El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV   

Valois

Helio Vera

 

Helio Vera (paraguayo)

  

I

En las Escrituras no hay perdón para los ladrones y por eso no puede haberlo para el negro Gaspar. Tiene el cuello y las dos manos metidos en un cepo de urundey, y los pies sujetos a una barra de grillos. Sólo con mucho esfuerzo, pero con el riesgo de golpearse la nuca, puede mover la cabeza hacia arriba para mirar un trozo de cielo sin nubes; o, un poco más cerca, la galería de la casona, bañada en sombras, donde su amo, el justo y honorable don Salvador de Roxas de Aranda, se balancea lentamente en un sillón de mimbre mientras fuma un cigarro de hoja.

Es ahora cuando comienza la última parte del tormento: los cincuenta latigazos que Tomasito py-guasu, negro como él y también esclavo, deberá descargar sobre la espalda de Gaspar. Los golpes comienzan a caer. El negro soporta los primeros apretando los dientes con ferocidad, pero pronto su voluntad es superada. Cierra los ojos y grita, con desesperación. No pide perdón, porque sabe que no se lo darán; pero se encomienda a su madre para que lo bendiga desde el cielo, ese sitio distante donde desaparecen las penurias humanas.

Tomás cumple escrupulosamente con su misión. Es evidente que la efímera dignidad del cargo le otorga un insolente aire de superioridad sobre los demás esclavos. Por eso se mueve con ceremonia, con severa economía de gestos. Responsable, como debe ser un buen verdugo, lleva la suma con los dedos de la mano, para no errar en la cuenta. Don Salvador contempla la escena desde el sillón mientras se rasca las piernas con la fusta. De pronto, sobre sus bien lustradas botas caen unas gotas de sangre, arrancadas de la espalda del negro. Molesto, se levanta y retrocede unos pasos. Después, entra a la casa. Sabe que Tomás completará su misión con la lealtad de un perro.

Hay algo que no debe omitirse: Tomás añade a su trabajo un toque de aplaudida espectacularidad. A veces, cuando todos esperan que el látigo caiga sobre el ladrón, lo hace estallar inofensivamente en el aire. Hace un minuto, el propio Gaspar fue engañado por el simulacro. No pudo evitar un estremecimiento defensivo, una tensión desesperada de todos los músculos para aguantar ese golpe que después se perdió en el vacío. Pero seamos precisos: Tomás no añadió a la suma ese latigazo despilfarrado en el aire.

Los demás esclavos no comprenden muy bien lo que está pasando, y por eso miran la escena con un contenido malestar. Del amo hay que decir que es un individuo severo, pero justo. No perdona la menor falta, y menos las señaladas por la Santa Madre Iglesia como pecados capitales. Pero nunca se excede en la respuesta. Don Salvador no es un animal, no suele serlo. Además, sabe que los castigos pueden anular físicamente a sus negros y envilecer el precio. Esta furia es, cuanto menos, inusual.

Cincuenta latigazos. Gaspar ya no puede llorar, porque en algún recóndito escondrijo se habrá roto el oculto recipiente de las lágrimas. Cincuenta. Cayeron sobre sus espaldas con toda la fuerza que pudieron darles los hercúleos brazos de Tomás. No le perdonó uno. Ni siquiera en retribución de antiguos favores, como debiera hacerlo la gente agradecida. Ahora sabe que no sirvió de nada haber callado las noches en que Tomasito escapaba de la barraca para irse de farra. Como aquella madrugada, hace apenas quince días, en que lo había encontrado tendido frente al portón, donde fue dejado por sus compañeros de jarana. No podía dar un paso por sí mismo, y Gaspar debió cargarlo sobre los hombros hasta el galpón de los esclavos. Nadie supo nunca que Tomasito se había escapado para emborracharse. Gracias a la discreción de Gaspar. Malagradecido.

