Tratando
de reparar una injusticia histórica, las naciones africanas presentaron en
Durban la polémica propuesta de que los países que habían practicado o que se
habían beneficiado del tráfico de esclavos y del colonialismo pagasen
indemnizaciones y pidieran formalmente perdón por dichos actos. Además,
exigieron que tanto el tráfico como el colonialismo fuesen considerados ‘crímenes
contra la humanidad’.
Los
países europeos reaccionaron a dicho texto amenazando con retirarse de la
Conferencia. El representante británico llegó incluso a afirmar que ‘las
exigencias de los africanos eran insoportables’. Los EE.UU., en solidaridad
con el gobierno racista de Israel, no participaron. En la declaración final, el
tráfico de esclavos acabó siendo considerado un ‘crimen contra la
humanidad’, pero se aprobó ninguna petición explícita de disculpas.
Los
europeos insistieron hasta el final para que fuese considerado crimen en los
tiempos actuales, no en el pasado. El colonialismo, en cambio, no fue
considerado ‘crimen contra la humanidad’. La tesis de la reparación tampoco
fue aprobada. Apenas si se aprobó una indicación para que los países
desarrollados tomasen iniciativas en el sentido de reparar las consecuencias de
la esclavitud y del colonialismo, sin mencionar cuáles serían esas supuestas
iniciativas.
Los
intelectuales al servicio de la causa colonial siempre han procurado negar la
responsabilidad occidental por la esclavitud de los pueblos de África.
Alegan que fueron los propios líderes de las tribus locales quienes capturaban
y vendían a los africanos y, que, por ello, la responsabilidad sería también
de los africanos, lo cual es una clara tentativa de criminalización de la
propia víctima.
El
tráfico de negros y los orígenes del subdesarrollo africano
Sin
embargo, las reclamaciones de las naciones africanas son absolutamente justas.
La esclavitud y el colonialismo han sido las causas fundamentales del
subdesarrollo de ese continente. El tráfico de esclavos constituyó una gran
sangría para la población africana. Entre 1510 y 1860, más de diez millones
de seres humanos fueron transportados como esclavos hacia América. Más de dos
millones murieron a bordo de los navíos negreros. Se calcula, además, que más
de ocho millones de personas murieron entre el lugar del interior en que habían
sido hechas prisioneras y el mercado de esclavos en las costas africanas. Es
decir, el tráfico de negros convirtió en víctimas directamente a más de
veinte millones de seres humanos.
La
mayor parte de esos muertos y deportados eran jóvenes en su mejor edad
productiva. El tráfico fue responsable de la despoblación de regiones enteras.
Entre 1800 1850, durante el período de expansión de la cultura algodonera en
EE.UU., el número de deportados llegó a ser de 120.000 por año. Así, el
desarrollo del capitalismo estadounidense estuvo íntimamente ligado con el tráfico
de carne humana. Inglaterra, a su vez, fue responsable del transporte del 50% de
los africanos esclavizados. El tráfico de negros en el siglo XVIII llegó a
representar la mitad de los beneficios de las exportaciones de los países
europeos.
El
tráfico desorganizó la vida social africana. En África existía una
esclavitud, pero era residual y, en general, de carácter familiar. La expansión
del capitalismo transformó la esclavitud en un comercio altamente rentable y
aumentó la proporción del proceso de esclavitud. Algunas tribus africanas
abandonaron la producción artesanal y el comercio interregional para dedicarse
al nuevo y lucrativo negocio creado por los hombres blancos.
Se
estableció un ‘estado de guerra’ permanente en el territorio africano. La
agricultura, la artesanía y el comercio se vieron afectados duramente por las
deportaciones masivas y por las matanzas causadas por los esclavistas. En 1800,
por culpa del tráfico, el continente africano habría retrocedido varios
siglos.
Por
ello, la tentativa de hacer responsables a los africanos de la esclavitud, sólo
porque algunos caudillos tribales se implicaron en la caza humana para el
‘comercio’ intercontinental de esclavos, es insostenible. Dichos caudillos
eran apenas cómplices de los traficantes. Sin la creación de un amplio mercado
para la mano de obra esclava en América y sin los recursos originarios del
occidente capitalista no habría sido posible que surgieran esos cazadores de
esclavos en el continente africano. Sin el capitalismo no hubiera habido una
esclavitud moderna en gran escala. Las bases del subdesarrollo africano no se
encuentran en el interior de las sociedades africanas y sí en las relaciones
impuestas por las potencias capitalistas desde el principio de su nacimiento.
El colonialismo: opresión y miseria de los pueblos africanos
A
la plaga del tráfico siguió la del colonialismo. En la década de los años
ochenta del siglo XIX, las grandes potencias de Europa decidieron repartirse y
ocupar África. El argumento fue de orden humanitario: la ocupación buscaba
acabar con la esclavitud y con los déspotas locales, argumento todavía
utilizado hoy en las guerras que el imperialismo promueve contra los países
subdesarrollados.
África
se transformó de nuevo en un campo de batalla. Los pueblos africanos trataron
de resistir la ocupación de sus territorios, pero fueron vencidos. La historia
de la colonización de África es una historia de matanzas, generalmente
olvidadas por la historia occidental. Un militar francés describe así la toma
de Malí en 1898: ¡Después del cerco, el ataque [...] Todos son hechos
prisioneros o rematados. Todos los cautivos, cerca de 4000, están amontonados
como un rebaño. El coronel inicia la distribución […] El reparto (de los
prisioneros) discurrió entre disputas y golpes […] En el regreso hicimos
etapas de 40 kilómetros con estos cautivos. Los niños y todos los que se
cansaban fueron matados a culatazos y a golpes de bayoneta’.
