“¿Por
qué nos odian?”, fue la pregunta que se hicieron los
estadounidenses tras el horror del 11 de Septiembre. Y, para
muchos de ellos, los odiadores no eran solamente el grupo de
fundamentalistas islámicos violentos que, según la versión
oficial de los hechos, acababan de derribar las Torres
Gemelas, sino también los árabes y los musulmanes, es decir,
un cuarto de la humanidad.
Desde aquel día
terrible y atroz me he estado repitiendo a mí mismo cuán
diferente sería hoy el mundo -cuánta muerte y destrucción nos
habríamos ahorrado- si el presidente Bush hubiera dicho algo
como esto: “Ésa es una buena pregunta, tratemos de encontrarle
respuesta antes de actuar”.
De haber intentado
responder a la pregunta, el primer axioma que se habría
establecido es que una mayoría abrumadora de árabes y otros
musulmanes no odian ni a los estadounidenses ni a USA. Quizá, si
pudieran, muchos árabes y musulmanes, quién sabe si la mitad de
todos ellos, vivirían en USA para disfrutar de la supuesta buena
vida que hay allí.
Lo que odian es su
política exterior. Y la causa principal de ese odio es el apoyo
que el Congreso y la Casa Blanca le prestan al Estado sionista
de Israel, con razón o sin ella. Pero el desprecio
arrogante que Israel exhibe hacia el Derecho Internacional
-aceptado por USA- es sólo uno de dos factores de la ecuación
que, a lo largo de los últimos sesenta años, ha hecho que el
dolor, la cólera y la humillación de árabes y otros musulmanes
se conviertan en odio a causa del conflicto en Palestina. El
otro factor es la impotencia de los represivos y corruptos
regímenes del orden árabe existente, percibidos por sus propias
masas como títeres al servicio estadounidense y sionista.
El 11 de septiembre de
2001 yo ya estaba muy avanzado en la escritura de mi libro
Zionism: The Real Enemy of the Jews [Sionismo: el verdadero
enemigo de los judíos], de manera que la idea germinal de éste
no es dar respuesta a la pregunta “¿Por qué nos odian?”. No
obstante, mi libro ofrece a los estadounidenses una respuesta
completa, exhaustiva, detallada y absolutamente documentada.
Mearshimer y Walt, en
su libro The Israel Lobby and US Foreign Policy [El grupo
de presión israelí y la política exterior de USA], ya habían
echado por tierra los tabúes relativos a un aspecto del antes
denominado conflicto arabo-israelí. Mi libro, por su parte, se
ocupa de la creación y el mantenimiento de dicho conflicto en
todos sus aspectos. Mi intención es permitir que los lectores
adquieran un conocimiento absoluto del conflicto -me atrevo a
afirmar que por primera vez en muchos casos-, al ver cómo todas
las piezas de este complicado rompecabezas se integran entre sí.
Por esa razón, lo que ocurrió a puerta cerrada en Londres,
París, Washington y Moscú tiene su lugar en mi versión de la
historia al mismo nivel que los acontecimientos en la Palestina
que pasó a ser Israel y en las capitales del mundo árabe. Mi
propósito es también ayudar a que los ciudadanos comprendan por
qué la resolución del conflicto ha permanecido y parece
permanecer fuera del alcance de la política y la diplomacia, así
como quién deber actuar, qué hay que hacer y
por qué para alcanzar la justicia y la paz. La alternativa
es la catástrofe para todos, y cuando digo todos no me refiero
sólo a los árabes y los judíos de la región, sino a todos
nosotros, allá donde vivamos (en el volumen I de mi libro
recuerdo una entrevista que le hice a Golda Meir, la madre de
Israel, para el programa Panorama de la BBC. En un
momento dado la interrumpí para decirle: “Primera Ministro,
quiero estar seguro de haber comprendido lo que usted está
diciendo... ¿Dice usted que si Israel estuviese en peligro de
caer derrotado en el campo de batalla, estaría preparado para
destruir la región y todo el mundo con él?” Sin la menor
vacilación y con aquella voz arenosa suya, con la que podía
encantar o intimidar a presidentes estadounidenses según
necesitara, Golda respondió, “Sí, eso es exactamente lo que
estoy diciendo”. Una hora después de que yo transmitiese la
entrevista, el Times de Londres alteró su editorial
principal. El texto corregido aludió a lo que Golda me había
dicho y añadió el siguiente comentario: “Más vale creerla”).
