Cada agresión que un hombre comete
contra otro se puede juzgar desde dos aspectos diferentes: el
ético y el de la razón. Se supone que el juicio ético decide
si dicha agresión era moralmente buena o mala. La valoración
de si algo es moralmente bueno o malo implica el uso de las
facultades intuitivas y, por lo tanto, no puede dar lugar a
conclusiones netas. La razón, por otra parte, indaga las
causas que condujeron a la agresión, aplicando para ello
facultades racionales; estudia las pruebas disponibles, el
contexto psicológico, el sistema legal, los casos precedentes,
etc. La razón hace uso de consideraciones racionales y
analíticas y, por ello, se puede reducir a un argumento con
resultados irrefutables. Para establecer si la agresión estuvo
justificada debemos llegar a una síntesis del juicio ético y
de la razón. Por lo general, se considera que dicha síntesis
constituye la justicia. Es importante señalar que tal síntesis
está lejos de ser perfecta o «libre de defectos», pero es el
proceso más aceptable que los seres humanos pueden seguir para
alcanzar un juicio justo. A pesar de que las decisiones éticas
y la razón pertenecen a categorías muy diferentes de
pensamiento, el género humano ha demostrado que es capaz de
sintetizar ambas.
Este proceso de síntesis puede
complicarse mucho si nos enfrentamos a una agresión a gran
escala, que revela claramente una obvia injusticia. Aquí es
cuando se implica la política. En este ensayo trataré de
escudriñar el mecanismo político que se especializa en privar
al ser humano singular de su capacidad de llegar a un juicio
justo. Intentaré examinar grandes crímenes contra humanidad y
evaluar el mecanismo político que da lugar a la transformación
de su importancia en poder político. Intentaré argumentar que
el actual poder político occidental se basa en la degradación
de la noción humana de la justicia en un modo ético
desprovisto de razón. Asimismo, argumentaré que esta forma de
pensamiento da lugar a la «mentalidad de víctima».
El 11 de septiembre
El ataque contra el World Trade Centre
fue una agresión a gran escala llevada a cabo por muy pocos
terroristas contra muchos civiles inocentes. Nadie puede
justificar un ataque así desde el punto de vista moral. Por
eso, dicho ataque puede y deber ser evaluado como un acto de
agresión. En otras palabras, debería ser analizado tanto desde
la ética como desde la razón.
Es lícito preguntarse por la razón que
condujo al ataque: ¿Qué es lo que llevó a diecisiete hombres
fieles a cometer una atrocidad suicida como aquélla? ¿Debería
ser considerado el ataque como una declaración de guerra o
bien como una forma de venganza? ¿Se trata sólo de un acto
desquiciado, diabólico y cruel o bien de una lucha legítima
por la liberación? Es importante plantear estas preguntas, no
porque sus respuestas sean claras, sino precisamente porque
sus respuestas podrían ser muy vagas. Al menos podrían
conducirnos a reconocer nuestros propios límites racionales.
Incluso podrían llevarnos a admitir la posibilidad de una
racionalidad diferente, capaz de legitimar el que pongamos
nuestras vidas en gran peligro. Los estadounidenses deberían
ser los primeros en hacerse tales preguntas, pero por
desgracia apenas se las plantean. La razón de ello es
evidente. En lo superficial cabe argumentar que tales
preguntas son redundantes, ya que ninguna explicación racional
puede justificar un crimen completamente inhumano. Esta
argumentación es muy popular e incluso se considera que tiene
una base moral, pero en realidad conduce a resultados
contraproducentes, ya que hace que la sociedad sea incapaz de
analizarse a sí misma. Más aún, impide por completo la
posibilidad de que la sociedad admita otras visiones
alternativas y contrarias del mundo.
Yo diría que el hecho de no buscar los
motivos de los crímenes contra la humanidad es en sí mismo un
crimen fatal. Se trata de una sofisticada manipulación
política que busca el mantenimiento del actual orden mundial,
en el que los ricos lo son cada vez más y los pobres son
pobres para siempre. Esta manera de pensar, que pronto
definiré como la «mentalidad de víctima», es probablemente el
auténtico y único enemigo de la cultura occidental. Si
convenimos que el razonamiento racional y la argumentación
apropiada están considerados como los ideales occidentales más
elevados, habremos de convenir que el hecho de privar al ser
humano de esas mismas facultades es una clara ofensa contra
dichos ideales occidentales.
