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EL RINCÓN DE CHÉJOV

STRIPPER

José Ovejero

José Ovejero, español

                                                                                      

Entraron en el bar por inercia, porque uno de los primeros había empujado la puerta y se había metido en el local profiriendo un berrido incomprensible. Los demás fueron tras él. Lo mismo daba ése que cualquier otro. Jorge tenía la ceja abierta, pero sangraba poco. Se pasaba una y otra vez la yema de los dedos por la herida para comprobar que aún salía sangre. Cuando se la hicieron ni se había enterado. Ni siquiera sabía si el golpe se lo había dado uno del grupo opuesto o si en medio del jaleo uno de los suyos le había pegado un codazo. Qué más daba; la sangre con sangre se paga. Cuando terminase el partido iban a prender fuego a la ciudad. Para que se enterasen esos hijos de puta. El Carnero se dejó caer a su lado en una silla.

Me hago viejo, tío. Unas carreras y ya me derrumbo.

Se miró los nudillos; también sangraban.

Yo creo que le he reventado las narices, comentó sin arrepentimiento ni entusiasmo. El otro día… Se interrumpió porque un compañero había empezado a cantar el himno del club y él tarareó un par de estrofas sin mucho acierto.

Dos a cero, dijo Pacocodrilo. Dos a cero y estamos en Europa; y pasó las manos por los hombros de Jorge y del Carnero, que asintieron con desgana.

Ya, pero hay que meterlos, dijo Jorge.

Derrotista cabrón, claro que los vamos a meter. Lo dijo uno nuevo en el club, no le conocían muy bien y Pacocodrilo decía que había que andarse con cuidado porque lo mismo era un chivato. Pero para Pacocodrilo todos eran chivatos y nadie le hacía ni caso.

Alguien pagó una ronda de cervezas. Los pocos clientes que había en el bar cuando entró el grupo de hinchas se habían apresurado a pagar sus consumiciones y desaparecer. Daba gusto: cuando llegaban a un sitio, a los pocos minutos el lugar les pertenecía; era como formar parte de un ejército victorioso; sólo echaban de menos que alguien les vitorease. No se puede tener todo.

Juanma se había subido a una mesa e intentaba cantar algo que ninguno supo acompañar.

¿Qué coño estás cantando, colega? Cantas como una oveja, te lo juro.

Pero él no respondió; continuó su canción mientras hacía gestos de director de coro del ejército ruso, sin importarle que nadie le siguiese.

Como no metan dos goles, hoy quemo el estadio, por mis muertos.

Eso lo dijo Julito, pero no lo decía en serio. Cuando había mucho follón él siempre se quedaba un poco atrás. No era como Carles, que juraba que a él no le gustaba mucho el fútbol, bueno, entretenido sí era, pero que lo que a él le gustaba de verdad era lo de antes y lo de después, aunque eso sí, él por los colores del equipo estaba dispuesto a dejarse las pelotas; y había que reconocer que en cuanto había una pelea Carles estaba siempre en primera fila metiendo y recibiendo hostias. En ese mismo momento Carles estaba discutiendo con la dueña del local, la única mujer que quedaba allí dentro, que no hacía más que protestar porque en unos minutos ya habían roto varios vasos. Carles pareció meditar los argumentos de la mujer mientras dejaba caer dos lentos chorros de saliva entre sus botas militares.

A que me lío a golpes y no dejo una botella sana en la vitrina, vieja de los cojones.

Pero Carles se distrajo de sus propósitos, porque en ese momento se abrió la puerta y por ella entró una chica joven. Cuando Carles se volvió otra vez hacia la dueña del bar, ésta ya se había marchado a otro sitio, y a él se le olvidó que habían estado discutiendo.

La que había entrado no era ni guapa ni fea. Del montón. Al principio no le hicieron ni caso. Salvo Sanchís, que sin pensárselo mucho intentó echarle mano al culo pero se escurrió de la silla y acabó en el suelo sin conseguir su objetivo, los demás siguieron a lo suyo, haciendo corros fraternales, cantando, discutiendo, dando berridos. La dueña del bar hizo un gesto con la mano a la chica como diciéndole vete, vete de aquí boba, ¿no te das cuenta de dónde te metes? Pero la otra no se dio por aludida. Cuando llegó a la barra pidió una ginebra. Se volvió hacia el centro del local, se recostó contra el borde superior de la barra, que le llegaba hasta los omóplatos -era más bien bajita- y recorrió con la vista los diferentes grupos de hombres sin mostrar curiosidad especial por ninguno.

¿Qué hace ésta aquí? Preguntó Pacocodrilo señalándola con la barbilla.

Está buena. ¿Nos dará tiempo? Se preguntó en voz alta Jorge mirando la hora.

A ti sí, le dijo el Carnero y se partió de risa.

¿Y tu mujer? Indagó Pacocodrilo mirando a Jorge.

Calla, gilipollas.

