TERRORISMO Y SOCIEDAD CIVIL COMO
INSTRUMENTOS DE LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE EN CUBA

Philip Agee
Traducido
para Rebelión por Manuel Talens
Este
texto es una adaptación de las conferencias pronunciadas por
Philip Agee durante los Talleres Internacionales que tuvieron
lugar en el Movimiento por la Paz en La Habana, mayo-octubre
de 2003
La Habana, mayo de 2003.
Hace un mes el
encarcelamiento de setenta y cinco disidentes políticos y la ejecución
sumaria de tres piratas marítimos dio lugar a la condena inmediata,
enérgica y prácticamente global del régimen cubano. Entre los críticos
más destacados se encontraban antiguos y destacados amigos de Cuba en
el ámbito internacional.
Conforme leía
los cientos de denuncias que me llegaban por correo, era fácil ver de
qué manera los enemigos de la revolución aprovecharon aquellas
cuestiones para condenar a Cuba por violación de los derechos humanos.
Hicieron su agosto. La confusión, deliberada o irreflexiva, entre
disidentes políticos y secuestradores –dos conceptos ajenos entre sí–
era también fácil, porque los acontecimientos sucedieron al mismo
tiempo. Un órgano del Vaticano llegó a describir a los secuestradores
como disidentes, cuando de hecho eran terroristas. Pero otros, en
general favorables a Cuba, también se subieron al carro de las
condenas y se ocuparon de los dos asuntos a la par. Los comentarios
que siguen a continuación se ocupan de las cuestiones de derechos
humanos en ambos casos.
En lo que
respecta al encarcelamiento de setenta y cinco activistas de la
sociedad civil, la víctima principal ha sido la historia, ya que esa
gente era una base importante de los actuales esfuerzos del gobierno
estadounidenses para derrocar al gobierno cubano y destruir los logros
de la revolución. No hay que olvidar que el cambio de régimen, tal
como se ha dado en llamar al derrocamiento de gobiernos, ha sido el
continuo objetivo de Estados Unidos en Cuba desde los días iniciales
del gobierno revolucionario. Los programas que buscaban alcanzar este
objetivo han incluido la propaganda para denigrar la revolución, el
aislamiento diplomático y comercial, el embargo, el terrorismo y el
apoyo militar a contrarrevolucionarios, la invasión de la Bahía de
Cochinos, los complots para asesinar a Fidel Castro y otros líderes,
la guerra biológica y química y, en tiempos recientes, los esfuerzos
para fomentar una oposición política interna disfrazada de sociedad
civil independiente.
Terrorismo
Warren Hinkle y
William Turner, en The Fish is Red, que es probablemente el
mejor libro sobre la guerra de la CIA contra Cuba durante los primeros
veinte años de la revolución, cuentan la historia de los esfuerzos de
la CIA salvar la vida de uno de sus cubanos partidarios de Batista.
Fue en marzo de 1959, menos de tres meses después del triunfo del
movimiento revolucionario. El jefe de la policía secreta batistiana de
la CIA había sido capturado, juzgado y condenado al paredón. La
Agencia había establecido la unidad en 1956 y la había denominado
Oficina para la represión de actividades comunistas (BRAC para los
hispanohablantes). Con el entrenamiento, el material y la financiación
de la CIA, se convirtió en la peor de las organizaciones de Batista
dedicadas a la tortura y al asesinato y desplegó su terror entre toda
la oposición política, no sólo entre los comunistas.
El jefe de la
BRAC, un tal José Castaño Quevedo, había sido entrenado en los Estados
Unidos y era el enlace de la BRAC con la oficina de la CIA en la
embajada estadounidense. Cuando se enteró de la sentencia, envió al
periodista colaborador Andrew St.George a ver al Che Guevara, que
entonces era el responsable de los tribunales revolucionarios, para
interceder por la vida de Castaño. Después de escuchar a St.George
durante todo el día, el Che le dijo que le dijera al jefe de la CIA
que Castaño iba a morir, si no por ser un verdugo de Batista, sí por
ser un agente de la CIA. St.George se dirigió desde la oficina del
Che, en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, a la embajada
estadounidense en el Malecón para comunicar el mensaje. Al oír las
palabras del Che, el jefe de la CIA respondió solemnemente: “Esto es
una declaración de guerra”. De hecho, la CIA perdió a muchos más de
sus agentes cubanos durante aquellos días iniciales y en los años de
guerra larvada que siguieron.
Hoy, cuando
salgo de la 31 Avenida camino del aeropuerto, justo antes de torcer en
el hospital de Marianao, paso a la izquierda de una comisaría. Se
trata de un gran edificio blanco de varios pisos que ocupa un bloque
entero. Su estilo es el de un falso castillo de los años veinte,
parecido a una hamburguesería. Está protegido por altos muros en las
calles transversales y en sus esquinas hay garitas de centinelas,
ahora vacías, como las de los patios de una prisión. Al lado, separada
del castillo por la calle 110, hay una gran casa verde de dos pisos
con ventanas enrejadas y otras protecciones de seguridad. No sé cuál
será hoy su función, pero antes fue la temida oficina de la BRAC, una
de las herencias más infames de la CIA en Cuba.
El 10 de marzo
de 1959, el mismo mes que el jefe de la BRAC fue ejecutado, el
presidente Eisenhower presidió una reunión de su Consejo Nacional de
Seguridad, en la que se discutió sobre cómo sustituir el gobierno en
Cuba. Éste fue el principio de la política destinada a cambiar el
régimen, que todos los gobiernos estadounidenses han continuado desde
Eisenhower.
Cuarenta y
cuatro años justos después de la ejecución del jefe de la BRAC, cuando
leí la noticia de las detenciones de los setenta y cinco disidentes y
vi la ofuscación del gobierno estadounidense ante los juicios y sus
sentencias, se me vino a la memoria una frase de Washington que puso
en paralelo las reacciones estadounidenses de 1959 y 2003: “¡Eh, un
momento! ¡Esos hijos de puta están jodiendo a los NUESTROS!”
Un año después,
en marzo de 1960, yo me encontraba en una base secreta de
entrenamiento de la CIA en Virginia cuando Eisenhower aprobó el
proyecto que se convertiría en la invasión de la Bahía de Cochinos.
Estábamos aprendiendo allí los trucos del oficio de espía, que
incluyen el pinchado de teléfonos, la colocación de micrófonos
ocultos, el manejo de armas, las artes marciales, el uso de explosivos
y el sabotaje. Aquel mismo mes, la CIA, en sus esfuerzos por negar
armas a Cuba antes de la invasión de los exiliados, hizo explotar un
barco francés, Le Coubre, mientras descargaba una remesa de
armas proveniente de Bélgica en un embarcadero de La Habana. La
explosión y la lucha contra el fuego que siguió después provocaron más
de cien muertos. Hoy, cada vez que conduzco a lo largo de la avenida
del puerto que pasa ante la estación principal de ferrocarriles de La
Habana, veo el timón y otra chatarra de Le Coubre, que es ahora
un monumento a los que murieron.
En abril del
año siguiente, dos días antes de la invasión de la Bahía de Cochinos,
una operación de sabotaje de CIA incendió El Encanto, los grandes
almacenes de La Habana donde yo había hecho compras en mi primera
visita, en 1957. Nunca fue reconstruido. Ahora, cada vez que subo por
Galiano en el centro de La Habana para comer en el barrio chino, paso
por el edificio Fe del Valle, que está donde se encontraban los
grandes almacenes, llamado así en recuerdo de una mujer que murió a
causa de la explosión.
Algunos de
quienes firmaron declaraciones de condena contra Cuba por el juicio de
los disidentes y las ejecuciones de los secuestradores conocen a la
perfección la historia de las agresiones estadounidenses contra la
isla desde 1959: los asesinatos, el terrorismo, los sabotajes y la
destrucción, que han costado casi tres mil quinientas vidas y han
dejado minusválidas a más de dos mil personas. Los que no lo sepan
pueden encontrarlo en The Cuban Revolution and the United States,
la ya clásica cronología histórica de Jane Franklin.
Uno de los
mejores compendios de la guerra terrorista estadounidense contra Cuba
en los años sesenta procede de Richard Helms, el antiguo director de
la CIA, cuando declaró en 1975 ante el Comité del Senado que
investigaba los intentos de la Agencia para asesinar a Fidel Castro.
Al admitir como ciertas “las invasiones de Cuba que nosotros
controlábamos constantemente bajo la tutela de gobierno”, añadió:
Teníamos
destacamentos de fuerzas que atacaban Cuba constantemente.
Intentábamos explotar centrales eléctricas. Intentábamos demoler
plantas de azúcar. Intentábamos toda clase de acciones en aquel
período. Formaba parte de la política del gobierno.
