<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. El alguacil endemoniado.
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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

EL ALGUACIL ENDEMONIADO

Francisco Gómez de Quevedo Villegas

Francisco de Quevedo, español

                                                                                      

AL MARQUES DE VILLANUEVA DEL FRESNO Y BANCARROTA, SEÑOR DE MOGUER

Bien sé que, a los ojos de vueseñoría, es más endemoniado el autor que el sujeto. Si lo fuere también el DISCURSO habré dado lo que se esperaba de mis pocas letras, que, amparadas, como su dueño, de vueseñoría y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Guarde Dios a vueseñoría. De mi celda.

DON FRANCISCO GÓMEZ DE QUEVEDO VILLEGAS

 

NOTA

Esté advertido vueseñoría que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los he­chiceros (los cuales por esta orden divide Psello en el capítulo II del Libro de los demonios) son los mis­mos que las órdenes en que se distribuyen los algua­ciles malos. Los primeros llaman leliureones, que quiere decir ígneos; los segundos, aéreos; los ter­ceros, terrenos; los cuartos, acuátiles; los quintos, subterráneos; los sextos, lucífugos, que huyen de la luz.

Los ígneos son los criminales que a sangre y fuego persiguen los hombres; los aéreos son los soplones, que dan viento; ácueos son los porteros, que pren­den por si vació o no vació, sin decir agua va, fuera de tiempo; y son ácueos, con ser casi todos borrachos y vinosos. Terrenos son los civiles, que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra. Lucíferos, los rondadores que huyen de la luz, debien­do la luz huir dellos. Los subterráneos, que están debajo de tierra, son los escudriñadores de vidas, y fiscales de honras, y levantadores de falsos testimo­nios, que debajo de tierra sacan qué acusar, y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos.

 

AL PIO LETOR

Y si fueres cruel, y no pío, perdona; que este epíteto natural del pollo has heredado de Eneas, de quien deciendes. Y en agradecimiento de que te hago cor­tesía en no llamarte benigno letor, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo: los unos, que, por hallarse ignorantes, no escriben, y estos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haber cono­cido. Otros, que no comunican lo que saben: a estos se les ha de tener lástima de la condición y invidia del in­genio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende lo por venir. Los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas: estos merecen reprehensión, pues si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos? Y si del bueno, no importa, que ya saben todos que no lo entienden.

Esta razón me animó a escribir el Sueño del Juicio y me permitió osadía para publicar este discurso. Si le quieres leer, léele; y si no, déjale, que no hay pena para quien no lo leyere. Si le empezares a leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere enfadoso.

Solo he querido advertirte en la primera hoja que este papel es solo una reprehensión de malos ministros de justicia, guardando el decoro que se debe a muchos que hay loables por virtud y nobleza, poniendo todo lo que en él hay debajo de la corrección de la Iglesia romana y ministros de buenas costumbres.

 

EL ALGUACIL ENDEMONIADO

Discurso

Fue el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, clérigo de bonete de tres altos, hecho a modo de medio celemín; orillo por ceñidor, y no muy apretado; ojos de espulgo, vivos y bulliciosos; puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, rosario en mano, diciplina en cinto, zapato grande y de ram­plón, y oreja sorda, mangas en escaramuza y calados de rasgones, los brazos en jarra y las manos en garfio; habla entre penitente y diciplinante, derribado el cuello al hombro, como el buen tirador que apunta al blanco (mayormente si es blanco de Méjico o de Segovia); los ojos bajos y muy clavados en el suelo como el que cudicioso busca en él cuartos, y los pensamientos tiples; la color a partes hendida y a partes quebrada; muy tardón en la misa y abreviador en la mesa; gran cazador de diablos, tanto que sustentaba el cuerpo a puros espíritus. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces mayores que las de los mal casa­dos. Traía en la capa remiendos sobre sano; hacía del desaliño santidad; contaba revelaciones; y, si se descuidaban en creerle, hacía milagros, que me cansó.

