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Sobre el
antisemitismo de izquierdas y el estatuto especial de Israel
Joel Kovel

Traducción de Manuel Talens
La
enmarañada cuestión del antisemitismo dentro de los Estados
Unidos destacó el pasado febrero en una encendida controversia
entre el rabino Michael Lerner, editor y fundador de Tikkun,
y el grupo pacifista marxista-leninista ANSWER (acrónimo de Act
Now to Stop War and End Racism [Actúa ahora para detener la
guerra y acabar con el racismo]). En las líneas que siguen no
tomaré posición alguna sobre quién tuvo o no razón en este caso
particular, ni tampoco sobre el comportamiento de ANSWER, aunque
puedo agregar que mi propia experiencia con dicho grupo en
actividades locales pacifistas no coincide con la
caracterización que le atribuye Lerner. Mi interés, más bien, se
centra en la definición del antisemitismo de izquierdas que
ofrece Lerner en sus mensajes de correo electrónico y en un
editorial que escribió durante dicha controversia en el Wall
Street Journal. No pongo en duda el sincero y apasionado
deseo de Lerner de que se acaben los estragos de la violencia a
que se entregan los dos bandos ni su predisposición a conseguir
este objetivo mediante un remedio espiritual (de hecho, escribo
con regularidad una columna para Tikkun y he trabajado
con Lerner durante años sobre muchas de estas cuestiones). No
obstante, el análisis político derivado de su empleo de la
noción de antisemitismo me resulta tan problemático como los
medios con que propone identificar esta cuestión con la
izquierda.
La
noción de antisemitismo de izquierdas está necesariamente ligada
a la cuestión de Israel y a la lógica sionista que lo anima. Por
lo tanto, las cuestiones examinadas aquí ponen el dedo en la
llaga de las decisiones que hemos de tomar sobre
Israel/Palestina, decisiones que se adentran en las ambiciosas
propuestas lanzadas recientemente como directrices para el
próximo seminario de Tikkun en Washington y que van mucho
más lejos. Entendemos que el antisemitismo obscurece la realidad
de lo que es ser judío y ha permitido que se cometan grandes y
pequeñas atrocidades contra dicho pueblo. La cuestión que se nos
plantea ahora es ésta: ¿puede una crítica defectuosa del
antisemitismo obscurecer la realidad de Israel y, con ello,
debilitar la lucha contra sus violaciones de los derechos
humanos?
Para
Lerner, existe un antisemitismo de izquierdas cuando: a) la
crítica de las violaciones de los derechos humanos de Israel no
se equilibra de manera uniforme con una crítica equivalente de
otros violadores de derechos humanos, ya se trate de terroristas
palestinos o de otros terroristas estatales y b) cuando
se niega el derecho a la existencia de Israel. He aquí unas
cuantas muestras de sus comentarios sobre el asunto,
seleccionadas de su editorial y de sus correos electrónicos:
• La
posición “...propuesta por la comunidad de Tikkun
consiste en que las movilizaciones han sido dirigidas por un
grupo denominado ANSWER, controlado por comunistas sectarios que
odian a Israel y desean su destrucción. ANSWER ha utilizado las
manifestaciones pacifistas para infamar a Israel y propagar que
la guerra en Irak servirá los intereses israelíes.”
• “el
contexto es todo. No se trata del hecho de criticar a Israel,
sino de parcialidad y de haber seleccionado a Israel en
particular. En la comunidad de Tikkun hemos criticado
abiertamente la represión israelí de los derechos palestinos.
Pero también hemos criticado los actos terroristas contra
civiles israelíes. Hemos pedido a los palestinos que rechacen
cualquier forma de violencia y sigan la senda de Martin Luther
King, Jr. y de Gandhi, cuyas luchas contra la opresión tuvieron
éxito en parte porque le mostraron al opresor que el oprimido
reconocía su humanidad y, por ello, no iba a cometer actos de
venganza cruel cuando tuviera ocasión. Fue este mismo espíritu
lo que hizo posible la transformación de Sudáfrica bajo el
liderazgo de Nelson Mandela. Por otra parte, el terrorismo hace
que la población israelí caiga en manos de las fuerzas más
derechistas de esa sociedad. Por eso, si uno acude a una
manifestación en la que se critica a Israel fuera de un contexto
más amplio, el sentimiento de ataque a Israel prevalece sobre
todo lo demás.”
• “Además, si se
seleccionan los abusos de los derechos humanos de Israel como
objetivo principal y por encima de esto sólo se critica al
gobierno estadounidense, no queda más remedio que preguntar:
¿Por qué se silencian en estas manifestaciones los abusos mucho
mayores contra los derechos humanos de Sadam Husein? ¿O de China
en el Tíbet? ¿O de los rusos en Chechenia? ¿O de los regímenes
en Arabia Saudita y Siria y Egipto y docenas de otros estados?”
