El escritorio de Manuel Talens

El traductor activista

Cómo navegar por una identidad trastornada y disfrutar de los síntomas

LA MÚSICA, LA CULPA Y LA RESPONSABILIDAD

Gilad Atzmon (fotografía de David Foreman)

Gilad Atzmon *

Traducido para Rebelión por Manuel Talens

 

Hace aproximadamente treinta y ocho años nací en una pequeña ciudad cercana a la costa oriental del Mediterráneo. Por lo que soy capaz de recordar, yo diría que en mi niñez me sentía más que feliz y orgulloso de mi herencia étnica judía y de mi sentido de pertenencia nacional.

Me encantaba considerarme como el prototipo de la víctima judía e incluso de pasar el resto de mi vida culpando al mundo de ser antisemita. Tal como todos llegamos a aprender algún día, el judaísmo moderno y el sionismo se han especializado en crear sentimientos de culpa en almas gentiles. Conforme iba haciéndome un poco mayor, mi mente empezó a resquebrajarse y por las grietas se coló el escepticismo. De hecho, fue durante la guerra del Líbano, como soldado israelí, cuando me di cuenta de que yo era un opresor, no una víctima. Y fue así como empecé a sentir una enorme culpabilidad asociada con mi identidad. Todo culminó con mi visita a Anzar, un campo de concentración israelí en tierra libanesa.

Nunca olvidaré los miles de palestinos rodeados por alambradas de púas ni los torreones con centinelas militares bajo el sol ardiente de agosto. Recuerdo las diminutas celdas de cemento que mi ejército reservaba para castigar a aquellos palestinos tan resistentes. Supe entonces que no podría aguantar más de cinco minutos en aquellas condiciones. Lo que vi fue el mayor y más claro ejemplo de opresión y abuso que había conocido hasta entonces. Tras haber contemplado escenas devastadoras, me era imposible aceptar sin violencia que todas aquellas atrocidades se hacían en mi nombre. No podía soportar la idea de que mi existencia como israelí implicase la dominación continua de millones de palestinos. Comprendí con dolor que mi identidad se basaba en la negación de los derechos legítimos de un pueblo inocente a regresar a su tierra. Aprendí que mi existencia como israelí se basaba en la ignorancia absoluta del Otro. Para entonces, mi sentimiento de víctima se había evaporado por completo y desperté a la terrible certeza de que la identidad que me habían dado se acompañaba de una culpa enfermiza.

Como es fácil imaginar, los sentimientos de culpa distan mucho de ser algo productivo. Al contrario, hacen que uno se sienta perdido. La horrible idea de que uno pertenece a un club que se basa en una clara injusticia no se resuelve con facilidad. Pero yo tenía las suficientes luces como para comprender que los clubes nunca cambian sus reglamentos de manera voluntaria. Supe, pues, que mis sentimientos de repulsa nunca se resolverían, a menos que me enseñara a mí mismo a hacer caso omiso de mi conciencia moral o que me diera de baja en el club del mal. Tenía treinta y pocos años cuando abandoné Israel y me instalé en Londres. Pensaba entonces que esta huida rebajaría la viveza de mis sentimientos de culpa y la decepción hacia mi pueblo, pero mis esperanzas fueron efímeras. En realidad, el hecho de vivir en Londres, que es un enclave multicultural, arrojó aún más luz sobre mi preocupada identidad. Dado que yo estaba considerado y me presentaba al público como un jazzman israelí, empecé a tener muy claro que tendría que adoptar una posición inequívoca contra mi pueblo, y ello de una manera lo más perceptible y obvia posible. La identidad es un concepto muy difícil y conlleva dos elementos dolorosos que no se pueden evitar:

Primero, la identidad del Yo necesita la aquiescencia del Otro y está determinada por la realización personal que, a su vez, ha de coincidir con la aprobación de dicha realización por parte del Otro. Por ejemplo, me considero un músico de jazz y he logrado que mi público acepte esta conquista personal. Por otra parte, se me califica como israelí, pero no porque yo quiera serlo, sino más bien por el  modo en que el Otro me percibe. Segundo, cualquier identidad particular se basa en una enorme red de infinitos significados, en los que cada elemento está determinado por los demás elementos de dicha red. Uno es lo que es porque no es otra cosa. Soy un israelí porque no soy un estadounidense, no pertenezco a la realeza, no formo parte de la mano de obra palestina barata, no soy fulano ni mengano, etc. Según esta línea de pensamiento, se puede deducir que la identidad es una noción dinámica que cambia sin cesar, en un flujo infinito. Está determinada por más de un factor y depende de todo el campo de significados.

