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Bolivia: entre la colonización y
la revolución
James
Petras
Traducido
para Rebelión por Manuel Talens
Introducción
Muchos comentaristas del levantamiento
boliviano que derrocó al presidente Sánchez de Lozada, títere de
los Estados Unidos, no han considerado el desarrollo histórico
de la política de clase que precedió a los acontecimientos de
octubre.
Un análisis serio de la rebelión popular
de octubre de 2003 requiere como mínimo una breve discusión
sobre la tradición revolucionaria, las profundas raíces de clase
y la conciencia antiimperialista que prevalece entre las clases
campesinas rurales y urbanas. A esta perspectiva histórica se le
debe añadir un análisis del nuevo contexto de lucha de clases,
del renovado liderazgo de los principales movimientos y de los
nuevos rostros de la reacción. Con dicho telón de fondo
estaremos en mejor situación para entender los dos movimientos
de insurrección acaecidos durante 2003, la derrotada revolución
de febrero y el victorioso levantamiento de octubre. Un análisis
de los logros y las limitaciones de la rebelión de octubre nos
permitirá examinar las perspectivas para el futuro. ¿Habrá un
“octubre rojo” o un golpe militar sangriento apoyado por los
Estados Unidos?
Bolivia:
1952-2003
La multitud de bolivianos que bloquearon
carreteras, construyeron barricadas y rodearon el palacio
presidencial –campesinos, mineros, vendedores callejeros,
desempleados y muchos otros– eran el producto de al menos medio
siglo de lucha revolucionaria contra propietarios, dueños de las
minas, grandes capitalistas y la embajada de los Estados Unidos.
A partir de la revolución social de 1952, que expropió las minas
y los bienes raíces de la oligarquía y destruyó a los militares,
los trabajadores y los campesinos bolivianos establecieron sus
propios sindicatos y milicias de clase. Sin embargo, el poder
estatal fue acaparado por el partido Movimiento Nacional
Revolucionario (MNR) de la clase media, que inició un proceso de
restauración de la hegemonía capitalista en alianza con los
Estados Unidos. Siguió una situación de “poder dual” hasta 1964,
cuando un golpe militar apoyado por los Estados Unidos colocó a
René Barrientos en el poder, lo que dio lugar a matanzas de
mineros y a una alianza entre los militares y los líderes
campesinos de la vieja guardia. Con la muerte de Barrientos, un
régimen nacionalista militar civil asumió el poder en 1968,
nacionalizó Gulf Oil y abrió la puerta a una fase más radical y
prerrevolucionaria durante los años 1969 y 1971. En este
período, bajo la Presidencia de J. J. Torres, los trabajadores y
el movimiento de campesinos de izquierda organizaron una
asamblea popular, basada en la representación proporcional de
trabajadores (el 50%), campesinos (el 30%) y profesionales y
estudiantes, elegidos en el lugar de trabajo. La asamblea
procedió a legislar un programa revolucionario de socialismo
autogestionado en la industria, una radicalización del programa
de distribución de la tierra y un amplio programa de asistencia
social. Por desgracia, mientras el régimen legislativo de
campesinos y trabajadores se radicalizaba, el ejército, al mando
de Hugo Banzer, siguió siendo reaccionario y, con el apoyo de
los Estados Unidos, tomó el poder y procedió a encarcelar,
exiliar, proscribir y asesinar a los principales líderes y
activistas populares.
Banzer, al igual que sus colegas
dictatoriales en Chile, Argentina y Uruguay, trabajó
estrechamente con la CIA durante los años setenta para asesinar
disidentes exiliados en el denominado Plan Cóndor. Sin embargo,
a principios de los ochenta el movimiento popular boliviano,
dirigido por los mineros del estaño, surgió para desafiar a la
dictadura y, mediante prolongadas huelgas generales, batallas
desiguales entre dinamita y M-1, condujo al restablecimiento de
la política electoral. De nuevo, una coalición de partidos de
izquierda y de centro asumió el poder e intentó satisfacer las
exigencias de los trabajadores y del capital, y terminó por caer
víctima de la elevada inflación. En 1984-85, una coalición del
partido del antiguo dictador Banzer y del antiguo grupo
izquierdista guerrillero MIR (Movimiento de la Izquierda
Revolucionaria) asumió el gobierno. Bajo la dirección del
gobierno de los Estados Unidos y la CIA, el régimen puso en
práctica un “programa de ajuste” diseñado por un economista de
Harvard, Jeffery Sachs, que condujo al cierre de las principales
minas de estaño y al desempleo de 40.000 mineros. Sachs
argumentó que los fondos que el Estado ahorraba al no tener que
subvencionar las minas estimularían nuevas industrias y nuevas
inversiones, que absorberían a las decenas de miles de
desempleados. Pero no había ningún capitalista boliviano capaz
de competir con las importaciones baratas que la política de
mercado libre de Sachs estimuló. Sin embargo, la política de
Sachs llevó de manera indirecta a la creación del movimiento
militante de cultivadores de coca. Muchos mineros cobraron su
indemnización por el despido y lo invirtieron en tierras del
sur, en Chapare, y del norte, en las Yungas, y empezaron a
cultivar la única cosecha que les proporcionaba ingresos
constantes. Estos nuevos “cultivadores de coca” trajeron con
ellos sus tradiciones de solidaridad, organización y conciencia
de clase, y pusieron en marcha un poderoso sindicato, con una
nueva generación de líderes campesinos militantes.