Estoy
seguro de que Lerner está de acuerdo en que el antisemitismo,
como toda otra clase de racismo, es una falacia cuya lógica se
basa en una suplantación de los objetos. Es decir, donde habría
que ver la rica interacción de auténticas determinaciones, el
antisemita inserta una abstracción esencialista, un fantasma
ajeno a la historia. Así, se habla de “conspiración judía” o del
“control judío de Hollywood” o del “dinero judío” o, tal como
Lerner nos hace ver aquí, de los “abusos israelíes contra los
derechos humanos”, seleccionados unilateralmente y fuera de
contexto. Para evitar una reacción antisemita contra Israel,
Lerner pretende que, primero, denunciemos los abusos palestinos
–y de otros extremistas– equivalentes a los de Israel y que los
impulsemos a adoptar la senda de Gandhi o el “espíritu” de
Nelson Mandela; en segundo lugar, pretende que postulemos el
mérito intrínseco de Israel y su derecho a existir.
Las
dificultades de este enfoque empiezan con el hecho de que al
exigir la equivalencia y el equilibrio en el tratamiento de
Israel, Lerner debilita ese contexto que denomina “todo”. El
carácter único de Israel se pierde desde el momento en que se
impone, a priori, la exigencia de considerar a ese país como un
estado igual a los demás y, al mismo tiempo, como poseedor de un
mérito intrínseco, ya que eso exige abordar la cuestión con los
ojos cerrados. En vez de examinar a cada actor en el conflicto
del Oriente Próximo en concreto, se nos obliga a comparar a los
actores y sus abusos de derechos humanos según lo que comparten,
por ejemplo, el número de muertos, en vez de según las causas
específicas que los provocan. La cantidad sustituye a la calidad
y las auténticas determinaciones desaparecen. Para seguir
fielmente la prescripción de Lerner, uno ha de contar los abusos
de derechos humanos y darle el premio al concursante con mayor
número de víctimas mutiladas, torturadas o asesinadas. En dicho
proceso, se borra la historia y la posibilidad de un
entendimiento más profundo de las causas y de los remedios de
las cosas negadas. La crítica del antisemitismo se convierte,
así, en una especie de censura. Y si la crítica racional queda
sofocada, sobreviene la crítica irracional, que es cuando los
perros del antisemitismo de verdad quedan sueltos.
En
cambio, si se eliminan estas restricciones y se estudia la
historia del problema, encontraremos que la crítica especial de
Israel está en verdad justificada y, de hecho, es obligatoria,
simplemente porque Israel es especial, impregnado por la
grotesca metamorfosis de la excepcionalidad judía en una lógica
imperial con la que el “pueblo elegido” se ha hecho elegir de
nuevo. Esta vez, sin embargo, la elección no procede de Dios,
tal como lo exigen las tradiciones espirituales, sino de ese
monstruo conocido como el Tío Sam.
Tanto
los Estados Unidos como Israel representan casos de colonialismo
mesiánico con su acompañamiento de excepcionalidad. No hay más
que recordar la identificación consciente de los colonos
puritanos con las tribus de Israel, emparejamiento que sigue
estando muy presente en el afecto que la derecha cristiana (George
W. Bush incluido) siente por el estado sionista. Esta especie de
expansionismo occidental ha tenido un gravísimo impacto sobre
los pueblos indígenas, ya sea en Norteamérica, en Sudáfrica o en
Palestina. Con una raíz común, la presencia dentro de los
Estados Unidos de la mayor y más poderosa comunidad judía dentro
de la diáspora hizo sumamente probable que las dos naciones
desarrollaran un poderoso vínculo. Pese a todo, esta relación no
se llevó a cabo de la noche a la mañana. Los Estados Unidos
estuvieron prácticamente ausentes en la fundación del movimiento
sionista y, aunque activos en las luchas que llevaron a la
formación del estado de Israel, fueron un aliado tibio (e
incluso a veces un adversario) durante los años cincuenta. Las
reticencias estadounidenses iniciales hacia Israel se debieron
en diversa medida al miedo a ofender a los jeques petroleros, al
antisemitismo de los grupos dirigentes de los Estados Unidos y a
la aversión por las inclinaciones socialistas de los judíos en
general y de Israel en particular.
Sin
embargo, a finales de los años cincuenta mucho había cambiado.
Una sustancial burguesía judía estadounidense se había
introducido profundamente en poderosas instituciones y se había
pasado a la derecha bajo la influencia del Peligro Rojo, en
particular del caso Rosenberg de espionaje atómico, que fue
prácticamente un juicio amañado para demostrar a la opinión
pública la lealtad judía a la seguridad nacional del Estado. Al
mismo tiempo, los Estados Unidos, importunados por la
demostración de fuerza de británicos y franceses durante la
crisis de Suez y profundamente recelosos del nacionalismo árabe
radical de Nasser en Egipto, se preparaban para una intervención
total en el importantísimo Oriente Próximo. A aquellas alturas,
Israel estaba ya preparado para demostrar su buena fe como
compañero imperial. La guerra de 1967, de la que surgió la
ocupación, demostró ser el catalizador que reunió a los dos
países. Los planificadores de la política estadounidense se
dieron cuenta de que disponían de un aliado inestimable, capaz
de reprimir sin piedad cualquier movimiento nacional de
liberación que pudiera desafiar la hegemonía estadounidense en
la zona del petróleo... o en cualquier parte.
