Introducción
Las justificaciones del ataque de
Estados Unidos a Iraq van desde los pretextos
político-militares hasta los análisis en torno a intereses
geopolíticos y económicos.
La explicación oficial original
se basó en el supuesto, cuya falsedad se ha demostrado sin
lugar a dudas, de que Sadam Hussein poseía armas de
destrucción masiva químicas, biológicas y otras, que
representaban una amenaza para Estados Unidos, Israel y
Oriente Próximo. Tras la ocupación militar estadounidense
no se pudo encontrar ninguna de dichas armas, por lo que
Washington justificó la invasión y la ocupación con la
expulsión de un dictador y la creación de una democracia
próspera en el mundo árabe. La imposición de un gobierno
títere de tipo colonial, apuntalado por una fuerza de
ocupación imperial de más de 200.000 soldados y una serie
de batallones de la muerte irregulares que han causado la
muerte de cerca de un millón de civiles iraquíes, han
expulsado a más de cuatro millones al exilio y han
empobrecido al 95% de la población, demuestra la falsedad
de esta argumentación. El último modelo de justificación
gira en torno al concepto de que la ocupación
estadounidense es necesaria para «impedir una guerra
civil». La mayoría de los iraquíes y los expertos
militares consideran que la presencia del ejército
colonial de ocupación es la causa del violento conflicto,
especialmente los devastadores ataques de los militares
estadounidenses a los civiles, la financiación de líderes
tribales rivales y mercenarios kurdos y la contratación de
policías militares locales para reprimir a la población.
Dado que la mayor parte de los estadounidenses –por no
hablar del resto de la población mundial— no se dejan
convencer por estos pretextos engañosos, el gobierno de
Washington justifica la persistencia de la guerra y la
ocupación por la necesidad de una victoria militar
colonial que le permita mantener su estatus mundial y
regional de superpotencia y garantizar así a sus regímenes
satélites de Oriente Próximo que Washington es capaz de
defender a sus camarillas gobernantes y a su aliado
hegemónico, Israel. La Casa Blanca de George Bush y los
líderes pro israelíes del Congreso aseguran que una
victoria en Iraq potenciará una imagen de Washington como
un exitoso gobierno antiterrorista –anti insurgente—
global. Estas justificaciones, a posteriori, han perdido
su verosimilitud a medida que la guerra continúa y la
resistencia crece en Iraq, Afganistán, Palestina, Líbano,
Somalia, Tailandia, Filipinas, Pakistán, etcétera. Cuanto
más dure la guerra, mayores serán el coste económico y la
desmoralización y agotamiento del personal militar y se
hará más difícil la tarea de mantener la capacidad de
intervención defensora del imperio.
Si las justificaciones oficiales,
políticas y militares de las guerras coloniales
estadounidenses en Iraq y Afganistán suenan huecas y poco
convincentes, ¿qué decir de las otras justificaciones de
la guerra que manejan en primer lugar, aunque no sólo, los
críticos del gobierno de Bush?
El principal elemento que
proponen los deterministas económicos de la guerra lo
constituye el petróleo y lo que denominan la «guerra por
el petróleo» (1). En torno a este punto se presentan
algunas variantes: la primera y más popular es la de que
las grandes corporaciones estadounidenses del petróleo
estaban detrás de la guerra y que George Bush y Dick
Cheney recibieron presiones de «las Grandes del Petróleo»
–Big Oil (2)– para que lanzaran el ataque con el
fin de que las empresas estadounidenses pudieran
apoderarse de los campos petrolíferos iraquíes de
propiedad estatal y sus refinerías. Una segunda variante
afirma que la Casa Blanca no sufrió las presiones de las
Grandes del Petróleo, sino que actuó en beneficio de éstas
por un acto reflejo. Según esta idea se explicaría la
llamativa ausencia de los portavoces de las
transnacionales petroleras de los medios de comunicación y
del Congreso en los prolegómenos de la guerra.
Una tercera versión sostiene que
Estados Unidos fue a la guerra para hacerse con el
petróleo necesario para su seguridad nacional, amenazada
por Sadam Hussein. Esta explicación cita el peligro de que
éste cerrase el estrecho de Ormuz, invadiese los estados
del Golfo, provocase revueltas en Arabia Saudí, o redujese
el flujo de petróleo de Oriente Próximo hacia EEUU y sus
aliados. En otras palabras, la geopolítica de Oriente
Próximo establecía que un gobierno no satélite constituía
una amenaza para el acceso de Estados Unidos, Europa y
Japón al petróleo. Aparentemente éste es el último
argumento que sostiene Alan Greenspan, quien antes
defendió la tesis propagandística de las armas de
destrucción masiva.
Los principales defensores de la
teoría de la guerra por el petróleo fracasan a la hora de
aportar el soporte empírico de su teoría: en efecto, las
transnacionales del petróleo no dieron un apoyo activo a
la guerra ni mediante la propaganda, ni presionando en el
Congreso ni por ningún otro vehículo político. En segundo
lugar, los que proponen la teoría de la guerra por el
petróleo no consiguen explicar las tentativas de las
principales empresas petroleras de establecer vínculos
económicos con Iraq antes de la invasión, así como tampoco
explican que dichas empresas estaban, de hecho, operando
clandestinamente por medio de terceros en la
comercialización del crudo iraquí. En tercer lugar, todas
las grandes empresas petroleras que operan en Oriente
Próximo tenían como preocupación principal la estabilidad
política, la liberalización de las políticas económicas de
la región y la apertura de los servicios petroleros a los
inversores extranjeros. La estrategia de las Grandes del
Petróleo consistía en hacer progresar sus intereses
globales dentro del proceso efectivo de liberalización en
Oriente Próximo y en conquistar nuevos mercados y recursos
petroleros por medio de su formidable fuerza de mercado,
que consiste en inversiones y tecnología.
El estallido de la invasión
estadounidense de Iraq se contempló con profundas reservas
y preocupación, en la medida en que una acción militar así
podía desestabilizar la región, fomentar la hostilidad
hacia sus intereses en todo el Golfo Pérsico y frenar el
proceso de liberalización. Ni uno solo de los altos
ejecutivos de la industria del petróleo consideró en su
momento que la invasión estadounidense fuese una medida
positiva para la seguridad nacional. Todos ellos
comprendían que Sadam Hussein, después de diez años de
sanciones económicas y militares y frecuentes bombardeos
de sus instalaciones militares e infraestructuras durante
la presidencia de Bill Clinton, no estaba en situación de
lanzar agresiones contra empresas petroleras o estados del
Golfo Pérsico. Además las empresas petroleras tenían unas
perspectivas reales y efectivas de firmar lucrativos
contratos de comercialización y servicios petroleros con
el gobierno de Sadam Hussein poco antes de la guerra. Fue
el gobierno de Estados Unidos, presionado por la
Zionist Power Configuration (Configuración del Poder
Sionista - ZPC) (3) quien impulsó la legislación que
bloqueó, por medio de sanciones, los intentos de las
Grandes del Petróleo de conseguir dichos acuerdos
económicos con Iraq.
El argumento de que las grandes
corporaciones petroleras promovieron la guerra en
beneficio propio no se sostiene en bases empíricas. Como
corolario de todo ello, estas grandes corporaciones no se
han podido beneficiar de la ocupación estadounidense
debido a la intensificación del conflicto, los continuos
sabotajes, la previsible resistencia de los trabajadores
iraquíes del petróleo a la privatización, la inseguridad e
inestabilidad generales y la hostilidad del pueblo iraquí.
La izquierda estadounidense
agarró al vuelo la declaración de Alan Greenspan de que la
guerra de Iraq tenía que ver con el petróleo como una
especie de confirmación, pero sin ningún tipo de pruebas.
No obstante los hechos de cada día, desde el comienzo de
la guerra hace ya cinco años, demuestran que las Grandes
del Petróleo no sólo no promocionaron la invasión, sino
que no han llegado a poner en seguridad ni uno solo de los
campos petrolíferos a pesar de la presencia de 160.000
soldados estadounidenses, 30.000 mercenarios pagados por
el Pentágono y el Departamento de Estado y un gobierno
satélite corrupto. El 19 de septiembre de 2007 el
Financial Times de Londres publicó un artículo sobre
la llamativa ausencia de las Grandes del Petróleo en Iraq
(4). Según ese artículo sólo un puñado de pequeñas
empresas mantiene contratos en Iraq septentrional (Kurdistán),
que dispone del 3% de las reservas de todo Iraq. Asimismo,
afirma que Big Oil no inició la guerra de Iraq ni
se ha beneficiado de ella. La razón por la que no apoyó la
guerra sería la misma por la que no ha invertido tras la
ocupación: «El nivel de violencia sigue siendo
inaceptablemente alto (...) y las perspectivas de acuerdo
parecen disiparse a medida que crece la tensión entre las
partes». La peor pesadilla de estas Grandes del Petróleo
–una guerra inducida por los sionistas— se ha visto
confirmada. Mientras que las negociaciones de las Grandes
y los acuerdos con terceros en el Iraq anterior a la
guerra proporcionaban un flujo estable y consistente de
crudo e ingresos, la guerra no sólo ha reducido a cero
dichos ingresos, sino que además ha eliminado cualquier
opción para el próximo decenio.
Pese a la guerra, la
liberalización en el resto de la región ha proseguido y
los intereses petroleros y financieros estadounidenses han
progresado a pesar de los nuevos obstáculos y la creciente
hostilidad derivados de la masacre de musulmanes
propiciada por EEUU.
En lo tocante a la definición de
la política de guerra en Oriente Próximo ni Big Oil,
ni los multimillonarios texanos, ni siquiera los grandes
contribuyentes a las campañas políticas de la familia Bush
han llegado a inquietar a la ZPC. Les faltó el poder,
interno y externo; la disciplinada organización de base de
las organizaciones judías a la hora de derrotar la
propaganda belicista sionista y su influencia en el
Congreso; su posición en las instancias ejecutivas
estratégicas y su ejército de escribas académicos de
Harvard, Yale y Johns Hopkins, que han llenado de
propaganda belicista los medios de comunicación
estadounidenses. .