La única objeción que
le pongo al excelente libro de Mearshimer y Walt es que utilice
la expresión “grupo de presión de Israel” (Israel lobby).
En 1980, cuando yo utilicé esa expresión durante una
conversación con Shimon Peres, que entonces era el jefe del
principal partido de la oposición de Israel, el Partido
Laborista, y esperaba convertirse en primer ministro impidiendo
así que Menachem Begin obtuviese un segundo mandato, Peres me
dijo: “No es un grupo de presión de Israel, sino del Likud”.
La diferencia estaba en que el grupo de presión en USA
representaba al sionismo de línea dura, intransigente y (por lo
menos algunas veces) batallaba por políticas que no eran las
mejores a largo plazo para Israel. Por razones que mi libro
deja bien claras, el fenómeno que han expuesto Mearshimer y Walt
(complementando así el libro They Dare To Speak Out [Se
atreven a hablar claro] de Paul Findley) se define mucho mejor
como “grupo de presión sionista”.
En mi opinión, así como
en la de todos los expertos verdaderos que conozco -entre los
cuales están, por ejemplo, los dos historiadores israelíes
“revisionistas” (honrados) de nuestro tiempo, los profesores
Ilan Pappe y Aviv Shlaim-, la clave del conocimiento es la
diferencia entre judaísmo y sionismo. El mundo occidental,
básicamente judeocristiano pero no judío, ha sido condicionado
para creer que judaísmo y sionismo son la misma cosa. Pero no lo
son. Son cosas opuestas.
El judaísmo es una
religión de judíos (no de “los judíos”, porque no todos los
judíos son religiosos) y, al igual que el cristianismo y el
Islam, se centra en una serie de principios éticos y valores
morales.
El sionismo es una
ideología laica y colonialista que en 1948, haciendo uso
principalmente del terrorismo y la limpieza étnica, creó un
Estado para algunos judíos en el interior del mundo árabe (en
1897, en el momento de la creación del sionismo y de la primera
declaración de cuál era su objetivo, su ambición colonial sólo
fue respaldada por una escasa minoría de los judíos del mundo y
puede afirmarse que, sin la obscenidad del holocausto nazi -un
crimen europeo por el que fueron castigados los árabes de
Palestina-, Israel no habría existido nunca). Dicho en pocas
palabras, el sionismo aplicado en la práctica ha convertido en
una burla los principios éticos y los valores morales del
judaísmo, principios y valores que en realidad desprecia. Por
dicha razón, los judíos religiosos, a menudo descritos como “ultraortodoxos”,
dicen que el sionismo está destruyendo el judaísmo.
Para quienes deseen
profundizar aún más en el conocimiento de la diferencia entre
sionismo y judaísmo, recomiendo otro libro recientemente
publicado, A Threat From Within, A Century of Jewish
Opposition To Zionism [Una amenaza desde dentro, un siglo de
oposición judía al sionismo]. Lo ha escrito un judío canadiense,
Yakov Rabkin, que es catedrático de Historia en la Universidad
de Montreal. Cuando Yakov vino a Londres, le hice una pregunta
muy explícita: “¿Es razonable decir que los judíos del mundo
tienen un dilema, reafirmar o ratificar su compromiso con el
judaísmo y renunciar al sionismo o reafirmar o ratificar su
compromiso con el sionismo y renunciar a judaísmo?” Respondió
con una sola palabra: “¡Sí!”
El conocimiento de la
diferencia entre judaísmo y sionismo es la clave para comprender
por qué es perfectamente posible ser antisionista
(opuesto en todo o en parte a la empresa colonial del sionismo)
sin ser de ninguna manera antisemita. La trascendencia de
esa declaración está explicada en las líneas que siguen.
La falsa acusación de
antisemitismo es el chantaje que utiliza el sionismo con la
excusa de la obscenidad del Holocausto nazi y que le permite
silenciar cualquier crítica contra Israel, su retoño farisaico y
agresivo, para sofocar el debate informado y honesto sobre quién
debe hacer justicia y traer la paz, cómo y por qué. Pero cuando
los ciudadanos conozcan la diferencia entre sionismo y judaísmo
(y la verdad histórica después) no tendrán por qué callarse
asustados, como la mayoría de los gentiles ahora hacen, por
miedo de que los acusen falsamente de antisemitismo si critican
al Estado sionista de Israel.
