Introducción
He pasado el mes de mayo de 2003 en
Argentina, visitando fábricas, suburbios de clase obrera,
villamiserias (menesterosas viviendas de okupas sin trabajo),
asambleas de clase media baja en las ciudades, centros sociales
de desocupados y universidades, hablando con sindicalistas,
trabajadores desocupados, estudiantes y activistas académicos y
de derechos humanos, directores de cine y de video, con las
dos agrupaciones de las Madres de la Plaza de Mayo, escritores,
médicos, periodistas, y líderes políticos marxistas y de centro
izquierda. Ha sido este mi 38º año de visitas, estudios y
conferencias en Argentina. Pasé la mayor parte de mi tiempo en
el gran Buenos Aires y en la provincia de Neuquén, donde la
principal fábrica de cerámica del país pasó a manos de sus
trabajadores y está administrada sobre la base de un sistema de
autogestión democrática.
Argentina es la tercera economía más
importante de América Latina (después de Brasil y México) y,
hasta finales del siglo pasado, tenía el nivel de vida más alto
en la región. Desde entonces, padece uno de los índices de
pobreza e indigencia más elevados de América Latina, si se
excluye América Central y el Caribe.
Para entender la compleja y cambiante
realidad de la Argentina actual, tras cinco años de depresión
económica, colapso financiero y levantamientos populares y
movimientos de masas en 2001 y 2002, así como el reciente
retorno de los partidos políticos tradicionales al poder, es
importante identificar los principales acontecimientos
politicoeconómicos que dan forma a las perspectivas presentes y
futuras de los movimientos populares sociales y políticos.
Siete tesis en Argentina
(1)
En el curso de los últimos quince años, Argentina ha pasado de
un auge especulativo a mediados de los años noventa a una
depresión económica (1998-2003), a un levantamiento popular en
2001 con el florecimiento de movimientos de masas y al actual
período de auge de partidos políticos y personalidades de la
derecha.
(2)
La clase obrera y los pobres han cambiado desde la acción
directa de masas hasta un grado elevado de participación
electoral entre 2001 y 2003 –la campaña de sectores de la
izquierda a favor de la abstención en las elecciones
presidenciales de 2003 fue un fracaso total–, puesto que el 79 %
del electorado votó.
(3)
El movimiento de trabajadores desempleados para ocupar fábricas
y autogestionarlas ha sido invertido en parte, pues el Estado
desaloja por la fuerza a los trabajadores en algunas fábricas y
las restantes están en gran parte a la defensiva.
(4)
La unidad de las asambleas populares y del movimiento de
trabajadores desocupados ha cedido el paso a la fragmentación
y, en algunos barrios, al regreso de los jefes locales
peronistas con sus prácticas clientelistas.
(5)
La profunda crisis socioeconómica sigue y, a pesar de la frágil
«estabilización» durante 2003, la pobreza y los índices de
indigencia han seguido creciendo, incluso cuando el desempleo
disminuyó ligeramente.
(6)
Los «fundamentos» de la economía siguen siendo incompatibles con
cualquier recuperación económica sostenida, puesto que la
economía neoliberal sigue vigente, las nuevas inversiones
brillan por su ausencia, las compañías extranjeras privatizadas
y sus socios locales siguen descapitalizando la economía (con la
canalización al extranjero de 19 mil millones de dólares en
2002) y el poder del gran capital persiste y sustenta la
ampliación de las desigualdades sociales.
(7)
Mientras los movimientos de masas han decaído y los políticos
convencionales dominan el campo electoral, las organizaciones
populares siguen luchando; no han sufrido ninguna derrota
decisiva y son capaces de recuperar el terreno si la economía
entra otra vez en barrena y los movimientos son capaces de
construir una formación sociopolítica unificada orientada hacia
el poder estatal.
Con vistas a analizar estas «tesis»,
relacionadas con la Argentina contemporánea, es necesario
repasar brevemente los acontecimientos políticos y económicos
que condujeron al levantamiento popular de los días 19 y 20 de
diciembre de 2001. Podemos dividir los acontecimientos políticos
en dos partes, sobre la base de los presidentes de Argentina
responsables del auge y del colapso.
Las presidencias de Menem y De la Rua
La presidencia de Menem (1989-2000) fue un
período de préstamos extranjeros masivos y privatización de
todas las industrias importantes y de la mayor parte de las
secundarias, de las compañías de servicios, de los bancos y de
los servicios públicos. La mayor parte de los préstamos y de los
beneficios se gastaron en la compra de bienes de consumo de
importación, miles de millones desaparecieron robados en
monstruosas corruptelas y en la financiación del partido
justicialista-peronista de Carlos Menem. La bolsa subió por las
nubes y los bancos extranjeros abrieron cuentas en dólares
cuando el gobierno inauguró su política de convertibilidad entre
el dólar y el peso. Hacia 1998, aquella economía no productiva,
en manos extranjeras, especulativa y cargada de deudas, entró en
una recesión/depresión que se fue haciendo más profunda con cada
año que pasaba. La desocupación aumentó, las fábricas,
incapaces de competir con los exportadores asiáticos y
estadounidenses subvencionados por los Estados Unidos bajo el
régimen neoliberal de libre mercado, quebraron. Los ricos con
«información privilegiada» retiraron miles de millones y los
pusieron a salvo en ultramar. La evasión fiscal de los ricos era
la norma. Hacia el final del segundo mandato de Menem, en el año
2000, la economía entró en una espiral de descontrol y se hizo
inminente una depresión de grandes proporciones: la deuda de
Argentina dobló y ya no había manera de pagar la deuda y
financiar una recuperación. En 2000 fue elegido De la Rua,
candidato del tradicional Partido Radical, en coalición con un
peculiar centro izquierda. De la Rua exacerbó la crisis con una
estricta política monetaria, desreguló los mercados financieros
y pagó decenas de miles de millones de dólares de deuda externa,
mientras que la desocupación sobrepasaba el 20 % y los ingresos
disminuían el 30 %. En la carrera hacia su forzada dimisión, los
bancos extranjeros transfirieron más de 40 mil millones de
dólares a sus sedes en el exterior. De la Rua congeló todos los
ahorros y las cuentas corrientes, lo que despojó a la clase
media de todos sus ahorros, mientras que los bancos se
declararon insolventes, lo cual destruyó literalmente los
ahorros de los pensionistas y de cinco millones de argentinos de
clase media. La economía se hundió hasta un crecimiento negativo
del 15 % en 2001-2002, la desocupación se elevó hasta el 25 %
y los salarios cayeron en un 65 %. Protestas callejeras masivas
bloquearon las carreteras. El 19 de diciembre de 2001, cientos
de miles de empobrecidos individuos de clase media y
jubilados, desocupados y activistas sindicales se dieron cita
con cacerolas ante el palacio presidencial de la Plaza de Mayo
para exigir la destitución de De la Rua. Los manifestantes
fueron agredidos por policías a caballo provistos de
bastones. Retrocedieron, se reagruparon y entonces la policía
los recibió con balas. Más de 30 murieron y muchos resultaron
heridos. De la Rua dimitió y escapó en un helicóptero. Decenas
de miles de manifestantes se concentraron en la Plaza del
Congreso y lo asaltaron.
