Las
casuísticas de la paz y la guerra
Perry Anderson

La probabilidad de una segunda guerra
en Irak suscita un gran número de preguntas, tanto analíticas como
políticas. ¿Cuáles son las intenciones ocultas tras la inminente
campaña? ¿Cuáles serán las consecuencias? ¿Qué nos dicen los
preparativos de la guerra sobre la dinámica a largo plazo del poder
estadounidense global? Estas cuestiones permanecerán sobre la mesa
todavía durante algún tiempo, más allá de cualquier ofensiva que tenga
lugar esta primavera. El proscenio está ocupado en la actualidad por
distintos argumentos, relativos a la legitimidad o a la cordura de la
expedición militar que ahora se prepara. Mi objetivo aquí consistirá
en reflexionar sobre las críticas que recibe en la actualidad la
Administración Bush articuladas dentro de la opinión general, así como
sobre las respuestas de la Administración a tales críticas, todo ello
con vistas a discernir la estructura de justificación intelectual de
ambos argumentos, lo que los divide y lo que tienen común. Por último,
terminaré con unos comentarios sobre cómo se ve este debate desde la
perspectiva de unas premisas distintas.
Si observamos por encima las múltiples
objeciones que se le hacen a una segunda guerra en el Golfo, podemos
distinguir seis críticas principales, expresadas de maneras diferentes
y distribuidas a través de un amplio abanico de la opinión.
1. El ataque proyectado contra Irak es
una cruda demostración de la unilateralidad estadounidense. La
Administración Bush ha declarado abiertamente su intención de atacar
Bagdad, con el aval de las Naciones Unidas o sin él. Esto representa
no solamente un grave revés para la unidad de la alianza occidental,
sino que conducirá a un peligroso debilitamiento sin precedentes de la
autoridad del Consejo de Seguridad, que es la encarnación más elevada
del derecho internacional.
2. La intervención masiva a tal escala
en el Oriente Próximo sólo puede fomentar el terrorismo antioccidental.
Más que ayudar a la destrucción de Al Qaida, probablemente
multiplicará el número de voluntarios que se alistarán en esa
organización. Los Estados Unidos correrán más peligro después de una
guerra contra Irak que el que corrían antes.
3. La campaña en preparación es un
ataque preventivo, abiertamente declarado como tal, que socava el
respeto hacia el derecho internacional y expone al mundo a un
torbellino de violencia, conforme otros estados sigan la misma senda y
se tomen la justicia por sus propias manos.
4. La guerra, en cualquier caso,
siempre debería ser una última instancia para resolver un conflicto
internacional. En el caso de Irak, un endurecimiento de las sanciones
y la vigilancia bastarían para desmantelar el régimen baath,
ahorrando vidas inocentes y conservando la unidad de la comunidad
internacional.
5. La obsesión con Irak es una
distracción del peligro más agudo que plantea Corea del Norte, país
que tiene un mayor potencial nuclear, un ejército más poderoso e
incluso unos dirigentes más temibles. Los Estados Unidos deberían
ocuparse con mayor prioridad de Kim Jong Il, no de Sadam Husein.
6. Incluso si la invasión de Irak se
llevase a cabo sin complicaciones, la ocupación del país será una
empresa demasiado arriesgada y costosa para que los Estados Unidos
salgan de ella sin problemas. La participación aliada es necesaria
para que tenga cualquier posibilidad de éxito, pero la unilateralidad
de la Administración compromete la posibilidad de dicha participación.
El mundo árabe probablemente asistirá con resentimiento a un
protectorado extranjero. Incluso con una coalición occidental para
controlar el país, Irak es una sociedad profundamente dividida, sin
tradición democrática, que no podrá ser fácilmente reconstruido según
el modelo alemán o japonés de la posguerra. Los costos potenciales de
la aventura pesan más que cualquier posible ventaja que los Estados
Unidos pudieran obtener.
Tal es, más o menos, el conjunto de
las críticas que se pueden encontrar en los medios de comunicación
convencionales y en respetables círculos políticos, tanto en los
propios Estados Unidos como –incluso más– en Europa y en otros
lugares. Se pueden resumir en unos pocos títulos: los vicios de la
unilateralidad, los riesgos de alentar el terrorismo, los peligros de
la guerra preventiva, el costo humano de la guerra, la amenaza de
Corea del Norte y las responsabilidades de hacer más de lo necesario.
Como tal, se dividen en dos categorías: las objeciones de principios
–los males de la unilateralidad, de la guerra preventiva– y las
objeciones de prudencia: los peligros del terrorismo, Corea del Norte,
el problema de hacer más de lo necesario.
¿Qué respuestas puede dar la
Administración Bush a cada una de ellas?