Sin embargo, hay otra
razón que hace esencial el que los ciudadanos de las naciones
occidentales, entre quienes viven la mayoría de los judíos del
mundo, sean conscientes de la diferencia entre judaísmo y
sionismo. El conocimiento de dicha diferencia explica por qué
es erróneo culpar a todos judíos de los crímenes de unos pocos
(que son los sionistas a ultranza de Israel/Palestina).
A pesar de que yo era
consciente de que mi libro sería muy incómodo para muchos judíos
y provocaría al grupo de presión sionista, el cual haría todo lo
posible para ocultarlo al máximo, insistí en el título
Zionism: The Real Enemy of the Jews porque éste refleja en
siete palabras dos verdades relacionadas con nuestro tiempo.
La primera de ellas es
que el gigante dormido del antisemitismo tradicional se ha
despertado de nuevo en las naciones predominantemente no judías
de Occidente (donde, lo repito, viven la mayoría de los judíos
del mundo como ciudadanos integrados). La segunda es que la
causa principal de ese nuevo despertar es el comportamiento del
Estado sionista (¡no judío!), tal como la mayor parte de las
mejores mentes judías anteriores al Holocausto nazi temieron que
sucediese si las grandes potencias permitían que el sionismo se
saliese con la suya.
Como contexto de fondo
al párrafo anterior añado la advertencia de Yehoshafat Harkabi,
el director más veterano y universalmente respetado del Servicio
de Inteligencia de Israel (que cito en exergo en la primera
página del volumen II de mi libro). En su libro Israel’s
Fateful Hour [La hora fatídica de Israel], inicialmente
publicado en hebreo en 1986, escribió lo siguiente (las cursivas
son mías):
“Israel es el criterio
con el que todos los judíos tenderán a ser juzgados. Israel,
como Estado judío, es un ejemplo del carácter judío, que se
expresa libre y llanamente en su interior. El antisemitismo
tiene raíces profundas e históricas. Sin embargo, cualquier
defecto en la conducta israelí que se exprese contra Israel será
probablemente transformado en la prueba empírica de la validez
del antisemitismo. Sería una ironía trágica si el Estado
judío, que pretendía solucionar el problema del antisemitismo,
se convirtiese en un factor del aumento del antisemitismo. Los
israelíes deben ser conscientes de que el precio de su mala
conducta no lo pagan solamente ellos, sino también los judíos de
todo el mundo.”
Soy de la opinión que
tras la obscenidad del Holocausto nazi, y a causa de éste, lo
más probable es que el gigante se habría vuelto a dormir, habría
permanecido dormido y, con toda probabilidad, habría muerto en
su sueño si las principales potencias, en primer lugar Gran
Bretaña y luego USA, no hubiesen permitido que el sionismo se
saliese con la suya, como dijo Balfour, “con razón o sin ella”
(hay motivos para decir que, con “amigos” como los políticos
británicos y estadounidenses, los judíos del mundo no han
necesitado enemigos).
¿En qué se basa la
creencia de que el antisemitismo está en auge? El aumento de
las profanaciones de sinagogas y tumbas judías (y actos
similares), los insultos y agresiones contra judíos son un
indicio. Pero hay algo mucho más siniestro: lo que un número
creciente de gentiles, en particular de las clases media y alta,
están pensando y empiezan a decir a puerta cerrada y en
reuniones sociales. ¿Qué es lo que dicen? “¡Estos judíos de
mierda!” Y dicha antipatía ha aumentado en respuesta a la
arrogancia del poder de Israel y a la correcta percepción de
Israel como el opresor. Y cuanto más aparente resulta que Israel
es el obstáculo para la paz en cualquier término que la mayoría
de los palestinos y otros árabes y musulmanes pudiesen aceptar,
más crecerá esta antipatía, con el peligro real de que
estallará, se volverá incontrolable y se manifestará como
antisemitismo violento.
Tal como están y
parecen evolucionar las cosas, el segundo Holocausto contra los
judíos es una auténtica posibilidad en un futuro previsible.
Soy asimismo de la
opinión -que sé compartida en privado por algunos judíos
eminentes- que si el monstruo del antisemitismo se pone de nuevo
en movimiento, podría iniciar su andadura en USA.
Dos razones resumen el
porqué:
1) Muchos congresistas
(anteriores y actuales) se detestan a sí mismos por haberse
vendido al grupo de presión sionista. Si surgiese la oportunidad
de desatar su cólera reprimida y la rabia que les crea su
culpabilidad, querrán venganza.