La reacción de la administración
estadounidense a la atrocidad del 11 de septiembre muestra una
anulación intencional del mecanismo de cuestionamiento y de la
búsqueda de la razón. Se basa en la adopción de un enfoque
puramente ético. El presidente G. W. Bush condenó
correctamente el ataque desde el punto de vista de la ética,
pero al mismo tiempo impidió que tanto él como el pueblo
estadounidense afrontasen las razones que llevaron a aquel
ataque. G. W. Bush intentó claramente redefinir la noción de
justicia, que dejó de ser una síntesis entre el juicio ético y
la razón para convertirse en un juicio puramente ético. Como
dije antes, cuando uno se priva a sí mismo de la razón, la
idea de justicia se vuelve redundante y la justicia se
convierte en mera intuición. Ya no es necesaria jurisdicción
alguna y el sospechoso puede ahorrarse su defensa, puesto que
su crimen es, de entrada, completamente inaceptable.
Es fácil explicar por qué los políticos
prefieren degradar la idea de la «justicia» en algo puramente
ético. En primer lugar, puesto que la ética aplica las
facultades intuitivas, permite que quienes practican la
política se comuniquen con las intuiciones de sus partidarios,
en vez de con su razonamiento. En segundo lugar, en la era de
los medios electrónicos de comunicación, los mensajes deben
ser fuertes, claros y concisos. Es mucho más fácil y eficaz
estimular intuiciones con metáforas y lenguaje emotivo que
presentar un aburrido argumento racional «bien construido». En
tercer lugar, los políticos prefieren que la línea de
demarcación entre la razón y la ética siga siendo lo más
evasiva posible, porque esto les permite redefinir la noción
de justicia para que se ajuste a su propia agenda política (la
razón podría poner en peligro dicha agenda). En cuarto lugar,
el soslayo de la razón les ahorra a los políticos la
obligación de presentar cualquier prueba conclusiva a los
votantes.
Estas explicaciones podrían lanzar
alguna luz sobre la extraña retórica en que se basa la absurda
«guerra contra el terrorismo». No tenemos que procesar a Ben
Laden, puesto que, de todos modos, es un gran criminal.
Describámoslo simplemente como el «diablo en persona» y luego
intentemos capturarlo, incluso si para ello hay que matar a
miles de civiles inocentes. No tenemos por qué demostrar que
Sadam posee un arsenal de «armas de destrucción masiva», nos
bastará con deshumanizarlo y luego con declarar una tercera
guerra mundial. La administración estadounidense quiere que
sigamos nuestras intuiciones y asumamos que las de Bush deben
ser bastante buenas: no olvidemos que se trata de un
presidente «elegido» y que, por ello mismo, debe representar
las intuiciones del «democrático» pueblo estadounidense.
Tal como ya deberíamos habernos dado
cuenta, los resultados de la «guerra contra el terrorismo» son
hasta la fecha bastante mediocres. Los Estados Unidos de
América corren todavía el mismo peligro de antes, si no uno
mucho mayor. Incluso se puede decir que, ahora, es el mundo
entero el que se encuentra bajo grave amenaza. A Israel, que
también declaró su propia «pequeña guerra contra el
terrorismo», le pasa exactamente igual. Al parecer, los
palestinos están más determinados que nunca a liberarse, lo
cual ha dejado claro que las posibilidades de supervivencia de
Israel como Estado judío son muy tenues. La razón es sencilla:
la justicia de una sola dimensión, es decir, puramente ética,
ciega a la gente y, cuando la gente está ciega, comete muchos
errores, porque no logra ver a dónde va.
Los orígenes de la «mentalidad
de víctima»
Las víctimas son personas que sufren a
pesar de ser inocentes (al menos a sus propios ojos y de
acuerdo con su opinión personal o con la opinión general).