Entretanto, la economía quedó totalmente
paralizada durante casi dos semanas. El congreso eligió a tres
presidentes en menos de siete días, que se vieron forzados a
dimitir ante la presión de los manifestantes. Por fin, los
gobernadores provinciales, los congresistas y los dirigentes del
Partido Peronista (JP) seleccionaron a Duhalde para la
presidencia.
La presidencia de Duhalde – Primera parte:
el auge de los movimientos populares
A pesar de las alegaciones de algunos
izquierdistas, que consideraron el levantamiento popular de
diciembre de 2001 como una «situación prerrevolucionaria», en
realidad fue una rebelión espontánea de las masas con un
limitado orden del día y un amplio apoyo popular, que iba desde
los indigentes a la clase de pequeños y medios comerciantes,
antaño bien acomodados. El levantamiento en Buenos Aires se vio
seguido por explosiones similares en el interior, en las
provincias arruinadas y deprimidas.
Pero lo más significativo fue que las
asambleas populares barriales se extendieron por todas partes en
la ciudad de Buenos Aires y que en ellas se reunieron
espontáneamente cientos de miles de ciudadanos para discutir de
sus pérdidas, de sus dificultades; quienes antes habían sufrido
en silencio empezaron a hablar y a expresar su cólera en
aquellas reuniones y los debates se prolongaban durante horas.
Se votaron y aprobaron cientos de propuestas y demandas
radicales, si bien pocas de ellas fueron puestas en práctica.
Los pequeños partidos marxistas y los anarquistas intervinieron,
cada uno de ellos con su propio orden del día y su concepción
del papel que deberían representar las asambleas. Las
discusiones duraban casi toda la noche en parques, plazas y
esquinas callejeras. Los anarquistas argumentaban como «horizontalistas»
a favor de reuniones abiertas sin orden del día ni líderes ni
portavoces ni clausura. Los pequeños grupos marxistas estaban a
favor de un orden del día fijo (el de sus prioridades), de una
directiva establecida (sus cuadros) y votaciones por mayoría.
Cada grupo veía las asambleas como prototipos de «comunas» o de
«soviets».
En enero y febrero, los movimientos de
trabajadores desocupados (MTD) y las asambleas barriales
convergieron en manifestaciones de masas. Los MTD apoyaron las
exigencias de las asambleas de clase media de que se
descongelaran sus ahorros y, a su vez, participaron en el
bloqueo de calles del centro en apoyo de las demandas de empleo
y de ayuda alimentaria de los «piqueteros» (trabajadores
desempleados). Se organizaron conferencias para unificar ambos
movimientos con grupos de derechos humanos, movimientos
universitarios, intelectuales progresistas y sindicalistas. Como
mucho, se alcanzaron acuerdos temporales entre los líderes de
los múltiples grupos implicados, pero más tarde cada uno siguió
adelante según su orden del día local. Entre los trabajadores
desocupados y las asambleas barriales existía un rechazo general
de los tradicionales líderes políticos, expresado en el lema,
«Que se vayan todos», lema que para los anarquistas, los
partidarios de lo espontáneo y muchos líderes de movimiento
sociales significaba un rechazo de cualquier forma de
organización política y de actividad electoral. Lo que en un
principio era un sano rechazo espontáneo de la clase política
dominante se convirtió en un dogma, que excluía el desarrollo de
un nuevo liderazgo político y de tácticas flexibles capaces de
obtener el poder político institucional. En el punto álgido de
las movilizaciones populares, a principios de 2002, los
analistas estimaron que entre 2 y 3 millones de argentinos
participaron en una protesta pública. Las organizaciones de
desocupados contaban con más de 100.000 participantes activos
que tomaron parte en gran cantidad de cortes de rutas y en
ocupaciones pacíficas de oficinas gubernamentales.
A finales de 2001 y principios de 2002,
muchas fábricas fueron ocupadas por trabajadores amenazados de
despidos masivos y cierres de la empresa.
Estaba claro que el sistema capitalista se
hallaba sumido en una profunda crisis, que los tradicionales
líderes políticos y los partidos estaban desacreditados o en
declive y que los nuevos movimientos sociales adquirían
importancia política.
El principal desafío con el que se
enfrentaban los activistas era cómo sostener y ampliar los
movimientos, cómo asegurar la influencia o el control de los
recursos públicos para financiar empleos, viviendas y sistemas
de salud, y por último, cómo desarrollar la coherencia
organizativa, encontrar líderes políticos y un programa común
para aspirar al poder estatal.
