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El escritorio de Manuel Talens

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Voluntariado y fariseísmo neoliberal

 

Rafael Blasco, el consejero de Bienestar Social del muy neoliberal y privatizador gobierno de la Comunidad Valenciana, publicó el pasado 5 de diciembre en EL PAÍS la columna Voluntarios, que inspiró la mía, Trinidad, aparecida en la misma página el 17 de diciembre, la cual, a su vez, provocó una réplica de Blasco, Naftalina, el 23 de diciembre. El lector dispone a continuación de los tres textos, más mi coda final.

 


 

Voluntarios
RAFAEL BLASCO

 

Sostenía Víctor Hugo que el verdadero ser humano es aquel que hay detrás del propio ser humano. Y éste no puede ser otro que la conciencia. La conciencia de ser miembro de la humanidad y firmar con ella un contrato de solidaridad.

La solidaridad es una conciencia amasada a través de la historia, una de cuyas realidades más actuales es el voluntariado. Pero aún así hoy es fácil hacerse preguntas como las siguientes: ¿El voluntariado es un movimiento político, una conciencia o un complemento de la acción política? ¿Quién maneja los hilos del voluntariado? Es difícil plantear una respuesta unívoca ante estas cuestiones, pues participa por igual de las tres posibilidades. Es un movimiento político en cuanto participa de la mejora de las relaciones entre los seres humanos; es una conciencia por nacer de la necesidad del ser humano por alcanzar la justicia, y, a su vez, se desarrolla como complemento de la acción política a partir del momento en que su voluntariedad parte del contrato personal ante la sociedad y por tanto puede ser temporal, transitorio e incluso coyuntural. El compromiso es de la persona con su conciencia y con la sociedad, un compromiso que se desenvuelve en el inmenso campo de batalla que es el ser humano: el campo de la solidaridad.

En este sentido, el voluntariado es la suma de seres humanos conscientes de "sus" derechos y de que esos mismos derechos no son "suyos" en exclusiva, sino compartidos e interdependientes de los de los demás seres humanos.

El voluntariado tiene en este aspecto una función reivindicativa, y, por tanto, política, desde el momento en que se implica en la defensa de los derechos humanos, trabaja por el desarrollo sostenible, procura la igualdad de oportunidades, reclama la supresión de barreras físicas o culturales. Y todo ello, por encima de ideologías políticas y creencias religiosas, muchas veces diferentes, e incluso contrapuestas, aquí y en todos los lugares del planeta.

Además, hay otros aspectos del voluntariado, más bien vinculados a la sensibilidad, la generosidad, la paciencia, la compasión, el gusto por el tiempo compartido, actitudes personales que se suman a la idea de justicia social para completar los motivos que impulsan a las personas a convertirse en voluntarios y en voluntarias.

Por todo ello, las más de seiscientas mil personas vinculadas al voluntariado en nuestra Comunidad tienen en común una misma ambición, ayudar a los demás. Ambición que se concreta de muchas forman, tantas como las más de mil seiscientas entidades en torno a las cuales se agrupan.

La solidaridad y el voluntariado, causa y efecto de este importante fenómeno de acción colectiva, adquieren por tanto especial importancia como "flotador" para sus individuos en una sociedad caracterizada, entre otras variables, por la prioridad de lo económico, la pérdida de valor de los valores, la sobreabundancia de información, etcétera, que nos genera un sentimiento de impotencia, soledad y vulnerabilidad, frente a una realidad que nos desborda y con la que muchas veces nos conformamos.

Hoy, Día Internacional del Voluntariado, nos sirve para hacer una llamada de atención y reconocer la labor de este quince por ciento de población inconformista que ha tomado conciencia de su capacidad de acción para mejorar la sociedad en la que vive. Y que no sólo ha optado por la solución a los problemas que perciben en la medida de sus posibilidades, sino que se ha convertido en la conciencia de los gobiernos y de los mercados ejerciendo una presión que parte de una necesidad humana.

Y en ese punto radica la fuerza del voluntariado como movimiento social. En su capacidad para hacer de la mejora de la humanidad el centro de su actuación. Una tarea ardua que representa el compromiso del ser humano con su época, con sus congéneres y con el medio que le rodea. En esa apuesta común todos salimos fortalecidos, y por ello las instituciones, las organizaciones y los voluntarios compartimos un mismo principio de participación para la mejora de las condiciones de vida de la Humanidad.