Intentaré demostrar que la «mentalidad de víctima» tiene mucho
que ver con la negación de la razón. En muchos casos, la
negación de la razón es algo totalmente comprensible. Por
ejemplo, puede que una mujer que ha sido violada de forma
brutal no vea interés alguno en conocer las dificultades
personales que llevaron al acto al delincuente sexual. Como
víctima, es posible que desee evitar la razón para
concentrarse únicamente en sus cicatrices emocionales y
físicas. Esto es perfectamente comprensible. De acuerdo con el
mismo modelo de pensamiento, es probable que una familia que
perdió a su hijo cuando un conductor de camión borracho lo
atropelló, no desee saber nada de las dificultades personales
de éste ni de la razón que lo empujó a beber en exceso. Es
algo natural que las víctimas se sientan ajenas a los
acontecimientos y a la razón que cambió el curso de su vidas.
No obstante, estos casos no establecen la «mentalidad de
víctima», sino que son más bien un modelo psicológico normal
de represión. La «mentalidad de víctima» es una definición
política que abarca algo mucho más general. Se refiere a las
comunidades que adoptan un rechazo completo de la razón.
Podemos encontrar ligeros rastros de «mentalidad de víctima»
en grupos políticos marginales como los movimientos feministas
y gays. De nuevo, es algo comprensible si se considera la
discriminación que existe contra ellos. Pero resulta mucho más
interesante encontrar indicios claros de «mentalidad de
víctima» en el núcleo de los grupos dominantes del mundo. Me
estoy refiriendo a los grupos de presión sionista y a la
actual administración estadounidense. Estos grupos dominantes
consideran que los crímenes que se cometen contra ellos son lo
bastante graves como para justificar totalmente el rechazo de
la razón.
El modelo de «víctima» adoptado por los
sionistas es único en la historia. El pueblo judío sufrió
definitivamente las experiencias más devastadoras durante su
larga andadura. El Holocausto es, sin duda, uno de los
capítulos más horrendos de la historia. Pero también debemos
recordar que los sionistas han sido más que inteligentes a la
hora de utilizar este episodio desastroso como catalizador
para su liberación. El Holocausto fue de gran ayuda a los
sionistas para hacer que las Naciones Unidas apoyasen la
resolución de partición (1947) que, eventualmente, condujo a
la declaración del Estado de Israel (1948). En el ámbito
económico, los judíos recibieron la compensación del gobierno
alemán poco después del final de la guerra. Pero si bien es
cierto que los judíos tenían mucha razón para considerarse
víctimas, ya han dejado de serlo. Hoy día tienen un estado, un
ejército poderoso y un arsenal nuclear lo bastante grande como
para convertir nuestro planeta en un páramo. Curiosamente, los
israelíes y los judíos de todo el mundo se siguen considerando
víctimas. Más aún, Israel, que nació a la sombra del
Holocausto, ha convertido la «mentalidad de víctima» en una
industria floreciente, tanto en el turismo como en la
diplomacia. La manera de implantar por completo la «mentalidad
de víctima» ha consistido en la continua negación de la razón,
en un rechazo absoluto de la razón que condujo al Holocausto
en primer lugar. Me atrevo a afirmar que los sionistas, si
lograran enfrentarse a la razón, llegarían a entender por qué
pierden popularidad hoy en día.
Incluso si se admite que los judíos
tenían muy buenas razones para considerarse víctimas en un
cierto momento histórico, es posible argumentar que los
sionistas podrían ser los primeros en aprender de los motivos
que llevaron a su propia destrucción. Podrían aprender del muy
cierto resquemor europeo acerca de su control del mundo de la
banca y de las finanzas. Podrían aprender de las
preocupaciones burguesas y capitalistas en cuanto a la
participación de los judíos en movimientos proletarios
anarquistas y revolucionarios. Podrían aprender del rechazo
xenófobo del ost juden e incluso de las alegaciones nazis de
que estaban planeando controlar el mundo con «abstracciones«
(el marxismo, el psicoanálisis e incluso la teoría de la
relatividad y el catolicismo). Con independencia de la validez
de tales acusaciones, ni los israelíes ni los sionistas han
intentado nunca analizarlas. Muy al contrario, las han evitado
por completo etiquetándolas de «tonterías antisemitas» y
estableciendo con ello una noción de justicia basada
únicamente en su propio juicio ético intuitivo. Para los
israelíes, el uso de la razón es viable con tal de que
coincida con su única intuición, que consiste en que los
judíos tienen el derecho de vivir en Sión, independientemente
de las consecuencias. Es esta forma de ignorancia la que
descalifica a los israelíes y a los sionistas para comprender
su propia realidad. Además, dado que los israelíes ya no están
entrenados en el proceso de llegar a la síntesis de la razón y
del juicio ético, su capacidad para establecer argumentos
sólidos es escasa. Puede parecer gracioso (o muy triste), pero
muchos israelíes ya no son capaces de distinguir entre
criminales de guerra nazis e inocentes civiles palestinos.