A pesar de que el movimiento de
trabajadores desocupados en un principio se mostró prometedor
en su presión para obtener empleos y financiación para proyectos
locales, pronto se vio confrontado a una serie de problemas
graves. En primer lugar, el movimiento sólo apelaba a una
fracción de los trabajadores desempleados, menos del 10 % de 4
millones. En segundo lugar, mientras que los MTD eran bastante
militantes, sus exigencias siguieron centradas en los contratos
de trabajos públicos con salarios de 150 pesos mensuales y,
fuera de los líderes y de sus seguidores inmediatos, existía en
ellos poca profundidad o conciencia de clase política. La
asunción de muchos anarcoizquierdistas y marxistas era que la
crisis «radicalizaría» por sí misma a los trabajadores o que las
tácticas radicales de cortes de rutas crearían automáticamente
una perspectiva radical. En esto fueron particularmente dañinos
pequeños grupos de estudiantes universitarios que propagaron las
teorías de transformaciones «espontáneas», basadas no en la
búsqueda del poder político o estatal, sino en la conservación
de lealtades locales en torno a proyectos a pequeña escala. Su
gurú, un profesor británico desprovisto de cualquier experiencia
con los movimientos populares argentinos, aportó un lustre
intelectual a las prácticas de sus seguidores estudiantes
locales. En la práctica, los profundos problemas estructurales
persistieron y el nuevo gobierno de Duhalde pronto inició una
gran ofensiva destinada a pacificar los municipios rebeldes de
trabajadores desempleados con la oferta de más de dos millones y
medio de contratos de trabajo durante 6 meses, distribuidos por
sus «hombres y mujeres» leales en los barrios. Esta táctica
redujo el poder de atracción de los líderes radicales de los MTD
para ampliar sus organizaciones y proporcionó al partido
peronista unos lazos organizativos con los pobres y desempleados
para futuras elecciones, sobre todo si se considera que los
líderes del movimiento rechazaban la política electoral y
descuidaron cualquier tipo de educación política. Con el tiempo,
la mayor parte de los seguidores iniciales, «anarquistas»,
espontáneos y grupúsculos partidarios de la «ausencia de poder»
los abandonaron y se trasladaron a los comités de desocupados
controlados por los peronistas. A principios de 2003, los
tradicionales peronistas populistas de derecha entraron de nuevo
en los barrios de desocupados y establecieron relaciones
clientelistas, incluso con los activistas que seguían apoyando a
los MTD de izquierda y participando en cortes de rutas. A pesar
de que todos los grupúsculos marxistas seguían activos de alguna
forma en las asambleas, movimientos de trabajadores desocupados
y ocupaciones de fábricas, sus contribuciones organizativas
iniciales se vieron más que rechazadas a causa de sus tácticas
sectarias, que buscaban el control en gran parte de las
discusiones y ganaban posiciones de liderazgo en reuniones
prolongadas (lo cual es una especialidad de los sectarios), una
vez que la mayoría de los nuevos militantes se habían marchado
ya antes de la medianoche. El resultado fue un conjunto de
organizaciones MTD y de «coordinadores» con líderes que
competían entre sí, divididos por diferencias mínimas y con
frecuencia incapaces de actuar al unísono el Primero de Mayo, y
mucho menos en luchas diarias. Los sectarios de izquierda
dividieron los movimientos, pero no estaban solos. Otro golpe
importante al desarrollo de un movimiento sociopolítico
unificado lo dio un grupo de líderes militantes del MTD que
elevaron el ambiguo término de «autonomía» a la categoría de
principio universal. Al principio, se consideraba que autonomía
significaba independencia de la dominación de los partidos
electorales (tanto de izquierda como de derecha) y de los
corruptos sindicatos burocráticos. Con el tiempo, sin embargo,
la «autonomía» empezó a significar actitudes negativas hacia
cualquier coalición política, hacia alianzas con cualquier
sindicato y hacia cualquier forma de unidad con otros
movimientos sociales, excepto sobre una base táctica. La
«autonomía» extrema excluyó cualquier alianza estratégica.
El MTD sigue siendo hoy una fuerza vital
en los barrios pobres, pero su poder de movilización ha
disminuido, su movimiento está dividido y el gobierno se dedica
cada vez más a tentar a algunos activistas ofreciéndoles
beneficios.
Las asambleas barriales que surgieron por
todas partes en Buenos Aires entre enero y mayo también han
sufrido una metamorfosis similar. En sus inicios, los deseos
espontáneos de implicarse y hablar con vecinos y amigos, la
grave situación común de pérdidas de empleos y ahorros y los
cierres de empresas reunieron a decenas de miles en lugares de
encuentros de los barrios. Al principio había infinitas
discusiones sin fin, que permitieron airear ideas, algunas de
ellas inmediatas y prácticas, otras revolucionarias e
ideológicas y otras, por fin, peculiares y terapéuticas. Las
reuniones duraban toda la noche sin alcanzar ningún plan de
acción definitivo, salvo el de reunirse de nuevo a los pocos
días. Hubo tentativas de elegir líderes o incluso coordinadores
para convocar reuniones, formular un orden del día (cualquier
orden del día), pero los espontáneos y anarquistas intervinieron
para denunciar cualquier estructura o medida práctica como
«autoritaria» o «manipuladora». En los debates que seguían sobre
si era preciso tener un orden del día, los grupúsculos marxistas
intervinieron con argumentos racionales, pero con objetivos
sectarios. Las infinitas discusiones procesales y los prolijos
debates entre anarquistas y marxistas dieron lugar a que muchos
abandonaran el empeño. La mayor influencia de los marxistas, con
su control de los debates y del orden del día, alejó a otros
muchos hacia las cafeterías locales o a ver los partidos de
fútbol. En enero, cientos asistían a las reuniones en el Parque
del Centenario; cuando yo participé, a principios de abril de
2002, había menos de treinta personas, la mayor parte de ellas
militantes de organizaciones de partido. Las asambleas barriales
desaparecieron o se dedicaron, en algunos casos, a formar
comisiones para solucionar problemas locales.
