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El inestable panorama del trabajo en la sociedad informatizada
¿ES EL CIBERESPACIO LA NUEVA FRONTERA?
Fred Turner
Traducido
para Rebelión por Manuel Talens
La retórica estadounidense de la frontera se ha convertido durante la
última década en uno de los temas dominantes de toda discusión sobre
las nuevas tecnologías informáticas y sus efectos sociales. Desde las
páginas de la revista Wired a los pasillos del Congreso,
académicos, líderes de la industria, políticos y periodistas han
transformado metafóricamente muchas formas de comunicación mediada por
ordenador en un paisaje imaginario y, de manera expresa, en «una
frontera electrónica». Por ejemplo, según William Mitchell –decano en
el Massachusetts Institute of Technology–, «el ciberespacio es el
nuevo territorio que se extiende más allá del horizonte, el lugar que
atrae a los colonos, vaqueros, pícaros y conquistadores del siglo XXI»
(1995: 110-111). Según la consultora de la industria Esther Dyson y el
futurista Alvin Toffler, «el ciberespacio es el territorio del
conocimiento y la exploración de dicho territorio puede ser una
auténtica y elevada labor de civilización» (Dyson et al., 1994:
2).
Ante tales hipérboles, resulta difícil tener presente que el «ciberespacio»
no es en absoluto un lugar, ni tampoco un reflejo futurista del pasado
estadounidense. En este ensayo, plantearé las preguntas de cómo y por
qué a tanta gente le ha dado por pensar que una serie de ordenadores
vinculados entre sí y los tipos de comunicación que posibilitan poseen
una topografía coherente y, en particular, un paisaje que se ajusta al
«mito americano». Diversos críticos han argumentado que la retórica de
la frontera electrónica simplemente representa la repetición de temas
clásicos literarios estadounidenses en un momento nuevo (Miller, 1995;
Sobchack, 1996; Healy, 1997), pero yo creo que dicha retórica ha
surgido menos de las nieblas de la historia literaria que de los
esfuerzos de una comunidad particular de fabricantes de ordenadores,
programadores de software, consultores corporativos y académicos. Este
grupo, denominado «la clase virtual» (Kroker y Weinstein, 1994) o los
digerati * (Brockman, 1996), es el que ha promovido
sin descanso la idea de la comunicación mediada por ordenador como una
exploración de la frontera. Yo, al igual que otros críticos –en
especial Kroker y Weinstein (1994) y Barbrook y Cameron (1998) –,
sostengo aquí que en parte lo han hecho con vistas a obtener ventajas
sociales y económicas para su clase, pero también que esta elite
emergente ha utilizado la retórica de la frontera electrónica para
identificar y aliviar la ansiedad que provocan los grandes cambios que
han tenido lugar durante los últimos veinticinco años en las prácticas
laborales y en la movilidad personal, cambios desencadenados por las
propias industrias del ordenador y del software.
Tal como el sociólogo Manuel Castells y otros han señalado, los
Estados Unidos del ciudadano con traje y corbata –un mundo dominado
por compañías organizadas de manera jerárquica, que ofrecen un empleo
más o menos estable– han empezado a desaparecer y, en su lugar, ha
surgido lo que Castells denomina la «sociedad interconectada».
Castells indica que, contrariamente a lo que antes sucedía en las
sociedades industriales, que organizaban sus economías principalmente
en torno a la producción de bienes materiales, «la sociedad
interconectada» ha comenzado a organizarse en torno a «la tecnología
de generación del conocimiento, de la informática, y de la
comunicación simbólica» (1996: 17). En la práctica, esto significa que
un número cada vez mayor de trabajadores se ganan la vida no sólo
procesando información, sino que usan las tecnologías de procesamiento
informático (tales como los sistemas operativos) para crear nuevas
tecnologías de la información (por ejemplo, softwares médicos o
financieros). Los trabajadores ahora usan la información no sólo para
gestionar la producción de bienes materiales, sino también para
producir la información como una especie de «bien» en sí mismo.
