Los supuestos beneficios del mercado libre global son una
falacia, pues sólo enriquecen a los ricos y hunden aún más
a los pobres en la miseria.
Es
posible que Castro tenga razón y que la globalización consista en
Aplastar
a los pobres
William J. Rees
Traducido
por Manuel Talens y Verónica Saladrigas; revisado por Germán Leyens
El
12 de abril, el Consejo Canadiense hizo público un documento que ya
circulaba de manera oficiosa: el borrador de la declaración final que
los ministros de medio ambiente del G8 se proponen emitir en la Cumbre
Mundial para el Desarrollo Sostenible, que tendrá lugar el mes de
agosto en Johannesburgo. Como era de esperar, los ministros de los
ocho países más industrializados apoyarán de nuevo la agenda
corporativa de la OMC (Organización Mundial del Comercio), esta vez
vinculando la globalización con el siempre ininteligible concepto de
“desarrollo sostenible”.
Tal
como proclama el documento, “(la Cumbre) debería ser el punto de
convergencia de los resultados obtenidos en la Cumbre del Milenio en
Nueva York, de las negociaciones de la Organización Mundial del
Comercio en Doha y de la Financiación para la Conferencia del
Desarrollo en Monterrey”.
Sin
embargo, no todos los resultados de esas reuniones son positivos.
Por
ejemplo, el pasado mes de marzo el presidente cubano Fidel Castro
afirmó en la conferencia de la ONU en Monterrey (México), que “el
orden económico mundial contemporáneo es un sistema de pillaje y
explotación sin paralelo en la historia”, lo cual no fue
precisamente un respaldo de la globalización como desarrollo
sostenible, tras lo cual se demoró allí sólo el tiempo necesario
para recibir una gran ovación.
Sería
demasiado fácil tachar los desplantes de Castro de frescuras de
perdedor. Pero entonces, ¿por qué lo ovacionaron de pie? Las
palabras de Castro seguramente hicieron eco en algunos de los
delegados, ya que es evidente que tiene razón. La pregunta que debe
plantearse es por qué la mayor parte del mundo desarrollado ha hecho
caso omiso a dicha realidad durante tanto tiempo.
Posiblemente
porque desde hace más de veinticinco años los gobiernos de las
democracias de mercado, con la ayuda de los medios de comunicación,
no han hecho otra cosa que programar a sus ciudadanos para que la
ignoren.
Hoy
en día, a menos que algún espeluznante acontecimiento se nos venga
encima -como sucedió el 11 de septiembre-, no solemos enterarnos de
las sorprendentes tendencias del desarrollo internacional. La
denominada sociedad “moderna” o “racional” sigue siendo tan
irracional y propensa a los mitos como cualquiera de las que la
precedieron.
La
irracionalidad de las masas no es forzosamente algo negativo. De
hecho, los mitos culturales son el aglutinante necesario para la
cohesión social y la unidad nacional. Existe, sin embargo, un lado
oscuro en el que la irracionalidad social se convierte en algo más
que una profunda negación al servicio del mal (¿recuerdan el
holocausto?).
Tal
como observó el escritor Derrick Jensen, “si queremos mantener
nuestro estilo de vida, debemos... mentirnos, sobre todo a nosotros
mismos... Las mentiras son como una barrera frente a la verdad. Las
barreras... son necesarias, porque sin ellas muchos actos deplorables
se volverían imposibles.”
En
años recientes, las elites que gobiernan en las democracias de
mercado han persuadido o engatusado prácticamente a todo el mundo
para que crea en el mito de un poder sin precedentes. Los gobiernos y
las agencias internacionales de mayor influencia comparten un concepto
del desarrollo global y del alivio de la pobreza centrado en la
expansión económica sin límites de los mercados abiertos y de la
liberalización del comercio.
Por
primera vez el mundo parece convergir hacia una ideología común del
desarrollo, que promete riqueza cada vez mayor para todos, en todas
partes.
El
aspecto negativo es que la constante repetición del mito ha
condicionado de tal manera a la población que la mayoría parece
incapaz de abrir los ojos ante la avalancha cada vez mayor de indicios
que lo contradicen.
En
vez de abrirlos, eludimos las incómodas verdades contándonos
mentiras tranquilizadoras; rechazamos a quienes se oponen a la
globalización, tratándolos de chusma peligrosa y desinformada “que
es preciso aplastar” y, entre tanto, la supervivencia del mito agota
los ecosistemas del planeta, desgarra nuestro tejido social y debilita
la seguridad del mundo.
