los
nombramientos del gabinete son fundamentales en la configuración
de la política y en la definición de la clase y del carácter
nacional de un régimen. De manera más específica, los
ministerios de Finanzas, de Economía, de Asuntos exteriores y de
Agricultura, así como la dirección del Banco Central, determinan
los parámetros y las prioridades de la política social y
económica del régimen. Estos ministerios definen los
presupuestos y las posibilidades de los demás. Por ello, lo
importante no es el número de ministros que representan una u
otra tendencia política, sino la perspectiva política y
económica de los ministerios claves y del Banco Central.
(G) Las
decisiones políticas y económicas durante las primeras semanas
del régimen de Lula y las políticas estructurales que propuso,
los presupuestos, los “pactos” y las alianzas nos proporcionan
la base empírica para evaluar la dirección en la que avanza. Las
prioridades públicas económicas fijadas por el presidente y su
equipo económico con respeto a la deuda externa, el presupuesto,
el ALCA, los tipos de interés, el Fondo Monetario Internacional,
la reforma agraria, las pensiones y la legislación industrial
tienen que enorme impacto sobre las clases sociales y definen el
carácter presente y futuro del régimen.
Analizaremos el régimen de Lula de acuerdo con este método, para
lo cual seguiremos los siete criterios mencionados más arriba,
con vistas a evaluar de manera realista y objetiva su naturaleza
y sus perspectivas.
Dinámica histórica del Partido de los Trabajadores (PT)
Los
publicistas contemporáneos se refieren al PT como un partido de
trabajadores, basado en sus supuestos lazos con los movimientos
sociales y su profunda participación en la lucha de clases y
otras luchas sociales. Esto era verdad en el momento de su
fundación hace más de dos décadas.
El hecho
más significativo del PT es su cambio cualitativo durante el
último cuarto de siglo, que ha pasado a través de varias etapas
esenciales: (1) relación con los movimientos sociales y sus
luchas; (2) estructura interna del partido y composición de los
delegados a su Congreso del Partido; (3) programa y alianzas
políticas y (4) estilo de liderazgo.
El PT, en
el momento de su fundación, era un partido con un fuerte
componente de movimientos sociales: trabajadores sin tierra,
favelados urbanos (moradores de barrios bajos), ecologistas,
feministas, grupos culturales y artísticos, activistas
progresistas religiosos y de derechos humanos y los principales
nuevos sindicatos de trabajadores metalúrgicos, así como
profesores, trabajadores de la banca y funcionarios. El PT
aumentó rápidamente el número de afiliados y la influencia de su
participación directa en las luchas sociales. Al principio, las
campañas electorales fueron en gran parte un complemento de las
luchas extraparlamentarias. Con el tiempo y con los éxitos
electorales que fue cosechando, el sector “electoral” del PT
tomó el control del partido y, poco a poco, redefinió su función
como aparato básicamente electoral, manteniendo la retórica de
la lucha social, pero concentrando sus esfuerzos dentro del
aparato y las instituciones del Estado, así como formando
alianzas de facto con partidos burgueses. Una minoría del
“partido electoral”, el ala izquierda, continuó apoyando los
movimientos –desde las instituciones–, ofreciéndoles defensa
legal, denunciado la represión estatal y estimulando con su
oratoria las concentraciones de masas. Sin embargo, está claro
que todas las tendencias del partido electoral, la izquierda, el
centro y la derecha, ya no estaban implicadas en la organización
cotidiana de las masas, excepto en el momento de las campañas
electorales.
El
segundo cambio básico se dio en la composición del partido y de
sus Congresos. A mediados de los años noventa, la gran mayoría
del aparato del partido estaba ya compuesta por funcionarios a
tiempo completo, profesionales, abogados, profesores
universitarios y otros empleados de clase media y de clases
inferiores. Los activistas “voluntarios” desaparecieron o fueron
marginados conforme el partido reemplazaba las luchas de masas
por la búsqueda de puestos oficiales y por el trapicheo con
grupos de negocios y con una serie de partidos de centro
izquierda y centro derecha.
El último
Congreso del PT, antes de la elección de Lula, fue
abrumadoramente de clase media (el 75 %), compuesto sobre todo
por funcionarios, con unos poco sindicalistas, representantes
del MST (Movimiento de los Sin Tierra) y líderes de derechos
humanos.
Claramente, el PT había dejado de ser un “partido de
trabajadores”, ya fuese en su composición, en sus delegados al
congreso o en su relación con los movimientos sociales antes de
las elecciones. Además, muchos de los miembros elegidos del PT
en los ámbitos municipal y estatal provenían de alianzas con
otras clases sociales, grupos de negocios y partidos burgueses,
alianzas que el PT repetiría en la campaña presidencial de 2002.
En otras palabras, el giro a la derecha del PT en el ámbito
nacional había sido precedido por un modelo similar en los
ámbitos estatal y municipal durante la década de los noventa.
Más aún, muchos de los líderes importantes del partido, que
luego serían consejeros de Lula, ya practicaban políticas
neoliberales desde sus respectivas posiciones, incluso si el
programa nacional del partido todavía hablaba de socialismo, de
antiimperialismo y de impago de la deuda externa.
Conforme
se acercaban las elecciones de 2002, los líderes nacionales del
PT, con Lula mostrándoles el camino, eliminaron todas las
referencias programáticas al socialismo y al antiimperialismo,
de acuerdo con las prácticas neoliberales de los miembros
electos del partido y con el apoyo mayoritario de los delegados
de clase media.
El tercer
cambio significativo del PT es la evolución de su programa.
Esencialmente, los cambios programáticos han tenido lugar en
cuatro etapas:
(1)
Durante los años ochenta, el PT abogaba por una sociedad
socialista basada en la democracia de estilo asambleario,
vinculada a los movimientos sociales. El PT defendía el rechazo
de la deuda externa, una amplia redistribución de la tierra con
el apoyo financiero, técnico y publicitario del estado, la
socialización de la banca, el comercio exterior y la industria
nacional (algunos sectores exigían la expropiación de grandes
industrias y otros la gestión conjunta de los trabajadores).
Estas posiciones radicales se discutían abierta y libremente
entre todas las tendencias (desde los marxistas a los
socialdemócratas), que incluso publicaban sus propios periódicos
y aireaban su disidencia.
(2) Desde
principios de los años ochenta a finales de los noventa, el PT
se pasó a la derecha y el eje del poder cambió hacia una
posición “socialdemócrata” (en apoyo del estado del bienestar)
mientras que la izquierda marxista continuó siendo una fuerte
tendencia minoritaria. Los socialdemócratas controlaron cada vez
más el aparato del partido de clase media, mientras que los
marxistas organizaron su oposición desde dentro del mismo
aparato y unos pocos, si es que hubo alguno, se concentraron en
la organización de las masas para contrarrestar su cada vez
mayor debilidad en la maquinaria del partido. Mientras que el
programa formal todavía conservaba las demandas radicales
iniciales, en la práctica la mayor parte de los gobernadores y
los alcaldes recién elegidos no pusieron en entredicho las
existentes relaciones de propiedad. El ala radical de los
funcionarios elegidos en Porto Alegre introdujo la noción de un
“presupuesto participativo”, que implicara a los comités de
vecinos, pero no logró municipalizar ningún servicio esencial,
incluido el transporte, o estimular ocupaciones de tierras o las
exigencias de los trabajadores sin tierra. Además, el
presupuesto participativo se basó en los fondos asignados por
regímenes estatales y municipales, que establecieron las
prioridades presupuestarias totales. Políticamente, esto
significó que incluso el PT radical aprendió a coexistir y a
cooperar con la banca y con las elites industriales e
inmobiliarias.
En la
práctica, la minoría marxista y las alas socialdemócratas
dominantes del PT debatían únicamente sobre el lenguaje
programático, mientras que las diferencias reales entre ellos
eran, de hecho, bastante estrechas.
La
tercera fase del PT, aproximadamente entre finales de los años
noventa y las últimas elecciones, fue testigo de un giro todavía
mayor a la derecha en términos programáticos. Incluso las
referencias retóricas al marxismo, al socialismo y al rechazo de
la deuda externa desaparecieron. El liderazgo del partido estaba
en plena transición hacia el liberalismo social y combinaba la
retórica populista contra la pobreza con la búsqueda de alianzas
con el mundo neoliberal de los negocios, de la banca y de las
elites de la agroexportación. Durante la campaña electoral, Lula
rechazó el referéndum sobre el ALCA que organizaron el MST, los
sectores de la iglesia progresista y otros grupos de izquierda.
En cambio, el PT pidió “negociaciones para mejorar el ALCA”. En
junio de 2002 el PT firmó un pacto con el Fondo Monetario
Internacional y accedió a sus dictados sobre la austeridad
fiscal, un superávit del presupuesto para pagar a los
accionistas, reducciones del gasto público y el respeto de todas
las empresas privatizadas. Los aspectos sociales de este
programa liberal eran la declaración a favor de una reforma
agraria gradual (de dimensiones no especificadas), una agenda
política de “pobreza cero”, subvenciones familiares para
alimentos y títulos de propiedad para los okupas urbanos.
