Voluntariado y fariseísmo
neoliberal
Rafael
Blasco, el consejero de Bienestar Social del muy neoliberal y
privatizador gobierno de la Comunidad Valenciana, publicó el
pasado 5 de diciembre en EL PAÍS la columna Voluntarios,
que inspiró la mía, Trinidad, aparecida en la misma
página el 17 de diciembre, la cual, a su vez, provocó una
réplica de Blasco, Naftalina, el 23 de diciembre. El
lector dispone a continuación de los tres textos, más
mi coda final.
Voluntarios
RAFAEL BLASCO
Sostenía Víctor Hugo que el verdadero ser
humano es aquel que hay detrás del propio ser humano. Y éste
no puede ser otro que la conciencia. La conciencia de ser
miembro de la humanidad y firmar con ella un contrato de
solidaridad.
La solidaridad es una conciencia amasada a
través de la historia, una de cuyas realidades más actuales es
el voluntariado. Pero aún así hoy es fácil hacerse preguntas
como las siguientes: ¿El voluntariado es un movimiento político,
una conciencia o un complemento de la acción política? ¿Quién
maneja los hilos del voluntariado? Es difícil plantear una
respuesta unívoca ante estas cuestiones, pues participa por
igual de las tres posibilidades. Es un movimiento político en
cuanto participa de la mejora de las relaciones entre los seres
humanos; es una conciencia por nacer de la necesidad del ser
humano por alcanzar la justicia, y, a su vez, se desarrolla como
complemento de la acción política a partir del momento en que
su voluntariedad parte del contrato personal ante la sociedad y
por tanto puede ser temporal, transitorio e incluso coyuntural.
El compromiso es de la persona con su conciencia y con la
sociedad, un compromiso que se desenvuelve en el inmenso campo
de batalla que es el ser humano: el campo de la solidaridad.
En este sentido, el voluntariado es la suma
de seres humanos conscientes de "sus" derechos y de
que esos mismos derechos no son "suyos" en exclusiva,
sino compartidos e interdependientes de los de los demás seres
humanos.
El voluntariado tiene en este aspecto una
función reivindicativa, y, por tanto, política, desde el
momento en que se implica en la defensa de los derechos humanos,
trabaja por el desarrollo sostenible, procura la igualdad de
oportunidades, reclama la supresión de barreras físicas o
culturales. Y todo ello, por encima de ideologías políticas y
creencias religiosas, muchas veces diferentes, e incluso
contrapuestas, aquí y en todos los lugares del planeta.
Además, hay otros aspectos del voluntariado,
más bien vinculados a la sensibilidad, la generosidad, la
paciencia, la compasión, el gusto por el tiempo compartido,
actitudes personales que se suman a la idea de justicia social
para completar los motivos que impulsan a las personas a
convertirse en voluntarios y en voluntarias.
Por todo ello, las más de seiscientas mil
personas vinculadas al voluntariado en nuestra Comunidad tienen
en común una misma ambición, ayudar a los demás. Ambición
que se concreta de muchas forman, tantas como las más de mil
seiscientas entidades en torno a las cuales se agrupan.
La solidaridad y el voluntariado, causa y
efecto de este importante fenómeno de acción colectiva,
adquieren por tanto especial importancia como
"flotador" para sus individuos en una sociedad
caracterizada, entre otras variables, por la prioridad de lo
económico, la pérdida de valor de los valores, la
sobreabundancia de información, etcétera, que nos genera un
sentimiento de impotencia, soledad y vulnerabilidad, frente a
una realidad que nos desborda y con la que muchas veces nos
conformamos.
Hoy, Día Internacional del Voluntariado, nos
sirve para hacer una llamada de atención y reconocer la labor
de este quince por ciento de población inconformista que ha
tomado conciencia de su capacidad de acción para mejorar la
sociedad en la que vive. Y que no sólo ha optado por la solución
a los problemas que perciben en la medida de sus posibilidades,
sino que se ha convertido en la conciencia de los gobiernos y de
los mercados ejerciendo una presión que parte de una necesidad
humana.
Y en ese punto radica la fuerza del voluntariado
como movimiento social. En su capacidad para hacer de la mejora
de la humanidad el centro de su actuación. Una tarea ardua que
representa el compromiso del ser humano con su época, con sus
congéneres y con el medio que le rodea. En esa apuesta común
todos salimos fortalecidos, y por ello las instituciones, las
organizaciones y los voluntarios compartimos un mismo principio
de participación para la mejora de las condiciones de vida de
la Humanidad.