Este, señor, era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos, por de fuera blanqueados y llenos de mol­duras, y por de dentro pudrición y gusanos; fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, men­tira con alma y fábula con voz. Halléle en la sacristía, solo con un hombre que, atadas las manos en el cíngulo, y puesta la estola y suelta la lengua, descompuestamente daba voces con frenéticos movimientos.

-¿Qué es esto? -le pregunté espantado.

-Un hombre endemoniado -dijo, embebido en su flagelum daemonium.

Y al punto, el espíritu que en él tiranizaba la po­sesión de Dios respondió:

-No es hombre, sino alguacil. Mira cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro se ve que sabéis poco. Y así, se ha de advertir que los diablos, en los alguaciles, estamos por fuerza y de mala gana, por lo cual, si queréis acertarme, debéis llamarme a mí demonio alguacilado, y no a este alguacil endemo­niado; y aveníos mejor los hombres con nosotros que con ellos cuanto no se puede encarecer, pues nosotros huimos de la cruz y ellos la toman por instrumento para hacer mal. ¿Quién podrá negar que demonios y alguaciles no tenemos un mismo oficio? Si bien nuestra cárcel es peor, nuestro agarro perdurable, pues, bien mirado, nosotros procuramos condenar, y los alguaciles también; nosotros, que haya vicios y pecados en el mundo, y los alguaciles lo desean y procuran con más ahínco, porque ellos lo han menester para su sustento, y nosotros para nuestra compañía. Y es mucho más de culpar este oficio en los alguaciles que en nosotros, pues ellos hacen mal a hombres como ellos y a los de su género, y nosotros no, que somos ángeles, aunque sin gracia. Fuera desto, los demonios lo fuimos por querer ser como Dios, y los alguaciles son alguaciles por querer ser menos que todos. Así que, por demás te cansas, padre, en poner reliquias a este, pues no hay santo que si entra en sus manos no quede para ellas. Persuádete que alguaciles y nosotros, todos somos de una orden; sino que los alguaciles son diablos calzados, y nosotros diablos recoletos, que hacemos áspera vida en el in­fierno.

Admiráronme las sutilezas del diablo; enojóse Cala­brés, revolvió sus conjuros, quísole enmudecer, y no pudo, y al echarle agua bendita a cuestas, comenzó a huir y a dar voces, diciendo:

-Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la parte de bendita, sino por ser agua; no hay cosa que tanto aborrezcan los alguaciles, pues aun por no verla en su nombre, llamándose propiamente aguaciles, han encajado una l en medio, llamándose alguaciles. Yo no traigo corchetes ni soplones ni escriba­nito; quítenme la tara, como el carbón, y hágase la cuenta entre mí y el agarrador. Y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros quedaron en España, ha sido uno el suyo, que, llamándose antes merinos, le han dejado por llamarse alguaciles, que alguacil es palabra morisca; y hacen bien, que conviene el nombre con la vida, y ella con sus hechos.

-Eso es muy insolente cosa oírlo -dijo furioso mi licenciado-, y si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho mal de la justicia, porque corrige el mundo y le quita con su temor y di­ligencia las almas que tiene negociadas.

-No lo hago por eso -replicó el diablo-, sino porque ese es tu enemigo el que es de tu oficio; y ten lástima de mí y sácame del cuerpo deste alguacil, que soy demonio de prendas y calidad, y perderé después mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías.

-Yo te echaré hoy fuera -dijo Calabrés-, de lás­tima de ese hombre que aporreas por momentos y maltratas; que tus culpas no merecen piedad, ni tu obstinación es capaz della.

-Pídeme albricias -respondió el diablo-, si me sacas hoy; y advierte que estos golpes que le doy y lo que le aporreo, no es sino porque yo y su alma reñimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar, y andamos a más diablo es él.

Acabó esto con una gran risada; corrióse mi bueno de conjurador, y determinóse a enmudecerle.