Parte
del problema es que el gran barco “Globalización” ha perdido el
rumbo teórico. Los supuestos beneficios de un mercado global justo y
eficiente se basan en nociones fundamentales de la teoría del
“equilibrio competitivo general”, pero tal como ha señalado el
profesor británico Paul Ormerod, “...el equilibrio competitivo
exigiría la observancia de unos requisitos que nadie cumple, de tal
manera que si tales conceptos todavía persisten se debe a los
intereses de la profesión económica y a los lazos existentes entre
la ideología política dominante y las conclusiones empíricas de la
teoría del equilibrio general”.
El
economista James K. Galbraith, de la Universidad de Tejas, se muestra
igualmente defraudado por la teoría neoliberal. Según él, los
indicios empíricos “contradicen por completo” las principales
premisas y los resultados del análisis económico. Galbraith
considera dicha desconexión de la realidad como prueba de un
“...colapso tan completo, tan profundo de la teoría económica
preponderante, que los economistas sólo pueden ocultarlo negándose
de entrada a discutir las cuestiones teóricas”.
En
estas circunstancias, no deberíamos sorprendernos de que el nuevo
orden económico mundial no esté dando los frutos que prometía, ni
siquiera en unas condiciones que le son propicias.
La
reducción de la pobreza en el Tercer Mundo es ostensiblemente el
objetivo principal. No obstante, la estructura del sistema financiero
del mundo real funciona de tal manera que los beneficios del
crecimiento global enriquecen principalmente a quienes ya son ricos,
que son al mismo tiempo quienes promueven la globalización (y que,
además, suelen vivir en las naciones del G8).
Los
programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del Fondo
Monetario Internacional obligan a muchas naciones deudoras a gastar más
de lo que ingresan para pagar los intereses de la deuda a las naciones
más ricas del mundo, en vez de proporcionar servicios sociales a sus
empobrecidos ciudadanos.
Y
para obtener el dinero con frecuencia no les queda más remedio que
agotar sus recursos naturales.
El
desarrollo basado en el mercado produce daños concretos a poblaciones
enteras y a los ecosistemas que nos sustentan. Quienes se oponen a la
globalización lo saben y muchos analistas del desarrollo también.
Pero
en 1999, cuando Joseph Stiglitz, que entonces era el Director Económico
del Banco Mundial (además de Premio Nobel), admitió la existencia
del problema, el mito persistió y Stiglitz fue ruidosamente despedido
por apartarse de la ideología del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional.
Sin
embargo, no es posible rechazar los datos con tanta facilidad.
En
los años sesenta “sólo” 3 dólares llegaban al Norte por cada dólar
que tomaba la dirección del Sur; a finales de los noventa, después
de treinta años de crecimiento sin precedentes y de una globalización
cada vez mayor, la relación se había incrementado a 7 por 1.
En
1970 el 10% de los ciudadanos más ricos del mundo poseían 19 veces más
riqueza que el 10% más pobre. En 1997, esa relación se había
incrementado a 27 por 1 y el 1% de la población del mundo tenía los
mismos ingresos que el 57% de los más pobres. Sólo 25 millones de
ricos estadounidenses (que constituyen el 0.4% de la población
planetaria) tenían unos ingresos combinados mayores que los de 2 mil
millones de pobres de la tierra en (es decir, el 43% de la población
total). Como dije arriba, Castro tiene razón.
Todo
lo cual nos lleva a esta pregunta final: ¿No será que el mito está
sirviendo de cobertura a un orden del día paralelo y encubierto?
Las
palabras que el asesor presidencial George F. Kennan pronunció en
1948 resuenan fríamente hoy: “[EE.UU.] posee el 50% de la riqueza
del mundo, pero sólo el 6% de su población... En tales condiciones,
es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea
consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de
nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos
de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos
y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles
de vida y la democratización. Pronto llegará el día en que
tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuántas
menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá...”
Las
nada ambiguas palabras de Kennan ofrecen un contexto más revelador de
la reciente historia del mundo que cualquiera de los mitos populares
imperantes.
Mientras
Canadá se prepara a recibir en junio al G8 en Kananaskis, quizá
deberíamos recordarlas y, quizá, en vez de reprimir a los
manifestantes, los medios deberían ofrecerles también a ellos la
oportunidad de que digan lo que tienen que decir.
22
de abril de 2002
Título
original: Squeezing the Poor
Autor:
William J. Rees
Origen:
The Toronto Star
Traducido
por Manuel Talens y Verónica Saladrigas; revisado por Germán Leyens
William
J. Rees es profesor en la Escuela de Planificación Comunitaria y
Regional de la Universidad de Columbia Británica (Canadá)

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