En un
principio, los grupos defensores de derechos humanos en Brasil y
en todo el mundo dieron la bienvenida a la elección de Luiz
Inacio Da Silva, «Lula», el candidato a presidente del Partido
de los Trabajadores, de centro izquierda. Además de sufrir las
peores desigualdades sociales en el mundo, Brasil tenía uno de
los peores historiales de derechos humanos entre los sistemas
electorales no militares. Un cuidadoso estudio llevado a cabo
por la respetada Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), un grupo
de derechos humanos relacionado con la Iglesia, documentó entre
1985 y 2002 1.280 asesinatos de campesinos, de abogados,
consejeros técnicos, líderes sindicales y religiosos ligados a
la lucha por la tierra. El estudio de la CPT encontró que la
impunidad era la regla general. Sólo 121 asesinos, el 10%,
fueron procesados; sólo 14 de los terratenientes que contrataron
a los asesinos fueron juzgados y, de ellos, sólo 7 fueron
condenados. De los intermediarios implicados en las matanzas,
sólo 4 fueron acusados y 2 recibieron condena. De los asesinos
que perpetraron los crímenes, 96 fueron juzgados y 58 fueron
condenados. Está claro que los sistemas policial y judicial
funcionan muy mal, sobre todo en el campo, donde los
funcionarios de policía y los jueces se hallan estrechamente
vinculados con los propietarios.
La otra
cara de la impunidad de los propietarios es la dura represión
que se ejerce contra los trabajadores rurales. Entre 1985 y
2002, 6.300 trabajadores rurales fueron encarcelados, 715
torturados y más de 19.349 sufrieron maltratos físicos. Sólo en
2002, el último año de la socialdemocracia del presidente
Cardoso, 43 activistas rurales fueron asesinados. En el mismo
año hubo 20 intentos de asesinato, 73 amenazas de muerte contra
trabajadores, 20 casos de tortura y 44 casos de maltratos
físicos de activistas rurales encarcelados.
Hace
veinticinco años, cuando el presidente Lula era un sindicalista
activo, sufrió persecución estatal y fue encarcelado. Durante su
campaña electoral prometió poner en práctica un amplio programa
de reforma agraria y hacer cumplir las garantías
constitucionales de derechos humanos en las zonas rurales, así
como acabar con la impunidad de los propietarios en su represión
de campesinos.
En lo
tocante a derechos humanos durante los primeros nueve meses en
el poder, es posible evaluar el régimen de Lula mediante varios
criterios, que incluyen: (1) el asesinato de activistas; (2) el
encarcelamiento de líderes campesinos y activistas sociales; (3)
las actividades de los grupos paramilitares; (4) la impunidad de
los militares; (5) la igualdad de todos ante la ley; (6) el
reconocimiento de la legitimidad del movimiento de reforma
agraria; (7) el fin de las expulsiones de los campesinos que
ocuparon tierras no cultivadas; (8) la puesta en marcha de una
amplia reforma agraria y (9) el mantenimiento de la prohibición
de cosechar semillas genéticamente modificadas. Estos criterios
proporcionarán una base empírica para juzgar al presidente Lula
en lo relativo a derechos humanos.
Asesinatos
Según un
detallado estudio de la CPT, publicado a finales de agosto de
2003, 44 activistas rurales fueron asesinados entre enero y
mediados de agosto de 2003, uno más que los 43 de 2002, el
último año de la presidencia de Cardoso. Esto da un promedio de
5,5 asesinatos por mes, el más elevado desde 1990. Los «campos
de la muerte» bajo el presidente Lula superan la tasa de
asesinatos políticos bajo Cardoso, cuya presidencia fue testigo
de varias matanzas sangrientas. La política de impunidad todavía
persiste. Durante los ocho años de gobierno de Cardoso, 278
trabajadores sin tierra y líderes sindicales rurales fueron
asesinados (casi 35 por año), pero sólo 5 asesinos fueron
juzgados y condenados, menos del 2 %. En el caso más notorio, la
matanza de 19 pacíficos y desarmados trabajadores rurales sin
tierra en Eldorado do Carajas, en el Estado de Pará, los 163
policías militares fueron absueltos. El régimen de Lula no ha
hecho esfuerzo alguno por reabrir estos juicios o acelerar los
casos pendientes en los tribunales. Además, el caso de los
guerrilleros Ariagua, que fueron asesinados por la dictadura
militar en 1974 y cuyos cadáveres luego «desaparecieron», ha
sido reabierto por el Tribunal Federal, que exige un informe
completo de los militares. El régimen de Lula, siguiendo la
costumbre de sus precursores de la derecha y de acuerdo con los
militares, se ha negado a ejecutar la orden judicial.