La fase
final de la evolución del programa del PT se inició en 2003,
como partido presidencial. El gobierno de PT abrazó entonces un
ortodoxo programa neoliberal. A pesar de las promesas de un
aumento de los gastos sociales, el régimen de Lula ha reducido
presupuestos, ha impuesto la austeridad fiscal, ha aumentado los
tipos de interés para atraer capital especulativo y negocia con
los EE.UU. la reducción de sus barreras comerciales. En otras
palabras, para el régimen de Lula, sus diferencias con los
estadounidenses se reducen a lograr que Washington practique una
economía de mercado consecuente. La mayor parte de los
izquierdistas del mundo que consideran la victoria del PT y de
Lula como la llegada de cambios básicos sociales, o a lo menos
importantes, en beneficio de los pobres y de una redistribución
de la riqueza y de la tierra, basan su opinión en imágenes
anticuadas de la realidad. Durante los últimos años, los
militantes que construyeron el partido sobre la base de
movimientos populares han sido sustituidos por “neolulistas”,
por funcionarios trepas, por profesionales sin historia de
política de clases, que llegaron al partido para asegurarse los
beneficios de un cargo y hacer contactos de negocios. El resto
de los antiguos demócratas reformistas sociales han sido
desviados a ministerios marginales o, si se atreven a poner en
entredicho la hegemonía neolulista, son sometidos a medidas
punitivas por “violación de la disciplina del partido”.
Al igual
que en Inglaterra, donde el “New Labour” neoliberal
proimperialista de Tony Blair sustituyó al tradicional
socialdemócrata Labour Party, los estrategas ortodoxos
neoliberales de Lula han creado un “Nuevo Partido de los
Trabajadores” sin contenido social, sin democracia.
Liderazgo y democracia de partido
Desde su
fundación hasta finales de los años ochenta, el PT tuvo una
vibrante vida interna, abierta y libertaria. Los miembros
acudían a las asambleas generales y discutían con los líderes y
los hacían responsable de su política, de sus discursos y de su
presencia o ausencia en manifestaciones populares. El liderazgo
era colectivo y las tendencias políticas diferentes exponían sus
posiciones sin miedo a que nadie fuese expulsado o sometido a
disciplina. Para los observadores exteriores, en particular los
convencionales científicos sociales estadounidenses, la vida
interna del partido era “caótica”. Sin embargo, se reclutaban
nuevos activistas, los militantes se ofrecían para actividades
políticas y campañas electorales y el partido avanzaba a pesar
de la hostilidad universal de los medios de comunicación.
No
obstante, hacia finales de los años ochenta, el ala
socialdemócrata electoral ganó ascendencia y se dedicó a
castigar y a expulsar a algunos sectores de la izquierda
radical. Las asambleas fueron sustituidas por reuniones de los
funcionarios a tiempo pleno, que primero ponían en práctica las
decisiones políticas y luego discutían con sus colegas radicales
del aparato del partido. Miles de activistas empezaron a
distanciarse, en parte por el crecimiento del clientelismo, en
parte por las estructuras verticales que habían surgido y, en
gran parte, porque el partido se dedicó casi exclusivamente a la
política electoral. La mayoría de los observadores exteriores
siguieron escribiendo sobre el PT como si todavía fuera la
organización “horizontal” de los primeros años, confundiendo los
debates entre las diferentes tendencias del aparato de partido
(izquierda, derecha y centro) con las asambleas populares
iniciales. En la elección de 1994 y con mayor intensidad a
partir de entonces, el PT se convirtió en un partido
personalista organizado en torno a Lula –como si éste fuese la
encarnación de la Voluntad Popular– y a los barones del partido
en sus feudos de poder de los gobiernos estatales y municipales.
Cada vez más, los activistas voluntarios del partido fueron
sustituidos por funcionarios a sueldo, por políticos
profesionales y por especialistas en relaciones públicas
encargados de las elecciones, creadores de imagen y
propagandistas televisivos. Se violaron reglas estrictas sobre
la financiación electoral conforme la cúpula buscó y aceptó
fondos de contratistas estatales para pagar el nuevo y caro
estilo de las campañas electorales en los medios de
comunicación.
Ya en el
nuevo milenio, el partido estaba controlado por un pequeño
núcleo de consejeros y una pequeña elite de jefes, liderados por
Ze Dirceu, que rodeaban a Lula y alentaban su personalista
dirección centralizada, cada vez más autoritaria. Los programas
ya no estaban abiertos a un debate serio. El programa del
partido, se dijo a todo el mundo, era lo que Lula quería para
ser candidato o, más tarde, para ganar la campaña. Lula decidió,
con su círculo de consejeros, establecer una alianza con el ala
derecha del Partido Liberal sin consultar con nadie, menos aún
con las masas de la base, acerca de este cambio estratégico. El
mismo grupo impuso un nuevo programa social liberal a través de
su control de los funcionarios a tiempo pleno en el Congreso del
Partido, justo antes de las elecciones de 2002. La verticalidad
personal se convirtió en el sello del PT, en gran contraste con
su estructura horizontal inicial.
El cambio
a estructuras autoritarias políticas facilitó el rechazo de las
restantes exigencias reformistas sociales de todo el PT. Lula y
su pandilla decidieron no apoyar el referéndum del ALCA, a pesar
de que once millones de brasileños participaron y más del 95 %
votó en contra. Los neolulistas consideraron el referéndum como
una amenaza a sus alianzas con la derecha y, lo que es más
importante, a su acercamiento a la Casa Blanca de Bush. Conforme
el tradicional programa del PT iba siendo desechado y la
apertura de Lula a la derecha se hacía más profunda, sus
consejeros proyectaron cada vez más la imagen de Lula como el
“hombre del pueblo”, el “norteño compasivo”, el “presidente
metalúrgico “. Lula representó a la perfección el doble papel de
neoliberal y “presidente trabajador”: a los favelados les
daba abrazos, lágrimas, apretones de manos y promesas. Al Fondo
Monetario Internacional le garantizó un superávit presupuestario
para pagar a los accionistas, el despido de empleados del sector
público y la promoción de las elites de la agroexportación.
El PT,
contrariamente a la mayor parte de los neolulistas, es un
partido que aspira a representar una alianza entre los grandes
industriales y los intereses agrarios nacionales y los banqueros
de ultramar: espera conservar la lealtad del mundo del trabajo
mediante “pactos sociales” basados en acuerdos entre los
sindicatos y la patronal, que le permitan a ésta reorganizar el
lugar de trabajo, despedir obreros para disminuir los costos y
aumentar el número de trabajadores a tiempo parcial y con
contratos cortos, a cambio de lo cual los líderes sindicales
recibirán una remuneración monetaria simbólica. El nombramiento
de miembros de la izquierda del PT como ministros de la Reforma
Agraria y del Trabajo está destinado a pacificar los sindicatos
y el MST con una representación simbólica, no sustancial. El
trabajo de los ministros izquierdistas del PT consiste en
predicar la “paciencia” y pronunciar discursos radicales
inconsecuentes en las reuniones de trabajadores industriales y
de trabajadores sin tierra. Todos los ministros izquierdistas se
enfrentan con presupuestos limitados y una estrategia económica
favorable a los negocios que minará cualquier programa
sustancial de reforma. Se ven obligados a suplicar a los
ministros económicos neoliberales dominantes cualquier aumento
presupuestario residual, empresa con pocas perspectivas de
éxito. Algunos ministros izquierdistas dimitirán, la mayor parte
de ellos se adaptarán a la ortodoxia liberal y optarán por lo
que llamarán el “nuevo realismo” o el “posibilismo”.
El PT,
como movimiento dinámico basado en el partido de los obreros y
los campesinos, está muerto. ¡Larga vida a los neolulistas y a
su líder paternalista!
La campaña electoral y la política del régimen de Lula
El pasado
tuvo enorme importancia en el voto de las masas a favor de Lula
y del PT; el presente y el futuro, sin embargo, abren nuevas
esperanzas para los banqueros de ultramar y las elites
nacionales. Estas dos percepciones e intereses, distintos y
polarizados, han de ser tenidos en cuenta a la hora de analizar
el atractivo electoral de Lula entre la masas de desheredados y
la política favorable a los negocios que promovió después de su
elección. Sus acuerdos y sus pactos sociales durante la campaña
electoral reflejaban la evolución del PT a lo largo de la década
anterior y presagiaron la política ortodoxa neoliberal que
adoptó inmediatamente después de la asunción del cargo.
