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La
revolución bolivariana sigue adelante en Venezuela, a pesar de los
rumores de un nuevo golpe de estado
Revolución
y contrarrevolución en Venezuela
Walden Bello*
La
realidad política de Venezuela me golpea al llegar como una bocanada
de caliente aire caribeño. Una pregunta amigable desencadena en el
joven profesional que me conduce desde el aeropuerto un torrente de
denuncias contra Chávez, que sólo cesan cuando me deja en el Hilton.
‘Éramos un país tolerante’, afirma. ‘Ahora, Chávez ha
enfrentado a la clase baja contra la clase media, a los negros contra
los blancos. Es verdad que algunos ricos abusan, pero él no se limita
a atacarlos a ellos, sino que también arremete contra gente como yo,
es decir, la clase media que posee un apartamento, dos automóviles y,
quizá, disfruta de unas vacaciones por año fuera del país.’ Al
partir, me advierte: ‘No se deje embaucar. Mañana por la noche,
cuando lo vea, verá que Chávez puede ser muy seductor.’
¿Un
segundo Bolívar?
Sí,
es seductor. En un banquete organizado en honor de los participantes
de una conferencia internacional que tendrá lugar la noche siguiente,
Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela,
derrocha sus mejores dotes de animador social. Cuando me lo presentan,
me toma de la mano como si fuese mi pareja y estuviéramos a punto de
bailar la danza filipina tinikling que, según dice, aprendió
durante una visita de estado a Filipinas durante la presidencia de
Estrada. Habla sin cesar de muchas cosas, que van desde su vuelta al
poder en Miraflores –el palacio presidencial– con la ayuda de
los pobres durante el fallido golpe de estado de los días 11-13 de
abril, a su sueño de integrar las industrias del petróleo de
Venezuela, Brasil y otros países productores de petróleo de América
Latina. La efusividad de Chávez es increíble, teniendo en cuenta que
Venezuela está al borde de la guerra civil. En esto, se parece a su héroe
Simón Bolívar, el venezolano inmortal que lideró la independencia
de la América española a principios del siglo XIX, quien, según
parece, adoptaba siempre una actitud entusiasta, incluso durante los
momentos más difíciles de crisis políticas y personales. Se dice
que se está cociendo un segundo golpe de estado entre los ‘antichavistas’,
es decir, la elite y la clase media, la jerarquía de la Iglesia Católica
y partes del ejército. Caracas hierve con rumores y se citan con
frecuencia dos fechas posibles para el nuevo golpe, el 5 y el 11 de
julio. Gilberto Jiménez, un joven partidario de Chávez, rechaza los
rumores por considerarlos un producto del miedo con que la clase media
gusta de asustarse a sí misma. ‘Es igual que el bulo de que los círculos
bolivarianos se están armando’, señala, haciendo referencia a las
instituciones de base que la gente de Chávez ha creado en los barrios
o en los distritos populares. ‘No es verdad, pero se lo dicen unos a
otros por correo electrónico y, dentro de poco, serán ellos [la
clase media] los que hablarán de armarse’.
Golpe fallido
Las
divisiones de clase en este país se mostraron ante el mundo como una
herida incurable durante los acontecimientos de los días 11-13 de
abril. Durante un enfrentamiento entre la oposición y los
manifestantes del gobierno el 11 de abril, pistoleros todavía no
identificados dispararon contra la multitud y mataron a 18 personas,
la mayor parte de ellas gente de Chávez. Unas horas después de que
el general Efraín Vásquez exigiera la dimisión de Chávez, los
oficiales rebeldes y los soldados detuvieron a éste en Miraflores y
se lo llevaron, primero al cuartel general del ejército venezolano en
Fort Tiuna y, después, a una isla alejada de la costa. Una junta
dirigida por Pedro Carmona Estanga, presidente de la Cámara
Venezolana de Comercio, y apoyada por los generales y almirantes
implicados, se instaló en el poder y disolvió de manera unilateral
la Asamblea Nacional, la Corte Suprema, el Consejo Electoral Nacional
y todos los gobiernos estatales y municipales. Asimismo, anuló un
conjunto de 48 leyes aprobadas por la Asamblea Nacional, que la
derecha consideraba como una amenaza al imperante sistema de propiedad
privada. Fue un clásico ejemplo de cómo ir más allá de las propias
posibilidades. Muchas unidades militares, enfurecidas por actos tan
descarados, se negaron a creer que Chávez hubiese ‘dimitido’ y se
pusieron de su parte, mientras cientos de miles de pobres bajaban
hacia el centro de Caracas desde los ranchitos, formando una masa
imparable que dispersó a las fuerzas favorables al golpe. Recordando
los acontecimientos, Chávez nos dijo durante la cena: ‘El gobierno
era débil, éramos débiles, pero cuando más lo necesitábamos, el
pueblo salió a la calle y nos salvo’. Lo que ocurrió, dice el sociólogo
peruano Aníbal Quijano, trasciende las fronteras de Venezuela, ya que
se trata de ‘la primera victoria de las masas en América y en el
mundo desde hace mucho, mucho tiempo’. En 48 horas, Chávez volvió
al poder. Entre tanto, unas cuantas instituciones hicieron el ridículo.
