El
peligro del radicalismo izquierdista ante la nueva situación brasileña
El
gobierno de Lula o el estrecho filo de la navaja
Carlos
Nelson Coutinho
Traducido
del portugués para Rebelión por Manuel Talens
La reciente elección de Lula ha sido la mayor victoria política
de la izquierda en nuestro país. Y no porque un miembro de las
clases subalternas, oriundo del norte de Brasil y antiguo
obrero, haya ascendido a la presidencia de la república, sino
sobre todo porque dicha ascensión se ha dado en estrecha
alianza con el crecimiento y el fortalecimiento de una de las
instituciones más importantes de la sociedad civil, es decir,
un partido político. Me estoy refiriendo, por supuesto, al
Partido de los Trabajadores, el único de la izquierda brasileña
que ha logrado convertirse en un partido de masas, no sólo por
su presencia cada vez mayor en las instituciones, sino también
por el sólido vínculo que ha mantenido desde sus orígenes con
los movimientos sociales. Pero además del extraordinario
simbolismo, tantas veces resaltado, que representa la victoria
de un antiguo obrero en una elección presidencial, cabe sobre
todo recordar que esta victoria, lejos de ser el mero triunfo de
un líder carismático o mesiánico, como algunos sociólogos
apresurados lo han definido, ha sido la del proyecto político
de un partido que supo crecer y convertirse en uno de los
principales protagonistas del proceso de democratización.
La
aplastante mayoría de los que votaron por Lula saben que él no
se considera un "mesías" o un "padre de los
pobres", sino el líder de un partido político y la
expresión –a través de su partido– de una sociedad civil
rica, compleja y participativa. En las banderas rojas que
ondearon al viento durante las conmemoraciones de la victoria no
había fotos de Lula, sino la estrella del PT y la hoz y el
martillo de los partidos aliados.
Cabe
recordar que el gobierno de Lula no es el primero de izquierda
en la historia de Brasil. El breve gobierno de João Goulart
(1961-1964) fue ciertamente un gobierno de izquierda por su
programa político-reformista y por los vínculos que buscó
mantener con los movimientos sociales (en particular con el
movimiento obrero). Sin embargo, las condiciones en que se dio
fueron muy distintas de las actuales: además de que Jango
(nombre popular de Goulart) no fue elegido directamente a la
presidencia y no contó con el respaldo de un partido como el PT
(lo cual hizo que su actuación fuese frecuentemente
caracterizada de populista), su tumultuoso gobierno se dio en un
contexto en el que la cultura política y las instituciones
democráticas eran todavía débiles en Brasil, en comparación
con las actuales. Tampoco se puede decir que el gobierno de Lula
es el primero de izquierda elegido democráticamente en nuestro
continente: Salvador Allende ganó las elecciones en Chile en
1970 y gobernó durante casi tres años con el apoyo de una
coalición (la Unidad Popular) constituida por partidos (el
comunista, el socialista) que, por su arraigo en la sociedad,
tenía mucho que ver con la fisonomía de nuestro PT. Pero,
también en este caso, se trataba de otras condiciones.
Allende
obtuvo apenas un tercio de los votos populares, y su elección
se vio confirmada en la segunda vuelta, en la que votaron apenas
los congresistas. Así, contrariamente a Lula, ni Jango ni
Allende llegaron al gobierno legitimados por una extraordinaria
votación, casi dos tercios de los electores. Pero, de cualquier
modo, quienes pretendemos que el gobierno de Lula tenga otro
destino nos vemos en la obligación de analizar y valorar estas
dos experiencias, trágicamente derrotadas.
En la valoración de las perspectivas que se abren para este
gobierno no se debe olvidar un hecho decisivo: esta
extraordinaria victoria de la izquierda brasileña ocurre en un
contexto internacional adverso, marcado por el retroceso y por
las sucesivas derrotas de la izquierda en todas sus vertientes,
incluso las más moderadas. No sólo los Estados Unidos están
gobernados por una derecha conservadora y belicista, sino que
también en Europa –donde la izquierda siempre fue pujante–
predominan hoy los gobiernos de centro-derecha o simplemente de
derecha. En América Latina, a pesar de los fuertes indicios de
malestar ante el neoliberalismo, tampoco se puede decir que la
situación de la izquierda o incluso del centro-izquierda sea
brillante.
Es verdad que las condiciones internacionales en que funcionaron
Jango y Allende, en los años sesenta y setenta del pasado
siglo, fueron también muy difíciles: estábamos en plena
Guerra Fría, lo cual facilitó la acción decisiva de estas
enormes dificultades, había algunos márgenes de maniobra
–posibilitados, por ejemplo, por un importante movimiento de
países no alineados, que buscaban situarse entre las dos
superpotencias de la época, así como por un menor grado de
globalización imperialista–, que permitían proyectar, e
incluso poner en funcionamiento de manera parcial, un desarrollo
nacional relativamente autónomo y una política exterior
razonablemente independiente.