Varios
factores claves durante la campaña electoral prefiguraron los
nombramientos ministeriales neoliberales y la política seguida
por Lula después de su elección: (1) los consejeros económicos y
electorales; (2) la elección de aliados políticos; (3) la
naturaleza del programa socioeconómico; (4) el acuerdo con el
Fondo Monetario Internacional y (5) los compromisos con los
dignatarios estadounidenses, los banqueros e inversionistas
extranjeros y las elites industriales y agroexportadoras
nacionales.
Un
pequeño núcleos de consejeros electorales, que conocían desde
tiempo atrás las cartas credenciales neoliberales de Lula,
representó el papel principal en el diseño de su campaña
presidencial En efecto, Lula evitó todas las normas democráticas
y los estatutos del partido en la organización de su campaña,
incluido el proceso de selección del candidato a la
vicepresidencia y la puesta a punto del futuro programa. Tres
consejeros destacan entre los demás: Antonio Palocci, el antiguo
alcalde del PT de Ribeirão Preto, una ciudad del estado de São
Paulo, quien coordinó la plataforma de la campaña del PT y
estableció sólidos vínculos con la elite de los negocios. Fue el
portavoz principal en política económica durante la campaña
electoral y encabezó el equipo de transición después de las
elecciones. Palocci también estableció el acuerdo del PT con el
Fondo Monetario Internacional y fue el arquitecto de la ortodoxa
austeridad monetarista y fiscal de la política económica. Más
tarde, Lula lo nombró ministro de Finanzas. Como alcalde de
Ribeirão Preto, Palocci se alió con la elite local de los
negocios y con los barones de azúcar (FT, 15 de noviembre
de 2002, pág. 3). Privatizó totalmente las empresas municipales
telefónicas y del agua y parcialmente el servicio municipal de
transportes. Aparte de algunos planes de vivienda a bajo precio,
su política neoliberal fue uniformemente negativa para los
pobres. Los índices de criminalidad aumentaron, y también lo
hicieron las listas de espera en los hospitales locales. Al cabo
de siete años al frente de la ciudad, sólo el 17 % del agua
residual pasa por la depuradora. Igualmente, las taxas
municipales sobre el agua y los impuestos regresivos aumentaron
y el fiscal de la república está investigando 30 casos de
corrupción municipal en relación con contratos de trabajos
públicos. Como consecuencia de la política reaccionaria de
Palocci, Lula apenas obtuvo votos populares en Ribeirão Preto
(lo cual contrasta con sus 24 puntos de ventaja en el ámbito
nacional), resultado que probablemente se repetirá en la próxima
elección presidencial.
José
Dirceu, el ex presidente del PT, ha sido el consejero más
influyente de Lula da Silva durante casi una década. Fue el
principal instigador de la transición desde la socialdemocracia
al neoliberalismo. Ha sido nombrado jefe del gabinete y preside
los asuntos diarios de la agenda presidencial, así como el poder
disciplinario sobre las autoridades del PT y los senadores, con
vistas a asegurarse de que votan a favor de la línea neoliberal
en los nombramientos, la legislación y las prioridades. Dirceu
ya ha demostrado su mano dura cuando amenazó con expulsar a la
senadora Heloisa Helena por negarse a votar a favor de Henrique
Meirelles, el antiguo presidente del Banco de Boston, como
director del Banco Central, y del senador de la derecha José
Sarney como presidente del Senado.
El tercer
consejero cercano a Lula durante la campaña fue Marcos Lisboa,
un ortodoxo profesor liberal y leal monetarista. Según el diario
brasileño Folha de São Paulo (22 de diciembre de 2002),
fue seleccionado por Palocci para formular la estrategia
económica de Lula. Forma parte de un amplio grupo de neolulistas
que se subieron al carro presidencial en las últimas semanas de
la campaña presidencial, cuando estuvo claro que Lula ganaría.
Este círculo interior está apoyado por otro círculo más amplio
de senadores neoliberales, gobernadores y alcaldes, que están
profundamente aliados con los intereses del mundo de los
negocios y que promovieron la política de privatización.
Estos
consejeros claves, junto con Lula, decidieron las alianzas
políticas para promover la elección. La estrategia consistió
primero en consolidar el control del PT para asegurarse el apoyo
de las grandes ciudades, concentrar el poder en la cúpula y
luego dar un giro neoliberal a la derecha para ganarse el apoyo
de las pequeñas ciudades y áreas rurales atrasadas y, lo que es
más importante, la financiación de los grandes capitales. Lula
seleccionó a Alencar, del Partido Liberal, como candidato a la
vicepresidencia, lo cual le sumó el apoyo de de una minoría
sustancial de grupos brasileños de negocios y de grupos
evangélicos de la derecha que apoyan Alencar, que es uno de los
más ricos capitalistas textiles del país y poco amigo de los
sindicatos, sobre todo de los de sus propias fábricas.
A pesar
de que la izquierda del PT se opuso verbalmente, terminó por
tragarse las decisiones de Da Silva, ya que no le quedaba más
remedio ni tenía posibilidades de cambiar la selección, puesto
que estas cuestiones nunca se debatieron fuera del círculo de
Lula. Dirceu, Palocci y sus aliados regionales del partido,
pasaron después a establecer pactos políticos con partidos de
centro derecha y de derecha, en los diferentes estados del país.
En algunos casos, los pactos de la dirección nacional con la
derecha debilitaron a algunos candidatos locales del PT, con la
consiguiente pérdida de varios cargos de gobernador. Lo que está
claro en estas alianzas electorales con partidos de la derecha
es que no fueron maniobras “oportunistas” o tácticas simplemente
electorales. Más bien estas alianzas coincidieron con la
ideología neoliberal del círculo de Lula y de los sectores
claves de los representantes del Congreso del PT. Los nuevos
aliados de la derecha, más los neolulistas recientemente
reclutados en el PT, sirvieron como contrapeso frente a la
izquierda del partido, reduciendo aún más su influencia en éste
y en el gobierno. Esto se hizo evidente con respeto a dos
acontecimientos importantes durante la campaña: el programa del
PT y su pacto con el Fondo Monetario Internacional.
Lula y su
equipo neoliberal hicieron un esfuerzo constante y coherente
para demostrar sus cartas credenciales neoliberales a varios
grupos claves, incluidos Wall Street, la Administración de Bush,
el Fondo Monetario Internacional y los principales bancos
brasileños y elites industriales. Palocci fue un puente clave en
todas estas negociaciones.
El
programa electoral del PT respondió a todas las preocupaciones
principales de las elites financieras e industriales. Las
empresas privatizadas serían respetadas. El pago de la deuda
externa no se interrumpiría. Se establecería una rígida política
fiscal. La “reforma” laboral y de las pensiones serían
prioritarias (reforma = debilitamiento de los derechos
sindicales y de la legislación industrial, así como reducciones
de las pensiones del sector público). No habría ninguna
indexación salarial, pero sí de los bonos y de los pagos de la
deuda.
El
programa del PT fue una clara continuación de la desastrosa
política neoliberal del presidente saliente Cardoso y, en
algunos casos, incluso una radicalización de su agenda liberal.
Para
mejor demostrar su ortodoxia liberal a los banqueros y al equipo
de los industriales, Lula estableció un pacto con el Fondo
Monetario Internacional sólo unas semanas antes de su victoria
electoral. A cambio de asegurarse un préstamo de treinta mil
millones de dólares US a lo largo de un período de cuatro años,
aceptó adherirse estrictamente a todas las condiciones
típicamente retrógradas del FMI. Una vez en el poder, Da Silva
fue incluso más allá de estas ásperas medidas. El acuerdo con el
Fondo Monetario Internacional incluía las típicas medidas
recesionistas para controlar la inflación mediante la renuncia a
la estimulación del crecimiento con inyecciones de capital, la
aceptación del desastroso programa de privatizaciones iniciado
por el presidente saliente Cardoso y un objetivo de superávit
presupuestario (por encima del pago de intereses) del 3,75 % del
producto nacional bruto, lo cual garantizaba por adelantado que
pocos o ningún fondo estarían disponibles para cualquiera de las
promesas de “pobreza cero” que había hecho Lula, por no hablar
de la financiación de una reforma agraria general.
Lula
designó a Henrique Meirelles, un ex presidente de un banco de
inversión multinacional estadounidense (Fleet Boston Global Bank),
como director del Banco Central. Meirelles había apoyado la
ortodoxa agenda neoliberal de Cardoso y admitió haber votado a
José Serra, el oponente de Lula en la elección presidencial. El
Ministerio de Finanzas está en manos de Antonio Palocci,
ortodoxo neoliberal y miembro de la extrema derecha del PT. Luiz
Fernando Furlan, el millonario presidente de la compañía
agrícola Sadia, fue designado jefe del Ministerio de Desarrollo
y Comercio. Robert Rodriguez, presidente de la Asociación de la
Agroindustria Brasileña y gran partidario de las cosechas
genéticamente modificadas, fue seleccionado para el Ministerio
de la Agricultura (FT, 17 de diciembre de 2002, pág. 3).