 

EL PAÍS-Comunidad Valenciana, jueves 5 de diciembre de 2002

 

El País

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Trinidad
MANUEL TALENS



Hay pasajes de mi infancia que conservo transformados en olor. Uno de ellos es el de la hoja parroquial que cada semana recibíamos en casa con puntualidad, donde además del evangelio del domingo, triduos y novenas, no faltaba nunca una carta pastoral, en la que el viejo párroco de la iglesia de San Ildefonso mariposeaba sobre lo divino –en especial sobre lo divino­– y un poco sobre lo humano. Era el pastor que se dirigía a su rebaño de fieles como si fueran ovejas, en un lenguaje al mismo tiempo dogmático e ingenuo, muy acorde con el nacionalcatolicismo que entonces era de rigor. De la hoja plegada formando un cuadernillo, que no fallaba los martes por la tarde, recuerdo el papel áspero al tacto y, sobre todo, el penetrante olor a tinta recién impresa.

  Pocos años después, ya en el bachillerato, el mismo olor a tinta solía perseguirme durante los cursos obligatorios de Formación del Espíritu Nacional, cuando neofalangistas del Frente de Juventudes, disfrazados de doctos profesores, se dirigían a nosotros –rebaño de españolitos­– y adoptaban un lenguaje asimismo dogmático e ingenuo, pero con pinceladas de grandeza imperial.

  El olor a tinta ha vuelto ahora a la pituitaria de mis recuerdos, y no fue al hojear El florido pensil o uno de esos libros que nos devuelven el acontecer de aquella España mediocre, sino la columna Voluntarios, que el actual consejero de Bienestar Social de la Generalitat Valenciana, Rafael Blasco, publicó en esta misma página el 5 de diciembre, con ocasión del Día Internacional del Voluntariado.

  En ella divaga nuestro hombre sobre lo divino y lo humano del voluntariado –más sobre lo humano, es verdad– y lo hace en el mismo tono entre dogmático e ingenuo de aquellos curas y falangistas de mi niñez, que consistía en amontonar palabras y más palabras, ensalzar bondades y perderse por los vericuetos de la retórica blandengue, pero sin llegar nunca al fondo, a las causas, al porqué de los entuertos que es preciso desfacer.

  Dice Blasco que el voluntariado ‘se implica en defensa de los derechos humanos, trabaja por el desarrollo sostenible, procura la igualdad de oportunidades, reclama la supresión de barreras físicas o culturales... por encima de ideologías políticas y creencias religiosas’. De mi parte, añado yo, el voluntariado equivale a la antigua caridad cristiana y quienes lo practican son dignos de elogio, pero, ay, en vez de darle bombo desde las instituciones, quizá sería más lógico que el gobierno lo hiciera innecesario. Es fácil lanzar al aire discursos humanistas cuando, al mismo tiempo, el Partido Popular, del que Blasco es un miembro distinguido, impone la Ley de Extranjería y liquida en dos legislaturas lo que se dio en llamar Estado del Bienestar, es decir, toda una serie de responsabilidades sociales antes asumidas por el aparato estatal y ahora en manos privadas, cuyo primer objetivo es la rentabilidad. Los esforzados voluntarios, claro, se ocupan hoy de quienes ellos abandonan.

  Creo haber encontrado la razón de una sinestesia olfativa tan extraña, y es que esta trinidad con olor a tinta añeja –padres preconciliares, hijos falangistas y santos espíritus peperos– es también, como la otra, el conjunto de tres personas en una sola esencia.

 
EL PAÍS-Comunidad Valenciana, martes 17 de diciembre de 2002

   

El País

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Naftalina
RAFAEL BLASCO


La naftalina es un producto desinfectante, más evocado que usado en nuestros días. Durante décadas al abrir el cajón de la ropa limpia reconocíamos el fuerte aroma de las bolitas de naftalina a menudo aderezadas de lavanda o espliego para contrarrestar las intensas emanaciones que taponaban nuestra pituitaria. Hoy no pasa de ser un recuerdo de infancia o juventud -cada uno tenemos nuestros años-, sustituido por desinfectantes aromatizados que hacen las veces de aquella solución práctica de botica de la abuela.