A principios de los años noventa, los
sindicatos de cultivadores de coca crecieron de manera notable
para oponerse a la agresiva y sangrienta campaña de erradicación
de la coca, organizada y dirigida por sumamente visibles
militares estadounidenses y agentes de la DEA (Drug Enforcement
Agency). Conforme los sindicatos de cocaleros acogían a más de
60.000 afiliados, las escaramuzas fueron en aumento. Entretanto,
mientras las organizaciones regionales de clase incrementaban su
fuerza, el poder político estaba en manos de un cliente cada vez
más derechista del mercado libre de los Estados Unidos, Sánchez
de Lozada (1994-1997).
Los cocaleros organizaron un instrumento
político –la Asamblea de Pueblos Soberanos– que ganó las
elecciones municipales en 1996-1997 y sirvió como base para un
nuevo partido radical, el actual Movimiento Al Socialismo (MAS),
dirigido por Evo Morales. El MAS amplió su programa de oposición
a la erradicación de la coca para incluir las exigencias
económicas de los trabajadores del servicio público (maestros y
trabajadores sanitarios), las luchas por el reparto de la tierra
de los trabajadores rurales sin tierra, las pensiones a los
jubilados, las reivindicaciones salariales de los trabajadores,
las exigencias de empleos públicos de los parados, las luchas
nacionales contra el ALCA y la privatización del gas y los pozos
de petróleo. En las elecciones presidenciales de 2002, el MAS se
benefició de una década de lucha de clases y de movilizaciones y
obtuvo el 21,9% del voto, perdiendo frente a Sánchez de Lozada,
el candidato apoyado por los Estados Unidos, por una escasa
diferencia del 0,6% (Sánchez de Lozada obtuvo el 22,5%). Dado
que Felipe Quispe, el otro líder militante campesino indio,
obtuvo el 7%, estaba claro que la izquierda logró más votos que
el ganador de la derecha.
Varios factores explican el aumento en más
del triple del apoyo al MAS: (1) la intensa lucha de clases que
precedió a la campaña electoral y que continuó durante ésta
polarizó y elevó la conciencia de clase del electorado,
neutralizando así la ventaja de los medios de comunicación y las
ventajas económicas de la derecha; (2) la ostensible
intervención del embajador estadounidense Rocha, que amenazó al
electorado boliviano con la cancelación de la ayuda y del
comercio si se atrevían a votar a Evo Morales y al MAS precipitó
un gran cambio a la izquierda entre la mayoría de los bolivianos
antiimperialistas; (3) la presencia de Evo Morales, un
carismático líder de manifestaciones de masas, investigaciones
del Congreso y confrontaciones populares con el Estado, que hizo
una campaña en lengua quechua y en español, sobre cuestiones
nacionales, internacionales y locales. Tras las elecciones, el
MAS se convirtió en el principal partido de la oposición en el
Congreso, con numerosos diputados indios, mujeres y obreros.
Cambio de
contexto de la lucha de clases
Desde principios de los años cincuenta
hasta mediados de los ochenta, los mineros marxistas del estaño
fueron la vanguardia de la lucha revolucionaria. Dirigieron la
Central Obrera Boliviana (la COB) y probaron en huelgas
generales y mediante la resistencia armada que eran el centro de
la oposición a los mandatos de Fondo Monetario Internacional y a
los saqueos de los estafadores locales y de los capitalistas
extranjeros. Sin embargo, el cierre de las minas de estaño, las
luchas sectarias internas y la corrupción gubernamental de los
líderes debilitó la COB y el liderazgo de los mineros. A
principios de los años noventa estaba claro que el mando de la
lucha había cambiado a los sindicatos de la coca, a las
coaliciones urbanas de sindicatos, a los consumidores, a los
vendedores callejeros y a los desempleados. El cambio en el
mando no fue aceptado con facilidad. Evo Morales me dijo una vez
que la primera vez que asistió a una reunión de la COB como
delegado del sindicato campesino, un líder minero le pidió “que
le comprara un paquete de cigarrillos” y, más tarde, cuando
apoyó a un líder sindicalista campesino como líder de la COB,
fue ridiculizado por el resto de los delegados mineros. Esto
ahora es historia. Existe una amplia aceptación del papel
dinámico de los cocaleros y una mayor solidaridad, tal como ha
demostrado el levantamiento de octubre.
