Título
original: Vivre à Soweto avec le sida
Autor:
Philippe Rivière
Origen: Le Monde Diplomatique, août 2002
Traducido por Manuel Talens y Verónica Saladrigas; revisado
por Germán Leyens
Descripción: Los enfermos
de sida luchan en África del Sur por la igualdad en los cuidados médicos.
Vivir
en Soweto con sida
Por Philippe Rivière, enviado
especial de Le Monde Diplomatique
¿No será que África del
Sur se liberó hace diez años para caer en un apartheid todavía más
mortífero? De sus 43,8 millones de habitantes, 5 millones han contraído
el virus del sida. Cada año tienen lugar unas 360.000 nuevas
infecciones y el mismo número de fallecimientos... Sin embargo, la
hecatombe está sólo en sus comienzos y el sector público, el único
recurso de los pobres, no ofrece acceso a los medicamentos antirretrovíricos.
Pero los seropositivos han decidido luchar para vivir y su lucha
impulsa un nuevo aliento al combate del pueblo sudafricano.
Cuando
la invitada de honor de esa mañana les hace hablar del sida, los niños
de la escuela primaria de Dobsoville, en Soweto, se apuran a
responder: «¡Es un virus!», dice uno. «Las personas son
delgaditas y luego mueren», responde el otro. «Hay que usar
preservativos», añade el tercero ruborizándose. Pintado desde
muchos años en el muro de la escuela, un fresco recoge, entre la
cinta roja y el dibujo de un preservativo, los eslóganes
omnipresentes de las campañas de prevención: «El sida está aquí.
Es una realidad», «Abstinencia - Fidelidad - Preservativos»,
«Un amigo sidoso sigue siendo un amigo» o, más enigmático aún,
«Ámenlos lo bastante como para hablar de ellos».
Acostumbrados desde su tierna edad a estos mensajes, los niños se
muestran, empero, cautivados cuando la señora Mercy Makhalemele les
anuncia que ella es seropositiva desde hace diez años: ¡es tan
linda! ¡Bailaba tan bien hace unos momentos cuando cantábamos! ¿Cómo
es posible que esté enferma?
«Obsesión
nacional»
Su
historia es tristemente baladí. «Cuando le dije a mi esposo,
durante mi segundo embarazo, que me habían declarado seropositiva, me
insultó y me golpeó (catorce puntos de sutura). Luego me echó de
casa con Thaban, nuestro hijo. Al día siguiente, me vino a ver a la
tienda, donde trabajaba como gerente, para solicitarme que me llevara
mis cosas, pues no podía vivir con una seropositiva. Un colega debió
avisar por teléfono al patrón y esa misma noche me quedé sin
trabajo.» Sin techo y sin trabajo, comenzó una aventura menos
común: «Mi papá me ha dicho que eso que vivimos lo viven miles
de personas.» Desde entonces, se dedica a dar a conocer este
virus silencioso, en las escuelas, en los encuentros internacionales y
en los medios de comunicación.
En
el hospital Chris Hani Baragwanath, asesoran a la señora Makhalemele
la joven pediatra Glenda Gray y el obstetra James McIntyre, que acaban
de abrir un pequeño servicio de investigación perinatal VIH/sida.
Desde su creación nueve años atrás, este servicio cuenta con unos
cuarenta investigadores –«¡paso el tiempo reclutando personas!»–,
suspira la señora Gray– y en 2001 ha supervisado a 13.313 mujeres
encintas y sus bebés. Ha sido el punto neurálgico del escándalo de
la nevirapina, que sobrecogió África del Sur. Instalado en el primer
piso del edificio más alto de Soweto, domina White City y los techos
de cemento que protegían a las familias de los policías blancos de
los cócteles Molotov. Detrás de las colinas se apelotonan las casas,
las «cajas de cerillas» en la que vive el millón o millón y medio
de habitantes del asentamiento urbano. El 30 % de los adultos jóvenes
de esta población está infectado por el VIH, a juzgar por las técnicas
de detección vírica efectuadas en las mujeres encintas.