The New York Times, por ejemplo, escribió un editorial a favor
del golpe el sábado 13 de abril y se retractó el martes 16. Al igual
que dicho periódico, la administración Bush acusó a Chávez de
haber provocado el golpe y luego empezó a eludir la cuestión al ver
que estaba de nuevo en el poder. Pero el daño estaba hecho. Muchos
gobiernos europeos y latinoamericanos critican a Estados Unidos por
haber tolerado el derrocamiento de un gobierno democráticamente
elegido. Más aún, mucha gente, en Venezuela y en el extranjero,
sospecha que Estados Unidos tuvo algo que ver en el golpe, y alegan
que dos oficiales de la marina estadounidense fueron vistos en Fort
Tiuna junto a los líderes golpistas las noches el 11 y del 12 de
abril. La cuestión es importante, pero con independencia de que
Estados Unidos tuviera o no que ver en los acontecimientos, el
enfrentamiento social era inevitable.
Dos naciones, un país
Venezuela
es uno de los países de América Latina con mayor división de
clases. En torno al 80% de la población vive en la pobreza y el Banco
Mundial calcula que el 20% más desfavorecido de la población sólo
disfruta del 3,7% del producto nacional bruto, mientras que el 10% de
los ciudadanos más ricos acapara el 37%. Las enormes diferencias en
la riqueza se vieron mitigadas hasta cierto punto durante los días
felices de la OPEC, a principios de los años ochenta, cuando una
parte del dinero del petróleo se filtró desde las capas sociales más
altas a las más bajas en un país que entonces era conocido como
‘la Arabia Saudita de América Latina’. Pero con el colapso de los
precios del petróleo y el inicio de un rígido programa de ajustes
estructurales, Venezuela entró a partir de mediados de los ochenta en
una crisis económica permanente. ‘Fue algo espectacular’, dice
Neils Liberani, un hombre de negocios. ‘La renta per cápita cayó
desde cerca de 2000 dólares durante los ochenta a 110 hoy’. Se dice
que el ‘caracazo’ de 1989, cuando la gente descendió de los
barrios y se amotinó en el centro y en los suburbios ricos de Caracas
como protesta contra el aumento de los precios de la gasolina exigidos
por el Fondo Monetario Internacional, fue un acontecimiento
determinante en la evolución política de Chávez. Tres años después,
en febrero de 1992, el joven e idealista coronel dirigió un golpe
fallido en nombre de las masas pobres, denominado ‘insurgencia
militar bolivariana’. El golpe fracasó, pero catapultó a Chávez
hacia el centro de la política venezolana y, cuando en 1998 se
presentó a las elecciones presidenciales con un programa para acabar
con la corrupción y la subordinación a los poderes extranjeros, así
como para iniciar una revolución social, ganó sin problema alguno
con el 56% de los votos, apoyado incluso por los sectores de la clase
media que ahora se le oponen amargamente. Los tres últimos años, en
efecto, han sido revolucionarios. Chávez proclamó una nueva
constitución, que fue aprobada en referéndum popular, formó una
coalición política que obtuvo el control de la Asamblea Nacional. La
asamblea sacó adelante el famoso conjunto de 49 leyes que incluían
una reforma agraria, una ley para proteger a los pequeños pescadores
y la ley que limitaba la influencia del sector privado en la explotación
de las enormes reservas de petróleo de Venezuela. ‘Al principio,
mucha gente de los medios lo criticaron por ser demasiado retórico en
sus promesas. Pero cuando empezó a poner en práctica las medidas
revolucionarias, esa misma gente empezó a oponerse’, dice Jiménez.
En política exterior, las maniobras de Chávez fueron igual de
audaces. Fue efusivo en su admiración por Fidel Castro. Rompió el
embargo contra visitas a Sadam Hussein y jugó un papel crucial en la
unificación de la OPEC para controlar la producción de petróleo,
con vistas a estabilizar su precio. Estas maniobras no lo hicieron muy
popular ante el gobierno de Estados Unidos. Más aún, la política
exterior de Chávez es eminentemente bolivariana. No solamente sueña
con una industria petrolífera regionalmente integrada, sino que también
habla de una Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS), que
incluiría únicamente miembros de América Latina y África y que se
ocuparía de preservar la seguridad común de los países del sur del
planeta. No oculta su escepticismo ante las proposiciones de la
administración Bush sobre el Área de Libre Comercio de las Américas,
y sus colaboradores dicen que éstas no saldrán aprobadas en un referéndum
en Venezuela. Pero Chávez también tiene sus críticos a la
izquierda. Algunos dicen que su estilo personal es demasiado agresivo
y que acusa a quienes lo critican de ‘enemigos del pueblo’. Otros
dicen que depende demasiado del apoyo de los grupos leales dentro del
ejército, apoyo que le será difícil mantener, dado que la mayor
parte de los oficiales proceden de la clase media. ‘Esa gente tiene
que vivir a diario entre la clase media, que odia a Chávez’, dice
un partidario que no quiso identificarse. Otros, por fin, dicen que Chávez
no pasa de practicar un populismo carismático, carente de un programa
bien articulado para el cambio. Tal como señala Aníbal Quijano, el
‘chavismo’ necesita convertirse rápidamente en un genuino proceso
democrático, liberado de la relación mística existente entre las
masas dispersas y desorganizadas y un caudillo del peculiar estilo de
Chávez’. Otros dicen que incluso si Chávez y sus aliados han
empezado a despersonalizar e institucionalizar la revolución al
instituir los círculos bolivarianos, ya es demasiado tarde.