Yo, que había comenzado a gustar de las sutilezas del diablo, le pedí que, pues estábamos solos, y él, como nu confesor, sabía mis cosas secretas, y yo, como amigo, las suyas, que le dejase hablar, apremiándole solo a que no maltratase el cuerpo del alguacil. Hízose así, y al punto dijo:

-Donde hay poetas, parientes tenemos en corte los diablos, y todos nos lo debéis por lo que en el infierno os sufrimos; que habéis hallado tan fácil modo de con­denaros, que hierve todo él en poetas. Y hemos hecho una ensancha a su cuartel, y son tantos, que compiten en los votos y elecciones con los escribanos; y no hay cosa tan graciosa como el primer año de noviciado de un poeta en penas, porque hay quien le lleva de acá cartas de favor para ministros, y créese que ha de topar con Radamanto, y pregunta por el Cerbero y Aqueronte, y no puede creer sino que se los esconden.

-¿Qué géneros de penas les dan a los poetas? -repliqué yo.

-Muchas -dijo-, y propias. Unos se atormentan oyendo alabar las obras de otros, y a los más es la pena el limpiarlos. Hay poeta que tiene mil años de infier­no, y aún no acaba de leer unas endechillas que hizo a los celos; otros verás en otra parte aporrearse y darse de tizonazos sobre si dirá faz o cara. Cuál, para hallar un consonante, no hay cerro en el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas. Mas los que peor lo pasan, por las muchas marañas que han hecho, y más mal lugar tienen, son algunos poetas de comedias, por las muchas reinas que han hecho adúlteras, las infantas de Bretaña que han deshonrado, los casamientos des­iguales que han efectuado en los fines de las comedias y los palos que han dado a muchos hombres honrados por acabar los entremeses. Mas es de advertir que los poetas de comedias no están entre los demás, sino que por cuanto tratan de hacer enredos y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que solo trata deso. Y en el infierno están todos aposentados con tal orden, que un artillero que bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido dijese que hacer tiros en el mundo, fue remitido al cuartel de los escribanos, pues son los que mayores los hacen en el mundo. Un sastre, porque dijo que había vivido de cortar de vestir, fue aposentado con los maldicientes. Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fue lleva­do a los enamorados, por serlo todos. Otro, que dijo que enterraba difuntos, fue acomodado con los pastele­ros. Los que vienen por locos, ponérnoslos con los astrólogos, y los que por mentecatos, con los alquimis­tas. Uno vino por unas muertes y le mandamos alojar con los médicos. Los mercaderes que se condenan por vender están con judas. Los malos ministros, por lo que han tomado acomodárnoslos con el mal ladrón. Los necios están con los verdugos. Y un aguador que dijo había vendido agua fría fue llevado con los taberne­ros. Llegó un mohatrero tres días ha, y dijo que él se condenaba por haber vendido gato por liebre, y pusímoslo de pies con los venteros, que dan lo mismo. Al fin, todo el infierno está repartido por esta orden y razón.

-Oíte decir denantes de los enamorados, y por ser cosa que a mí me toca, gustaría saber si hay muchos allá.

-Mancha es la de los enamorados -respondió- que lo toma todo, porque todos lo son de sí mismos; algu­nos de sus dineros, otros de sus palabras, otros de sus obras y algunos de las mujeres. Y destos postreros hay menos que de todos en el infierno, porque las mujeres son tales, que con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias les dan ocasión de arrepentimiento cada día a los hombres. Como digo, hay pocos destos, pero buenos y de entretenimiento, si allá cupiera. Al­gunos hay que con celos y esperanzas, amortajados en deseos, se van por la posta al infierno, sin saber cómo ni cuándo ni de qué manera. Hay amantes lacayuelos que arden llenos de cintas; otros, crinitos, como cometas, llenos de cabellos, y otros, que en los billetes solos que llevan de sus damas ahorran veinte años de leña a la fábrica de la casa, abrasándose lardeados en ellos. Son de ver los amantes de monjas con las bocas abiertas y las manos extendidas, condenados por hablar sin tocar pieza, hechos bufones de los otros, metiendo y sacando los dedos por upas rejas, siempre en vísperas del contento, sin ver jamás el día, y con solo el título de pretendientes de Anticristo. Están luego a su lado los que han querido doncellas y se han condenado por el beso, como judas, brujuleando siempre los gustos sin poderlos descubrir. Detrás destos, en una mazmorra, están los adúlteros; estos son los que mejor viven y peor lo pasan, pues otros les sustentan la cabalgadura y ellos la gozan.

