EL POETA
William
Somerset Maughan

No
siento gran interés por la gente célebre, y no puedo soportar a
esas personas que tienen la pasión de codearse con las grandes
figuras.
Cuando
alguien me propone presentarme a una persona que se distingue de
sus semejantes, ya sea por su categoría social o por sus proezas,
trato por todos los medios de buscar una excusa aceptable que elle
permita evitar el honor del encuentro. Por lo tanto, cuando mi
amigo Diego Torre dijo que iba a presentarme al señor de Santa
Ana rehusé inmediatamente.
Este
señor de Santa Ana no era sólo un renombrado poeta, sino también
una figura romántica y, a pesar de todo, me hubiese gustado saber
cómo sería en la pobreza un hombre cuyas aventuras, por lo menos
en España, eran legendarias. Pero supe al mismo tiempo que era ya
un anciano y que estaba enfermo, y no pude menos de pensar que
hubiese sido para mí una molestia tener que encontrarme con un
desconocido y extranjero a la vez.
Calixto
de Santa Ana, que así se llamaba, era el último descendiente de
una familia de grandes personajes, y en un mundo repudiado por
Byron había llevado una vida completamente byroniana, narrando
las aventuras de su azarosa existencia en una serie de poemas
que le habían hecho famoso, pero que sus contemporáneos
ignoraban por completo.
No
me considero capaz de juzgar el valor que puedan haber tenido,
pues los leí por primera vez cuando contaba veintitrés años.
Entonces me sedujeron; denotaban pasión, altiva arrogancia y
estaban llenos de vida. Me entusiasmaron, y aun hoy no puedo
leerlos sin sentirme emocionado, ya que sus estrofas traen a mi
memoria los más queridos momentos de mi juventud.
Me
inclino a creer que Calixto de Santa Ana merece en sumo grado la
reputación que goza entre la gente de habla hispánica. En aquel
tiempo, toda la juventud tenía sus versos en los labios, y mis
amigos no cesaban de hablarme de sus modales, de sus apasionados
discursos -además de poeta era también político-, de su agudo
ingenio y de sus amoríos.
Era
un rebelde, y a veces también un bravo bandolero, pero, por
encima de todo, era un fogoso amante.
Todos
conocíamos la pasión que demostraba por tal o cual artista o
cantante de renombre, pues habíamos leído hasta saberlos de
memoria los encendidos sonetos en que describía su vehemente
amor, sus angustias o sus odios. Sabíamos también que una aristócrata,
descendiente de una orgullosa familia, habiendo cedido a sus
ruegos, tomó despechada los hábitos cuando él dejó de amarla.
Aplaudimos el romántico rasgo de la dama, ya que realzándola a
ella halagábamos a nuestro poeta.
Pero
todo esto sucedió hace muchos años, y durante un cuarto de siglo
don Calixto se retiró desdeñosamente del mundo, que ya nada podía
brindarle, viviendo solitariamente en Écija, su pueblo natal.
Hacía
dos semanas que me encontraba en Sevilla, y cuando di a conocer mi
intención de trasladarme allí, no por interés de conocerle,
sino porque se trata de un pueblecito andaluz muy simpático y al
que me unen gratos recuerdos, don Diego Torre se ofreció a
darme una carta de presentación.
Parecía
ser que don Calixto se dignaba algunas veces recibir la visita
de los hombres de letras de la joven generación, con quienes
conversaba imprimiendo tal fuego a sus palabras que electrizaba
a sus oyentes, lo mismo que había hecho con sus poemas en la
primavera de su vida.
-¿Y
cómo está ahora? - pregunté.
-Espléndidamente.
-¿Tiene
usted algún retrato suyo?
-Me
gustaría tenerlo, pero se ha negado a dejarse retratar desde hace
más de treinta y cinco años, alegando que no quiere que la
posteridad lo conozca sino de joven.
Debo
confesar que esta extraña forma de vanidad me conmovió. Se sabia
que en su juventud había sido un hombre muy esbelto, y en una
estrofa, escrita cuando comprendió que se desvanecería su
aspecto juvenil, revelaba con qué amarga e irónica angustia
contemplaba cómo esa gallardía que había sido la admiración de
todos iba desapareciendo.
Sin
embargo, rechacé la carta de presentación que me ofrecía mi
amigo, contentándome con releer el poema que me era tan conocido.
Por otra parte, prefería vagar por las silenciosas y soleadas
calles de Écija en completa libertad.
Por
esta razón, me sentí asombrado cuando la tarde de mi llegada al
pueblo recibí una nota del mismo poeta. Don Diego le había
escrito informándole de mi visita a Écija. Me hacía saber que
le sería muy grato recibirme a la mañana siguiente, a eso de las
once, sí tal hora me convenía.
En
estas circunstancias no me quedaba otro remedio que ir a su casa
en el día y a la hora sugeridos. Mi hotel daba a la plaza del
pueblo, que en aquella mañana primaveral se hallaba muy animada.
Pero tan pronto como me alejé de ella me pareció transitar por
una ciudad casi desierta. No se veía ni un alma por las tortuosas
y angostas calles, excepto alguna dama que regresaba de la
iglesia.
Écija
es, por excelencia, el pueblo de las iglesias, y no hay que
alejarse mucho para ver alguna fachada derruida o la torre de algún
templo donde anidan las palomas. En cierta ocasión me detuve para
contemplar una fila de burros cubiertos con mantas descoloridas y
cargados con unas cestas cuyo contenido no pude llegar a ver.