1. La unilateralidad.
Históricamente, los Estados Unidos siempre se han reservado el derecho
de actuar solos si era necesario, si bien buscando aliados dentro de
lo posible. En años recientes actuaron solos en Grenada, en Panamá, en
Nicaragua... ¿Cuáles son sus aliados que se quejan ahora de los
acomodos que tuvieron lugar en cualquiera de esos países? En cuanto a
las Naciones Unidas, la OTAN no las consultó cuando lanzó su ataque
contra Yugoslavia en 1999, en el que participaron todos los aliados
europeos que ahora hablan de la necesidad de una autorización del
Consejo de Seguridad y que fue apoyado calurosamente por el 90 por
ciento de la opinión que ahora se queja de nuestros planes para Irak.
Si fue correcto derrocar por la fuerza a Milosevic, que no tenía armas
de destrucción masiva y que incluso toleró una oposición que llegó a
ganar unas elecciones, ¿por qué no lo ha de ser derrocar por la fuerza
a Sadam, un tirano más peligroso, cuyo historial de violaciones de
derechos humanos es peor, que ha invadido a un vecino, que utilizó
armas químicas y que no soporta oposición de ninguna clase? En
cualquier caso, las Naciones Unidas ya han aprobado la resolución
1441, que deja la vía libre a los miembros del Consejo de Seguridad
para aplicar la fuerza contra Irak, con lo que la legalidad de un
ataque no está en entredicho.
2. El terrorismo. Al Qaida es
una red que se guía por el fanatismo religioso de una fe que apela a
la guerra santa del mundo musulmán contra los Estados Unidos. La
creencia de que Alá asegura la victoria a los jihadi es uno de
sus principios básicos. Por ello, no hay mejor manera de desmoralizar
y terminar con dicha creencia que demostrando la falsedad de la ayuda
celestial y la imposibilidad absoluta de resistir a la muy superior
fuerza militar estadounidense. Los fanatismos nazi y japonés se
apagaron con el simple hecho de una derrota aplastante, y si Al Qaida
está muy lejos de aquel poderío, ¿por qué ahora sería distinto?
3. La guerra preventiva. Lejos
de ser una nueva doctrina, es un derecho tradicional de los estados.
Al fin y al cabo, ¿qué fue la más admirada victoria militar de la
posguerra, sino un ataque preventivo? La Guerra de los Seis Días de
Israel, en 1967, lejos de ser condenable, dio lugar a la moderna
doctrina de las Guerras justas e injustas, tal como la
definió el distinguido filósofo de la izquierda estadounidense Michael
Walter en un trabajo vivamente elogiado por el todavía más ilustre
filósofo liberal John Rawls en su The Law of Peoples [El
derecho de los pueblos. Más aún, al atacar Irak, lo único que haremos
es completar el vital ataque preventivo de 1981contra el reactor
Osirak. ¿Quién se queja ahora de aquello?
4. El costo humano de la guerra.
En verdad es algo trágico y haremos todo lo que podamos –que
técnicamente es mucho– para reducir al mínimo las víctimas civiles.
Pero la realidad es que una guerra rápida ahorrará vidas y no al
contrario. Según la UNICEF, desde 1991 las sanciones contra Irak
–apoyadas por la mayor parte de quienes ahora se oponen a la guerra–
han causado 500.000 muertes por desnutrición y enfermedad. Incluso si
aceptamos una cifra inferior, es decir, 300.000, es muy improbable que
la guerra rápida y quirúrgica que somos capaces de llevar a cabo se
acerque a esta destrucción provocada en tiempo de paz. Al contrario,
una vez Sadam derrocado, el petróleo fluirá libremente de nuevo y los
niños iraquíes tendrán bastante para comer. La población aumentará de
nuevo con celeridad.
5. Corea del Norte. Se trata de
un estado comunista arruinado que seguramente plantea un gran peligro
para el nordeste asiático. Tal como señalamos mucho antes de las
actuales protestas, es la otra extremidad del Eje de Mal. Pero es de
sentido común que concentremos nuestras fuerzas primero en el eslabón
más débil del Eje, no en el más fuerte. Si hemos de proceder con mayor
cautela al derrocamiento del régimen no es porque Pyongyang tenga o no
tenga unas rudimentarias armas nucleares, que podemos fácilmente
destruir, sino porque podría abalanzarse sobre Seúl en un ataque
convencional. ¿Acaso alguien duda de que tenemos la intención de
ocuparnos también del régimen norcoreano cuando llegue el momento?
6. El problema de hacer más de lo
necesario. La ocupación de Irak realmente plantea un desafío, que
no subestimamos. Pero es una apuesta razonable. La hostilidad árabe
está sobreestimada. Al fin y al cabo, durante los dos años que ha
necesitado Israel para aniquilar la segunda intifada ante las
cámaras de la televisión, no ha habido ni una sola manifestación de
importancia en el Oriente Próximo, y eso que la simpatía popular por
los palestinos es mucho mayor que por Sadam. También suele olvidarse
que ya tenemos un protectorado muy ventajoso en el tercio norte de
Irak, donde hemos abatido cabezas kurdas con bastante eficacia.