Lo más llamativo de los
documentos programáticos y los artículos de opinión del
Daily Alert (5) es el riguroso alineamiento con las
posturas belicistas oficiales de Israel. Tanto si se trata
de la matanza de niños en Yenin, el bombardeo de centros
urbanos de Líbano o el bombardeo artillero de una familia
árabe cuando celebraba una merienda en la playa de Gaza,
el Daily Alert siempre se hace eco de la versión
oficial israelí y sus clamorosas mentiras sobre escudos
humanos, accidentes, pistoleros escondidos entre los niños
o atrocidades autoinfligidas. Nunca, en todo el periodo
analizado, aparece un solo artículo crítico que cuestione
el desplazamiento masivo por parte de Israel de cientos de
miles de palestinos. No hay crimen contra la humanidad
suficientemente atroz a los ojos de los presidentes de las
organizaciones judías estadounidenses que merezca su
rechazo. Es una obediencia sumisa a la política oficial
israelí, que indica que la ZPC es algo más que un simple
lobby, como afirman sus propios apologistas de izquierda,
incluyendo a Stephen Walt y John Mearsheimer. Es una
estructura mucho más siniestra, en tanto que correa de
transmisión de políticas e intereses de una potencia
colonial ciegamente dispuesta a dominar Oriente Próximo y
que además es la amenaza más seria para nuestras
libertades democráticas: ninguna persona que se atreva a
criticarla puede escapar del largo brazo de los
autoritarios pro israelíes. Los libreros tienen que hacer
frente a piquetes, los jefes de redacción reciben
intimidaciones, amenaza a las prensas y los distribuidores
universitarios, los rectores de las universidades son
objeto de chantajes, los candidatos locales y nacionales
son víctimas de injurias y difamaciones, se cancelan actos
y se presiona a los responsables de los locales que los
acogen, a los académicos se les niega la promoción o se
les despide, se hacen listas negras de empresas, los
fondos de pensiones sindicales sufren ataques hostiles, se
anulan representaciones teatrales y conciertos, etcétera.
La lista de actos de represión que realizan estas
organizaciones sionistas autoritarias a escala nacional y
local es más larga y genera miedo en algunos, enfado en
muchos más y un violento resentimiento y una
concienciación creciente en la mayoría silenciosa.
La segunda versión geopolítica de
la guerra por el petróleo se centra en aspectos relativos
a la seguridad nacional. Tras la primera Guerra del Golfo
en 1991 y después de once años de sanciones económicas y
desarme militar, Iraq era un país empobrecido y débil,
parcialmente desmembrado por la existencia de un enclave
kurdo en el norte que gozaba del apoyo de EEUU, y víctima
de constantes bombardeos estadounidenses a cargo de
aviones que sobrevolaban el país. Iraq sufrió varios
bombardeos graves durante los años del gobierno de Bill
Clinton y más de un millón de sus ciudadanos, entre ellos
unos 500.000 niños, murieron prematuramente de
enfermedades relacionadas con el bloqueo de la entrada de
alimentos y asistencia médica básica impuesto por Estados
Unidos, y la imposibilidad de reparar los sistemas de
tratamiento de agua destruidos.
Antes de la invasión de 2003 Iraq
no podía ni siquiera mantener el control de sus costas, su
espacio aéreo y un tercio de su territorio. Como se
demostró en la invasión estadounidense, el ejército de
Sadam Hussein no disponía ni de la más básica capacidad de
defensa para una guerra convencional ni de ningún avión de
combate que pudiese suponer una amenaza para los estados
satélite de EEUU en su vecindad o para el estrecho de
Ormuz. La fuerte resistencia a las tropas estadounidenses
vino después en forma de fuerzas irregulares que adoptaron
tácticas de guerrilla al margen de cualquier unidad
organizada creada por el régimen baazista. En otras
palabras, por mucho que estiremos el concepto de
«seguridad nacional» hasta incluir las bases militares
estadounidenses, las instalaciones petroleras, los
gobiernos satélites y las vías marítimas de Oriente
Próximo, Sadam Hussein no constituía, claramente, ninguna
amenaza. Si, no obstante, el concepto de seguridad
nacional se define de nuevo como el medio para conseguir
la eliminación física de cualquier oponente potencial a la
dominación de EEUU e Israel en la región, entonces Sadam
Hussein podría considerarse una amenaza a la seguridad
nacional. Pero entonces el debate sobre la explicación de
la guerra de EEUU contra Iraq se sitúa en otro terreno, el
del debate sobre las fuerzas políticas que manipularon el
asunto de las armas de destrucción masiva y la propaganda
de la guerra por el petróleo con el fin de justificar una
guerra por la hegemonía de Estados Unidos e Israel en
Oriente Próximo. Incluso es más importante hoy día aclarar
la responsabilidad de la invasión y ocupación de Iraq ante
el aluvión propagandístico que nos está empujando a una
guerra contra Irán.
Del engaño de la guerra
contra Iraq a la propaganda de la guerra contra Irán
La ZPC despliega su propaganda
belicista para que se ataque a Irán e induce al Congreso
demócrata y a los candidatos a la presidencia, así como a
la Casa Blanca republicana, a «poner sobre la mesa la
opción militar». En paralelo a esta propaganda abierta a
favor de la guerra, algunos progresistas críticos de la
guerra contra Iraq han publicado artículos en los que
defienden que Israel «realmente se oponía a la guerra de
Iraq». Articulistas tan diversos como Gareth Porter; el ex
analista de la CIA Ray McGovern; el coronel Wilkerson,
ayudante de Colin Powell y el ziocon –conservador
ultrasionista- Michael Ledeen, entre otros, aseguran que
Israel se opuso a la guerra porque deseaba que EEUU
atacase Irán. Otros afirman ahora que Israel había
prevenido a EEUU de que la invasión de Iraq tendría graves
consecuencias para Oriente Próximo, desequilibrando la
balanza a favor de Irán. Los que exculpan a Israel señalan
a otros culpables: Bush-Cheney-Rumsfeld o los neocons
estadounidenses (más conocidos como ziocons ) que,
insisten, han actuado sin tener en cuenta a Israel o al
margen de las prioridades de este país en la región.
Hay otra opinión alternativa que
afirma que Israel promovió el ataque de EEUU a Iraq y
utilizó todos sus medios, a través de sus seguidores pro
israelíes, para diseñar, promover y planificar la guerra.
Este punto de vista alternativo mantiene que en ningún
momento actuaron los ziocons en contra de los
intereses estatales israelíes. De hecho, altos
funcionarios israelíes trabajaron día a día en
colaboración con sus agentes en el Gobierno de Washington,
en particular en la Oficina de Planes Especiales del
Pentágono, a fin de proporcionar desinformación que
justificase el ataque militar. Si, como vamos a mostrar
aquí, Israel utilizó todos sus medios para que Estados
Unidos atacase a Iraq y se halla detrás de la actual
campaña de desinformación destinada a provocar una guerra
de EEUU contra Irán, entonces las fuerzas que se oponen a
la guerra y la opinión pública estadounidense tienen que
hacer frente abiertamente al «factor israelí».
Intentaremos establecer que la
exoneración de Israel es principalmente un intento de
desviar la hostilidad pública estadounidense del grupo
Israel First –Primero, Israel—, que nos metió en esta
sangrienta y costosa guerra sin fin. La exoneración de la
responsabilidad israelí en la invasión de Iraq permite al
estado judío y a sus agentes en Estados Unidos quedar
libres de culpa por la degradación de las fuerzas
estadounidenses en Iraq, a la vez que les da carta blanca
moral para lanzar un nuevo y sangriento ataque contra
Irán. En vez de mostrar cómo Israel nos inocula una doble
dosis de su incurable enfermedad colonial, la exoneración
permite a este país y sus agentes seguir el mismo patrón
de manipulación y duplicidad utilizado para la invasión de
Iraq y llevarnos a la guerra contra Irán. La Casa Blanca y
el Congreso demócrata, haciéndose eco de las afirmaciones
israelíes, utilizan amenazas desproporcionadas de ataque
nuclear, satanizan a los líderes de Irán, financian la
guerra de baja intensidad mediante la creación y
subvención de violentos grupos satélites formados por
exilados iraníes y esgrimen sanciones económicas y
maniobras diplomáticas «fallidas», todo con el fin de
conducirnos a una nueva guerra. Aprovechando la
exoneración que le ofrecen los liberales de orientación
sionista por la invasión de Iraq, la ZPC, a través de
portavoces tan leales como el senador Joseph Lieberman,
culpan a los iraníes de la muerte de soldados
estadounidenses en Iraq. Así pues, según esta
argumentación, no son los funcionarios sionistas
favorables a la guerra dentro de nuestro gobierno y fuera
de él los que envían a los jóvenes soldados
estadounidenses a la muerte en Iraq, a petición del estado
israelí, ni es a ellos a quienes el público de Estados
Unidos debería dirigir su furia, sino más bien a los
iraníes, a los que acusan de armar y entrenar a los
combatientes de la resistencia iraquí. Al dejar a Israel
fuera del debate y meter a Irán en el mismo, se fomentan
los intereses de Israel a la vez que se incita a los
estadounidenses a una nueva aventura militar contra un
país como Irán, mucho mayor y mejor armado.
Los que exoneran a Israel no
tienen antecedentes políticos u objetivos homogéneos.
Algunos progresistas, temerosos de atraer sobre sí las
iras de los poderosos sionistas, pretenden encubrir a los
operadores del lobby israelí en Estados Unidos, como modo
de conseguir la simpatía de los congresistas demócratas
pro israelíes y el apoyo financiero de progresistas judíos
ricos opuestos a la guerra de Iraq. El presidente del
Partido Demócrata Howard Dean, siguiendo el nuevo guión
israelí, declaró durante una visita a Tel Aviv en 2006 que
Estados Unidos había invadido el país equivocado.
El precio de la estrategia de
exoneración de Israel supone hacer la vista gorda sobre el
poderoso papel que el lobby israelí está desarrollando
para meternos en una nueva guerra contra Irán, como parte
de una secuencia de invasiones promovida por los
estrategas israelíes. Estas arteras estratagemas están
teniendo resultados nefastos. La aceptación de los
prejuicios de los liberales pro israelíes del Partido
Demócrata ha conducido a la actual ausencia de cualquier
tipo de movimiento significativo contra la guerra, contra
la propaganda sionista y contra la propaganda belicista
anti Irán.
No cabe duda de que algunos
sionistas progresistas contrarios a la guerra están
intentando distanciarse de los responsables ziocon-israelíes
y de las políticas que promovieron la invasión de Iraq.
