Las «guerras por-si-acaso»
LA ONU no podía
conservar ningún prestigio o «relevancia», porque no puede conservarse lo
que ya se ha perdido; y los había perdido dejándose conminar por un
gobierno que hacía meses venía proclamando a muchas voces su absoluta
libertad de iniciativa para atacar a Irak: a lo sumo, podría haber empezado
a recobrarlos tan sólo si una votación en contra hubiese echado abajo la
propuesta de resolución de los americanos. Esta propuesta seguía casi al
dictado -como ya he dicho aquí hace unas semanas- el programa fijado por
James Baker en su artículo «La manera correcta de cambiar un régimen» («The
New York Times», 25-VIII-02), en el que, aun sin conceder la más pequeña
posibilidad de dejar de hacer la guerra, recomendaba, sin embargo, promover
ante el Consejo de Seguridad una propuesta de resolución que impusiese al
gobierno irakí, bajo las más severas amenazas, la vuelta de los
inspectores de armamento. El hecho de que, a pesar de dar por totalmente
descartada cualquier opción que no sea la de la guerra, recurrir a la ONU
siga siendo, para Baker, «la manera correcta» nos lo explica con «la
ventaja en la razón moral» que supondría para los americanos el poder
transferir sobre los que votasen en contra de su resolución la carga de la
culpa de «defender a un régimen ilegal». Es una extraña concepción de
la moral como una mercancía de cambalache, pero parece que es así.
La indecente propuesta
mal podría decirse que le asignara al Consejo de Seguridad ni tan siquiera
la función de organismo consultivo carente de poderes vinculantes, sino tan
sólo el denigrante papelón de mamporrero moral para que los Estados Unidos
se sintiesen cargados de razón moral para una guerra que ya se habían
manifestado repetidas veces autosuficientemente autorizados y dispuestos a
emprender al margen de todas las ONUS de este mundo. En cuanto a Kofi Annan,
con su casi evidente actitud de «qué lindo sería si los 15 aprobasen por
unanimidad la resolución americana», ha venido a ejercer como de madre
superiora: «Ea pues, cantad todas a una: «Venid y vamos tooodas...»!».
La situación en que ha
sido aprobada la propuesta americana -casi ajustada a los términos de Baker-,
convirtiéndose en la «Resolución 1.441» de la ONU, no es muy distinta de
la que en un momento ya avanzado de los prolegómenos de la Guerra del
Golfo, y siendo entonces secretario de Estado el propio Baker, se presentaba
el 29 de noviembre de 1990, fecha de la «Resolución 678», que igualmente
se recomendaba como «una última oportunidad al gobierno irakí», aunque
aquélla para que se retirase de Kuwait y ésta para que acepte la vuelta de
los inspectores de armamento. Es cierto que hoy no hay, como en aquella
ocasión, 200.000 soldados desplegados alrededor de Irak, pero sí se ha
hablado de unos 600 oficiales organizadores en un lugar de Bahrein, de
algunos millares de soldados de «fuerzas especiales» en diversos puntos de
las cercanías y de un portaaviones en el Golfo Pérsico, en espera de que
se le unan otros dos que ya han zarpado o están a punto de zarpar, pero aún
más relevante es que la guerra contra Irak se viene pregonando por lo menos
desde principios de febrero. Y aunque no sea más que un síntoma anecdótico
del espíritu reinante, ya a mediados de mayo un diplomático británico de
la ONU, tras mostrarse de acuerdo con Rumsfeld en cuanto a la compulsiva
contumacia armamentística de Saddam Hussein, declaraba por su parte: «Irak
debe enterarse de que una vez acabadas las conversaciones (no ya las últimas,
sino las de Viena, que fracasaron el 5 de julio, fracaso ante el que los
americanos no ocultaron su alegría), tanto si Bagdad rechaza la vuelta de
los inspectores como si la acepta, los misiles acabarán cayendo sobre sus
cabezas».
Tras diez meses de
alardes de guerra, declamaciones y aspavientos y tanto tamborearse con los
puños el resonante pecho de gorila, lo que uno se pregunta es en qué puede
ir a parar la «Resolución 1.441» de la ONU, porque si hay una cosa en
este mundo que el honor guerrero -emocionalmente elevado, por añadidura,
como ha demostrado el éxito del GOP en las recientes elecciones, a la
categoría de «honor nacional»- no puede en ningún caso tolerar jamás es
que se agiten las armas en vano. Y una vez más la ley del samurai: «La
espada que ha salido de la vaina tiene que matar». De modo que está
pasando lo que tenía que pasar, lo que con admirable clarividencia se
anticipó a señalar Claire Tréan, comentarista de Le Monde, nada menos que
el 20 de septiembre: «Queda pendiente una cuestión más estratégica, que
no está en el programa del jueves próximo (26 de septiembre) y que con
especial acritud se les plantea a los americanos: tras haber hecho subir la
tensión internacional hasta el punto en que ha subido en estas últimas
semanas y, por lo que a los propios Estados Unidos corresponde, haber jurado
la perdición del régimen de Saddam Hussein, ¿podrá uno contentarse con
ver al señor Blix y a sus adláteres haciendo las maletas para salir camino
de Bagdad?».
Los investigadores de
armamento parten, de hecho, ya desautorizados y desacreditados, pero no
porque nadie dude de su honestidad, sino porque el gobierno americano -y en
un grado difícil de medir, los que le han declarado su adhesión no sabemos
todavía hasta qué punto incondicional e inquebrantable- no tiene interés
alguno ni el más mínimo deseo de averiguar si el gobierno irakí está
mintiendo o diciendo la verdad. Es una voluntad de no creerle que se parece
como un huevo a un huevo a desear que mienta, de tal manera que los
bombarderos despegarán por sí o por no. Así parece haberlo entendido por
lo menos aquella Madeleine Albright, que otrora tuvo en la ONU el puesto hoy
ocupado por John Negroponte y después el de secretario de Estado, que hoy
tiene Colin Powell, según lo que declaraba en un artículo publicado por «El
mundo» el 14 de septiembre, en el que preconizando el bombardeo «sin
previo aviso» de las instalaciones irakís sospechosas de tener o producir
armas «non sanctas», si el gobierno obstruía las inspecciones, decía lo
siguiente: «Incluso si después se demostrase que esas sospechas no eran
ciertas, la culpa recaería íntegramente sobre Irak por denegar el acceso a
los inspectores y nunca sobre los Estados Unidos por intentar hacer cumplir
la voluntad del consejo de Seguridad». Ahí puede observarse no sólo el
mismo recurso que ya se ha visto en James Baker, en lo que atañe al
descargo de conciencia mediante la proyección de toda responsabilidad sobre
el que se resista a las propias intenciones, sino también la prefiguración
de un novísimo género de guerra que desborda incluso los términos de «guerra
preventiva» y sería más apropiado designar como «guerra por-si-acaso».