El concepto de identidad conduce al proceso complementario y dialéctico de realización personal, que nunca se puede alcanzar por completo. La vida en una sociedad multicultural, en la que muchas identidades diferentes se combinan y dan lugar a un híbrido lleno de color, hace que sea aún más complicado y que uno llegue a una comprensión mucho más profunda de la esencia y del significado a través del sentido de la multiplicidad. El hecho de mantenerse en contacto con uno mismo se convierte en un trabajo a tiempo completo. Al aceptar el nuevo papel de mi identidad dentro de una sociedad muy mezclada, comprendí que no podría ocultarme más tras una culpa heroica. No basta con proclamar que uno se siente culpable, hay que hacer algo que refleje oposición. Mi difícil identidad se convirtió en una forma de mediación entre mi ambiente social y yo mismo. Al ser un artista de jazz muy activo en los frentes europeo y británico, comprendí que la reprobación que sentía por mi pueblo determinaba algunos aspectos principales de mi identidad en cualquier parte a donde iba. Empecé a representar un papel activo, que dio lugar al rechazo total de las actividades incorrectas de mi pueblo. Expuse mis opiniones sobre la situación en mi patria de una manera absolutamente explícita. En otras palabras, me hice responsable. Me considero personalmente responsable de lograr que se acabe la opresión del pueblo palestino. Intento hacer que mi música sea una voz puesta a la disposición de quienes tuvieron la mala fortuna de sufrir la exposición más radical de las discrepancias de mi pueblo. En mi música intento crear un collage de culturas, principalmente árabe y judía, dentro de la dimensión del jazz. Tomo algunas oraciones judías y las interpreto con ritmos árabes y viceversa. Trato de estimular a mis oyentes a la reflexión, a la turbación, a momentos de empatía. Trato de atraerlos hacia mi propio abismo privado y personal. Cuando una parte de mi público participa en mi abismo, nos desbarrancamos juntos durante dos horas y media. Quienes compran mi álbum... ¡se desbarrancan para siempre!

Es curioso, pero al estar atrapado en mi propia lucha por la identidad, me di cuenta de que mi música empezó a ser cada vez más personal. La composición musical llegó a ser más y más una suerte de autorreflexión. Como soy un artista de jazz (una forma de arte que se vuelve cada vez más analítica, inteligente y académica), encuentro que la complejidad personal y la lucha social alimentan una expresión emocional que casi ha desaparecido de la música improvisada. Encuentro que el estímulo que proporciona un fuerte compromiso social aporta un florecimiento radical a la actividad artística. Esto provoca algo de cólera, que se acompaña de dolor personal y revela la multiplicidad de la vida. Confrontado con la dificultad de mi difícil pasado y de mi origen nacional, he aprendido a navegar por las aguas turbulentas de mi trastornada identidad y, al igual que una buena madre judía, ahora incluso disfruto de mis síntomas.

 

Gilad Atzmon (fotografía de Bob Meyrick)

 

* Jazzman, escritor y activista de izquierda, el polifacético Gilad Atzmon es una estrella ascendente de la escena cultural británica. Nacido en Israel y criado dentro del judaísmo, se exiló a Londres en los años noventa. Apoya sin matices la liberación del pueblo palestino, se opone de manera rotunda al principio racial del Estado de Israel y milita a favor de la creación de un único estado democrático, que acogería en su seno tanto a palestinos como a israelíes. Su último CD, grabado con el multicultural The Orient House Ensemble, se titula Exile. Gilad Atzmon ha publicado una novela, Guide to the Perplexed, que con el título de Guía de perplejos acaba de aparecer en castellano bajo el sello de Ediciones del Bronce (Grupo Editorial Planeta, Barcelona 2003).  El lector puede visitar su sitio web en el siguiente URL: www.gilad.co.uk

 Exile  Guía de perplejos

 


 

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