Durante las
mismas audiencias, el senador Christopher Dodd le comentó a Helms:
Es probable que en
el mismo momento en que el presidente Kennedy fue asesinado un agente
de la CIA se estuviese encontrando con un agente cubano en París y le
entregara un dispositivo para asesinar a Castro. [Nota: el agente
trabajaba para Desmond Fitzgerald, un amigo de Robert Kennedy que
entonces era jefe de las operaciones de la CIA contra Cuba, y el
agente cubano era Rolando Cubela, un comandante del ejército cubano
con acceso regular a Fidel Castro, cuyo código en la CIA era AMLASH.]
Helms
respondió:
Creo que era una
jeringuilla hipodérmica, denominada Blackleaf Number 40. Se la
entregaron porque AMLASH pidió que le diesen cualquier cosa con tal de
matar a Castro... Lamento que no fuera una pistola. Hubiera sido más
simple y menos exótico.
Quien repase la
historia encontrará que ningún gobierno estadounidense desde
Eisenhower ha renunciado al empleo del terrorismo estatal contra Cuba
y el terrorismo contra Cuba nunca cesó. Es verdad, Kennedy le prometió
a Kruschev que los Estados Unidos no invadirían Cuba, lo cual resolvió
la crisis de los misiles en 1962, y su compromiso fue ratificado por
los gobiernos posteriores. Pero la Unión Soviética desapareció en 1991
y, con ella, el compromiso.
Grupos
terroristas del exilio cubano, sobre todo asentados en Miami y
entrenados por la CIA, han proseguido sus ataques a lo largo de los
años. Ya sea que funcionasen por su cuenta o bajo la dirección de la
CIA, las autoridades estadounidenses los han tolerado.
En abril de
2003 el Sun-Sentinel de Ft.Lauderdale destapó con el apoyo de
fotografías el entrenamiento de guerrillas del exilio en las afueras
de Miami por parte de los Comandos F-4, que es uno de los diversos
grupos terroristas actualmente asentados allí, junto con el comentario
de la portavoz del FBI, que declaró que las actividades de exilio
cubano en Miami no son una prioridad para el FBI. Una búsqueda en
internet ofrece abundantes detalles sobre las actividades terroristas
del exilio, incluidas sus conexiones con el brazo paramilitar de la
Fundación Nacional Cubanoamericana (CANF).
Abundan los
informes relativos a la detención en Panamá, en noviembre de 2000, de
un grupo de cuatro terroristas del exilio dirigidos por Luis Posada
Carriles, un hombre con impecables cartas credenciales de la CIA.
Proyectaban el asesinato de Fidel Castro, que estaba allí para una
conferencia. El currículum de Posada incluye el plan de la bomba que
explotó en el avión de pasajeros de Cubana en 1976 y que mató a las
setenta y tres personas a bordo; el abastecimiento de los contras de
Nicaragua desde El Salvador durante los ochenta, a sueldo de de la
CIA, y la organización en 1997 de los diez atentados con bomba de
hoteles y zonas turísticas en La Habana, en uno de los cuales murió un
turista italiano. Un año más tarde, admitió en
The New York Times
que los directivos de la CANF
en Miami habían financiado los atentados hoteleros. Durante años,
Posada entró y salió con toda libertad de los Estados Unidos.
Otro de los
terroristas intocables de la CIA es Orlando Bosch, un pediatra
convertido en terrorista. Como cerebro, junto con Carriles, del
atentado a la bomba del avión de pasajeros de Cubana en 1976, Bosch
fue detenido con Carriles una semana después, juzgado tres veces por
el crimen y pasó once años en una cárcel venezolana. Resultó absuelto
en cada uno de los juicios y fue liberado en agosto de 1987, tras lo
cual fue detenido a su vuelta a Miami en febrero de 1988, por
violación de libertad condicional después de una condena anterior por
actos terroristas. En 1989 el Ministerio de la Justicia ordenó su
deportación por terrorismo, sobre la base de informes del FBI y de la
CIA, que indicaban que Bosch había llevado a cabo treinta actos de
sabotaje entre 1961 y 1968 y estuvo implicado en un complot para matar
al embajador cubano en Argentina en 1975. El presidente Bush padre,
que en el momento del atentado contra el avión de Cubana era director
de la CIA, anuló la orden de deportación tras el cabildeo en favor de
Bosch que llevó a cabo tanto la congresista de Miami Ileana Ros-Lehtinen,
de origen cubano y estrechamente vinculada con la CANF, como Jeb Bush,
que era director de campaña de Ros-Lehtinen antes de su elección como
gobernador. Bosch fue liberado de la custodia y desde entonces anda
libre por las calles de Miami.
Ante la
obviedad de que el gobierno estadounidense no tomaba medidas para
acabar con el terrorismo proveniente de Miami, el gobierno cubano optó
en los años noventa por enviar a sus propios agentes de inteligencia a
Florida, bajo la apariencia de exiliados. Allí infiltraron algunos
grupos del exilio y empezaron a informar a La Habana sobre las
acciones terroristas y los vuelos ilegales planeados sobre Cuba por
Hermanos al Rescate.
A pesar de todo, el gobierno cubano esperaba
convencer a los Estados Unidos de que tomase medidas contra los
terroristas de Miami y en 1998 Cuba entregó al FBI la voluminosa
información que había acumulado sobre las actividades terroristas
contra Cuba desde suelo estadounidense. Pero en vez de tomar medidas
contra los terroristas, el FBI detuvo entonces a diez miembros de una
red de inteligencia cubana cuyo trabajo consistía en infiltrar las
organizaciones terroristas. Más tarde, los cinco agentes de
inteligencia cubanos que dirigían la red fueron juzgados en Miami,
donde la condena estaba garantizada, por los cargos de conspiración
para cometer espionaje y de no haberse inscrito como agentes de un
poder extranjero. Nunca habían pedido ni habían recibido documento
secreto alguno del gobierno o información clasificada de ninguna
clase, pero las sentencias fueron draconianas, uno de ellos con dos
condenas a perpetuidad. El tratamiento inhumano ordenado por
Washington de estos inquebrantables prisioneros, diseñado para
destruirlos mental y físicamente y obligarlos a volverse contra Cuba,
ha establecido nuevas cotas mundiales para el castigo sórdido,
trastornado. La exigencia de su libertad es el principal tema político
en Cuba hoy.
Más
recientemente, al declarar una guerra interminable contra el
terrorismo después de los ataques de Al Qaeda en septiembre de 2001 y
antes de la guerra contra Irak, el presidente Bush afirmó que ninguna
de las armas en posesión estadounidense son de uso prohibido, lo cual
por lo visto incluye el terrorismo. Pero en vez de comenzar su guerra
antiterrorista en Miami, estado que le aseguró el robo de la Casa
Blanca y podría ayudarlo a obtener un segundo mandato, inició la serie
de guerras preventivas que hemos visto por televisión, primero en
Afganistán y luego en Irak, y ahora amenaza a Siria, Irán y otros de
su lista de naciones que supuestamente promueven el terrorismo. Cuba,
desde luego, se encuentra injustamente en dicha lista y la gente aquí
se lo toma en serio como un pretexto preliminar para la acción militar
contra este país.
La sociedad civil y los disidentes
Durante el
gobierno de Reagan, a principios de los ochenta, se tomó la decisión
de que para imponer el cambio de régimen en Cuba hacía falta algo más
que operaciones terroristas. El terrorismo no había funcionado, ni la
invasión de la Bahía de Cochinos, y tampoco el aislamiento diplomático
de Cuba, que gradualmente se había terminado, ni mucho menos el
embargo económico. Ahora Cuba sería incluida en un nuevo programa
mundial para financiar y desarrollar organizaciones benéficas y no
gubernamentales, que sería conocido como la sociedad civil, dentro del
contexto de la política estadounidense global neoliberal. La CIA y la
Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) tendrían papeles claves
en este programa, así como una nueva organización, bautizada en 1983
como la National Endowment for Democracy (NED).
En realidad, el
nuevo programa no era realmente nuevo. Desde su fundación en 1947, la
CIA había estado profundamente implicada en la financiación secreta y
la manipulación de organizaciones benéficas extranjeras no
gubernamentales. Estas vastas operaciones abarcaron todo el planeta y
se centraron en partidos políticos, sindicatos y asociaciones de
hombres de negocios, organizaciones juveniles y de estudiantes, grupos
de mujeres, organizaciones cívicas, comunidades religiosas, sociedades
profesionales, intelectuales y culturales, así como en los medios
públicos de comunicación. La red funcionó en ámbitos locales,
nacionales, regionales y globales. Las operaciones de los medios de
comunicación, por ejemplo, funcionaron de continuo en prácticamente
cada país, donde la CIA pagaba a periodistas para publicar sus
informaciones, como si los medios perteneciesen a los propios
periodistas. En la Dirección de Operaciones de la oficina central de
la CIA, la División de Organismos Internacionales (IOD) coordinó estas
operaciones con las divisiones de operaciones regionales, ya que
muchas de las operaciones eran de naturaleza regional o continental y
abarcaban muchos países, algunas de ellas todo el mundo.