Hoy les metemos tres, lo presiento. ¿Quién se apuesta una cena? retó Juanma sin dirigirse a nadie en particular. Estalló un petardo que hizo a todos dar un respingo. Por detrás del mostrador salía una nube de humo. Me cago en tus muertos, deja los petardos para el campo. Y Piro se reía y miraba con cara de pícaro aunque ya todos se habían olvidado de él. Sacó otro petardo de un bolsillo lateral del pantalón de faena pero no lo encendió.

Primero fueron tres o cuatro que estaban pegados al mostrador los que se quedaron callados. Luego su silencio se fue contagiando; a medida que unos se callaban, los más cercanos se volvían a descubrir la razón y también se quedaban callados algo perplejos. La chica se había subido al mostrador, miraba al frente muy seria y movía rítmicamente la cabeza hacia adelante y hacia atrás como si estuviese siguiendo una melodía que sólo ella escuchaba.

Un polvo, dijo Carles, ésta lo que quiere es un polvo. Venga, haced una fila y nos la tiramos por turnos. Hasta que rebose.

Dos o tres se colocaron en fila detrás de Carles, poniendo las manos sobre los hombros de quien estaba delante, como si fuesen a bailar una Conga. Pero la mayoría no le hizo caso o no le había oído.

Está loca, dijo Pacocodrilo. Tiene la mirada ida.

Mejor, así no te denuncia, murmuró Piro, que aún jugueteaba con el petardo entre las manos. Se lo podía hacer estallar entre las piernas.

La chica echó la melena hacia atrás con un gesto que parecía estudiado. De sus labios había comenzado a salir tarareada la melodía cuyo ritmo había estado siguiendo con la cabeza. Poco a poco el movimiento fue trasmitiéndose a los hombros y de allí pasó a las caderas, aunque los pies seguían fijos sobre el mostrador.

¡Un estriptís! Gritó un adivino y un montón de voces se pusieron a repetir esas palabras una y otra vez en el mismo tono y cadencia con que a veces jaleaban a su equipo, como si no se hubieran dado cuenta de que la chica ya había comenzado a quitarse la cazadora y a hacerla girar en el aire por encima de las cabezas de los más cercanos.

Alguien pidió a gritos otra ronda de cervezas, que la dueña comenzó a servir de mala gana. La chica entretanto se había quitado los zapatos y estaba desabrochándose la blusa. Seguía con la mirada fija frente a sí; no parecía ni disfrutar ni sufrir, ni tener miedo ni estar excitada. Se desnudaba como si se tratase de un ejercicio gimnástico que alguien le había impuesto: respetando el ritmo, ateniéndose al orden de los movimientos, pero sin poner en ello entusiasmo ni sentimiento.

Os digo que está loca, repitió Pacocodrilo y Jorge asintió con la cabeza.

Pues tiene un par de tetas la loca, dijo Julito porque en ese momento la blusa había salido disparada hacia el otro extremo del bar y la chica se había quedado en sujetador. Efectivamente, sus pechos eran más grandes de lo que cabría esperar de una mujer tan menuda. Puso una sonrisa procaz, se pasó la lengua por el labio inferior, lo que tampoco conseguía hacer olvidar la frialdad de su mirada, ese aire ausente que daba la impresión de que no estaba haciendo el striptease en ese momento, sino sólo recordándolo. Se arrancó de un hábil tirón el sujetador, y justo cuando de numerosas gargantas salía un grito entusiasta, como si el propio equipo acabase de marcar un gol de antología, se dio la vuelta para ocultar la visión de las tetas ante tanto ojo hipnotizado.

Golfa, gritó Carles, que se había dado cuenta de que un espejo de la pared reflejaba, aunque borroso, lo que todos aún buscaban con la vista. Hubo un momento de barullo, algunos se enlazaron por los hombros y unos cuantos se llevaron la mano libre a los huevos.

Las bragas, las bragas, suplicó Piro coreado por Sebas, aunque la chica aún tenía puestos los pantalones. Ella siguió contoneándose de espaldas al público mientras desabrochaba el cinturón, bajaba la cremallera de la bragueta y comenzaba a quitarse los pantalones. Tenía unas piernas delgaditas, de rodillas huesudas y tobillos frágiles, pero a nadie le importó porque casi todos estaban mirándole el culo, o lo que se transparentaba de él a través de las bragas de algodón blanco algo grandes. Acabó de salir del pantalón de un pequeño salto, chas, chas, dijo en voz alta imitando los platillos de la orquesta imaginaria que tocaba para ella, aumentó su contoneo, cruzó los brazos delante del pecho, tapándose las tetas con las manos, volvió la cabeza para mirar a su público -parte del cual había iniciado un redoble de "más difícil todavía" golpeando el borde de las mesas con los dedos-, se lamió otra vez el labio superior con mirada opaca de pescado, giró repentinamente el cuerpo y, en medio de un aullido generalizado, quitó las manos de delante del pecho para mostrarles lo que había allí.

El aullido no se cortó de pronto, sino por etapas, porque no todos se dieron cuenta al mismo tiempo.

Hostia, tío, fue todo lo que dijo Pacocodrilo.

No jodas, completó Jorge.

Eso ha sido con cigarrillos, apuntó Carles con gesto de entendido. Venga chavala, bájate de ahí, le dijo Julito con voz entristecida.