 

II

Es necesario explicar las razones que llevaron hasta el paroxismo la indignación de don Salvador. El robo es un horrible pecado, es cierto, pero cinco batarazas –él bien lo sabe– no justifican este tormento. Pero los demás no saben que hay en esto algo más que unas cuantas gallinas: el lote de aves incluyó a su amado Valois, el mejor gallo de riña que había tenido nunca. Era, casi con seguridad, el primero de su raza que llegaba al Paraguay y uno de los pocos del Río de la Plata. Un Asil, con antepasados tan ilustres como un Grande de España. Es algo que no se puede perdonar.

Un Asil es un combatiente que jamás rehuye al enemigo ni mezquina las espuelas. Antes que amilanarlo, una herida lo enfurece hasta la ceguera, convirtiéndolo en un incontenible turbión de plumas negras y coloradas. Este ejemplar fue un regalo de Don Baldomero de la Vega, un compadre de Santa Fe, gallero como él, y criador de combatientes de estirpe. De allá salían ejemplares que pisaban fuerte en los mejores reñideros del Tucumán, Corrientes, Santiago del Estero, Santa Cruz de la Sierra y hasta del Potosí, donde se cotizaban en monedas de plata. Ah sí, Baldomero es palabra mayor en todo el Virreinato y una indiscutida autoridad en gallos.

Cuando Valois llegó a Asunción, Don Salvador lo trajo del puerto a hurtadillas y, sin decir nada a nadie, lo instaló en su criadero de San Lorenzo. Enseguida, llamó secretamente a Nemesio, el mejor compositor de gallos de la ciudad. Este, que nunca había visto un Asil, acudió enseguida a la hacienda. Nemesio pasó las manos por las alas y la cresta y lo alzó con sus propias manos para pesarlo en el aire. Acarició los espolones como si fuesen de oro peruano y después escupió, admirado. No tuvo dudas:

–Este gallo hará historia, y no hay en la provincia uno que le aguante una arremetida.

Valois, como todos los de su raza, era más bien pequeño, pero elegante como un granadero, el paso chusco y nervioso, las espuelas agudas como estoques. Llevaba las plumas con el garbo de quien carga una capa de armiño, y desplegaba la cola como un pabellón de guerra. Poco más de cinco libras de pura musculatura, capaz de mejorar con su sangre diez generaciones de gallos de primera.

¿Cómo habrá llegado a manos del compadre santafecino? No hay muchos de su raza en el Río de la Plata. Don Salvador sólo sabe que Valois era parte de una docena que apareció misteriosamente en Santa Fe. Es casi seguro que el lote fue introducido por contrabandistas, quizá corsarios ingleses, de los que merodean en las costas marítimas del virreinato, gente que comercia con las manos manchadas con la sangre de sus víctimas. Herejes, gente que abomina de Cristo y se mofa de la Virgen, gente con la que es mejor no entrar en tratos.

Es prudente no averiguar demasiado sobre el origen del gallo. Uno podría encontrarse con que fue parte del botín de un asalto en alta mar. Quizá las víctimas fueron súbditos del rey de España. Cubanos, filipinos, mexicanos, altoperuanos, vaya uno a saber. De todos modos, esa sospecha era una buena señal. En el propio origen de este gallardo Asil indio habría una oscura historia de violencia.

Hace ya tres meses que Valois llegó al Paraguay. Y hace un mes que Salvador recibió una llorosa carta del compadre Baldomero: una epidemia de viruela había acabado con los Asil que quedaron en Santa Fe. El único sobreviviente, pero dolorosamente lejos, era Valois, que se paseaba con suficiencia dentro de una jaula especialmente construida para él, en la hacienda de San Lorenzo de la Frontera. El compadre pedía su devolución. Después, le daría otro gallo todavía mejor.