Durante años la
CIA ejerció una fenomenal influencia entre bastidores en un gran
número de países y utilizó estos poderosos elementos de la sociedad
civil para penetrar, dividir, debilitar y destruir organizaciones
enemigas de izquierda y, de hecho, para imponer cambios de régimen con
el derrocamiento de gobiernos no deseados. Tal fue el caso, entre
otros muchos, de la Guayana, donde en 1964, tras diez años de
esfuerzos, el gobierno de Cheddi Jagan fue derrocado mediante huelgas,
terrorismo, violencia e incendios provocados, cometidos por agentes
internacionales de la CIA. En aquel tiempo, mientras yo estaba
destinado en Ecuador, nuestros agentes de la sociedad civil provocaron
dos golpes de estado de los militares en tres años contra gobiernos
civiles democráticamente elegidos, y ello mediante la provocación de
manifestaciones y caos social. Y en Brasil, a principios de los
sesenta, las mismas operaciones de la CIA se vincularon a otras
operaciones de la sociedad civil en su oposición al gobierno, y estas
acciones de masas provocaron con el tiempo el golpe militar 1964
contra el presidente João Goulart, que dio lugar a veinte años de
brutal represión política.
Pero el 26 de
febrero de 1967 el cielo se derrumbó sobre la IOD y sus redes globales
en la sociedad civil. Yo estaba entonces de visita en la Oficina
central de Langley (Virginia), cerca de Washington, entre asignaciones
en Ecuador y Uruguay. Aquel día el Washington Post publicó un
extenso informe que revelaba la existencia de un gran número de
fundaciones, unas falsas, otras verdaderas, que la CIA usaba para
financiar sus redes globales no gubernamentales. Estas disposiciones
financieras estaban designadas como “conductos de financiación”. Junto
con las fundaciones fueron identificados montones de organizaciones
que recibían fondos, incluidos conocidos periódicos intelectuales,
sindicatos y grupos de expertos políticos. Pronto los periodistas del
mundo entero completaron el cuadro con informes sobre los nombres y
las operaciones de organizaciones afiliadas en sus países a la red.
Fueron los días más oscuros de la CIA desde el fracaso de la Bahía de
Cochinos.
El presidente
Johnson ordenó una investigación y dijo que tales operaciones de la
CIA se iban a acabar, pero de hecho nunca lo hicieron. La prueba está
en las exitosas operaciones de la CIA en Chile, que provocaron en 1973
el golpe de Pinochet contra el gobierno elegido de Salvador Allende,
en el que combinaron las fuerzas de los partidos políticos de la
oposición, los sindicatos, los grupos de hombres de negocios, las
organizaciones cívicas, las asociaciones de amas de casa y los medios
de comunicación para crear el caos y el desorden, a sabiendas de que
tarde o temprano los militares chilenos, fieles a la tradicional
doctrina fascista militar en América Latina, usarían tal malestar para
justificar la usurpación del poder gubernamental, restaurar el orden y
acabar con la izquierda. Las operaciones fueron casi una copia de la
desestabilización y el golpe en Brasil diez años antes. Todos
conocemos el horror que tuvo lugar durante los años siguientes en
Chile.
Pasemos
rápidamente a la actualidad. Cualquiera que haya observado los
movimientos de la oposición de la sociedad civil frente al gobierno de
Hugo Chávez en Venezuela puede estar seguro de que las agencias
estadounidenses, incluida la CIA, con la AID y la NED, están
coordinando la desestabilización y se encuentran detrás del frustrado
golpe que tuvo lugar en abril de 2002, así como de la fracasada
“huelga cívica” de diciembre y enero pasados. El Instituto Republicano
Internacional (IRI) del Partido Republicano abrió incluso una oficina
en Caracas. (Véase más abajo para más información sobre la NED, la AID
y el IRI en operaciones de sociedad civiles.)
Para poder
entender cómo funcionan estas operaciones de sociedades civiles,
estudiaremos su lado burocrático. Cuando empecé el curso de
capacitación de la CIA, las dos primeras palabras que aprendí fueron
disciplina y control. El gobierno estadounidense no era una
organización de beneficencia, me dijeron, y todo el dinero se ha de
emplear para el objetivo exacto que se le ha designado. El agente de
operaciones de la CIA en que me iba a convertir es responsable de
asegurar esta disciplina mediante el control absoluto del dinero y de
los agentes encargados de emplearlo que están bajo su mando. Las
órdenes que da a tales subordinados sobre sus deberes y sus
obligaciones deben ser claras e inequívocas y el agente debe impedir
la malversación personal del dinero que sobrepase el sueldo convenido
del agente, exigiendo recibos de todos los gastos y pagos a terceros.
Las excepciones a esta regla necesitan permisos especiales.
En la CIA, las
actividades que infiltran y manipulan la sociedad civil se conocen
como operaciones de Acción Encubierta y se llevan a cabo de acuerdo
con regulaciones detalladas. Requieren una solicitud del dinero en un
documento conocido como “Características del proyecto”, si la
actividad es nueva, o como “Demanda de renovación del proyecto” si hay
que continuar una actividad en curso. El documento tiene su origen
bien en el lugar de ejecución o bien en la Oficina Central, y describe
una situación de actualidad; las actividades se han de llevar a cabo
para mejorar o cambiar la situación en beneficio de los intereses
estadounidenses; un calendario para lograr objetivos intermedios y
finales; riesgos y problemas potenciales (daños si sale a la luz) y un
presupuesto detallado con información sobre todas las organizaciones
participantes e individuos y las cantidades de dinero para cada cual.
El documento también contiene un resumen de todos los agentes
implicados, sus acreditaciones operacionales de seguridad y su
historial de servicios a la Agencia. Toda la gente implicada está
incluida, desde las agencias de financiación que aparecen como
oficiales de una fundación, pasando por cada intermediario, hasta el o
los recipiendarios del dinero.
Además de estos
datos concretos de presupuesto, se incluye una cierta cantidad de
dinero sin recipiendarios designados bajo la rúbrica D&TO, que
significa Desarrollo y Objetivos Oportunos. El dinero de este fondo se
usa para financiar las nuevas actividades que aparecen durante el
período de aprobación del proyecto, pero desde luego se requiere
siempre una información detallada y permisos de seguridad de todos los
individuos que recibirán tales fondos. También se requieren detalles
sobre las nuevas informaciones de inteligencia que obtendrá la
operación propuesta. Así, el apoyo económico a un partido político
deberá obtener a cambio informaciones de inteligencia sobre la
política interna del país.
Tanto las
“Características del proyecto” como la “Demanda de renovación del
proyecto” requieren un proceso de aprobación que pasa por varias
oficinas, tales como la División de Organizaciones Internacionales y,
dependiendo de su sensibilidad y su costo, pueden requerir la
aprobación fuera de la CIA, en los departamentos de Estado, Defensa o
Trabajo, o en el Consejo Nacional de Seguridad o del propio
Presidente. Una vez aprobado el proyecto, la División de Finanzas de
la CIA asigna el dinero y la operación empieza o continúa, si es que
ha sido renovada. El período de aprobaciones y renovaciones dura por
lo general un año.
Tanto la
Agencia para el Desarrollo Internacional como la National Endowment
for Democracy están sin duda sometidas a exigencias de documentación y
a procesos de aprobación similares a los de la CIA para la
financiación de proyectos en las sociedades civiles de otros países.
Toda la gente implicada debe recibir la aprobación previa tras un
proceso de investigación en el que a cada persona se le atribuye
claramente su tarea. Una comisión formada por miembros de las
distintas agencias determina cuál de ellas, la CIA, la AID o la NED, o
bien una combinación de las tres, deben realizar tareas específicas en
las sociedades civiles de países específicos y cuánto dinero debe
poner cada una. Es obvio que las tres han estado trabajando para
desarrollar la oposición de la sociedad civil en Cuba.
Es de señalar
que la rimbombante Dotación Nacional para la Democracia tiene sus
orígenes en las operaciones de acciones encubiertas de la CIA y fue
concebida tras las desastrosas revelaciones mencionadas más arriba,
que se iniciaron el 26 de febrero de 1967. Dos meses después, en abril
de aquel año, Dante Fascell, miembro de la Cámara de Representantes de
Miami y amigo de la CIA y de los cubanos de Miami, presentó junto con
otros representantes el proyecto de ley que debería crear una
fundación “abierta” para continuar lo que hasta entonces habían sido
pagos secretos de la CIA a los programas de sociedades civiles
extranjeras a través de organizaciones estadounidenses (por ejemplo,
la Asociación Nacional de Estudiantes) o directamente a organizaciones
extranjeras (por ejemplo, el Congreso para la Libertad Cultural, con
sede en París).