Pero ella seguía moviéndose al ritmo de la canción que rumoreaba en su cabeza, hilvanando gestos procaces e inexpresivos a un tiempo, echando a veces el busto hacia adelante para que sus enormes tetas se bamboleasen por encima de los espectadores más cercanos.

Vamos chica, baja, insistió Julito y la cogió por un tobillo. Ella no interrumpió su baile; negó con la cabeza, y siguió mirando al frente, lamiéndose los labios, acariciándose entre las piernas, con los ojos repentinamente húmedos.

Deja a la chica, coño. Venga bonita, enséñanoslo.

Pacocodrilo se puso a dar palmadas rítmicas y la chica se lo agradeció con un asentimiento de cabeza. Venga tíos, animadla, mirad qué bien lo hace.

Enseguida unos cuantos empezaron a acompañar a Pacocodrilo con las palmas. Miraban a la chica fingiendo interés, igual que ella fingía excitación, pero sobre todo le miraban a la cara; sólo de vez en cuando se les iban los ojos a las tetas de la chica, soportaban unos instantes la visión de la piel llena de cicatrices, -quemaduras, como decía Carles-, ese irregular tatuaje que alcanzaba desde la marca que había dejado el borde del sujetador bajo los pechos hasta por encima de los pezones, tan sólo un momento se atrevían a quedarse mirando aquel horror, y enseguida volvían la vista a la cara de la chica, a sus ojos a la vez húmedos y fríos. Ella ahora había metido los pulgares tras el elástico de las bragas, los deslizaba una y otra vez hacia los lados, chas, chas, decía oscilando las caderas, y todos aguardaban con miedo el momento en que finalmente se bajase las bragas, intuyendo vagamente huellas de alguna tortura inimaginable.

Taraara, raraara, cantó la chica y se bajó las bragas de un tirón, tapó el sexo con las manos, dio un par de golpes de pelvis de atrás hacia delante, ¿queréis verlo? preguntó, ¿queréis verme el coñito?, las primeras palabras con sentido que había pronunciado desde que se subió a la barra. Nadie respondió. Sin embargo, la chica separó repentinamente las manos y miró ella misma hacia abajo como si quisiese cerciorarse de que estaba allí lo que había prometido.

Hubo un suspiro de alivio. No se distinguían huellas de mutilación ni destrozo como habían supuesto. Bonito coño, se atrevió a alabar Julito, que era el que más cerca estaba para verlo, con la cabeza casi entre las piernas de la chica, y hubo un inicio de risa algo tensa que se apagó enseguida, cuando ella se dio la vuelta y se agachó para acercarles las nalgas, cuya piel estaba irregularmente salpicada de manchas de textura diferente: las huellas satinadas de la brasa.

Si cojo yo a quien le ha hecho eso le arranco la piel a tiras, juró Carles y otros asintieron.

Qué hijos de puta hay por ahí sueltos.

Bravo, tía, gritaron algunos pero no resultaron muy convincentes; otros dieron silbidos. Juanma le tendió una mano para ayudarla a bajar de la barra y otros se aproximaron con alguna de las prendas que ella había desparramado por el bar. La chica se quedó parada encima del mostrador, perdida, confusa. Como no parecía reaccionar, Pacocodrilo se subió junto a ella para ayudarle a vestirse.

Toma guapa, lo has hecho muy bien; y le metió un par de billetes en el bolsillo.

¡La media!, gritó Piro.

Todos miraron instintivamente las piernas de la chica. Ella también bajó la mirada buscando.

¡Hostia, tíos, que son las ocho y media!

Los que estaban sentados se levantaron de un salto. Muchos corrieron al mostrador y pagaron desordenadamente. Pacocodrilo aún intentó acabar de subir el pantalón a la chica pero lo llevaba tan ajustado que no conseguía que subiera por encima de medio muslo, así que le hizo una caricia en el pelo y le dijo: anda, acaba tú, que tenemos que irnos. Y bajó de un salto del mostrador.

Dos a cero. ¿Qué os apostáis que les metemos dos a cero?

A por ellos, hoy arde el estadio, por mis muertos.

Colchoneros, maricones.

Salieron atropelladamente del bar. El alboroto de sus voces y carreras fue alejándose. Al cabo de unos segundos, sólo se escuchaba el rumor del tráfico, aunque dentro del bar había quedado como un eco de cantos y exclamaciones soeces. La chica aún estaba sobre el mostrador, con el pantalón a medio subir y el busto desnudo. Miró a la dueña, que se dirigía ya hacia las sillas volcadas con cara de cansancio. Se detuvo al pasar por delante de la chica. Sacudió la cabeza al fijarse en las cicatrices. Siguió sacudiéndola mientras miraba a la chica a los ojos, que ya no eran fríos y distantes, sino tristes. Se podía poner a llorar en cualquier momento.

No le des más vueltas, hija. Es que son así.

   Y se fue a buscar una bayeta para recoger del suelo la cerveza vertida.

 

De Qué raros son los hombres (2000)

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© Manuel Talens 2002