2) Los principales
instigadores neocons de la invasión de Iraq son también
sionistas de la línea dura. Aunque pocos quieren admitirlo
públicamente, muchos saben que eso es cierto.
Y yo pregunto: ¿Qué se
puede hacer para eliminar el peligro de que el monstruo del
antisemitismo ataque de nuevo?
He aquí una breve
respuesta: Los gentiles de las naciones occidentales deben ser
informados y educados sobre la diferencia entre judaísmo y
sionismo y, por lo tanto, sobre por qué es erróneo culpar a
todos judíos por los crímenes de los pocos sionistas de la línea
dura. Ésa es una de las razones por las que he dedicado más de
cinco años de mi vida a investigar y escribir Zionism: The
Real Enemy of the Jews. Quiero poner mi grano de arena para
evitar que el monstruo del antisemitismo se ponga de nuevo en
marcha. Y ésa es la diferencia esencial entre el gentil que hay
en mí y los sionistas de la línea dura. Ellos quieren, incluso
necesitan, el antisemitismo para justificar sus crímenes
pasados, presentes y futuros.
Si en algún momento
llego a iniciar una gira de conferencias de costa a costa en USA
(como ya lo hice en el pasado), éste será mi mensaje a los
estadounidenses:
• No culpen a
los judíos que viven en su comunidad por los crímenes del
sionismo.
• No culpen
tampoco al grupo de presión sionista por comprar su influencia
en la política exterior estadounidense, porque lo único que ha
hecho es actuar de acuerdo con las reglas.
• Culpen a su
corrupto y prevaricador sistema político que vende eso que
denomina democracia al mejor postor.
Mi libro tiene dos
temas principales y relacionados entre sí.
Uno es cómo Israel, el
retoño del sionismo, se convirtió en su propio peor enemigo y en
una amenaza no sólo para la paz de la región y el mundo, sino
también para los mejores intereses de los judíos de cualquier
parte y para la integridad moral del judaísmo.
El otro es por qué el
mundo árabe y musulmán es una auténtica bomba de relojería de
frustración y desesperación.
El libro es épico tanto
en su longitud (dos volúmenes) como en su alcance y su
contenido, porque es un reescritura completa de la historia de
la creación y del mantenimiento del conflicto en Palestina y
sobre Palestina, y porque reemplaza con hechos documentados y
verdad histórica la falsa mitología sionista sobre la que se
basó la versión inicial y todavía existente de la historia
judeocristiana. Tal como le señalé en una carta abierta a la
Secretaria de Estado Condoleezza Rice (divulgada por Information
Clearing House el 7 de noviembre), la versión inicial de esa
historia no es más que un sinsentido de propaganda sionista. Se
centra en dos falsos mitos:
Uno de ellos es que el
Estado sionista de Israel ha vivido en peligro constante de
aniquilación, de que “arrojen al mar” a sus judíos. La verdad
histórica es que la existencia de Israel nunca ha estado en
peligro. No lo estuvo en 1948/49. Tampoco en 1956. Menos en
1967. Y ni siquiera en 1973. La aseveración sionista de lo
contrario fue la tapadera que permitió que Israel se saliese con
la suya donde más importaba, en USA y en la Europa occidental,
al presentar su agresión como defensa propia y a sí mismo como
la víctima, cuándo lo que fue, y sigue siendo, es el opresor.
El otro falso mito es
que Israel no ha contado con ningún personaje palestino
dispuesto a negociar la paz. La verdad histórica es que Yasser
Arafat sí preparó el terreno en el lado palestino para alcanzar
la paz, y lo hizo en 1979, hace más de un de cuarto de siglo.
En aquel año, 1979, Arafat convenció al Consejo Nacional
Palestino -la más alta instancia decisional en el lado
palestino- de que apoyara su política y el hasta entonces
inimaginable acuerdo con Israel (inimaginable para los
palestinos, porque la aceptación de Israel en el interior de sus
fronteras anteriores a 1967 exigió que renunciasen a reclamar el
78% de su territorio).
