Para
Gabriel Thibaud, “Emeraude”
No
sabía cuál era el origen de su depresión, de la tristeza
larvada. Eran las cinco y la angustia la había despertado.
Ariana se sentó, procurando no hacer revuelo con las cobijas
para no despertar a Enrique.
Enrique
roncaba.
Ariana
le dio un codazo para que cerrara la boca y respirara por la
nariz. Después suspiró, qué putas tendré. A través de las
persianas se insinúa la claridad. Me queda aproximadamente un
ahora para autoexaminarme antes de que la casa se despierte,
antes de que se despierten Enrique y la fratría. Antes de que
empiece a hacer ruidos la empleada. Agarremos el asunto con método
cartesiano. Uno: estoy mal. Podría tomarme medio miligramo de
válium, dormir una hora más y no darle importancia. Salvo
que entonces esta misma escena se trasladará a mañana. Uno:
estoy pésimo. Dos: examinar las posibles causas. ¿El
trabajo? El trabajo va maravillosamente, tres contratos
nuevos, más en perspectiva. El trabajo no. ¿Los niños? Son
lindos, sanos y además los primeros de la clase. Los niños
no. ¿Mi familia? Hace años que ni siquiera me meto con
ellos. La familia no. Aunque la familia talvez. Tanteemos más
hondo.
Ariana
se pasó en playback imágenes de su madre y de sus hermanos.
Imágenes viejas, pues no tenía otras. No hubo reacción.
Entonces no es la familia.
Un
golpe metálico la sobresaltó. Automáticamente se crispó y
se llevó las manos a los oídos. Yadira se acababa de
levantar y había dejado caer una olla. Parece, se dijo Ariana
con las mandíbulas completamente trabadas, que la causa de mi
desazón, tristeza, vacío, es el servicio doméstico.
Yadira
era la empleada número veinte de ese año. La primera había
tenido que irse al mes porque la mamá ya no le quería ver
los chiquitos. A la segunda la había llamado el compañero:
“No quiero que trabajés más”. La tercera, que se había
encariñado mucho con los hijos de Ariana y Enrique, estaba
embarazada. La cuarta y la quinta habían sido excelentes pero
muy ladronas. La sexta, ideal pero mujer de la vida. La sétima,
espía de la contra. La octava había resuelto casarse. La
novena había regresado de urgencia a El Salvador, la décima
a Nicaragua y la undécima a Guatemala. A la decimosegunda,
silenciosa y maternal –una india guaymí que no hablaba español-
la barrera del idioma la afectó demasiado. La decimotercera
había empezado a pedir, de pronto, un salario altísimo. La
decimocuarta cantaba a voz en grito todo el día y no dejaba a
Ariana concentrarse. La decimoquinta se fue cuanto no le
pusieron en el cuarto tele a color. La decimosexta había sido
maravillosa, afable, discreta, eficiente, pero se la quitaron
a Ariana unos gringos que le pagaban en dólares. La decimosétima
había decidido que no le gustaba dormir en el trabajo y que
se iba a buscar un empleo por horas. La decimoctava fue un ser
extraordinario pero sólo sabía cocinar cusucos. A la
decimonovena se le declaró un problema circulatorio que ni el
doctor de Ariana pudo solucionar.
Y
ahora, a las cinco de la madrugada la empleada número veinte
había empezado a lavar los trastos que había dejado sucios
la noche anterior, con bombos y platillos y entrechocar de
vasos y cucharas.
Ariana
se deslizó silenciosa.
-Yadi,
si no los puede lavar en la noche mejor espere que todos se
levanten.
-Señora,
imposible. Se me atrasa el oficio del día.
-Qué
importa, Yadi.
-A
usted no le importa porque usted no es la que tiene que hacer
el oficio.
Ariana
iba a ponerla en su lugar, la patrona soy yo, obedézcame,
etc., pero recordó que Enrique le había dicho “Si esta
empleada no dura por lo menos seis meses, me interno en el
psiquiátrico.”
Se
contuvo. Cerró cuidadosamente la puerta de la cocina y volvió
a la cama. Le quedaban veinticinco minutos de relativa paz.
Relativa, porque el cuarto vibraba poderosamente con los
ronquidos de su esposo. Ariana lo golpeó. Enrique se movió a
abrazarla. Estaba empapado.
-Estás
empapado de sudor-, le dijo con asco, quitándose.
Enrique
gruñó, cambió de posición y reanudó los ronquidos.