Según Castells, la mayor parte de este nuevo trabajo tiene lugar
dentro de «empresas interconectadas». Dichas compañías pueden tener su
sede en una nación o en otra, pero hacen negocios en todo el mundo
veinticuatro horas por día, y ello con la ayuda de redes electrónicas
de intercambio de información. Tales empresas están organizadas de
manera horizontal en una serie de unidades descentralizadas, cada una
de las cuales se halla vinculada a las demás y, al mismo tiempo,
funciona en gran parte de manera autónoma. Gracias a esta nueva forma
de organización macroeconómica, los trabajadores son más
independientes pero, al mismo tiempo, tienen menos poder. Por un lado,
escribe Castells, «la difusión de la tecnología avanzada de la
información en fábricas y oficinas» ha conducido a una
«mayor…necesidad de trabajadores autónomos, cultos, capaces y
dispuestos a programar y a decidir secuencias enteras de trabajo»
(1996: 241). Por el otro, sin embargo, la necesidad que tienen las
organizaciones interconectadas de ser flexibles para poder responder a
los cambios de las condiciones económicas –junto con su capacidad de
situar sus operaciones casi en cualquier parte del mundo– ha hecho que
incluso los trabajadores de mayor formación intelectual sean sumamente
vulnerables. Las empresas pueden reducir el tamaño de sus compañías
–con frecuencia lo hacen–, así como subcontratar, echar mano del
trabajo temporal y automatizar o trasladar ciertas tareas (1996: 239).
Por consiguiente, los trabajadores se han visto en la obligación de
ser sumamente emprendedores en todos los niveles.
Esto es mucho más evidente en las industrias del ordenador y del
software, incluso en los puestos de mayor preparación y mejor pagados.
Las compañías del Silicon Valley se enfrentan con una variedad de
«fuerzas perturbadoras», que incluyen «el éxito inmediato, los inicios
difíciles en el mercado, los planes apremiantes de desarrollo, la
obsolescencia repentina de sus productos, la competencia inesperada e
implacable, los errores imprevistos y los patrocinadores financieros
desleales» (Hayes, 1989:43-44). Por ello, «insisten en contratar
grupos flexibles de trabajadores y gestores» y trasvasan así las
inestabilidades del mercado a su mano de obra (Hayes, 1989: 43-44). En
el eslabón inferior de esta cadena, a los trabajadores no les queda
más remedio que deambular de empleo en empleo como mejor pueden. En el
superior, los trabajadores más expertos a menudo cambian de trabajo
con la ayuda de agencias o de una red de amigos profesionales, pero en
ambos casos el trabajo en la industria informática les exige una
enorme dedicación a corto plazo y una gran flexibilidad a largo plazo.
Hay quienes durante años han celebrado tales exigencias como una
fuente de perfeccionamiento personal individual y de productividad
industrial. La novela Microserfs [1995], de Douglas Coupland,
por ejemplo, cuenta la historia de Dan, un inspector de errores de
veintiséis años que trabaja para Microsoft y que deja la compañía para
asociarse con varios amigos y crear, a partes iguales, un «Lego
virtual» (1995: 71-72). Durante la mayor parte del libro la empresa
amenaza con fracasar, pero al final encuentran suficiente capital de
inversión y Dan y sus amigos parecen destinados a la riqueza.
Sin embargo, incluso si el libro alaba la movilidad en el Silicon
Valley, muestra también las difíciles condiciones de trabajo
existentes. Tal como lo explica la voz narradora, «los plazos
temporales son extremos en la industria de la tecnología. La vida
transcurre a una velocidad cincuenta veces superior a la normal»
(1995: 355). En el eslabón inferior, los apremiantes plazos de
producción obligan a programadores como Dan a trabajar hasta cuarenta
y ocho horas seguidas (una práctica que ellos denominan «el vuelo a
Australia») (1995: 110), lo cual, a su vez, hace que pierdan contacto
con sus cuerpos. «Trabajar dormir, trabajar, dormir, trabajar,
dormir…», escribe Dan en su diario. «Siento como si mi cuerpo fuese un
coche en el que paseo a mi cerebro, como una madre de los suburbios
que lleva a sus hijos a jugar al hockey» (1995: 4). Además, los
desenfrenados ciclos de desarrollo de los productos hacen que toda la
industria necesite individuos jóvenes. En su diario, por
ejemplo, Dan establece una serie de máximas para la obtención de
empleo en el mundo de los multimedia, que incluyen las nociones de que
una empresa no puede pretender más de diez años de dedicación completa
al trabajo y que «el límite superior de la edad de la gente con
instintos para este negocio es de aproximadamente cuarenta años»
(1995: 296).
