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CRIMEN
CONTRA LA CULTURA PALESTINA
Por
Abdellatif Laâbi, escritor

Traducción
de Manuel Talens
Hace
dos semanas los escritores, artistas e intelectuales palestinos
lanzaron una llamada perentoria a sus homólogos árabes del resto del
mundo. Esta llamada, difundida en el momento más álgido de la nueva
ocupación de Cisjordania por parte de las fuerzas israelíes, ha
pasado casi inadvertida. Se terminaba de la siguiente manera:
«Sitiados, nos enfrentamos junto con nuestro pueblo a una dolorosa
situación humana. Vivimos bajo una permanente amenaza, carecemos de
agua, de electricidad, de comunicaciones. Sólo nos queda la voluntad,
la determinación, la resistencia. A todos los hombres de honor, a
todos los hombres libres de los países árabes y del resto del mundo:
necesitamos vuestra ayuda y vuestro apoyo.»
Desde
hace varios días es posible comprender mejor la angustia de los
autores de esta llamada, pues se empieza a descubrir la amplitud de la
devastación y de los atropellos cometidos por el ejército israelí.
Podemos estar seguros de que, tarde o temprano, estas acciones
llevadas a cabo a sangre fría y ocultadas por la fuerza a los ojos
del mundo entero serán consideradas crímenes de guerra.
Pero,
también desde hace varios días, el ejército de ocupación está
cometiendo otra perfidia. Por si acaso la destrucción de las
infraestructuras de la Autoridad palestina, de las casas, de las
escuelas, de los lugares de culto e incluso de las ambulancias no le
hubiera bastado, ahora se abate sobre las instituciones culturales.
Dos lugares, altamente simbólicos y que pueden ser calificados de
corazón de la memoria y de la cultura palestina, han sido destruidos
y saqueados. Se trata, en Ramallah, del prestigioso Centro de las
artes Khalil Sakakini y de la Casa de la Poesía, sede de dos revistas
literarias de gran categoría: Les
Poètes y Parenthèses.
Asimismo en Ramallah, y siguiendo en el ámbito de lo simbólico, los
objetos personales y los recuerdos que el poeta Mahmoud Darwich
guardaba en su casa han servido de botín a sus asaltantes, como en
los tiempos oscuros de la rapiña.
Si
bien las matanzas y las ciegas destrucciones ya han provocado en todo
el mundo una justa ola de indignación, el ataque perpetrado contra
instituciones culturales, consideradas de esta manera como objetivos
militares, debería de ser interpretado por los intelectuales y los
creadores -que son los primeros afectados- en su terrible realidad: se
trata de un crimen contra la cultura, es decir, contra el espíritu.
Si
ayer fuimos muchos los que nos sentimos unánimemente horrorizados
cuando los talibanes dinamitaron los budas de Bamyan, hoy también
consideramos que lo que acaba de suceder en Ramallah es un acto
similar de barbarie.
Al
haber decidido atacar la cultura palestina, el gobierno israelí da
una prueba más de su desprecio hacia el pueblo palestino y, lo que es
peor, de su voluntad de negación de dicho pueblo. Al negarle el
derecho a la memoria y a la creación, le niega el de proyectarse
hacia el futuro y, en suma, el de existir. Una actitud así demuestra
sin ambages que está cerrando definitivamente la puerta a cualquier
perspectiva de paz.
¿Acaso
es preciso recordar que la cultura palestina ha sido y sigue siendo,
para quien la conoce, un verdadero santuario de humanismo, de apertura
a la cultura universal y al diálogo, de mano tendida a los demás, el
lugar donde también se imagina un futuro diferente para los pueblos
de la región, teniendo en cuenta las heridas y las angustias de unos
y otros, exorcizando el odio, guardando contra vientos y mareas la
proa hacia la esperanza? Al profanar este santuario, el brazo armado
de Sharon ha revelado que éste y quienes gobiernan con él o lo
sostienen se encuentran a años luz de dicho espíritu. Se han quitado
la máscara.
A aquellos y aquellas que han instalado en el centro de su actividad y
de sus vidas la defensa de la ilustración y del espíritu humano,
sólo les queda el deber de elevarse contra esta barbarie y actuar a
cara descubierta, ahora que todavía estamos a tiempo. Pues, más
allá de las destrucciones materiales y morales, es quizá la vida de
los poetas, de los artistas y de los intelectuales palestinos la que
está en grave peligro.
Créteil,
18 de abril de 2002

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