EL PAÍS-Comunidad
Valenciana, jueves 5 de diciembre de 2002

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Trinidad
MANUEL TALENS
Hay pasajes de mi infancia que conservo transformados en olor.
Uno de ellos es el de la hoja parroquial que cada semana recibíamos
en casa con puntualidad, donde además del evangelio del
domingo, triduos y novenas, no faltaba nunca una carta pastoral,
en la que el viejo párroco de la iglesia de San Ildefonso
mariposeaba sobre lo divino –en especial sobre lo divino–
y un poco sobre lo humano. Era el pastor que se dirigía a su
rebaño de fieles como si fueran ovejas, en un lenguaje al mismo
tiempo dogmático e ingenuo, muy acorde con el
nacionalcatolicismo que entonces era de rigor. De la hoja
plegada formando un cuadernillo, que no fallaba los martes por
la tarde, recuerdo el papel áspero al tacto y, sobre todo, el
penetrante olor a tinta recién impresa.
Pocos años después, ya en el
bachillerato, el mismo olor a tinta solía perseguirme durante
los cursos obligatorios de Formación del Espíritu Nacional,
cuando neofalangistas del Frente de Juventudes, disfrazados de
doctos profesores, se dirigían a nosotros –rebaño de españolitos–
y adoptaban un lenguaje asimismo dogmático e ingenuo, pero con
pinceladas de grandeza imperial.
El olor a tinta ha vuelto ahora a la
pituitaria de mis recuerdos, y no fue al hojear El florido
pensil o uno de esos libros que nos devuelven el acontecer
de aquella España mediocre, sino la columna Voluntarios,
que el actual consejero de Bienestar Social de la Generalitat
Valenciana, Rafael Blasco, publicó en esta misma página el 5
de diciembre, con ocasión del Día Internacional del
Voluntariado.
En ella divaga nuestro hombre sobre lo
divino y lo humano del voluntariado –más sobre lo humano, es
verdad– y lo hace en el mismo tono entre dogmático e ingenuo
de aquellos curas y falangistas de mi niñez, que consistía en
amontonar palabras y más palabras, ensalzar bondades y perderse
por los vericuetos de la retórica blandengue, pero sin llegar
nunca al fondo, a las causas, al porqué de los entuertos que es
preciso desfacer.
Dice Blasco que el voluntariado ‘se
implica en defensa de los derechos humanos, trabaja por el
desarrollo sostenible, procura la igualdad de oportunidades,
reclama la supresión de barreras físicas o culturales... por
encima de ideologías políticas y creencias religiosas’. De
mi parte, añado yo, el voluntariado equivale a la antigua
caridad cristiana y quienes lo practican son dignos de elogio,
pero, ay, en vez de darle bombo desde las instituciones, quizá
sería más lógico que el gobierno lo hiciera innecesario. Es fácil
lanzar al aire discursos humanistas cuando, al mismo tiempo, el
Partido Popular, del que Blasco es un miembro distinguido,
impone la Ley de Extranjería y liquida en dos legislaturas lo
que se dio en llamar Estado del Bienestar, es decir, toda una
serie de responsabilidades sociales antes asumidas por el
aparato estatal y ahora en manos privadas, cuyo primer objetivo
es la rentabilidad. Los esforzados voluntarios, claro, se ocupan
hoy de quienes ellos abandonan.
Creo haber encontrado la razón de una
sinestesia olfativa tan extraña, y es que esta trinidad con
olor a tinta añeja –padres preconciliares, hijos falangistas
y santos espíritus peperos– es también, como la otra, el
conjunto de tres personas en una sola esencia.
EL PAÍS-Comunidad
Valenciana, martes 17 de diciembre de 2002

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Naftalina
RAFAEL BLASCO
La naftalina es un producto desinfectante, más evocado que
usado en nuestros días. Durante décadas al abrir el cajón de
la ropa limpia reconocíamos el fuerte aroma de las bolitas de
naftalina a menudo aderezadas de lavanda o espliego para
contrarrestar las intensas emanaciones que taponaban nuestra
pituitaria. Hoy no pasa de ser un recuerdo de infancia o
juventud -cada uno tenemos nuestros años-, sustituido por
desinfectantes aromatizados que hacen las veces de aquella
solución práctica de botica de la abuela.