Mientras tanto, el régimen de Duhalde
empezó a poner en marcha la maquinaria represiva del estado. El
punto decisivo fue el asesinato por parte de la policía, en
junio de 2002, de tres manifestantes desocupados que bloqueaban
el Puente de Pueyredon que conduce a Buenos Aires desde los
suburbios. Miles se movilizaron los días siguientes. Una
grabación de un videoaficionado identificó claramente a un
inspector de policía que le pegó un tiro en la cabeza a un
manifestante herido. El video fue ampliamente difundido. Una
vez que disminuyeron las protestas, el régimen inició una serie
de ataques contra okupas sin hogar que habían ocupado edificios
abandonados, desalojándolos. Durante la última parte de 2002 las
manifestaciones de trabajadores y de empleados que no cobraban
sus salarios fueron violentamente reprimidas en las provincias,
sobre todo en el noroeste (Salta, Jujuy y Tucumán). Hacia el
final de 2002, el régimen de Duhalde anunció nuevas elecciones
para mayo de 2003, sobre la base de una situación económica y
social relativamente estable y de los contratos de trabajo
mínimo para ir tirando. Duhalde anunció que no sería candidato,
desacreditado en gran parte a causa de las astronómicas cifras
de pobreza (que aumentaron del 50 % al 60 %) durante sus 18
meses en el cargo. Sin embargo, «designó» y apoyó a su
reemplazante, Néstor Kirchner, que terminaría siendo el
vencedor. En 2003, los tribunales –con el apoyo de Duhalde–
ordenaron que las fábricas controladas por los trabajadores
fueran devueltas a sus dueños, incluidos dos de los principales
símbolos de la ascensión de la izquierda: la fábrica textil
Bruckmann, en Buenos Aires, y la fábrica de cerámica Zanon, en
la provincia de Neuquén.
El régimen logró desalojar a los
trabajadores en Bruckmann, pero fracasó en Zanon. Es importante
analizar los motivos de la victoria parcial en Zanon.
Cerámica Zanon: autogestión 2003
La fábrica de cerámicas Zanon está
localizada en la provincia de Neuquén, en la región de la
Patagonia y es una de las principales fábricas de azulejos para
suelo y pared en Argentina. Fue inaugurada en 1979 con cuatro
líneas de producción, gracias a una subvención de terreno
gratuito, créditos estatales, exenciones fiscales y tarifas de
gas y eléctricas a bajo precio. Cuando los obreros la tomaron en
2002, su deuda total con diversos acreedores públicos y privados
ascendía a 75 millones de dólares, en gran parte debida a la
desviación de las ganancias y a los préstamos de dúctiles
autoridades públicas.
En 1998, los directivos de Zanon, con el
asentimiento de los acomodaticios burócratas sindicales,
despidieron a cien trabajadores, lo cual precipitó un movimiento
dentro de la planta para sustituir al delegado sindical, ligado
a la burocracia y los patrones. Al principio, el «sindicato
interno» funcionó de manera clandestina para evitar que los
burócratas lo señalasen con el dedo y los patrones procedieran
a su despido. Las exigencias de los organizadores eran la
protección del empleo, el poder del trabajador en la fábrica,
mejores condiciones de trabajo, el final de las mentiras
sindicales y, la más importante de todas ellas, la discusión
abierta y las decisiones por votación en las asambleas de la
fábrica. Los funcionarios sindicales oficiales se opusieron con
vehemencia a la exigencia de asambleas populares, así como a
otras muchas demandas. Argumentaron, junto con los patrones, que
la compañía estaba en «crisis», incluso cuando los contables de
planta cercanos a los movimientos de base presentaron documentos
que mostraban lo contrario. Los patrones de Zanon intentaron
dividir a los trabajadores según su antigüedad, mediante el
cierre de las líneas de producción más antiguas y la
conservación de las más nuevas. También introdujeron el «trabajo
flexible», con el despido de todas las trabajadoras debido a la
obligación de combinar el levantamiento de maquinaria pesada con
el manejo operativo de ésta. A finales de 1999, el movimiento de
las bases ganó las elecciones de la fábrica y, en 2000, salió
victorioso en las elecciones provinciales por un margen de 3 a
1. Hay varias fábricas de cerámica en Neuquén. En el proceso que
condujo a la ocupación de la fábrica en octubre de 2001, los
patrones retrasaron el pago de salarios, cerraron la enfermería
y la cafetería y, el 28 de noviembre de 2001, despidieron en
masa a la mayor parte de los trabajadores y procedieron al
cierre patronal de la fábrica. El 30 de noviembre, los
trabajadores de Zanon organizaron una marcha pacífica para
presentar una solicitud de intervención al gobierno, pero fueron
brutalmente reprimidos. Los trabajadores empezaron a distribuir
octavillas en barrios, centros de trabajadores desocupados y
entre los empleados del sector público, como profesores y
personal sanitario. Su lema, «Una fábrica dirigida por los
trabajadores al servicio de la comunidad», apelaba a amplios
sectores de la sociedad, incluidos la Iglesia católica y los
grupos cívicos. En marzo de 2002 una marcha multisectorial de
tres mil personas liberó a diecinueve trabajadores de la
cerámica que estaban encarcelados. El 2 de marzo de 2002, los
trabajadores que ocupaban la fábrica votaron por iniciar la
producción. Tenían la opción de permanecer desempleados y
recibir una cantidad de subsistencia de 150 pesos al mes (50
dólares) o tomar el control de la fábrica. El voto fue
unánimemente favorable a una fábrica gestionada por los
trabajadores. En una asamblea se fijó por votación un salario
máximo de 800 pesos mensuales, pagados de forma igualitaria a
cocineras, contables, trabajadores especializados y
semicualificados. Los trabajadores formaron comisiones para la
administración, las ventas, la seguridad y la producción. La
planta emplea a trescientos diez trabajadores, de quienes
dependen económicamente mil quinientas personas. La política de
los trabajadores consiste en «comprar material local» en la
medida de lo posible: materias primas, piezas de maquinaria,
alimentos, ropa de trabajo. etc. El poder adquisitivo de los
trabajadores ha estimulado pequeños comercios locales. Los
trabajadores de Zanon han trabajado estrechamente con el MTD en
Neuquén, han participado en manifestaciones de masas en defensa
de la gestión de la fábrica por parte de los trabajadores y en
las demandas de vivienda, trabajos públicos y empleos. Durante
los pasados quince meses, la fábrica de Zanon ha estado
funcionando bajo la tutela de los trabajadores, mientras que el
Estado intervenía otras fábricas en las mismas circunstancias,
desalojaba a los trabajadores y devolvía las plantas a los
patrones.