Pero esto no significa ninguna oposición a otra nueva y
más peligrosa aventura militar. Al contrario, los
sionistas progresistas critican la desacreditada política
de Bush-Cheney en Iraq en favor de una política nueva y
más agresiva contra Irán. Al exonerar a Israel y sus
correas de transmisión de las organizaciones judías y
fundamentalistas cristianas a escala local y nacional, los
liberales no han conseguido aliados en favor de la paz. En
cambio, han dado nueva vida a la poderosa influencia de
Israel y su aparato dentro de EEUU, que cada vez era más
rechazada por la opinión pública estadounidense y por
algunos elementos del establishment militar
estadounidense. Al descargar la culpa de la debacle de
Iraq exclusivamente sobre las espaldas de Bush, Cheney y
sus aliados de las Grandes del Petróleo y dejar de lado el
papel de Israel, la ZPC y sus acólitos demócratas del
Congreso, los exoneradores liberales están abriendo el
camino para un nuevo ciclo de guerra en Oriente Próximo.
Si queremos prevenir un futuro ataque estadounidense
contra Irán, orquestado por sionistas e israelíes, debemos
tener perfectamente claro quién maniobró para llevar a
Estados Unidos a atacar Iraq.
Israel, la ZPC y la
preparación de la invasión de Iraq
Como demuestra el análisis, las
políticas del estado israelí y las de las principales
organizaciones sionistas de Estados Unidos son, con raras
excepciones, prácticamente idénticas. La preparación de la
guerra de Estados Unidos contra Iraq es un ejemplo
evidente. A partir de los últimos años de la década de
1980 y a lo largo de la primera Guerra del Golfo, las
sanciones del gobierno de Clinton, los bombardeos
cotidianos y la escisión territorial del Kurdistán iraquí
del resto del país, hasta la invasión de Iraq en 2003, el
gobierno israelí presionó a los miembros del Congreso de
Estados Unidos y a los principales responsables de las
políticas de este país para que adoptasen políticas de
guerra contra los «enemigos» de Israel. La política
estatal israelí, que instaba a EEUU a una mayor
degradación de Iraq, se transmitía por medio de las
grandes organizaciones sionistas y los altos funcionarios
sionistas principales de los gobiernos de Bill Clinton y,
más tarde, de George Bush. Dennis Ross, Martin Indyk,
Madeleine Albright, Richard Holbrook, Sandy Berger,
William Cohen y otros eran los principales artífices de
las políticas de nuestro gobierno relativas a Oriente
Próximo y planearon y aplicaron sanciones, bombardeos y el
desmembramiento territorial de Iraq. Al finalizar sus
mandatos en puestos gubernativos, los principales
sionistas de Bill Clinton pasaron a trabajar para los
think tanks pro israelíes de Washington. Tras los
ataques del 11 de septiembre de 2001, los principales
ziocons del gobierno de Bush (Ari Fleischer, Paul
Wolfowitz, David Frum, Richard Perle, Douglas Feith,
Eliott Abrams, Irving Scooter Libby, David Wurmser
y otros) y algunos señalados sionistas del Congreso, como
el senador Joseph Lieberman, instaron a un ataque contra
Iraq, como parte de una serie de guerras secuenciales que
incluirían a Siria e Irán. Sus voces eran ecos de las
políticas del estado de Israel y especialmente de las del
primer ministro, Ariel Sharon.
Los funcionarios del estado de
Israel no expresaron en ningún momento reserva o
diferencia alguna con las belicosas iniciativas de sus
agentes colocados en el seno del gobierno de Bush, o con
su servil lobby, el AIPAC (6), ni con los editorialistas
favorables a Israel de los principales periódicos y medios
de radiodifusión. Los ideólogos sionistas prevalecieron en
todas partes, llegando a regañar a los funcionarios del
gobierno de Estados Unidos por su tímida actitud. Israel,
consecuente con sus políticas desde finales de la década
de 1980, instaba al gobierno a una invasión y ocupación de
Iraq en todas sus reuniones de alto nivel con Donald
Rumsfeld, Colin Powell, Condoleezza Rice y George Bush.
Los medios de comunicación israelíes, con raras
excepciones, satanizaban a Sadam, inflaban su supuesta
amenaza sobre todo Oriente Próximo y la seguridad de
Israel, vinculaban los bombardeos suicidas palestinos con
el apoyo iraquí a las aspiraciones nacionales del pueblo
de Palestina y hacían todo lo posible para que sus amigos
fundamentalistas cristianos de Estados Unidos se sumasen a
sus exigencias de la invasión de Iraq.
Un análisis de las relaciones
entre el estado de Israel y los funcionarios sionistas
colocados en los niveles más altos del gobierno de Bush
pone de relieve en primer lugar y de manera destacada que
Tel Aviv creó las políticas estratégicas de eliminación de
los gobiernos de Oriente Próximo opuestos a su limpieza
étnica de los territorios ocupados y opuestos también a la
ilimitada expansión de los asentamientos coloniales en la
Palestina ocupada, así como a la consolidación de la
hegemonía de Israel en todo Oriente Próximo. La elite
sionista del gobierno de Bush inventó el pretexto y la
propaganda para la guerra, y, más importante, el exitoso
diseño y ejecución de la invasión de Iraq. Esta «división
del trabajo» incluyó a los ziocon del Ejecutivo
respaldados por los presidentes de las organizaciones
judías estadounidenses (incluida la AIPAC) y las
federaciones regionales estatales y locales de
organizaciones judías mediante su influencia en el
Congreso.
El testimonio de una ex analista
del Pentágono, la teniente coronel del ejército del aire
estadounidense Karen Kwiatkowski, hoy retirada, confirma
que durante todo el período anterior a la guerra de Iraq,
oficiales militares, funcionarios de inteligencia y otros
funcionarios de alto nivel israelíes tenían acceso diario
a los funcionarios sionistas del Pentágono, como por
ejemplo el subsecretario de Defensa, Douglas Feith. Las
consultas frecuentes, la coordinación en asuntos de
inteligencia y la planificación conjunta entre los
principales ziocon del Pentágono y los operadores
militares israelíes de más alto nivel en Estados Unidos,
indican que había un riguroso acuerdo para dirigir a EEUU
hacia la invasión de Iraq. Había un acuerdo entre Israel y
los ziocon, como quedó confirmado inmediatamente
después de la exitosa ocupación inicial de Iraq como la
primera de una serie de invasiones en Oriente Próximo que
serían los ataques a Irán y Siria. En esos momentos
circulaba el siguiente chiste israelí: «Cualquiera puede
tomar Bagdad, los hombres de verdad van a por Teherán». En
noviembre de 2002 Ariel Sharon, en una entrevista en el
The Times de Londres pidió el bombardeo de Irán «al
día siguiente de la invasión de Iraq por Estados Unidos».
El plan ziocon-israelí de
llevar a cabo guerras secuenciales quedó firme y
explícitamente establecido en el documento de política
Project for a New American Century (Proyecto para un
nuevo siglo americano), una especie de Mein Kampf
israelo-estadounidense para la dominación del mundo, según
el cual Israel se beneficiaría del poder y el tesoro
militar estadounidense. La mayor parte de los
planificadores y ejecutores ziocon de la política
de guerra estadounidense para Oriente Próximo figuraban
como autores o patrocinadores del citado documento, y
muchos de ellos contribuyeron también a un documento de
política del líder del Likud, Benjamin Netanyahu,
en el que se pedía explícitamente la división de Iraq en
una serie de enclaves étnicos fácilmente dirigibles.
La desinformación elaborada por
los servicios secretos de Israel sobre la amenaza de Sadam
Hussein para la región fue maquillada y adaptada a las
necesidades propagandísticas de la Casa Blanca. Mientras
que la propaganda israelí insistía en presentar a Sadam
Hussein como un moderno Hitler, el jefe de la propaganda
sionista y autor de los discursos de George Bush, David
Frum, repetía el mismo tema en el infame discurso sobre el
Eje del Mal, en el que Bush declaró ante el mundo su
intención de atacar preventivamente a otras naciones.
Teniendo en cuenta la propaganda belicista del gobierno de
Israel, se comprende que la opinión pública israelí
estuviera mayoritariamente a favor de la guerra del mismo
modo que lo estaban los líderes de las principales
organizaciones judías estadounidenses, aunque no la
mayoría de los judíos estadounidenses, especialmente los
jóvenes y los que no eran miembros de ninguna de las
organizaciones sionistas de primera línea, como Israel
First.
Los asesores israelíes y los
ziocon del gobierno de Estados Unidos tuvieron una
gran influencia en el desmantelamiento de todas las
estructuras administrativas civiles y militares de Iraq,
en lo que calificaron de campaña de desbaatificación,
con el fin de debilitar de manera decisiva cualquier
intento de reconstrucción de Iraq como estado laico
moderno que pudiera oponerse a la hegemonía regional
israelí. La política israelí desarrollada por los
ziocon consistía en fragmentar el estado iraquí y su
sociedad en entidades religiosas premodernas dirigidas por
exilados iraquíes pro israelíes (como, por ejemplo, Ahmed
Chalabi, que tenía negocios con Douglas Feith), incapaces
de llegar a cuestionarse las políticas de Israel en
Oriente Próximo.
La política israelí y ziocon
ha tenido hasta ahora éxito en la medida en que ha
conseguido la destrucción del estado iraquí, pero en
cambio ha fracasado en su intento de conseguir una rápida
victoria como paso previo a una segunda fase de invasión
de Irán, debido a la masiva resistencia armada de los
iraquíes. En su ciego racismo contra los árabes, los altos
cargos israelíes y sus agentes estadounidenses descartaron
cualquier posibilidad de que los iraquíes organizasen una
guerra popular contra la destrucción de su país. A medida
que la resistencia iraquí ha ido tomando fuerza y las
pérdidas económicas y militares estadounidenses se han
multiplicado, la opinión pública de Estados Unidos se ha
vuelto contra la guerra y ha comenzado a preguntarse quién
ha sido el responsable de esa debacle militar. Ante esta
pregunta, potencialmente peligrosa, la propaganda sionista
ha cambiado el paso a fin de cubrir sus huellas. Los
principales funcionarios sionistas que organizaron la
guerra desaparecieron rápidamente de escena, empezando por
los perpetradores más conocidos: Paul Wolfowitz, Douglas
Feith y Shumsky en el Pentágono y David Frum y Ari
Fleischer en la Casa Blanca. Los partidarios de la línea
dura en el Departamento de Estado, que tenían un perfil
menos visible, siguieron durante un tiempo más: Elliot
Abrams, Scooter Libby o David Wurmser. De éstos, Libby
tuvo que comparecer más tarde ante un tribunal penal por
su papel en el descubrimiento de la identidad de una
agente de la CIA, esposa del embajador Joseph Wilson, en
represalia por la demostración de éste de la manipulación
de algunas de las «pruebas» que condujeron a la guerra.