Revolución y contrarrevolución
Sea tarde o no, el gobierno está organizando el poder popular. Los círculos
bolivarianos son instituciones de autogobierno, con capacidades
excepcionales para determinar proyectos y prioridades. ‘La gente tiene
que dejar de esperar que el gobierno haga las cosas. Tiene que empezar a
hacerlas, con el apoyo del gobierno local’, dice Freddie Bernal, el
alcalde del gran distrito de clase baja Libertador y uno de los
colaboradores en quien Chávez más confía. La revolución es real, pero
también lo es la contrarrevolución. El ambiente de alta tensión en
Caracas me recuerda el de Santiago de Chile en 1973, cuando la elite y la
clase media se concentraban en las calles exigiendo el golpe al gobierno
‘dictatorial’ de Salvador Allende, que supuestamente había
introducido la ‘política del odio’ en un país hasta entonces pacífico.
La retórica democrática es la misma, pero tanto entonces como ahora, en
el Chile de 1973 y en la Venezuela de 2002, el problema que se le plantea
a la derecha es que el líder revolucionario ha sido elegido por el
pueblo. Más aún, la constitución revolucionaria fue aprobada de forma
democrática y un parlamento también democrático aprobó las leyes que
se ocupan de las desigualdades sociales. Entonces, y también ahora, la
derecha contraatacó con la huelga económica, reteniendo cientos de
millones de dólares en inversiones o sacándolos fuera del país, lo cual
ha empeorado la crisis económica que Chávez heredó de administraciones
anteriores. ‘Se trata de una profecía que ellos se encargan de
cumplir’, dice un partidario de Chávez que no quiere identificarse.
‘Se niegan a invertir y, cuando la crisis empeora, le echan la culpa a
Chávez, lo cual no quiere decir que éste no haya cometido
equivocaciones. Algunas de sus medidas parecen pensadas por el FMI’. ¿Habrá
un nuevo golpe de estado? Martín López, un hombre de negocios contrario
a Chávez, dice que la tendencia dominante en ambos lados consiste en
alejarse de la violencia y concentrarse en la negociación. Tiene la
esperanza de que una futura misión para promover el diálogo, dirigida
por Jimmy Carter –el otrora presidente de Estados Unidos– tendrá éxito.
Otros muchos son menos optimistas y señalan que la principal condición
de la oposición para iniciar el diálogo –la salida de Chávez– no es
un buen punto de partida. ¿Qué pasaría si hay otro intento de la
oposición para tomar el poder con violencia? Planteo la pregunta a
algunas personas de la comunidad de clase baja de Nazareno, en lo alto de
una de las laderas de la montaña que se alzan con una torre sobre el
centro de Caracas. Rosa Quintero, una mujer de unos 40 años, me responde:
‘Mire, nosotros bajamos el 12 de abril no porque quisiéramos comida o
dinero’, y con ello se refería a las movilizaciones de la clase baja
que reinstalaron a Chávez en el poder. ‘Bajamos porque estábamos
luchando por nuestro futuro. Y estamos preparados para hacerlo de
nuevo.’ El dilema que se le presenta a la derecha es que para volver a
controlar Venezuela deberá hacerlo sobre los cadáveres de miles de
personas, incluido el de Quintero. Y también el de Chávez, que al igual
que su modelo, está actuando no sólo para el presente, sino para la
historia. ‘La equivocación que cometieron el 11 de abril’, dicen que
ha dicho, ‘es que no me mataron. No la volverán a cometer. Y estoy
preparado a morir antes que traicionar nuestros principios
bolivarianos.’ ¿Y los Estados Unidos? El dilema de los unilateralistas
que gobiernan en Washington es que, por un lado, no existe manera
‘limpia’ de derrocar a un gobierno elegido democráticamente y, por el
otro, tampoco pueden permitir un segundo Fidel Castro en la región, en
especial un Fidel que reina en el segundo país proveedor de petróleo más
importante de Estados Unidos.
*
Director ejecutivo de Focus on the Global South, un programa del
Instituto de Investigación Social de la Universidad Chulalongkorn, en Bangkok
(Tailandia); profesor de sociología y administración pública de la
Universidad de Filipinas.
Título
original: Revolution and Counterrevolution in Venezuela
Origen:
ZNet | Latin America, July 22, 2002
Traducido
por Manuel Talens; revisado por Germán Leyens

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