AUGUSTA
DISCIPLINA
Claudia Karim Quiroga

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El hombre destapó la cerveza y puso el libro de cuentos sobre la mesa.
El sonido trepidante que brotó de la lata le hizo recordar los tiempos
de su adolescencia remota. Con la bebida sintió colársele el dulce
placer de la nostalgia. Se condujo con facilidad hacia la ventana y
respiró el aire tibio y azucarado de las cinco de la tarde. A esa
hora, los niños estaban saliendo del colegio. Los imaginaba corriendo,
atravesando la plaza del frente, con las mochilas colgando de los
hombros y los pantalones descosidos.
Daría la vida por ser alguno de ellos, no tanto
por la libertad de las piernas, como la del pensamiento. Añoraba la
inocencia, el no saber dirigirse, ni importar hacia dónde. Para él,
todos los caminos estaban trazados con la rigurosidad con que un
minutero avanza sesenta segundos. Conocía con exactitud el puesto que
ocupaba cada cosa dentro de su casa. Su memoria de las cosas, le
permitía ir a los objetos sin necesidad de buscarlos. Los hallaba, en
medio del júbilo, pero, sobre todo, de la seguridad aprendida.
Al principio de la tragedia, mucha gente
visitaba su casa. Llegaban de todas partes, preguntaban lo que ya
sabían o habían leído en el diario local. Sin embargo, la llegada del
nuevo año le había sorprendido con una soledad abrumadora que hubiera
preferido, pero que, en su caso, parecía un castigo. Se refugiaba en
el silencio y allá encontraba la paz que su invidencia robaba a las
imágenes. Los martes una mujer llegaba a las seis y le preparaba el
primer café del día. Más tarde hacía el desayuno para ambos, mientras
él continuaba su rutina de repasar el braille de sus libros.
Mérida olía a nicotina y a incienso, parecía una
mujer joven por la voz. Pero su forma de hablar, su vocabulario y la
intrepidez para acomodarle en su silla, acompañarle durante las dos
horas del baño y afeitarle con una sola mano, mientras con la otra
sostenía su cuello, hacían entrever que era lo bastante experimentada
para no sorprenderse ni emitir ningún concepto rutinario. Sus manos
eran suaves como si su trabajo no dependiera del jabón para platos, la
escoba y el desodorante para pisos. Y, según la forma de deslizarse a
través del viento, debía tener una figura clásica, el talle pequeño,
la ropa de lino blanco y planchado.
Los años le habían enseñado que la fuerza de la
costumbre era una verdad certera y maniática. Aclaraba el viernes y la
empezaba a extrañar. Poco sabía sobre sus gustos, ¿tendría novio?. El
aviso del periódico buscaba mujer entre 25 y 35 años, soltera y sin
hijos. Así lo confirmó durante la entrevista. Dijo que había estudiado
enfermería y que trabajó durante años en una clínica cerrada por
concordato. Aseguró que no le preocupaba combinar los oficios de su
profesión con el servicio doméstico, por unos pesos de más haría lo
que fuera necesario.
Ese día, mientras le servía una segunda cerveza,
alcanzó a musitar una frase qué pareció una pregunta largamente
formulada. Él, fingió no escucharla pero siguió rumiando la respuesta
durante horas.
El tiempo transcurría en largas temporadas que
utilizaba para escuchar las noticias que alimentaban su producción
literaria. No obstante, cuando los hilos del amor ya fueron tan
fuertes como un lazo de andinismo, cuando era su corazón quien enviaba
el sutil discurso de la ensoñación, decidió dar un paso adelante.
Por la mañana la esperó con el entusiasmo de
siempre pero con una avidez que le cercenaba el pecho. La escuchó
desde que se limpió los pies en el felpudo, desde que se quitó el
abrigo, lo sacudió y lo puso sobre el sombrillero, y desde que caminó
a lo largo de la habitación, hasta que lo encontró inmóvil y asustado
como un ladrón que fuera sorprendido con las manos en la masa. Esta
vez, una luz se le instaló quejumbrosa y burlesca. Y lo acompañó a lo
largo de la fría jornada en la que no tuvo fuerzas para decirle nada
diferente a las indicaciones sobre el arreglo y disposición de las
cosas.