Los
lazos entre estadounidenses e israelíes se han vuelto más
profundos con el tiempo, cimentados por los aproximadamente 130
mil millones de dólares US en ayuda militar prestada a Israel
durante años (dada la tortuosidad de los militares y la ausencia
de contabilidad, es imposible conocer las cifras auténticas).
Los poderosos grupos de presión sionista han asegurado y
fortalecido las relaciones entre ambos países, asimismo
justificadas por una prensa que sigue servilmente la línea del
partido, racionalizadas por la intelectualidad liberal e
institucionalizadas por la aprobación robótica del Congreso. La
relación se ha extendido a nuevos extremos de cordialidad
durante el régimen de George W. Bush, para quien Ariel Sharon es
un “hombre de paz”, lo cual es estratégicamente vital para ambos
compañeros. Los Estados Unidos ayudan y arman a Israel y lo
defienden en las Naciones Unidas y contra la opinión pública
mundial. En contrapartida, Israel es el perro de pelea de los
Estados Unidos en la zona crucial del Oriente Próximo, donde
lleva a cabo para el amo tareas que la delicada sensibilidad de
éste frente a la opinión mundial encuentra inaceptables. Israel,
por ejemplo, ayudó a que la Sudáfrica del apartheid evadiese un
bloqueo de armas, armó y entrenó escuadrones de la muerte de las
fuerzas contrarrevolucionarias de El Salvador y Guatemala y
ayudó en la preparación de Indonesia para su genocidio en el
Este de Timor; vale la pena resaltar que esto último sucedió
durante la administración pacifista de Jimmy Carter. Aunque se
trata de asuntos verificables y en ningún caso de aberraciones
de la política estatal israelí, perennemente se pierden por el
desagüe de la memoria, que borra cualquier hecho que pudiera
comprometer el apoyo básico a Israel.
La
equivalencia que pretende Lerner minimiza estos vínculos. Por
ejemplo, dice que “se seleccionan los abusos de los derechos
humanos de Israel como objetivo principal y por encima de esto
sólo se critica al gobierno estadounidense”, como si fueran
variables independientes y no claras indicaciones de la relación
especial entre ambos estados. Y, para él, una indicación
principal del antisemitismo de ANSWER es el hecho de que haya
“utilizado las manifestaciones pacifistas para infamar a Israel
y propagar que la guerra en Irak servirá los intereses
israelíes”.
La
noción de “infamar” a Israel parece un poco obscura, aunque
implica que el estado sionista posee una cierta dignidad innata,
susceptible de calumnia. Sin embargo, cuando dicha “infamación”
se vincula a la sugerencia de que Israel pueda tener “intereses”
en una guerra iraquí, la crítica del antisemitismo de izquierdas
se vuelve represiva y tiene el efecto de suprimir la crítica
racional del estado sionista. Los grupos como la Liga
Antidifamación han utilizado ampliamente durante años este tipo
de tácticas calumniadoras para suprimir la crítica y han
alentado de manera concluyente la indiferencia de Israel hacia
los derechos humanos.
La
afirmación de que quien diga que la invasión de Irak sirve los
intereses israelíes comete un acto antisemita es, sobre todo,
problemática. Tanto la prensa israelí como otra mucha gente
–incluido el alcalde de Londres el pasado 15 de febrero ante dos
millones de manifestantes, que lo aclamaron– han argumentado
ampliamente que esta guerra serviría a los intereses israelíes.
¿Todas esas voces eran antisemitas? ¿Lo es Zalman Shoval, el
antiguo embajador israelí ante los Estados Unidos, quien ha
dicho que “el aplazamiento de la guerra en Irak va contra los
intereses israelíes”? De hecho, la intelectualidad de los
Estados Unidos parece ser la única gente sobre la tierra incapaz
de comprender que la invasión estadounidense y la destrucción de
Irak eliminará la fuerza de disuasión que Sadam Husein puede
ofrecer al auténtico poseedor de “armas de destrucción masiva”
en la región. Además, acercará mucho más las tropas del
benefactor imperial de Israel al escenario de la lucha y
permitirá la adquisición israelí de petróleo y de derechos sobre
el agua. Y, dado que la lógica interna del sionismo busca la
expulsión, es decir, la “limpieza étnica” del pueblo palestino,
la guerra es también algo bienvenido, pues facilitará ese
terrible resultado.
En el
lado estadounidense, la colaboración tiene lugar a través de
funcionarios claves en la política exterior de Bush, ardientes
sionistas de derechas y arquitectos de la guerra contra Irak,
como Paul Wolfowitz (Secretario de Defensa), Douglas Feith
(Subsecretario de Defensa), Lewis Libby (Jefe de Personal del
vicepresidente Cheney), Eric Edelman (principal ayudante de
Libby), Richard Perle (Presidente del Consejo de Política de
Defensa del Pentágono) y Abrams Elliot (que se ocupa de la
política del Oriente Próximo para el Consejo Nacional de
Seguridad). Abrams, conocido por haber supervisado la
contrarrevolución en América Central en tiempos de Reagan y por
su condena por perjurio en el Congreso durante los escándalos de
Irán y de los contras (fue destituido por el padre de
Bush), aporta a su nuevo cargo la calificación de haber escrito
un libro en el que dice que los matrimonios mixtos significan la
muerte del pueblo judío. También ha defendido enérgicamente la
rectitud de Ariel Sharon al oponerse al proceso de paz en
Palestina.