El éxito de los trabajadores de Zanon en
el mantenimiento del control y en la continuación de la
producción se debe a varios factores. Ante todo, pusieron en
marcha una amplia alianza entre diversos sindicatos (maestros,
funcionarios, profesores de universidad), estudiantes, grupos
religiosos –incluido el Obispo– y organizaciones de
trabajadores desocupados. Estas fuerzas se han movilizado para
bloquear las incursiones de la policía y presionar al alcalde de
la ciudad y al gobernador estatal a que negocien en vez de
reprimir. En segundo lugar, los trabajadores de la fábrica
desarrollaron en sus asambleas un alto grado de solidaridad y de
conciencia de clase antes de la toma de la fábrica. Esto
facilitó discusiones animadas y abiertas y la elección de un
comité de coordinación que reflejaba los diversos intereses de
los trabajadores. Algunos de los líderes son miembros de
pequeños partidos marxistas, pero son una minoría y, lo que es
más importante, su lealtad primera es hacia la fábrica, hacia la
escucha en las asambleas y hacia la creación de una coalición.
No están allí para imponer una línea sectaria. Ninguna
«personalidad» domina las reuniones o asambleas.
En tercer lugar, los trabajadores de Zanon
han «aprendido lo que no sabían» en el manejo de la fábrica. Han
compensado sus carencias buscando apoyo técnico y administrativo
y siguiendo cursos cortos de ingeniería y de gestión, así como
con la ayuda de los pocos administradores que se quedaron y que
trabajan en la nueva fábrica dirigida por trabajadores. Igual de
importante es que los trabajadores han aprendido haciendo las
cosas. Combinan las actividades productivas con la movilización
política, en solidaridad con diversos grupos oprimidos, como los
indios mapuches, los trabajadores desocupados y otros. Hacen
turnos de trabajo de vez en cuando para asistir a
manifestaciones políticas y convocan asambleas para
«acontecimientos especiales». Las comisiones toman la mayoría de
las decisiones diarias relacionadas con la producción y luego
presentan cada semana un informe a las asambleas. La asamblea
eligió a un antiguo administrador superior como director
ejecutivo, sujeto a su autoridad. Dos contadores y un
especialista en informática mantienen los libros de contabilidad
de la fábrica. Personal sanitario universitario –enfermeras,
médicos y psicólogos– trabaja a diario de forma voluntaria en la
planta junto a los especialistas de primeros auxilios. Según el
psicólogo de la planta, el estrés es el principal problema de
salud y se debe a la aceptación de responsabilidades nuevas, al
miedo a que el gobierno recupere la planta, al hostigamiento
constante de los jueces y a las órdenes judiciales de desalojo.
Algunos trabajadores estaban tan acostumbrados a seguir órdenes
que sus nuevas responsabilidades hicieron que sufrieran de
estrés por miedo al fracaso. La disciplina de la fábrica es
elevada, el ausentismo o los retrasos son bajos y los
trabajadores están impacientes por agregar capacidad de
producción para aumentar el empleo entre sus aliados
desocupados.
Los principales problemas a que se
enfrentan los trabajadores de Zanon son: primero, la amenaza de
una orden judicial de desalojo por la fuerza. Los trabajadores
de Zanon han obtenido 40.000 firmas para pedir que la
legislatura estatal expropie la fábrica bajo su control.
En segundo lugar, la planta funciona al
20 % de su capacidad debido a la carencia de créditos, capital y
préstamos –los gobiernos estatales y provinciales se niegan a
proporcionar cualquier fondo– y ello a pesar de que el Estado se
ha gastado miles de millones ayudando a bancos y monopolios
privados.
En tercer lugar, los trabajadores tienen
que mejorar su control de la comercialización. El Estado y los
grandes capitalistas en Neuquén han presionado a las empresas
para que no compren productos de Zanon: el gobernador, que
alardea del lema «Compre Neuquén», importa cerámica de Brasil en
vez de comprarla en Zanon y participa en una campaña concertada
para socavar la fábrica autogestionada.
En cuarto lugar, los trabajadores tienen
que establecer un fondo de depreciación. Los gastos actuales
incluyen el 70 % para materias primas, el 15 % para salarios y
el 15 % para impuestos, electricidad, agua y beneficios netos,
lo cual deja muy pocos fondos para nuevas inversiones o para
costos de reemplazo de capital. Los trabajadores son conscientes
de estos problemas y, tal como declaró uno de sus líderes,
«aprendemos constantemente, comenzamos sin experiencia pero ya
hemos gestionado la fábrica durante dieciocho meses, y
seguiremos creciendo, aumentando, empleando tantos desocupados
como sea factible para servir a la comunidad».