¿Alguna vez se ha quejado alguien? El centro sunni del país
seguramente será más difícil de controlar, pero la idea de que en
Oriente Próximo es imposible mantener regímenes estables creados o
dirigidos por poderes extranjeros es absurda. Basta con recordar la
prolongada estabilidad de la monarquía que establecieron los
británicos en Jordania o el satisfactorio pequeño estado que crearon
en Kuwait. Mejor aún, pensemos en nuestro leal amigo Mubarak, de
Egipto, que tiene una población urbana mucho más numerosa que Irak.
Todo el mundo decía que Afganistán era un cementerio para los
extranjeros –británicos, rusos, etc.–, pero lo liberamos con bastante
rapidez y ahora las Naciones Unidas hacen un trabajo excelente que lo
está haciendo revivir. ¿Por qué no Irak? Si todo va bien, podríamos
obtener grandes ventajas: una plataforma estratégica, un modelo
institucional y considerables provisiones de petróleo.
Ahora, si uno considera
desapasionadamente ambos modelos de argumentos, quedan pocas dudas de
que, en cuestiones de principios, la posición de la Administración
Bush contra sus críticos es inatacable, y está muy claro por qué.
Ambos lados comparten una serie de asunciones comunes, cuya lógica
hace que el ataque contra Irak sea una proposición sumamente
defendible. ¿Cuáles son tales asunciones? Se pueden resumir como
sigue:
1. El Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas representa la expresión legal suprema de la ‘comunidad
internacional’; excepto en los casos en que no se especifica, sus
resoluciones tienen una fuerza obligatoria jurídica y moral.
2. Sin embargo, las intervenciones
humanitarias u otras por parte de Occidente, cuando son necesarias, no
requieren el permiso de las Naciones Unidas, aunque siempre sea
preferible obtenerlo.
3. Irak cometió una ofensa contra el
derecho internacional cuando trató de anexar Kuwait y fue castigado
por aquel crimen, contra el cual las Naciones Unidas se han venido
alzando desde entonces como una sola voz.
4. Irak también ha procurado adquirir
armas nucleares, cuya proliferación es, en cualquier caso, un peligro
urgente para la comunidad internacional, por no hablar de las armas
químicas o biológicas.
5. Irak es una dictadura como no hay
otra, o quizá sólo unas pocas más, incluida Corea del Norte, que viola
los derechos humanos.
6. En consecuencia, Irak no puede
gozar de los derechos de un estado soberano, sino que debe someterse a
bloqueos, bombardeos y pérdidas de integridad territorial, hasta que
la comunidad internacional decida lo contrario.
Equipados con estas premisas, no es
difícil demostrar que a Irak no se le puede permitir que posea armas
nucleares o de cualquier otro tipo; que ha desafiado resoluciones
sucesivas de las Naciones Unidas; que el Consejo de Seguridad aprobó
tácitamente un segundo ataque contra su territorio (cosa que no hizo
en el ataque contra Yugoslavia) y que Sadam Husein hace tiempo que se
merece la destitución.
No obstante, estas mismas premisas
pueden ser utilizadas por los críticos de la Administración Bush,
aunque no basándose en principios, sino simplemente en razones de
prudencia: puede que la invasión de Irak sea moralmente aceptable e
incluso deseable, pero ¿es políticamente acertada? El cálculo de las
consecuencias es siempre más imponderable que la deducción a partir de
principios, de manera que deja mucho espacio libre para desacuerdos
considerables. Es poco probable que cualquiera que esté convencido de
que Al Qaeda es un bacilo mortífero a la espera de convertirse en una
epidemia, que Kim Jong Il es un déspota todavía más demente que Sadam
Husein o aquel Irak podría convertirse en otro Vietnam, se deje
influenciar si se le recuerda la resolución 1441 de las Naciones
Unidas o la alta misión de la OTAN en la protección de derechos
humanos en los Balcanes.
Las estructuras de justificación
intelectual son una cosa. El sentimiento popular, aunque no sea inmune
a ellas, es otra. Las multitudinarias manifestaciones del 15 de
febrero en la Europa occidental, en los Estados Unidos y en Australia,
opuestas a un ataque contra Irak, plantean un tipo diferente de
pregunta. Es así de simple. ¿Cómo explicar esta enorme y apasionada
rebelión contra la perspectiva de una guerra cuyos principios se
diferencian poco de precedentes intervenciones militares, las cuales
fueron aceptadas o incluso bienvenidas por tantos de quienes ahora se
alzan contra ésta? ¿Por qué la guerra en Oriente Próximo hoy despierta
sentimientos que la guerra de los Balcanes no despertó, si lógicamente
son tan similares? Es poco probable que la desproporción de las
reacciones tenga algo que ver con distinciones entre Belgrado y Bagdad
y, en cualquier caso, esta última ha dado más motivos para la
intervención. Está claro que la explicación se encuentra en otra
parte. Tres factores parecen haber sido decisivos.