Grupos paramilitares
Las
formaciones paramilitares al servicio de los propietarios han
crecido en todas las regiones rurales de Brasil durante el
primer año del régimen de Lula. Las fuerzas paramilitares
funcionan con impunidad, su presencia ha sido televisada y sus
entrevistas difundidas por los medios nacionales de
comunicación. En Paraná, Pará, Bahía y en todas partes del
noreste, norte central e incluso el sudeste de Brasil, los
paramilitares funcionan con frecuencia en asociación o con la
complicidad de la policía militar y con la tolerancia de la
judicatura. Estas «fuerzas de seguridad privadas» han asesinado
a la mayor parte de los líderes campesinos bajo la política
«permisiva» de Lula.
La
campaña nacional de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) para
la prohibición de estas milicias armadas ha contado con el
amplio apoyo de todos los grupos de derechos humanos brasileños
e internacionales, pero no ha tenido prácticamente ningún
impacto sobre el régimen de Lula, que arguye que, bajo la
separación de poderes, se trata de un «asunto judicial», del que
se deben ocupar los «estados». La política de Lula ha llevado a
la proliferación de nuevos grupos paramilitares y escuadrones de
la muerte, el Primer Comando Rural (Primeiro Comando Rural) en
Paraná, que tiene como objetivo la expulsión de más de 14.000
familias ya establecidas en las tierras.
Expulsiones
Las
expulsiones de campesinos se han multiplicado durante el régimen
de Lula, por decisión de autoridades locales, estatales y
federales. Las familias que se habían establecido en tierras
desocupadas hasta siete años antes de la llegada de Lula han
sido expulsadas por la fuerza, sus casas quemadas, sus mejoras
del terreno y sus cosechas destruidas. Entre enero y junio,
8.492 familias, en torno a 40.000 personas, han sido
desahuciadas, lo cual supera en cuatro veces el número de
campesinos que recibieron tierra en el mismo período.
Presos políticos
Varias
docenas de activistas políticos y sociales en el movimiento de
reforma agraria están detenidos. Unos han sido juzgados y
condenados a penas de hasta 4 años de cárcel por su
participación en ocupaciones de tierras. En la actualidad, 17
líderes del MST de los estados de São Paulo, Paraná, Mato Grosso
do Sul, Goias y Paraibo han sido encarcelados. José Rainha
Junior, uno de los líderes más prominentes del MST, está acusado
de organizar «una banda armada», acusación penada con diez años
de cárcel que previamente había sido denegada en la apelación.
Criminalización de los movimientos sociales
En
septiembre de 2003, ciento cincuenta policías militares rodearon
la oficina central del MST en São Paulo y se prepararon para un
asalto armado con el pretexto de buscar activistas sociales
acusados de ataques contra la propiedad (ocupaciones de tierra).
Sólo la intervención masiva de grupos de derechos humanos, de
los obispos católicos y de los sindicatos impidió un asalto
potencialmente sangriento. El régimen de Lula terminó por ceder
para evitar deslustrar todavía más su imagen internacional con
una matanza en la ciudad más grande de Brasil. No hubo
investigaciones ni funcionarios amonestados y, desde luego,
tampoco había «criminales» en la oficina central. Sin embargo,
el efecto mediático logró criminalizar los movimientos sociales
en general y el MST en particular
Lula, que
buscó activamente y recibió el apoyo sin reservas del MST y de
los movimientos sociales durante la campaña electoral, se ha
lavado las manos con respecto a su responsabilidad en la
creciente persecución judicial, en las detenciones arbitrarias y
en la intervención de la policía militar. Con la excusa de la
«división de poderes» entre el ejecutivo, el legislativo y el
judicial, se ha negado a usar la autoridad y el influjo de su
presidencia para acabar con las fuerzas de la represión o
mantener las garantías constitucionales contra detenciones
arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales por parte de grupos
paramilitares vinculados a los grandes propietarios. La razón de
la negativa a actuar de Lula se encuentra en su profundo
compromiso a favor de la promoción del modelo de agroexportación
y del mantenimiento de «un clima favorable» a los inversores
extranjeros, así como en su idea de que cualquier
intervención contra el gran capital y sus aliados judiciales,
policiales y paramilitares enviaría «malas señales» al
«mercado».