Tal como señalé en mi
libro Arafat (ése fue el título de la edición
estadounidense; el título original era Arafat, Terrorist or
Peacemaker? [Arafat, terrorista o pacificador?], el
histórico líder palestino necesitó seis años para persuadir
primero a sus colegas de la cúpula de al-Fatah y luego a otros
miembros del Consejo Nacional Palestino para que aceptasen la
realidad de la existencia de Israel. Cuando en 1979 se procedió
por fin a la votación, hubo 296 votos a favor de su
política y del compromiso y 4 en contra. Arafat, que
había arriesgado su vida tanto como su credibilidad para lograr
que su entorno cambiase de opinión, estaba entonces en la cima
de su poder y, a partir de ese momento -como bien lo sabía el
presidente Carter-, podrían haberse celebrado con éxito unas
eventuales negociaciones de paz auténtica y duradera sobre la
base de dos Estados, con Israel de vuelta a sus fronteras
anteriores a 1967 y con Jerusalén -preferentemente como ciudad
abierta- como capital de ambos Estados.
El problema fue que
Arafat no tuvo enfrente un interlocutor israelí por la paz,
porque el sionismo no ha estado nunca, y sigue sin estarlo,
interesado en la paz en ninguno de los términos que la mayoría
de los palestinos y otros árabes y la mayoría de los musulmanes
de cualquier parte pudieran aceptar. Es cierto que en 1993, y
gracias en parte a la gestión de la etapa del presidente Clinton
y a la influencia de éste, Arafat “quizá” tuvo un interlocutor
israelí por la paz encarnado en Yitzhak Rabin, pero un sionista
visceral lo asesinó. Y a Rabin lo sucedieron dirigentes
israelíes cuyo principal objetivo era volver a demonizar y
destruir al dirigente palestino. A Arafat el terrorista lo
podían manejar, pero a Arafat el hombre de paz no podían (¿acaso
es verdad que Barak le ofreció el 95% de todo lo que
había dicho que quería? No, no es verdad. Eso, también, fue una
mentira propagandística. ¿Envenenaron a Arafat? Probablemente.
¿Acaso su sucesor, el presidente Abbas, es en realidad una
marioneta israeloestadounidense? Lamentablemente sí, o así lo
parece. Pero, incluso si lo es, podemos estar seguros de una
cosa: sea o no un dirigente títere, el pueblo palestino no
aceptará nunca las migajas de la mesa sionista en forma de dos o
tres bantustanes a los que pudieran llamar un Estado).
En mi libro y en otros
foros públicos también he analizado la cuestión del derecho de
Israel a la existencia.
Según la primera
versión histórica, aún en vigor, a Israel se le concedió su
certificado de nacimiento y, por lo tanto, su legitimidad
mediante la resolución de Naciones Unidas del 29 de noviembre de
1947 que establecía la partición. Esto no tiene sentido: en
primer lugar, sin el consentimiento de la mayoría del pueblo
palestino, la ONU no tenía derecho a decidir la partición
de Palestina ni a asignar cualquier parte de su territorio a una
minoría de inmigrantes extranjeros con la finalidad de que
establecieran un Estado sólo para ellos.
A pesar de eso, con un
margen mínimo y sólo tras una votación amañada, la Asamblea
General de la ONU aprobó una resolución para dividir Palestina y
crear dos Estados, uno árabe y otro judío, sin que Jerusalén
formase parte de ninguno de ellos. Pero la resolución de la
Asamblea General era sólo una propuesta, lo que significa
que no habría tenido efecto, que no se hubiera convertido en una
norma aplicable a menos que lo aprobara el Consejo de Seguridad.
La verdad es que la
propuesta de división de la Asamblea General nunca llegó al
Consejo de Seguridad para su estudio. ¿Por qué? Porque USA
sabía que, si se aprobaba, sólo podría ser puesta en práctica
mediante la fuerza y el presidente Truman no estaba dispuesto a
usar la fuerza en la partición de Palestina.
Por ello, el plan de
partición estuvo viciado, nunca adquirió validez,
y la cuestión de qué diablos hacer con Palestina (después de que
Gran Bretaña la convirtiera en un desastre y se desentendiera)
volvió a la Asamblea General para ser discutida. La opción
apoyada y propuesta por USA fue entregada en fideicomiso a la
ONU. Mientras la Asamblea General estaba debatiendo qué hacer,
Israel declaró de manera unilateral su derecho a la
existencia, en realidad desafiando el deseo de la
comunidad internacional organizada, incluido el gobierno de
Truman.
La verdad de la época
fue que el Estado sionista, que se creo fundamentalmente como
consecuencia del terrorismo sionista y de la limpieza étnica,
no tenía derecho a existir y, para más añadidura, no tiene
derecho a existir a menos... a menos que fuera reconocido y
legitimado por aquellos que fueron desposeídos de su territorio
y de sus derechos durante la creación del Estado sionista. Según
el Derecho Internacional, únicamente los palestinos podrían
dar a Israel la legitimidad que reclama. Y esa legitimidad
era lo único que los sionistas no podían arrancar por la fuerza
a los palestinos.