La
nevirapina, un antirretrovírico de segunda generación, administrada
seis horas antes del parto, brinda la posibilidad a las mujeres
embarazadas de evitar la trasmisión del virus al bebé. El riesgo de
contaminación congénita se reduce a la mitad y pasa a ser de un 30%
a un 15%. «Al explicarles los riesgos de trasmisión del virus
durante el parto» –explica la señora Agnes Fiamma,
investigadora de salud pública de este servicio–, «casi todas
las mujeres aceptan someterse a una prueba de detección para poder
beneficiarse de la nevirapina en caso necesario.» Pero, lo que es
natural a ojos de los médicos y de las futuras mamás se ha debido
enfrentar hasta el 5 de julio de 2002 a la férrea oposición del
gobierno sudafricano (léase más abajo Una Constitución en actos).
Aparte de la nevirapina, el sector público no puede ofrecer ningún
medicamento antirretrovírico, salvo los tratamientos profilácticos
de urgencia en caso de lesión accidental para el personal sanitario
y, desde hace poco, para las sobrevivientes
de violaciones.
Un
documento de 120 páginas sin firma, difundido en marzo de 2002 entre
la cúpula dirigente del Congreso Nacional Africano, el partido que
detenta el poder, demuestra el grado de paranoia de los dirigentes más
opuestos a los tratamientos. Se acusa a los investigadores de cometer
asesinato y se presenta a los militantes como empleados a sueldo de
los laboratorios farmacéuticos. Con lógica forzada, se atribuye al
AZT el fallecimiento de Parks Mankahlana, portavoz de la presidencia
de 36 años de edad, un feroz oponente... de los antirretrovíricos.
«No cabe duda, sencillamente a causa de las cifras de la epidemia,
de que algunos políticos son seropositivos.» –recalca la señora
Gail Johnson, la madre adoptiva de Nkosi, el niño de nueve años que
logró conmover al mundo en la conferencia de Durban en julio de
2000–. «Cada vez que alguno de ellos muere, se corre la voz de
que es a causa del sida. Quizás sea cierto» –continúa–,
«pero, ¿y qué? Como nadie habla a calzón quitado, el
problema se ha vuelto una obsesión nacional.»
Cinco
millones de sudafricanos están infectados, pero solamente el 10% lo
sabe. Frente a esta situación, el coqueteo desenfadado del presidente
Thabo Mbeki y de otros miembros de alto rango del Congreso Nacional
Africano con los «científicos disidentes», que niegan todo vínculo
entre el virus (VIH) y el síndrome (sida), no ha pasado inadvertido.
A fines de abril de 2002, la presión de la comunidad internacional y
el aumento de las críticas internas, en especial la voz de Nelson
Mandela, han obligado a la presidencia a distanciarse de los «disidentes».
Pero,
«en estos dos años y medio esta actitud de negación nos ha hecho
retroceder de un modo trágico» –analiza M. Edwin Cameron,
profesor de derecho y anterior juez de la Corte constitucional –, «porque
ha fomentado la vergüenza que gira en torno al sida. Justo cuando habíamos
llegado al punto en que la gente –los ministros, los diputados, los
miembros de los gobiernos provinciales, los cómicos públicos, las
estrellas pop, los jugadores de fútbol, etc.– estaba lista
para hablar sin tapujos de su seropositividad, el presidente expresó
en público sus dudas y con ello resucitó las inhibiciones, la mística,
el horror, la vergüenza y el oprobio que envuelven al mal. No
obstante, el combate contra el silencio en torno al sida es
fundamentalmente una lucha por los derechos humanos más elementales.»