También
en la actualidad, sin duda, existen márgenes de maniobra. Pero
es preciso no olvidar un hecho obvio: en comparación con las
experiencias de Jango y de Allende y a pesar de la mayor
legitimidad con que la izquierda brasileña llega al poder, las
condiciones que el gobierno de Lula tendrá que afrontar para
poner en práctica una política efectivamente reformista no son
menos difíciles. Es verdad, ya no vivimos bajo la amenaza de un
golpe militar (como los que derrocaron a Jango y a Allende),
pero estamos ante un marco nacional e internacional que limita
drásticamente la posibilidad de impulsar lo que Lula prometió
en su campaña, o sea, la creación de un "nuevo modelo
económico" distinto del neoliberal. Por un lado, en el ámbito
interior, el gobierno del FHC desactivó mediante las
privatizaciones y la llamada "reforma" del Estado
muchos de los instrumentos necesarios para llevar a cabo este
"nuevo modelo" y, por el otro, las condiciones de
vulnerabilidad externa en que nos encontramos –también
creadas y ampliadas por el gobierno neoliberal que el pueblo
brasileño acaba de derrotar– obligan a que este gobierno de
izquierda "negocie" en condiciones extremadamente
adversas la realización de sus objetivos reformistas.
A ello se debe añadir el relativo aislamiento internacional en
que habrá de actuar un gobierno de este color, tanto en nuestro
continente como en el mundo. En el marco de un solo país difícilmente
se puede llevar a cabo una política efectivamente reformista,
que prefiero llamar "reformista revolucionaria". No sólo
el socialismo, como bien sabían Marx y Trotsky, sino incluso un
reformismo "fuerte" requieren hoy un espacio
internacional para poder desarrollarse. Así, una de las
principales tareas del gobierno de Lula consistirá en gestar y
llevar a cabo una política exterior capaz de favorecer el
nacimiento político (y no sólo económico) de dicho espacio.
Como
sabemos que el "mercado" no es ni una persona ni una
cosa, sino el resultado de una relación de fuerzas entre grupos
y clases sociales, cabe desde este momento reconocer algo
desagradablemente obvio: la izquierda brasileña ganó las
elecciones en un contexto nacional y, sobre todo, internacional
donde tal correlación de fuerzas le es extremadamente
desfavorable. Fue eso, entre otras cosas menos esenciales, lo
que motivó la necesaria política de alianzas que la dirección
del PT decidió adoptar en la campaña presidencial y que ahora
pretende respetar el gobierno de Lula. Al margen de determinar
si todas las alianzas propuestas y llevadas a cabo fueron
correctas y necesarias, esta decisión, que rompe con el
aislamiento sectario que caracterizó los primeros años del PT
(y que pone de nuevo en práctica una antigua herencia
"aliancista" del viejo Partido Comunista de Brasil),
ha sido una de las razones de la victoria de Lula.
El
actual grupo dirigente del PT, casi siempre con lucidez y buen
sentido, propuso alianzas que, además de a los partidos políticos,
implicaban también a segmentos, grupos y clases sociales y que
tenían como meta alterar la desfavorable relación de fuerzas.
Tras definir como eje del "nuevo modelo económico" la
prioridad de la producción en detrimento de la especulación
financiera, era natural y correcto que el PT buscase un diálogo
con la burguesía industrial, tanto la que se ocupa del mercado
interior como la que trabaja para la exportación.
Menos
justificable, pero sí electoralmente comprensible, es que no se
haya dejado claro que si de lo que se trata es de poner en
marcha un nuevo modelo, no es posible imaginar que
"todos" saldrán ganando: los bancos, el capital
especulativo nacional e internacional y los latifundistas
improductivos, es decir, los grupos más favorecidos por el
actual modelo, saldrán "menos beneficiados" (por no
decir más perjudicados) que los demás segmentos de la población.
Por
lo demás, dado que la desfavorable relación de fuerzas obliga
a un gobierno de izquierda a aceptar los "contratos"
firmados por los gobiernos anteriores, es imposible construir un
"nuevo modelo económico" sin crear las condiciones
para que los "contratos" de este tipo se vuelvan
innecesarios. Si bien Lula y el PT centran sus propuestas en la
necesidad de regresar al paradigma de la producción y adoptan
como eje central la creación de empleo y la distribución de la
renta y si, al mismo tiempo, afirman que el modelo neoliberal es
responsable de las dolencias que sufrimos, es preciso afirmar,
con toda claridad, que el respeto de los "contratos"
(por ejemplo, con el FMI) no deja de ser un mal necesario. De
ningún modo hemos de sucumbir a la tentación de convertir una
necesidad (temporal) en una virtud (permanente). En el caso de
que esto ocurriese, lo cual nos parece improbable, el riesgo con
el que se enfrentaría hoy un gobierno de izquierda en Brasil ya
no sería un golpe militar, sino otro, quizá todavía más
grave: el de ser absorbido objetivamente (es decir, con
independencia de la voluntad y de la intervención subjetiva de
sus componentes) por el modelo liberal de los sectores más
reaccionarios de las clases dominantes nacionales e
internacionales.