Perle
y Feith fueron consejeros del gobierno de Netanyahu, para quien
contribuyeron de forma destacada en la elaboración de un
informe, Una nueva estrategia para asegurar los territorios.
Entre sus recomendaciones encontramos que Israel necesita
“apartarse del eslogan de la ‘paz global’ [es decir, de las
esperanzas de los acuerdos de Oslo] y volver al tradicional
concepto de estrategia basada en el equilibrio del poder”. Para
ello, Israel debe “cambiar la naturaleza de sus relaciones con
los palestinos, lo que incluye el mantenimiento del derecho de
persecución en defensa propia en todas las zonas palestinas y la
búsqueda de alternativas al control exclusivo de Arafat sobre la
sociedad palestina”. Es de observar que estos caballeros, ahora
situados entre los principales arquitectos de la política de
Bush para Irak, pusieron a punto la política de Sharon
consistente en destruir de manera sistemática la sociedad
palestina, instrumento principal de la limpieza étnica.
Lo
esencial de la política estadounidense e israelí no ha cambiado
desde al menos 1967, periodo durante el cual el verdadero
comportamiento y la existencia del estado sionista ha dependido
del apoyo de la superpotencia. Además, tanto la lógica interna
como las presiones externas han empeorado considerablemente el
comportamiento de ambos compañeros de viaje, profundizando de
manera simultánea los lazos entre ellos. Para los Estados
Unidos, atrapados en una crisis persistente de acumulación de
capital, a la espera de una baja en la extracción de recursos
petroleros (en el contexto de una demanda cada vez mayor) y tras
la oportunidad que le brindaron los ataques terroristas de Al
Qaeda, esto ha significado una mutación hacia el militarismo
preventivo y el ejercicio del dominio global por la fuerza, lo
cual vigoriza la importancia estratégica de Israel (es de
señalar la capacidad de este país para obtener recientemente 10
mil millones de dólares adicionales en ayuda estadounidense,
justo cuando todos los demás gastos se reducen, tras alegar que
la crisis económica amenaza su predominio militar). En cuanto a
Israel, se observa un incremento en el acoso contra Palestina,
que alcanza dimensiones genocidas. Las causas para esto han sido
la amenaza de una paz tras los acuerdos de Oslo y, a mi juicio,
la evolución interna de las asunciones básicas del estado
sionista, adecuadamente legitimado por los actos de rabia
palestina, en particular los horribles, vanos y desesperados
atentados suicidas.
Lerner
dice que la intensificación de la limpieza étnica de palestinos
es obra de “las fuerzas más derechistas de la sociedad israelí”.
Sin embargo, esta afirmación se queda en la superficie y pasa
por alto las estructuras subyacentes: la fidedigna máquina
terrorista de atrocidades estatales puesta a la disposición y
garantizada por el Padrino. Eso que en general se conoce como la
“derecha” es el organismo político de quienes explotan las
relaciones de poder fundamentales de una sociedad. Por lo tanto,
la derecha esta producida por estructuras y por la sucesión de
acontecimientos, incluso si se convierte en el agente de dichos
acontecimientos. En los Estados Unidos, esto se basa
principalmente en una acumulación agresiva de capital; así, la
“derecha” actúa para maximizar la acumulación y se mueve de un
lado para otro según el flujo y el reflujo de acontecimientos.
En Israel, la lógica se basa en un estado cuyo fachada
democrática, incluso si la persecución sufrida por los judíos ha
sido utilizada como justificante, enmascara un avance implacable
hacia el control territorial de Palestina por un solo pueblo, el
judío. Ésta es la asunción principal del sionismo, que contiene
la semilla de la expulsión palestina y un giro político cada vez
más a la derecha, en la medida en que el pueblo subyugado se
opone a ello, es decir, actúa como lo hacen los seres humanos
cuya existencia básica está siendo destruida. De hecho, cuanto
más avanzan los Estados Unidos hacia la dominación del Oriente
Próximo, más avanza Israel hacia la limpieza étnica. Su cadencia
puede retrasarse temporalmente por consideraciones tácticas para
no para ofender a los estados árabes, pero una vez que la
implantación imperial en la región esté afianzada, podemos estar
seguros de que tendrá lugar la destrucción de la sociedad
palestina.
La
conclusión a que nos vemos abocados es que el estado sionista es
incorregible dentro de la actual relación de fuerzas. A no ser
que éstas cambien de manera fundamental, nos dirigimos a una
serie infinita de desastres.