Guerra con Irán: la
prioridad para la ZPC (y para Israel)
La campaña de Israel para
destruir Irán ya ha originado dos acciones de guerra: en
junio de 2006, Israel atacó a Líbano persiguiendo, sin
éxito, destruir la organización político militar chií
Hezbolá, aliada de Irán. Poco más de medio año más tarde
(6 de septiembre de 2007), Israel emprendió un acto aún
más provocador, una misión de bombardeo sobre territorio
sirio sin que mediara provocación, destruyendo una
instalación militar. Al tener Siria e Irán un pacto de
defensa mutua, la acción israelí se diseñó para poner a
prueba la capacidad de esos países para responder a un
ataque militar imprevisto.
El arma de propaganda de los
servicios de inteligencia israelíes preparó una noticia de
desinformación comparable a la anterior mentira de las
armas de destrucción masiva: proclamaron que habían
bombardeado un emplazamiento nuclear que Corea del Norte
estaba construyendo y dotando de material nuclear. La
desinformación israelí se reprodujo inmediatamente,
palabra por palabra, en los principales periódicos
estadounidenses: Los Angeles Times, Washington
Post, Wall Street Journal y New York Times,
así como en todas las cadenas importantes de televisión.
Los expertos en propaganda pro Israel justificaron el
ataque y a su vez también fueron citados en el
Washington Post (20 de septiembre de 2007). El Post
citó a Bruce Riedel, en otros tiempos «experto» en
inteligencia en el pro israelí Saban Center for
Middle East Policy (integrado en el ahora
desacreditado Instituto Brookings): «No hay duda de que
fue una incursión seria. Era un objetivo extremadamente
importante. Se produjo en un momento en que los israelíes
estaban muy preocupados por la guerra con Siria y querían
calmar las perspectivas de guerra (sic). La decisión se
tomó a pesar de esas preocupaciones (sic). La decisión
refleja cuán importante era ese objetivo para los
planificadores militares israelíes». Es decir, que como
Israel «está preocupado por la guerra», ¡va y desencadena
un acto bélico para el que no ha mediado provocación
alguna y del que sus propagandistas ni siquiera conocen la
naturaleza del objetivo!
El 21 de septiembre de 2007 el
Daily Alert reproducía la propaganda pro bélica
orquestada a través del Washington Post,
enviándosela a todos los altos funcionarios y congresistas
en Washington y en todo el país, activando a sus lobbys
del AIPAC para asegurar el apoyo estadounidense a la
evidente acción de guerra israelí. Fiel a su función de
difundir propaganda engañosa, el Daily Alert
publicó un extracto extremadamente desorientador de un
artículo del Financial Times (21 de septiembre de
2007) que combinaba la línea propagandística israelí con
un potencial vínculo nuclear Siria-Corea del Norte pero
excluía varios párrafos que
desacreditaban la campaña de desinformación
sionista-israelí. El artículo del Financial Times
cita a Joseph Circcione, director de Política Nuclear del
Center for American Progress: «Es muy improbable
que el ataque israelí tuviera algo que ver con una
cooperación nuclear significativa entre Siria y Corea del
Norte. El hecho básico, y bien documentado, es que el
programa de investigación nuclear sirio, de 40 años de
duración, es demasiado elemental para que pueda servir de
apoyo para desarrollar capacidad armamentística. Las
universidades tienen instalaciones nucleares más
importantes que Siria» (Financial Times, 21 de
septiembre de 2007). Un antiguo alto consejero asiático
del presidente Bush y experto en Corea del Norte, ahora en
el Center for Strategic and International Studies,
también desacreditó la trama sionista-israelí sobre las
armas nucleares: «Me sorprendería enormemente que los
norcoreanos tuvieran el nivel suficiente como para
transferir material de fisión a Siria o estuvieran
intentando trabajar fuera de Corea del Norte en un lugar
como Siria». De la misma forma, dañando la propaganda
bélica sionista-israelí, la administración Bush nunca
planteó la supuesta implicación de Corea del Norte con
Siria en ninguna de todas las series de reuniones
celebradas durante 2007, a pesar del hecho de que era en
gran medida hostil a Siria y buscaba cualquier excusa para
atacarla. A diferencia de las anteriores provocaciones
israelíes en las que la Administración Bush se apresuró a
dar la cara por los pretextos de Israel, Bush declinó
hacer cualquier comentario sobre los ataques israelíes
contra Siria, probablemente informado por sus jefes de
inteligencia de que era un acto israelí de provocación
para el que confiaba en arrastrar a Estados Unidos.
El ataque israelí contra Siria y
su defensa y promoción por la ZPC estadounidense es el
paso más reciente del intento de llevar a EEUU a una
guerra conjunta contra Irán y Siria. Una investigación
sobre el Daily Alert de enero a septiembre de 2007
(180 números), revela una media de tres artículos en cada
número pidiendo que EEUU se comprometa en actos de guerra,
imponga sanciones económicas estrictas y un bloqueo naval,
y se prepare para una amplia confrontación con Irán. No
hay una sola voz o artículo que cuestionen la postura
favorable de Israel a la guerra. Cada número del Daily
Alert repite la línea israelí como un papagayo,
incluso cuando se refiere al apoyo al brutal corte de
electricidad, gas y agua potable a más de un millón de
civiles atrapados en Gaza: un crimen de guerra según el
derecho internacional. En palabras del Daily Alert,
los asesinos israelíes de los adolescentes palestinos,
chicos y chicas desarmados, son etiquetados como
«militantes» o «pistoleros». También el Daily Alert
describe que las negociaciones de paz se están llevando a
cabo de buena fe, a pesar del continuo saqueo de tierras y
de los asesinatos de decenas de palestinos, incluidos
niños pequeños. «Desde el momento en el que el presidente
de EEUU George Bush anunció la reunión de paz (Annapolis)
el 16 de julio de 2007 y el 15 de octubre de 2007, el
ejército israelí ha asesinado a 104 palestinos, incluidos
12 niños». Financial Times (18 de octubre de 2007)
Después de la victoria del
Partido Demócrata en el Congreso en noviembre de 2006,
gracias a los votantes cada vez más indignados por la
guerra de Iraq, la ministra de Asuntos Exteriores Tzipi
Livni asistió a la reunión del AIPAC en Washington para
urgir a los miles de activistas sionistas y a un gran
contingente de congresistas estadounidenses republicanos y
demócratas para que continuaran apoyando la ocupación de
Iraq de la Administración Bush, incitándoles a otra nueva
guerra contra Irán. En un tono muy agresivo se despachó a
gusto sobre la imaginaria «amenaza existencial» de la
capacidad nuclear iraní. Todo el lobby judío tomó nota y
se puso inmediatamente en marcha.
El alcance, profundidad y
estructura centralizada de la ZPC excede con mucho a
cualquier estructura que pueda ser concebida como lobby.
En ese sentido, Mearsheimer y Walt, en su estudio sobre el
lobby israelí subestiman el poder y la influencia política
de las fuerzas pro israelíes. En segundo lugar hay que
tener en cuenta varios factores a la hora de medir el
poder de la ZPC. Entre dichos factores se incluirían tanto
su poder directo como el indirecto. El poder de la ZPC se
ejerce directamente sobre consejeros políticos, académicos
y culturales para asegurar que sus políticas beneficien a
Israel y a los intereses sionistas. Una expresión incluso
más directa de poder es cuando los sionistas ocupan altos
puestos de decisión y elaboran políticas en nombre de los
intereses militares y económicos israelíes. Elliot Abrams,
consejero clave para Oriente Medio del presidente Bush en
el Consejo de Seguridad Nacional, es uno de tantos
ejemplos, como lo es también el director de la Seguridad
Interior Michael Chertoff, que destina alrededor de las
tres cuartas partes de los fondos disponibles para la
seguridad de organizaciones judías privadas.
Igualmente formidable es el
ejercicio del poder indirecto de la ZPC a través de varios
mecanismos:
La influencia
parlamentaria, por medio de un pequeño grupo de
congresistas sobre una gran mayoría. Por ejemplo, el AIPAC
escribió el informe presentado por el Senador Lieberman,
firmado también por el Senador Kyl, calificando como
terroristas a los Guardias Revolucionarios Iraníes,
preparando así el camino para que Bush lance un ataque.
Ese informe fue asumido por el 80% del Congreso.
Poder acumulativo
, que es la convergencia de los diferentes sectores de la
ZPC sobre un único tema. Por ejemplo, los escritores pro
Israel y los dirigentes judíos de todas las organizaciones
y esferas más importantes en los medios desde la izquierda
hasta la extrema derecha, se unieron para denunciar el
ensayo de Mearsheimer y Walt y su posterior libro,
recurriendo la mayoría de ellos a ataques falaces
«antisemitas» o a argumentos ilógicos o enrevesados,
ignorando los datos empíricos.
La propaganda de los
hechos es la herramienta de poder favorita de la
ZPC. Esto implica dar la máxima publicidad a los castigos
infligidos a los críticos de Israel y la ZPC, a fin de
intimidar a los políticos actuales y futuros. Un ejemplo
es cómo el profesor fascista-sionista Alan Dershowitz, de
la Escuela de Derecho de Harvard, hizo campaña con total
éxito, con el respaldo de la ZPC, para lograr que
expulsaran al Profesor Norman Finkelstein de su puesto en
la universidad, sirviendo así de «castigo ejemplar» para
cualquier futura crítica académica contra Israel. La
campaña de Dershowitz llegó hasta a calumniar a la
fallecida madre del profesor Finkelstein, superviviente de
los campos de la muerte nazis, etiquetándola de «kapo»
judía o colaboradora nazi.
La ZPC tiene múltiples recursos
que se refuerzan unos a otros, tanto en la esfera pública
como en la privada. La financiación electoral a gran
escala y a largo plazo de los partidos sirve para comprar
influencia en el Congreso. Esto a su vez aumenta el poder
de la importante minoría de congresistas sionistas a la
hora de ganar control en las nominaciones del partido y en
las asignaciones a los comités en el Congreso, supone una
mayor influencia para la ZPC a la hora de moldear la
política exterior de EEUU hacia Oriente Medio y facilita
el acceso de escritores pro Israel a las páginas de
artículos de opinión de los diarios y semanarios más
importantes y a otras ramas de los medios corporativos.