La total comprensión de
la verdadera naturaleza de la empresa colonial sionista requiere
además el conocimiento de que la mayoría de los judíos que
llegaron a Palestina en respuesta a la llamada sionista no
tenían relación biológica alguna con los antiguos hebreos.
Los judíos sionistas llegados eran fundamentalmente extranjeros
de muchos lugares, descendientes de aquellos que se hicieron
judíos mediante la conversión al judaísmo siglos después de la
caída del antiguo reino judío de Israel y de lo que se llamó la
“dispersión” en el “olvido” de sus gentes. La idea de que había
y hay dos pueblos con el mismo derecho a reclamar el mismo
territorio es un sinsentido histórico. Los relativamente
pocos judíos con derecho a una reivindicación válida son
los descendientes de aquellos que permanecieron en Palestina en
todo momento. En la época del nacimiento del sionismo eran sólo
unos pocos miles. Se consideraban a sí mismos como palestinos y
se opusieron radicalmente a la empresa colonial sionista debido
a que temían, con toda la razón, que los convirtiesen, al igual
que a los que llegaron, en extranjeros judíos sionistas
enemigos de los árabes, entre quienes vivían en paz y seguridad
(a pesar de que no todos los judíos de hoy son conscientes de
esto, es también un hecho que el retorno de los judíos a la
tierra del Israel bíblico por el empeño humano –una posible pero
lamentablemente inadecuada definición del sionismo- fue
rechazada por el judaísmo).
La pregunta que debe
contestar el presidente Bush y todos aquellos que exigen que
Hamás reconozca a Israel es ésta: ¿Cuál es el Israel que debe
reconocerse... el Israel de las fronteras anteriores a la
guerra de 1967, y por lo tanto, en consonancia con la resolución
242 del Consejo de Seguridad, o un Israel más grande que, día
tras día, está usurpando más y más territorio y expandiendo sus
asentamientos en la Cisjordania ocupada?
De hecho, la posición
real de Hamás no oculta secreto alguno. Si mañana Israel dijera
y demostrase que está listo para negociar una paz completa y
definitiva basada en una verdadera solución de dos Estados, uno
que devolvería a Israel a sus fronteras anteriores a 1967, con
Jerusalén como ciudad abierta y capital de los dos Estados,
Hamás diría: “Sentémonos a negociar”.
Los dirigentes de Hamás
dirían eso y lo demostrarían, porque no son idiotas y saben que
no tendrían elección alguna, ya que una verdadera
solución de dos Estados sigue siendo lo que la gran mayoría de
los palestinos está preparada para aceptar. Pero nunca se les
presentará esa ocasión.
La verdad del presente
es que la solución de los dos Estados ya está muerta, aunque no
enterrada todavía... asesinada por los asentamientos que Israel
ha creado y sigue creando en Cisjordania, en claro desafío
de las resoluciones de la ONU, la legislación internacional e
incluso en claro desafío de los deseos un día expresados
por el gobierno de Bush. Al menos en lo que respecta a la
actividad ilegal de crear asentamientos, es la cola sionista
quien mueve al perro estadounidense.
En el último capítulo
del volumen II de mi libro A Resurrection, a Crucifixion and
a Road Map to Nowhere [Una resurrección, una crucifixión y
una hoja de ruta que no conduce a ninguna parte] afirmé que la
estrategia sionista para una solución final al problema
palestino no deja ahora lugar a la imaginación. Los dirigentes
del sionismo en Israel y quienes los apoyan en USA aún creen que
con el uso de la fuerza bruta y reduciendo a los palestinos a la
más abyecta pobreza quebrarán su voluntad de continuar la
lucha por sus derechos. La asunción es que, en este punto, y
absolutamente desesperados, los palestinos estarán dispuestos a
aceptar las migajas de la mesa sionista en forma de dos o tres
bantustanes o, mejor aún, abandonarán su tierra y buscarán una
nueva vida en otros países. Desde mi punto de vista, la
convicción de que el sionismo logrará un día anular la voluntad
palestina de seguir la lucha por un mínimo de justicia aceptable
es el producto de mentes que se engañan hasta la enajenación
mental (algunos afirman que Israel está a punto de convertirse
en un Estado fascista, pero yo creo que la terminología más
apropiada es en un manicomio).