Sin embargo, la
idea de Fascell no prosperó, debido a las diferencias de enfoque de
los dos partidos (el Demócrata y el Republicano) con respecto a la
política exterior que había prevalecido desde la presidencia de Harry
Truman, tras la Segunda Guerra Mundial. Las diferencias desde finales
de los sesenta entre ambos partidos –e incluso dentro de cada uno de
ellos– sobre la guerra en el sudeste asiático, luego en los setenta
sobre el Watergate y la pérdida de la guerra de Vietnam y, por último,
sobre las revelaciones de complots para cometer asesinatos y otras
operaciones de la CIA por parte del Senado y de los comités de
investigación de la Cámara de Representantes, impidieron el acuerdo y
dieron lugar a varios años de aislacionismo. Únicamente los éxitos de
los movimientos revolucionarios en Etiopía, Angola, Namibia, Zimbabwe,
Granada, Nicaragua y otros lugares lograron juntar a los “guerreros
fríos” demócratas y a los “internacionalistas” republicanos, que
establecieron en 1979 la Fundación Política Estadounidense (APF). La
tarea de la fundación consistía en estudiar la viabilidad de
establecer mediante legislación una fundación financiada por el
gobierno para subvencionar operaciones extranjeras en la sociedad
civil por parte de organizaciones estadounidenses no gubernamentales.
Dentro de la
APF se crearon cuatro comisiones para llevar a cabo el estudio, una
para los demócratas, otra para los republicanos, otra para la Cámara
de Comercio estadounidense y la cuarta para la AFAL-CIO. Su labor
llegó a ser conocida como el Programa para la Democracia. Consultaron
un gran número de organizaciones nacionales y extranjeras, y
encontraron que las fundaciones de los partidos principales políticos
de Alemania Occidental financiadas por el gobierno eran muy
interesantes: la Friedrich Ebert Stiftung de los socialdemócratas y la
Konrad Adenauer Stiftung de la democracia cristiana. Cuando esas
fundaciones fueron establecidas en los años cincuenta, su tarea
consistía en construir un nuevo orden democrático en Alemania, una
sociedad civil basada en el modelo parlamentario occidental, que
favoreciera la represión de los comunistas y de otros movimientos de
la izquierda política.
Desde el
principio, la CIA canalizó en Alemania el dinero para ONG y grupos a
través de estas fundaciones. Luego, en los años sesenta, las
fundaciones empezaron a apoyar partidos políticos afines y otras
organizaciones en el extranjero, y también canalizaron el dinero de la
CIA para estos objetivos. En los ochenta, las dos fundaciones tenían
programas en marcha en aproximadamente sesenta países y se gastaban
unos 150 millones de dólares al año. Lo más interesante es que
funcionaban casi en secreto.
Una de las
operaciones de la fundación Friedrich Ebert Stiftung muestra hasta qué
punto era eficaz. En 1974, cuando tras cincuenta años en el poder cayó
el régimen fascista en Portugal, que era miembro de la OTAN, quienes
se hicieron cargo del nuevo gobierno eran comunistas y militares de
izquierda. En aquel tiempo, los socialdemócratas portugueses, es
decir, el Partido Socialista, apenas podían reunir bastante gente como
para jugar al póquer, vivían todos en París y no tenían seguidores en
Portugal. Gracias a no menos de 10 millones de dólares de la Ebert
Stiftung y a los fondos de la CIA, los socialdemócratas volvieron a
Portugal, construyeron un partido de la noche a la mañana, lo vieron
crecer como la espuma y, en pocos años, el Partido Socialista se hizo
con el gobierno de Portugal. La izquierda fue relegada a los márgenes,
completamente desorganizada.
Ronald Reagan
fue uno de los partidarios iniciales más entusiastas del Programa de
la Democracia y describió sus proyectos en un discurso ante el
Parlamento británico en junio de 1982. Este nuevo programa, dijo,
daría lugar a “una infraestructura de democracia” en el mundo entero,
tras el ejemplo europeo de apoyo “abierto”, y fomentaría “la marcha de
la libertad y de la democracia…”. Por supuesto, los programas alemanes
eran cualquier cosa menos “abiertos” y tampoco los programas
estadounidenses lo fueron una vez iniciados. De hecho, incluso antes
de que el Congreso pusiera en marcha la NED, Reagan estableció lo que
se llamó Proyecto para la Democracia en la Agencia de Información
estadounidense, bajo la dirección del Ministerio de Asuntos
Exteriores. Una orden secreta del ejecutivo de entonces, que se filtró
a poco tiempo a la prensa, aseguró la participación secreta de la CIA
en el programa. La subvención inicial era de 170.000 dólares para
entrenar a los representantes de los medios de El Salvador y de otros
regímenes autoritarios de la derecha sobre cómo tratar con la prensa
de los Estados Unidos, y el programa salvadoreño se le encargó a la
compañía de relaciones públicas de Washington que había representado
la dictadura de Somoza.
En noviembre de
1983, el sueño de Dante Fascell por fin se hizo realidad. El Congreso
creó la NED y la dotó para empezar de 18.8 millones de dólares,
destinados a construir la sociedad civil en el extranjero durante el
año fiscal que terminaba el 30 de septiembre de 1984. Fascell fue
nombrado miembro del primer consejo directivo de la NED. Mientras que
la CIA había canalizado hasta entonces el dinero a través de una
compleja red de “conductos”, la NED se convirtió en un “megaconducto”
para trasladar el dinero del gobierno estadounidense a la misma serie
de ONG que la CIA había estado financiando en secreto.
La CANF fue,
como era de prever, una de las primeras beneficiarias de la
financiación de la NED. Desde 1983 hasta 1988 la CANF recibió 390.000
dólares para actividades anticastristas. Durante el mismo período, el
Comité de Acción Política (PAC), controlado al margen por directivos
de la CANF para financiar campañas políticas, contribuyó con una
cantidad casi idéntica a las campañas de Dante Fascell y de otros
políticos amistosos, en clara compensación por los fondos recibidos de
la NED.
Desde el punto
de vista legal, la NED es una fundación privada, sin fines lucrativos,
no gubernamental, y recibe una asignación anual del Congreso. El
dinero se canaliza a cuatro “fundaciones principales”, establecidas de
acuerdo con la línea de las cuatro comisiones originales del Programa
para la Democracia, que son el Instituto Nacional Democrático para
Asuntos Internacionales (del Partido Demócrata); el Instituto
Internacional Republicano (del Partido Republicano); el Centro
estadounidense para la Solidaridad Internacional del Trabajo (FAL-COI)
y el Centro para Empresa Privada Internacional (de la Cámara de
Comercio estadounidense). La NED también da el dinero directamente “a
grupos en el extranjero que trabajan a favor de los derechos humanos,
los medios independientes, el imperio de la ley y una amplia gama de
iniciativas de la sociedad civil”. [Cita del sitio web de la NED, mayo
de 2003 ]
El estatuto no
gubernamental de la NED proporciona la ficción de que los
recipiendarios obtienen dinero “privado”, no del gobierno
estadounidense. Esto tiene su importancia, porque muchos países,
incluidos tanto los Estados Unidos como Cuba, tienen leyes que se
ocupan de sus ciudadanos que reciben dinero a cambio de realizar
actividades para gobiernos extranjeros. Los Estados Unidos exigen que
todo individuo u organización “sujetos al control extranjero”, es
decir, que reciben dinero e instrucciones de un gobierno extranjero,
se inscriban en el Ministerio de Justicia y proporcionen informes
detallados de sus actividades, incluidos los fondos, cada seis meses.
Los cinco oficiales de inteligencia cubanos fueron condenados por no
haberse inscrito conforme a esta ley.
Cuba posee sus
propias leyes que penalizan las acciones que pongan en peligro su
soberanía o su integridad territorial, así como cualquier acción que
apoye los objetivos de la ley Helms-Burton estadounidense de 1996, es
decir, el acopio de información que busque apoyar el embargo o
derribar el gobierno, o la difusión de información del gobierno
estadounidense para debilitar al gobierno cubano.
Los nuevos
programas de Reagan en la sociedad civil se iniciaron con enorme éxito
en Polonia. Durante los años ochenta, la NED y la CIA, en operaciones
conjuntas con el Vaticano, mantuvieron vivo el sindicato Solidaridad e
incrementaron las afiliaciones cuando fue proscrito durante el periodo
de la ley marcial que se inició en 1981. El programa fue un acuerdo
entre Reagan y el papa Juan Pablo II cuando el primero visitó el
Vaticano en junio de 1982. Utilizaron información de inteligencia,
dinero en efectivo, aparatos de fax, ordenadores, impresoras y
fotocopiadoras, grabadoras, aparatos de televisión y grabadoras de
vídeo, material y equipamientos de todas clases, incluso transmisores
de radio y televisión. El sindicato se transformó en un partido
político y, en 1989, con el apoyo del líder soviético Mijail Gorbachev,
Solidaridad se hizo con el gobierno. Años más tarde, en mayo de 2001,
el Senador Jesse Helms hizo aprobar una ley que proporcionó los 100
millones de dólares necesarios para repetir en Cuba, dijo, los éxitos
de la CIA, de la NED y del Vaticano en Polonia.
