Una
mejor manera de dar de comer al hambriento
Frances
Moore Lappé y Anna Lappé
Traducido
por Manuel Talens; revisado por Germán Leyens
Bill
Gates cree haber tenido una idea brillante, la de enriquecer los
alimentos para luchar contra la desnutrición en el mundo.
El
plan, subvencionado con cincuenta millones de dólares de la Fundación
Gates, abre en parte el camino para que Procter & Gamble, Kraft
(filial de Phillip Morris) y otras compañías fabriquen alimentos
procesados, enriquecidos con hierro y vitaminas, y facilita su
introducción posterior en los mercados del Tercer Mundo.
Gates
parece considerar que no hay tiempo para ocuparse de las complejas
raíces sociales y económicas de la desnutrición, pero al optar
por una intervención técnica como ésta, que actúa de arriba
abajo con un único objetivo, podría terminar perjudicando a la
gente que pretende ayudar.
Su
estrategia hace caso omiso de una cruda realidad: muchos, si no
todos los hambrientos de la tierra, son campesinos que sobreviven
alimentándose de lo que cosechan y vendiendo el resto. La ayuda a
proveedores extranjeros para que se introduzcan en tales mercados únicamente
logrará destruir su medio de vida. Por ejemplo, las cooperativas
lecheras de la India -muchas de ellas administradas por mujeres
pobres- tendrán enormes dificultades para contrarrestar el poder
mercantil de Kraft.
El
plan de Gates también perjudicará a los pobres si logra imponer el
gusto por los alimentos procesados, que suelen contener grasas, azúcar
y sal y que al mismo tiempo eliminan las fibras y los
micronutrientes. Esta preferencia dietética contribuye ya a la
diseminación de enfermedades que aquejan en la actualidad al mundo
industrializado. La obesidad y las enfermedades relacionadas con la
dieta, tales como la diabetes, la enfermedad cardiaca coronaria y el
cáncer se están convirtiendo en un problema global. En el Tercer
Mundo, los insuficientes presupuestos de cuidados sanitarios están
siendo desviados para contrarrestar dichas dolencias, lo cual relega
a segundo plano el tratamiento de las enfermedades mortales
infecciosas.
El
hecho de favorecer la introducción en estos mercados de las compañías
multinacionales procesadoras de alimentos terminará asimismo por
crear una relación de dependencia de los consumidores hacia los
proveedores extranjeros para el suministro de productos esenciales.
No olvidemos que los intereses de las corporaciones como Kraft o
Procter & Gamble, por mucho que participen en el plan benéfico
de Gates, son muy diferentes de los de las poblaciones aquejadas por
la hambruna. Por principio, consisten en obtener los mayores
beneficios destinados a sus accionistas -que son extranjeros-, no en
buscar el bienestar de las poblaciones locales y, desde luego, menos
aún el de los sectores que pasan hambre, demasiado pobres para que
sus necesidades tengan peso alguno en el mercado.
Incluso
el aspecto del plan de Gates que pretende enriquecer el grano (en
principio cultivado localmente) elude las lecciones fundamentales ya
aprendidas desde que la primera Conferencia sobre la Alimentación
en el Mundo, celebrada en Roma, declaró hace casi tres décadas la
guerra al hambre global.
En
aquel entonces, muchos estaban aún convencidos de que el hambre se
podía resolver con simples métodos de producción masiva. Tras
varias décadas de soluciones tecnológicas fallidas, surge ahora
una nueva manera de ver las cosas.
Hace
poco hemos viajado por cinco continentes, en donde fuimos testigos
de un alentador repertorio de iniciativas locales que buscan
resolver las complejas e imbricadas raíces de la desnutrición. No
se trata de soluciones descabelladas y, además, funcionan.
La
ciudad de Belo Horizonte -la cuarta más importante de Brasil-
decretó en 1993 que la alimentación es un derecho de sus
ciudadanos. Este sencillo cambio de orientación -que va más allá
de las donaciones caritativas y de la tiranía del mercado- dio
lugar a docenas de innovaciones: la municipalidad puso parcelas de
terreno a la disposición de los campesinos que practican la
agricultura biológica, a condición de que mantengan sus precios al
alcance de los más necesitados; estableció puntos de venta, con
los precios más bajos, de más de cuarenta clases de alimentos;
mejoró el valor nutritivo de las comidas escolares al reemplazar
los alimentos procesados por alimentos biológicos locales. Las
autoridades municipales tratan también de inmunizar a los
ciudadanos que se establecen en la ciudad contra la publicidad
alimentaria de las corporaciones multinacionales (entre las cuales
probablemente se encuentran las compañías que se han unido a Gates),
educándolos en la conveniencia de conservar sus sanas dietas de
alimentos completos, cultivados en el campo.
Al
otro lado del globo, en Kenia, las mujeres del Green Belt Movement,
un grupo que lucha contra la desertificación y que ya ha plantado más
de veinte millones de árboles, han empezado a exigir que se
practique una agricultura diversificada y tradicional y están
creando granjas biológicas donde plantan precisamente las frutas y
las verduras ricas en los nutrientes que el plan de Gates pretende añadir.
Un
prometedor movimiento internacional a favor del ‘comercio justo’
está tratando de oponerse a los obstáculos que dan lugar a la
desnutrición de las poblaciones. Transfair USA, con sede en Oakland,
se ocupa ahora de certificar los productos del Tercer Mundo, entre
ellos el café, para que puedan introducirse en el mercado con
facilidad, lo cual está ayudando a que algunas de las personas más
pobres del mundo puedan ganarse la vida.
En
cada continente están surgiendo miles de esfuerzos innovadores
similares, muchos de ellos organizados por los propios ciudadanos.
Tienen éxito porque combaten la auténtica causa de la desnutrición
-la concentración del poder económico y político, que impide que
la gente se ocupe de sus propios intereses- y favorecen la
emergencia de economías vibrantes y sostenibles, basadas en las
necesidades locales.
Sólo
nos queda imaginar lo que podría suceder si Bill Gates, en vez de
enriquecer los alimentos producidos por las compañías
multinacionales, utilizase sus cincuenta millones de dólares para
subvencionar esfuerzos como éstos, haciendo que prosperen y se
multipliquen. Dado que las insuficiencias nutritivas están
arruinando las vidas de dos mil millones de personas, no podemos
permitirnos este tipo de estrategias, que además de no ayudar,
hacen daño.
7
de junio de 2002