Como portavoz de los grandes gigantes multinacionales de
productos de consumo, Rodriguez tiene lazos con Monsanto, el
grupo internacional agrícola y de biotecnología comprometido en
una larga batalla para permitir las ventas de semillas de soja
genéticamente modificadas. El equipo económico lulista de
ideólogos neoliberales y millonarios perfiló esta agenda
favorable a los grandes capitales incluso antes de la toma de
posesión del cargo. Desde el principio, estuvo claro que las
expectativas populares de los cincuenta y dos millones de
ciudadanos que votaron a favor de Lula y de los 200.000 que
aclamaron su intronización se verían defraudadas una vez que el
equipo económico comenzó a aplicar la agenda de Fondo Monetario
Internacional. Lula amplió la influencia de la derecha al
nombrar a Gilberto Gil, partidario de Cardoso, como ministro de
la Cultura, y a Cristovan Buarque, el antiguo gobernador de
Brasilia por el PT y partidario de las privatizaciones, como
ministro de la Educación. Celso Amorin, el ex embajador de
Cardoso en los EE.UU., pasó a ser ministro de Asuntos
Exteriores. Para pacificar el centro izquierda del PT, Lula
envió a un cierto número de funcionarios a ministerios que serán
en gran parte impotentes, a causa de las rígidas políticas
monetarias y fiscales impuestas por el equipo económico. Al
enviar a la izquierda a los ministerios marginales, Lula espera
neutralizar las tensas relaciones populares y mantener la
ilusión entre los líderes de los movimientos sociales de que el
suyo es un régimen “equilibrado”. Para los siete sindicalistas,
cuatro mujeres y dos negros en el gabinete, este ascenso
contrarresta su preocupación ante las políticas neoliberales.
Para asegurar que la política neoliberal se pone en práctica,
Lula da Silva está proponiendo una enmienda constitucional que
hará que el Banco Central sea más sensible a los inversionistas
extranjeros y a los banqueros al independizarlo de la
legislatura nacional y del presidente.
De forma
paralela al nombramiento de grandes capitalistas en el gabinete,
el equipo interno formado por Paolucci, Dirceu y sus consejeros
económicos se apresuró a demostrar su lealtad al imperialismo
estadounidense, a las grandes compañías de inversiones y a la
elite brasileña industrial. Entre la elección de Da Silva y su
toma de posesión, sus consejeros neoliberales aseguraron a los
EE.UU. que el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) era
negociable. Tres semanas después de la elección de Lula, Peter
Allgeier, representante comercial de los Estados Unidos, declaró
que “vamos a negociar las cuestiones comerciales con la nueva
administración (de Da Silva) en la Organización Mundial del
Comercio, en el Alca y de manera bilateral. He sacado una muy
buena impresión tras hablar con la gente que rodea al nuevo
presidente” (FT, 22 de noviembre de 2002, pág. 4).
Inmediatamente después de la elección, el equipo empezó a
establecer estrechos lazos económicos con el imperialismo
estadounidense, algo que pasó inadvertido para muchos
intelectuales brasileños de izquierda, como Emir Sader, quien
siguió elogiando la política exterior nacionalista de Lula (Punto
Final, diciembre de 2002, pág. 2). Unas semanas antes de su
discurso inaugural, Da Silva se reunió con Bush en Washington,
donde ambos líderes se pusieron de acuerdo para una cumbre
comercial durante la primavera de 2003. Además, Da Silva también
se reunió con el representante comercial de los Estados Unidos
Robert Zoellick para discutir la forma en que los codirectores
de las negociaciones sobre el ALCA podrían apresurar su
implementación (FT, 22 de enero de 2003, pág. 12). La
posición del régimen favorable al ALCA y a los EE.UU. se hizo
evidente cuando Da Silva rechazó apoyar los referendos sobre el
ALCA y sobre la base estadounidense en Alcantara, en el estado
de Maranhão, a pesar de los más de diez millones de
participantes. La decisión de Lula de ignorar al 95 % de los
votantes que se opusieron al ALCA y a la base estadounidense y
de establecer una mayor subordinación inmediatamente después de
las elecciones, es indicativa del masivo engaño perpetrado por
su campaña electoral. Conforme se acercaba la intronización de
Lula, el núcleo neoliberal que controla el gobierno dejó bien
claro que la austeridad presupuestaria y los tipos elevados de
intereses tendrían prioridad sobre la reducción de la pobreza y
las iniciativas de desarrollo.
Incluso
si gran parte de los izquierdistas del PT tenían dudas sobre la
alianza de Lula con la derecha dura neoliberal y sobre los
pactos electorales con el ex presidente José Sarney y con el
antiguo gobernador de São Paulo, el corrupto Orestes Quercia y
con Paulo Maluf, siguieron describiendo el régimen de Lula como
un gobierno “en permanente disputa y tensas relaciones”, sin
dirección fija. Cegados por la presencia de antiguos
izquierdistas en puestos ministeriales marginales, pasaron por
alto los profundos lazos estructurales y políticos de los
responsables de la política económica y exterior.
Lula hizo
todo lo posible para agradar a Bush, criticó públicamente a los
presidentes Chávez de Venezuela y Fidel Castro de Cuba antes de
su discurso inaugural. El discurso de inauguración de Da Silva
fue una obra maestra de duplicidad, destinado a lograr que sus
partidarios de las clases inferiores bailasen en las calles y a
asegurar a los banqueros extranjeros que su régimen les era
favorable. El discurso de Lula habló de “cambios”, de “nuevos
caminos”, de “agotamiento de un modelo (neoliberal)”, que luego
matizó al hablar de “un proceso gradual y continuo”, basado en
“la paciencia y en la perseverancia”. Más tarde, habló del
“hambre cero” como prioridad de su gobierno. Habló de reforma
agraria y de desarrollo del mercado interno, pero también salió
en defensa de las elites de la agroexportación y del libre
comercio y contra el proteccionismo y las subvenciones. Después
de haber nombrado a los neoliberales más rígidos en los puestos
económicos claves, no le será posible tomar un “nuevo camino”.
Tras acordar la austeridad presupuestaria con el Fondo Monetario
Internacional no le será posible financiar nuevos puestos de
trabajo ni lograr el “hambre cero”. Al establecer como prioridad
las medidas antiinflacionistas diseñadas por el Fondo Monetario
Internacional, Lula no podrá de ningún modo bajar los tipos de
interés para promover el mercado interno.
El doble
discurso se basó en una sola práctica, la de continuar y
profundizar ese mismo modelo que denunció como productor de
estancamiento y hambre. Una vez en su puesto, Lula no tardó en
demostrar la vaciedad de sus promesas de ayuda social.
El presidente Da Silva en el poder: el neoliberalismo hasta sus
últimas consecuencias
Los
miembros neoliberales nombrados por Lula da Silva para
posiciones económicas estratégicas establecieron el marco
estratégico para la formulación de una política macroeconómica,
microeconómica y social. Para entender lo sucedido desde que Da
Silva tomó posesión de su cargo, es esencial que se entienda la
filosofía subyacente que dirige su régimen y que se dejen de
lado sus teatrales payasadas ante las masas y sus gestos
populistas, destinados a la pacificación de los pobres, de los
movimientos sociales y de los miembros disidentes del PT.
La
filosofía operacional del régimen del PT tiene varios postulados
claves: (1) Brasil vive una crisis que sólo se puede remediar
mediante una política de austeridad promovida por las
instituciones financieras internacionales para asegurar nuevos
flujos de préstamos e inversiones extranjeras, identificados
como los principales vehículos para el desarrollo (FT, 16
de enero de 2003, pág. 2); (2) Brasil sólo podrá crecer si
proporciona incentivos a los grandes capitales nacionales, al
capitalismo agrario y a las multinacionales extranjeras (véase
Lula en Davos, FT, 27 de enero de 2003, pág. 2).
Estos incentivos incluyen la baja de los impuestos, la reducción
de las ventajas sociales laborales y el reforzamiento de las
posiciones de la patronal en sus negociaciones con el mundo del
trabajo; (3) el libre mercado, con mínima intervención estatal,
regulación y control, es esencial para solucionar los problemas
del crecimiento, el paro y las desigualdades. La tarea principal
del equipo económico de Da Silva consiste en promover las
exportaciones brasileñas a los mercados extranjeros, por encima
y contra el mercado interior, así como presionar a los EE.UU. y
a Europa para que liberalicen sus mercados (FT, 16 de
enero de 2003, pág. 2); (4) el crecimiento resultará de la
estabilidad de los precios, de los flujos de capital extranjero,
de una rígida política fiscal y, por encima de todo, del pago
estricto de la deuda pública y externa, de ahí la necesidad de
reducir los presupuestos de gobierno, en particular los
sociales, de acumular las sumas excedentarias para pagar la
deuda y de controlar la inflación. Una vez que se alcance la
estabilidad (la “amarga medicina”), la economía mejorará en un
mercado en crecimiento conducido por la exportación, que
financiará los programas para aliviar el hambre de los pobres.