En primer lugar, la hostilidad al
régimen republicano de la Casa Blanca. La aversión cultural por la
presidencia de Bush está muy extendida en la Europa occidental, donde
sus ásperas afirmaciones sobre la supremacía estadounidense y su
tendencia poco diplomática de aunar las palabras con los hechos han
logrado que la opinión pública, acostumbrada a que se suela correr un
velo decoroso sobre la realidad del poder, no lo aprecie en absoluto.
Para comprender hasta qué punto tiene peso este ingrediente en el
sentimiento pacifista europeo, basta con recordar la sumisión con que
se tomaron los sucesivos bombardeos de Clinton sobre Irak. Si una
Administración Gore o Lieberman estuviese preparando una segunda
guerra del Golfo, la resistencia sería la mitad de la que hay ahora.
La aversión actual hacia Bush de los medios de comunicación y de la
opinión pública de la Europa occidental no tiene ninguna relación con
las diferencias reales entre los dos partidos en los Estados Unidos.
Basta con señalar que Kenneth Pollack y Philip Bobbitt, que son
respectivamente el principal exponente práctico y el principal teórico
intelectual de la guerra contra Irak, son antiguos ornamentos del
régimen de Clinton. Pero como los sistemas políticos occidentales
tienden a difuminar los contrastes sustanciales de la política, las
diferencias simbólicas de estilo y la imagen pueden adquirir, en
compensación, una rigidez histérica. El Kulturkampf entre
demócratas y republicanos dentro de los Estados Unidos ahora se está
reproduciendo entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Es típico
que en tales discusiones la violencia de las pasiones partidistas sea
inversamente proporcional a la profundidad de los auténticos
desacuerdos. Pero al igual que en los conflictos entre las facciones
azules y verdes del hipódromo bizantino, preferencias afectivas
mínimas pueden tener consecuencias políticas importantes. La Europa
que echa de menos a Clinton –véase cualquier editorial en The
Guardian, Le Monde, La Repubblica o El País-
puede unirse para rechazar a Bush.
En segundo lugar está el espectáculo.
La opinión pública estaba bien preparada para la Guerra de los
Balcanes debido a la masiva cobertura de la prensa y de la televisión
con respecto a las salvajadas étnicas que se estaban cometiendo en la
región, que eran reales y –tras Rambouillet, en un grado considerable–
míticas. Las incomparablemente mayores matanzas de Ruanda, donde los
Estados Unidos, por temor a que los medios de comunicación dejasen de
informar sobre Bosnia, bloquearon la intervención durante el mismo
período, fueron totalmente ignoradas. El sitio de Sarajevo,
retransmitido con todo detalle, horrorizó a millones de personas. La
destrucción de Grozny, que sucedió fuera de campo, apenas provocó un
encogimiento de hombros. Clinton la llamó liberación y Blair se
apresuró a felicitar a Putin por las elecciones que ganó por tal
motivo. En Irak, la grave situación de los kurdos fue ampliamente
televisada después de la guerra del Golfo, lo cual movilizó a la
opinión pública a favor de la creación de un protectorado
angloestadounidense, sin necesidad de una autorización de las Naciones
Unidas. Pero hoy, por mucho que Washington o Londres declamen las
atrocidades de Sadam Husein, por no hablar de sus armas de destrucción
masiva, son invisibles a todos los efectos prácticos para el
espectador europeo. Las sesiones de diapositivas de Powell en el
Consejo de Seguridad no tienen parangón con las imágenes de Bernard-Henri
Lévy o de Michael Ignatieff vibrando ante el micrófono. A falta de
imágenes, la liberación de Bagdad deja fría la imaginación de los
europeos.
En tercer lugar, quizás la razón más
importante sea el miedo. Los bombardeos aéreos pudieron llevarse a
cabo sobre Yugoslavia en 1996 y de manera continua sobre Irak a partir
de 1991 sin ningún riesgo de represalias. ¿Qué podían hacer Milosevic
o Sadam? Eran blancos fáciles. El atentado del 11 de septiembre alteró
este sentimiento de seguridad. Fue de verdad un espectáculo
inolvidable, diseñado para hipnotizar a Occidente. El objetivo de los
ataques eran los Estados Unidos, no Europa. Si bien los estados
europeos, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, participaron en la
respuesta contra Afganistán, para sus poblaciones la guerra se
desarrolló en un escenario remoto, y el telón se bajó con rapidez. La
perspectiva de una invasión y de una ocupación de Irak, mucho más
grande y más cercana, en el corazón de Oriente Próximo, donde la
opinión pública europea observa con inquietud –pero sin hacer nada al
respecto– que algo va mal en la tierra de Israel, es otra cosa. El
espectro de la venganza por parte de grupos como Al Qaeda o similares
en una nueva versión de la Guerra de los Balcanes ha enfriado a muchos
ardientes partidarios del nuevo 'humanismo militar’ de finales de los
años noventa. Los serbios eran una bagatela: menos de ocho millones.