Don Salvador respondió con una carta cargada de lamentaciones: el pobre Valois también había muerto de viruela, que si no, ahora mismo lo estaría llevando al puerto para el viaje. En realidad, no pensaba en devolver el tesoro que tenía en sus manos, faltaba más, ni por orden del virrey de Buenos Aires. Además, ya lo estaba preparando para la anunciada riña del 15 de Agosto, con motivo de la fiesta de la Virgen de la Asunción. Hasta ese momento, la existencia de Valois permanecería en el más absoluto secreto. Mientras tanto, sería un gallo más entre varios, sin que nadie se diera cuenta de que se trataba del príncipe de los combatientes.

Pero esa ilusión estalló ayer en el aire como una pompa de jabón, antes del primer mate del día. El patio de la casona comenzaba a teñirse con una tonalidad cenicienta. Clareaba. El personal ya se estaba preparando para el trabajo de la jornada. Don Salvador se dirigió a la jaula de Valois. Estaba preparado para la emoción de todas las mañanas: alisarle las alas con ternura, y sentir la pequeña cabeza del gallo, coronada por una enorme cresta llameante, apoyada mansamente sobre su pecho. Pero cuando estuvo a pocos pasos descubrió que la jaula estaba vacía, y una furia sorda comenzó a abrasarle el alma.

Inmediatamente, despachó emisarios a los cuatro vientos, se presentó ante el Cabildo y hasta llevó su queja al gobernador. De ser necesario, llegaría hasta el mismo trono de su majestad, el amado rey don Carlos III, para denunciar tamaña iniquidad. El no es un don nadie. Fue dos veces regidor de la ciudad y contribuyó con hombres, caballos y dinero para la defensa de la provincia contra los traidores malones del guaikurú. Lo menos que deberían hacer las autoridades es hacerle justicia. Por eso nadie se extrañó de que toda Asunción fuese movilizada para buscar al desaparecido Valois.

Hoy, poco antes del mediodía, se presentó un sargento de Urbanos a informarle el resultado de las pacientes investigaciones. Ellas llevaban hasta una discreta pulpería de Tacumbú, donde había sido vendido el botín. Allá fue don Salvador, al frente de una cuadrilla armada. Llegó tarde. Sólo a tiempo para ver lo que quedaba del pobre Valois, ya sin plumas, colgado cabeza abajo de la rama de un árbol, listo para ser reducido a trozos plebeyos, destinados, junto con las batarazas, a una impaciente olla donde ya bullía el agua. Lo esperaba un espeso locro igualitario que confundiría su brillante prosapia con la de oscuras gallinas sin alcurnia. Después, anónimos patanes de extramuros, de los que llegan al caer la noche para gastar sus escasas monedas, darían cuenta del pobre gallo.

El pulpero, para sacarse el asunto de encima, identificó rápidamente al negro Gaspar como su habitual proveedor. Nunca se hubiera imaginado, la Virgen no lo permita, que el verdadero origen de las aves era el hurto. Menos aun, que pertenecían al ilustre don Salvador, personalidad señera de la Provincia del Paraguay. Que si lo hubiera sabido, él, personalmente, las hubiera devuelto a su legítimo dueño no sin antes llevar al granuja, de la oreja, hasta las puertas del panóptico. Jamás le hubiese pasado por la cabeza mezclarse con pecadores de esa mala ralea. Una hora después, Gaspar estaba en el cepo, en el patio de la casona.

Bien entiende ahora Don Salvador que fue el negro, y no el nocturno mykure, señalado por Gaspar como chivo expiatorio, quien anduvo robando los huevos del gallinero durante dos meses y, no contento con eso, se llevó después unas cuantas gallinas. Chucherías, de todos modos. Pero al maldito no le bastó ese magro botín, y tuvo que echar mano del pobre Valois, que valía más que todo el gallinero. Más que la propia piel de ladrón, más que la pulpería de Tacumbú junto con todos los bienes del pulpero.

¿Qué sabe de gallos este negro bribón? ¿Qué puede conocer del orgullo que se siente al recoger de la arena a un vencedor, tembloroso y salpicado de sangre, pero totalmente entregado a las caricias que le recorren cariñosamente el plumaje desordenado? ¿Qué puede adivinar del alborozo que le causarían las miradas de envidia de los demás galleros de la ciudad, a cuyos campeones Valois haría trizas en el primer choque, en medio de un furioso torbellino de plumas y espolazos?