Ariana
le mandó otro codazo con tan mala suerte que le arreó en la
nariz.
Enrique
se levantó con un humor de perros.
Ariana
estaba harta. Después de todo, me voy a tomar el válium.
Yadira
preparó el desayuno y las loncheras de la fratría y ella los
ayudó a alistarse, “Apúrense, chiquillos, ay de ustedes si
los deja el bus”.
Cuando
se fueron, hizo sus ejercicios. Se bañó y arregló, distraída.
Salió con movimientos retardados por el válium, dios mío,
debe ser pésimo manejar así. Hoy le tocaba traducir en una
conferencia. Para ponerse al ritmo de la conferencia bebió
tanto café que a las seis tenía de nuevo los nervios de
punta.
Mientras
Yadi sirve la comida me tomo un whisky doble, pensó aliviada.
Al
llegar, Enrique la estaba esperando con la noticia: “Yadi se
fue”.
-Dios
mío, ¡¡¿por qué?!! –gimió Ariana desplomándose en un
sillón. La fratría daba gritos y Enrique no lograba imponer
la paz.
-Volviera
Rosa –suspiró Enrique-. Era la que mejor manejaba a estos
niños. Lástima que fuera puta. Viéndolo bien, puta y todo,
mejor se hubiera quedado. Total.
Ariana
le iba a pegar con un foco que estaba a mano cuando uno de los
miembros de la fratría le jaló la enagua:
-Mami,
¿qué es una puta?
Decidió
no contestar. Se sirvió un whisky doble, recogió los
regueros de los niños y sirvió la cena mientras Enrique leía
el periódico. Cuando terminó, se sentó a su lado:
-Enrique,
dame los detalles de la fuga de Yadira.
-La
empleada número diecinueve, Flor, la llamó y la amenazó con
matarla.
-¿Y
por qué?
-Para
vengarse. Acusó a Yadira de haberle quitado el trabajo.
-Pero
no es verdad. Flor se fue por un problema circulatorio. No podía
hacer oficio, sólo estar acostada...
-Yo
sé, pero por lo visto Flor tenía también un problema
mental. Ariana, debés tener más cuidado con las personas
que
introducís en la casa – remató Enrique mirándola de
soslayo.
Ariana
era la que había contratado a Flor, que se veía muy
confiable y dispuesta.
-¡No
me echés la culpa! –exclamó exasperada.
-¡No
levantés la voz delante de los niños! –vociferó Enrique.
En todo caso, Yadira se fue porque Flor aseguró que vendría
a matarla mañana.
Todos
comieron macarrones y Ariana tomó un miligramo de válium y
otros dos whiskys para dormir sin que la molestaran
los
ronquidos y la sudoración excesiva de Enrique, el saber que
ya no tenía empleada y su propia tristeza.
Debía
estar a las ocho de la mañana en la conferencia y coordinar
con su esposo que en la casa hubiese alguien a las tres cuando
llegaban los buses de la escuela y el kinder. De no encontrar
quién recibiera a los niños, Enrique saldría de su oficina.
Cuando
regresó de la conferencia, a las siete, el desastre era
absoluto. Enrique, sin anunciar, aprovechó que ella llegaba
para zafarse.
“¡Cobarde!”,
le gritó Ariana desde la puerta al verlo salir, pero era
tanto el trabajo que le esperaba –lavar los uniformes de los
niños, limpiar un poco la casa, hacerles la comida, revisar
las tareas -seguramente no habrían hecho ni media con su
padre- o hacerlas con ellos, luego ver que se bañaran y se
acostaran –que no exteriorizó su furia ni un sentimiento de
injusticia. A las once, agotada, se sentó frente al tocador a
reconocerse.
Hola,
me llamo Ariana. En realidad, Arianne, que es Ariadna en francés.
Nací en Nantes porque mi padre cumplía allí un contrato.
Estudié en París y fui una mujer liberada de los años
ochenta hasta hace seis años. Hasta que me casé con Enrique
y tuvimos dos niños. O hasta hace un año, cuando los
empleadas domésticas montaron una conspiración contra mí.
Me parece que también he sido bonita pero ahora con costos me
miro al espejo. Lo único propio que he conservado es mi
profesión.
A
las cinco de la mañana abrió un ojo. Enrique no había
vuelto. Se dispuso a disfrutar una hora más sin ronquidos. A
las cinco y media Enrique la despertó. Apestaba a alcohol y
Ariana ya no se pudo volver a dormir.