Lo que parece casi
demasiado terrible de pensar es algo así como: ¿Qué harán los
sionistas cuando sea patente incluso para ellos que no pueden
destruir el nacionalismo palestino con bombas y balas y medidas
represivas brutales de todo tipo?
Mi opinión es que
ellos, los sionistas, se lanzarán a una limpieza étnica
definitiva para expulsar a Jordania y más allá a los
palestinos de Cisjordania. Eso, me temo, será la solución final
sionista para el problema palestino. Si llega a ocurrir,
Cisjordania se teñirá de rojo, fundamentalmente con sangre
palestina. Y los periodistas honrados lo describirán como un
Holocausto sionista.
Pero eso no tiene
por qué ser el fin de la historia de Palestina. Habrá, sin
embargo, un nuevo comienzo.
Hace muchos años, en la
introducción de mi primer libro, Arafat, Terrorist or
Peacemaker?, afirmé que, hablando en general, los judíos son
la elite intelectual de la civilización occidental y que los
palestinos son la elite intelectual del mundo árabe. Lo que esos
dos pueblos podrían hacer juntos en paz y compañerismo sería, lo
sugerí, el estambre de que se componen los sueños.
Cambiarían y desarrollarían la región y, al hacerlo, ofrecerían
al mundo entero la esperanza e inspiración que tanto necesita.
Sigo creyendo que los sueños pueden hacerse realidad,
pero sólo en el contexto de la solución de un único Estado
al problema palestino. Por definición, sería un Estado laico,
democrático, en el cual todos sus ciudadanos, árabes y judíos,
disfrutarían de los mismos derechos. Sí, eso significaría la
des-sionización de Palestina, pero no implicaría el fin
(ninguna clase de fin) para los judíos que ahora viven en Israel
y Palestina. Aquellos que desearan quedarse como ciudadanos de
una Palestina des-sionizada podrían finalmente tener paz
con una seguridad duradera.
El epílogo de mi libro
se titula The Jews as the Light Unto Nations [Los judíos
como luz de las naciones] y finaliza con las siguientes
palabras, mis palabras, orgullosamente repetidas en la
contraportada del volumen II:
“Si los judíos del
mundo tuviesen la voluntad y el valor de hacer causa común con
las fuerzas de la razón en Israel antes de que sea demasiado
tarde para todos nosotros, les espera una enorme recompensa.
Con la demostración de que la razón puede triunfar sobre el
deseo y de que hay un lugar para la ética en la política, se
convertirían en la luz de las naciones. Es una recompensa
que no está disponible para ningún otro pueblo de la tierra por
la exclusividad del sufrimiento del pueblo judío. Quizá ésta sea
la verdadera esencia de la idea que los considera un pueblo
elegido... elegido para soportar un sufrimiento único y, tras
haberlo soportado, demostrarnos a los demás que crear un mundo
mejor y más justo no es una misión imposible.”
¿Por qué creo que es
importante que los estadounidenses conozcan la verdad de la
historia sobre los hechos y la continuidad del conflicto dentro
y fuera de Palestina y quien debe trabajar por la paz, qué debe
hacer y porqué?
La respuesta es
escueta: Debido a la impresionante influencia del grupo de
presión sionista (como han documentado Mearshimer y Walt y,
antes que ellos, el ex congresista Paul Findley), ningún
presidente estadounidense tendrá jamás la voluntad política de
exigir responsabilidades al sionismo, a menos que la opinión
pública informada lo empuje a hacerlo poniendo en marcha
la democracia real. El problema en USA, hablando en general, es
que la opinión pública está muy poco uniformada (y desinformada)
para presionar, para hacer que la democracia trabaje en pos de
la justicia y la paz.
¿Por qué mi libro
Zionism: The Real Enemy of the Jews no puede publicarse en
USA?
La respuesta es
concisa: porque el sionismo no quiere que se publique y
todos los editores estadounidenses, los más importantes y
también los menos al parecer temen demasiado ofender al sionismo
si lo publicasen.
