El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV   

¿Y QUIÉN ES LA JOSETTE DAY VERDADERA?

Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, español

 

       Hubo un día en que ningún cuento de corte fantástico habría podido superar lo que viví en la vida real. Fue el día en el que fui al hotel en el que vivían Arrieta y Javier Grandes –en realidad decir que fui un día es faltar a la verdad porque iba casi a diario por la tarde a su cuarto de hotel, festivo punto de encuentro de los travestís del barrio-, fui con la idea de preguntarles quién era la verdadera Josette Day, es decir, a quien imitaba el travesti que se hacía llamar Josette Day y que frecuentaba la discoteca Le Sept y que tanto me intrigaba, pues llevaba el nombre de una mujer que debía ser o había sido muy famosa, pero de la que yo jamás había oído hablar. Sólo conocía, y encima la conocía de lejos, a su imitadora y admiradora. ¿Quién era la Josette Day original? Con esta pregunta pensaba sortear la siempre incómoda mirada de Arrieta o de Javier preguntándome sin decirlo por qué iba a diario a su hotel.

       Fui al hotel y en la puerta de la habitación me encontré una nota que decía: “Hemos ido al Esmeralda”. Me pareció raro, una situación excepcional, inesperada. Ellos siempre solían estar a aquella hora en su cuarto. Por un momento, temí que no quisieran abrirme la puerta, que detrás de ella estuvieran en silencio todos los habituales de aquella reunión diaria esperando a que yo me marchara. Finalmente, decidí ir al hotel Esmegalda, al lado mismo de Notre Dame, un hotel que en aquellos días era el centro indiscutible del alma bohemia de la ciudad, un espacio de libertad tan grande que en ciertos ambientes circulaba el rumor de que las habitaciones no tenían llave y además estaban todas entre ellas comunicadas. El hotel debía su nombre a la bella gitana de la que se enamora un famoso jorobado en lo alto de Notre Dame en una novela de Victor Hugo.

       Fui al Esmeralda, pregunté por mis amigos y me dijeron que acababan de marcharse. “Pero está el hermano gemelo de Javier”, añadió el recepcionista. Aunque era extraño que los conocieran allí tanto, no pensé demasiado en esto y sí en que Javier sólo tenía un hermano en la ficción. “Está bien”, dije como si siguiera las coordenadas de un juego, “avise al gemelo”. Unos segundos después, apareció Javier. “¿Ya sabes que no soy yo?”, me preguntó. “Eres el de la ficción”, dije. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó. “Porque tengo memoria y además tú mismo lo has insinuado y porque, por si eso no bastara, he rodado contigo la película en la que te haces pasar por tu hermano”, contesté. Creía que había salido muy airoso del raro trance cuando él me dijo: “Pero tú parece que no sepas que el hombre que tiene memoria, Proust o tú mismo por ejemplo, en realidad no recuerda nada porque no olvida nada”. Nunca le había oído hablar en esos términos a Javier, de modo que llegué a pensar que podía ser verdad que era su hermano gemelo. Para que no se diera cuenta de que dudaba seriamente de su verdadera identidad, tosí un poco y luego, desviando la conversación aunque en realidad llevándola al punto de origen deseado, le pregunté con una voz que simulaba -sólo lo simulaba- sosiego: “Oye, ¿Y quién es la Josette Day verdadera?”

       “Fue la bella en La bella y la bestia, de Cocteau. Después de rodarla, se casó con un belga y se convirtió en una de las mujeres más ricas del mundo, pero su pasión por las esmeraldas la llevó a la ruina”.

       Me sentí superado. Quería evitar a toda costa tanto que pensara que yo me creía que él era verdaderamente su hermano gemelo como lo contrario, que creyera que yo pensaba que no lo era. Pero no se ha visto hasta ahora a nadie, que yo sepa, que haya hablado conociendo una dimensión más allá de la razón, nadie que haya aportado una tesis distinta a la cuestión de la existencia o no existencia de Dios.

        “Las esmeraldas en el Esmeralda sin esmeraldas. ¿No es eso?”, dije. Se mostró vivamente enfadado, siempre he pensado que por la torpeza y el pobre ingenio de mi pregunta. El caso es que me encontré de pronto a un Javier realmente irreconocible, el mismo al que años después Marguerite Duras le diría que no se acordaba de él, aunque ella se lo dijo –cabe pensar- por motivos diferentes. “Bueno”, dijo Javier, “las esmeraldas siempre han estado rodeadas de un halo de tragedia. ¿O no recuerdas?”.

       No, no recordaba.

      

Fragmento  oculto y  patafísico de París no se acaba nunca (libro en preparación) 

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Manuel Talens 2003