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Mentecato
por
Israel Shamir
Traducción
de Manuel Talens y Verónica Saladrigas
Revisión
final de Germán Leyens
"Al Presidente Bush tendríamos que proclamarlo Sionista
Distinguido", bromeó Tsahi HaNegbi -un bandido israelí que
ahora es ministro- cuando las palabras del presidente estadounidense
cesaron de reverberar en el bochorno de finales de junio en Oriente Próximo.
"No, a Bush hay que hacerlo miembro del comité del Likud que
elige a los candidatos al parlamento", le interrumpió Yossi
Sarid, el portavoz de la oposición. Shimon Peres, el líder
laborista, lució más torpe que nunca una vez que Bush retiró su
respaldo favorito, «la amenaza de una intervención estadounidense».
Peres y Sarid nunca han defendido los derechos humanos de los
palestinos por razones de simpatía o compasión, sino que más bien
engatusan a aquellos de sus partidarios claramente nacionalistas del
electorado israelí: "Si no fuera por nuestras especiales
relaciones con EE.UU., que nos obligan a comportarnos como seres
humanos, trataríamos a los palestinos y sus territorios tan
despiadadamente como el Likud [la derecha]". Hoy, en cambio, su
forzado discurso se ha venido abajo: a EE.UU. le da igual, le importa
un bledo y, ahora, Israel puede seguir hundiéndose cada vez más en
la pesadilla fascista.
Con una sonrisa irónica, repasé los mensajes electrónicos y los artículos
del año pasado, cuando Bush Jr. fue elegido presidente. A la sazón,
muchos analistas de derecha opinaban que los judíos habían perdido
su dominio absoluto de la política estadounidense. "¿Judíos en
la Administración Bush? Ni lo sueñen", lamentábase Phillip
Weiss, del Observer. Justin Raimondo, de Antiwar.com, no
cabía en sí de gozo frente a lo que parecía ser un revés para los
judíos. Apenas unos meses después, se dieron cuenta de que la
reconquistada supremacía anglosajona en los Estados Unidos no era más
que un espejismo. Con la estratagema de financiar las campañas
electorales de republicanos y demócratas, de casi todos los
candidatos de derecha y de izquierda, los adalides judíos pueden
presionar para que se elijan los candidatos que les interesan. Es
posible que no puedan decidir qué persona ocupará tal o cual puesto,
pero sí influir en la lista definitiva, cuando la elección final
carece de la menor importancia. Saben lo que buscan: prefieren
mentecatos, gente de poco seso, de escasa aptitud, de voluntad débil
y de moral dudosa, ya se llamen Bush o Gore.
Cuando una minoría étnica o religiosa quiere tomar el poder y la
mayoría no está dispuesta a aceptar dicha situación, lo que hace es
buscar un dirigente débil. En la película Babylon-5 y en
otros ejemplos de ciencia ficción, los alienígenas prefieren que un
apocado terrícola les haga el trabajo sucio. Habían aprendido la
lección de la Historia. Durante la segunda mitad del primer milenio,
el gran Estado euroasiático de Jazaria (también deletreado Khazaria)
sufrió una conquista similar.
Los habitantes de Jazaria vivían bajo el gobierno y la protección de
la nobleza guerrera turca, presidido por su electo kan, el rey.
Durante los siglos VI y VIII acogieron unas cuantas oleadas de
refugiados judíos, al principio procedentes de la Persia sasánida y
luego del Irak abasí y de Bizancio. Los benévolos y tolerantes reyes
turcos creyeron que estaban admitiendo sujetos útiles, inteligentes y
activos, pero en poco tiempo los recién llegados se hicieron con el
control de Jazaria.
Durante un tiempo, los judíos aparentaron que el tradicional poder
aristocrático seguía en pie y mantuvieron al frente kanes cada vez más
blandengues. En el año 803, Abdías el Judío se convirtió en el
verdadero gobernante de Jazaria, mientras que el kan gentil aparecía
en público una vez al año, con vistas a legitimar el poder de Abdías.
Por fin, el último kan gentil fue eliminado y la ficción del poder jázar
llegó a su fin cuando el judío Beg asumió abiertamente el poder.
Con frecuencia suele afirmarse que los líderes judíos forzaron la
conversión masiva de los jázaros al judaísmo e incluso el novelista
judío Arthur Koestler estaba convencido de que los modernos judíos
son descendientes de aquellos conversos [1], pero dos
importantes científicos rusos, el arqueólogo Artamonov y el
historiador Leon Gumilev [2] llegaron a la conclusión de
que los jázaros ordinarios no se convirtieron al judaísmo. Los judíos
eran la clase dominante en Jazaria y, según Gumilev, no compartieron
nunca la Ley de la Torá ni las posiciones importantes con extraños.
La realidad es que los jázaros eran los súbditos de un poder étnico
y religioso ajeno a ellos, al que debían pagar tributos por el ejército
y la policía, así como por la oportunista política exterior. En última
instancia, perdieron su país.
El control de los judíos fue total pero breve: cien años después de
haber tomado el poder, el Imperio Jázar se desintegró por completo.
Las estructuras de este tipo no suelen durar, pues destruyen sus
propias bases. A los jázaros no les importó, pues no tenían acceso
a la riqueza fabulosa del Imperio, de manera que se convirtieron en tártaros,
en cosacos y en otras naciones de la estepa. Los pueblos vecinos
tampoco echaron de menos el Imperio, ya que practicaba el genocidio y
el comercio de esclavos. Los judíos, entonces, se desplazaron desde
la cuenca devastada del Caspio hasta los fríos territorios de Polonia
y Lituania y, allí, desaparecieron de la historia durante los mil años
siguientes.
Dado que el control que ejercían no era total, los judíos de Jazaria
necesitaban que el kan fuera un mentecato, pues sólo un mentecato podía
someterse a sus exigencias. El discurso de Bush sobre Oriente Próximo
mostró a las claras que este vástago de familia rica y poderosa se
comporta como un conejo encandilado por los faros de un automóvil. La
cuenta atrás del declive del Imperio Americano acababa de empezar.
_________________________________________________
[1]
Arthur Koestler, The Thirteenth Tribe.
[2]
Leon Gumilev, Russia and the Great Steppe (en ruso).
Israel
Shamir es un escritor, periodista y
traductor israelí que vive en Jaffa. Sus
artículos aparecen en el sitio
web www.israelshamir.net
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