Los árabes son doscientos ochenta millones y están más cerca de Europa
que de los Estados Unidos, e incluso muchos de ellos en su interior.
Ante la expedición a Bagdad, incluso los militantes leales del New
Labour se preguntan ahora: ¿estáis seguros de que esta vez nos vamos a
librar?
Los grandes movimientos de masas no se
deben juzgar con rígidas normas lógicas. Sean cuales sean sus motivos,
las multitudes que han protestado contra una guerra en Irak son un
latigazo contra los gobiernos que la promueven. En cualquier caso,
había allí elementos demasiado jóvenes como para haberse comprometido
a causa de los precedentes. Pero si el movimiento desea permanecer
deberá desarrollarse más allá de las limitaciones del club de fans, de
la política del espectáculo, de la ética del miedo. Porque la guerra,
si tiene lugar, no se parecerá a Vietnam. Será corta y aguda y no hay
ninguna garantía de que la justicia poética llegará después. Una
simple oposición prudencial a la guerra no sobrevivirá al triunfo, y
tampoco lo hará lo que se escriba a mano sobre su legalidad en una
hoja de parra de las Naciones Unidas. Los diversos jueces y abogados
que ahora ponen reparos a la campaña que se avecina harán las paces
con sus comandantes bastante pronto, una vez que los ejércitos aliados
se instalen en el Tigris y Kofi Annan pronuncie uno o dos discursos
para hacer las paces, redactados por los ‘negros’ del Financial
Times, sobre la distensión de la posguerra. La resistencia, si
desea perdurar, deberá encontrar otros principios en qué basarse. Y
puesto que los debates actuales invocan interminablemente a la
‘comunidad internacional’ y a las Naciones Unidas, como si fuesen un
bálsamo contra la Administración Bush, deberán asimismo comenzar por
ahí. He aquí algunas proposiciones telegráficas que podrían servir de
alternativas:
1. No existe ninguna comunidad
internacional. El término es un eufemismo de la hegemonía
estadounidense. Se debe a la Administración el que algunos de sus
funcionarios lo hayan abandonado.
2. Las Naciones Unidas no son un lugar
de autoridad imparcial. Su estructura, dado el poder abrumador de las
cinco naciones vencedoras de una guerra que tuvo lugar hace cincuenta
años, es políticamente indefendible: comparable históricamente a la
Santa Alianza de principios del siglo XIX, que también proclamó su
misión de preservar la ‘paz internacional ‘en beneficio de la
humanidad'. Mientras que estos poderes estuvieron divididos por la
guerra fría, se neutralizaron unos a otros en el Consejo de Seguridad
y la organización fue inofensiva. Pero ahora que la guerra fría se ha
terminado, las Naciones Unidas se han convertido esencialmente en una
pantalla para la voluntad estadounidense. Supuestamente dedicada a la
causa de la paz internacional, la organización ha emprendido dos
guerras importantes desde 1945 y no ha impedido ninguna. Sus
resoluciones son sobre todo ejercicios de manipulación ideológica.
Algunos de sus afiliados secundarios –la UNESCO, la Unctad y otros
similares– hacen un buen trabajo y la Asamblea general es poco dañina.
Pero no hay ninguna posibilidad de reformar el Consejo de Seguridad.
El mundo estaría mucho mejor –sería un conjunto más honorable de
estados iguales– sin su presencia.
3. El oligopolio nuclear de los cinco
poderes vencedores de 1945 es igualmente indefendible. El Tratado de
no proliferación nuclear es una burla de cualquier principio de
igualdad o de justicia, pues quienes poseen las armas de destrucción
masiva insisten en que todos, excepto ellos, se deshagan de ellas en
beneficio de la humanidad. En el caso de que algunos estados
reclamaran tales armas, serían los pequeños, no los grandes, ya que
éstas compensarían el poder y la arrogancia de estos últimos. En la
práctica, como era de esperar, estas armas están muy difundidas, y
puesto que los grandes poderes se niegan a desechar las suyas, no hay
ninguna razón para oponerse a que otros las posean. Kenneth Waltz,
decano estadounidense de la teoría de las relaciones internacionales y
una fuente impecablemente respetable, publicó hace mucho tiempo un
tranquilo y detallado ensayo, que nunca ha sido refutado y que se
titulaba ‘The Spread of Nuclear Weapons: More May Be Better’ [La
proliferación de las armas nucleares: más puede ser mejor]. Es una
lectura recomendable. La idea de que no se debe permitir que Irak o
Corea del Norte posean tales armas, mientras que se puede perdonar que
Israel o la Sudáfrica blanca sí las tengan, no tiene base lógica
alguna.