En un ámbito más ampliamente social, Microserfs hace la crónica
de la disgregación de los trabajadores que Castells considera típica
de la empresa interconectada. Coupland señala, por ejemplo, que la
arquitectura de las plantas de la industria informática ha cambiado en
varias décadas. En los años setenta, las compañías agregaron duchas
para los empleados que hacían footing. En los ochenta pasaron a ser
campus, a veces con servicios de comedor y dormitorios. Este período,
escribe Coupland, estuvo marcado por un espíritu corporativo que
describe mediante la máxima «entréguenos usted su vida entera o no le
permitiremos trabajar en buenos proyectos» (1995: 211). En los
noventa, Coupland explica que «las corporaciones ya ni siquiera
contratan gente, sino que la gente se convierte en sus propias
corporaciones» (1995: 211). En otras palabras, incluso si las empresas
exigen un mayor compromiso a sus trabajadores, también los obliga a
hacerse cada vez más independientes. Esta independencia, a su vez, ha
hecho que muchos de ellos sean sumamente móviles. Los sitios donde un
programador puede encontrar trabajo son limitados y, tal como sugiere
Coupland, los programadores suelen intercambiarse entre ellos. En
consecuencia, estas redes de empleo tienden a sustituir a las formas
anteriores de cohesión social. En Microsefs, la filosófica
programadora Karla, novia de Dan, describe así el problema:
«No olvides que la mayor parte de los
que vinimos al Silicon Valley carecemos de las estructuras
tradicionales que en otros sitios del mundo otorgan identidad: la
religión, la política, la estructura familiar, las raíces, el sentido
de la historia u otros sistemas de creencias, que hacen que los
individuos no tengan que preguntarse quiénes son. Aquí uno se las ha
de arreglar solo. ¡Es un trabajo enorme, pero fíjate en la
cantidad de ideas que surgen del plástico! (1995: 236)»
En los comentarios de Karla se percibe la presencia de algunos de los
principios de la retórica de la frontera electrónica: la soledad, el
individualismo, la necesidad de inventiva y hasta la sugerencia de un
sentido de misión. Pero también podemos ver que tales principios han
surgido de la destrucción de otro modelo de cohesión individual y
social, como son los ritmos del ciclo de la vida y la necesidad de un
lugar social y geográfico. Los días y las noches han desaparecido en
las orgías de la codificación. La vejez ha dejado de ser una fuente de
autoridad para convertirse en un signo de incapacidad laboral. Es
posible trabajar con un ordenador en cualquier sitio y, de hecho, para
no perder el trabajo uno ha de estar dispuesto a mudarse, con lo cual
participa poco en organizaciones sociales locales y no pertenece a
ninguna parte. El paisaje social de la industria informática, sin
religión, política, familia, historia ni obligaciones a un lugar
particular, es una versión contemporánea del territorio de Nebraska,
una llanura abierta de par en par, donde sus habitantes se las
arreglan sin ayuda de nadie.
En el mundo de la ficción de Coupland, esa soledad permite que Dan y
sus amigos se regeneren y se enriquezcan a sí mismos. No obstante, en
Close to the Machine: technophilia and its
discontents
(1997), libro en el que Ellen Ullman cuenta las memorias de su
vida como programadora e ingeniero de software, sugiere que, en el
mundo real, la transitoriedad y la soledad del trabajo en la industria
informática son más destructoras que constructoras para el individuo.
A sus cuarenta y seis años, Ullman ha programado ordenadores desde
1971 y en la actualidad trabaja como ingeniero independiente de
software. Hace años trabajó como empleada, pero su empresa fue
absorbida por otra. Hoy día escribe, «mis clientes me contratan para
hacer un trabajo y se desprenden de mí cuando lo termino. Yo contrato
el siguiente eslabón de contratistas y luego me desprendo de ellos»
(1997: 126). Tal como sugiere Castells, esto es típico de la sociedad
interconectada, las presiones del rápido cambio tecnológico y
económico han llevado a Ullman a practicar el modelo de trabajo de la
empresa interconectada. En su libro explica que sus clientes esperan
que consultores como ella
«reúnan un grupo de gente para hacer
un trabajo, lleven éste a cabo y después lo disuelvan. Nadie tiene por
qué invertir en una persona o en unas habilidades, eso no tiene
sentido…Las habilidades cambian antes que la persona, por lo que
siempre es más sencillo cambiar a la persona.» (1997: 129).
