LOS SUEÑOS
DEL PEDERASTA José
María Pérez Zúñiga

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Aún tienes el sabor dulce en la boca, demasiado ácido,
oxidado y sangrante hoy, remordimiento quizá. Puta niña. Ese
sabor te gustó siempre, siempre desde que lo imaginaste por
vez primera cuando observaste despacio a aquella niña preguntándote
cómo podía ser eso por vez primera, cómo su olor y su
tacto, cómo una piel tan suave y pequeños gritos por vez
primera, cómo el orgasmo prohibido y cómo unir el tiempo, el
sexo y la infancia por vez primera, como si para algo
existiese una primera vez. Puta niña y puto tiempo, te dices.
Qué importa el tiempo, qué un concepto ante el olor y el
tacto, aprisionar otro cuerpo menudo con tu propio cuerpo, tu
lengua recorriendo esos labios apretados, cosidos por la carne
que vas deshaciendo; qué importa penetrar pequeños juegos,
descubrimientos vacíos, tú lo sabes, ilusiones que no
sirven, descompuestas en colores, en objetos, en miedo a
profesores y a padres y a gobiernos y a creencias que no
conocen y sólo mandan, para qué; para qué la inocencia en
un mundo de sueños y juguetes rotos, para qué comenzar,
acabar y empezar de nuevo, convencerte de lo que ya intuías,
para qué; mejor el olor y el tacto, mejor el calor de un
cuerpo y los labios que se van abriendo dejando el sabor dulce
en tu boca, mejor sorber y sorber con fruición, que un alma
no es suficiente para tu ansia. Y tampoco tu lengua mentirosa
e hipócrita; es fácil, los niños obedecen pronto, no saben,
pero tú sí, tú sabes lo que ocurrirá con ellos, tú sabes
de los días ausentes y de las ocupaciones periódicas, tú
puedes borrar todo de un golpe, no sólo la lengua no, el
tiempo puede solidificarse en un pene erecto, puedes ir
desgarrando la infancia, pasado y futuro, vidas oídas y vidas
dichas, vidas vividas y vidas matadas, para qué; el odio y el
desengaño horadan sus entrañas con violencia hasta encontrar
el dolor, el tiempo empalando la vida, gritos al fin y el
llanto, gritos y llanto agudos con voz de niña, cada vez más
alto, eso que buscas y encuentras, la impotencia, la niña no
puede hacer nada, llorar más, algo que se quiebra, qué es
esto padre, qué juegos son estos, padre, dónde mi cuarto y
mi educación y mis muñecas, padre, dónde y adónde, padre,
ante tu fuerza y tu poder; ese papel en el mundo que tanto
quieres por momentos, tiempo que puede alargarse, atraparse,
momentos, en éste puedes proseguir y utilizar las manos para
atrapar las suyas, que no tapar su boca, acallar su gritos que
tanto te excitan y lamer sus lágrimas, macho inútil; puedes
seguir invistiendo, exagerar tus caderas que no caben en las
suyas, el movimiento grotesco, continuo, desesperado, asesino,
y los gritos que se elevan tan alto como una súplica y se
apagan sin aire para que tú te desbordes en un cuerpo ya sin
sueños, sin infancia y sin tiempo, todavía las convulsiones
del vientre que tú contemplas vacío, los miembros yertos van
enfriándose, vencidos, todavía un poco el temblor de los
muslos pequeños que recorren hilitos de sangre. Puta niña.
Todavía unos ojos abiertos y opacos únicamente preguntan por
qué no infancia ni tiempo ni sueños, por qué no luz ni
creencias ni objetos, por qué; por qué los mató tu deseo.
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De El juego
de los espejos (2002) |
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