Pero
Écija había sido en un tiempo lugar importante, y muchas de sus
blancas casas lucen aún sobre las puertas de entrada imponentes
escudos, pues a este lugar afluían las riquezas del Nuevo Mundo,
y los aventureros que habían hecho fortuna en las Américas
pasaban allí sus últimos años.
En
una de esas casas vivía don Calixto. Mientras esperaba ante la
enrejada puerta de entrada, después de haber tocado la
campanilla, pensé con satisfacción que vivía en una caza en
consonancia con su modo de ser. Había cierta grandeza en aquella
entrada, que concordaba con la idea que me había formado del
poeta.
Aunque
sentí claramente el sonido de la campanilla cuando Ilamé, nadie
acudió, por lo que me vi obligado a llamar varias veces más.
Por
fin, una vieja se presentó.
-¿Qué
desea, señor? - me preguntó. Tenía unos hermosos ojos negros,
pero su mirada era hosca. Suponiendo que era el ama de llaves,
le entregué mi tarjeta.
-Tengo
una cita con el señor de la casa - le dije.
En
el patio se notaba una agradable frescura. Era proporcionado, de
lo cual se deducía que seguramente había sido construido por algún
discípulo de los conquistadores. Los mosaicos estaban rotos, y
en algunos lugares el revoque se había desprendido, dejando unas
grandes manchas. Todo denotaba pobreza, pero también limpieza y
dignidad.
Yo
sabía ya que don Calixto era pobre. Había ganado dinero con
facilidad, pero no habiéndole dado importancia lo había
gastado sin miramientos. Era evidente que vivía en una penuria
que desdeñaba tomar en consideración.
En
el centro del patio había una mesa y dos sillones, y sobre aquélla
varios periódicos de quince días atrás. Me pregunté qué sueños
cruzarían por su mente cuando se sentaba allí a fumar un
cigarrillo en las calurosas noches de verano.
De
las paredes pendían varios cuadros típicamente españoles,
algunos de ellos ennegrecidos y francamente feos, y aquí y allá
unos bargueños sobre los cuales se veían algunas remendadas
estatuas de barro. De una puerta colgaban dos pistolas, y pensé
que tal vez hubieran sido utilizadas en el duelo celebrado a
causa de la bailarina Pepa Montañez -la cual supongo que es ahora
una bruja desdentada y vieja-, en el que había matado al duque de
Dos Hermanas.
Este
escenario, con las vagas reminiscencias que traía a la memoria,
cuadraba tan perfectamente con el ambiente y la manera de ser del
poeta que quedé completamente subyugado por el lugar.
Su
noble indigencia le rodeaba de una aureola de gloria tan grande
como la misma grandeza de su juventud. Se notaba que él también
tenía el alma de los viejos conquistadores, y era decoroso que
terminara sus días en aquella arruinada y magnífica casa.
Pensé
que ésta era la forma en que debía vivir y morir un poeta de su
talla.
Me
sentía bastante sereno, aunque a la vez un poco enfadado ante la
perspectiva de enfrentarme con él. Comencé a ponerme nervioso, y
encendí un cigarrillo. Había llegado puntualmente, y me
preguntaba cuál podía ser el motivo del retraso del viejo poeta.
El silencio que reinaba por doquier era ciertamente molesto.
Fantasmas
del pasado parecían cruzar el patio, mientras una época lejana
surgía ante mis ojos. Los hombres de entonces poseían un espíritu
aventurero y audaz que casi ha desaparecido hoy. No somos capaces
de emular sus hazañas temerarias ni sus teatrales proezas.
Sentí
un leve ruido, y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Cuando
al fin lo vi bajar lentamente la escalera, contuve la respiración.
Llevaba en la mano mi tarjeta. Era un hombre viejo, alto y
excesivamente delgado; su apergaminado rostro tenía el color
del marfil antiguo; su cabello era blanco y abundante. pero sus
frondosas cejas conservaban aún su color negro, lo que contribuía
a que fuese más lúgubre el resplandor de sus grandes ojos. Era
extraño ver que a su edad sus enormes ojos negros conservaban aún
todo su brillo. Su nariz era aguileña y más bien pequeña su
boca. No apartaba sus ojos de mí mientras se acercaba, y se
notaba en su mirada que se formaba un juicio sobre mi persona.
Vestía
un traje negro, y en la mano llevaba su sombrero de ala ancha.
Su porte denotaba dignidad y firmeza. Era tal como me lo había
imaginado, y mientras lo observaba comprendí perfectamente por qué
había influido en el ánimo de sus semejantes y se hacía adueñado
de sus corazones. Era un poeta. en todo el sentido de la palabra.
Llegó
al patio y se dirigió lentamente hacia mí. Tenía, en verdad,
unos ojos de águila. Sentí una emoción incontenible. viendo
ante mí al heredero de los grandes poetas de España: el
inmortal Herrera, el tan recordado y patético Fray Luis, el místico
San Juan de la Cruz y el avinagrado y oscuro Góngora, de gran
renombre...
Era
el único superviviente de ese linaje de grandes hombres y un
digno representante de ellos. En mi corazón resonaban las
bellas y tiernas canciones que habían hecho tan famoso el
lirismo de don Calixto. Cuando estuvo ante mí me turbé y
pronuncié la frase que había preparado y con la cual pensaba
saludarle
-Conceptúo
como un alto honor, maestro, que un extranjero como yo haya podido
trabar conocimiento con un poeta de su fama.
Pude
ver en sus penetrantes ojos cuánto le divertía la ocurrencia.
Una leve sonrisa se dibujó un instante en sus austeros labios.
-Disculpe,
señor. No soy poeta; soy un simple comerciante. Se ha
confundido usted. Don Calixto vive al lado.
¡Me había equivocado de casa!