Incluso antes de que Bush emitiera su ultimátum, siempre estuvo
claro que los halcones de Washington tendrían su guerra. La
guerra fue siempre probable, casi inevitable hasta el final.
Pero ha sido en ese “casi” donde muchos encontraron la esperanza
y la motivación para hacer todo lo posible como individuos y
como parte de una movilización global sin precedentes para
intentar detener esta locura. Y ahora, ¿qué?
La mente intenta comprender la enormidad de lo que está por
suceder, el miedo y el terror que las gentes de Bagdad están
sintiendo mientras, acurrucados en sus casas, esperan quién sabe
qué. Más allá de lo inmediato, el sentido de la humillación
empieza a comprender lo que significa que la gran ciudad de
Bagdad, como Jerusalén, Belén, Ramala y Hebrón, será ocupada por
un poder extranjero, mientras los árabes observan como
espectadores desvalidos. ¿Como evitar la tentación de sentarse a
contemplar este horrible espectáculo?
Es también difícil oponerse a un sentimiento de culpa, pues
aquí, en los Estados Unidos, la vida continúa como algo normal
para la gran mayoría de la gente. Vamos de compras, al trabajo,
comemos, damos los buenos días a nuestros vecinos, seguros de
que ellos y los hogares que dejamos estarán aquí al regresar.
Para nosotros, la participación en la guerra es algo opcional. Y
si realmente decidimos implicarnos, nuestra participación se
limita a mirarla como uno mira un acontecimiento deportivo. En
el canal 32 puedo ver la guerra. Si no me gusta, puedo cambiar
al canal 7 y enterarme de quién llevará qué y llegará con quién
a la ceremonia de los Oscars de la próxima semana. Las ridículas
noticias de los noticieros locales de televisión sobre como
montar un “kit de supervivencia” para “usted y su familia” sólo
subrayan lo lejos que estamos de cualquier peligro palpable,
personal. Tales “preparativos”, como bien demostró el atentado
del 11 de septiembre, sólo dejan claro que si el peligro es real
y masivo, cualquier preparación personal resulta inadecuada. El
Código Naranja (¿o es Rojo esta vez?) apesta a tentativa
desesperada de hacernos creer que estamos implicados en la
acción, de asustarnos para que apoyemos la guerra.
Las lumbreras ya predicen que el movimiento pacifista se
desvanecerá cuando los ciudadanos de los Estados Unidos y del
Reino Unido “se unan en apoyo de las tropas”. Se trata de un
sentimiento comprensible. Pero deberíamos resistir la presión
que busca convertir en virtud el ciego conformismo. Si la guerra
era injusta antes de comenzar, los bombardeos no la vuelven
justa de repente. Sigue siendo injusta. Debemos oponernos a
ella. Yo apoyo a las tropas. Apoyo que no se las envíe a morir
en un país lejano que no representa amenaza alguna, ni a matar
inocentes ni a destruir y ocupar su país. Apoyo que las
repatríen de inmediato. Ningún soldado estadounidense o
británico debería morir en esta guerra. También deberíamos
recordar que el ejército de los Estados Unidos se nutre de
manera desproporcionada de las capas sociales más desvalidas, de
aquellos a quienes la ausencia de instrucción, el racismo, la
industria de las prisiones y la cada vez mayor desigualdad
económica les niega su ración del sueño americano, por lo que se
ven obligados a alistarse. Los imperios siempre han enviado a
luchar a los más pobres, a los menos cultos, a los más
marginados.
No tiene por qué ser así. Debemos hacer lo posible para
oponernos a esta guerra y a los “valores” degradados de sus
promotores. Podemos hacer muchas más cosas, en vez de sólo verla
por televisión:
Primero, he decidido negarme a mirar la cobertura de esta
“guerra” en la televisión estadounidense. Cualquier información
útil que pudiera ofrecerme estaría descompensada por el daño que
sufriría mi salud mental y mi cordura tras exponerme a la
regocijada belicosidad y a la ignorancia de organizaciones que
sólo cumplen la función de propagandistas del gobierno
estadounidense y de sus armas de destrucción masiva. Esa
“cobertura” no nos muestra lo que está pasando, sino que
despliega un velo de irrealidad entre el espectador y los
acontecimientos en Irak. En cambio, miraré únicamente los
canales extranjeros por satélite y navegaré en internet. Leeré
los periódicos. Veré los reportajes de primera mano de los
grupos pacifistas de Irak y de quienes han decidido permanecer
en Bagdad como auténticos embajadores ante el pueblo iraquí de
la opinión mundial contraria a la guerra.
Segundo,
incluso si el movimiento pacifista global ha fracasado en su
objetivo primario de impedir un ataque estadounidense contra
Irak, me diré a mí mismo que no fracasó y que su labor no ha
hecho más que comenzar. Todos nosotros, millones de personas en
el mundo entero, casi hemos logrado impedir la guerra. Casi. Sin
nuestra oposición los Estados Unidos podrían haber sido capaces
de atraer a su causa más que a esa chusma de gobiernos de
pacotilla que denominan “coalición de aliados”. Ni siquiera
convencieron a Turquía. El presidente del gobierno español, a
pesar de su belicismo oportunista, ni siquiera tiene el apoyo de
las tropas españolas, y ello debido a que el pueblo de España
está en pie, casi unánimemente contra la guerra.
Quienes estén pensando que nuestra oposición ha sido inútil,
sólo tienen que imaginar cuánto peor estaría el mundo si los
Estados Unidos atacaran Irak sin oposición alguna. Todavía
tenemos mucho trabajo por hacer. ¡Todos en pie, salgamos a la
calle para que nuestras voces se sigan escuchando!
* Ali Abunimah (
http://www.abunimah.org )
milita en favor de la paz y la justicia en el Oriente Próximo.
Es vicepresidente del Arab American Action Network de Chicago y
aparece con frecuencia en radio y televisión
(BBC, CNN y Pacifica)
como experto en asuntos del Oriente Próximo. Es uno de los miembros fundadores de Electronic Iraq (
http://electronicIraq.net
) y de Electronic Intifada (
http://electronicIntifada.net
).