En
otras palabras, si esto llegase a ocurrir, nos encontraríamos
por enésima vez con una "revolución pasiva", es
decir, con un nuevo movimiento en el que, tras pequeños
retoques "sociales", se conservaría el statu quo.
Ante
todas estas dificultades cabe hacerse una pregunta: ¿Cuál es
la actitud que deben adoptar, frente al gobierno de Lula, no sólo
los movimientos sociales radicales como el de los sin tierra
(MST), sino también las corrientes que una prensa
deliberadamente maliciosa suele tildar de "izquierda del PT"?
¿Qué es la "izquierda del PT"? Incluso a riesgo de
caer en una definición sumaria, creo que esta "izquierda
del PT", con la que me identifico, está formada por todas
aquellas corrientes o personalidades que –contrariamente a
importantes sectores del partido, quizá mayoritarios, los
llamados "moderados"– consideran que el socialismo
no es un "movimiento ético" que busca una mayor
justicia social en el interior del capitalismo, sino un nuevo
modo de producción y una nueva forma de sociabilidad,
alternativos al propio capitalismo. Es verdad, en esto existe
una gran diferencia político-ideológica entre los miembros del
PT, una diferencia que ya nos ha enzarzado y seguirá enzarzándonos
en discusiones programáticas en el interior del partido.
No obstante, sería estúpido evocar tales discusiones para
definir la actitud que se debe tomar frente al gobierno de Lula,
que evidentemente no puede (y no debe) asumir el socialismo como
punto prioritario inmediato de su agenda política. Eso nos
obliga a tener en cuenta algo que, además de las identidades,
diferencia a los componentes de la "izquierda del PT",
es decir, la manera de concebir el cómo y el cuándo llegar al
socialismo . En este terreno, las diferencias entre quienes
somos de "izquierda" también son sustanciales. Por mi
parte, ya he dicho que las sociedades complejas como la brasileña
únicamente podrán acceder al socialismo a través del
"reformismo revolucionario", es decir, de un largo
proceso de luchas que, por medio de reformas que alteren de modo
gradual la relación de fuerzas, nos permitan superar
progresivamente la lógica individualista del capitalismo y
crear una sociedad solidaria, fraterna e igualitaria, una
sociedad que, tal como dijo Lula en una entrevista al
"Jornal Nacional" de TV Globo durante su campaña, sea
sinónimo de sociedad socialista.
En
mi opinión, la "izquierda del PT", ya se trate de los
movimientos sociales o del MST, debe apoyar de manera enérgica
al gobierno de Lula y exigirle nada más que los pasos iniciales
en este largo proceso de reformas que buscan un nuevo orden
social, que serán necesariamente modestos a causa de la
desfavorable relación de fuerzas. Para dar tales pasos, el
gobierno de Lula tendrá que avanzar sobre un estrechísimo filo
de la navaja. Por un lado, deberá evitar que lo absorba el
actual statu quo y, por el otro, deberá resistir a las
tentaciones voluntaristas (contra las cuales Lula parece estar
suficientemente vacunado) de ir más allá de lo que nos permite
la actual relación de fuerzas. Una presión inteligente y
razonable, por parte de los movimientos sociales y de la
"izquierda del PT", será importante para impedir que
el sistema actual lo neutralice; pero se debe evitar un
radicalismo insensato, un voluntarismo de principiantes, ajeno a
las exigencias de las condiciones objetivas (radicalismo que,
por desgracia, algunos de nuestros compañeros ya han
manifestado públicamente).
No
dudo en afirmar que, en la actual relación de fuerzas, este
radicalismo "izquierdista" sería un gravísimo error
político, quizá el mayor que se pueda cometer.
El eventual éxito del gobierno de Lula será, para la izquierda
en general, una victoria de alcance histórico universal. Con
este gobierno se abre para todos nosotros –los componentes de
la izquierda brasileña, sea cual sea la posición en que
estemos situados– un enorme desafío. Tenemos una gran
responsabilidad, no sólo ante el pueblo brasileño, que
plebiscitó a Lula, al PT ir a los partidos aliados, sino también
ante todas las fuerzas internacionales que saludaron esta
victoria y la sienten como suya. Cuanto mayores serán los obstáculos,
más tendremos que luchar para evaluarlos correctamente y
superarlos con paciencia y tenacidad. Cabe recordar la lección
de Gramsci: si bien es necesario el pesimismo de la
inteligencia, no lo es menos el optimismo de la voluntad.
Carlos
Nelson Coutinho es profesor titular de Teoría Política de la
Universidade Federal do Rio de Janeiro.

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