Más allá de la solución de dos
estados
La
afirmación de que ir demasiado lejos en la crítica de Israel es
antisemita limita de manera infranqueable un análisis
estructural más profundo. Pero también nos deja a oscuras en
cuanto a cuál es el límite de la crítica de Israel. Muchos de
quienes comparten la opinión de que Israel posee una esencia de
virtud, arraigada en las grandes tradiciones éticas del
judaísmo, en sus muchos logros culturales y tecnológicos y en el
hecho de haber proporcionado una patria a un pueblo perseguido,
pueden considerar que dicho razonamiento va demasiado lejos.
Esta opinión, que según la fraseología de Lerner se puede
caracterizar como el concepto de legitimidad fundamental
de Israel, es la que sin duda comparten la mayoría de los judíos
estadounidenses y se debe a que no pueden creer que Israel tenga
la voluntad de transferir, limpiar étnicamente y expulsar a los
palestinos.
Dicha
noción presupone también el horizonte de lo aceptable, definido
por la proposición de “dos estados”, solución con la que Israel
seguiría siendo esencialmente igual, con algunos ajustes
territoriales, y el estado palestino sería instalado en los
territorios ocupados o en alguna fracción de éstos. La lógica de
los dos estados es lo que permite que Lerner diga que él es
“favorable a Israel [y] a Palestina” y lo autoriza a presentar
su programa político, convencido como está de que hay algo en
Israel sobre cuya base se puede desarrollar una solución
biestatal decente. Y, si se desea que exista un estado palestino
digno de seres humanos, dado que Israel posee todas las cartas
del poder militar, será necesario presentarle la solicitud,
discutirla y obtener su consentimiento.
Sin
embargo, los hechos indican que Israel, en su estado actual, no
desea que le presenten ninguna solicitud, ni discutirla ni dar
su consentimiento para llegar a una solución justa de la crisis.
El lector, si desea enterarse de las infinitas argucias y
manipulaciones llevadas a cabo por administraciones sucesivas,
que van desde el centro izquierda a la extrema derecha, para
frustrar el nacimiento del estado palestino, puede estudiar los
detalles, con copiosas referencias a comentaristas israelíes, en
el magnífico Israel/Palestine: Ending the 1948 War, de
Tanya Reinhart (Seven Stories, 2003). El comportamiento de
Israel durante la segunda intifada (que casi con seguridad fue
provocada deliberadamente para acelerar la ocupación, según las
reglas establecidas por Perle y Feith) deja bien claro que
simplemente juega con la idea de un estado palestino para
ofrecer concesiones ocasionales a la opinión mundial. Mientras
tanto, Sharon y compañía –con la segura aprobación de Bush,
Perle, Wolfowitz et al.– se dedican a aniquilar las miserables
condiciones de la Palestina ocupada, lo cual ha hecho que los
índices de pobreza se tripliquen durante los dos últimos años y
que se acelere la devastación de la sociedad civil, al precio de
desnutrición, heridas y enfermedades, precio que excede con
mucho a las matanzas que lleva a cabo directamente el ejército
israelí. Este proceso, llevado a cabo frente a un telón de fondo
de zumbidos de F16 y de rugientes excavadoras monstruosas, que
destruyen casas y sepultan viva a la gente (como sucedió con
Rachel Corrie), sólo tiene sentido si se observa como parte de
un proceso de limpieza étnica, es decir, de una “transferencia”.
Pero
incluso si esto no fuera así, el propuesto estado palestino es
francamente indigno de seres humanos que se respeten. ¿Cómo
puede invocarse cualquier pretexto de justicia cuando uno de los
adversarios ha de conformarse con un territorio dividido y
completamente rodeado por su opresor, sometido a la economía de
éste, unido por carreteras reservadas a sus tropas, donde los
recursos vitales, como el agua, permanecerán bajo el control del
opresor y donde no existe ninguna auténtica garantía de que se
vayan a desmantelar los asentamientos de fanáticos, cínicamente
incrementados durante el “proceso de paz”?
¿Cuál,
entonces, es el verdadero carácter del estado israelí y del
sionismo del que procede? ¿Cómo debemos denominar un proyecto
que, incluso si se jacta de ser una “democracia”, reserva el 92
% de su territorio para el pueblo judío? En donde quien se
convierta al judaísmo o tenga una bisabuela judía goza
automáticamente de plenos derechos a la tierra, mientras que
aquellos cuyas familias simplemente vivieron allí durante siglos
son, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda clase y sin
tierra; en donde los judíos tienen plenos derechos legales,
mientras que los derechos palestinos están “temporalmente”
suspendidos, desde 1948; en donde la gente tiene que llevar un
carné de identidad que especifique el origen étnico (categoría
que puede no incluir la identidad de “ israelí”) y esto
determina el trato que recibe del estado; en donde los
territorios están vinculados con carreteras “sólo para judíos”;
en donde los partidos políticos que ponen en entredicho la
naturaleza fundamentalmente judía de la “democracia” están
proscritos... Y que tiene miedo de dotarse de una Constitución,
porque sabe que si lo hiciera significaría su fin.