El nuevo liderazgo revolucionario está
ilustrado por la aparición de Evo Morales, el líder de los
cultivadores de coca en la región de Cochabamba, portavoz
político del MAS y, posiblemente, el próximo presidente de
Bolivia. Evo ha dedicado su entera vida política a la creación
del sindicato de trabajadores de la coca, con un cuadro
sustancial de antiguos mineros militantes convertidos en
cultivadores de coca, de mujeres, de organizadores comunitarios
y de sindicalistas. La clave de la fuerza del sindicato de
cultivadores de coca está en las asambleas populares, en las
frecuentes conferencias de delegados libremente elegidos y en
los estrechos lazos y la responsabilidad entre los dirigentes,
las asambleas y su lucha a muerte por conservar sus tierras, sus
casas y un nivel de vida decente contra las campañas
estadounidenses de erradicación de la coca. En diciembre de
2002, me invitaron a hablar a la Asamblea de Cultivadores de
Coca, en Chapare. Después de la charla, los delegados de todas
las comunidades locales discutieron inmediatamente un “plan de
lucha” de 15 puntos para lanzarlo durante la segunda semana de
enero tras cuatro meses de negociaciones infructuosas con el
régimen de Sánchez de Lozada. La DEA estadounidense rechazó la
oferta del movimiento de limitar el cultivo de coca a menos de
un acre. Fue el presidente Sánchez de Lozada (en Bolivia lo
llaman el “Gringo”) quien hizo pública la decisión de la
embajada, en su español de fuerte acento yanqui (por haber
vivido la mayor parte de su vida en los Estados Unidos) y quien
ordenó al ejército que siguiera actuando. La discusión abierta y
las exigencias de pasar a la acción por parte de los delegados
en la reunión reflejaron la cercana relación entre el
sindicalismo de estilo asambleario democrático y la militancia
de clase.
Se estableció un programa de 15 puntos que
incluía las principales exigencias de una amplia gama de clases
sociales y grupos económicos, con la idea de establecer una
coalición nacional para una huelga general. El 15 de enero, los
cocaleros se movilizaron y bloquearon las principales carreteras
con piedras de las montañas, cargas de dinamita y
enfrentamientos con la policía y los militares. Sánchez de
Lozada envió refuerzos a los militares y prometió limpiar las
carreteras a cualquier precio. Muchos cocaleros fueron heridos y
detenidos. Varios fueron asesinados. La respuesta en las
ciudades era tibia y los cocaleros de las Yungas, dirigidos por
Quispe, tardaron en reaccionar. Sin embargo, a principios de
febrero Sánchez de Lozada, minimizando el polvorín sobre el que
estaba sentado, impuso un impuesto del 12% a los salarios de la
población. El ochenta por ciento de los bolivianos vivía ya en
la pobreza y el nivel de vida había disminuido un 20% durante
los dos años anteriores. Hubo una huelga general, que incluyó a
todos los sectores de la mano de obra. En La Paz, y en otras
partes, los funcionarios y la policía no sólo se negaron a
reprimir a la numerosa población, sino que se unieron a la
protesta. Sánchez de Lozada llamó al ejército tras atrincherarse
en el palacio presidencial, cuyas ventanas habían sido
apedreadas. El Palacio de Justicia fue saqueado. Más de cuarenta
personas cayeron asesinadas en la sangrienta rebelión de
febrero, ensayo general de la insurrección de octubre. Fuentes
gubernamentales revelaron que el embajador estadounidense
Greenlee, un antiguo agente de la CIA, le exigió al presidente
que hiciera todo lo necesario para conservar el poder. La
matanza de febrero polarizó todavía más el país y aisló a
Sánchez, cuya popularidad cayó en picado, pero con el apoyo de
Greenlee y de los militares siguió adelante con la venta del gas
boliviano, un polémico acuerdo que ofrecía pingües beneficios a
las compañías estadounidenses y europeas del gas.
Caras nuevas,
viejos reaccionarios
¿Será la próxima ocasión un “octubre
rojo”?
Rebelión, 20 de noviembre de 2003.
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