Esto casa
mal con un presidente que ha cenado en casas de campesinos sin
tierra para mostrar su «neutralidad» en esta lucha fundamental
por la justicia social y los derechos humanos. Sin embargo, la
política de Lula no es «neutra», por mucho que él lo pretenda y
siga repitiendo clichés sobre la división de poderes. De hecho,
su política ha dejado el campo libre a las fuerzas más
retrógradas de la elite brasileña para que liquiden los
beneficios alcanzados durante las dos últimas décadas, al
favorecer las expulsiones de quienes se habían beneficiado de la
reforma agraria y de los okupas, instigando el comportamiento
ilegal de los propietarios y de la judicatura corrupta que actúa
a sus órdenes.
Las Naciones Unidas y los derechos humanos
La
enviada de las Naciones Unidas Asma Jahangar señaló en
septiembre y octubre de 2003, al final de una visita de tres
semanas durante la cual investigó las ejecuciones sumarias por
parte de la policía brasileña, que «Brasil es una democracia,
pero lo que yo veo aquí es una situación desgraciada, triste,
sin justicia alguna» (BBC News 10/10/2003). Dos de los
testigos que testimoniaron ante la enviada de las Naciones
Unidas sobre los actos de los escuadrones de la muerte en áreas
rurales y urbanas fueron asesinados poco después, como para
confirmar el patético estado de los derechos humanos en Brasil.
La representante de las Naciones Unidas afirmó que el problema
no es simplemente la existencia de vigilantes locales, sino un
problema institucional que impregna al estado brasileño. Hizo
acopio de informes detallados y extensos de los grupos de
derechos humanos, que vincularon a los escuadrones de la muerte
con policías y vigilantes. Tal como señaló Jahangar, «la policía
no puede luchar contra el crimen cometiendo crímenes». Lula ha
prometido de boquilla solucionar el problema, si bien no ha
emprendido ninguna reforma seria ni en la policía, ni en la
judicatura ni en otras instituciones dedicadas al cumplimiento
de la ley. La «ley» de la inmunidad prospera bajo Lula igual que
lo hacía bajo los regímenes anteriores, militares y civiles.
Derechos humanos: la reforma agraria
Brasil
sufre las desigualdades más extremas del mundo en cuanto a la
distribución de la tierra. Menos del 1% de los propietarios
poseen el 50% de la tierra, mientras que veinticinco millones de
familias rurales carecen de tierra. La cuestión de una reforma
agraria era la exigencia central de las clases rurales más
empobrecidas de la sociedad brasileña, una exigencia que apoyan
las dos terceras partes de la población. Durante la campaña
electoral, Lula prometió «una reforma agraria profunda, integral
y dentro de la ley».
La
principal organización de los trabajadores rurales sin tierra,
el MST, exigía tierra para 120.000 familias durante el primer
año. Lula prometió tierra para 60.000 familias. Durante los 9
primeros meses en el gobierno, 2.100 familias recibieron la
tierra, la treceava parte de su promesa original. El régimen de
Lula está muy por debajo del anterior régimen neoliberal de
Cardoso, que se ocupó de un promedio de aproximadamente 40.000
familias por año. Con respecto a las exigencias del MST, Lula va
a cumplir aproximadamente el 4% de su objetivo. Las más de
200.000 familias que viven en condiciones precarias al borde de
las carreteras y en campos abandonados tienen unas perspectivas
bien tristes durante el futuro inmediato, a no ser que tomen la
iniciativa y organicen ocupaciones de tierra. El fracaso del
régimen de Lula a la hora de poner en práctica la reforma
agraria se debe a la prioridad que ha dado al pago de la deuda
externa, al cumplimiento de los objetivos de austeridad del
Fondo Monetario Internacional y a la promoción del sector de la
agroexportación. La financiación de cuestiones de derechos
humanos como la reforma agraria tiene la prioridad más baja.
En
octubre de 2003, tras haber incumplido sus promesas a los
trabajadores sin tierra y haberse puesto abiertamente del lado
de los grandes agroexportadores, el presidente Lula emprendió un
burdo ataque contra el MST y sus propuestas de reforma agraria.
«No voy a llevar a cabo la reforma agraria que propone el MST,
que significaría un cambio de la miseria urbana por la pobreza
rural, simplemente para aumentar el número de unos beneficiarios
que no producen nada (Veja, 29 de octubre de 2003, página
40).
Los
350.000 beneficiarios de la reforma agraria no sólo producen
millones de reales de alimentos para el mercado local,
sino que también han desarrollado productos de exportación, y
casi todos los universitarios y periodistas objetivos han
señalado la enorme mejora que la reforma ha supuesto en sus
vidas. De hecho, Lula no tiene alternativa a la reforma agraria,
tal como afirmó Marcelo Rezende, el ex presidente del Instituto
de la Reforma Agraria (INCRA), cuando anunció su dimisión en
agosto de este año.