El poder sionista también es el
resultado de una dominante campaña de propaganda de larga
duración, totalmente tendenciosa, que se dedica a
satanizar a los árabes de Israel, especialmente a los
críticos palestinos, y describe a Israel (el cuarto poder
nuclear mayor del mundo y único de Oriente Medio) como una
fortaleza democrática rodeada de gobiernos autoritarios
hostiles. A través del acceso y control parcial sobre la
mayor parte de los medios importantes, la ZPC proporciona
informes muy sesgados sobre sucesos tales como los
terroríficos bombardeos israelíes de centros de población
en Líbano, Gaza y otros lugares. El poder de opinión
proyectado por la ZPC en EEUU contrarresta la realidad de
Oriente Medio hasta el extremo de que las víctimas
palestinas de todas las edades y géneros que llevan
padeciendo 40 años de gobierno militar israelí,
expropiación de la tierra y constantes asaltos violentos,
se convierten en agresores y los verdugos israelíes se
representan como víctimas virtuosas y pacíficas.
¿Lobby israelí o
«configuración del poder sionista»?
Mearsheimer y Walt describen la
configuración del poder pro israelí como «un lobby igual a
cualquier otro lobby estadounidense», una «colección
suelta de individuos y grupos» fuera del gobierno que
actúan en nombre de Israel. Nada más lejos de la realidad.
El poder de Israel en Estados Unidos se manifiesta a
través de una multiplicidad de estructuras altamente
organizadas, bien financiadas y centralmente dirigidas a
lo largo y ancho de Estados Unidos. La ZPC incluye varias
decenas de comités de acción política de nombre inocuo, al
menos una docena de maquinarias de propaganda, think
tank, que emplean a decenas de antiguos altos cargos
políticos con muy buenos contactos, la mayoría de ellos en
Washington y la Costa Este, y a las 52 principales
organizaciones judías estadounidenses, agrupadas bajo el
paraguas «Conferencia de Presidentes de las Principales
Organizaciones Judías Estadounidenses» (CPMAJO). El AIPAC
y otras organizaciones nacionales (ADL, AJC, etcétera)
tienen una gran capacidad de presión nacional, en el
ejecutivo y en el Congreso. Pero igualmente, o incluso más
importantes a la hora de censurar y purgar a los críticos,
controlar los medios locales y moldear la opinión a través
de ciudades y pueblos, son las federaciones y
organizaciones de comunidades judías locales que se
dedican a intimidar a programadores culturales locales,
editores, bibliotecas, universidades, iglesias y grupos
cívicos para que nieguen cualquier plataforma pública a
portavoces, escritores, artistas y otras figuras críticas
con Israel y sus discípulos sionistas.
La base del poder de la ZPC está
en los médicos, dentistas, abogados, comerciales de
inmobiliarias y terratenientes activistas locales que
presiden las confederaciones locales y a sus varios
cientos de miles de afiliados. Son ellos quienes acosan,
presionan, intimidan, recaban fondos y organizan viajes de
lujo de propaganda para funcionarios elegidos, aseguran su
apoyo en las guerras israelíes e incrementan los paquetes
de ayuda hacia Israel. La estructura de poder sionista
local organiza campañas exitosas forzando que se destinen
fondos de pensiones de estado a comprar miles de millones
de dólares en desvalorizados bonos del estado de Israel y
a retirar inversiones de compañías implicadas en
transacciones económicas a las que Israel describe como
«adversarios terroristas de estado». Son las
organizaciones de estudiantes pro Israel de base judía las
que se dedican a espiar a profesores estadounidenses, que
pueden ser o no críticos hacia Israel, a desprestigiarlos
en hojas informativas locales y nacionales y a presionar a
las administraciones para que los despidan. Incluso en
lugares en los que menos del 1% de la población local es
judía, los fanáticos judíos pueden presionar a pequeños
colegios privados cristianos para que prohiban que hable
en su campus a un teólogo ganador del Premio Nobel de la
Paz como el obispo Desmond Tutu. El pulpo sionista ha
extendido sus tentáculos más allá de los centros
tradicionales de poder de la política nacional y de las
grandes capitales, alcanzando ciudades y esferas
culturales remotas. Ni siquiera se libran las páginas de
obituarios de pequeñas poblaciones estadounidenses: Cuando
un periódico de Connecticut publicó un artículo
conmemorativo de una influyente abuela palestina dirigente
comunitaria de Hebrón (mayo de 2003), de 61 años de edad,
Shadin Abu Hijleh, a quien soldados israelíes dispararon
en su casa, los miembros de la confederación judía local
expresaron su indignación por la revelación de los
crímenes del ejército israelí y censuraron el homenaje de
una página conmovedora de obituario que habían escrito sus
amigos y familiares estadounidenses.
Redes y estructuras
centralizadas: políticas coordinadas, objetivos, cuotas,
aumentos de la financiación, campañas especiales a gran
escala, listas negras (antisemitas y judíos que se odian a
sí mismos), todo forma parte integral de la ZPC.
Mearsheimer y Walt no acertaron a analizar las relaciones
organizativas entre la oficina central y las
organizaciones locales y los equipos regionales de las
organizaciones judías pro Israel más importantes y con
cuanta rapidez pueden ser movilizadas para estigmatizar,
censurar o apoyar a un determinado portavoz, actividad o a
alguien dedicado a conseguir fondos que favorezcan los
intereses israelíes.
Por todo el país, los boletines
informativos de los Consejos de Relaciones Comunitarias
Judías han repetido como loros esa línea, reimprimiendo
los bulos y difamaciones de sus oficinas nacionales en los
que se denunciaba el libro de Mearsheimer y Walt The
Israel Lobby con caricaturas que desconocen de tal
modo la discusión de M. y W., que lo único que dejan claro
es que apenas han ido más allá de una lectura de la
cubierta del libro.
Hay una cosa clara en las, en
gran parte, eyaculaciones emocionales de los ataques de
los intelectuales judíos contra el libro y es que el nivel
intelectual de los pensadores judíos contemporáneos se ha
deteriorado seriamente hasta el punto de que la envidia,
el despecho comunal y el vitriolo partisano han sustituido
lo mejor de una revisión razonada de datos y lógica. Los
esfuerzos literarios de Abraham Foxman, del ADL,
para responder a M. y H. son reminiscencias de las
diatribas estalinistas que se produjeron durante los
juicios-espectáculos de Moscú de la década de 1930
(nuestra versión judía de Andrei Vishinsky). Lo que
importa en la influencia de esos mediocres intelectuales
no son los vapores diabólicos que emanan de su maligna
escritura, ni su llamamiento a la razón, ya que algunos
progresistas sionistas pretenden que es un debate razonado
–si es que tal debate existe- sino que es incontestable el
hecho de que su repetitivo mensaje circula a través de
todos los medios de masas.
La ZPC al organizar la guerra
mediante datos falsificados a través de dos altos
funcionarios del Pentágono (Wolfowitz y Doublas Feith), la
oficina de los Vicepresidentes (Wurmser e Irving Scooter
Libby) y el Consejo de Seguridad Nacional (Elliot Abrams),
que organizó la oficina del Presidente (Ari Fleischer) y
escribió el discurso de Bush de la guerra preventiva
(David Frum), ahora tiene miedo de tener que enfrentarse a
la ira del pueblo estadounidense que ha sufrido la pérdida
de miles de soldados hasta un punto no experimentado por
los autores y ejecutores de esta guerra por Israel. Para
evitar que se les identifique con esta guerra desastrosa,
los planificadores y propagandistas bélicos de la ZPC han
acudido a las mentiras (negando el papel crucial de Israel
que llevó a EEUU a la guerra) y algunos operarios más
inteligentes, como Alan Greenspan, se han unido a los
descerebrados estadounidenses que todavía siguen
repitiendo el viejo bulo de la «guerra por el petróleo».
Guerra por el petróleo o
guerra por Israel: el archivo público
El apoyo de la ZPC a la guerra de
Iraq fue una campaña de propaganda abierta e implacable de
conocidos escritores, publicistas y dirigentes
comunitarios así como de las 52 principales organizaciones
judías. No hubo conspiración ni intriga: la campaña
sionista fue descaradamente pública, agresiva y
reiterativa.
Una revisión sistemática del
Daily Alert desde 2002 hasta septiembre de 2007 -1.760
números-, nos proporciona una muestra científica de la
opinión de la ZPC. Como media, cada número contenía cinco
artículos a favor de la guerra o de movimientos hacia la
guerra con Iraq y/o Irán. En Daily Alert se
destacaban los artículos de opinión de los escritores y
académicos liberales, conservadores y fascistas-sionistas
más importantes que aparecían regularmente en el
Washington Post, Wall Street Journal, New York Sun,
New York, Los Angeles Times, el Daily
Telegraph y el Times de Londres, YNet y
otros. Es decir, en el periodo crucial previo a la guerra
y posterior a la invasión, las principales organizaciones
judías estadounidenses produjeron aproximadamente 8.800
textos de propaganda a favor de la guerra de Iraq y los
hicieron circular a todos los miembros de sus
organizaciones, a todos los congresistas, a todos los
principales miembros del poder ejecutivo, con seguimiento
por parte de activistas locales y con un ejército de
integrantes de los lobbys en Washington (150 sólo del
AIPAC), más varios cientos de activistas con dedicación
total en las oficinas locales y regionales.
Una investigación parecida del
principal periódico financiero y comercial
anglo-estadounidense Financial Times, entre 2002 y
septiembre de 2007, acerca de la política de las Grandes
del Petróleo hacia la guerra con Iraq y ahora hacia Irán
es bastante reveladora. He revisado las páginas de cartas,
editoriales y artículos de opinión de 1.872 números del
Financial Times y no hay ni un solo artículo o carta
de ningún portavoz o representante de una compañía
petrolífera importante (o menos importante) que llamara a
la invasión y ocupación de Iraq o a bombardear Irán. No
hubo ningún lobby del petróleo ni organización de nivel
local que le pidiera al Congreso o a la administración de
Bush que fuera a la guerra en defensa de los intereses
petrolíferos estadounidenses. Pero la ZPC fue muy activa a
la hora de promover la mentira de que el desarmado y
embargado Iraq representaba una amenaza existencial para
el Israel dotado de armas nucleares.