Mientras que los trabajadores han
permanecido firmes en sus luchas, oponiéndose a ataques físicos
y detenciones, enfrentándose y derrotando a burócratas
sindicales, desafiando al sistema judicial favorable al patrón,
los asaltos violentos de la policía y los boicoteos del
gobernador y de las principales corporaciones, su heroísmo ha
logrado mantener la fábrica porque también buscaron y se
aseguraron el apoyo de ingenieros y técnicos para que los
entrenaran y los aconsejaran, y también porque crearon una
amplia coalición que incluía a la izquierda, pero también a la
iglesia, a sindicatos, estudiantes y desocupados. Sin la amplia
coalición y el apoyo activo de los profesionales, los
trabajadores no habrían tenido éxito. La ausencia virtual de
política sectaria y el amplio apoyo comunitario probablemente
tiene mucho que ver con el lugar geográfico en que se encuentra
Zanon. En las provincias, las luchas internas sectarias son
menos intensas, ya que todos se conocen y trabajan juntos cara a
cara y la camaradería en el lugar de trabajo es más fuerte que
los altercados ideológicos, en particular cuando llega la hora
de cerrar filas ante una gran amenaza. De la misma manera, en
las ciudades provinciales el concepto de «comunidad» es más
fuerte y los vínculos de redes sociales con la familia, los
vecinos y las organizaciones sociales crean lazos más cercanos
de solidaridad social, en la que la «reciprocidad» en el apoyo a
la lucha de los demás es un rasgo común.
Los trabajadores de la telefonía: de
trabajador temporal a permanente
Otro ejemplo de victoria en el lugar de
trabajo en la lucha de las masas de trabajadores argentinos
desde diciembre de 2001 se puede encontrar en la lucha de un
grupo de jóvenes trabajadores temporales contra la compañía
telefónica. El éxito de la lucha se basó en gran parte en la
autoorganización y la cooperación y la ayuda de los trabajadores
militantes veteranos, que antes habían luchado sin éxito contra
la privatización de la compañía. Casi todos los trabajadores
temporales eran estudiantes universitarios que, supuestamente,
se encontraban en periodo de «formación en el trabajo» para una
futura carrera. De hecho, eran trabajadores a contrato,
excluidos de cualquier ventaja social, al igual que otros
millones de jóvenes trabajadores. Los salarios mensuales para
«temporales» varían entre 115 dólares en las provincias y 200
dólares en Buenos Aires. La universidad recibía el 10 % del
sueldo en calidad de agencia de trabajo. Los
trabajadores-estudiantes firmaron un contrato de cuatro años
como «temporales».Los trabajadores permanentes ganaban 350
dólares más la pensión, los planes de salud, vacaciones y dos
pagas extraordinarias al final del año. Al cabo de los seis
primeros meses, los «temporales» comprendieron dos cosas: (1)
los empleos no tenían nada que ver con su educación
universitaria y (2) no había otros empleos en el mercado de
trabajo. Comprendieron que eran «trabajadores», no estudiantes
en tránsito hacia algo mejor. Durante más de un año, los
«temporales» mantuvieron una organización clandestina y
publicaron un boletín. En diciembre de 2001, justo antes del
levantamiento popular, la compañía telefónica despidió a los
líderes de los trabajadores temporales. Aquellos que trabajaban
junto a trabajadores permanentes estaban mejor organizados, en
gran parte porque los delegados sindicales en los edificios
donde trabajaban les proporcionaron apoyo y solidaridad.
Organizaron una huelga que se extendió a otros edificios y
sectores que eran exclusivamente temporales. La burocracia
sindical intentó romper la huelga y luego la aceptó, debido a la
diseminación de las protestas de masas en las calles, que
llevaron al levantamiento popular de los 19 y 20 de diciembre de
2001. Los trabajadores temporales ganaron la huelga, se
convirtieron en trabajadores permanentes y se aseguraron una
mejor protección y «períodos de prueba» más cortos para
trabajadores temporales recién empleados. Está claro que la
victoria de los trabajadores temporales dependió de la
solidaridad intergeneracional y de la desaparición de fronteras
y miedos entre trabajadores «temporales» y permanentes. Los
trabajadores más antiguos temían que los temporales los
sustituyeran y éstos pensaban que los permanentes no les harían
caso en la búsqueda de sus propios intereses económicos. El
puente crucial lo constituyeron los militantes delegados
sindicales con conciencia de clase, que tenían la experiencia y
la capacidad para oponerse a los burócratas sindicales y
proporcionar los instrumentos organizativos para la victoria.
Río Turbio
Río Turbio es un pueblo minero en la poca
hospitalaria punta austral de Argentina, con un militante
sindicato de mineros del carbón que condujo satisfactoriamente a
una lucha para nacionalizar de nuevo la mina –al menos
parcialmente– con la participación de la burocracia sindical.
Varios de los líderes sindicales son miembros de un partido
marxista, pero se consideran primero sindicalistas y luego
miembros de su partido, de cuyas opiniones y prácticas sectarias
discrepan con frecuencia.
La fábrica fue privatizada en 1994 y
parcialmente nacionalizada de nuevo a principios de 2002. Los
burócratas sindicales de la compañía de electricidad poseen el
25 % de las acciones, como hacen otros propietarios privados de
acciones. La nueva nacionalización parcial fue el resultado de
una acción conjunta entre el sindicato local de mineros del
carbón, otros sindicatos del sector público y una asamblea de la
comunidad general de 3000 personas (el 21 % de los 14.000
residentes de Río Turbio). La práctica de una solidaridad y una
participación comunitaria de masas fue muy anterior a los
acontecimientos de diciembre de 2001, aunque quizás el tamaño de
la asistencia reflejara la influencia de los acontecimientos en
Buenos Aires. Después del éxito parcial de los trabajadores, la
asamblea barrial desapareció, y reaparece cada vez que hay una
cuestión importante que afecta a la ciudad o a la región. La
clave de la asistencia comunitaria fue el contrato de la empresa
minera y el papel del estado en impedir que la compañía
privatizada quebrase debido a la mala gestión y a la
desinversión.