Muchos israelíes y sionistas van incluso más lejos y tienden a
considerar el mundo de los gentiles como un enemigo perverso y
despiadado. Si el «mundo de los gentiles» significa la raza
humana, deberemos admitir que muchos judíos se consideran en
guerra contra la raza humana (lo cual podría explicar el
enorme arsenal nuclear israelí). En general, el pueblo israelí
se toma incluso la condena diplomática de su política como un
ofensa antisemita. Después de las últimas elecciones, que han
mostrado el auge de la derecha, ha quedado claro que la gran
mayoría de la población judía israelí apoya realmente la
opresión del pueblo palestino, pero ni siquiera eso les impide
considerarse víctimas. Yo suelo vincular este extraño estado
de ánimo –el de ser al mismo tiempo opresor y víctima– al
claro deterioro del uso que los israelíes hacen de la razón y
creo que se debe al excesivo recuerdo del Holocausto. El
astronauta israelí Ilan Ramon, que falleció en la reciente
tragedia de la nave Columbia, estaba orgulloso de llevar con
él al espacio símbolos de víctimas y recuerdos del Holocausto.
Cuando supe por la prensa que la expedición de la nave
Columbia tenía un carácter puramente científico, me pregunté
si la misión científica de Ramon consistía en propagar la
«mentalidad de víctima» en el espacio. De todos modos, menos
de una hora después de la explosión, Sharon anunció que Ramon
era una «víctima de la ciencia». Sin duda la noción
terminológica de víctima fluye de manera continua entre los
dedicados sionistas.
Lo sucedido en los Estados Unidos tras
el 11 de septiembre es muy similar. La administración
estadounidense, al igual que los judíos del Holocausto, adoptó
un modelo de pensamiento de víctima que le permite hacer
juicios intuitivos sin ofrecer a cambio auténticos argumentos
racionales. En estos momentos, los Estados Unidos bombardean
todo lo que no esté de acuerdo con los Estados Unidos. Todo
aquel que no está de acuerdo con su política es un
«antiamericano» y «quien no está con nosotros está contra
nosotros», dijo el presidente, copiando la intuición sionista
de que «o bien se apoya a Israel o se es un antisemita». Este
comportamiento estadounidense es típico de la víctima que
niega la razón.
Cabe preguntarse si esto tiene algún
remedio ¿Podemos ayudar a los sionistas o a los
estadounidenses a evitar este callejón sin salida? La
respuesta es no. No podemos hacer nada. Éste es el nacimiento
de una nueva tragedia.
No podemos ayudar a los israelíes ni a
la administración estadounidense, porque viven secuestrados
por su propia «mentalidad de víctima». Por desgracia, debemos
dejar a los israelíes que se destruyan, lo cual es algo que
hacen a la perfección. Sólo podemos rezar para que la
presidencia de Bush se termine antes de que logre destruir
nuestro planeta. ¿Por qué no podemos ayudarles? Porque tanto
los unos como los otros se han secuestrados a sí mismos. Si
otros nos encarcelan siempre será posible alcanzar la
libertad, pero cuando nos encarcelamos nosotros mismos podemos
permanecer tras las rejas para siempre.