Tales esfuerzos
para desarrollar una sociedad civil de oposición en Cuba ya habían
comenzado en 1985 con las tempranas subvenciones de la NED a la CANF.
Estos esfuerzos recibieron un impulso importante con la aprobación, en
1992, de la Ley sobre la Democracia Cubana, más conocida como Ley
Torricelli, que promovió el apoyo a través de ONG estadounidenses a
individuos y organizaciones para programas que promoviesen “el cambio
democrático no violento en Cuba”. Una intensificación todavía mayor
tuvo lugar con la aprobación, en 1996, de la Ley de la Libertad y
Solidaridad con Cuba, más conocida como Ley de Helms-Burton. Como
consecuencia de estas leyes, la NED, la AID y la CIA, esta última no
mencionada públicamente, pero sin duda alguna incluida, intensificaron
sus programas coordinados, destinados a la sociedad civil cubana.
Es posible
preguntarse por qué la CIA sería necesaria en estos programas. Había
varios motivos. Una razón inicial era la larga experiencia de la CIA y
el enorme grupo de agentes y contactos en las sociedades civiles en
todos los países del mundo. Con la ayuda de la CIA, la NED y la AID se
integrarían dentro de un complejo de operaciones ya en marcha, cuya
financiación asumirían, dejando el control secreto cotidiano en manos
de los funcionarios de la CIA. Además, alguien tenía que supervisar e
informar sobre la eficacia de las actividades de los recipiendarios
locales. La NED no tendría personal sobre el terreno para hacerlo, ni
tampoco sus principales fundaciones, en condiciones normales. Y ya que
el dinero de la NED era en apariencia privado, sólo la CIA tenía la
gente y las técnicas necesarias para ocuparse de un control discreto
que evitase comprometer a los recipiendarios de las sociedades
civiles, sobre todo si estaban en la oposición frente a sus gobiernos.
Por último, la CIA tenía amplios fondos por sí misma, con los que
contribuir en secreto cuando lo requiriesen las condiciones. En Cuba,
la participación de agentes secretos de la CIA en la Oficina de
Intereses Estadounidenses (SINA) sería particularmente útil, ya que
los fondos de la NED y de la AID irían a ONG gubernamentales
estadounidenses, que tendrían que encontrar la manera, discreta a ser
posible, de entregar equipos y dinero en efectivo a los recipiendarios
dentro de Cuba. La CIA podría ayudar en esto bastante bien.
Los indicios
relativos a la cantidad de dinero que estas agencias han estado
canalizando en sus proyectos de Cuba son fragmentarios. No hay datos
públicamente disponibles sobre los gastos de la CIA, pero lo que se
sabe de las otras dos es interesante. El sitio web de AID cita 12
millones de dólares utilizados en programas de Cuba durante el periodo
comprendido entre 1996 y 2001 (un promedio anual de 2 millones), pero
hacia 2002 el presupuesto creció a 5 millones, más otros 3 millones no
presupuestados a partir de 2001, hasta un total de 8 millones. Su
presupuesto para 2003 en Cuba es de 6 millones, lo cual significa un
aumento del triple de fondos desde que la junta de Bush tomó el poder,
lo cual no constituye sorpresa alguna, dado el número de cubanos de
Miami que ha designado para altos cargos en su gobierno.
El dinero,
según la AID, se empleó en “promover una transición pacífica a la
democracia en Cuba”. Entre 1996 y 2001 desembolsaron 12 millones a
veintidós ONG, todas ellas al parecer con sede en los Estados Unidos,
sobre todo en Miami. En 2002, el número de ONG de primera línea se
había reducido a doce: la Universidad de Miami, el Centro para una
Cuba Libre, la Fundación Panamericana de Desarrollo, Universidad
Internacional de la Florida, Casa Libre, Grupo de Apoyo a la
Disidencia, Cuba On-Line, CubaNet, Asociación de Política Nacional,
Acción Democrática Cubana y Carta de Cuba. Además, el Instituto
Internacional Republicano del Partido Republicano recibió dinero de la
AID para un subcesionario, el Directorio Revolucionario Democrático
Cubano, también con sede en Miami.
Estas ONG
tienen un doble objetivo, uno dirigido a sus grupos equivalentes en
Cuba y otro al mundo, principalmente a través de sus sitios web.
Mientras que con una mano canalizan fondos y equipamiento a Cuba, con
la otra diseminan en el mundo las actividades y la producción de los
grupos en Cuba. En Miami, por ejemplo, Cubanet publica los escritos de
los “periodistas independientes” de la Asociación de la Prensa
Independiente de Cuba, que tiene su sede en La Habana, y canaliza el
dinero a los escritores.
Es interesante
constatar que la AID afirma en su sitio web que sus “cesionarios no
están autorizados a usar fondos de subvenciones para proporcionar
ayuda en efectivo a cualquier persona u organización en Cuba”. Esta
afirmación es difícil de creer, pero si fuese verdad, todos esos
millones sólo apoyarían la infraestructura de las ONG estadounidenses,
una especie de industria artesanal anticastrista subvencionada,
excepto lo que se puede entregar en Cuba en especies: ordenadores,
faxes, fotocopiadoras, teléfonos móviles, radios, aparatos de
televisión y grabadoras de vídeo, libros, revistas y cosas por el
estilo.
En su sitio web,
la AID enumera en una lista siete objetivos para el dinero: la
solidaridad con los activistas de derechos humanos, la difusión del
trabajo de periodistas independientes, el desarrollo de ONG
independientes, la promoción de los derechos de los trabajadores,
ampliada al pueblo cubano, la planificación de la ayuda futura a un
gobierno de transición y la evaluación del programa. Quien desee saber
qué ONG consiguen cuántos millones para cada uno de estos programas
puede comprobarlo en
http://www.usaid.gov/regions/lac/cu/upd-cub.htm.
La afirmación
de la AID de que sus ONG cesionarias no pueden dar dinero en efectivo
a cubanos en Cuba hace que uno se pregunte sobre el origen de los
100.000 dólares que los investigadores cubanos encontraron en posesión
de los setenta y cinco disidentes en paro que fueron juzgados. Se
puede encontrar una pista en la declaración de la AID de que “la
política estadounidense anima a las ONG estadounidenses y a los
individuos a canalizar fondos privados para actividades humanitarias,
informativas y de construcción de la sociedad civil en Cuba…” ¿Podrían
ser esos “fondos privados” el dinero de la NED?
Recordemos la
ficción de que la NED es una fundación “privada”, una ONG. No tiene
restricciones en lo relativo a sus fondos que van para pagos en
efectivo en el extranjero, y sucede que algunas de las ONG que
financia también las financia la AID. Es evidente que esto no se debe
a rivalidades o a una ausencia de coordinación en Washington. La razón
probablemente se encuentra en que los fondos de la NED pueden ir para
salarios y otras compensaciones personales de la gente en Cuba. Al fin
y al cabo, hay un eslabón de organizaciones por debajo de las ONG
estadounidenses en la cadena de mando y de dinero, que son los
individuos y los grupos en Cuba cuyo objetivo es equivalente al de las
ONG estadounidenses. Son casi cien y tienen nombres como Bibliotecas
Independientes de Cuba, Todos Unidos, Sociedad de Periodistas Márquez
Sterling, Asociación de Prensa Independiente de Cuba, Asamblea para la
Promoción de la Sociedad Civil y Partido de los Derechos Humanos de
Cuba.
Cada uno de los
cubanos en estas organizaciones queda totalmente identificado con
tareas asignadas en el proyecto de actividades de la AID, la NED o la
CIA, probablemente en un anexo secreto, ya estén catalogados como
activistas de derechos humanos, periodistas independientes,
bibliotecarios independientes o distribuidores de materiales de
información. El dinero, al fin y al cabo, no va a fantasmas, incluso
de bajo nivel. Tampoco las ONG estadounidenses están autorizadas a dar
dinero a cualquier descontento que puedan encontrar. Los destinatarios
finales son designados beneficiarios por escrito, de la misma manera
que lo son las fundaciones principales y las ONG intermediarias
estadounidenses.
El sitio web de
la NED está convenientemente anticuado y sólo muestra su programa de
Cuba para el año 2001. Pero esto es revelador. Sus fondos para
actividades cubanas en 2001 alcanzaron sólo los 765.000 dólares, si es
que uno ha de creer lo que allí se dice. El dinero que dieron a ocho
ONG en 2001 suma un promedio aproximado de 52.000 dólares, mientras
una novena ONG, el Instituto Internacional Republicano (IRI) del
Partido Republicano recibió 350.000 dólares para el Directorio
Revolucionario Democrático Cubano, con sede en Miami, como señalé
antes, para “el refuerzo de la sociedad civil y los derechos humanos”
en Cuba. Por el contrario, esta ONG debe recibir 2.174.462 de dólares
en 2003 de la AID a través del IRI. ¿Por qué la NED concedería
cantidades inferiores y la AID cantidades tan enormes, si ambas lo
hacen a través del IRI? La respuesta, aparte del despilfarro del IRI,
probablemente es que el dinero de la NED está destinado a los
bolsillos de gente en Cuba, mientras que el dinero de la AID costea
las infraestructuras de ONG estadounidenses.