4. Las anexiones de territorios
–denominadas conquistas en un lenguaje más tradicional–, cuyo castigo
es la justificación nominal del bloqueo impuesto por las Naciones
Unidas a Irak, nunca atrajeron las iras de las Naciones Unidas cuando
los conquistadores eran aliados de los Estados Unidos, sino únicamente
cuando eran sus adversarios. Las fronteras de Israel, a pesar de las
resoluciones de las Naciones Unidas de 1947, por no hablar de 1967,
son el producto de conquistas. Turquía se apoderó de dos quintas
partes de Chipre, Indonesia de Timor oriental y Marruecos del Sahara
Occidental, sin que nadie temblara en el Consejo de Seguridad. Los
detalles legales importan sólo cuando los intereses de los enemigos
están en juego. En lo que respecta a Irak, las agresiones
excepcionales del régimen baath son un mito, tal como John
Mearsheimer y Stephen Walt –a quienes difícilmente se los puede tachar
de radicales incendiarios– han demostrado recientemente con detalle en
su reciente ensayo publicado en Foreign Policy.
5. El terrorismo, tal como lo practica
Al Qaeda, no es una amenaza seria para el statu quo en ninguna parte.
El éxito espectacular del ataque del 11 de septiembre se basó en la
sorpresa –incluso la del cuarto avión– y es imposible de repetir. Si
Al Qaeda hubiera sido una organización fuerte, habría descargado sus
golpes en los estados clientes de Estados Unidos en Oriente Próximo,
donde el derrocamiento de un régimen significaría una diferencia
política, más que en los Estados Unidos, donde sólo hizo el efecto de
un pinchazo. Tal como han señalado Olivier Roy y Gilles Keppel, las
dos mejores autoridades en el campo de islamismo contemporáneo, Al
Qaeda es el remanente aislado de un movimiento de masas del
fundamentalismo musulmán, cuya utilización del terror es el síntoma de
su debilidad y de su derrota, el equivalente islámico de la Facción
del Ejército Rojo o de las Brigadas Rojas que surgieron en Alemania y
Italia una vez que los grandes levantamientos de estudiante de finales
de los años sesenta se hubieran desvanecido, y que fueron fácilmente
reprimidos por el estado. La total incapacidad de Al Qaeda para
organizar un solo atentado mientras que sus bases estaban siendo
destruidas y sus mandos aniquilados en Afganistán, habla mucho sobre
su debilidad. De formas diferentes, la evocación del espectro de una
conspiración enorme y mortal, capaz de golpear en cualquier momento,
le hace el juego tanto a la Administración como a la oposición del
Partido Demócrata, pero es un invento que tiene poco que ver de una u
otra manera con Irak, que ni tiene hoy conexiones con Al Qaeda ni
probablemente podrá hacer que la organización reviva si cae mañana.
6. Las tiranías o el abuso de los
derechos humanos, que ahora se utilizan para justificar intervenciones
militares –pasando por encima de la soberanía nacional en nombre de
valores humanitarios– son otra cosa que las Naciones Unidas también
utilizan con criterios no menos selectivos. El régimen iraquí es una
dictadura brutal, pero hasta que atacó a uno de los peones
estadounidenses en el Golfo había sido armado y financiado por
Occidente. Su historial es menos sangriento que el del régimen
indonesio, que durante tres décadas fue el pilar principal de
Occidente en el sudeste asiático. La tortura era legal en Israel hasta
ayer, abiertamente aceptada por el Tribunal Supremo. A diferencia de
Irak, Turquía, reciente candidata a la entrada en la Unión Europea, ni
siquiera tolera la lengua de sus kurdos y, en calidad de buen miembro
de la OTAN, tortura y encarcela sin obstáculo alguno. En cuanto a la
‘justicia internacional’, la farsa del Tribunal de la Haya sobre
Yugoslavia, puesto que la OTAN es juez y parte, se amplificará con el
Tribunal Penal Internacional, en el que el Consejo de Seguridad puede
prohibir o suspender cualquier acción que no le guste (es decir, que
irrite a sus miembros permanentes).Además, se invita a compañías
privadas o millonarias –Walmart o Dow Chemicals, Hinduja o Fayed,
pongamos por caso– a financiar investigaciones (Artículos 16 y 116).
Sadam, en caso de que lo capturen, seguramente será juzgado por este
augusto tribunal. ¿Alguien se imagina que Sharon o Putin o Mubarak
alguna vez lo serán?
¿Cuáles son las conclusiones?
Simplemente éstas: maullar sobre la locura de Blair o la crudeza de
Bush sólo sirve para salvar los muebles. Los argumentos contra la
guerra inminente serían más creíbles si se centrasen en la estructura
anterior al tratamiento especial que las Naciones Unidas le otorgaban
a Irak, en vez de ocuparse de la cuestión secundaria de si hay que
seguir estrangulando despacio el país o bien sacarlo rápidamente de su
miseria.
¿Qué es lo que motiva a Perry?