Gaspar tiene sus razones, pero no las confesará aunque lo desuellen vivo. No puede contarle a nadie el furor que le arde en la verija todas las veces que se cruza con la negra Benita, propiedad del mismo amo, cuando ella vuelve la cabeza para sonreírle. Y esa sonrisa que llena la cara de la negra lo deja clavado sobre la tierra, sacudido por incontenibles estremecimientos. Entonces no sabe si correr tras ella o gritar hasta enronquecer, como lo hace las noches de fiesta en Loma Tarumá, cuando los negros bailan al son de los tambores y se embriagan con el alcohol jubiloso que bulle en los jarros que pasan de mano en mano.

¿Para qué insistir con el recuento de las noches de insomnio sudoroso, los ojos brillando en la sombra, pensando cómo alcanzar esa codiciada fortaleza protegida por trancas y candados? ¿Cómo no imaginarla en la penumbra, paseándose ante él, meneando garbosamente todas sus redondeces? ¿Cómo no buscar en las tinieblas sus pechos de cobre, la blancura deslumbrante de sus dientes, los pasos de potranca de raza fina? ¿Qué hacer para que ese sueño se convierta en una calcinante realidad? ¿Cómo ganar su voluntad, hasta ahora huidiza y mezquina? ¿Tal vez decorando el sedoso cuello de ébano con un collar de cuentas de coral? ¿O con ajorcas y pulseras y hasta un zafiro refulgente, engarzado en un grueso anillo carretón?

Pero había un obstáculo insalvable para esa clase de demostraciones: dinero. Y dinero era lo que le faltaba a Gaspar. Fue entonces cuando comenzó a madurar su plan. Para ejecutarlo, hicieron el resto la complicidad del pulpero y la débil vigilancia nocturna en torno del gallinero. Al quinto hurto, la impunidad hizo crecer la audacia y disminuir las precauciones. Una noche, para completar un lote de media docena de aves que se le había encargado, debió echar mano del gallo. No tuvo más remedio.

Llega la noche. Comienzan las cigarras su concierto nocturno y las primeras luciérnagas trazan en el aire huidizas líneas de luz verdosa. Gaspar es un despojo sanguinolento. Está solo en el patio, medio aturdido por los golpes, y el sudor se mezcla con la sangre y el orín que no puede retener en la vejiga. Las lágrimas le arrasan los ojos, pero paulatinamente los sollozos se vuelven más lentos, acompasados, y sobre ellos crece claramente el múltiple sonido monocorde de los insectos. La espalda está convertida en carne viva. Las heridas, curadas con sal, palpitan desaforadamente con cada latido del corazón. Revolotean sobre la piel las primeras moscas, que zumban insolentes.

Hace mucho calor. En el cepo, Gaspar no puede moverse. Su cabeza apunta como una flecha hacia la ventana de la habitación del amo. Es la posición en que lo dejaron: crucificado en el suelo, el cuerpo extendido perpendicularmente con respecto a la casona. Por eso no puede dejar de ver lo que se encuentra frente a él: la galería, las puertas, los ventanales protegidos por gruesos barrotes de hierro forjado que se retuercen para dibujar flores y lanzas.

Un enorme silencio crece sobre el patio y se extiende hacia el interior de las habitaciones. Esclavos y criados ya están dentro de sus galpones, quizá cabeceando, en las turbias fronteras del sueño. Es cuando dentro de la casa se encienden los faroles; el más grande titila en la sala principal. Las ventanas están cerradas para detener a los mosquitos, que zumban furibundos. Los vidrios le hubieran permitido a Gaspar ver lo que ocurre adentro, pero los visillos detienen la mirada y sólo muestran el movimiento de graciosas sombras chinescas que se agrandan como monstruos o se achican como pájaros; todo depende de cuán cerca esté el objeto que se mueve de la fuente de luz. Por lo menos el esclavo ha encontrado algo que puede distraerlo de sus penurias.