Una comparación similar de la
propaganda sionista y de las Grandes del Petróleo sobre la
confrontación militar estadounidense con Irán refuerza el
argumento de la importancia de las principales
organizaciones judías a la hora de promover la implicación
de EEUU en las guerras de Oriente Próximo a favor de
Israel. Entre 2004 y septiembre de 2007 (tres años y nueve
meses) la hoja de propaganda sionista Daily Alert,
publicó 960 números en los que había una media de seis
artículos por número defendiendo un ataque militar
preventivo inmediato o a corto plazo contra Irán por parte
de EEUU o Israel, sanciones económicas más duras de las
que el Consejo de Seguridad estaba dispuesto a asumir,
retirada de inversiones y boicot organizados contra Irán.
Una investigación del Financial Times durante el
mismo período, 1.053 números (el FT se imprime seis
días a la semana, el Daily Alert cinco veces), no
logra encontrar una sola carta, artículo de opinión o
editorial de ningún representante o portavoz de las
Grandes del Petróleo apoyando la guerra contra Irán. Al
contrario, igual que en el caso de Iraq, dirigentes
importantes del petróleo expresaron ansiedad y temor de
que una guerra instigada por Israel desestabilizara todo
la zona y llevara a la destrucción de instalaciones
petrolíferas vitales, socavara rutas de transporte y
líneas marítimas y cancelara lucrativos contratos de
servicios. Muy al contrario de la propaganda reciente
sionista, las Grandes del Petróleo quieren que EEUU
levante sus sanciones contra la inversión en Irán, ya que
están procurando negocios muy lucrativos a los
competidores.
En completa contradicción con el
izquierdista dedo sionista-trotskista que apunta a las
grandes petroleras como el principal elemento impulsor
hacia la guerra, la gran petrolera de Texas estaba
trabajando provechosamente con el Iraq de Sadam Hussein,
firmando cientos de millones de dólares en contratos
ilegales con el ahora ejecutado gobernante. Oscar Wyatt,
un multimillonario del petróleo de Texas acusado
recientemente de haber pagado sobornos a Sadam Hussein,
fue uno de los muchos comerciantes de las grandes
petroleras implicado en el lucrativo comercio petrolero de
antes de la guerra con Iraq (Financial Times, 2 de
octubre de 2007).
Belicismo sionista:
temores y venenos
Al aumentar las presiones de
Israel para que se desencadene un ataque militar contra
Irán respaldado por EEUU, y como altos oficiales militares
estadounidenses y el público general van incrementando su
hostilidad hacia las violentas presiones del brazo
sionista y la grosera manipulación de los políticos, la
ZPC se vuelve agresivamente autoritaria en su esfuerzo por
silenciar a la oposición que intenta desenmascarar su
papel de actor desleal que busca beneficiar a un poder
extranjero. En el pasado, una vez detectados los agentes
de un poder extranjero, se les aplicaba normalmente una
sanción severa o algo peor. En la actualidad, las
numerosas personas que disponen de información
privilegiada en el interior del sistema saben que están
jugando un juego cada vez más arriesgado al aumentar la
percepción de los costes que supondría una nueva guerra
contra Irán y al presionar sus manipuladores israelíes
cada vez más para que un ataque contra Irán sea lo que
figure en el primer lugar de su agenda.
En última instancia, la ZPC, a
pesar de sus riquezas y su actual dominio de la política
estadounidense hacia Oriente Próximo, sabe que representa
a menos del 1% de la población: Son una elite sin masas en
la base. Tienen poder sólo en tanto en cuanto el otro 99%
de la población se muestre inactivo, esté manipulado o se
sienta intimidado para servir a los intereses de Israel.
Pero como el creciente flujo de libros, artículos y
discursos empieza a atraer la atención hacia la ZPC
dirigida por Israel y sus destructivas actividades
belicistas, las imágenes, promovidas por ellos mismos, de
sus miembros como profesionales brillantes, líderes de
éxito en el mundo de los negocios y las finanzas y
políticos compasivos al servicio de los intereses de EEUU,
empiezan a verse erosionadas. El lado oscuro de su servil
lealtad hacia Israel, una racista y arrogante potencia
colonial que no para de provocar guerras vía EEUU a fin de
establecerse como incuestionable poder regional, ha
entrado ya en el debate público estadounidense.
La ZPC está en la cima, o muy
cerca, de su poder político en el Congreso, en el
ejecutivo, en la Oficina de Seguridad Interior y en el
futuro Fiscal General, en la cultura y en la propaganda de
los medios de masas. Pero, paradójicamente, cuanto más
cerca de la cumbre está la ZPC, también va destapándose
más, mucho más de lo que quisiera, ante el pueblo
estadounidense.
Incluso los chillones e
imprudentes sionistas dedicados a la polémica, que se
esconden en las prestigiosas universidades y think
tanks, están empezando a sentir ansiedad en público e
incluso, quizá, preocupación en privado. Mientras hacen
todo eso, regresan sobre las pistas tratando de tapar sus
huellas en todos los planes de guerra y propaganda que
conducen a la ahora masivamente impopular invasión de
Iraq. Recurren a mentiras descaradas en forma de
desmentidos de complicidad o belicismo. ¡Abundan las
mentiras inauditas! El descubrimiento del desleal papel de
la ZPC y su complicidad provoca réplicas feroces en los
más agresivos y obstinados ziocon, con un lenguaje
barriobajero revestido de academicismo que abusa de las
falacias y refleja pobremente sus cacareadas posiciones
académicas. La ZPC, sus escribas, operarios y caciques son
vulnerables: han cometido grandes crímenes contra los
intereses del pueblo estadounidense. Sus acciones han
causado la muerte y mutilación de decenas de miles de
soldados estadounidenses, el 99,9% de los cuales no tiene
ninguna lealtad a los intereses del gran Israel o a sus
agentes estadounidenses, que tienen a sus propios hijos
ejerciendo lucrativas carreras civiles. Estimaciones
recientes hallaron que menos del 0,2% de los soldados
estadounidenses que luchan sobre el terreno en Iraq son
judíos estadounidenses, algunos de ellos inmigrantes
judíos de la extinta Unión Soviética. Esto a pesar de las
fuertes presiones sionistas para invadir y destruir Iraq e
Irán. Las manipulaciones de la ZPC al empujar a la
administración Bush a invadir y ocupar Iraq han llevado al
ejército estadounidense a un estado de vergüenza y
desmoralización sin precedentes, con miles de oficiales
solicitando el retiro anticipado, miles de soldados
desertando y enfrentándose a una corte marcial, y un
creciente número de antiguos oficiales retirados que
expresan su indignación. No sorprende que el Secretario de
Defensa Robert Gates obtuviera el apoyo de los altos
oficiales militares en Oriente Próximo en su oposición a
una inmediata invasión de Irán.
Las invectivas sionistas contra
sus críticos expresan los temores de que se desenmascare
su doble discurso, su falsa fusión de las políticas
coloniales israelíes con los valores democráticos del
pueblo estadounidense. Nada más puede explicar los
estridentes ataques personales verbales que persiguen
matar al mensajero antes que enfrentar realidades
desagradables y trabajar para la rectificación de una
situación desastrosa. No obstante, aunque el estado de
Israel ha colocado a sus promotores estadounidenses en una
posición incómoda mientras la ocupación de Iraq se
desmorona y los estadounidenses resisten los histéricos
llamamientos a atacar Irán, ha resultado ser el ganador
real a corto plazo porque ha conseguido destruir la
república laica y unificada de Iraq.
Del arañazo a la
gangrena: la transición del sionismo al fascismo sionista
Los conservadores sionistas
dominantes pusieron de manifiesto enseguida sus políticas
autoritarias mediante su apoyo sin reservas ni condiciones
a las brutales campañas de Israel que han expulsado a
cientos de miles de palestinos de sus casas y de sus
tierras. Posteriormente, los conservadores sionistas
apoyaron totalmente y sin ninguna objeción la matanza y
encarcelamiento de miles de civiles palestinos que
protestaban por la ocupación militar israelí y la
conversión de Cisjordania y Gaza en campos de
concentración al aire libre por medio de unos 500 puestos
fronterizos militares y bloqueos de carreteras. Más
recientemente el liderazgo al completo de las principales
organizaciones judías, que engloban tanto a conservadores
como liberales sionistas, defendió la construcción por
parte de Israel de un muro de hormigón de 30 metros de
altura que encierra en guetos, con una eficacia
indiscutible, a toda la población palestina, a semejanza
de los muros construidos por los nazis alrededor de la
inmensa población judía de Varsovia. El muro y los puestos
fronterizos militares estrangulan el comercio y el
movimiento de alimentos y personas desde los territorios
ocupados a los mercados, colegios y hospitales, impidiendo
incluso que los campesinos puedan cultivar sus tierras.
El 10 de octubre de 2007, el
Jerusalem Post citaba a Aron Soffer, director de
investigación y profesor en el Colegio de la Defensa
Nacional del ejército israelí (IDF), padre de cuatro hijos
y abuelo de ocho nietos, de 71 años, había declarado el 21
de mayo de 2004: «El hecho de que 2,5 millones de personas
vivan encerradas en Gaza provocará una catástrofe humana.
Esas personas se volverán mucho más animales de lo que ya
son hoy, con la ayuda de un Islam fundamentalista demente.
Las presiones en la frontera serán horribles. Habrá una
guerra terrible. Por eso, si queremos seguir con vida,
tendremos que matar y matar y matar. Todos y cada uno de
los días».
Este es, literalmente, el mensaje
asesino que se enseña a los oficiales israelíes en las
escuelas más avanzadas, por eminentes profesionales
fascistas sionistas. Esto nos ayuda a entender la
brutalidad manifiesta y la conducta homicida de los
soldados israelíes en los territorios ocupados.