-Gente es esta -dije yo-, cuyos agravios y favores todos son de una manera.

-Abajo, en un apartado muy sucio, lleno de mon­daduras de rastro (quiero decir, cuernos), están los que acá llamamos cornudos, gente que aun en el infierno no pierden la paciencia; que, como la llevan hecha a prueba de la mala mujer que han tenido, ninguna cosa los espanta. Tras ellos están los que se enamoran de viejas, todos atados con cadenas; que los diablos, de hombres de tan mal gusto aun no pensamos que estamos seguros; y si no estuviesen con prisiones, Barrabás aún no ten­dría bien segura la trasera, dellos; y tales como somos, les parecemos blancos y rubios. Lo primero que con estos se hace es condenarles la lujuria y su herramienta a perpetua cárcel. Mas dejando esto, os quiero decir que estamos muy sentidos de los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con garras sin ser avechuchos; con colas, habiendo diablos rabones; con cuernos, no siendo casados, y mal barbados siempre, habiendo dia­blos de nosotros que podemos ser ermitaños y corregi­dores. Remediad esto, que poco ha que fue jerónimo Bosco allá, y preguntándole por qué había hecho tantos guisados de nosotros en sus sueños, dijo que porque no había creído nunca que había demonios de veras. Lo otro, y lo que más sentimos, es que, hablando co­múnmente, soléis decir: «Miren el diablo del sastre» o «diablo es el sastrecillo». ¿A sastres nos comparáis, que damos leña con ellos al infierno, y aun nos hacemos de rogar para recibirlos?; que si no es la póliza de qui­nientos, nunca hacemos recibo, por no malvezarlos y que ellos no aleguen posesión: Quoniam consueludo est altera lex; y como tienen posesión en el hurtar y quebrantar las fiestas, fundan agravio si no les abrimos las puertas grandes, como si fuesen de casa. También nos quejamos de que no hay cosa, por mala que sea, que no la deis al diablo, y en enfadándoos algo, luego decís: «Pues el diablo te lleve.» Pues advertid que son más los que se van allá que los que traemos; que no de todo hacemos caso. Dais al diablo un italiano, y no le toma el diablo, porque hay italiano que tomará al mismo diablo; y advertid que las más veces dais al diablo lo que él ya se tiene, digo, nos tenemos.

-¿Hay reyes en el infierno? -le pregunté yo.

Y satisfizo a mi duda diciendo:

-Todo el infierno es figuras, y hay muchas, porque el sumo poder, libertad y mando les hace sacar a las virtudes de su medio, y llegan los vicios a su extremo; y viéndose en la suma reverencia de sus vasallos y con la grandeza puestos a dioses, quieren valer punto menos y parecerlo; y tienen muchos caminos para condenarse y muchos que los ayudan; porque el uno se condena por la crueldad, y matando y destruyendo los suyos, es una guadaña coronada de vicios y una peste real de sus reinos; otros se pierden por la cudicia, haciendo almacenes de sus villas y ciudades a fuerza de grandes pechos, que, en vez de criar desustancian; y otros se van al infierno por terceras personas y se condenan por poderes, fiándose de infames ministros; y es gusto verlos penar, porque, como bozales en trabajo, se les dobla el dolor con cualquier cosa. Solo tienen bueno los reyes que, como es gente honrada, nunca vienen solos, sino con punta de dos o tres privados, y a veces el encaje, y se traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos, aunque privado y rey es más penitencia que oficio, y más carga que gozo; ni hay cosa tan atormentada como la oreja del príncipe y del pri­vado, pues della nunca escapan pretendientes quejosos y aduladores, y estos tormentos los califican para el descanso. Y, en resolución, los reyes, muchos se van al infierno por el camino real, y los mercaderes por el de la plata.

-¿Quién te mete ahora con los mercaderes? -dijo Calabrés.

