MIQUEL ALBEROLA
La dimisión del obispo Rafael Sanus
abrió una crisis en la Iglesia valenciana con amplios ecos en
la curia española y en el Vaticano. Su carácter transparente
y conciliador chocaba cada vez más con el del arzobispo Agustín
García-Gasco, cuyos lindes con el nacionalcatolicismo son
confusos. Sanus, nombrado obispo auxiliar en 1989 por el Papa
a propuesta del antecesor de García-Gasco, Miguel Roca
Cabanellas, fue rector del colegio del Corpus Christi de
Valencia y administrador de la archidiócesis. Ahora es un
sabio libre y socarrón, y el sábado será homenajeado la
revista cristiana Saó.
Pregunta. ¿Cómo
llena ahora su tiempo?
Respuesta.
Lo tengo muy ocupado. Me dedico a las funciones fundamentales
de un obispo, que son celebrar la eucaristía y predicar.
P. ¿Trabaja
más que antes de dimitir de obispo auxiliar?
R. Sí,
sí. Tengo muchas visitas de religiosos y seglares. Y tengo la
ventaja de que el obispo emérito está libre de toda la
dimensión administrativa y jurídica que comporta la curia
diocesana. Y eso es la flor y nata del ministerio, lo que más
me gusta.
'El veto del PP para el Consell Valencià de Cultura
me produce extrañeza y dolor'
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P.
Usted declaró en la sede de la Conferencia Episcopal que la
Iglesia no acaba de sintonizar con una sociedad radicalmente
pluralista. ¿En base a qué hechos extrae esta conclusión?
R. La
Iglesia no ha tomado consciencia suficiente de que está en
una sociedad democrática y pluralista. Teniendo en cuenta que
los cuarenta años de la época anterior marcaron mucho a la
Iglesia, no es fácil cambiar totalmente de actitud. La
Iglesia se encuentra un poco incómoda, y esa incomodidad hace
que no conecte con la gente que ha aceptado la democracia y la
libertad de expresión y de pensamiento. Los individuos
cambiamos más deprisa que las instituciones. Si además la
mayoría de obispos han sido formados en la etapa anterior,
pues es muy difícil dar ese paso.
P.
Pero ya han pasado muchos años desde entonces...
R. Los
psicólogos dicen que lo que más pronto envejece son los
esquemas intelectuales, y cambiarlos cuesta mucho. El cardenal
Vicente Enrique y Tarancón estuvo muy acertado ahí. Se dio
cuenta de que el nacionalcatolicismo ya no tenía vigencia, y
esa idea, apoyada por muchos obispos, permitió que la Iglesia
cambiara radicalmente. Pero las cosas del subconsciente tardan
en diluirse.
P. Usted
dio la extremaunción a Tarancón. ¿Con el murió sólo una
persona o un modo de entender la Iglesia?
R. Un
modo de entender las relaciones entre Iglesia y la sociedad.
Algún quedan algunos obispos taranconianos.
P. Usted
está ahí.
R.
Estoy ahí, pero a mí tardaron mucho en hacerme obispo. No
pude colaborar directamente con él.
P. ¿Se
fue del Arzobispado de Valencia por falta de sintonía o por
algo más profundo?
R.
Falta de sintonía. El arzobispo y yo coincidimos en el credo,
es decir en el contenido de la fe, pero en la manera de
explicarlo ya discrepamos.
P. Se
insinuó que su marcha se fundamentaba en su resentimiento por
no haber sido promocionado.
R. Se
ha dicho por alguna prensa, sobre todo. Yo me he esforzado en
explicar que nunca me he imaginado ser arzobispo de Valencia,
pero no hay manera. Es verdad: nunca me hizo ilusión.
P. ¿El
arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, por decirlo al
modo del cardenal Ratzinguer, actúa más como un monarca que
como un pastor?
R. Sí.
Y conste que Ratzinguer cuando escribió eso no se inspiró en
nuestro arzobispo, pero coincide.
P. Su
renuncia ha puesto de relieve la división existente en la
Iglesia valenciana. ¿Existía esta división antes de García-Gasco?
R.
Existía, pero no de una manera tan agudizada. La Iglesia
siempre tiene un poco de recelo a los movimientos progresistas
dentro de sí misma. Por poner un ejemplo, ha sido más
complaciente con Lefebvre que con la Teología de la Liberación.
La división no era tan acusada porque existían vías de
comunicación, pero con este arzobispo se cerraron y se fue
produciendo un alejamiento entre los movimientos de base y la
curia.
P. ¿Con
García-Gasco hay un retorno hacia el nacionalcatolicismo en
la Iglesia valenciana?
R. Lo
que se puede decir es que el arzobispo sí que tiene una
cierta mentalidad nacionalcatolicista, pero no se produce un
retorno de la Iglesia valenciana hacia allí.
P. ¿Estaba
justificada su expulsión de la residencia que ocupaba como
superior del Seminario del Corpus Christi?
R. Yo
creía que no. Me extrañó mucho. Me dolió por el hecho y
por el modo cómo se hizo, que fue humillante para mí, porque
le tengo mucho cariño al colegio del Patriarca.
P. Su
dimisión provocó una situación curiosa: nunca se había
visto a la izquierda defendiendo a un obispo.
R.
Fue una sorpresa y una alegría. Me apoyó más la izquierda
que la derecha, y eso fue para mí un motivo de satisfacción.
Cuando me hicieron obispo auxiliar tenía una cosa muy clara:
tenía que ser obispo de todos y para todos. Entonces, tenía
contacto con todos los partidos, y ese diálogo que mantenía
quizás influyera en la reacción.