En el interior de sus redes basadas en el trabajo, Ullman y sus
colegas mantienen contactos emocionales muy intensos, pero apenas se
termina el proyecto, el grupo, que ha llegado a intimar, debe
dispersarse. Tales interrupciones son dolorosas, si bien la angustia
que causan no es nada en comparación con el miedo que tiene Ullman a
caer en desuso. Las tecnologías con que trabaja cambian sin cesar y,
si desea permanecer en el negocio, tiene que estar al día. Desde 1971,
escribe,
«he aprendido seis lenguajes de
programación del más alto nivel, tres ensambladores, dos lenguajes de
recuperación de datos, ocho lenguajes de procesamiento de trabajo,
diecisiete lenguajes de escritura, diez tipos de macros, dos lenguajes
de definición de objeto, sesenta y ocho interfaces de programación de
bibliotecas, cinco variedades de redes y ocho entornos de operaciones,
que en realidad son quince si multiplicamos entre sí las distintas
combinaciones de sistemas operativos y de redes. No creo que esto me
haga particularmente insólita. Dado el ritmo de los cambios en
informática, quienquiera haya trabajado un poco en este terreno puede
ofrecer una lista similar.» (1997: 100-101)
En su juventud, el aprendizaje de estos lenguajes era mucho más fácil
que ahora. Ullman ha entrado en la madurez, un período que, según
creía antes, sería «el momento de la consolidación» (1997: 105). A los
cuarenta y seis años empieza a estar cansada. «El tiempo me dice que
deje de buscar lo último que acaba de aparecer», escribe. «Mi reloj
biológico no quiere seguir funcionando a toda prisa como un chip, cada
vez más rápido año tras año» (1997: 105).
Pero dadas las exigencias de la industria en que trabaja, el reloj
biológico de Ullman tendrá que esperar. Como Coupland, Ullman
representa un mundo en el que los ritmos biológicos, así como las
instituciones sociales que solían organizarlos, ya no se ajustan a las
expectativas de la industria. En su lugar, escribe Ullman con
sarcasmo, los trabajadores como ella deben seguir un puñado de reglas:
«Vive a tu aire y espera que los demás hagan lo mismo. No lleves
ninguna carga. Sé libre o muere. Sí, es cierto, uno sólo puede confiar
en sí mismo» (1997: 127).
Tal como sugiere, la retórica de la frontera electrónica proporciona
un lenguaje con el que dibujar un mapa del paisaje laboral en el
eslabón más alto de las industrias de software y del ordenador. Al
igual que colonos imaginarios, Ullman y sus colegas se encuentran
solos en una selva de condiciones económicas muy diferentes de las que
sus padres conocieron o hubieran podido enseñarles. Alejados de los
efectos civilizadores de la pertenencia a comunidades corporativas
permanentes, van a la deriva de patrón en patrón, como los pistoleros
a sueldo en las versiones de la vida real de los westerns espagueti
televisados en las madrugadas. Su poder se basa, en primer lugar, en
el conocimiento de los sistemas tecnológicos que llevan consigo y, en
segundo, en sus redes de amigos profesionales. Los vínculos personales
que mantienen entre ellos son tenues y de poca duración. Están solos.
Viven ajenos a los mundos exteriores a su industria por dos razones:
la primera es porque, cuando codifican, trabajan en un estado
psicológicamente incorpóreo durante largos períodos de tiempo y, la
segunda, porque para no quedarse sin empleo deben mudarse de nodo a
nodo dentro de la red de sitios donde se fabrican y se usan los
ordenadores y el software, y como para conseguir un nuevo trabajo han
de mantener el contacto con otros programadores, viven en un paisaje
social y físico poblado principalmente por gente como ellos. Para
tener éxito dentro de tal paisaje deben ignorar el paisaje paralelo:
el de las cosas locales, materiales, de reuniones ciudadanas, de
asociaciones de padres y profesores, de participación en la vida
cívica. Se ven obligados a profesar y mantener lealtad a su propia red
profesional, a sus sitios y a sus tecnologías; deben seguir siendo
«vaqueros de consola», dedicados a tiempo completo a errar por su
propio paisaje profesional.