Otro
ejemplo de los métodos civilizados, utilizados por las potencias capitalistas,
nos lo da la ‘Misión Voulet-Chanoine’. En enero de 1899, esta expedición
militar atacó una aldea africana y un oficial describió las escenas que
siguieron: ‘Algunos tiradores (franceses) habían sido heridos. Para ‘dar
ejemplo’, el capitán Voulet mandó tomar 20 madres con hijos pequeños en
edad de amamantar y ordenó que los mataron a todos a lanzazos’.
Al
final del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX, la esclavitud conoció
un nuevo florecimiento. El comercio de esclavos en las colonias francesas sólo
fue prohibido en 1905 y la esclavitud tardó todavía algunos años en
extinguirse. La esclavitud abierta fue sustituida entonces por la esclavitud
disfrazada, a través del trabajo obligatorio.
La
división internacional del trabajo, implantada por el sistema colonial, condenó
al continente africano a ser un simple productor de materias primas para las
industrias europeas y estadounidenses. Las industrias artesanales existentes
fueron destruidas, lo cual lanzó a millares de personas a la miseria. En
Europa, el mismo proceso que destruyó los empleos en la artesanía creó nuevos
empleos en la gran industria y representó un incremento del desarrollo de las
fuerzas productivas. En África, la destrucción de la artesanía representó un
verdadero retroceso de la civilización. El artesano del hierro, del cuero, del
algodón, se transformó en trabajador obligado (semiesclavo) en las grandes
plantaciones y en las minas de los colonizadores blancos.
Rápidamente
se constituyó una economía basada en el monocultivo de la exportación. Los
cultivos alimentarios tradicionales, que garantizaban la subsistencia de las
poblaciones locales, fueron abruptamente sustituidos. El resultado inmediato fue
la expansión, en una escala nunca vista con anterioridad, de las epidemias de
hambruna. En Gambia, por ejemplo, se cultivaba el arroz, pero el colonialismo
transformó este país en un gran productor de almendras. Gambia tuvo entonces
que empezar a importar arroz para minimizar el hambre de su pueblo.
La
propaganda de los colonizadores siempre intentó hacer creer que las epidemias
de hambre y la desnutrición crónica de los pueblos africanos eran cosas
naturales, presentes desde siempre en la historia de África. El hambre sería,
así, el estado natural del hombre africano. El respetado científico brasileño
Josué de Castro demostró la falsedad de dicha tesis. Según él, el régimen
alimentario africano en el período precolonial era bastante variado y se basaba
en una agricultura diversificada, situación que el colonialismo alteró
radicalmente.
Y,
por fin, hemos de desenmascarar el mito de que la colonización, por lo menos,
construyó carreteras, escuelas, hospitales, es decir, trajo la modernización.
Es totalmente falso. En las colonias portuguesas, después de siglos de dominación
colonial, el 95% de la población todavía era analfabeta. En Mozambique, por
ejemplo, Portugal no formó ni un solo médico africano. Por ello, el
colonialismo no aportó nada bueno a los pueblos africanos.
A
partir de 1945, el proceso de descolonización adquirió un ritmo frenético.
Todas las colonias de Asia y de África adquirieron su independencia. Los últimos
reductos del colonialismo cayeron a mitad de los años setenta, a través de
importantes movimientos nacionales revolucionarios. Mención aparte merece la
liberación de Angola y Mozambique. Pero la ruptura con el colonialismo no
significó la pacificación de África. Los gobiernos que no se sometieron a los
dictámenes del imperialismo fueron víctimas de todo tipo de agresiones.
Después
de la liberación, el gobierno popular de Angola tuvo que enfrentarse a grupos
contrarrevolucionarios como la Unita, apoyados por África del Sur y Zaire (tras
los cuales se ocultaba Estados Unidos). La guerra civil en Angola significó la
muerte de más de un millón de personas y la destrucción de gran parte de la
infraestructura del país. Las mismas escenas se repitieron en Mozambique. El
imperialismo no dio un momento de descanso a estos pueblos, financió atentados,
golpes de estado, embargos, etc.
En
la actualidad, uno de los grandes problemas que asola el África negra es la
deuda externa. De los cuarenta países fuertemente endeudados, treinta y tres
pertenecen a este subcontinente. En total, la deuda sobrepasa los 250.000
millones de dólares y la mayoría de los especialistas la consideran imposible
de restituir. En realidad, sirve como instrumento para mantener la dominación
política de las grandes potencias imperialistas en la región. Cada día está
más claro que el hecho de desviar los recursos vitales de países que viven en
la miseria para llenar los cofres de los grandes banqueros internacionales es
acto criminal.
Por
ello, la reivindicación de varias organizaciones africanas para que sea
decretada una amnistía general de las deudas de los países más pobres es más
que justa. Sería una forma de compensación, incluso limitada, por los siglos
de esclavitud y de dominación colonial que condenaron a África a una situación
de miseria y de subdesarrollo.
Augusto César Buonicore
es historiador, doctorado en Ciencias Sociales de la Unicamp, miembro del comité
estatal de São Paulo, del Comité Central del PCdoB y del consejo de redacción
de la revista Debate Sindical.