Los gastos sociales “prematuros”, el aumento del salario mínimo,
los programas para aliviar la pobreza y la reforma agraria
“desestabilizarían” la economía, socavarían la “confianza del
mercado” y profundizarían la crisis, empeorando las cosas (Tiempos
del Mundo, República Dominicana, 20 de febrero de 2003, pág.
7).
Estas
asunciones filosoficodoctrinarias neoliberales de la política
económica de Da Silva proporcionan la base para el análisis y la
crítica. En primer lugar, consideraremos la reciente experiencia
histórica de Brasil para evaluar críticamente estas asunciones
teóricas y, luego, regresaremos a la particular política
propuesta o implementada por el régimen de Da Silva y
evaluaremos su probable impacto sobre el desarrollo económico,
las desigualdades de clase y la ayuda social.
Da Silva,
tanto según la filosofía neoliberal que dirige su equipo
económico como según las prácticas económicas reales, representa
la continuidad, la extensión y la profundización de la
desastrosa política neoliberal seguida por el régimen de Cardoso.
En lo tocante a las principales cuestiones políticas y
económicas, al pago de la deuda, al mercado libre, a las
privatizaciones y al monetarismo, el régimen de Da Silva
continúa la fracasada política del régimen de Cardoso (FT,
20 de diciembre de 2002, pág. 2). Esta política llevó a ocho
años de estancamiento económico, a profundas desigualdades
sociales, a un aumento de la deuda y a un colapso casi completo
del sistema financiero, dependiente casi por completo de los
volátiles flujos externos del capital especulativo. La política
económica de Da Silva amplía la agenda liberal con su pretensión
de reducir las pensiones de los trabajadores asalariados de
incrementar las partidas presupuestarias destinadas al pago de
la deuda. Además, sobrepasa a Cardoso en sus recortes del gasto
social. Si consideramos que el régimen de Cardoso fue neoliberal
ortodoxo, el de Lula sería neoliberal talibán.
La puesta en práctica del dogma neoliberal
Si algo cabe decir
acerca del equipo económico de Da Silva es que no ha perdido
tiempo en cumplir las promesas hechas a los fondos de inversión,
a los banqueros internacionales y a las elites industriales
locales antes de tomar posesión. No ha habido compromiso (FT,
24 de enero de 2003, pág. 2) entre las expectativas de mejora
social de cincuenta y dos millones de votantes y los compromisos
adquiridos con las elites económicas. No son muchos los
gobiernos de la antigua izquierda que hayan pasado a asumir y a
aplicar un programa de derechas tan rápida y decisivamente como
el del régimen de Da Silva.
Presupuesto
De acuerdo con las
demandas de FMI y de las elites económicas, el régimen de Da
Silva recortó el presupuesto en 3,9 millardos de dólares US (FT,
11 de febrero de 2003, pág. 66; La Jornada, 11 de febrero
de 2003). Entre los tijeretazos estaba el de la reducción del
salario mínimo, desde el prometido, 69 dólares US, a 67 dólares
US a partir de mayo de 2003, cinco meses después de llegar al
poder. Dado el acusado repunte de la inflación, quedará por
debajo del mísero nivel del régimen anterior de Cardoso. De los
3,9 millardos de dólares US, más de 1,4 procederán de las
partidas de gasto social. Un análisis más detallado revela que
estos recortes afectarán los programas de alimentación,
educación, seguridad social, trabajo, desarrollo agrícola,
ciudades y promoción social. En conjunto, los recortes en
programas sociales suman el 35,4 % de la reducción total.
Incluso el tan publicitado proyecto estrella del “hambre cero”
sufrió un recorte de 10 millones de dólares US y ha quedado
reducido a tan sólo 492 millones para atender a los 40 millones
de brasileños desnutridos. Esto significa que los fondos
asignados a los hambrientos se quedan en 10 dólares por cabeza y
año, es decir, en 0,85 dólares mensuales o 2,5 centavos diarios.
El objetivo de los recortes, entre ellos los del gasto social,
consiste en incrementar el superávit para poder hacer frente a
los pagos de la deuda y del FMI. Los talibanes neoliberales de
Da Silva llevaron el superávit del 3,75 % del PIB, tal y como se
acordó con el FMI en tiempos de Cardoso, al 4,25 % en febrero de
2003 bajo el liderazgo de un “presidente popular” que fue obrero
metalúrgico. Dicho de otra manera, Da Silva incrementó la
partida destinada al pago de la deuda desde 17 millardos de
dólares US a 19,4, casi el 14 %. Los 2,4 millardos de diferencia
fueron una transferencia directa de los fondos destinados a
programas sociales a los poseedores de bonos, tanto nacionales
como extranjeros. Da Silva asignó a los más ricos los fondos que
correspondían a los más pobres y a las clases medias y
trabajadoras.
La política
presupuestaria de Da Silva contribuirá a aumentar las infames
desigualdades brasileñas, no a reducirlas. Los gestos de Lula
para la galería, pidiendo perdón a los pobres que lo votaron por
administrarles semejante dosis de “amarga medicina”, seguramente
no cosecharán mucha simpatía entre los millones de trabajadores
que reciben el salario mínimo y que verán reducidos sus magros
salarios a la vez que se recortan los servicios públicos. Cabe
esperar que el recorte del gasto público no sólo no dinamice la
economía sino que, probablemente, acentúe la recesión.
Mercados libres
Tanto Da Silva
como Palocci, su ministro de Hacienda, han rechazado cualquier
tipo de medida proteccionista, han buscado ampliar el programa
privatizador y se han negado a corregir los peores abusos de las
empresas privatizadas. Palocci defiende las regulaciones
internacionales (las políticas de la OMC) como instrumento para
atraer la inversión extranjera, rechaza el poner a la industria
local al amparo de una legislación proteccionista y privilegia
al capital foráneo en el proceso de adjudicación de contratos
públicos. Palocci sostiene que “Brasil no desea cerrarse, sino
navegar por los mares abiertos del mercado global” (FT,
16 de enero de 2003, pág. 2). Así, rechazó cualquier tipo de
intervención estatal en que se usasen fondos públicos para
estimular la demanda interna entre millones de brasileños
empobrecidos, por considerarlos “mecanismos artificiales”. “Al
generar las condiciones apropiadas, las fuerzas del mercado
incrementarán la renta y la productividad de las empresas”,
sostiene el zar económico de Da Silva. Este talibán del
neoliberalismo omite muy convenientemente que han sido
precisamente las “fuerzas del mercado” las que, durante los
últimos cien años de expansión capitalista, han dado lugar a la
pobreza generalizada en Brasil y han creado la sociedad más
desigual del mundo.
Palocci, con la
total aquiescencia del presidente da Silva y del resto del
equipo económico, anunció la privatización de cuatro bancos
estatales, la “privatización” del Banco Central (bajo el
pretexto de ampliar su autonomía frente a los poderes
representativos) y la preparación de una ley que garantiza al
capital extranjero el control absoluto de un sector sustancial
de la industria brasileña de las telecomunicaciones. Cuando AES,
una compañía eléctrica estadounidense, no satisfizo ciertos
pagos relacionados con la compra de Electropaulo, una
distribuidora de electricidad de São Paulo, el equipo económico
de Da Silva se negó a renacionalizar a la compañía, y ello a
pesar de lo patente de su mala gestión económica (FT, 26
de febrero de 2003, pág. 15).
El dogmatismo
acerca de las virtudes del capital extranjero como motor de
desarrollo impide al régimen de Da Silva ver el grado de
vulnerabilidad y precariedad al que someten a Brasil al subyugar
su crecimiento al capricho del capital financiero internacional.
Por ejemplo, en la última semana de enero de 2003 la moneda
brasileña, el real, se devaluó un 10 %, con lo que perdió todo
lo que había avanzado durante las tres semanas anteriores. El
diferencial de los tipos de interés de los bonos brasileños con
respecto a los de EE.UU. aumentó en dos puntos, hasta el 14 %.
La austeridad nacional y las declaraciones de fidelidad a los
principios neoliberales no bastaron para compensar el efecto de
ciertas tensiones internacionales. De hecho, al adoptar una
política neoliberal y ahondar en su dependencia financiera,
Brasil quedará condenado a aplicar constantemente medidas de
austeridad, una tras otra, de manera indefinida. Así, se esperan
recortes adicionales en el presupuesto de 2003 para afrontar las
consecuencias de la incertidumbre debida a la guerra sobre los
mercados financieros (FT, 29 de enero de 2003, pág. 2).
El banco central tendrá que subir aún más los tipos de interés
para atraer capital especulativo, en detrimento de la industria
nacional y de los agricultores. En éste, como en el resto de los
capítulos de la política económica, Da Silva se ha cambiado la
chaqueta: durante las elecciones, prometió bajadas en los tipos
de interés. Pero, pocos días después de asumir el poder, el
Banco Central los subió desde el 25 % al 25,5 % y, un mes más
tarde (el 19 de febrero de 2003), los llevó hasta el 26,5 %,
eliminando así cualquier posibilidad de recuperación económica o
de incremento de la inversión nacional.