Las
celebridades, seguidas de cerca en servicios privados de atención médica
y temiendo verse tildadas de racistas o de falta de lealtad, hacen
silencio sumiendo a la población en la confusión y la ignorancia. El
27 de abril, día de la libertad, se cumplió el octavo aniversario
del primer sufragio democrático. En la televisión, M. Mbeki discutía
por teléfono con el millonario Mark Shuttleworth, que se encontraba a
bordo de la estación espacial internacional: «La nueva Africa del
Sur» –se felicitaba el presidente– «ha
creado posibilidades para todos los ciudadanos, entre ellas, la de ir
al espacio.»
«¡Somos
tan ignorantes!»
Más
abajo, los niños de las escuelas de Soweto se disponen a celebrar
bailando el acontecimiento. La señora Gandhi Mahlamvu se instala a la
sombra de uno de los raros árboles del asentamiento urbano. Mahlamvu
sobrevive en Kliptown, el barrio donde nació hace 28 años, gracias a
la mísera pensión que recibe su abuela: «La
gente no va a las reuniones de información, piensa que es una pérdida
de tiempo: tener la gripe o tener el sida es lo mismo... En la iglesia
de Zion les dicen que se pueden curar rezando. Se dice también que
los sangomas –los
curanderos tradicionales– disponen de hierbas eficaces.» ¿Y
los médicos? «Espero que un día
encontrarán algún remedio... He oído hablar de... del AZT, creo...»
¿El juicio de la nevirapina? ¿Los antirretrovíricos? «No
sé. ¡Somos tan ignorantes!»
En
estos barrios desheredados reina la confusión. Y, sin embargo...,
Gandhi hace trabajo social, recorre las cabañas a la búsqueda de
sidosos que se esconden para morir al abrigo de las miradas. «Desde
el momento en que alguien dice que es seropositivo la gente lo trata
peor que un animal. Ni siquiera puede salir de casa, ir por la calle.
Muchos se suicidan, otros pretenden estar adelgazando a causa de la
diabetes.» Gandhi cita la Biblia y explica: «Lo
que nos mata es el materialismo. A nosotras, las mujeres, nos gustan
los hombres que tienen un automóvil. Es así como la pobreza nos
empuja hacia el VIH. En casa no tenemos nada y de pronto llegan esos
hombres con las manos llenas...» Muchos sociólogos y médicos
sudafricanos describen un panorama de relaciones sexuales basado en el
trueque: así, cuando el precio del taxi es inabordable por falta de
dinero (y en ausencia de transportes públicos), una joven se siente
tentada a recurrir a un «ministro del transporte». Tendrá también,
dependiendo de los casos, su «ministro de finanzas», su «ministro
de las fiestas». Los sugar daddies (amantes ricos en busca de mujer) van a la salida de
las escuelas con sus regalos: ropas de marca, teléfonos móviles. El
apartheid elevó el machismo y la violencia sexual a niveles
extraordinarios. La periodista Charlene Smith cita la cifra anual de
un millón de violaciones en una población de 43,8 millones de
habitantes... Una violencia que explica, en parte, la rapidez con la
cual la epidemia se ha extendido en el país 1.
Más
tardía que en otras partes, la explosión del sida también ha sido más
importante: los huérfanos se cuentan por centenares de miles; las
proyecciones indican que llegarán a ser un millón en el año 2005 y
dos millones y medio en el 2010 2, y eso sólo en África
del Sur. Los periódicos se alarman ya al ver cómo las bandas de niños
callejeros se vuelven violentas, y se preguntan de qué manera el país
podrá encajar un choque semejante. Sin embargo, esta «amenaza»
esconde la realidad que viven los primeros interesados: la mayor parte
de los niños tienen dificultades, simplemente, para obtener el
certificado de defunción de sus padres «o
su certificado de nacimiento» –señala la señora Linda
Aadnesgaard, que anima en Pietermaritzburg, la pequeña capital del
KwaZulu-Natal, un programa de ayuda a los huérfanos–, «pues
para la administración no existen y, sin esos papeles, no es posible
obtener ayuda social ni ir a la escuela».