Un estudio israelí reciente
realizado por dos importantes psicólogos ilustra la
profunda tendencia de sadismo y racismo que se inculca en
las academias militares de Israel y que está apoyada por
los altos cargos políticos israelíes, incluida la Oficina
del Primer Ministro. Según el Haaretz del 21 de
septiembre de 2007, dos psicólogos israelíes entrevistaron
a 21 soldados israelíes, que expresaron «sus más íntimas
emociones sobre los horrendos crímenes en los que tomaban
parte: asesinar, fracturar huesos a niños palestinos,
actos de humillación, destrucción de propiedades, saqueos
y robo». Uno de los psicólogos israelíes, mujer, se mostró
«impresionada al encontrar que los soldados disfrutaban
con la intoxicación de poder y que sentían placer al
utilizar la violencia». Y declaró: «La mayoría de mis
entrevistados disfrutaban exacerbando su propia violencia
durante la ocupación». La dominación colonial absoluta
saca a la luz las tendencias psicopáticas de un ejército
de ocupación. El soldado C testificó: «Si no entro en
Rafah (ciudad palestina de Gaza) al menos una vez a la
semana para sofocar una rebelión, es como si me volviera
loco». Como otros ocupantes coloniales, los soldados
israelíes asumen un «complejo de raza superior»
totalitario. El soldado D declaró: «Es fantástico cuando
no tienes que respetar ninguna ley ni norma. Sientes que
tú eres la ley. Una vez que entras en los Territorios
Ocupados, ¡eres Dios!». La interiorización de los soldados
de la poderosa ideología fascista sionista los justifica a
los ojos de los entrevistadores por castrar a un hombre,
golpear en la cara a una mujer que protesta, disparar a un
peatón indefenso, romperle el brazo a un niño de cuatro
años y otros actos de violencia gratuita e indiscriminada.
Los Presidentes de las
Principales Organizaciones Judías Estadounidenses ni
siquiera mencionan, y mucho menos critican, la conducta
psicopática diaria de las IDF. Importantes filántropos
judíos multimillonarios contribuyen con cientos de
millones a apoyar la violenta ocupación y represión de los
civiles palestinos por las IDF, descritas con cruel placer
por los soldados objeto del estudio israelí. De hecho, el
mayor contribuyente sionista al Partido Demócrata, Haim
Saban (12,3 millones de dólares en 2002), «siente
debilidad por los soldados de combate israelíes». Según
Haaretz (12 de septiembre de 2006), Saban declaró: «No
puedo tratar con los soldados de combate, cada vez que
tengo que interactuar con ellos… lloro». Existe un
poderoso lazo emocional entre el fascismo sionista israelí
y sus homólogos estadounidenses. Saban se refiere con
arrogancia a la primacía de su lealtad hacia Israel: «Me
siento como un pavo real en EEUU declarando que soy
estadounidense-israelí. Lo que oyen… un
estadounidense-israelí», (Haaretz, 14 de octubre de
2007). El antes respetable Instituto Brookings ahora
alberga el Saban Center, financiado por Haim Saban,
que lo ha convertido en otro más de la docena de molinos
propagandísticos que fabrican sin parar apologías sobre
las prácticas totalitarias de las IDF para sus principales
directores de investigación y su Primer Ministro. El
mortífero sentimentalismo de los multimillonarios
estadounidenses-israelíes hacia los psicópatas de las IDF
no llega a los jóvenes estadounidenses que sirven a los
intereses de Israel como soldados en Iraq y que están
sufriendo el peso de una guerra que busca extender el
poder regional de Israel. Saban, como la gran mayoría de
los altos dirigentes de las organizaciones sionistas más
influyentes, está presionando para una nueva guerra: esta
vez con Irán. Según Saban: «Trataría de hacer primero
otras cosas, pero si no funcionan, entonces hay que
atacar… Llegar hasta Irán y destruir completamente todas
sus estructuras. Hundirlos en el abismo. Cortarles el
agua» (Haaretz, 14 de octubre de 2007). Esas
no son invectivas homicidas de un fanático colono judío
que golpea a un niño pastor palestino, Saban es el
dirigente más importante del AIPAC, amigo íntimo y
financiador político de los Clinton y de todo el actual
liderazgo israelí. Sus 2.800 millones de dólares compran
la aduladora atención de todos los candidatos importantes
a la presidencia estadounidense que cortejan el apoyo
judío (MSNBC, 14 de octubre de 2007).
La ZPC ha logrado enterrar tres
iniciativas políticas de alto nivel diseñadas para llegar
a una solución de la ocupación colonial israelí de
Palestina. Una declaración enviada al presidente Bush y a
la Secretaria de Estado Rice por anteriores altos cargos
políticos de ambos partidos, incluidos Brzezinski, Lee
Hamilton, Brent Scowcroft y otros, llamando a Israel a
cumplir las Resoluciones 242, 338 y otras del Consejo de
Seguridad, fue totalmente descartada por el Congreso
Demócrata y la Casa Blanca Republicana, una vez que la ZPC
intervino y llamó a Brzezinski «persona hostil a Israel»
tras el absoluto rechazo de la declaración por el estado
israelí. Los esfuerzos de Tony Blair al frente de la
Misión de Paz del Cuarteto han cosechado un fracaso
absoluto a la hora de resolver siquiera la terrible
situación humanitaria de los palestinos, frente a la
intransigencia israelí y el rechazo de hasta la más banal
de las conversaciones con el ahora sometido (aunque
anteriormente tan frenético) ex Primer Ministro británico
(Guardian, 13 de octubre de 2007). Los esfuerzos de
la Secretaria Rice para organizar una conferencia de paz
sobre Oriente Medio a finales de noviembre en Annapolis,
Maryland, se han diluido en los pronunciamientos
israelíes. Israel rechaza cualquier acuerdo sobre
fronteras, calendarios, Jerusalén, asentamientos,
territorio, etcétera. Insiste en que la conferencia se
centre en acuerdos generales insignificantes que no le
comprometen a nada. En una acción planeada para humillar
todavía más a la Secretaria de Estado Rice, el gobierno
israelí se apoderó ilegalmente de varios cientos de acres
de tierra palestina, un claro ejemplo de ampliación de
asentamientos (Aljazeera, 14 de octubre de 2007).
Intentando parecer lista y no la torpe de la clase, la
Secretaria Rice respondió que la nueva confiscación
israelí de tierra palestina podía «erosionar la confianza
en el compromiso de las partes hacia la solución de dos
estados» (BBC, 14 de octubre de 2007).
Al reconocer que la ZPC ha
logrado inmovilizar su posición en las negociaciones y que
no puede pedirle nada sustancial a Israel, la Secretaria
Rice está indicando la futilidad de la reunión de
Annapolis al pedir «que se rebajen las expectativas», que
no habrá acuerdos importantes. Hay buenas razones para
creer que Israel y su quinta columna han hundido
eficazmente la iniciativa de Annapolis de Bush. Incluso
estados clientelistas de EEUU como Egipto, Arabia Saudí,
Jordania y hasta el títere palestino Abbas han expresado
dudas al no establecerse acuerdos sustantivos sobre
límites fronterizos, anatema para Israel y la ZPC. Si la
conferencia se aplaza o tiene lugar, el evento promete
constituirse en otro gesto sin consecuencias, otra derrota
de EEUU en Oriente Próximo, otra victoria para el statu
quo colonial de Israel y otra razón para que aumente la
resistencia árabe en Oriente Próximo.
Lo que resulta de peor agüero es
que es probable que Israel y la ZPC entiendan que su
exitoso sabotaje de la Conferencia de Paz de Annapolis de
la Casa Blanca les anima a continuar con más
confiscaciones violentas en los Territorios Ocupados,
nuevas incursiones más mortíferas en Líbano y Siria y
crecientes presiones para la guerra contra Irán. El
fascismo sionista se alimenta del poder imbatible que
disfruta en la política de EEUU hacia Oriente Próximo
frente a cualquier otra fuerza importante institucional
estadounidense, que fracasa al seguir dicha política la
línea israelí.
Junto a la radicalización
derechista de la ideología conservadora sionista con
respecto a las presiones de Israel hacia soluciones
totalitarias, están también apareciendo patentes
manifestaciones de discursos y prácticas racistas
antiislámicas, antiárabes y antipersas por parte de
importantes portavoces conservadores sionistas y,
especialmente, por parte de los propagandistas académicos
en Estados Unidos.
La propaganda de guerra y las
soluciones militares dominan la retórica conservadora
sionista: en primer lugar, contra Palestina, después,
contra Afganistán, Iraq, Líbano, Siria, Somalia y Sudán.
Acompañando la radicalización de la retórica conservadora
sionista también se están produciendo crecientes actos
represivos en el interior de la sociedad estadounidense.
La ZPC y la negación del
holocausto armenio: al servicio de Israel
Los dirigentes demócratas
sionistas, bajo órdenes israelíes, tuvieron un papel muy
importante a la hora de socavar una resolución del
Congreso que condenaba como genocidio el asesinato de 1,5
millones de armenios por parte de los turcos. Durante
muchos años el estado de Israel y sus especialistas
académicos, tanto en Israel como en EEUU, han negado el
genocidio de Turquía contra los armenios en su patria
ancestral entre 1915 y 1917 a pesar del voluminoso
corpus de documentación aportado por eruditos de todo
el mundo. Una razón para esto es que la industria judía
del Holocausto exige la exclusividad en el genocidio del
siglo XX con el fin de incrementar su recaudación de
fondos y sus esfuerzos de propaganda. Otra razón
contemporánea mucho más importante para la negación en
Israel y EEUU del holocausto armenio es la estrecha
colaboración militar entre el estado sionista y Turquía y,
en fechas más recientes, la nutrida presencia de
consejeros militares y agentes secretos israelíes (del
Mossad) en el norte de Iraq controlado por los turcos, el
denominado Kurdistán.