Don Salvador acaba de terminar la cena, solo, en la cabecera de una larga mesa de trébol. Estará rezando sus oraciones, como ordenan los mandamientos de todo buen cristiano. Gaspar siente la punzante proximidad de una fragancia: es Benita. Ha salido del galón de los esclavos y acaba de pasar ante él, sin dirigirle la palabra, dejando un rastro de piel limpia, después de las caricias espumosas del jabón de coco. Gaspar siente, como una caricia, el perfume de la piel lustrosa. Los pies, al caminar, marcan un ritmo que parece seguir la orden de los tambores. Ella cruza la ancha galería y se sumerge en la casona. Está por comenzar la rutina de todos los días, cuando concluye la jornada. Por primera vez, él podrá seguirla de cerca, aunque solo con la mirada, desde la dolorosa perspectiva del cepo. Si no fuera por esto, a estas horas estaría encerrado en la barraca.

Primero, la limpieza de platos y cubiertos en la cocina. Allí está el sonido inconfundible de la loza de las vajillas y el tintineo del metal de los cubiertos de plata. Después, el comedor, que debe quedar pulcro para el desayuno de mañana, cada cosa en su sitio. Es fácil saberlo, por el ruido de los cajones, que van siendo cerrados con energía, después de recibir manteles y servilletas. Benita va recorriendo la casa y dejando, junto con el perfume, el orden y la higiene.

Comienza el lenguaje de los visillos. Gaspar no puede apartar la mirada de las ventanas: no lo permite la posición en que lo dejaron. Ella sigue en el comedor. Este ágil revoloteo es, sin duda, del plumero que está repasando la alacena hasta hacer brillar el trébol. ¿Y esta raya que se alarga en el aire como una lanza? Es la escoba con la que persigue alguna araña, tal vez un peligroso ñandupé. Quizá una veloz lagartija de cola gris.

Hay un cambio de escena. En el interior de la alcoba acaba de encenderse una lámpara. Las sombras siguen agitándose en los visillos, ya en la habitación del amo. Ahora es una paloma que mide el aire, es el paso medido de una garza, es el frágil aleteo de una mariposa: es Benita, que se inclina sobre el mullido colchón de plumas para extender las sábanas y acomodar las almohadas. Ella ríe por algo que le ha dicho el amo, y la risa suena como una música en los oídos alertas del prisionero.

Otra sombra se aproxima a Benita desde detrás. Pertenece al augusto dueño de esclavos y haciendas, el hacedor de la justicia, uno de los hombres más influyentes del Paraguay. La silueta es enorme y redondeada, y hasta parece más oscura. Tiene la docta seguridad del jaguar que conoce el terreno de memoria y ronda la presa indefensa, midiendo distancias y estudiando posibles obstáculos.

Las imágenes quedan inmóviles, una frente a la otra, como estudiándose. No se demoran mucho en el semblanteo. De repente, Don Salvador avanza hacia Benita con la rectitud de una flecha. Ella se retira unos metros. Enseguida comienza una alocada danza en la delatora superficie de la tela. Gavota, gato, mazurca, cielito, o la que bailan los esgrimistas de sable. Se acercan y se rechazan varias veces: cuando una avanza, la otra retrocede.

Los movimientos, primeramente regidos por un ritmo casi exacto, se vuelven cada vez más desacompasados. Ahora son lentos, sabios, seguros, como si los hubiesen apaciguado la fatiga o la resignación. Finalmente, ambas sombras se funden en una sola, que desciende suavemente hacia la cama. La luz se apaga. Los visillos ya no cuentan nada.

    

De libro La paciencia de Celestino Leiva (Ediciones Servilibro, Asunción, 2004)

Mi agradecimiento al autor

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Manuel Talens 2005