La
vivienda, las horas de espera en el hospital, las rupturas de
abastecimiento en las farmacias, los policías que se niegan a tomar
nota de las denuncias de violación, los procesos judiciales que es
necesario intentar contra el Estado para obtener los papeles, los
expedientes de ayuda social perdidos: todos estos problemas concretos,
urgentes y absurdos, movilizan las energías y los recursos económicos.
Y es de esta manera como los seropositivos comienzan a ocuparse de
reivindicaciones que sobrepasan ampliamente la cuestión de los
tratamientos: la reconstrucción de los servicios públicos, el acceso
a un salario mínimo de 100 rands (10 euros) por mes, los derechos de
los trabajadores... combates todos ellos en los que constituyen la
vanguardia.
«Una
prenda de moda»
«En 1990, sólo el 1% de las mujeres embarazadas del KwaZulu-Natal
eran seropositivas» – recuerda el doctor Paul Kocheleff, que dirige
las clínicas VIH de los dos hospitales de Pietermaritzburg, el de la
ciudad y el del asentamiento urbano–. «Hoy,
el índice de prevalencia prenatal ha pasado a ser el 36%. En el
hospital, casi la mitad de las camas están ocupadas por enfermos de
sida.»
La carretera de las 1000 Colinas que conduce hacia la costa, después
de haber atravesado los fértiles campos de las grandes granjas
blancas del Natal, se pone a serpentear por un paisaje ocre, salpicado
de casitas familiares. Ni uno solo de esos hogares escapa a la
enfermedad. Aquí, el virus afecta probablemente al 80% de los jóvenes
adultos. Aquí, dicen los sudafricanos, «la gente muere como
moscas». La curva de fallecimientos, con un desfase de cinco a
diez años con respecto a la de las infecciones, todavía no ha
alcanzado su punto de inflexión.
Para el doctor Kocheleff es urgente revisar un sistema de cuidados
incapaz de asegurar el tratamiento de los cientos de miles de enfermos
futuros: «Los diferentes hospitales, centros de salud y
dispensarios no saben utilizar sus recursos, los enfermos más
afectados nos llegan a los servicios especializados, que están
desbordados de pacientes que vienen a buscar simples recetas. La
amplitud de la epidemia nos obliga a adoptar soluciones inéditas:
nuestro proyecto consiste en confiar a las comunidades la profilaxis
de las enfermedades oportunistas más corrientes, así como el
seguimiento de indicadores clínicos de base. Sólo deberían
enviarnos los casos difíciles.» El reto, en el fondo, consiste
en «construir una red capaz de alcanzar a una parte importante de
la población cuando los medicamentos retrovíricos lleguen por fin.»
Estos medicamentos, demasiado caros para los países más pobres, son
el centro de los debates sobre la globalización: ¿Acaso las patentes
son más importantes que el derecho la vida? ¿Cuáles son los
criterios de «urgencia sanitaria» que permiten producir o importar
medicamentos genéricos, hacer que funcione la competencia entre
laboratorios para que bajen los precios? En el juicio de Pretoria que
se celebró en abril de 2001, la Asociación sudafricana de
laboratorios farmacéuticos (PMA) sufrió una humillante derrota
frente al gobierno, que con el apoyo de la Campaña de acción en
favor de los tratamientos (Treatment Action Campaign, TAC), defendía
un proyecto de ley sobre la utilización de los genéricos. No
obstante, un año después de este descalabro de las multinacionales,
la ley en cuestión todavía no ha sido promulgada. Medscheme, una de
las compañías privadas de seguros más importantes, que trata de
anticiparse a la ley favoreciendo la sustitución de medicamentos «de
marca» por genéricos, ha sido incluso amenazada por la PMA, que podría
denunciarla ante la comisión de la competencia.