A
las seis lo sacudió para que la ayudara con loncheras,
desayuno y niños. Pero cuando Enrique dormía la mona le podían
echar agua con una manguera de bomberos a plena presión, que
no se despertaba.
A
las siete y media había montado a la fratría en el bus y se
acordó de que ese día estaba cancelada la conferencia. Nada
más debía traducir dos páginas de actas, cosa que haría más
tarde, en la computadora.
Pensó
echarse en la cama pero se acordó de Enrique, cuando estaba
de goma su transpiración excesiva tenía un olor ácido. Se
fue a dormir al cuarto de la fratría. Pero no se permitió
descansar ni cinco minutos. Se levantó a telefonear a la
agencia y pidió que le mandaran otra empleada. Colgó. Me daré
un baño lento en la tina.
Estaba
empezando a disfrutar el baño cuando sonó el timbre. Se
amarró la bata y salió.
-Soy
la nueva empleada.
-Cuánto
gusto, entre.
Ante
ella estaba una mujer alta, gruesa, de unos cincuenta años.
“Me llamo Berta”, dijo, y a Ariana la sedujo la serenidad
en su voz. “Claro, Berta, acomódese, este será su
cuarto”.
Conforme
le iba enseñando las cosas, explicándole lo que se esperaba
de ella, la casa se llenó de paz.
Berta
se puso el delantal y en un segundo tenía los pisos
brillantes. En media hora más, el almuerzo estaba dispuesto.
La lista de compras del súper y el menú de la semana
colgaban de la puerta de la nevera con un imán. “Doña
Arianita, vaya descanse, usted no se ve bien”, ordenó
suavemente la maravillosa.
Ariana
se tomó medio miligramo de válium y le dijo: “Berta, por
favor, despiérteme a las doce”. Pensaba acostarse en el
cuarto de los niños pero decidió no hacerlo, para que Berta
lo limpiara y ordenara. Se hizo un puño en la cama conyugal
lo más lejos que pudo de su esposo.
Ariana
soñó que estaba otra vez en Egipto. Corría apresurada hacia
un café, en El Cairo. Iba a encontrarse con alguien en ese
café. Era abril. Cuando corría, su pelo largo y lacio se
bamboleaba. Se sentía muy joven y vital. Iba a encontrarse
con un muchacho que tenía un inmenso anillo verde en el dedo
meñique. Era un muchacho francés que daba clases en la
universidad de Cairo, un escritor. Abrió la puerta y la
envolvió la música de Om Kharthoum. Se sentó a esperarlo.
Berta
la despertó antes de que el muchacho llegara. Ariana tuvo cólera
pero se contuvo y lo que le dijo fue: “Gracias por
despertarme, Berta, usted es un ángel bajado del cielo.”
Berta
fue un ángel bajado del cielo. Asumió las riendas del hogar.
Cocinaba delicioso y los niños la querían. Ariana se sintió
casi feliz. Berta le prometió quedarse mínimo seis meses,
sin límite máximo. Ariana se dijo: voy a pedirle que sea mi
mamá, también.
Pero
un día Ariana volvió a amanecer triste. A lo mejor es el
efecto depresivo del válium, no tomaré más.
Dejó
de tomar válium y sin embargo la depresión continuó.
Tengo
que hacer algo ya, pensó una madrugada. Se despertaba todos
los días a esa hora, queriendo morirse.
Recordó
el sueño.
En
el sueño se había sentido dichosa. Entonces una Ariana
dichosa existe en algún lado. Enrique trató de abrazarla
como cada noche, empapado en sudor. Ariana se apartó para que
la dejara en paz.
Quería
tener paz y recordar el sueño. ¿Quién la estaba esperando
en el café cairota? ¡Dios mío, “Emeraude”! Por eso el
anillo verde. “Emeraude” era el nombre de guerra de
Gabriel Thibaud, su compañero en aquella clase de análisis
estructural del relato en la Universidad de París. Habían
sido íntimos amigos. Recordaba sus poemas. La primera vez que
le dijo cuál era su pseudónimo ella pensó M. Rod, en inglés
pronunciado en francés. Pero era Esmeralda, y le gustó muchísimo.
Tenía los ojos muy negros y a veces se los pintaba con un
poco de kohol. Era divorciado y había solicitado un puesto
como profesor en la Universidad de El Cairo. Entonces Gabriel
Thibaud llegó a Egipto, por fin.
