¿Y QUIÉN ES LA
JOSETTE DAY VERDADERA?
Enrique Vila-Matas

Hubo un día en que ningún cuento de corte fantástico habría podido
superar lo que viví en la vida real. Fue el día en el que fui al
hotel en el que vivían Arrieta y Javier Grandes –en realidad decir
que fui un día es faltar a la verdad porque iba casi a diario por
la tarde a su cuarto de hotel, festivo punto de encuentro de los
travestís del barrio-, fui con la idea de preguntarles quién era
la verdadera Josette Day, es decir, a quien imitaba el travesti
que se hacía llamar Josette Day y que frecuentaba la discoteca
Le Sept y que tanto me intrigaba, pues llevaba el nombre de
una mujer que debía ser o había sido muy famosa, pero de la que yo
jamás había oído hablar. Sólo conocía, y encima la conocía de
lejos, a su imitadora y admiradora. ¿Quién era la Josette Day
original? Con esta pregunta pensaba sortear la siempre incómoda
mirada de Arrieta o de Javier preguntándome sin decirlo por qué
iba a diario a su hotel.
Fui al hotel y en la puerta de la habitación me encontré una nota
que decía: “Hemos ido al Esmeralda”. Me pareció raro, una
situación excepcional, inesperada. Ellos siempre solían estar a
aquella hora en su cuarto. Por un momento, temí que no quisieran
abrirme la puerta, que detrás de ella estuvieran en silencio todos
los habituales de aquella reunión diaria esperando a que yo me
marchara. Finalmente, decidí ir al hotel Esmegalda, al lado
mismo de Notre Dame, un hotel que en aquellos días era el centro
indiscutible del alma bohemia de la ciudad, un espacio de libertad
tan grande que en ciertos ambientes circulaba el rumor de que las
habitaciones no tenían llave y además estaban todas entre ellas
comunicadas. El hotel debía su nombre a la bella gitana de la que
se enamora un famoso jorobado en lo alto de Notre Dame en una
novela de Victor Hugo.
Fui al Esmeralda, pregunté por mis amigos y me dijeron que
acababan de marcharse. “Pero está el hermano gemelo de Javier”,
añadió el recepcionista. Aunque era extraño que los conocieran
allí tanto, no pensé demasiado en esto y sí en que Javier sólo
tenía un hermano en la ficción. “Está bien”, dije como si siguiera
las coordenadas de un juego, “avise al gemelo”. Unos segundos
después, apareció Javier. “¿Ya sabes que no soy yo?”, me preguntó.
“Eres el de la ficción”, dije. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó.
“Porque tengo memoria y además tú mismo lo has insinuado y porque,
por si eso no bastara, he rodado contigo la película en la que te
haces pasar por tu hermano”, contesté. Creía que había salido muy
airoso del raro trance cuando él me dijo: “Pero tú parece que no
sepas que el hombre que tiene memoria, Proust o tú mismo por
ejemplo, en realidad no recuerda nada porque no olvida nada”.
Nunca le había oído hablar en esos términos a Javier, de modo que
llegué a pensar que podía ser verdad que era su hermano gemelo.
Para que no se diera cuenta de que dudaba seriamente de su
verdadera identidad, tosí un poco y luego, desviando la
conversación aunque en realidad llevándola al punto de origen
deseado, le pregunté con una voz que simulaba -sólo lo simulaba-
sosiego: “Oye, ¿Y quién es la Josette Day verdadera?”
“Fue la bella en La bella y la bestia, de Cocteau. Después
de rodarla, se casó con un belga y se convirtió en una de las
mujeres más ricas del mundo, pero su pasión por las esmeraldas la
llevó a la ruina”.
Me sentí superado. Quería evitar a toda costa tanto que pensara
que yo me creía que él era verdaderamente su hermano gemelo como
lo contrario, que creyera que yo pensaba que no lo era. Pero no se
ha visto hasta ahora a nadie, que yo sepa, que haya hablado
conociendo una dimensión más allá de la razón, nadie que haya
aportado una tesis distinta a la cuestión de la existencia o no
existencia de Dios.
“Las esmeraldas en el Esmeralda sin esmeraldas. ¿No es eso?”,
dije. Se mostró vivamente enfadado, siempre he pensado que por la
torpeza y el pobre ingenio de mi pregunta. El caso es que me
encontré de pronto a un Javier realmente irreconocible, el mismo
al que años después Marguerite Duras le diría que no se acordaba
de él, aunque ella se lo dijo –cabe pensar- por motivos
diferentes. “Bueno”, dijo Javier, “las esmeraldas siempre han
estado rodeadas de un halo de tragedia. ¿O no recuerdas?”.
No, no recordaba.