Según declaró
en una rueda de prensa el 7 de abril el ministro de Asuntos Exteriores
cubano, Felipe Pérez Roque, y los agentes de seguridad cubanos que
trabajan infiltrados en los grupos disidentes que mostró en película,
el dinero estadounidense llego a los recipiendarios en Cuba disfrazado
como envíos familiares, tanto en dinero efectivo como con las muchas
remesas aportadas por mensajeros conocidos como “mulas” y como pagos
mediante el sistema de tarjeta de crédito de Transcard en Canadá para
el crédito de las tarjetas de los disidentes en Cuba (son válidas para
retirar efectivo en bancos cubanos). Aunque el ministro de Asuntos
Exteriores dijo que el Banco Central de Cuba ha seguido con cuidado el
flujo del dinero aportado a los disidentes, no reveló la cantidad
total durante ningún período dado ni cantidades específicas a grupos o
individuos.
Sean cuales
sean las cantidades de dinero que llegaron a Cuba, todo el mundo que
trabaja allí en los diversos proyectos disidentes sabe que el gobierno
estadounidense los patrocina y financia y con qué objetivo: el cambio
de régimen. Lejos de ser periodistas “independientes”, activistas
“idealistas” de derechos humanos, abogados “legítimos” del cambio o
“bibliotecarios engañados”, cada uno de los 75 detenidos y condenados
sabía que participaba en operaciones del gobierno estadounidenses para
derrocar el gobierno e instalar un orden político, económico y social
diferente y favorable a los Estados Unidos. Estaban al tanto de que lo
que hacían era ilegal, los detuvieron y ahora lo están pagando. Quien
piense que son prisioneros de conciencia, perseguidos por sus ideas o
su discurso, o víctimas de la represión, simplemente no logra verlos
de manera correcta como instrumentos de un gobierno estadounidense que
se ha declarado enemigo del gobierno revolucionario de Cuba. No fueron
condenados por ideas, sino por actos financiados por un poder
extranjero que ha emprendido una guerra de 44 años con grados diversos
de intensidad contra este país.
El pensar que
los disidentes estaban creando una sociedad civil independiente y
libre es absurdo, ya que estaban financiados y controlados por un
poder extranjero hostil, hasta tal punto que no eran libres o
independientes en absoluto. La sociedad civil que deseaban crear no
era la inocua variedad de aficionados a las motos y criadores de
perros, sino un movimiento de oposición político instigado
abiertamente por el gobierno estadounidense. ¿Qué gobierno en el mundo
sería tan autodestructivo como para sentarse a ver cómo sucedía?
Quienes estén
interesados en comprender cómo funciona la promoción estadounidense de
la “sociedad civil independiente” en el sector de las bibliotecas
privadas, pueden encontrar un excelente informe que presentó en
noviembre de 2002 la bibliógrafa Rhonda L. Neugebauer, del
Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de
California en Riverside, ante el Pacific Coast Council on Latin
American Studies, East Los Angeles College. El informe es el resultado
de una extensa investigación, visitas a bibliotecas privadas en Cuba y
entrevistas con sus propietarios, así como un estudio del sistema de
bibliotecas estatales cubano. Incluye descripciones del sistema de
apoyo de las ONG estadounidenses a bibliotecas privadas, su
financiación por parte de AID y la información engañadora emitida por
el sistema. El lector que lo desee puede leer el informe de Neugebauer
en
http://www.rebelion.org/internacional/030608rhonda.htm.
El ministro de
Asuntos Exteriores Pérez Roque dio un ejemplo en su rueda de prensa de
cómo funcionaban diversas operaciones. Mostró un videoclip del juicio
de Oswaldo Alfonso Valdés, presidente del Partido Liberal Democrático
de Cuba, en el que éste describió una reunión que había tenido con un
funcionario de la AID y Vickie Huddleston, que hasta mediados de 2002
fue la jefe la Oficina de Intereses Estadounidenses en La Habana, en
la que hablaron de cómo mejorar la manera de obtener “recursos” para
mejor ocultar que provenían del gobierno estadounidense. En el
videoclip, Alfonso reconoció también que recibía dinero y materiales
del gobierno estadounidense a través de organizaciones con sede en
Miami.
Según la ley
cubana, el recibir dinero para poner en marcha la política
estadounidense contra Cuba es ilegal y en, sí mismo, suficiente para
ser condenado. El grupo más numeroso dentro de los 75, los treinta y
siete “periodistas independientes”, escribía comentarios contra Cuba
para su publicación fuera del país y utilizaba internet para sus
comunicaciones. Una de sus organizaciones en Cuba era la Agencia de
Prensa Independiente, cuyo Presidente, Néstor Baguer, era un agente de
seguridad del gobierno cubano que declaró ante el tribunal. Los
miembros de su grupo, dijo, escribían para el sitio web Cubanet, con
sede en Miami, y recibían los pagos mediante el sistema de tarjetas de
débito de Transcard en Canadá, excepto las cantidades más grandes, que
las aportaba el mensajero. Cubanet, por otra parte, recibió 35.000
dólares de NED en 2001 y debe recibir 833.000 de la AID en 2003.
Baguer también declaró que en sus visitas a la Oficina de Intereses
Estadounidenses él y sus colegas recibían instrucciones sobre los
temas a tratar en sus escritos, tales como la escasez de medicinas, el
tratamiento de los pacientes en los hospitales y el tratamiento de los
presos. Por lo general, los “periodistas independientes” debían hablar
mal de Cuba en el extranjero y justificar la continuación del embargo
comercial.
El ministro de
Asuntos Exteriores también mostró tres cartas fechadas en enero y
marzo de 2001 de Carlos Alberto Montaner, un periodista del exilio que
vive en Madrid y es el presidente de la Unión Cubana Liberal (miembro
de la Internacional Liberal), a Oswaldo Alfonso, el líder del Partido
Liberal. Montaner es también miembro fundador de la Fundación
Hispanocubana, un proyecto del partido conservador que gobierna de
España. Montaner está asimismo estrechamente asociado con la
publicación trimestral cultural/política del exilio Encuentro de la
Cultura Cubana, con sede en Madrid y financiada en parte por la
NED (80.000 dólares en 2001).
Al leer las
cartas, Pérez Roque reveló que cada una de las tres cartas mencionaba
el dinero incluido: 200 dólares, 30.000 pesetas y 200 dólares, las dos
últimas cantidades, al parecer, de gente que Montaner y Alfonso
conocen mutuamente. En la carta de las pesetas, Montaner escribió:
“Muy pronto dos amigos españoles de alto rango le llamarán para hablar
sobre el Proyecto Varela. Les sugerí cinco nombres para la fundación
de esta nueva idea: Payá, Alfonso, Arcos, Raúl Rivero y Tania
Quintero.”
Los lectores
pueden sacar su propia conclusión sobre la posible influencia
extranjera en el Proyecto Varela. Oswaldo Payá, desde luego, es el
disidente galardonado por la Unión Europea con el Premio Sakarov de
los Derechos Humanos por su liderazgo en el Proyecto Varela.
Hay que
destacar los comentarios indignados por la reacción de Cuba contra los
disidentes, después de lo bien que les habían ido las cosas en años
recientes, mientras Fidel los toleraba... y, de repente, ¡ESTO! En
realidad el 20 de mayo de 2002 fue el punto de inflexión, cuando en
sendos discursos, en Washington y Miami, Bush anunció su “Iniciativa
para una Nueva Cuba”. En este “nuevo” plan, tras citar a Polonia como
un éxito anterior, anunció el aumento del apoyo directo para “ayudar a
construir la sociedad civil cubana” que condujese a “un nuevo
gobierno” en Cuba. Y yo me pregunto: ¿es exagerado decir que Bush
abogaba por el cambio de régimen a través de los disidentes? Los
cubanos no ocultaron que ésta fue su interpretación.
El toque de
aviso para “los nuestros” sonó con la llegada, en septiembre de 2002,
de un nuevo jefe a la Oficina de Intereses Estadounidenses en La
Habana, puesto equivalente al de embajador si Cuba y los Estados
Unidos tuvieran relaciones diplomáticas. James Cason es un diplomático
de carrera del Ministerio de Asuntos Exteriores que ha servido sobre
todo en países latinoamericanos, de aspecto poco amenazador, cara un
poco rechoncha, doble papada como Porky Pig, cincuentón y con grandes
gafas por delante de sus ojos entreabiertos: la típica persona que se
dedica a comer en vez de a hacer ejercicio. Otto Reich, el fanático
estadounidense de origen cubano y uno de los criminales no encausados
del escándalo Irán-Contras, que cumplía libertad condicional limitada
(es decir, sin posibilidad alguna de confirmación por parte del
Senado) como Subsecretario de Estado de Bush para América Latina, fue
le ofreció el empleo a Cason y, al parecer, le dijo que se implicara a
fondo.
