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Descripción:
El autor desmonta la argumentación neoliberal que demoniza al
presidente venezolano Hugo Chávez y analiza las verdaderas causas de
la debacle argentina.
DE
VENEZUELA A ARGENTINA
CACEROLAZOS
por
Maurice Lemoine

Traducido
por Manuel Talens y revisado por Alfred Sola
A
principios de diciembre de 2001 el conjunto de los medios
internacionales multiplica sus editoriales vitriólicos sobre
Venezuela, pero ello no se debe al revolcón experimentado por el
mercado del petróleo. La caída de los precios, consecuencia
indirecta de los atentados del 11 de septiembre, ha sido superior a la
prevista por Caracas, lo cual provocará una disminución del
crecimiento en el año 2002, ya que el presupuesto se había basado en
la hipótesis de un precio medio de 18,50 dólares el barril, es
decir, de 4 dólares más que el valor actual. Poco importa que el
presidente Hugo Chávez haya ganado democráticamente todas las
votaciones organizadas desde su llegada al poder y que la Constitución
de 1999 fuese aprobada por un 71,21% de los votantes, pues lo que
ahora retiene la atención son los «cacerolazos», una barahúnda
provocada por la burguesía y por una parte de la clase media, que
expresa su descontento a golpe de cacerola.
La
aprobación de 49 decretos ley ha prendido la mecha. Entre ellos, uno
de los textos más importantes es una ley sobre la tierra y el
desarrollo rural, que prevé mecanismos de expropiación de los
latifundios y la distribución de las tierras a los campesinos que
carecen de ellas. Mientras que un puñado de propietarios acaparan el
70% de la superficie cultivable, el país debe importar masivamente
para alimentar a su población… Una ley sobre los hidrocarburos
incrementa el canon del Estado y convierte en obligatoria su
participación mayoritaria en las asociaciones con las compañías
petroleras privadas.
En
nombre del «derecho sagrado a la propiedad privada», los señores de
la tierra refuerzan una oposición que lideran ellos mismos y que
incluye a la patronal y a los propietarios de los medios de comunicación.
Como aliada poco habitual, la Confederación de los Trabajadores de
Venezuela (CTV), ligada a los partidos políticos que fueron
desplazados por la «revolución bolivariana», se unió a la huelga
patronal organizada el 10 de diciembre de 2001. Fue un éxito, sin
duda: cuando las empresas cierran sus puertas resulta difícil
imaginar a dónde podrían ir a trabajar los obreros… A pesar de que
las actividades de la patronal suscitan un débil eco en la población
y de que el presidente Chávez continúa gozando de una gran
popularidad en los sectores más pobres del país, periódicos y
cancillerías evocan con delectación el caos social, económico y político
en el que se hunde Venezuela.
Sin
embargo, no es en Caracas donde los «cacerolazos» y la movilización
popular han provocado la caída de un presidente, sino en Buenos
Aires, Argentina. Nos habíamos olvidado de las revueltas de los días
16 y 17 de diciembre en Santiago del Estero, nos interesamos muy poco
en 1996 por los primeros «piqueteros», aquellos desempleados
iracundos que alzaban barricadas en Cutral Có, en la provincia de
Neuquén; no hicimos caso de la multiplicación de acciones de los «piqueteros»
ni de las movilizaciones que, a partir de las capitales provinciales,
habían alcanzado lentamente el cinturón obrero de Buenos Aires.
Nadie prestó atención el 24 de julio de 2001 a la primera Asamblea
nacional de las organizaciones populares y de desempleados ni tampoco,
el 4 de septiembre, al nacimiento del Frente nacional contra la
pobreza (Frenapo), que agrupa a las principales organizaciones
populares del país. ¿Acaso Argentina no era el mejor alumno del
Fondo Monetario Internacional (FMI)? ¡Justamente! Una deuda exterior
de 132.000 millones de dólares (el 46% del PIB, calculado por lo
bajo) contraída durante la dictadura (1976-1983) y aumentada por el régimen
de corrupción y de rapiña de Carlos Menem (1989-1999), mientras que
la población sufría, sin anestesia, el hierro candente de los
ajustes estructurales, las reformas neoliberales más radicales del
continente. Los últimos resultados conocidos consisten en cuatro años
de recesión, una economía en caída libre, una crisis fiscal, múltiples
cierres de empresas, una hemorragia de empleos y una miseria cada vez
mayor. El desempleo alcanzó el récord de un 18,3% en octubre de 2001
y la pobreza atenaza a 15 millones de argentinos.
Domingo
Cavallo, un economista ultraortodoxo, ya presente durante la época de
la dictadura militar, inventó durante el gobierno de Menem la paridad
entre el peso y el dólar, para «pulverizar
la inflación». Al mismo tiempo, pulverizó las exportaciones
argentinas, carentes de competitividad. Rescatado el 20 de marzo de
2001 por el presidente de centro izquierda Fernando de la Rua, intentó
primeramente en julio un «megacambio» (cambio de los títulos de la
deuda a corto plazo por otros a más largo plazo, pero con intereses
muy elevados), antes de imponer una política de déficit cero: entre
otras medidas, una reducción del 13% de los sueldos de los
funcionarios y de las pensiones. Fue insuficiente. Mientras que
Argentina se encuentra virtualmente en la quiebra, el FMI se niega a
concederle 1,260 millones de dólares para hacer frente al pago de los
intereses de la deuda externa.
El
anuncio de nuevas medidas de austeridad lanza a los más
desfavorecidos, sin banderas precisas y sin dirigentes, a la búsqueda
desesperada de alimentos. Asaltan y saquean los supermercados. Y al
ajuste estructural le sucede el ajuste político. Los grandes
inversores y especuladores, tanto nacionales como internacionales,
acaban de transferir 15,000 millones de dólares fuera del país: el 2
de diciembre, «para evitar el
caos provocado por los especuladores», Cavallo congela los depósitos
bancarios de los ciudadanos «ordinarios» y sólo autoriza sacar 250
dólares por semana. La clase media, hasta entonces ausente en la
movilización social, se echa espontáneamente a la calle los días 19
y 20 de diciembre. El estado de sitio y una represión que provoca 31
muertos no logran salvar de esta furia, en la que están ausentes
tanto los partidos políticos como los sindicatos, ni al detestado
ministro de finanzas ni al presidente De la Rua, que el 20 de
diciembre huye en helicóptero de la Casa Rosada.
El
nuevo presidente elegido por el Congreso, el peronista Adolfo Rodríguz
Saá, lo ha prometido todo: ha anunciado la suspensión del pago de
los intereses de la deuda, a la espera de una negociación con los
acreedores; ha rechazado tanto la «dolarización» como la devaluación,
pesadilla de los particulares y de las empresas endeudadas en dólares:
ha previsto la creación de una tercera moneda –el argentino- y ha
prometido la creación de un millón de empleos… Convocará
elecciones presidenciales el 30 de marzo de 2002. Se trata, ante todo,
de ganar tiempo para desactivar la presión popular.
El
fenómeno de la deuda externa, tanto en Argentina como en la América
latina, y las políticas neoliberales ligadas a ésta se hallan
incontestablemente en el banquillo de los acusados. Pero hace falta
mucho más para impresionar a Washington: la capital del imperio sigue
dirigiendo sus críticas más feroces en dirección al régimen de
Hugo Chávez.
Título
original: Du Venezuela à l’Argentine: “Cacerolazos”
Autor:
Maurice Lemoine
Origen:
Le Monde diplomatique
Traducido
por Manuel Talens y revisado por Alfred Sola

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