-Manjar es que nos tiene ya empalagados a los diablos y ahítos, y aun los vomitamos; vienen allá a millares, condenándose en castellano y en guarismo. Más almas nos han dado Bisanzón y Plasencia que Mahoma; y habéis de saber que, en España, los miste­rios de las cuentas de los extranjeros son dolorosos para los millones que vienen de las Indias, y que los cañones de sus plumas son de batería contra las bolsas; y no hay renta que si la cogen en medio, el Tajo de sus plumas y el Jarama de su tinta no la ahoguen. Y, en fin, han hecho entre nosotros sospechoso este nombre de asien­tos, que, como significa traseros, no sabemos cuándo hablan a lo negociante o cuándo a lo bujarrón. Hombre destos ha habido en el infierno, que, viendo la leña y fuego que se gasta, ha querido hacer estanco de la lumbre; y otro quiso arrendar los tormentos, parecién­dole que ganaría con ellos mucho. Estos tenemos allá junto a los jueces que acá los permitieron.

-¿Luego algunos jueces hay allá?

-¡Pues no! -dijo el espíritu-; los jueces son nuestros faisanes, nuestros platos regalados, y la simiente que más provecho y fruto nos da a los diablos; porque de cada juez que sembramos, cogemos seis procura­dores, dos relatores, seis solicitadores, cuatro escriba­nos, cinco letrados y cinco mil negociantes, y esto cada día. De cada escribano cogemos veinte oficiales, de cada oficial treinta alguaciles, de cada alguacil diez corchetes; y si el año es fértil de trampas, no hay trojes en el infierno donde recoger el fruto de un mal mi­nistro.

-¿También querrás decir que no hay justicia en la tierra, rebelde a Dios y sujeto a sus ministros?

-Y ¡cómo que no hay justicia! Pues ¿no has sabido lo de Astrea, que es la justicia, cuando, huyendo de la tierra, se subió al cielo? Pues, por si no lo sabes, te lo quiero contar. Vinieron la Verdad y la justicia a la tierra, a buscar con quién estar: la una no halló comodidad por desnuda, ni la otra por rigurosa. Anduvieron mucho tiempo así, hasta que la Verdad, de puro nece­sitada, asentó con un mudo. La Justicia, desacomodada, anduvo por la tierra rogando a todos; y, viendo que no hacían caso della, y que la usurpaban su nombre para honrar tiranías, determinó volverse, huyendo al cielo. Salióse de las grandes ciudades y cortes, y fuese a las aldeas de villanos, donde por algunos días, escondida en su pobreza, fue hospedada de la simplicidad, hasta que invió contra ella requisitorias la malicia. Huyó en­tonces de todo punto, y fue de casa en casa, pidiendo que la recogiesen. Preguntaban todos quién era, y ella, que no sabe mentir, decía que la justicia. Respondíanle todos: «Justicia, y no por mi casa; vaya por otra»; y así, no entraba en ninguna; subióse al cielo, y apenas dejó acá pisadas. Los hombres, que esto vieron, baptizaron con su nombre algunas varas que, fuera de las cruces, arden muy bien allá, y acá solo tienen nombre de jus­ticia ellas y los que las traen. Y es de manera que tornó a bajar en Cristo después, y la justicia de acá la hizo della; porque hay muchos destos en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave falsa y escala. Y habéis de advertir que la cudicia de los hombres ha hecho instrumento para hurtar todas sus partes, sen­tidos y potencias, que Dios les dio las unas para vivir y las otras para vivir bien. ¿No hurta la honra de la doncella con la voluntad el enamorado? ¿No hurta con el entendimiento el letrado que le da malo y torcido a la ley? ¿No hurta con la memoria el representante que nos lleva el tiempo? ¿No hurta el amor con los ojos, el discreto con la boca, el poderoso con los brazos, pues no medra quien no tiene los suyos; el valiente con las manos, el músico con los dedos, el gitano y cicatero con las uñas, el médico con la muerte, el bo­ticario con la salud, el astrólogo con el cielo? Y, al fin, cada uno hurta con una parte o miembro. Solo el algua­cil hurta con todo el cuerpo, pues acecha con los ojos, sigue con los pies, ase con las manos y atestigua con la boca; y, al fin, son tales los alguaciles, que dellos y de nosotros defiende a los hombres la Santa Iglesia romana.