En 2003, la mayoría de los trabajadores
votó a favor de Néstor Kirchner en las elecciones
presidenciales, como una alternativa moderada al derechista
Menem, y los sindicalistas de izquierda no tuvieron ninguna
influencia sobre el comportamiento en las urnas de los miembros
del sindicato: «la campaña a favor de la abstención fracasó y
los candidatos de los partidos marxistas apenas obtuvieron votos
(menos del 2 %). Los sindicalistas marxistas criticaron a los
partidos de izquierda –incluidos los suyos– por participar en la
política «con un cubo en sus cabezas» y sus lemas resonándoles
en los oídos, lo que hizo que confundieran el eco de sus propias
voces con lo que pensaban y decían la mayor parte de los
trabajadores. Los líderes sindicales de izquierda en Río Turbio,
a diferencia de los marxistas en Buenos Aires, no consideraron
el levantamiento popular de diciembre de 2001 como una
«situación prerrevolucionaria», porque, según señalaron, ni
entonces ni ahora había ninguna estructura revolucionaria». Los
líderes mineros estudiaron el declive del movimiento de masas
desde finales de julio de 2002 hasta la actualidad (junio de
2003) y señalaron como un momento clave de tal declive la
intervención estatal en las minas en junio de 2002, que
sustituyó la asamblea de trabajadores por funcionarios
designados.
Presidente Kirchner: perspectivas para
2003
La elección de Néstor Kirchner en mayo de
2003 marca una nueva línea divisoria en la política argentina,
línea que probablemente tendrá un impacto importante sobre la
clase obrera y las luchas populares en el futuro inmediato. Los
comentarios iniciales de Kirchner, los nombramientos para su
gabinete, la purga de militares y sus promesas de deshacerse de
los corruptos y derechistas jueces del Tribunal Supremo, así
como su encuentro con grupos de derechos humanos son un buen
augurio para el futuro del país. Sus nombramientos reflejan un
enfoque pragmático y moderado que mezcla a partidarios
personales de su propia provincia de Santa Cruz con un
heterodoxo ministro económico social liberal y varios
partidarios del saliente régimen de Duhalde. Su oposición a las
exigencias del Fondo Monetario Internacional de reiniciar de
inmediato el pago de la deuda y la promesa de posponer o
condicionar los pagos a la recuperación económica son respuestas
racionales para un país en el que el 60 % de la población se
encuentra por debajo del umbral de pobreza y más del 20 % está
desocupado. Su «retiro» forzoso de cincuenta generales y
almirantes de derecha y su reemplazo con oficiales destinados en
su provincia de Santa Cruz es una medida de seguridad para
debilitar la capacidad golpista de los Estados Unidos y sus
aliados entre la elite argentina. Kirchner ha dado la prioridad
a la financiación de un proyecto de trabajos públicos de tres
mil millones de dólares para reducir el desempleo.
Se trata de medidas progresistas que han
gustado a la mayoría de los argentinos. Sin embargo, hay varios
elementos contradictorios en el orden del día de Kirchner. Ante
todo está la cuestión del poder político: su estrategia
económica de capitalismo de estado, regulado y dirigido, no
depende de la cooperación, la inversión y la producción por
parte de la banca, la agroexportación y las compañías
controladas por extranjeros, ninguna de las cuales se ha
mostrado favorable a cualquiera de las medidas mencionadas. Si,
tal como parece probable, prosiguen sus actividades
especulativas, envían sus ingresos al extranjero y no invierten
el dinero, Kirchner se enfrentará a la opción de aumentar el
papel del Estado y nacionalizar de nuevo las compañías
lucrativas o capitular y dar marcha atrás en sus compromisos. La
segunda contradicción se encuentra entre su promesa de mantener
una política fiscal ajustada y proporcionar una compensación a
las compañías privadas que hayan salido perdiendo a causa de la
devaluación y a la necesidad de aumentar los gastos para
financiar proyectos generadores de empleos. Kirchner propone
financiar las nuevas inversiones mediante una recaudación fiscal
más estricta y el castigo a los evasores fiscales, pero si la
historia pasada sirve de ejemplo, le será difícil cumplir con
estas medidas. Además, la mayor parte de la clase dirigente
argentina considera el castigo de los evasores fiscales como un
«acto hostil» y puede condicionar las ofertas de inversiones
futuras a una política de clemencia ante la evasión fiscal.
En cuarto lugar, la derecha peronista,
incluidos los partidarios de Menem y del régimen de Bush, y los
banqueros poseen una fuerza importante en el Congreso, en el
Tribunal Supremo y entre los gobernadores de varias provincias.
Este año hay elecciones para renovar esos cargos. Si Kirchner
espera proseguir con su política pragmática, tendrá que
movilizar y organizar a las clases populares, lo cual lo
obligaría a una ruptura con el Partido Peronista, algo bastante
improbable. En consecuencia, tendrá que echar mano de decretos
presidenciales o poner en peligro la mayor parte de sus reformas
de la estructura del poder institucional.
En el momento de su investidura, tenía el
apoyo de facto de las tres confederaciones sindicales, de la
gran masa de la clase media empobrecida, de importantes sectores
de funcionarios y de sus sindicatos y de la mayoría de empresas
pequeñas y medianas. El Fondo Monetario Internacional y el
capital financiero local e internacional lo están presionando
para que permita que los acreedores recuperen las hipotecas de
las decenas de miles de propiedades de las clases medias bajas
de argentinos, es decir, de las mismas clases que esperan de él
nuevas iniciativas que lleven al país a un mayor desarrollo
nacional.