Cason cayó
sobre La Habana como un policía de serial radiofónico con maneras de
matón. Tiene su mérito. Arrastró su pesada anatomía por toda la isla y
terminó por quemar a sus amigos disidentes, a “los nuestros”,
metiéndolos en la boca del lobo. A todo el mundo le pareció como si
con su ostensible apoyo a la sociedad civil de Washington en Cuba
estuviera buscando que lo expulsaran, acusado de eso que en el
lenguaje diplomático se denomina persona non grata. Dio un
espectáculo de unidad con grupos de provincias y de La Habana;
concedió pases de 24 horas a la Oficina de Intereses Estadounidenses a
sus favoritos e incluso a agentes secretos cubanos, para que
accedieran gratuitamente a Internet y otras instalaciones; asistió a
reuniones en las casas de los disidentes, donde dio el equivalente de
ruedas de prensa a periodistas extranjeros; lanzó personalmente el ala
juvenil del Partido Liberal; dio fiestas para los disidentes en su
residencia oficial e incluso un sábado organizó allí un taller de
periodistas independientes. Su conducta sobrepasó de tal manera el
protocolo diplomático habitual que cualquiera puede decir que fue la
madre de todas las provocaciones.
Pero la
expulsión de Cason habría conducido a una nueva crisis con los Estados
Unidos y los cubanos no mordieron el anzuelo. Durante seis meses
esperaron y vigilaron la penetración que Cason llevó a cabo en la
cúpula de la comunidad disidente. Luego, un día, decidieron actuar.
Tenían pruebas de sus actividades criminales en apoyo de la ley Helms-Burton
y de violaciones de otras leyes sobre la sedición, de manera que
finalmente decidieron barrer de un golpe a todos los implicados con
Cason. Había que verlo en marzo, parecía que no había roto nunca un
plato. La verdad es que no se ha sabido más de él desde que a sus
acólitos les echaron el guante.
Es fácil
imaginar la amargura de tener en la cárcel a setenta y cinco de “los
nuestros” por haber sido tan estúpidos como para aceptar las maneras
ampulosas de Cason. Ahora, Cason y su personal, es decir, la CIA y los
agentes de la AIS incluidos, tienen que empezar otra vez desde cero.
Pero, cuidado, amigo, a ver a quién reclutas, porque mañana Fidel te
puede gastar otra de las suyas. Nunca se sabe, ¿eh? Piensa en esto
cada vez que des permisos de seguridad a la próxima generación de
disidentes.
Sin duda los
cubanos sopesaron el precio que tendrían que pagar con amigos y
enemigos antes de tomar la decisión de pasar a los actos. Y sabían que
tenían mucho que perder. El movimiento en el interior de los Estados
Unidos favorable a la terminación del embargo y de la prohibición de
viajar a Cuba, tanto en el Congreso como en la calle, sufriría un
revés a causa de todas las distorsiones de los medios de comunicación.
La entrada de Cuba en el Pacto Cotonou para el comercio preferencial y
la ayuda de la Unión Europea probablemente quedarían congeladas, como
así fue. Además, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones
Unidas se encontraba entonces en Ginebra y los Estados Unidos
intentaron con todas sus fuerzas, con amenazas y sobornos, obtener una
moción que condenase a Cuba por violaciones de los derechos humanos.
Al final no lo consiguieron, pero el gobierno cubano estaba dispuesto
a correr también ese riesgo.
Con tanto en
juego, el momento de la decisión fue objeto de un intenso cálculo. La
verdad es que la comunidad disidente, incluidos los encarcelados,
nunca ha sido una amenaza para la revolución y Cuba podría haber
continuado indefinidamente tolerando, infiltrando y supervisando sus
actividades ordenadas por el gobierno de los Estados Unidos. Pero
éstos lo podrían haber considerado como una debilidad, y eso es lo
último que se le puede permitir a un monstruo.
Además, había
un importante aspecto político interno en tolerar las insultantes
provocaciones de Cason, ampliamente conocidas por todo el mundo. Se
había pasado tanto de la rosca que la gente empezaba a preguntarse por
la tolerancia del gobierno, ya que incluso quienes apoyan la
revolución hubieran podido considerarlo como una debilidad, así que
decidieron pararle los pies de una vez por todas y enviar un mensaje
al resto de sus protegidos, considerando la connotación que tiene la
palabra protegido en el contexto cubano. En 1996, el gobierno había
parado en seco a los vuelos sumamente visibles de los Hermanos al
Rescate al derribar uno de sus aviones, en gran parte por motivos
internos políticos, a sabiendas del precio que iban a pagar en el
ámbito internacional. También en 2003 han decidido parar en seco las
veleidades de Cason, con independencia de la opinión internacional. Al
igual que cuando derribaron el avión, fue la política interna cubana,
no las reacciones internacionales, lo que probablemente decidió el
momento de dar el zarpazo.
Las tres ejecuciones
El secuestro
del Baraguá, un barco del puerto de La Habana, no podía haber
sucedido en peor momento. Fue el séptimo secuestro en 7 meses y tuvo
lugar el 2 de abril, un día antes de que se iniciara el juicio de los
disidentes, lo cual facilitó que los enemigos de Cuba, y muchos de sus
amigos, unificaran dos acontecimientos dispares en una sola “ola de
represión”.
El Baraguá
no era más que una barcaza motora de fondo plano con una cabina, sólo
segura en las tranquilas aguas del puerto, y aquella noche había
cincuenta personas a bordo, incluidos niños y turistas extranjeros.
Los secuestradores armados se hicieron a la mar con un viento
sumamente peligroso de fuerza 4, se quedaron sin combustible y
amenazaron por radio con empezar a lanzar rehenes por la borda si no
les daban bastante combustible para llegar a Florida. Lo asombroso es
que el guardacostas cubano convenciera a los secuestradores de
remolcar el barco, que iba a la deriva, hasta el puerto de Mariel,
donde las fuerzas especiales les tendieron una trampa, con buceadores
listos para el rescate. Tras muchas horas de espera, todo se acabó en
menos de un minuto cuando una mujer francesa se lanzó de repente al
agua y fue seguida en masa por otros rehenes y por los secuestradores
también. Los rehenes fueron rescatados y los secuestradores
rápidamente detenidos.
En el juicio,
el fiscal del estado exigió y obtuvo la pena de muerte para los tres
cabecillas del secuestro, veredicto que mantuvieron los tribunales de
apelación, porque se trataba de un acto terrorista de gravedad
extrema, incluso si nadie salió perjudicado. Entonces, le tocaba al
Consejo de Estado el ratificar o confirmar la pena. ¿Debía Cuba
terminar su moratoria de casi tres años sin ejecuciones? ¿Debía atizar
la condena por parte del movimiento mundial contra la pena de muerte?
¿Debían retrasar su decisión y dejar que aquellos tipos esperasen un
tiempo en el corredor de la muerte, no quince o veinte años como en
los Estados Unidos, pero al menos unas semanas, para no mostrar una
prisa excesiva? ¿O debería conmutar las condenas por cadena perpetua y
mostrar clemencia?
Con toda
sinceridad, estando como estoy contra la pena de muerte, pensé que una
combinación de las dos últimas opciones sería lo mejor: esperar y
conmutar. Pero yo no sabía que en aquel momento las fuerzas de
seguridad cubanas investigaban otros veintinueve intentos de
secuestro. Desde el punto de vista del Consejo de Estado esto
seguramente se parecía al principio de una ola de secuestros
incitados, como siempre, por la Ley de Ajuste Cubano de 1966 y por la
política de los pies mojados/pies secos (Nota del traductor: esta ley
del presidente Johnson se aplica sólo a los cubanos y establece que si
uno de ellos llega ilegalmente a territorio estadounidense a través
del mar y logra poner pie en la playa –de ahí la acepción de ‘pies
mojados’–, puede quedarse legalmente en el país), que discrimina a
todos los inmigrantes ilegales no cubanos. En particular, resulta
irritante para Cuba que los secuestradores sean tratados como héroes
en Florida y que si un piloto desvía allí voluntariamente un avión, no
lo consideren un secuestrador y sólo sea culpable de malversación de
propiedad ajena.
Si hay un
principio que Cuba siempre ha seguido, al menos desde la crisis de los
misiles de 1962, es que no debe nunca dar un pretexto a los Estados
Unidos para la acción militar. Otro éxodo como el de Mariel o la
crisis de los balseros, o una ola de secuestros, serían el pretexto
necesario, tal como Fidel razonó más tarde, para imponer un bloqueo
estadounidense naval, una campaña de bombardeos y una invasión en toda
regla. Se podían evitar otro Mariel u otro episodio de balseros, pero
era necesario parar los secuestros de inmediato. Y tenía razón. El 25
de abril, el jefe de la Oficina del Ministerio de Asuntos Exteriores
de Cuba le dijo al Jefe de la Sección de Intereses de Cuba en
Washington que los Estados Unidos consideran que más secuestros serían
una seria amenaza para la seguridad nacional estadounidense. El hecho
de entender esto como “uno más y tomamos acciones militares” no
constituye paranoia alguna.