«Mediante
un comunicado de dos líneas» –se
escandaliza Zackie Achmat–, «el Ministerio de Sanidad acaba de
hacer saber que esta ley deberá ser discutida de nuevo en el
Parlamento. Vamos a perder otros dos años.» Achmat, a la cabeza
de la TAC desde su creación hace apenas cuatro años 3, ha
puesto en marcha un movimiento social original, que se extiende por
todo el país. «A veces nos describen como un grupúsculo de
antiguos troskistas» –dice con una sonrisa–, «algo que
somos en parte 4.
Pero esta campaña es sobre todo un movimiento popular sostenido por
las iglesias, los sindicatos, el personal tratante... y muchos
miembros del Congreso Nacional Africano (ANC). En la provincia del
Cabo tenemos miles de afiliados, igual que en el Gauteng (la provincia
de Johannesburg y Pretoria) o en el KwaZulu-Natal. En Gugulethu, un
asentamiento urbano de los suburbios del Cabo, nuestras reuniones están
presididas por la hija del pastor y se inician con una oración...»
La
estrategia liberal encarnada por Mbeki (privatizaciones, disciplina
presupuestaria, mercado) prevaleció en el seno del ANC durante los años
Mandela (1994–1999) frente a una tendencia más intervencionista,
que reclamaba nacionalizaciones e inversiones sociales más
ambiciosas. Si bien la riqueza del país dio un paso adelante, el
desempleo también creció. «La
epidemia va a agrandar todavía más el abismo de las desigualdades
económicas» –señala Paul Hartdegen, autor de una presentación
detallada sobre el impacto económico del binomio VIH-sida en la sede
sudafricana del banco J. P. Morgan–. «Las
familias modestas consagrarán una parte cada vez mayor de sus
ingresos disponibles a los gastos sanitarios. No obstante, para los
empleadores los costos del seguro médico, incluidos los tratamientos,
están perfectamente controlados. Así, en las minas de oro, los
gastos añadidos de producción sólo representarán un 0,5% de la
cotización mundial.»
El sida, ya se sabe, prospera donde existen desigualdades y relaciones
de dominación; según este estudio, es también uno de los
principales factores de desigualdad.
¿Tienen
derecho los pobres a la misma medicina que los ricos? Esta simple
pregunta, planteada por la TAC, adquiere una resonancia particular en
el país del apartheid. Si los tratamientos existen y son accesibles
en las clínicas privadas, ¿por qué no están disponibles en los
hospitales públicos? ¿Cómo construir un sistema sanitario público
capaz de hacer frente a la catástrofe? «Un aspecto desconocido de
nuestro trabajo es la formación científico– médica de los
pacientes» – señala también Nathan Geffen, coordinador
nacional de la campaña–. «Cuando las personas que conocen el
TAC van al hospital, son más exigentes, saben cuáles son los
medicamentos que necesitan. Están también mejor preparadas para
afrontar la enfermedad.» Hubo
afiliaciones masivas, explica, «cuando Médicos sin Fronteras puso
en marcha el programa de prevención de la transmisión de madres a
hijos a partir del mes de agosto de 1999 en Khayelitsha».
En medio de las dunas se extiende el gigantesco poblado de chabolas,
donde el régimen «relocalizó» en los años ochenta a los
residentes de diversos asentamientos urbanos del Cabo. Alejados de
todo, los 500.000 habitantes no disponen de ninguna infraestructura,
salvo un pequeño supermercado, una estación de servicio y una clínica
en el «centro». Es ahí, en el único edificio de un piso, donde la
TAC y Médicos sin Fronteras comparten oficinas.
Cuando
hace tres años el doctor Eric Goemaere se instaló en el cubículo
prefabricado «TB» (tuberculosis), escondido detrás de la clínica,
la población «se negaba a
todo. Confundía VIH con sida: “Mientras que no esté enfermo, no
estoy afectado”». Tras haber puesto en marcha de nuevo un
programa de prevención de la transmisión de madres a hijos, que el
personal médico –receloso de los antirretrovíricos– había
abandonado, el médico sin fronteras belga pudo, gracias a ensayos
terapéuticos, proponer tratamientos a los más enfermos. «220
personas están ahora bajo tratamiento. Cada mes, una comisión de médicos
y representantes de la población íntegra quince “clientes” a
partir de una evaluación de su estado de salud, de su asiduidad a la
clínica y de su papel social.»