No
sabía por qué, pensar que Gabriel Thibaud -“Emeraude”-
estaba en Egipto, la llenaba de una extraña felicidad. Se
imaginó conversando con él sobre la guerra y la vida. Ariana
recordó cuánto había amado ella el oriente mediterráneo.
Pensó desesperada que Enrique ni siquiera hablaba francés.
Enrique nunca había olido los ramitos de jazmín en las
tardes de Túnez. Enrique nunca había entrado a los baños en
Marruecos. No había visto mujeres pintadas con alheña y no
tenía en ninguna de sus papilas el recuerdo del sabor del rahat
loukum. No había tomado, en Argelia, té de menta en
vasitos floreados.
Todas
las madrugadas Ariana dedicaba una hora a pensar en cosas como
las miradas de los hombres bereberes, el calor en El Cairo,
las clases de teoría literaria en París y los poemas
firmados “Emeraude”.
Estaba
terriblemente agradecida con Berta, que ni siquiera hacía
ruido cuando se levantaba. “Berta, a usted la mandó
dios”, le decía. Sí, Berta era una enviada divina sobre
todo ahora que había empezado el verano y los niños no iban
a la escuela.
Un
día Ariana se percató de que estaba en la Embajada de
Francia preguntándole al Agregado Cultural cómo obtener las
señas de un francés profesor de literatura en El Cairo. Con
eficiencia gálica la consiguieron.
Ariana
le escribió. Gracias a Berta, ella podría hacer un
viajecito. Se ausentaría un mes, nada más. Era más barato
que reanudar el psicoanálisis y regresaría contenta, con
baterías cargadas para varios años, talvez. No buscaba una
aventura con su amigo, lo único que deseaba era sentirse otra
vez como antes, poder hablar y pensarse en otro contexto.
Comentar la tesis de Gabriel sobre los libertinos franceses o
sobre el vestido en la obra de Restif de la Bretonne. Quería
contarle que nunca había terminado su investigación sobre el
universo poético de los celtas. Contarle que si encontraba
material bibliográfico la reanudaría, por correo. Que sí
había terminado aquel trabajo sobre el cristianismo en los
tiempos del monarca germano Otón II.
Gabriel
no la atraía para nada físicamente. Iba buscando salud para
su alma y sólo quería hablar. Sentir que pertenecía a un
mundo más vasto, un mundo con otras referencias culturales.
Sentir cómo era su vida de antes, cuando Gabriel Thibaud le
hablaba de Egipto escuchando a Om Kharthoum.
Organizó
cuidadosamente su ausencia de un mes en la casa, sin decirle
nada a Berta. Matriculó a la fratría en un curso intensivo
de verano que los mantenía ocupados de seis a seis, con
servicio de transporte.
Gabriel
contestó. Maravillada, compró los billetes. Pensó que sin
Berta el viaje sería imposible. Su padre estaba demasiado
entrado en años para cuidar a los niños. Ariana no tenía
hermanas y su madre y sus cuñadas eran de una frivolidad tan
acojonante que jamás aceptarían. Ariana siempre había
envidiado a las otras familias: los hermanos que invitaban por
un mes de vacaciones a un sobrino, o la madre que estaba feliz
de cuidar a los nietos para que la persona en cuestión
entrara al hospital a operarse o tomara un merecido descanso.
Dos
días antes del viaje le explicó todo a Berta: “Voy a
Europa a trabajar en unas conferencias, aquí queda Enrique y
sólo será un mes.”
A
Enrique lo llamaría cinco minutos antes de abordar el avión,
por si acaso intentaba impedírselo.
Ariana
estaba feliz, relajada. Por primera vez en seis años dormía
sin dificultad, tenía ilusiones y se le habían quitado todos
los pesos de encima.
La
víspera del viaje fue a una librería a buscar libros de
poetas centroamericanos para “Emeraude”, que la estaría
esperando en el aeropuerto internacional de El Cairo. Camino a
su casa iba pensando en todo lo que le contaría y en que debía
meter un abrigo de invierno por si le daban ganas, al regreso,
de quedarse un ratito en París.
-¡Qué dicha que venís temprano!- le dijo Enrique que
deambulaba por la casa con un delantal dándole órdenes a la
fratría-. Berta se fue, dice que talvez regresa dentro de
seis meses pero que no la esperemos. Que mejor busquemos otra
empleada. Cancelé la inscripción de los niños en el curso
intensivo para que podamos salir una que otra semana a acampar
y así hacer más llevadero el verano sin Berta, ¿verdad? ¡la
queríamos tantísimo!