La llegada de Kirchner es un reto a los
nuevos movimientos de trabajadores desocupados y sindicalistas
militantes, que han decidido suspender las confrontaciones
durante tres meses para permitirle al régimen que defina y ponga
en práctica su política social y económica. Dado el amplio apoyo
de que goza Kirchner, se trata de un enfoque realista y
práctico, que deja abierta la posibilidad de una acción directa
si Kirchner no logra cumplir con sus promesas.
Conclusión
La política argentina ha dado un vuelco
completo, desde un levantamiento popular que obligó a la
dimisión de un presidente y de varios presidentes en ciernes
hasta el retorno de un presidente que casi salió elegido (Menem
se retiró antes de la segunda vuelta). Los argentinos han pasado
de la lucha en las calles a las urnas, del desprecio por los
políticos tradicionales a la esperanza de que el presidente
recién elegido empiece a invertir la caída del nivel de vida y
reactive la economía. Este ciclo no ha sido el de un automático
«movimiento pendular», sino que se ha basado en la incapacidad
de la izquierda, de los marxistas, socialistas, anarquistas, «horizontalistas»
y otros muchos para organizar y canalizar el amplio descontento
que se extendió por todo el país durante más de seis meses tras
el desplome del sistema financiero y el empobrecimiento de las
masas. Si alguna vez las «circunstancias objetivas» llegaron a
favorecer una transformación radical, ése fue el período entre
diciembre de 2001 y julio de 2002, con sus movimientos de masas
en las calles, una clase media proletarizada en su nivel de
vida, si no en sus perspectivas, y la clase dirigente
desacreditada pero nunca desalojada o eficazmente derrotada;
también, con un movimiento de trabajadores desocupados para
ocupar fábricas abandonadas: 160 ocupaciones de las 2500
compañías cerradas tuvieron lugar entre 2001 y 2002. Más allá de
los errores tácticos, varias cuestiones teóricas pasaron a
primer plano. Una rebelión popular de masas no es una
revolución. El hecho de concluir, como tantos de izquierdistas y
anarquistas hicieron, que hubo una «situación prerrevolucionaria»
(entre diciembre 2001 y febrero de 2002) y de actuar como si la
búsqueda de «reformas» y la creación de coaliciones con
sindicatos progresistas no fuese necesaria, dio lugar al
aislamiento de la vanguardia del movimiento y a la pérdida de
contacto con la mayoría de trabajadores desocupados
descontentos y con la clase media. El segundo punto teórico es
que ninguna organización tenía apoyo suficiente como para asumir
cualquier papel de mando (incluso si todas ellas fingían ser
autosuficientes) ni de definir un proyecto político hacia la
toma, con el tiempo, del poder estatal. En ausencia de un mando
unificado y cohesivo, los diletantes intelectuales y los líderes
locales dividieron los movimientos en nombre del fetichismo
autonomista y del vanagloriado vanguardismo, y todos ellos se
pusieron el «cubo en la cabeza» y se creyeron sus propios lemas
espontáneos o revolucionarios... que seguramente no resonaron
entre las masas.
El tercer punto es que los movimientos
sociales (sobre todo algunos de ellos) que carecen de una
vocación para alcanzar el poder y rechazan la lucha política,
terminan como grupos de presión dentro de un sistema político
dominado por los políticos tradicionales y por los partidos. El
lema antipolítico «Que se vayan todos» intimidó a los eventuales
candidatos de izquierda y, en última instancia, llevó a la
dominación completa de la política electoral por parte de los
partidos tradicionales de derecha.
El punto final y más importante es que,
cuando la masa de la población se rebeló y le dio la espalda a
los partidos tradicionales, no estaba preparada u organizada
para una insurrección política de tipo «barricadas»: buscaba una
formación política de masas unificada, creíble y capaz de
ofrecer al electorado una salida de la crisis. Incluso si una
minoría de activistas pensó que había llegado el momento de
luchar por el poder, estaban fragmentados, divididos y carecían
de líderes experimentados, capaces de organizar una opción
seria, incluso minoritaria, por el poder, en ausencia de medios
militares para consumarla. Sin duda las ilusiones de
«insurrección» se disiparon después de los días embriagadores de
diciembre de 2001 y principios de enero de 2002. La tarea de
organizar a los tres o cuatro millones de desocupados estaba en
el orden del día; los trabajadores empleados del sector privado
estaban todavía controlados por los dirigentes sindicales. Estos
problemas nunca fueron resueltos. Los cientos de miles de
activistas radicalizados no se convirtieron en millones. Y, sin
embargo, había una manera de organizar una alternativa electoral
unificada de las masas para iniciar el proceso de cambio, ya que
la clase dirigente estaba dividida en cinco facciones
enfrentadas. Esto también fue desaprovechado, por parte de los
anarquistas, que rechazaron las elecciones; de los líderes de
movimientos, que rechazaron la política como algo corrompido por
naturaleza; de las sectas marxistas, cada una de las cuales
presentó a sus gurús singulares para consolidar su 2 % del voto.
Una oportunidad perdida para la transformación no cuenta toda la
historia. Tal como demuestran nuestros estudios de caso de Zanon,
de los mineros de Río Turbio y de los jóvenes trabajadores de
la telefonía, hubo victorias sustanciales: Zanon demostró que
las fábricas dirigidas por trabajadores pueden tener éxito; los
trabajadores temporales pueden cambiar sus contratos de trabajo;
las asambleas populares pueden trabajar con los sindicatos y con
grupos de desocupados. El levantamiento de diciembre es un
punto de referencia para millones de argentinos. Los días
heroicos de solidaridad de masas y los cambios de régimen son un
recordatorio de lo que el poder popular puede lograr y logrará,
incluso si es espontáneo. Es también un recordatorio de que si
el presidente Kirchner fracasa, el ciclo puede invertirse otra
vez hacia la política de masas, y es posible que entonces los
activistas y militantes tengan en cuenta las experiencias
positivas y negativas del pasado.
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