Precios
La política de Da
Silva en materia de salud y consumo es una consecuencia directa
de su fidelidad al dogma neoliberal y justo la contraria de la
que espera su base electoral popular.
El régimen aprobó
nuevos incrementos en las tarifas de las empresas de servicios
en manos privadas, haciendo así repercutir todavía más su coste
sobre los más pobres (FT, 18 de febrero de 2003, pág. 4).
En febrero, Da Silva eliminó los controles de precios que
afectaban a 260 productos farmacéuticos y prometió levantar los
de 3.000 medicinas en junio de 2003.
En un acto casi
farandulario para compensar el declive del nivel de vida, Da
Silva prometió instalar 4.200 ordenadores para los pobres y
darles diez minutos de tiempo gratuito diariamente. Dada la
disminución en términos reales de los salarios y el incremento
potencial del descontento, Lula se está asegurando ahora la
lealtad de la policía al concederle incrementos salariales del
10 %.
Pensiones
El
régimen de Da Silva, fiel al FMI, identifica las pensiones como
la fuente del déficit fiscal. Soslayando la evasión fiscal de
los potentados, las subvenciones y los incentivos fiscales a
largo plazo para las multinacionales, como el verdadero
neoliberal que es, Da Silva propone la reducción generalizada de
las pensiones, en especial las de los funcionarios públicos.
Usando como excusa el caso de unos cuantos funcionarios de alto
rango que disfrutan de pensiones desproporcionadas, Da Silva
está decidido a equiparar las de todos los funcionarios a las
bajísimas del sector privado. En un ejercicio de charlatanería,
presenta su plan de reforma de las pensiones como una batalla en
pro de la igualdad, siendo así que el reducir las pensiones al
nivel de las del sector privado es repartir la miseria, mientras
que cualquier tipo de medida igualitaria y progresista tendería
a incrementar las pensiones bajas. Se espera que así se ahorren
miles de millones de dólares, que acabarán financiando una
rebaja impositiva para la elite industrial. La política en
materia de pensiones, probablemente va a agravar las
desigualdades, empobreciendo a los pensionistas y enriqueciendo
a la elite industrial.
Por eso,
no debe sorprender que Da Silva recibiese el atronador aplauso
de los supermillonarios en Davos. Caio Koch Weser, la Secretaria
de Estado de Hacienda alemana, dijo de Da Silva: “La clave
reside en el ímpetu que la enorme credibilidad del presidente
imprime a las reformas (neoliberales)” (FT, 27 de enero
de 3003, pág. 2).
El que Da
Silva apele deliberadamente a sus orígenes obreros para promover
la política que conviene a las elites económicas hace las
delicias de los astutos financieros de una y otra orilla del
Atlántico.
ALCA e imperialismo
estadounidense
Ha habido
movimientos populares de protesta contra el ALCA por toda
Iberoamérica. Millones de campesinos de México, Ecuador,
Colombia, Bolivia, Paraguay y Brasil han bloqueado carreteras y
exigido que sus gobiernos rechacen el ALCA. En Brasil se planteó
un referéndum en el año 2002, con el apoyo del MST, de sectores
progresistas de la iglesia, de la Confederación Central del
Trabajo (CUT) y de todos los partidos de izquierda, excepto el
PT. De los más de diez millones de personas que participaron en
él, más del 95 % votó contra el ALCA y contra la base militar de
los EE.UU. en el norte de Brasil. Da Silva no sólo no participó,
sino que prohibió que el PT lo hiciese. Una vez elegido, desoyó
a los 10 millones de votantes contra el ALCA y aceptó entrar en
negociaciones con los EE.UU. para consumar dicho acuerdo
comercial.
El ALCA
es un tratado comercial integral y radical que, de llegar a
implementarse, transferiría todo poder decisorio en materia de
comercio, inversión y otras políticas económicas a una comisión
dominada por los EE.UU. y, probablemente, radicada en dicho
país, que supervisaría la privatización y el paso a manos
estadounidenses del resto de las empresas públicas lucrativas en
los sectores del petróleo, el gas y otras industrias
estratégicas. En un discurso en el National Press Club de
Washington, Da Silva abogó por la creación de un acuerdo
comercial para el continente americano entero. Prometió avanzar
en lo referente al ALCA y se declaró entusiasmado acerca de su
relación con el presidente Bush. “Mi impresión de Bush es
inmejorable” (FT, 11 de diciembre de 2003, pág. 5). La
principal preocupación de Da Silva y de su equipo económico
acerca del ALCA tiene que ver con la reducción de las barreras
comerciales para los grandes exportadores agrarios de Brasil. El
apoyo que el “presidente de los trabajadores” brinda al
presidente más agresivo y militarista de los EE.UU., que ha
llevado a cabo una guerra genocida contra Irak y prepara el
derrocamiento militar del gobierno democráticamente elegido del
presidente venezolano Hugo Chávez, es prueba de que el eje de la
política brasileña se basa ahora más que nunca en el servilismo.
Tal como han demostrado tantos economistas críticos, el ALCA
destruirá las empresas agrícolas familiares y la agricultura
campesina, incrementará el número de campesinos sin tierra, el
hambre y la emigración masiva hacia las favelas y
reducirá a la nada el programa del “hambre cero” de Da Silva.
Los ridículos repartos de ayuda puntual de emergencia que planea
Da Silva no compensarán a los millones de nuevos pobres y
desheredados que producirá su fidelidad al dogma político
neoliberal. Da Silva anunció que su programa de “hambre cero”
era “mucho más que una donación de alimentos en casos de
urgencia, porque busca atacar las causas del hambre, dar peces y
enseñar cómo pescar” (FT, 31 de enero de 2003, pág. 2).
En lugar de eso, con el ALCA, Da Silva atacará a los pobres, no
al hambre, y afianzará sus causas en lugar de socavarlas.
Al tratar
de estrechar relaciones con el presidente Bush, el ministro de
Asuntos Exteriores Celso Amorin intentó inmiscuirse en el
conflicto venezolano. Amorin se ofreció para mediar en el
conflicto entre el presidente constitucional Chávez y el
autoritario movimiento proestadounidense, la peculiar
“coordinadora democrática”, organizando un grupo de naciones
denominado “amigos de Venezuela”. Entre dichos supuestos
“amigos” se encontraban España y los EE.UU., países ambos que
apoyaron el fallido golpe de estado del 11 de abril de 2002
contra Chávez. También se encontraban los regímenes neoliberales
de Chile, México y Portugal y, por supuesto, Brasil. El
presidente Chávez, que acabó enterándose de la trampa de Amorin,
solicitó la inclusión de algunos otros países. Da Silva y Amorin
rehusaron y la conspiración brasileña en pro de la oposición
apoyada por los EE.UU. quedó en papel mojado. Chávez invitó a
los “países amigos” y a sus patrocinadores brasileños a
abstenerse de intervenir en los asuntos internos de Venezuela.
Pero esto no fue obstáculo para que Amorin declarase que el
régimen brasileño estaba dispuesto reunirse con los golpistas
venezolanos (La Jornada, 22 de enero de 2003).
Reforma agraria
La
pobreza, el hambre y el desempleo más graves se aglutinan en el
Brasil rural. El principal problema es la gran concentración de
la propiedad de la tierra en manos una pequeña elite, mientras
que 4,5 millones de campesinos y jornaleros carecen de ella.
Desde 1983, el Movimiento de los Sin Tierra, el MST, ha ocupado
grandes propiedades con sacrificio y disciplina y las ha
repartido entre 350.000 familias. Hasta finales de los años
noventa, Da Silva prometió una reforma agraria en caso de ser
elegido. Durante su campaña electoral, sin embargo, le exigió al
MST que se abstuviese de ocupar tierras y éste obedeció
por primera vez en su historia. Al prometer en sus discursos
electorales que haría caer el peso íntegro de la ley sobre
quienes llevasen a cabo “ocupaciones ilegales de tierras”, es
decir, de las que quedasen fuera de su proyecto de reforma
agraria, trató de granjearse el apoyo de los partidos de derecha
que amparan a los terratenientes. Da Silva mantuvo un sospechoso
silencio acerca del alcance y profundidad de la reforma agraria
que prometía. Una vez elegido, anunció que en el año 2003 se
iban a repartir 200.000 hectáreas de tierra entre 5.500
familias.
El
objetivo de Da Silva se quedaba en la décima parte de lo logrado
durante el anterior régimen neoliberal del presidente Cardoso y
en la veinteava parte de lo que el MST esperaba del “presidente
popular”. Al ritmo propuesto Da Silva, se necesitarían mil años
para asignar tierras a los 4,5 millones de familias sin tierras
que existen en la actualidad, mientras que las que fueran
apareciendo después, un múltiplo de estos 4,5 millones, se
quedarían si nada. Desde el poder, Da Silva ha continuado la
vieja política reaccionaria del desahucio violento de los
ocupantes ilegales de las tierras improductivas. Su ministro de
Agricultura, de izquierda, anunció nuevos planes que deberían
ser revelados en la segunda mitad del año 2003.