La practicidad del invento, sin embargo, tenía efectos
desiguales visto lo visto. Para algunos la pócima mágica tuvo
el efecto perseguido y acabó con la polilla existente. Para
otros, sin embargo, tuvo un efecto adormecedor del que nunca
despertaron y en el que continúan sobreviviendo. La polilla le
ha ganado la batalla a la naftalina. Y ello, pese a que un mes
de mayo del lejano 68, despertaron y abrieron los ojos como
platos ante lo que creyeron -y creímos- que nos haría olvidar
el tradicional aroma de la naftalina. Muchos encontraron en
aquel mes de aquel año mágico un nuevo fármaco para retornar
a su dulce sueño. Y entre ese aroma a naftalina y aquel
despertar repentino y momentáneo ha transcurrido el sueño
posterior.
Un sueño de El florido pensil y la Enciclopedia Álvarez, de
Frente de Juventudes y de Formación del Espíritu Nacional,
trufado todo ello con lecturas de Marx y la pléyade de exégetas
del padre del marxismo. En esos parámetros parecen aún moverse
quienes no han podido despertar del sueño ni se han desprendido
del aroma naftalínico que impregna su visión de los
acontecimientos.
Así viene sucediendo desde hace tiempo. El último capítulo
de esta manera somnolienta de entender la realidad, la ha
escrito Manuel Talens en su columna Trinidad del pasado martes.
En ella, con el tono panegírico al que nos tiene acostumbrados
lanza sus diatribas contra un artículo mío publicado con
motivo del Día Internacional del Voluntariado. Tras sacar a
relucir sus fantasmas malolientes rebate lo escrito con
adjetivos tales como "dogmático", "ingenuo"
o "blandengue" para acabar unas líneas más abajo
calificándolo de "discurso humanista". Extraña
paradoja la de asociar el discurso humanista con el dogmatismo,
la ingenuidad y la blandenguería, a nos ser que los nuevos exégetas,
aún atrincherados tras el Muro de Berlín, reduzcan el
humanismo a su vertiente religiosa y pierdan de vista su
compromiso cívico que hoy como nunca representa el
voluntariado. No como sustituto de nada ni de nadie, sino como
fuerza que actúa desde la dignidad del ser humano, pues
denuncia y actúa, se siente solidaria más allá de la ideología
y abandona el dogmatismo de tribuna para mostrar la integridad
de los hechos.
Una ojeada rápida a los medios habría sido suficiente. Pero
eso puede parecer labor sísifa. Duplicar el presupuesto de
bienestar social desde 1995 hasta hoy, aprobar una ley del
voluntariado con el consenso de todas las fuerzas sociales y políticas,
crear una plataforma como la Fundación de la Solidaridad y el
Voluntariado, multiplicar por cuatro el número de plazas
residenciales o reducir a actos caritativos la labor de más de
seiscientas mil personas o las mil seiscientas organizaciones de
voluntarios puede parecer blandengue o caritativo sólo a quien
desconoce la realidad. Pero a quienes nos enfrentamos cada día
con los problemas reales y las necesidades de nuestra sociedad
se nos antoja un insulto a la razón que en nombre del Estado
del Bienestar se defienda el desamparo y el abandono de los
hombres y mujeres que han luchado durante años por alcanzar lo
que el consenso y el buen hacer han hecho posible a día de hoy:
una sociedad con renovados valores.
Merecen tales calificativos los Schröder, Jospin o Blair
cuando han emprendido reformas en este sentido. O incluso el
propio Lula en Brasil, cuando prepara una vía alternativa al
sobrepasado Estado del Bienestar.
Buscar sinestesias olfativas extrañas donde solo hay olor a
naftalina y recuerdos inamovibles del Estado del Bienestar, es
continuar con el sueño adormecedor que se balancea entre el
nacionalcatolicismo y el marxismo sin solución de continuidad.
Pero además, confunde el voluntariado como forma de solidaridad
y el voluntariado como detergente. Creo que poco conoce el mundo
del voluntariado y la realidad de los servicios sociales quien
habla de abandono de las responsabilidades sociales en un
momento de fortalecimiento y expansión del bienestar en nuestra
Comunidad.
EL PAÍS-Comunidad
Valenciana, lunes 23 de diciembre de 2002

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'NAFTALINA' EN EL SITIO WEB DE EL PAÍS, PULSE SOBRE LA IMAGEN
Cortina de humo
MANUEL TALENS
El consejero Rafael Blasco corre una cortina de humo sobre
el argumento que yo esgrimí en mi columna: su fariseísmo,
pues elogia la solidaridad y se pone medallas por el trabajo
de los voluntarios mientras, al mismo tiempo, forma parte de
un gobierno neoliberal insolidario. Tomo nota de que elude
comentar las privatizaciones de servicios sociales y de que
considera caduco el Estado del Bienestar.
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Ciberespacio, martes 24 de diciembre de 2002
¡¡ FELIZ NAVIDAD !! |
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