¿Existe alguna palabra para describir esto, excepto racismo,
institucionalizado en el ámbito más fundamental del Estado? ¿No
es ésta la lógica que guía la militarización de Israel y su
mecanismo de expansión despiadada, de represión y, sí, la
perspectiva de la expulsión? ¿Acaso este racismo no impregna la
sociedad y la diáspora y corrompe la herencia emancipadora del
judaísmo, al mismo tiempo que siembra el chovinismo y el
prejuicio ciego?
El
carácter racista del estado sionista es la verdad que no pueden
soportar quienes creen en la legitimidad fundamental de Israel.
Pero también desintegra esta creencia, porque un grado tal de
racismo, donde un pueblo entero es destruido para que otro
pueblo pueda prosperar, es la personificación de un crimen
contra la humanidad. Todas las pretensiones de ser la “única
democracia en Oriente Próximo” o de salvar a los judíos de la
opresión antisemita o de tener magníficas orquestas sinfónicas y
universidades desaparecen ante su fulgor.
¿Qué
se debe hacer? Podemos comenzar por lo que no se debe hacer y
rechazar una solución de dos estados que no soluciona nada, que
es imposible en cualquier sentido humanamente deseable dentro de
la configuración actual y que sirve principalmente como una
ilusión que yace bajo una losa gigantesca en la imaginación. Más
allá de dicha ilusión se halla el desafío al estado racista y el
rechazo de la idea de que el sionismo expresa la auténtica
vocación del pueblo judío. En pocas palabras, necesitamos
imaginar un Israel no racista, más allá del tribalismo y abierto
a todos. Se trata de un viejo camino, caído en desuso, lleno de
malas hierbas y que durante mucho tiempo se creyó infranqueable:
el sueño de “un Estado” de una sociedad totalmente democrática,
donde todos puedan vivir juntos. Pero tiene una noble historia,
que remonta a Martin Buber. La ruina de las alternativas exige
que se vuelva a abrir, si no como un destino inmediatamente
alcanzable, sí como una dirección.
La
primera parte de este camino se parece a las demandas ya hechas
por gente de buena voluntad, incluido Michael Lerner: que cese
la aniquilación de la sociedad palestina, que se acabe la
ocupación, ahora mismo y de forma unilateral. Tales medidas
despejarían el camino para ir más allá, hacia un Israel que
supere el sionismo. La perspectiva está ya inmanente en estas
demandas inmediatas. Pero su realización requiere la aceptación
del principio de que un estado racista, dado que automáticamente
genera crímenes contra la humanidad y carece de medios internos
para corregirlos, no puede tener la legitimidad que le da
derecho a existir. En unas palabras, el estado sionista debería
ser transformado radicalmente y, si es necesario, desmantelado.
La
mera mención de esta posibilidad produce estremecimientos de
horror en un imaginario colectivo formado por el Holocausto y
convierte la idea de superación del sionismo en la imagen de
“ser arrojados al mar”, como si los árabes vengativos fuesen a
agarrar a Israel por sus fronteras orientales para lanzarlo
entero al Mediterráneo.
Preciso es recordar aquí que estamos hablando de cambiar el
Estado israelí. Un estado no es una sociedad, una nación o
un territorio, sino un modo de regulación y control más el
ejercicio de la violencia oficial. Los estados controlan y
dirigen la sociedad, contienen naciones y gobiernan territorios.
El estado racista engrandece a un grupo aniquilando otros, que
asisten desvalidos a la situación. El Holocausto aniquiló a
judíos apátridas, gitanos, etc., que fueron las víctimas del
nihilismo de un estado racista, el Estado nazi; de manera
similar, los palestinos apátridas han sido las víctimas del
nihilismo racista del estado sionista. Si se considera la
violencia nihilista incorporada en el estado sionista, es
razonable afirmar que tal resultado es necesario tanto para la
supervivencia corporal como espiritual del pueblo judío.
El que
los vayan a “arrojar al mar” es una fantasía de venganza
proyectada, que se basa en el mantenimiento de una organización
estatal racista en el futuro, siempre rodeada por aquellos a
quienes ha desposeído y humillado. Por ello, es necesario
esforzarse en crear una sociedad donde la rueda de la venganza
quede totalmente excluida. Y si la extrema violencia incorporada
en el estado israelí hace que esto parezca completamente
imposible, vale la pena recordar el desmantelamiento del estado
cruel del apartheid en Sudáfrica, pues si un logro tan ingente
pudo llevarse a cabo allí, otro logro igual de ingente podrá
llevarse a cabo en Israel/Palestina.
Desde
luego, hay diferencias importantes entre Israel y la Sudáfrica
del apartheid, que era sólo un cliente secundario (aunque no
insustancial) de los Estados Unidos, puesto que carecía de
valedores en dicho país y, sobre todo, no era un factor
necesario para el control de un área tan estratégica como el
Oriente Próximo. Dado que Sudáfrica es un país rico y en gran
medida autosuficiente, mientras que Israel se derrumbaría como
un castillo de naipes sin el apoyo de su patrón, la organización
de la lucha contra el sionismo en los Estados Unidos
representaría un esfuerzo mucho mayor en comparación con la
lucha contra el apartheid. Al mismo tiempo, la profundidad del
vínculo estadounidense-israelí hace que dicho esfuerzo sea mucho
más dificultoso, incluso si el actual estado de guerra y la
amenaza de expulsión del pueblo palestino (la limpieza étnica no
era algo significativo en Sudáfrica) le presta una urgencia
inmediata. La prevención de esta última catástrofe proporciona
necesariamente el punto de partida en la lucha contra el
sionismo, sin alterar el objetivo a largo plazo. Y ello se debe
a las profundas semejanzas estructurales entre los dos estados
racistas.