Hay
algunas cosas claras. La política agraria de Da Silva representa
un enorme paso atrás. Desde el punto de vista de la política
agrícola, su régimen se ha entregado completamente al gran
terrateniente y a las elites de la agricultura de exportación.
Su política ahondará las profundas desigualdades en el campo y
hará prender la chispa del descontento. Lo más probable es que
esto desencadene choques sangrientos entre los campesinos sin
tierra, que aspiran a ella, y el brazo armado de la política de
ley y orden de Da Silva, la policía militar. Sin duda alguna Da
Silva derramará alguna lágrima y volverá a pedir perdón por los
campesinos muertos, mientras continúa su asociación con sus
nuevos aliados del ALCA.
Política laboral: “reformas”
que benefician a la patronal
Lo
importante al proceder al análisis de un líder político no es
tanto su origen como hacia dónde se dirige; tampoco su antiguo
entorno, sino sus aliados presentes y futuros. Los observadores
políticos han errado en sus análisis sobre Da Silva porque se
centran en su pasado remoto y en sus antiguos camaradas
sindicales, sin prestar atención a su actual camarilla de
banqueros neoliberales, empresarios y aliados imperialistas.
Cuando Da Silva propuso un pacto social entre los trabajadores,
la patronal y el gobierno con objeto de supuestamente mejorar el
país, designó un Consejo para el Desarrollo Socioeconómico,
encargado de formular recomendaciones. La composición y las
prioridades del consejo hicieron patente el sesgo de Da Silva en
contra de la clase trabajadora y favorable a la patronal. De sus
82 miembros, 41 son empresarios y 13 sindicalistas, una
proporción de más de tres contra uno a favor de los patronos. Su
propósito consiste en discutir una reforma fiscal, que reducirá
los impuestos a las empresas, y una reforma de la Seguridad
Social, que rebajará las transferencias a trabajadores,
pensionistas y otros beneficiarios. Al ser acusado de primar a
la clase empresarial, Da Silva defendió de pleno su sesgo
favorable a los empresarios sosteniendo el carácter apolítico y
meritocrático de sus nombramientos y acusando a sus críticos de
nepotismo. “Este consejo”, sostuvo Da Silva, “no es un grupo de
amigos. No estoy interesado en conocer la afiliación política [sic]
de sus miembros o por quién votaron. Lo que nos interesa es su
capacidad, competencia, talento y conocimiento para obrar por su
país” (Tiempos del Mundo, República Dominicana, 20 de
febrero de 2003, pág. 7). Da Silva omite convenientemente de qué
manera el obrar por su país de dichos empresarios desinteresados
ha dado lugar a las mayores desigualdades sociales del mundo y
pasa por alto de forma deliberada los intereses clasistas de la
elite económica, precisamente porque son sus aliados
estratégicos en su empeño por aplicar políticas neoliberales
ortodoxas. Da Silva y todos sus principales consejeros
económicos se han apoyado constantemente en sus aliados
neoliberales, dentro del PT, y de la derecha, fuera de él, para
sacar adelante políticas antipopulares contrarias a los
intereses de la clase trabajadora. Da Silva ordenó a los
senadores que votaran por José Sarney, el presidente anterior,
de marcadas tendencias derechistas, como presidente del Senado (FT,
3 de febrero de 2003, pág. 4). Sarney es un partidario
entusiasta de la “reforma” laboral de Da Silva.
Las
alianzas con la derecha de Da Silva ya han enredado a su régimen
en un escándalo importante. A finales de febrero, se probó que
Antonio Carlos de Magalhães, el derechista senador por Bahía,
había procedido a escuchas telefónicas a más de 200
congresistas, senadores y otras importantes figuras políticas.
Dicho senador apoyó a Da Silva durante la campaña presidencial y
estaba considerado como un aliado estratégico en la tarea de
sacar adelante en el ámbito legislativo su programa neoliberal,
reforma laboral incluida. Ante la protesta de numerosos
diputados, el presidente Da Silva y su camarilla interna de
consejeros ordenaron a sus diputados del PT que votasen contra
de la creación de una comisión de investigación, que dañaría
gravemente la imagen del “presidente popular honrado y
transparente”.
La
reforma laboral de Da Silva busca debilitar los sindicatos,
socavar los derechos constitucionales de los trabajadores y
reducir los costes laborales para aumentar los beneficios de la
patronal con la excusa de querer incrementar la competitividad
de las exportaciones. Sus propuestas incluyen la eliminación de
las transferencias de los capitalistas del sector privado a los
sindicatos y la abrogación de los pagos obligatorios de gastos
sindicales. Otras proponen permitir a los capitalistas
establecer contratos de trabajo al margen de los beneficios
laborales legalmente vigentes (FT, 26 de noviembre de
2002). El antiguo obrero metalúrgico perjudica a sus compañeros
de trabajo y recompensa el apoyo electoral que le brindó el CUT
al convertir en prioritarias las principales demandas de la
patronal en sus propuestas legislativas.
El
mecanismo empleado por Da Silva consiste en cortejar a los jefes
burocráticos del CUT ofreciéndoles puestos y salarios como
consejeros en su régimen. El presidente del CUT, João Felicio,
que es uno de tales burócratas, afirmó: “Nosotros [sic]
observamos las reformas con cierta satisfacción, aunque tengan
que ser negociadas y aplicadas gradualmente”. El secretario
nacional de política sindical del PT, Hergurberto Guiba Navarro,
indicó claramente el propósito de la reforma laboral: “Vamos a
emprender una amplia reforma y muchos sindicatos van a
desaparecer” (FT, 26 de noviembre del2003, pág. 8).
Dado el
empuje que Da Silva imprime a la ortodoxa política
ultraneoliberal y a la servidumbre de los líderes del CUT, a
nadie le sorprende que la principal línea de oposición obrera se
articule en torno al sindicato Forza Sindical (FS), de
tendencias moderadamente derechistas. En marzo, los trabajadores
del metal afiliados a FS organizaron una huelga en protesta por
la pérdida de nivel adquisitivo. El FS encabeza la lucha por la
reducción de la jornada laboral desde 44 a 40 horas semanales,
el aumento de las compensaciones por despido, la extensión de la
cobertura por desempleo desde 5 a 12 meses y el reconocimiento
legal de la representación de los trabajadores en determinados
estamentos empresariales. El régimen de Da Silva está
rotundamente en contra de todas las demandas del FS a causa de
su carácter inflacionista y amenaza con tomar medidas represivas
contra lo que tacha de demandas de tipo político, la vieja
cantinela de todos regímenes de derecha anteriores, preámbulo de
la acción de las porras policiales sobre las cabezas de los
trabajadores.
Impuestos, salarios, y empleo
Desde su
llegada al poder, el régimen de Da Silva está tratando por todos
los medios de reducir los impuestos de las empresas, en especial
las del sector industrial, y de aumentar en un 27 % los del
trabajo. Sus regresivas políticas fiscales, cuando se trata de
las bajadas, dicen aplicarse en aras de la “competitividad”
capitalista y, cuando se trata de las subidas, de la necesidad
de mantener a raya el déficit fiscal. Entretanto, aumenta el
desempleo, disminuye el poder de compra y los rampantes tipos de
interés imposibilitan nuevas inversiones. Los altos superávits
presupuestarios, destinados al pago de la deuda, dificultan las
inversiones públicas. (Cesar Benjamin, Caros amigos,
marzo de 2003).
El los
albores del régimen, Da Silva y su equipo económico auguraron un
crecimiento de más del 3 %. A finales de febrero, la mayoría de
los economistas hablaban de un crecimiento per cápita nulo
(Mario Maestri, “Sem luz no fim do tunnel”, La Insignia,
4 de marzo de 2003).
La
ortodoxia del régimen de Da Silva genera mayores desigualdades,
desempleo y hambre. La súplica de Da Silva a los
multimillonarios de Davos para que promoviesen un nuevo orden
mundial y que contribuyesen a financiar un fondo contra la
pobreza, sólo cosechó escepticismo y, tal vez, alguna que otra
sonrisa cínica y discreta. El Finantial Times se pregunta
“¿Por qué deberían los multimillonarios apoyar un nuevo orden si
les va tan bien en el existente?” (FT, 27 de enero de
2003, pág. 2). El que Da Silva mendigue frente a los grandes
capitales para luchar contra el hambre demuestra la crisis de su
política y de su estrategia económica.