Algunos casos interesantes para
la reflexión
1. El caso de Ivan John Demjanjuk
La historia de Ivan John Demjanjuk
comenzó en 1975, cuando en el senado de los Estados Unidos
empezó a circular una lista con los nombres de presuntos
criminales de guerra nazis. La lista procedía del KGB, al
parecer de material capturado por el Ejército Rojo. A Ivan
John Demjanjuk se le acusaba de ser «Iván el Terrible», un
operador de cámara de gas particularmente siniestro del campo
de exterminación de Treblinka. A pesar de que los
estadounidenses habían identificado a Demjanjuk como guardián
en el geográficamente lejano campo de Sobibor, fueron los
«testigos supervivientes» quienes lo situaron en el campo de
Treblinka. Para Demjanjuk, aquello representó una batalla
legal de dieciocho años. En primer lugar, se le arrebató la
ciudadanía estadounidense (1985). Poco después, fue
extraditado a Israel para ser procesado como criminal de
guerra. A lo largo de su batalla legal, Demjanjuk negó los
cargos. Según él, nunca había sido «Iván el Terrible».
El 18 de abril de 1987, doce años
después del inicio de la saga legal, Damjanjuk fue condenado a
muerte por un tribunal israelí.
En 1990, tras la caída de la Unión
Soviética, los archivos del KGB fueron expuestos al gran
público. Sólo entonces se reveló la espantosa verdad: el
«certificado Trawniki», que condujo a las sospechas contra
Ivan John Demjanjuk, era una falsificación soviética (llevada
a cabo para inculpar ucranianos como partidarios de los
nazis).
Poco tiempo después, el tribunal supremo
israelí tuvo que admitir que toda la historia de Demjanjuk era
una fabricación de principio al fin. El 22 de septiembre de
1993, Demjanjuk fue liberado. El tribunal supremo israelí tuvo
que rechazar la «prueba de los testigos».
La pregunta que uno debería hacerse es
cómo es posible que un testigo se ponga delante de otro
anciano, al que nunca antes ha visto, y lo acuse de ser un
terrible asesino y un criminal de guerra.
He aquí lo que los testigos oculares
confesaron ante el tribunal:
«Estoy convencido de que el hombre que
está sentado frente a mí es Iván el Terrible de Treblinka» (Pinhas
Epstien, 23 de febrero de 1987).
«Este hombre es Iván, sin duda alguna,
Iván de Treblinka. El de las cámaras de gas, el hombre que
estoy mirando ahora.» (Eliyhau Rosenberg 25 de febrero de
1987).
¿Qué clase de mentalidad psíquica
conduce a un funcionamiento así? A menos que los señores
Epstien y Rosenberg fuesen dos auténticos bandidos, cosa que
dudo, asumo que la culpa se le debe echar a la «mentalidad de
víctima», que da lugar a una forma de aborrecimiento que va
más allá de la razón. Tanto Epstien como Rosenberg se pusieron
frente a un hombre inofensivo e inocente pensando para ellos
mismos: «aunque usted no sea Iván el Terrible, lo es». Como
puede verse, la mentalidad de víctima nos permite funcionar
según una nueva lógica, con la cual alguien puede ser «P» y no
ser «P». «No importa si usted no es Iván el Terrible, mientras
que lo sea». Esta obvia contradicción lógica sólo es posible
cuando el juicio ético niega por completo la existencia de la
razón.
2. El caso del rabino Farhi
El 3 de enero de 2003, el rabino Farhi,
uno de los líderes de la comunidad judía francesa, fue
apuñalado y su coche quemado. Según el informe del rabino
Farhi a la policía, había sido atacado por un hombre
enmascarado que gritó: «Alá hu Akbar», Dios es grande. Esta
descripción no dejaba mucho espacio libre para la imaginación.
El rabino Farhi delimitó claramente la orientación religiosa
del sospechoso. El ataque fue considerado en el mundo entero
como un acto antisemita llevado a cabo por un militante
islámico. El revuelo que se organizó en todo el mundo hizo que
el presidente francés Jacques Chirac denunciase públicamente
el ataque como un «acto odioso que llena de indignación».
Dos semanas más tarde, los periódicos
franceses Marianne y Le Figaro señalaron que tanto la policía
como el experto médico que examinó al rabino poco después del
acontecimiento dudaban de las descripciones que éste hizo. Las
contradicciones entre la historia que contó y las heridas de
su cuerpo eran demasiado grandes. Según informaban los
periódicos, era más que probable que el rabino se apuñalara a
sí mismo y fingiese luego todo lo demás.
¿Lo hizo o no lo hizo? Todavía no existe
un veredicto y por eso no voy a pronunciarme. Lo que me
interesa es la idea de que la gente pueda herirse a sí misma.