El congresista Rahm Emanuel, ex
miembro del ejército israelí y hoy presidente del Comité
Político del Partido Demócrata en la Cámara de
Representantes, se opuso a la resolución desde el
principio y convenció a un grupo de veteranos
representantes de su partido para que exigieran la
anulación de los planes de votar esta medida en el
Congreso. Profundamente conectado con los intereses de
Israel, Emanuel tiene los pies bien plantados en una
realidad de Oriente Próximo definida según la lógica
israelí. El congresista Emanuel justificó cínicamente su
servicio al estado de Israel con una retorcida
declaración: «Este voto (sobre el genocidio armenio) se
dio de bruces con la realidad sobre el terreno en esa
región del mundo» (New York Times, 16 de octubre de
2007). La quinta columna de Israel en el Congreso de EEUU
ha expandido sus objetivos más allá del estrecho marco de
la búsqueda israelí del control regional de Oriente
Próximo para ocuparse de asuntos históricos que afectan a
pueblos que no son ni árabes ni musulmanes y que tocan
indirectamente a los intereses estratégicos israelíes. Los
estrategas israelíes consideran que la resolución del
Congreso sobre el genocidio armenio originaría la
hostilidad de Turquía contra EEUU, lo que incrementaría la
probabilidad de una invasión turca del Kurdistán iraquí,
hoy bajo la influencia de EEUU e Israel. Agentes israelíes
han estado entrenando y armando a comandos kurdos para que
éstos participen en actividades terroristas en Irán y en
otras zonas de la frontera turca, iraní y siria. Una
invasión turca por tierra y aire destruiría, o como mínimo
desarticularía, estas bases terroristas, con la
consiguiente movilización kurda generalizada en defensa de
sus tropas irregulares. Los kurdos son clientes leales y
sus milicias pershmergas cumplen una función
esencial en la limpieza étnica de minorías en el norte
iraquí, así como en la salvaje represión de la resistencia
en el centro del país por parte de los mercenarios
financiados por EEUU. Una invasión turca probablemente
daría lugar a la transferencia de los ejércitos kurdos
hacia su frontera con Turquía, amortiguando el control de
Estados Unidos en Iraq y debilitando sus agresiones contra
Irán. Los israelíes tendrían que escoger entre su alianza
con Turquía, su único aliado importante en Oriente
Próximo, retirando a sus agentes y cancelando sus ventas
de armas a los kurdos iraquíes o su apoyo a los
separatistas kurdos.
Las alarmas de la ZPC se
encendieron para bloquear o frustrar la resolución sobre
el genocidio armenio y mostrarle al Primer Ministro turco
Erdogan que Israel está utilizando su poder sobre el
Congreso de EEUU en beneficio de Turquía. En el conflicto
que se entabló, por un lado, entre millones de
estadounidenses que aborrecen el genocidio -ocurra donde
ocurra y sean quienes sean las víctimas- y el grupo de
presión armenio y, por el otro, entre una docena de
congresistas pro israelíes bien situados y sus
multimillonarios contribuyentes sionistas, triunfaron los
segundos. Incluso en un asunto tan palpable como el
genocidio, la ZPC no tiene ni miedo ni vergüenza de
oponerse a una resolución simbólica que reconozca un
crimen histórico del mundo.
La victoria sionista en el
Congreso en la resolución sobre el genocidio armenio
ilustra gráficamente de qué manera los intereses israelíes
degradan nuestras instituciones y nuestros valores. El
hecho de que muchos congresistas, incluida la mayoría del
Partido Demócrata, estuviesen inicialmente convencidos de
la justicia de aprobar dicha resolución y de que más
tarde, bajo las presiones de la dirección sionista en el
Congreso, se retractaran de su apoyo, indica hasta qué
punto el Congreso ha degenerado para convertirse en una
institución sionista colonizada. No sólo el Congreso hace
caso omiso de su electorado, de los valores de las
personas que los votaron, sino que también entrega sus
propios valores y su conciencia a eso que Seymour Hersh
acertadamente define como el «dinero de la Nueva York
judía».
El esfuerzo israelí por evitar un
ataque turco contra sus clientes kurdos está estrechamente
relacionado con sus esfuerzos por socavar las defensas
iraníes y por acrecentar su capacidad de inteligencia
mediante operaciones de comandos terroristas por parte de
soldados irregulares kurdos.
La principal actividad de todas
las organizaciones judías pro israelíes de importancia
-nacionales estatales y locales- es aislar y destruir Irán
por medio de sanciones económicas y de un ataque masivo
por parte de EEUU. No tienen la menor consideración por
los millones de iraníes que morirían, resultarían heridos
o perderían sus hogares a causa del esfuerzo
estadounidense o israelí para «borrar a Irán del mapa».
Quien más recibe del dinero de la
Nueva York judía (y de Los Ángeles, Miami y Chicago) es
Hillary Clinton, la halcón demócrata más belicista en la
campaña electoral para las elecciones presidenciales de
2008 y, de hecho, la demócrata más halcón desde la era de
Vietnam. En un reciente artículo publicado en Foreign
Affairs, a Hillary Clinton sólo le faltó precisar la
fecha y las armas con las que Estados Unidos atacará a
Irán. En él mantiene que «Irán representa un desafío
estratégico a largo plazo contra EEUU y sus aliados y no
se le debe permitir que desarrolle o adquiera armas
nucleares... Si Irán no obedece, todas las opciones deben
permanecer sobre la mesa» (The Guardian, 15 de
octubre de 2007).
Israel sabe hasta qué punto los
candidatos a la presidencia de EEUU son serviles a sus
intereses y obedientes a los dictados de su grupo de
presión. De lejos, Hillary Clinton es la elegida por los
sionistas entre los candidatos demócratas a la
presidencia. Le han perdonado que besase a Suha Arafat
hace diez años, porque ha besado las dos mejillas de todos
y cada uno de los cabilderos sionistas masculinos y
femeninos y de los funcionarios israelíes en Washington, y
además ha aplaudido la represión de los palestinos.
Hillary Clinton despertó la pasión y el placer de los
presidentes de las principales organizaciones judías
estadounidenses y es la única entre los candidatos
demócratas a la presidencia que apoya la resolución del
Senado en la que se exige que el gobierno de EEUU declare
que los guardianes revolucionarios del gobierno iraní, una
división de elite del ejército de Teherán, es una «entidad
terrorista», lo que proporciona una justificación a la
Administración Bush para un ataque preventivo masivo
contra Irán y sus infraestructuras.
En lo que respecta a las
resoluciones sobre la financiación de la guerra y las
campañas de sanciones contra Irán; a la legislación
proveniente de su grupo de presión y a los discursos en el
Congreso; a las horas dedicadas a la campaña para atacar
Irán; a las columnas de opinión publicadas y a los
comentarios de expertos en los medios, la ZPC supera por
diez a uno a cualquier otro grupo que esté a favor de la
guerra contra Irán. No sólo los sionistas monopolizan la
propaganda de «Atacar Irán», sino que lideran a todos los
demás grupos autoritarios en la tarea de acallar a los
críticos de esta agresiva alternativa militar
estadounidense.
Quiero dejar perfectamente claro
que la ZPC, los presidentes de las principales
organizaciones judías estadounidenses, los Rahm Emanuel
(israelíes o estadounidenses) que controlan el Comité
Político Demócrata de la Cámara de Representantes... No
hablan siempre y en cualquier sitio en nombre de la
mayoría de los judíos estadounidenses, sobre todo en lo
relativo a la negación del genocidio armenio por parte de
los turcos. Abraham Foxman, el belicoso presidente de la
ADL, descubrió en Watham (Massachusetts) que tanto la
comunidad local de origen armenio como sus compatriotas y
vecinos de origen judío no toleran la negación del
genocidio armenio, ni siquiera por parte de la ADL.
Bastantes sectores de judíos estadounidenses se oponen al
belicismo de Hillary Clinton y encuentran servil, incluso
obsceno, su sometimiento a la ofensiva de los funcionarios
israelíes. Las encuestas sionistas revelan que la mayoría
de los judíos estadounidenses jóvenes de alto nivel
cultural cada vez están menos interesados en Israel y su
quinta columna local, lo que contraría a los sedicentes
líderes de la comunidad. Sin embargo, el hecho de afirmar
que una minoría de judíos no habla en nombre de una
mayoría mal dispuesta no disminuye su poder y su control
sobre las instituciones políticas de Estados Unidos y de
la opinión pública en lo que respecta a la política, las
apropiaciones relativas a Oriente Próximo o los intereses
definidos por Israel.
«Odiador de judíos» se convirtió
en el lema de agitación de los ultraconservadores
sionistas para sus purgas en foros públicos y en una
llamada a la acción masiva directa por parte de cientos de
importantes personajes judíos locales y concejos
comunitarios. Incluso miembros del consejo presbiteriano
fueron intimidados por sionistas judíos debido a su tibia
posición de retirar sus inversiones de compañías
estadounidenses involucradas en la opresión de los
palestinos.
No ha habido ningún
acontecimiento trascendente que marque el momento en el
que el conservadurismo sionista se transformó en fascismo
sionista. La transición fue un proceso evolutivo durante
el cual el racismo, el militarismo y el autoritarismo
desarrollaron una base comunitaria masiva que se arraigó
con el tiempo hasta convertirse en el modus operandi
definitivo de la ZPC.
Al igual que los movimientos
fascistas anteriores, el fascismo sionista suscribe las
doctrinas racistas del conocimiento: según la
epistemología sionista sólo los judíos pueden criticar a
los judíos (si se atreven), pues el conocimiento de la
judeidad está monopolizado por un pueblo definido como
comunidad cerrada. Esta teoría «siofascista» del
conocimiento se ve reforzada por las frecuentes
amonestaciones de sionistas progresistas o izquierdistas
que con frecuencia desacreditan o advierten a autores no
judíos que se adentran en los debates judíos por su cuenta
y riesgo.
El fascismo sionista no es sólo
una expresión ideológica de un grupo marginal de
extremistas tendenciosos. Su ideología y su práctica, en
todo o en parte, han sido adoptadas por organizaciones
judías convencionales.
El autoritarismo sionista
en marcha
El autoritarismo sionista
popular, que practica a un ritmo acelerado la coerción, la
represión y el chantaje económico en defensa de Israel y
la ZPC, es un hecho en cada región, en cada círculo de
vida social, cultural y académica de Estados Unidos. Mas
abajo citamos una pequeña muestra de casos que han tenido
eco nacional e incluso internacional y que ilustran una
tendencia mucho más amplia. No existe una base de datos
integral que cubra los cientos de incidentes de
intimidación sionista y de control de las ideas que
ocurren semanalmente sin que sus víctimas los denuncien
por miedo a las represalias o porque no lograrían una
atención comprensiva del público a causa de los prejuicios
de los medios. En conversaciones informales, escritores y
periodistas me han contado las visitas de personajes
importantes judíos y miembros de concejos comunitarios
judíos a editores de periódicos locales para exigir el
despido de columnistas que se habían atrevido a criticar,
por ejemplo, la horrenda invasión de Líbano por parte de
Israel. Después de una de tales «visitas y charlas», un
columnista local nunca más se atrevió a criticar o a
escribir sobre Oriente Próximo. Esto no ocurre sólo en
Estados Unidos. En 2004, tras haber escrito un artículo
para el diario de Ciudad de México La Jornada en el
que critiqué la despiadada represión de los palestinos en