La oposición: régimen, partido
y movimientos sociales
La
estrategia política de Da Silva pasa por intentar crear
“amplias” alianzas con los partidos de la derecha, figuras
políticas y grupos religiosos, con vistas a aislar y neutralizar
las tendencias democráticas e izquierdistas de su propio
partido, los sectores progresistas de la iglesia y los
movimientos sociales dinámicos, incluido el MST. Además de sus
alianzas con la derecha dentro del país, Da Silva ha creado
sólidos vínculos con Bush, el FMI y los regímenes derechistas y
neoliberales de la región, a través de su apoyo al ALCA, su
propuesta sobre los “amigos de Venezuela” –en donde abundaban
los partidarios del golpe contra Chávez– y su entrevista (7 de
marzo de 2003) con el presidente colombiano paramilitar Alvaro
Uribe, en la que ofreció que Brasil “mediaría” para desarmar las
guerrillas (El Heraldo, Barranquilla, Colombia, 4 de
marzo de 2003). Es igualmente significativo que Da Silva
integrase a un amplio sector del ala izquierdista del PT en su
gobierno ofreciéndole ministerios secundarios a cambio de apoyo
para su proyecto neoliberal y su política exterior. Entre los
colaboradores de “izquierdas” de Da Silva se encuentran Marina
Silva (ministra de Medio Ambiente), Miguel Rossetto (ministro de
Desarrollo Agrícola, de la corriente trotskista, o ex
trotskista, Tendencia Socialista Democrática del PT), Olivio
Dutra (ministro Para las Ciudades) y Tarso Genro (secretario
nacional para el Desarrollo Socioeconómico). Mientras que Da
Silva ofrece credibilidad al programa del FMI gracias a su
popularidad y a sus orígenes obreros, los ministros de
“izquierda” del PT dan cierta legitimidad a las políticas
neoliberales entre los afiliados del PT y mantienen vivas las
ilusiones de algunos de los líderes de los movimientos sociales.
Las
restantes facciones de izquierda del PT, opuestas al apoyo de Da
Silva al ALCA, a Bush, al FMI y a las políticas neoliberales, se
dividen en dos grupos. Uno, desde dentro del régimen, pide
aportar más contenido “nacional” a las recetas neoliberales,
depender menos del capital financiero foráneo y más del
nacional. Este grupo, comandado por los senadores Alorzio
Mercadente y Carlos Lesser, tiene una influencia casi nula sobre
los dirigentes económicos y su crítica no se extiende más allá
de los círculos internos de la elite del partido.
Los otros
críticos de izquierda del PT incluyen a Heloisa Helena, la
valerosa senadora por el estado de Alagoas, que se ha
pronunciado públicamente en contra de que Da Silva designase a
Henrique Meirelles, el favorito de Wall Street, para dirigir el
Banco Central y del apoyo del PT al senador derechista José
Sarney como presidente del Senado, así como de sus políticas
neoliberales (Corriente de izquierda, 13 de diciembre de
2002 y Corriente de izquierda, 6 de febrero de 2003). La
senadora Helena, al hablar sobre la angustia y la desesperanza
que le causa el giro neoliberal de Da Silva después de arriesgar
su propia vida durante más de dos décadas para poder llevarlo al
poder, recoge la opinión de muchos militantes de base del PT:
“Es triste y desesperante [ser un adversario de mi partido].
Recuerdo todos mis años de dedicación al PT. Hoy es fácil pasear
con la pequeña estrella [símbolo del PT] en la solapa, ser un
neolulista o un neo-PT gracias al carácter de ídolo del
presidente y al amplio apoyo que los medios de comunicación
prestan al gobierno. Pero yo, que he sido golpeada, he sufrido
el ametrallamiento de mi casa y me han roto los dientes... Este
partido no pertenece a unos pocos [los de arriba], que creen que
pueden hacer lo que quieran con el PT porque ocupan cargos
importantes en el poder” (Revista Veja, 28 de enero de
2003).
Helena
aclaró que continuaría luchando contra el giro a la derecha del
PT hasta que diese la batalla por perdida y que, entonces,
dimitiría (Revista Veja, 28 de enero de 2003). Tras sus
elocuentes y atronadoras críticas, Da Silva y Dirceu, el
encargado de la disciplina en el PT, trataron de silenciarla a
fin de que su mensaje no alcanzase a los militantes de base y
arrastrase a otros miembros del partido. El presidente del PT,
José Genoino, dirigió un proceso de linchamiento encaminado a
censurar a Helena y a sentar las bases de su futura expulsión.
Junto con Dirceu, encuentra intolerable su crítica de
izquierdas.
El auge
del poder autoritario y centralizado del PT está estrechamente
vinculado con la centralización del poder decisorio del gobierno
en materia económica, así como con el giro hacia la ortodoxia
neoliberal y con la política proimperialista del régimen.
Sin
embargo, la oposición de Helena y las medidas represivas de Da
Silva han aglutinado ciertas fuerzas dentro del PT. El
congresista Raúl Pont, de la Tendencia Socialista Democrática,
defendió el derecho de Helena a criticar y abogó por una
“discusión fraternal sin presiones ni sanciones” (Correio
hace Povo, Porto Alegre, 6 de febrero de 2003). Los
principales partidarios de aplicar duras represalias
disciplinarias contra Helena son dos antiguos socialdemócratas
(de la izquierda del PT) y actuales ministros del régimen, Tarso
Genro y Olivio Dutra (Correio hace Povo, Porto Alegre, 6
de febrero de 2003), mientras que varios miembros de las
vertientes de izquierda del PT están organizando una red en su
apoyo dentro del partido. Según una fuente, el consorcio Dirceu-Genoino
ha elaborado una lista de cinco parlamentarios que habrían de
ser aislados primero y expulsados después.
En las
actuales circunstancias, la izquierda del PT, la tendencia
“articulación de izquierda”, permanecerá leal al partido:
planteará resoluciones críticas en los congresos, pero votará
según las instrucciones de Da Silva en lo concerniente a la
legislación neoliberal. Por su implicación en el gobierno, con
diputados y funcionarios estatales o municipales, la izquierda
está interesada en preservar el régimen derechista de Da Silva y
confía en un “giro a la izquierda” o en una ruptura entre Da
Silva y sus principales colaboradores (véase “Resolución de la
Conferencia Nacional de Articulación de Izquierda”, documento
poselectoral, 2002).
En
realidad, las críticas de la izquierda al ALCA y al
neoliberalismo caen en oídos sordos, mientras que sus vínculos
con el régimen y el mantenimiento de la disciplina del partido
impiden que la izquierda del PT desempeñe papel alguno en el
despertar de una oposición real al régimen derechista de Da
Silva. Por el contrario, la pequeña capacidad de disensión de la
izquierda del PT y su manera de actuar creará la ilusión de que
la reforma es posible desde el interior del régimen, lo cual
bloqueará la emergencia de una corriente de oposición externa al
PT y al régimen de Da Silva. La absoluta confusión política de
los sectores de la izquierda del PT y la capitulación de otros
deja pocas opciones para el descontento que emerge entre los
trabajadores del sector del metal, el MST y los sectores
progresistas de la iglesia.
Movimientos sociales y
sindicatos
La CUT
(confederación del trabajo), de izquierda y vinculada al PT y,
en particular, a Da Silva, aportó numerosos miembros que fueron
elegidos congresistas y algunos son ministros del régimen. De
momento pocos, si es que hay alguno, se han manifestado contra
el giro a la derecha de Da Silva. El propio CUT, aunque alega
contar con quince millones de afiliados, está burocratizado,
tiene muchos empleados y depende en gran medida de la
financiación estatal. El poder de convocatoria del CUT es muy
limitado y no consigue reunir a más de varios miles de personas
en sus principales protestas. Desde el comienzo del régimen de
Da Silva, la dirección del CUT ha adoptado un doble discurso.
Poco después de la elección de Da Silva, el CUT fue invitado
para negociar el “pacto social” del nuevo régimen para reducir
pensiones, posponer el aumento del salario mínimo y socavar la
base financiera de los sindicatos. La dirección del CUT declaró
su independencia con respecto al gobierno, pero acordó continuar
participando en el Consejo Social y Económico, aunque los
banqueros y empresarios excedieran a los sindicalistas en una
proporción de más de tres por uno. Con posterioridad, el CUT
continuó criticando los bruscos recortes presupuestarios
neoliberales y la reasignación de recursos en favor de los
poseedores de bonos, tanto locales como extranjeros, aunque
siguió apoyando al régimen de Da Silva. Peor aún, en lo
concerniente al supuesto y derechista pacto social, la principal
fuente de discrepancia con respecto al equipo económico
neoliberal residía en la manera de ponerlo en marcha,
aconsejando a los neoliberales procedimientos “gradualistas” en
la aplicación de medidas que afectaban a la clase trabajadora,
en lugar de ponerlo en ejecución íntegra e inmediatamente. El
servilismo del CUT frente al régimen de Da Silva es la
continuación de la política de negociación que venía aplicando
con los anteriores regímenes neoliberales, debida en parte a su
dependencia con respecto a los s