Perry Anderson ha escrito una polémica
crítica de los argumentos de los sectores liberales del movimiento
pacifista. Su crítica del apoyo a las Naciones Unidas y en particular
al Consejo de Seguridad y al Tratado de no proliferación nuclear está
bien argumentada, si bien peca de unilateral. Aparte de sus
perspicaces reproches al campo pacifista liberal, el resto de su
polémica adolece de profundos y penetrantes fallos teóricos, de
conceptualización y de realidad. En primer lugar, Anderson hace caso
omiso de la compleja y plural coalición que vincula a
antiimperialistas radicales con pacifistas y con liberales religiosos
y seglares.
La discusión que hace Anderson de los
preparativos estadounidenses para la guerra carece de cualquier
alusión a un marco teórico digno de este nombre. Su vaga y escueta
mención de la ‘hegemonía' estadounidense no funciona. Su reticencia a
la hora de discutir (o incluso de mencionar) el imperialismo
estadounidense y las especificidades de su elite gobernante excluye
cualquier comprensión del contexto, de la radicalización y del
crecimiento del movimiento pacifista y, en particular, de su poderosa
vertiente antiimperialista. Anderson se limita al debate entre
conservadores y liberales, que son tanto probélicos como pacifistas y,
a continuación, inserta el movimiento pacifista de masas dentro de
estos estrechos límites.
La idea que tiene Anderson del
movimiento pacifista está distorsionada por la lectura del London
Times o del Los Angeles Times o por los chismorreos de
Beverly Hills. El movimiento pacifista es una superación de los
sectores radicales del movimiento antiglobalizador, para ser más
precisos de su ala anticapitalista. En segundo lugar, un sector
mayoritario del movimiento pacifista (sobre todo fuera de la órbita
angloestadounidense) se opone a la guerra con independencia de
cualquier decisión de las Naciones Unidas, lo cual demuestra su
posición crítica con respecto al comportamiento pasado y presente de
las Naciones Unidas. En tercer lugar, en muchos países, incluidos
Inglaterra, Turquía, Italia y Francia, los trabajadores han iniciado
acciones directas –huelgas– o han amenazado con otras acciones para
oponerse a la naturaleza imperialista de la guerra. En el norte de
Italia los sindicalistas y los activistas pacifistas han bloqueado
vías férreas que se utilizan para transportar convoyes cargados de
armas. El 14 de marzo, millones de trabajadores españoles organizaron
una huelga general contra los preparativos de la guerra.
La fláccida discusión de Anderson
sobre los motivos que mueven al creciente movimiento pacifista es una
caricatura del movimiento, más cercana a Paul Wolfowitz que a las
explicaciones dadas por los propios participantes. Según Anderson, la
oposición se basa en la hostilidad cultural hacia los republicanos, en
los defectos de la campaña de propaganda (‘espectáculo’) de los medios
de comunicación adictos a Bush y en el ‘miedo'. Las principales
consignas que se gritan en las manifestaciones de todo el mundo son
‘No cambiemos sangre por petróleo’, ‘Petróleo = Guerra’ y otras muchas
variantes del mismo tema, que reflejan la oposición a la guerra que
promueve Washington para quedarse con el petróleo de Irak. Estos
eslóganes reflejan un razonamiento coherente, lógico y exacto, que
vincula una guerra imperial con la búsqueda del control de una materia
prima estratégica. Anderson subestima la repugnancia popular hacia el
asesinato en masa, así como la convicción que tienen los movimientos
pacifistas de que millones de iraquíes serán asesinados, heridos o
desplazados. La opinión popular de las masas ha sido capaz de ver a
través de la campaña de propaganda sin precedentes, masiva y homogénea
de Bush, Blair, Aznar, Berlusconi y otros. En vez de reconocer una
nueva conciencia crítica pública, Anderson le reprocha a Bush el que
no haya emprendido una campaña de propaganda mas agresiva y eficaz. Al
parecer, Anderson olvida que sólo pueden proyectar sus imágenes de
propaganda durante 24 horas por día.
La cuestión del miedo a la venganza es
un factor que influye en el auge del movimiento pacifista, pero esta
inquietud psicológica está ligada tanto a los sentimientos pacifistas
como a los favorables a la guerra. Las razones que encaminan la
condición psicológica hacia una dirección particular –a oponerse a los
Estados Unidos como agresor– son factores políticos, sociales y
económicos, el reconocimiento de que Washington ha falsificado los
datos que justifican la guerra, de que no hay ninguna prueba de que
existan amenazas creíbles provenientes de Irak y la sensación de que
los Estados Unidos son la auténtica amenaza terrorista. Ésta es la
cuestión en la mayor parte de los países, en particular fuera del
mundo anglosajón. En Corea del Sur, según encuestas recientes, la
mayor parte de la población, tres de cada cuatro coreanos, considera
que los Estados Unidos son una amenaza mayor que Corea del Norte.
En lo que seguramente será considerado
como el argumento logicodeductivo más absurdo sobre el movimiento
pacifista, Anderson aduce que ‘en cuestiones de principios, la
posición de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable’.