Pero el Consejo
de Estado no tuvo que esperar a que le llegase la noticia. Ya lo
sabía. Ratificó las sentencias el 10 de abril y las ejecuciones
tuvieron lugar a la mañana siguiente. Es posible criticar a Cuba sobre
la base de que “la pena de muerte no debe existir bajo ninguna
circunstancia”, pero el hecho es que Cuba es uno más de los cien
países que la ponen en práctica. Cuba acababa de ver lo que las bombas
y misiles estadounidenses habían hecho en Bagdad, vio en peligro el
trabajo cuidadoso de dos generaciones, incluidos sus centros de
ciencia y tecnología, sus instituciones educativas, sus hospitales y
sus clínicas, su herencia histórica cultural y, mucho más importante,
sus gentes, que morirían o quedarían mutiladas. Y no confundió a los
secuestradores con disidentes. Eran delincuentes que se convirtieron
en terroristas y que habían amenazado infinitamente más cosas que
únicamente a sus cincuenta rehenes.
Por eso Cuba no
se sorprendió cuando, con las ejecuciones y la condena de los
disidentes casi al mismo tiempo, el mundo entero empezó a protestar.
Hasta cierto punto parecían preparados, pero fue inevitable sentir un
cierto desasosiego cuando antiguos amigos de la revolución, como
Eduardo Galeano y José Saramago, se unieron al coro de las
condenaciones. A ellos se les sumaron Chomsky, Zinn, Albert, Davis,
Dorfman y otros, cuyos trabajos se encuentran entre los tesoros de mi
biblioteca, que firmaron la superficial declaración de la Campaña para
la Paz y la Democracia: “Los abajo firmantes protestamos contra la
actual ola de represión en Cuba … [contra disidentes] …por sus
actividades políticas no violentas …” Como si los disidentes no
equivalieran al terrorismo, el embargo y la guerra psicológica como
instrumentos en la interminable campaña de Washington para convertir a
Cuba en otro vasallo. Ya es bastante si eso es lo que quieren para
Cuba. Lo peor es si firmaron sin pensarlo.
Unas semanas
después de las ejecuciones y el juicio contra los disidentes, en la
manifestación del 1 de mayo de más de un millón de personas en el la
Plaza de la Revolución de La Habana, el reverendo Lucius Walker, uno
de los más eficaces y comprometidos activistas estadounidenses
solidarios con Cuba, hizo una elegante súplica para que Cuba
suprimiese la pena de muerte. Fidel se lo agradeció al responderle y
dijo que la decisión se estaba estudiando. Menos de 3 semanas después,
otros ocho secuestradores armados, detenidos antes de secuestrar un
vuelo el 10 de abril, fueron juzgados y condenados. A pesar de las
condenas por terrorismo y violencia, los cabecillas fueron condenados
a cadena perpetua y los demás a penas de 20 a 30 años.
Los lectores
habrán notado que estas páginas no se han hecho eco de la importante
cuestión legal y de derechos humanos de las garantías jurídicas. Entre
las críticas a los casos de de los disidentes y de los secuestradores
se encuentran las alegaciones de que a los acusados no se les dio la
oportunidad de defenderse legalmente de manera adecuada. La falta de
información publicada sobre los juicios no ayuda a la hora de hacerse
una idea. Por ejemplo, no he encontrado datos públicos sobre ninguno
de los setenta y cinco casos que especifiquen lo sucedido desde el
momento de las detenciones hasta el inicio de los juicios, incluidas
las fechas y la hora de acontecimientos como la detención, la lectura
de los cargos y las reuniones de los acusados con un abogado defensor
para preparar el juicio. Tampoco dispongo de los cargos por escrito,
ni de las alegaciones y súplicas de los acusados ni de las decisiones
de los jueces, que no han sido publicadas, a excepción de las
sentencias. Esta carencia de información impide la evaluación de las
garantías jurídicas.
Sin embargo, el
ministro de Asuntos Exteriores se preocupó el 7 de abril de responder
a estas críticas en su rueda de prensa de más de tres horas, y señaló
los orígenes coloniales españoles de los juicios sumarísimos y su
amplio uso hoy en día en el mundo entero. También dijo que, en los
veintinueve juicios (algunos de ellos tenían más que un acusado),
participaron cincuenta y cuatro abogados, de los cuales cuarenta y
cuatro fueron escogidos por los acusados y diez designados de oficio
por los tribunales, y agregó que varios abogados se ocuparon de más de
un acusado. Quizás lo más importante sea que, según dijo, se les
permitió a los acusados que declarasen ante el tribunal en respuesta a
los cargos y que fuesen sometidos a un contrainterrogatorio. Puso de
manifiesto el número de gente, sobre todo familiares, a la que se le
permitió asistir a los juicios, que se elevó a un promedio de
aproximadamente cien observadores por juicio. De todos modos, la
carencia de información plena sobre las garantías jurídicas ha dejado
la puerta abierta a las denuncias de falta de protección legal, que no
se podrán resolver hasta que los tribunales proporcionen más detalles.
Epílogo
En Washington,
a pesar de la herida que Cuba parece haberse infligido a sí misma, los
congresistas partidarios de legislar para terminar o suavizar el
embargo y suprimir la prohibición de viajar a Cuba han vuelto a la
carga y han presentado nuevos proyectos de ley a dicho efecto. Incluso
si condenaron los acontecimientos de abril, siguen firmes en sus
principios, sobre todo porque piensan que los estadounidenses que
vengan a Cuba cambiarán a los cubanos. Durante años sólo he visto que
suceda lo contrario, pero el fin de la prohibición de viajar, motivos
aparte, vale la pena.
El gobierno de
Bush, atiborrado como está de estadounidenses de origen cubano, sigue
aumentando la presión con la expulsión de catorce diplomáticos cubanos
en Washington y Nueva York, sobre la base de vagas acusaciones de
espionaje, lo cual es claramente una decisión política, no de
seguridad nacional, y alguien del FBI filtró la noticia de que la Casa
Blanca, al parecer, le había comunicado al Ministerio de Asuntos
Exteriores que expulsara cubanos, y el Departamento de Estado le pidió
al FBI algunos nombres. El contacto en el FBI agregó que ninguno de
los cubanos estaba sujeto a investigación de espionaje en aquel
momento. Por el contrario Ros Lehtinen y Díaz Balart, los congresistas
estadounidenses de origen cubano de Miami, se quejan abiertamente de
que Bush no responde a sus llamadas para que termine con el problema
de Cuba de una vez por todas.
En Miami, todas
las ONG que chupan de los pezones de la AID y de la NED para mantener
su industria anticastrista junto con su cómodo nivel de vida, tendrán
que volver a los ordenadores y preparar nuevos proyectos para la
sociedad civil en Cuba. Tendrán que buscar modos de conservar sus
frentes de colegas al otro lado del estrecho y de encontrar más
cubanos con pocos escrúpulos y el suficiente instinto de
autodestrucción como para aceptar su dinero.
Aquí, en La
Habana, James Cason haría bien en dedicarse a hacer consultas en el
Ministerio de Asuntos Exteriores y retirarse en silencio. Al fin y al
cabo, fue él quien llevó a la cárcel a esos setenta y cinco de “los
nuestros”, a algunos para una larga temporada, y los dividendos de la
propaganda anticubana que se han obtenido de sus servicios a Reich no
compensan de ninguna manera. Terminará en el Servicio Extranjero,
incluso si cumplía órdenes de Reich, ya que será Cason, no Reich,
quien pagará el pato. Aunque también podría iniciar una nueva carrera
anticubana en las ONG de Miami.
En la Oficina
de Intereses Estadounidenses, los agentes del Estado, de la AID y de
la CIA tendrán ahora que empezar a buscar sangre nueva, enviando a
nombres y antecedentes para obtener la aprobación de seguridad de la
gente dispuesta a continuar el trabajo de los setenta y cinco con las
ONG de Miami, y el servicio de seguridad cubano seguramente les
enviará prometedores candidatos, como siempre ha hecho en el pasado.
¿Y los demás?
La amenaza de
guerra en Cuba por parte de Bush y su círculo de cruzados, todos ellos
enloquecidos de orgullo después de Irak, es auténtica. Puede que una
campaña militar contra Cuba, que coincida con la campaña electoral de
2004 que ya está en marcha, sea el único camino que le quede para
lograr la reelección. Y cada día que pasa la economía trabaja contra
él, sin signos de mejora para 2004. Bush conoce lo que la economía le
hizo a su padre en 1992 y puede sacar la conclusión de que su misión
divina de ampliar el control militar estadounidense del mundo necesita
una crisis muy cerca de casa.
Ha llegado la hora de movilizarse contra esa guerra y no hay un día
que perder.
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