Al final, antes de buscar treinta mil pesos para
pagarle el día, pensó si era necesario agregarle una propina. Así lo
hizo, pero ella reconoció la argucia y la devolvió enseguida.
Habría que buscar una manera de persuadirla,
cuidadosa pero fehaciente. Los seis días siguientes preparó una
exposición sobre su vida que empezaba con detalles minuciosos de su
niñez en Buenos Aires y el paso por la universidad de Boston. Le
hablaría sobre el sexo fuerte de las mujeres, sobre el amor y las
múltiples manifestaciones del cariño. Le diría que la buscaba con el
pensamiento y que tan solo pretendía ser una pequeña canasta de
oportunidades en la que ella depositara toda su confianza.
La amaría con la intensidad del sol y la
añoranza de la lluvia en las regiones desérticas. Él, que había amado
a tantas otras, en sus largos silencios, mujeres inanimadas que
formaban parte del círculo de sus libros y que tomaban vida a través
de sus historias.
Mérida llegó aquel martes con la disposición y
acaso el traje blanco. Durante el baño evitó mediar palabra, tampoco
mencionó nada en el desayuno con leche y hojuelas de avena. A ella, le
pareció que estaba más inquieto de lo normal, casi obsesivo y
quisquilloso. Procuró no acercarse demasiado y se dedicó a realizar
las tareas con la laboriosidad de una abeja, volando de vez en cuando
hasta la sala para comprobar si continuaba leyendo o meditaba.
Por teléfono insistió en una cena para dos antes
de las seis. La recibieron y la consumieron con un apetito pausado
mientras las palabras se perdían antes de aparecer en los labios. Por
una comunicación casi telepática, se contaron historias y él le relató
la vez que estuvo a punto de perecer cazando cocodrilos en la selva
del Amazonas. Perdió los ojos. Mérida dijo que era huérfana y que
había tenido que arreglárselas por sísola toda la vida.
El helado de fresa que servía como postre fue el
detonante para que ella le ofreciera un poco a la boca. Él entendió el
mensaje como una ocasión y sin mayor camino que el sonido de cada
exhalación acercó una cuchara animosa que dio a parar a una lengua
antojadiza.
Está rico, murmuró, aprobando la acción.
Y siguió
probando otras más que sucumbieron a la piel y al deseo. Se buscaron y
se encontraron entre las tinieblas de una oscuridad que nunca
aclaraba. Los besos, largos y en do sostenido, recorrieron distancias
inexploradas, con la vastedad de un río que de repente se desborda. El
hombre abrió los ojos y la observó a través de su corazón y ya no
quiso olvidar esa imagen de diosa griega que acaso tendría alas.
Mérida, que era mujer para ser amada se volcó sobre aquel hombre al
que nunca llamó por su nombre y le acarició con una mano que recorre
un camino sin pensar en el regreso. Aunque estaba convencida de pocas
cosas en la vida y hacía mucho tiempo había dejado de creer en algo o
en alguien, le aseguró que su confianza era un cristal que se rompía
con la facilidad de un guiño. Esta vez, un clima festivo y el ímpetu
necesario para agarrarse con la misma fuerza con que su jefe, al que
ahora empezaría a decirle “amor”, se sostenía con el bastón de cedro
australiano. Ella padecía síntomas de inseguridad afectiva. Ahora,
podría dejarse llevar por alguien que aprendió a conocer la dimensión
de la tierra por el olor del ambiente.
Este cuento de la
escritora y periodista Claudia Karim Quiroga, fue uno de los 20
trabajos premiados en la VIII edición del concurso de cuento y relato
breve organizado por la Fundación de Derechos Civiles de España. La
convocatoria de 2003 tuvo como tema la discapacidad.
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