-Espántome -dije yo- de ver que entre los ladro­nes nos has metido a las mujeres, pues son de casa.

-No me las nombres -respondió-, que nos tienen enfadados y cansados; y a no haber tantas allá, no era muy mala habitación el infierno; y diéramos por que enviudara el infierno mucho; que como se urden enre­dos y ellas, desde que murió Medusa, la hechicera, no platican otro, temo que haya alguna tan atrevida, que quiera probar su habilidad con alguno de nosotros, por ver si sabrá dos puntos más. Aunque sola una cosa tienen buena las condenadas, por la cual se puede tratar con ellas; que como están desesperadas, no piden nada.

-¿De cuáles se condenan más, feas o hermosas'?

-Feas -dijo al instante-, seis veces más; porque como los pecados, para aborrecerlos, no es menester más que cometerlos, y las hermosas hallan tantos que las satisfagan el apetito carnal, hártanse y arrepiéntense; pero las feas, como no hallan nadie, allá se nos van en ayunas, y con la misma hambre, rogando a los hombres. Y después que se usan ojinegras y cariaguileñas, hierve el infierno en blancas y rubias, y en viejas más que en todo, que de invidia de las mozas, obstinadas espiran gruñendo. El otro día llevé yo una de setenta años, que comía búcaro y hacía ejercicio para remediar las opi­laciones, y se quejaba de dolor de muelas, porque pen­sasen que las tenía; y con tener ya amortajadas las sienes con la sábana blanca de sus canas, y arada la frente, huía de los ratones y traía galas, pensando agradarnos a nosotros. Pusímosla allá, por tormento, al lado de un lindo destos que se van al infierno con zapatos blancos, de puntillas, informados de que es tierra seca y sin lodos.

-En todo esto estoy bien -le dije-; solo querría saber si hay en el infierno muchos pobres.

-¿Qué es pobres? -replicó.

-El hombre -dije yo- que no tiene nada de cuanto tiene el mundo.

-¡Hablara yo para mañana! -dijo el diablo-. Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y esos no tienen nada, ¿cómo se han de condenar? Por allá los libros nos tienen en blanco. Y no os espantéis, porque aun diablos les faltan a los pobres; y así, los dejamos; y a veces más diablos sois unos para otros que nosotros mismos. ¿Hay diablo como un adulador, como un indivioso, como un amigo falso y como una mala compañía? Pues todos estos le faltan al pobre, que no le adulan, ni le invidian, ni tiene amigo malo ni bueno, ni le acompaña nadie. Estos son los que ver­daderamente viven bien y mueren mejor. ¿Cuál de vosotros sabe estimar el tiempo y poner precio al día, sabiendo que todo lo que pasó lo tiene la muerte en su poder, y gobierna lo presente y aguarda todo lo por venir, como todos ellos?

-Cuando el diablo predica, el mundo se acaba. Pues ¿cómo siendo tú padre de la mentira -dijo Calabrés-, dices cosas que bastan a convertir a una piedra? -¿Cómo? -respondió-; por haceros mal y que no podáis decir que faltó quien os lo dijese. Y adviértase que en vuestros ojos veo muchas lágrimas de tristeza y pocas de arrepentimiento; y de las más se deben las gracias al pecado, que os harta o cansa, y no a la volun­tad que por malo le aborrezca.

-Mientes -dijo Calabrés-; que muchos santos y justos hay hoy. Y ahora veo que en todo cuanto has dicho has mentido; y, en pena, saldrás hoy deste hombre.

Usó de sus exorcismos, y, sin poder yo con él, apre­mióle a que callase; mas si un diablo por sí es malo, mudo es peor que diablo.

Vueseñoría lea esto con curiosidad y atención, y no mire a quién lo dijo; que Herodes profetizó, y por la boca de una sierpe de piedra sale un caño de agua; en la quijada de un león hay miel, y el salmo dice que a veces recibimos salud de nuestros enemigos y de mano de aquellos que nos aborrecen.

 

FIN DE «EL ALGUACIL ENDEMONIADO»

 

De Sueños y Discursos (1610)

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© Manuel Talens 2002