P. ¿Cómo
ha vivido el hecho de el PP vetara su nombre para el Consell
Valencià de Cultura?
R. Con
extrañeza y dolor. ¿Qué razón puede tener el PP para ello?
Ninguna. Especialmente me molesta que la actitud del PP se
deba a un veto del arzobispo. No comprendo el veto del
arzobispo y menos comprendo la actitud del PP. ¿No habíamos
quedado que el nacionalcatolicismo había terminado?
P. ¿Condenar
el uso del preservativo cuando el sida está matando a la
gente no es una contradicción?
R. Me
parece que sí. En eso la Iglesia es un poco contradictoria.
Si se te engangrena el brazo, te lo cortan para vivir. ¿Qué
es más importante, el preservativo o el brazo? El sexto
mandamiento dice: no fornicar, pero hacerlo con preservativo o
sin preservativo es secundario. Es como el quinto mandamiento,
que dice: no robar. Si robas con guantes o sin guantes, qué más
da. Digo yo.
P. ¿Le
parece una 'utopía marxista' la ley de parejas de hecho?
R. No.
Me parece un hecho novedoso que no acabo de comprender y que
no sabemos cómo se desarrollará. Pero está ahí. Son
parejas que tienen niños y a menudo mantienen más la
estabilidad que un matrimonio canónico o civil. Es un nuevo
fenómeno y hay que acogerlo, considerarlo.
P. ¿Es
cierto que usted tenía más vocación agrícola que
religiosa?
R. [Suelta
una carcajada] Que me ordenaran cura es la decisión más
acertada que he tomado en mi vida. Pero si no hubiese sido
cura, me hubiese gustado ser labrador. Aún tengo vocación de
labrador. La adquirí de niño en Planes, donde pasé la
guerra, de la mano de un labrador aventurero, el tío Quiquet.
Me influyó mucho en el amor a la agricultura, cosa rarísima
para un alcoyano, porque en Alcoy es más difícil encontrar
un labrador que una aguja en un pajar.
'El arzobispo de Valencia actúa más como un monarca
que como un pastor'
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P. Tampoco
debió ser fácil tener una vocación religiosa en el
anticlerical Alcoy.
R.
Alcoy no ha sido demasiado beato nunca. Allí las dos
comunidades, de creyentes y no creyentes, están perfectamente
diferenciadas, aunque no separadas. Yo tenía amigos
anarquistas en una tertulia semanal. Era una tertulia, plural,
política, científica... En Alcoy ha habido muchos
autodidactas. Había personas que trabajaban en el telar y
llevaban un libro de Platón bajo el brazo. '¡Esto es miel!',
decían. No sólo leían a Bakunin, leían también a Platón
y a Aristóteles.
P. Usted
estudió derecho antes de ingresar en el seminario.
R.
Fue una vocación más bien tardía. En el segundo curso, el
cura que me confesaba me lo planteó. Me impresionó, porque
yo desde niño tuve una gran admiración por el sacerdocio. Y
entonces, a los veinte años, se me destapó.
P. Ya
casi tendría novia.
R. ¡Una
media novia! Me gustaban mucho las chicas. Y había una que me
parecía interesante. Era muy alcoyanita y muy... Sí, nos
entendíamos bien.
P. La
Iglesia es muy estricta con los defectos y las minusvalías físicas.
¿Le ha ocasionado algún problema tener un solo brazo?
R.
Necesité una dispensa papal para poder entrar en el seminario
y ser sacerdote. Luego necesité otra para ser obispo.
P. No
se puede decir que nunca ha sido arzobispo por esa razón.
R.
No, no. Es posible que haya influido, con otros factores, para
no ser obispo de otra diócesis.
P. ¿Fue
un accidente?
R. ¡En
Planes! Cuando yo me sentía labrador. Me gustaba llevar los
animales a beber. Un ocho de septiembre por la tarde llevé
una burra a beber, y al regreso la puse al trote porque había
unas chicas. ¡Boum!, me caí. Y de ahí vino todo.
P. ¿Es
cierto que una de sus grandes frustraciones es no poder llevar
corbatas?
R. ¿Usted
cómo se ha enterado de eso? No es una de mis grandes
frustraciones, pero sí una frustración. Cuando estaba en el
Patriarca pasaba por delante de Loewe y me tiraba media hora
mirándolas.
P. Tiene
ceniceros, ¿pero ya no fuma?
R. Oh,
qué más quisiera.
P. ¿No
es pecado?
R. ¿Usted
no fuma?
P. No.
R. ¿Si
fuera pecado, fumaría?
P.
...
R.
Tengo 71 años. ¿A los 71 años vale la pena dejarse de
fumar? De algo hay que morir, ¿no?
P. ¿Beber
café licor tampoco es pecado?
R.
Nooo. ¡Es una virtud! Los alcoyanos decimos que tenemos un bon
beure. El café es euforizante. Es difícil emborracharse.
Te da una euforia, una simpatía, un sentido del humor...
P. No
es habitual que un obispo desfile en las fiestas de Alcoy. Y
menos que lo haga en el bando de los moros.
R. Pero
siempre he desfilado de paisano. De niño me vestía y salía
con los cristianos, con Els Contrabandistes. Luego ya no he
salido más. Pero en entradetes, sí. ¡Disfrutaba de
la música, la filà y un puro en la boca! Había uno
que me decía llorando: '¡Don Rafael, esto es el cielo! ¡Esto
es el cielo!'.