En dicho contexto, podemos ver que lo que busca la retórica de la
frontera electrónica es transformar una serie de pérdidas personales
–de tiempo con la familia y los vecinos, de conexión con el propio
cuerpo y con la comunidad– en un mito colectivo. En otras palabras,
permite que sus practicantes celebren lo que no pueden evitar. Al
mismo tiempo, dado que las metáforas de la frontera captan con
exactitud la soledad y la transitoriedad inherente a su trabajo,
permiten asimismo tener alguna conciencia de su sufrimiento. Dentro de
las industrias del ordenador y del software, la retórica de la
frontera electrónica parece ofrecer una especie de puente ideológico
entre realidades difíciles y ficciones atractivas. Incluso si permite
que los trabajadores vislumbren el aprieto en que se encuentran,
transforma dicho aprieto en un lugar de heroísmo potencial, muy en la
tradición del «mito americano».
Esto estaría bien si se tratase estrictamente de un asunto privado
dentro de la industria de la informática. Pero no es así. Desde que
nació hace aproximadamente una década, la retórica de la frontera
electrónica ha servido como uno de los principales arquetipos con que
los representantes de la industria, los académicos, los políticos y
otros han procurado definir el empleo y la regulación de un
extraordinario recurso público: la Red de Internet. En tal contexto,
la metáfora de la frontera electrónica no sólo ha aliviado la ansiedad
de una elite de la información, sino que ha aumentado su poder
económico. Podría ofrecer aquí un buen número de ejemplos de este
fenómeno (lo he hecho en otro ensayo mucho más largo), pero dadas las
limitaciones de tiempo, me gustaría centrarme en las maneras en que
dos asunciones particulares inherentes a la metáfora electrónica de la
frontera han alterado la forma de la Red de Internet.
En primer lugar, consideremos la noción de que el ciberespacio, el
espacio de Internet, es de algún modo un lugar aparte del mundo
ordinario material. Tal como lo expresa John Perry Barlow, que es uno
de los principales defensores de esta retórica, la frontera
electrónica es «un mundo que está tanto por todas partes como en
ningún lugar, pero no es donde viven los cuerpos » (Barlow, 1996: 1).
Cuanto más consigan convencernos los consultores de la industria
informática como Barlow de que Internet no está, de algún modo, «en
ninguna parte», más difícil nos resultará ver que Internet basa su
existencia en redes verdaderas, materiales, de cables e interruptores,
antenas y satélites. Tal como algunos economistas políticos han
señalado, las corporaciones que fabrican y distribuyen este
equipamiento –entre ellas las corporaciones a las que Barlow ha
servido a cambio de elevados honorarios– a menudo tienen agendas
bastante en desacuerdo con las de los usuarios de Internet (Schiller,
1998; Herman y McChesney, 1997; Branscomb, 1994). La metáfora
electrónica de la frontera, al volver invisible el poder de los dueños
de la infraestructura, hace mucho más difícil que los usuarios de
Internet desafíen dicho poder.