Al
igual que Israel, el estado del apartheid era una empresa
colonialista con ambiciones mesiánicas. Y, al igual que los
sionistas, los afrikáners se consideraban perseguidos errantes a
quienes Dios les había prometido una patria, inoportunamente
ocupada por gente inferior. Al igual que Israel, definieron su
autodeterminación a costa de la autodeterminación de los nativos
que allí vivían. Guiados por el sentido del permiso divino para
llevar a cabo la terrible injusticia nacida de esta
contradicción, también se pusieron a construir y a justificar el
sistema Bantustán, sus propios “dos estados” (para ser exactos,
muchos estados) como solución de las contradicciones básicas de
su proyecto imperial. Y respondieron, como Israel, con grados
crecientes de fuerza y crueldad cuando el pueblo oprimido afirmó
sus derechos como seres humanos.
Y, con
el tiempo, fueron derribados, sin que hubiera un baño de sangre.
A pesar de que nadie debe hacerse la ilusión de que Sudáfrica ha
resuelto sus problemas, éstos se deben ahora principalmente a la
explotación “normal” de cualquier país por parte del capital
globalizador, más que a un racismo cruel combinado con la
expansión imperial. Exprimida por el Fondo Monetario
Internacional, con profundos desacuerdos de clase, terrible
criminalidad y violencia sexual, por no hablar de la crisis
desgarradora del sida, Sudáfrica se enfrenta a un futuro
difícil. Pero, al menos, existe un régimen estable y
democrático, donde conviven blancos y negros. Sudáfrica (país
que he visitado cuatro veces) hoy está llena de energía y de
vitalidad, y sólo un loco cambiaría su gobierno por la versión
del apartheid.
El
movimiento que liberó a Sudáfrica bajo el mando de Nelson
Mandela sigue inspirando la esperanza de un cambio en
Israel/Palestina. Tal como dice Lerner, debemos apropiarnos del
espíritu “que hizo posible la transformación de Sudáfrica bajo
el liderazgo de Nelson Mandela”. Lerner utiliza el ejemplo de
Mandela para pedir a “los palestinos que rechacen cualquier
forma de violencia... [pues] ...el terrorismo hace que la
población israelí caiga en manos de las fuerzas más derechistas
de esa sociedad”.
La
implicación evidente es que Mandela y el Congreso Nacional
Africano abjuraron de cualquier forma de violencia y actos
terroristas. Pero no fue ese el “espíritu” que transformó
Sudáfrica bajo el liderazgo de Nelson Mandela. Muy pronto en su
historia, el Congreso Nacional Africano estuvo influido por los
principios gandhianos (Gandhi desarrolló la noción de
Satyagraha durante una larga permanencia en Sudáfrica),
principios que nunca desaparecieron. Pero Mandela y su cohorte,
conscientes de la cruel ferocidad del régimen del apartheid,
introdujeron en 1961 una estrategia de dos vertientes, en la que
la resistencia no violenta en unos aspectos se combinaba en
otros con la lucha armada y con actos terroristas. Él asumió el
mando del Umkhonto we Sizwe, el brazo armado del Congreso
Nacional Africano, y fue condenado a cadena perpetua en la Isla
Robben en gran parte debido a ello. Así, por muy importante que
fuera la no violencia, no fue más que un componente de la lucha
por la libertad sudafricana, cuya victoria final se vio
asegurada en los campos de batalla de Angola, cuando el régimen
racista encontró la horma de su zapato frente al ejército de
Cuba y tomó la decisión de liquidar el apartheid y liberar a
Mandela (por ello, Fidel Castro es el líder occidental más
querido en Sudáfrica).
El
sermón de Lerner a los palestinos es una repetición de un
acontecimiento similar en 1991. Tras su liberación, Mandela vino
a los Estados Unidos y se reunió, entre otras lumbreras, con el
presidente Bush padre, quien de manera similar lo sermoneó sobre
la necesidad de renunciar a la lucha armada. Mandela, un hombre
de insuperable dignidad, reprendió públicamente al líder del
mundo libre por su cínica tentativa de decirle a un pueblo que
lucha por la libertad y por la vida lo que tiene que hacer.
Aquellas razones todavía se aplican hoy.
En
primer lugar, no se apela a otra gente a que cambie su camino,
salvo si uno se ha ganado la autoridad para hacerlo. El hecho de
respetar la “legitimidad fundamental” de su opresor y de pedir
(como ha hecho Lerner) que Israel sea admitido en la OTAN como
premio de consolación por abandonar la ocupación, no le da a uno
el derecho de emitir un decreto sobre la no violencia a los
palestinos, de la misma manera que la parcialidad de Bush padre
con el estado del apartheid no lo hizo intimar con Mandela.