Conforme uno lee con detenimiento el resumen que hace Anderson de las
asunciones en que se basan tales ‘principios’ , advierte que no logra
explicar en detalle el principio bushiano de la guerra permanente
sobre la base de una conspiración planetaria internacional mundial hoy
vigente en 60 países, la doctrina de las guerras preventivas, las
múltiples guerras en Oriente Próximo y la ilógica posición de apoyar
los principios de las Naciones Unidas y de anularlos en la práctica.
Si no fuera por lo mucho que está en juego, resultaría divertido leer
la enérgica presentación que hace Anderson de la guerra ‘de
principios’ de la Administración Bush y su disparatado resumen de la
ilógica e incoherente discusión de la posición pacifista liberal. En
sus esfuerzos por desacreditar los argumentos liberales pacifistas,
sin querer –o bien deliberadamente– intenta abrir una brecha entre la
coalición plural que se opone la guerra. Para lograrlo, su principal
arma consiste en un ataque general contra las Naciones Unidas, el
Consejo de Seguridad y la ‘comunidad internacional‘ como simples
instrumentos de la ‘hegemonía’ estadounidense. Las generalidades de
Anderson contienen verdades a medias, carecen de cualquier sentido
táctico político y de estrategia y están desprovistas de cualquier
idea sobre cómo sobrepasar el movimiento pacifista más allá de algunas
declaraciones poco pertinentes.
El punto de partida es la incapacidad
de Anderson para entender el comportamiento político de las Naciones
Unidas durante el medio siglo que acaba de transcurrir. Mientras que
los Estados Unidos dominaron las Naciones Unidas durante los años
cincuenta y sesenta, en los setenta se cambiaron las tornas y los
Estados Unidos quedaron en minoría frente a las exigencias de un Nuevo
Orden Internacional. Los Estados Unidos tuvieron que recurrir a su
veto para bloquear resoluciones que afectaban al socio especial de
Washington, Israel. Durante los años noventa, la influencia de los
Estados Unidos en las Naciones Unidas alcanzó su punto máximo, que ha
declinado conforme se acercaba la segunda Guerra del Golfo. No cabe
duda de que los Estados Unidos son un poderoso país imperialista con
vocación para la conquista (no para la hegemonía), pero Anderson hace
caso omiso de que, hoy, Washington encuentra oposición en su camino y
amenaza con actuar con independencia de las Naciones Unidas. ¿Cuál es
la fuente de este conflicto, rivalidades interimperialistas, elites
gobernantes diferentes? Nunca llegamos a averiguarlo, porque Anderson,
con su lógica sublime, ignora totalmente estas cuestiones y, lo que es
peor, no llega a ver que los conflictos interelititistas son una
condición importante para el avance antiimperialista en ciertas
circunstancias. Los treinta millones de activistas pacifistas incluyen
a gente que todavía cree en las Naciones Unidas, que confían en Chirac
y en una resolución de las Naciones Unidas. ¿Acaso debería la
izquierda romper con ellos y debilitar el movimiento o bien debería
trabajar junto a ellos, presentar sus propios argumentos
antiimperialistas y profundizar el conocimiento popular de las causas
sistémicas de la guerra? Está claro que los revolucionarios y los
antiimperialistas reformistas han escogido correctamente el segundo
camino, y con mucho éxito, tanto desde el punto de vista cualitativo
como cuantitativo. El movimiento pacifista se está radicalizando,
crece por millones conforme se acerca la guerra y ha llevado a los
aliados burgueses e imperiales hacia una oposición temporal. Incluso
si las Naciones Unidas estuviesen totalmente dominadas, tal como
afirma Anderson, han servido de foro para plantear cuestiones
fundamentales y para obligar a los Estados Unidos a exhibir su lado
más oscuro: el chantaje político, las amenazas violentas, la
corrupción económica y el crudo espionaje de representantes de las
Naciones Unidas, lo cual no sólo ha afectado desfavorablemente la
imagen de los Estados Unidos, sino que también ha sacado a la luz los
límites de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad. Las
apelaciones a las Naciones Unidas son demandas de transición, que unen
la actual conciencia moderada antibelicista con una perspectiva
antiimperialista más radical, siempre que la izquierda no renuncie a
su posición de principios. La alternativa de Anderson al movimiento
pacifista antiimperialista consiste en abolir el Consejo de Seguridad
y en estudiar las pasadas relaciones de las Naciones Unidas con Irak,
lo cual es algo que carece de importancia frente a un movimiento
pacifista de masas correctamente centrado en el papel del régimen
imperial de Washington y en sus actuales proyecciones militares en
Oriente Próximo, un movimiento que pretende profundizar y explotar las
‘ilógicas’ y ‘contradictorias’ posiciones adoptadas por las clases
rivales dominantes y sembrar la conciencia antiimperialista entre los
mil millones de oponentes a la guerra.