La practicidad del invento, sin embargo, tenía efectos desiguales visto lo visto. Para algunos la pócima mágica tuvo el efecto perseguido y acabó con la polilla existente. Para otros, sin embargo, tuvo un efecto adormecedor del que nunca despertaron y en el que continúan sobreviviendo. La polilla le ha ganado la batalla a la naftalina. Y ello, pese a que un mes de mayo del lejano 68, despertaron y abrieron los ojos como platos ante lo que creyeron -y creímos- que nos haría olvidar el tradicional aroma de la naftalina. Muchos encontraron en aquel mes de aquel año mágico un nuevo fármaco para retornar a su dulce sueño. Y entre ese aroma a naftalina y aquel despertar repentino y momentáneo ha transcurrido el sueño posterior.

Un sueño de El florido pensil y la Enciclopedia Álvarez, de Frente de Juventudes y de Formación del Espíritu Nacional, trufado todo ello con lecturas de Marx y la pléyade de exégetas del padre del marxismo. En esos parámetros parecen aún moverse quienes no han podido despertar del sueño ni se han desprendido del aroma naftalínico que impregna su visión de los acontecimientos.

Así viene sucediendo desde hace tiempo. El último capítulo de esta manera somnolienta de entender la realidad, la ha escrito Manuel Talens en su columna Trinidad del pasado martes. En ella, con el tono panegírico al que nos tiene acostumbrados lanza sus diatribas contra un artículo mío publicado con motivo del Día Internacional del Voluntariado. Tras sacar a relucir sus fantasmas malolientes rebate lo escrito con adjetivos tales como "dogmático", "ingenuo" o "blandengue" para acabar unas líneas más abajo calificándolo de "discurso humanista". Extraña paradoja la de asociar el discurso humanista con el dogmatismo, la ingenuidad y la blandenguería, a nos ser que los nuevos exégetas, aún atrincherados tras el Muro de Berlín, reduzcan el humanismo a su vertiente religiosa y pierdan de vista su compromiso cívico que hoy como nunca representa el voluntariado. No como sustituto de nada ni de nadie, sino como fuerza que actúa desde la dignidad del ser humano, pues denuncia y actúa, se siente solidaria más allá de la ideología y abandona el dogmatismo de tribuna para mostrar la integridad de los hechos.

Una ojeada rápida a los medios habría sido suficiente. Pero eso puede parecer labor sísifa. Duplicar el presupuesto de bienestar social desde 1995 hasta hoy, aprobar una ley del voluntariado con el consenso de todas las fuerzas sociales y políticas, crear una plataforma como la Fundación de la Solidaridad y el Voluntariado, multiplicar por cuatro el número de plazas residenciales o reducir a actos caritativos la labor de más de seiscientas mil personas o las mil seiscientas organizaciones de voluntarios puede parecer blandengue o caritativo sólo a quien desconoce la realidad. Pero a quienes nos enfrentamos cada día con los problemas reales y las necesidades de nuestra sociedad se nos antoja un insulto a la razón que en nombre del Estado del Bienestar se defienda el desamparo y el abandono de los hombres y mujeres que han luchado durante años por alcanzar lo que el consenso y el buen hacer han hecho posible a día de hoy: una sociedad con renovados valores.

Merecen tales calificativos los Schröder, Jospin o Blair cuando han emprendido reformas en este sentido. O incluso el propio Lula en Brasil, cuando prepara una vía alternativa al sobrepasado Estado del Bienestar.

Buscar sinestesias olfativas extrañas donde solo hay olor a naftalina y recuerdos inamovibles del Estado del Bienestar, es continuar con el sueño adormecedor que se balancea entre el nacionalcatolicismo y el marxismo sin solución de continuidad. Pero además, confunde el voluntariado como forma de solidaridad y el voluntariado como detergente. Creo que poco conoce el mundo del voluntariado y la realidad de los servicios sociales quien habla de abandono de las responsabilidades sociales en un momento de fortalecimiento y expansión del bienestar en nuestra Comunidad.
 
EL PAÍS-Comunidad Valenciana, lunes 23 de diciembre de 2002

   

El País

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Cortina de humo
MANUEL TALENS

 

El consejero Rafael Blasco corre una cortina de humo sobre el argumento que yo esgrimí en mi columna: su fariseísmo, pues elogia la solidaridad y se pone medallas por el trabajo de los voluntarios mientras, al mismo tiempo, forma parte de un gobierno neoliberal insolidario. Tomo nota de que elude comentar las privatizaciones de servicios sociales y de que considera caduco el Estado del Bienestar.

 

Ciberespacio, martes 24 de diciembre de 2002

¡¡ FELIZ NAVIDAD !!

 

© Manuel Talens 2002