En segundo lugar, consideremos la noción de que, en su calidad de
frontera, Internet es de algún modo accesible en igualdad de
condiciones a todos los usuarios. Barlow y otros argumentan que,
debido a que se trata de un mundo incorpóreo, la frontera permite
abolir los sistemas basados en la distinción corporal que plagan
nuestras vidas materiales. Cualquiera, escribe, puede entrar en la
frontera electrónica «sin el privilegio o el prejuicio de la raza, el
poder económico, la fuerza militar o el lugar de su nacimiento»
(1996:1). Pero si aceptamos este punto de vista deberemos ignorar el
hecho de que buena parte de la tierra no tiene acceso a Internet ni lo
tendrá probablemente durante algún tiempo. Incluso en los Estados
Unidos, por ejemplo, en 1995 unos siete millones de hogares carecían
de teléfono (Ebo, 1998: 6) y, en 1998, en torno al 30% de los
hogares no tenían acceso a la televisión por cable (Seiter, 1999:
147). Parece improbable que esos estadounidenses compren pronto
ordenadores y se suscriban a América On Line. Por último, la imagen
que los ideólogos electrónicos de la frontera dan de individuos
idénticos y autosuficientes deja en la penumbra todas las diferencias
que, según han demostrado los investigadores, influyen sobre el acceso
a los ordenadores y el uso que se les da. Entre dichas diferencias se
encuentran el género (Seiter, 1999; Clemente, 1998) y el origen étnico
(Ebo, 1998; Clemente, 1998), pero también el grado de educación y el
lugar de empleo. Con un grado mínimo de alfabetización y el acceso a
un ordenador, por ejemplo, prácticamente cualquiera puede aprender
cómo descargar un software o hacer un pedido a través de Internet,
pero parece improbable que tales personas se dediquen a las formas más
complejas de interacción mediada por ordenador –formas que otorgan un
poder–, en particular las que requieren grandes conocimientos de
programación y un acceso casi constante a máquinas de alto nivel.
Por lo tanto, persiste la pregunta: Si la ideología de la frontera
electrónica pinta un cuadro tan inexacto del presente y del futuro de
la comunicación mediada por ordenador, ¿por qué es tan popular? Yo
creo que la respuesta descansa en parte en el hecho de que quienes la
promueven tienen un acceso extraordinario a instituciones de elite,
incluida la prensa, las principales universidades y el gobierno
nacional. Es difícil imaginar organizaciones más implicadas en los
debates contemporáneos sobre la tecnología que el Massachusetts
Institute of Technology y la revista Wired o portavoces sobre
estas cuestiones más ampliamente citados que Esther Dyson o John Perry
Barlow. Además, tal como sugiere el trabajo de Manuel Castells, puede
que la retórica de la frontera electrónica tenga también una amplia
aceptación en este momento porque alivia la ansiedad de los
trabajadores de muchas industrias. Tal como escribe Ellen Ullman, es
posible que
«los trabajadores virtuales seamos el
futuro de todo el mundo. Vagamos de empleo en empleo y, en la
actualidad, a cualquiera le resulta difícil ser estable. Nuestros
compromisos de trabajo son contractuales, contingentes, efímeros, y
este modelo de vida insegura se extiende a nuestro alrededor. Puedo
equivocarme, pero creo que los programadores somos hoy en el mundo
como aquellos canarios que antaño, en las minas de carbón, avisaban
con su muerte a los mineros cuando el aire se volvía enrarecido. Nos
pasamos la vida solos ante la pantalla. Nuestras vidas giran en torno
al ordenador. Vivimos en un ambiente de competición con los más
preparados, donde triunfa el mejor informado y experto y los demás se
quedan fuera, y ésta es la vida laboral que le espera a la mayoría.
Todos están de acuerdo: aprende mucho o te quedarás rezagado.» (1997:
146)
Si Ullman tiene razón, puede que la ideología electrónica de la
frontera represente no sólo una forma de autopromoción simbólica por
parte de la clase virtual, sino también una tentación para el resto de
la gente. Confrontados con una transitoriedad forzada, rápidos cambios
laborales, un apego cada vez menor por los lugares y sus historias y
una imprecisión de todas las antiguas fronteras entre el hogar y el
trabajo, puede que nos tiente el considerarnos pioneros de una nueva
frontera social y tecnológica. Al igual que los expertos en
informática, podremos volver a escribir nuestras vidas adaptándolas a
un drama nacional, imaginándonos de nuevo como vaqueros y astronautas,
y podremos comprar y usar ordenadores en parte para sostener dicha
fantasía. Pero si lo hacemos, perderemos la capacidad de identificar y
de hacer frente a las fuerzas sociales, económicas y tecnológicas que
hoy en día están creando no sólo la comunicación a través del
ordenador, sino nuestras propias vidas.
*
El neologismo inglés digerati es un híbrido de digital y
literati y designa a quienes son expertos en informática.
(N. del T.)
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Lights Books.
Fred Turner
es Profesor Ayudante en el Departamento de Comunicación de la
Universidad Stanford (EE.UU.).
Rebelión,
jueves 16 de enero de 2003
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http://www.cpsr.org/essays/2001/CPSREPText.htm
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