El
doctor Goemaere nos tiende dos cajas de comprimidos, nevirapina 200 mg
y una asociación de lamivudina 150 mg y zidovudina 300 mg. La
etiqueta lleva la marca Far-Manguinhos: se trata de los genéricos
importados de Brasil por los militantes de la TAC. «Algunas
de las personas tratadas han regresado del infierno: sus
concentraciones de CD4 habían caído a 15 (el umbral crítico es
200). Su carga vírica es ahora indetectable. Esta semana vamos a celebrar
el "club de los tratados durante un año": sin el
tratamiento, estarían todos muertos. Si esto funciona aquí, puede
funcionar en todas partes» – se felicita el médico–. «Pero,
lo más importante» –señala– «es
el impacto que esto puede tener sobre la comunidad. En la actualidad,
en Khayelitsha, la camiseta “VIH positivo” se ha convertido en una
prenda de moda. La gente habla abiertamente; existen 22 grupos de
autoayuda...». Conscientes de que son precursores, la mayor parte
de los «clientes» de Khayelitsha practican la prevención en las
escuelas y en las fábricas o en los programas televisados.
Frente
al apartheid económico y sanitario, ¿conocerá África del Sur un
nuevo levantamiento popular? Muchos piensan que ya ha comenzado y que
la aventura de la TAC servirá de catalizador para la reconstrucción
social del país. Bajo la presidencia de Mandela, la epidemióloga
Quarraisha Abdool Karim coordinaba la lucha contra el sida. En la
facultad de medicina de Durban, hoy se siente
«optimista por primera vez desde hace mucho tiempo. Una no se
acostumbra a ver morir al pueblo por el que ha luchado. Pero los
tratamientos son hoy más fáciles de tolerar e infinitamente menos
caros. Nuestros estudiantes son cada vez más numerosos y la vacuna
está al alcance de la mano.» Tarde
o temprano, quizá en diez años, hablaremos del sida como algo del
ayer..
__________________________________
[1]
Sobre los vínculos entre violación y VIH, léase el valiente relato
de Charlene Smith Proud of Me, Penguin Books, Johannesburg 2001
(www.speakout.org.za).
[2]
Proyecciones calculadas de las consecuencias de la epidemia. Véase Impending
Catastrophe Revisited, un documento de 36 páginas editado por
loveLife – Henry J. Kaiser Family Foundation, Johannesburg, 2001,
www.lovelife.org.za
[3]
Léase la entrevista con Zackie Achmat publicada en Vacarme,
París, abril de 2002.
[4] Belinda Beresford, «The Heart of the Aids Protest»,
The Mail and Guardian, Johannesburg, 12–18 de abril de
2002.
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Prevención
McLuhan
Por
Philippe Rivière
No pasan inadvertidos: portadores de los eslóganes habituales, los
grandes carteles publicitarios, de colores vivos, se extienden a lo
largo de las autopistas: «¿Cuál de sus amantes ha decidido su
porvenir?», pregunta uno. Otro, junto a un corazón roto, ofrece
consuelo: «No se acaba el mundo». Todos llevan una sola firma, de
marca registrada: loveLife™.
«Disponemos de cinco años
para invertir el curso de la enfermedad: si queremos marcar la
diferencia, hemos de estar en todas partes, hemos de ser grandes.»
En el primer piso del cuartel general de loveLife, en Johannesburgo,
el doctor David Harrison expone la estrategia de su organización: «La
curva de las nuevas infecciones sólo podrá decrecer si obtenemos un
cambio de comportamiento entre los adolescentes de 12 a 17 años ante
a la sexualidad. Dado que los jóvenes sudafricanos se interesan por
los medios de comunicación y por los nombres de las marcas, nosotros
debemos presentarnos como competidores de Diesel, Nike o Guess...