Modificaciones genéticas y derechos humanos
En todo el mundo, desde Europa Occidental a la India, desde
África a Brasil, granjeros, campesinos, ecologistas y
consumidores han luchado contra las grandes corporaciones
agroalimentarias que intentan imponer semillas genéticamente
modificadas, fertilizantes químicos y herbicidas. Hasta el
inicio del régimen de Lula, la agricultura basada en semillas
genéticamente modificadas se limitó a regiones aisladas del
sudeste de Brasil. Sin consultar con el congreso ni con las
organizaciones representativas de los pequeños granjeros y
trabajadores sin tierra ni con los grupos medioambientales, Lula
decretó la aprobación de la siembra de estos productos, bajo la
presión de Monsanto. Contra la mayoría de los brasileños, el
equipo económico de Lula, dirigido por su ministro de la
agricultura, asociado desde hace tiempo a Monsanto, impuso tal
medida. El espectro de una agricultura de exportación de origen
químico amenaza con minar los precarios márgenes entre el costo
de producción y de venta en que se mueven los pequeños
productores, y asimismo podría perjudicar las exportaciones a
los mercados europeos. La generalización de una agricultura
basada en sustancias químicas, de coste elevado, y la posterior
ruina de millones de productores locales son un atentado contra
los derechos humanos. Al parecer, el compromiso de Lula con las
elites de la agroexportación de productos genéticamente
modificados pasa por encima del terrible futuro que les espera a
los campesinos.
Conclusión
Durante
los diez primeros meses del régimen de Lula, el historial de
derechos humanos ha sido malo desde todos los puntos de vista.
Los observadores de las Naciones Unidas, la iglesia brasileña (CPT)
y los activistas han señalado la creciente violencia de los
propietarios y las ejecuciones extrajudiciales, la
criminalización estatal de los movimientos sociales, las
detenciones arbitrarias y la impunidad continuada de
torturadores de la policía y asesinos. Esto se debe
fundamentalmente a la continuidad de los aparatos judicial,
policial y administrativo heredados del pasado y a la negativa
de Lula a reconocer la desigual y selectiva aplicación de la
ley. La criminalización de facto de los movimientos
sociales ayuda e incita a los propietarios locales a incrementar
sus actividades parapoliciales.
La
segunda razón del triste historial de derechos humanos del
régimen de Lula se debe al profundo compromiso de sus equipos
económicos a favor de la creación de un «clima favorable» para
los inversores extranjeros y a la determinación de Lula de
reprimir cualquier signo de protesta social como si fuese una
«amenaza para la paz social».
La
tercera razón se debe a la estrategia agroexportadora del
régimen. Dada la alta prioridad que Lula otorga al cumplimiento
de las exigencias de los acreedores externos y al cumplimiento
de su acuerdo con las condiciones del Fondo Monetario
Internacional, su gobierno favorece aquellos sectores de
agricultura que generan divisas fuertes, a expensas de los
sectores agrícolas, que producen alimentos para el consumo
local. Es precisamente esta «triple alianza» entre el régimen de
Lula, las elites agroexportadoras y los acreedores financieros
externos lo que ha minado el compromiso del gobierno con los
derechos humanos. Es esta alianza triple lo que ha llevado al
compromiso de Lula de negociar la entrada de Brasil en el ALCA,
y ello bajo unas condiciones que permitirán la entrada de
exportaciones agrícolas brasileñas en el mercado estadounidense,
a cambio de la entrada libre en Brasil de las importaciones de
alimentos estadounidenses, que llevarán a la ruina a los
productores locales. Para sostener este «modelo», el régimen de
Lula se ha opuesto a las demandas de la reforma agraria y ha
criminalizado los movimientos sociales que la propugnan,
mientras que presiona a los EE.UU para que reduzca sus tarifas y
elimine sus cuota sobre la soja, los cítricos, el algodón, el
azúcar y otros elementos de exportación. Las violaciones de
derechos humanos en Brasil no se deben sólo a funcionarios
locales o a propietarios, sino a un profundo problema
estructural inmerso en la estrategia básica del gobierno. Las
elites de América Latina ya han reconocido el valor de Lula. La
Folha de São Paulo (29 de octubre de 2003) destacó en
primera página una encuesta realizada entre las elites de seis
países latinoamericanos, que escogieron a Lula como «el mejor
presidente de América Latina», con un margen muy superior al de
los demás presidentes neoliberales.
Rebelión, 13 de noviembre de 2003.
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