Dentro de la realidad israelí esta clase de acontecimiento es
más que posible. Si la identidad sionista se asocia con el
sufrimiento, este mismo sufrimiento se convierte en algo
esencial para su existencia. En otras palabras, a menos que
los sionistas encuentren a alguien que les inflija dolor,
deben infligírselo ellos mismos. No es una coincidencia que la
historia judía sea una cadena infinita de holocaustos,
pogromos y discriminación, porque el sufrimiento es crucial
para los judíos, les ayuda a mantener su esencial mentalidad
de víctima. Los medios de comunicación israelíes y sionistas
cubren cualquier ataque contra los judíos en el mundo entero
asumiendo de entrada que está racialmente motivado, es decir,
que es antisemita. La identidad judía se mezcla íntimamente
con el antisemitismo. El judío necesita que lo odien.
La mayoría de los analistas políticos
israelíes y del Oriente Próximo están de acuerdo con que el
poder de Sharon necesita los ataques palestinos contra civiles
israelíes. Las estadísticas demuestran que ha habido más
ataques terroristas bajo Sharon que bajo cualquiera de sus
predecesores. Sharon sabe muy bien que se mantendrá en el
poder mientras los israelíes sufran ataques terroristas. Si
quiere conservar el poder, Sharon debe hacer lo posible para
que los palestinos ataquen, y la mejor manera de animarlos a
ello es aterrorizarlos. El ejército israelí asesina líderes
políticos palestinos y civiles de manera regular y priva a la
población palestina de alimentos y cuidados médicos. Por si
esto no fuera bastante, Sharon retrasa la construcción del
siniestro «muro de separación» entre Israel y Cisjordania
únicamente para asegurarse de que los terroristas palestinos
tienen un acceso fácil a las poblaciones israelíes. De la
misma manera que la presunta historia del rabino Farhi, Sharon
es peligroso para él mismo y para su pueblo, cuyas vidas pone
deliberadamente en peligro. En una sociedad basada en una
ética descompuesta y en una clara negación de la razón, tales
actividades parecen más que legítimas. Por desgracia para el
pueblo estadounidense, Bush no va a la zaga de su mentor
israelí. Al igual que Sharon, Bush está haciendo todo lo
posible para enfurecer a los árabes del mundo. Los humilla y
los incrimina continuamente, apoya a sus mayores enemigos y a
las peores tiranías. Como Sharon, Bush sabe que sólo un enorme
ataque terrorista contra los Estados Unidos puede darle el
apoyo de la gente. Creo que ya podemos concluir que las
sociedades atrapadas en la «mentalidad de víctima» se
convierten en rehenes de sus peores enemigos. Entre nuestros
líderes derechistas occidentales más crueles y los grupos
terroristas más despiadadas existe un vínculo terrible: entre
Bush y Ben Laden y entre Sharon y los kamikazes suicidas.
La única pregunta que queda en el aire
es: ¿Qué hace Tony Blair entre estos dos halcones fanáticos e
inmorales? Al fin y al cabo, él es el líder del Partido del
Trabajo. Resulta horroroso admitirlo, pero en estos momentos
sólo un ataque terrorista masivo contra el Reino Unido podría
evitar el hundimiento de la carrera política de Blair. Nuestro
primer ministro está ya en las manos de Ben Laden. El pueblo
británico debe ayudarle a escapar de ellas, justamente porque
dicho pueblo todavía no se ha convertido en víctima.

*
Jazzman, escritor y activista
de izquierda, el polifacético Gilad Atzmon es una estrella
ascendente de la escena cultural británica. Nacido y criado
dentro del judaísmo, apoya la liberación del pueblo palestino,
se opone de manera rotunda al principio racial del Estado de
Israel y milita a favor de la creación de un único estado
democrático, que acogería en su seno tanto a palestinos como a
israelíes. Su último CD, grabado con el multicultural The
Orient House Ensemble, se titula Exile. Gilad Atzmon ha
publicado una novela, Guide to the Perplexed, que
aparecerá pronto en castellano bajo el sello de Ediciones del
Bronce (Grupo Editorial Planeta). El lector puede visitar su
sitio web en el siguiente URL:
www.gilad.co.uk
Rebelión, 4 de marzo de 2003