Nuestro producto es un modo de vida positivo, asociado con la marca
loveLife...» En la planta baja, la centralita telefónica zumba
en todas las lenguas de África del Sur; cientos de adolescentes
vienen a buscar una respuesta a sus preguntas sobre el amor, la
fidelidad, la sexualidad, las enfermedades transmitidas sexualmente,
etc.
«Estos mensajes son
perfectos... para jóvenes de París o de Boston», critica la
antropóloga Suzanne Leclerc-Madlala. Otros universitarios, asqueados
de este «despilfarro absoluto de dinero», ven incluso «una amenaza» en loveLife: «Al
ofrecer salarios elevados, al monopolizar algunos aspectos de la lucha
contra el sida, producen el
drenaje de otras organizaciones, en detrimento de una respuesta
pluralista y duradera, adaptada a las condiciones locales, que ha
probado su eficacia en Uganda.»
En Orange Farm -un asentamiento urbano muy alejado, a unos 40 km al
sur de Johannesburgo-, loveLife gestiona un centro para jóvenes, único
lugar en muchos kilómetros a la redonda donde los niños pueden hacer
deporte, seguir cursos de informática... y procurarse preservativos y
contraceptivos. Ninguno de los proyectos de loveLife dispone de
entradas económicas propias -con excepción del 50% de la publicidad
insertada en su revista bimensual S’camto
Print- y están esencialmente financiados por dos fundaciones
estadounidenses: Henry J. Kaiser y Bill & Melinda Gates.
¿Qué sería de Orange Farm y de los otros once
centros para jóvenes de loveLife si los proveedores de fondos les
retirasen su apoyo? «¡Oh, prefiero ni pensarlo!», exclama durante
el camino de regreso René Hicks, la redactora jefe de S’camto Print.
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Una
Constitución en acto
Por
Philippe Rivière
Cuando
los once jueces aparecen, la pequeña sala de audiencias del Tribunal
constitucional, en Johannesburgo, se inmoviliza. Este jueves, 2 de
mayo, mientras que se inician las audiencias del «juicio de la
nevirapina», todo el mundo tiene la sensación de que el instante es
histórico. Entre el público, la señora Manto Tshabalala-Msimang,
ministra de Sanidad, está sentada no muy lejos de los militantes de
la campaña de acción en favor de los tratamientos (TAC). Las cámaras
abandonan el recinto. En el exterior, unos cuantos miles de
manifestantes, venidos de todos los asentamientos urbanos de los
alrededores, se manifiestan para «salvar los bebés». Cantos de
lucha contra el apartheid, con la letra alterada, acogen a los
oradores: Monseñor Njongonkulu Ndungane, el nuevo arzobispo anglicano
del Cabo; Vusi Nhlapo, venido para representar a Cosatu, la principal
central sindical del país; Zackie Achmat, el presidente de la TAC, o
incluso la diputada Patricia de Lille, famosa por haber increpado a
sus colegas de la Asamblea, exigiéndoles que explicaran por qué los
antirretrovíricos serían más «tóxicos» para los pobres que para
los parlamentarios...
En
el Tribunal, durante tres días, los abogados del gobierno y los de
los enfermos de sida se someten a un fuego continuo de preguntas. El año
pasado, los militantes de la TAC, cansados del retraso del gobierno en
la prevención de la transmisión de madres a hijos, habían llevado
el asunto ante el Tribunal Superior de Pretoria. Al prohibir al sector
público que ofreciese esta profilaxis -a excepción de en 18 sitios
piloto-, el gobierno condenaba a decenas de miles de niños a nacer
con el VIH. Los militantes obtienen entonces una decisión que exige
al gobierno un plan nacional de acción para la reducción de la
transmisión de madres a hijos y, hasta su implementación, que
autorice a los médicos la prescripción de la nevirapina. Es esta
orden la que el gobierno contesta ahora ante el Tribunal
constitucional, argumentando el principio de separación de los
poderes y la precocidad del procedimiento, mientras que su programa,
dice, estaba «en sus comienzos».