En realidad, lo mismo
ha sucedido en el Reino Unido, incluso si mi editor recibió
cartas y otros mensajes con elogios poco habituales hacia mi
trabajo de los editores más importantes. Una de esas cartas, que
he citado en el primer párrafo del volumen I de la primera
autoedición de mi libro en pastas duras, describe mi manuscrito
como “[...] Sorprendente... hecho con pasión, compromiso y
profunda sabiduría” y luego sigue: “[…] No hay duda de que
merece que se publique.” Pero, a la hora de la verdad, tuve que
crear mi propia editorial. Se suponía que no tendría acceso al
mercado minorista, pero lo tuve. Para vender bien en el mercado
minorista los libros necesitan publicidad. Los primeros que la
hacen para el público lector son, en general, los medios de
comunicación, pero no en el caso de mi libro. Ni uno solo de los
periódicos o revistas, ni tampoco ningún programa de radio o
televisión estaban dispuestos a prestar a mi libro ninguna
atención, crítica u otra cosa. La complicidad de los medios en
la eliminación de la verdad histórica y la traición a la
democracia demostró su solidez. Ésta es la situación aquí y en
Reino Unido (y en toda Europa occidental) y sé que es peor,
mucho peor, en la “Tierra de la Libertad”.
En el prefacio del
Volumen II afirmo que no me cabe duda alguna de que las
editoriales, los editores y los políticos que son cómplices en
la eliminación de la verdad histórica creen sinceramente que
sirven a los mejores intereses de los judíos, así como a sus
propios intereses personales a corto plazo. A todos ellos
(editoriales, editores, políticos) les digo lo siguiente: “Os
equivocáis. Os equivocáis peligrosamente. Negándoos a aceptar la
verdad de la historia y, en concreto, la diferencia entre
judaísmo y sionismo y por qué es perfectamente posible ser
apasionadamente antisionista sin ser antisemita, ayudáis a que
se culpe a todos los judíos de los crímenes cometidos por unos
cuantos.” Y concluyo con la siguiente reflexión: “También sería
de ayuda si más de unos pocos judíos que viven fundamentalmente
en las naciones del mundo judeocristiano pudieran encontrar la
voluntad y el valor para terminar con su silencio sobre la
mala conducta (en palabras de Harkabi) de Israel y aceptar
el hecho de que el sionismo es, como afirma el título de este
libro y demuestra su contenido, el verdadero enemigo. El
silencio no es la forma de refutar y desbaratar una acusación de
complicidad en los crímenes sionistas.”
Para el sionismo, el
problema de mi libro es su título. La fuente originaria del
poder y el chantaje sionistas está en su éxito al haber
convencido a un mundo agobiado por la culpa de que el judaísmo y
el sionismo son la misma cosa. Cuanta más gente sepa de que esto
no es así y que, por lo tanto, es perfectamente posible ser un
acérrimo antisionista sin ser antisemita, más desnudo y más
vulnerable será el sionismo. Únicamente entonces será una misión
posible el detener la cuenta atrás de la catástrofe y sólo
entonces la paz tendrá una oportunidad, su última oportunidad.
En su prefacio a The
Israel Lobby and US Foreign Policy, Mearshimer y Walt
afirman que USA no será capaz abordar con eficacia los
irritantes problemas del Oriente Próximo “si los estadounidenses
no logran mantener un diálogo civilizado sobre nuestros
intereses en la región y sobre el papel de todos los factores
que entran en línea de cuentas en la política exterior
estadounidense, incluido el grupo de presión de Israel. Hemos
escrito este libro para apoyar ese diálogo.”
Yo he escrito el mío
para imbuir en los ciudadanos el poder de participar en el
debate informado y honesto y para que logren que la democracia
lleve justicia y paz al Oriente Próximo. Si hay estadounidenses
que quieren subir al estrado y ayudarme a que les lleve a sus
conciudadanos mi versión de la verdad histórica, el partido
habrá comenzado. Y ésta no es una liga de segunda división.

Zionism: The
Real Enemy of the Jews
Alan Hart
Word Power Books
Fecha de publicación: 7 de octubre de 2005
http://www.word-power.co.uk
Fuente:
http://www.informationclearinghouse.info/article18716.htm
Artículo original publicado
el 14 de noviembre de 2007
Esta traducción se ha publicado también en
Tlaxcala.
Sobre el autor
El escritor y traductor español Manuel Talens es
miembro de
Cubadebate,
Rebelión
y
Tlaxcala. Su
novela más reciente es La cinta de Moebius (Alcalá Grupo
Editorial). Paloma Valverde
es miembro de Cubadebate,
IraqSolidaridad
y Rebelión.
Esta traducción se puede reproducir
libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al
autor, a los traductores y la fuente.