Tampoco la retórica del “amor y el remedio espiritual” oscurece
las opciones dolorosas y complicadas que todos afrontamos en
este mundo difícil. Nadie, tampoco los palestinos, está por
encima de la crítica. Pero también el crítico tiene que ser
juzgado. Está obligado a ser fiel tanto a la complejidad
histórica de la opción como a la necesidad de escoger, incluso
si tal opción significa la lucha armada. Todo depende del
contexto espiritual y político dentro del que uno se mueva. La
fuente de la grandeza del liderazgo de Mandela no fue la
renuncia a la lucha armada, sino más bien el alcance de su
visión histórica, y ésa es la lección que hay que sacar para la
liberación de Israel/Palestina.
La
grandeza de Mandela provino, creo yo, de su negativa a aceptar
la solución de dos estados en Sudáfrica, del sistema Bantustán,
que representaba un tribalismo impuesto, con africanos nativos
desplazados por la fuerza a reservas situadas en los territorios
más pobres del país. El arreglo entero estaba envuelto en la
utópica retórica racista y asegurado por el desarrollo de
instituciones paralelas de educación, judicatura, etc., entre
los bantustanos y la Sudáfrica blanca. Ni que decir tiene que la
fuerza militar seguía siendo un monopolio del régimen del
apartheid, mientras que los territorios proporcionaban un fondo
de trabajo ultrabarato para la explotación en las fábricas y
minas a través de la frontera, muy similar a la situación que
prevalece en los territorios ocupados.
Mandela lo rechazó de plano. Tal como lo expresa su sitio web
oficial, concluyó “muy pronto que la política Bantustán era una
estafa política y un absurdo económico. Con sombría seguridad,
predijo que daría lugar a un programa de expulsiones masivas,
persecuciones políticas y terror policial”, lo cual es algo
familiar al observador de los acontecimientos en
Israel/Palestina, como lo son el oportunismo y la corrupción de
quienes se conforman con estos ínfimos objetivos. De hecho, es
aquí donde podemos considerar los valores diferentes de
liderazgo de Arafat y Mandela: el uno, arrinconado por su
aceptación; el otro, engrandecido por su oposición a un sistema
de tipo Bantustán (de hecho, Mandela rechazó una oferta de
libertad que le hizo el gobierno del apartheid si, al igual que
hizo Arafat, asumía el mando del Transkei, uno de los
Bantustanes).
La
grandeza de Mandela se inició con la negación del sistema
Bantustán y culminó cuando fue más allá de dicha negación, es
decir, hasta “la negación de la negación”. Para Mandela, el
punto esencial era postular una sociedad más allá del racismo,
lo que significa también más allá de la venganza. Contrapuso
esta visión a todas las formas de tribalismo y excepcionalidad y
se mantuvo firme en el empeño. Es esta visión de futuro lo que
humaniza las agresiones que sean necesarias para romper los
grilletes de un estado racista. Le infundió a la lucha
sudafricana de liberación un espíritu de reconciliación
anticipada que fue reuniendo cada vez más a la comunidad blanca
con la negra, y a través de todo el mundo. La renuncia a la
venganza fue moralmente mucho más importante que una renuncia
estricta a la lucha armada. Se convirtió en el germen de la
Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación y en la
garantía de que nadie sería arrojado al mar.
Michael Lerner ha pedido una comisión similar en un pacífico
Israel/Palestina posterior a la ocupación. La idea es excelente,
pero no tiene cabida dentro del marco de una resolución de dos
estados presidida por el estado sionista, por la sencilla razón
de que no existe forma humana de que tal resolución tenga lugar
en estas condiciones. La implicación es evidente. Es inútil
construir un movimiento para la paz y la justicia en
Israel/Palestina que no desafíe radicalmente el estado racista:
simplemente, el objetivo no es lo bastante digno. Sin embargo,
en la idea de una sociedad posrracista se halla el germen de la
fuerza moral capaz de inspirar y unir a la gente de buena
voluntad de todos los lados del conflicto. Si el pueblo africano
fue capaz de exigir la caída del apartheid, ¿por qué no
sucedería igual con el sionismo, todos unidos bajo una bandera?
Será una lucha larga y difícil, pero sólo una visión que acepte
hacer sacrificios logrará avanzar por ese camino.
El
psiquiatra y psicoanalista judío estadounidense Joel Kovel es
profesor en el Bard College. Es coautor, junto con Michael Löwy,
del Manifiesto ecosocialista (París, septiembre de
2001). Su libro más reciente, The Enemy of Nature, ha
sido publicado por Palgrave (Zed Books, London).
La
versión original inglesa de este ensayo apareció en el número
de mayo/junio de 2003 de la publicación quincenal judía
estadounidense de política, cultura y sociedad Tikkun
Magazine.
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INGLÉS EN EL SITIO WEB DE JOEL KOVEL,
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