Frente
a los jueces constitucionales, el abogado del gobierno, Marumo Moerane,
busca penosamente las palabras. Una semana antes, de manera
sorprendente, el Ministerio de Sanidad acababa de anunciar que su
estrategia contra el sida había sido mal comprendida. Una página
entera de publicidad en los periódicos anunciaba: «Existe
en preparación un plan universal para prevenir la transmisión de
madres a hijos mediante la nevirapina, que se pondrá en marcha a
partir de diciembre de 2002».
De manera extraña, el abogado parece seguir la «línea» que su
cliente acaba de abandonar.
A
pocos centenares de metros de allí, en el pequeño despacho que ocupa
en la facultad de derecho de la universidad de Witwatersrand, Edwin
Cameron -uno de los fundadores de la nueva Constitución sudafricana,
juez constitucional en 1999 y 2000- se felicita al ver que el gobierno
surgido del Congreso Nacional Africano (ANC) se vea hoy obligado por
la «elección
deliberada» de este último
«de integrar los derechos socioeconómicos en la Constitución».
Más aún, el texto fundamental, definitivamente adoptado en 1997, no
se contenta con evocar «el
derecho de todos al agua, a la salud o a la educación. Prevé
asimismo una obligación positiva que tiene el gobierno de tomar las
medidas, dentro de los límites presupuestarios, para una realización
progresiva de tales derechos. Éste es el meollo de los debates del
asunto de la nevirapina».
Por
deber de reserva, ya no dirá más a propósito de este caso todavía
sin terminar. Iniciador en 1993 del Proyecto de Ley sobre el Sida -un
grupo de trabajo universitario y militante sobre los aspectos legales
del binomio VIH-sida-, el juez Cameron había asombrado al país
cuando, durante su audiencia para informar al Tribunal, desveló públicamente
su seropositividad y se sublevó contra el hecho de que los
tratamientos antirretrovíricos que lo mantenían con vida no
existiesen en el sector público.
Frente
a las «terribles desigualdades entre ricos y pobres, blancos y
negros, hombres y mujeres» que afligen a África del Sur, la cuestión que interesa al universitario
-y sobre la cual se basó la apuesta de los negociadores de la
transición de 1994- consiste en saber si una construcción jurídica
puede servir de motor para reducir las desigualdades, promover el
acceso a la vivienda, a la tierra, a la salud, etc.: «¿Cumplirá
su promesa la Constitución de crear la igualdad» -pregunta
Cameron-, «o será solamente un maravilloso documento entre otros
muchos, perfectamente inútil? Al dictar de 20 a 30 sentencias por año
desde 1994, al establecer una jurisprudencia exhaustiva, preciso es
reconocer que el Tribunal constitucional se ha dedicado activamente a
poner en marcha su potencial revolucionario.»
Para ello, dispone de una autoridad y de una competencia muy
superiores a las que su homólogo francés. Sus jueces pueden examinar
todas las leyes, incluso 20 años después de su adopción, y pueden
arrogárselo a partir de cualquier caso concreto, lo cual les permite
interesarse tanto por la ley como por las condiciones materiales de su
aplicación. «En su discurso de investidura, en 1994, Nelson
Mandela declaró que el país no quería "pan sin libertad ni
libertad sin pan" -nos
recuerda uno de estos jueces-. «Es
así como el ANC ha luchado para que los derechos socioeconómicos estén
incluidos y sean aplicables. La Constitución traduce así en palabras
el sentido de la humanidad que, para los africanos, tiene la palabra ubuntu:
"Soy un ser humano porque tú eres un ser humano”» El 5
de julio, el Tribunal desestimó los argumentos del gobierno, lo
condenó a los gastos y le exigió la puesta en marcha de una política
«razonable».
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