Entraron
en el bar por inercia, porque uno de los primeros había
empujado la puerta y se había metido en el local profiriendo
un berrido incomprensible. Los demás fueron tras él. Lo
mismo daba ése que cualquier otro. Jorge tenía la ceja
abierta, pero sangraba poco. Se pasaba una y otra vez la yema
de los dedos por la herida para comprobar que aún salía
sangre. Cuando se la hicieron ni se había enterado. Ni
siquiera sabía si el golpe se lo había dado uno del grupo
opuesto o si en medio del jaleo uno de los suyos le había
pegado un codazo. Qué más daba; la sangre con sangre se
paga. Cuando terminase el partido iban a prender fuego a la
ciudad. Para que se enterasen esos hijos de puta. El
Carnero se dejó caer a su lado en una silla.
Me
hago viejo, tío. Unas carreras y ya me derrumbo.
Se
miró los nudillos; también sangraban.
Yo
creo que le he reventado las narices, comentó sin
arrepentimiento ni entusiasmo. El otro día… Se interrumpió
porque un compañero había empezado a cantar el himno del
club y él tarareó un par de estrofas sin mucho acierto.
Dos
a cero, dijo Pacocodrilo. Dos a cero y estamos en Europa; y
pasó las manos por los hombros de Jorge y del Carnero, que
asintieron con desgana.
Ya,
pero hay que meterlos, dijo Jorge.
Derrotista
cabrón, claro que los vamos a meter. Lo dijo uno nuevo en el
club, no le conocían muy bien y Pacocodrilo decía que había
que andarse con cuidado porque lo mismo era un chivato. Pero
para Pacocodrilo todos eran chivatos y nadie le hacía ni
caso.
Alguien
pagó una ronda de cervezas. Los pocos clientes que había en
el bar cuando entró el grupo de hinchas se habían apresurado
a pagar sus consumiciones y desaparecer. Daba gusto: cuando
llegaban a un sitio, a los pocos minutos el lugar les pertenecía;
era como formar parte de un ejército victorioso; sólo
echaban de menos que alguien les vitorease. No se puede tener
todo.
Juanma
se había subido a una mesa e intentaba cantar algo que
ninguno supo acompañar.
¿Qué
coño estás cantando, colega? Cantas como una oveja, te lo
juro.
Pero
él no respondió; continuó su canción mientras hacía
gestos de director de coro del ejército ruso, sin importarle
que nadie le siguiese.
Como
no metan dos goles, hoy quemo el estadio, por mis muertos.
Eso
lo dijo Julito, pero no lo decía en serio. Cuando había
mucho follón él siempre se quedaba un poco atrás. No era
como Carles, que juraba que a él no le gustaba mucho el fútbol,
bueno, entretenido sí era, pero que lo que a él le gustaba
de verdad era lo de antes y lo de después, aunque eso sí, él
por los colores del equipo estaba dispuesto a dejarse las
pelotas; y había que reconocer que en cuanto había una pelea
Carles estaba siempre en primera fila metiendo y recibiendo
hostias. En ese mismo momento Carles estaba discutiendo con la
dueña del local, la única mujer que quedaba allí dentro,
que no hacía más que protestar porque en unos minutos ya habían
roto varios vasos. Carles pareció meditar los argumentos de
la mujer mientras dejaba caer dos lentos chorros de saliva
entre sus botas militares.
A
que me lío a golpes y no dejo una botella sana en la vitrina,
vieja de los cojones.
Pero
Carles se distrajo de sus propósitos, porque en ese momento
se abrió la puerta y por ella entró una chica joven. Cuando
Carles se volvió otra vez hacia la dueña del bar, ésta ya
se había marchado a otro sitio, y a él se le olvidó que habían
estado discutiendo.
La
que había entrado no era ni guapa ni fea. Del montón. Al
principio no le hicieron ni caso. Salvo Sanchís, que sin pensárselo
mucho intentó echarle mano al culo pero se escurrió de la
silla y acabó en el suelo sin conseguir su objetivo, los demás
siguieron a lo suyo, haciendo corros fraternales, cantando,
discutiendo, dando berridos. La dueña del bar hizo un gesto
con la mano a la chica como diciéndole vete, vete de aquí
boba, ¿no te das cuenta de dónde te metes? Pero la otra no
se dio por aludida. Cuando llegó a la barra pidió una
ginebra. Se volvió hacia el centro del local, se recostó
contra el borde superior de la barra, que le llegaba hasta los
omóplatos -era más bien bajita- y recorrió con la vista los
diferentes grupos de hombres sin mostrar curiosidad especial
por ninguno.
¿Qué
hace ésta aquí? Preguntó Pacocodrilo señalándola con la
barbilla.
Está
buena. ¿Nos dará tiempo? Se preguntó en voz alta Jorge
mirando la hora.
A
ti sí, le dijo el Carnero y se partió de risa.
¿Y
tu mujer? Indagó Pacocodrilo mirando a Jorge.
Calla,
gilipollas.
Hoy
les metemos tres, lo presiento. ¿Quién se apuesta una cena?
retó Juanma sin dirigirse a nadie en particular. Estalló un
petardo que hizo a todos dar un respingo. Por detrás del
mostrador salía una nube de humo. Me cago en tus muertos,
deja los petardos para el campo. Y Piro se reía y miraba con
cara de pícaro aunque ya todos se habían olvidado de él.
Sacó otro petardo de un bolsillo lateral del pantalón de
faena pero no lo encendió.
Primero
fueron tres o cuatro que estaban pegados al mostrador los que
se quedaron callados. Luego su silencio se fue contagiando; a
medida que unos se callaban, los más cercanos se volvían a
descubrir la razón y también se quedaban callados algo
perplejos. La chica se había subido al mostrador, miraba al
frente muy seria y movía rítmicamente la cabeza hacia
adelante y hacia atrás como si estuviese siguiendo una melodía
que sólo ella escuchaba.
Un
polvo, dijo Carles, ésta lo que quiere es un polvo. Venga,
haced una fila y nos la tiramos por turnos. Hasta que rebose.
Dos
o tres se colocaron en fila detrás de Carles, poniendo las
manos sobre los hombros de quien estaba delante, como si
fuesen a bailar una Conga. Pero la mayoría no le hizo caso o
no le había oído.
Está
loca, dijo Pacocodrilo. Tiene la mirada ida.
Mejor,
así no te denuncia, murmuró Piro, que aún jugueteaba con el
petardo entre las manos. Se lo podía hacer estallar entre las
piernas.
La
chica echó la melena hacia atrás con un gesto que parecía
estudiado. De sus labios había comenzado a salir tarareada la
melodía cuyo ritmo había estado siguiendo con la cabeza.
Poco a poco el movimiento fue trasmitiéndose a los hombros y
de allí pasó a las caderas, aunque los pies seguían fijos
sobre el mostrador.
¡Un
estriptís! Gritó un adivino y un montón de voces se
pusieron a repetir esas palabras una y otra vez en el mismo
tono y cadencia con que a veces jaleaban a su equipo, como si
no se hubieran dado cuenta de que la chica ya había comenzado
a quitarse la cazadora y a hacerla girar en el aire por encima
de las cabezas de los más cercanos.
Alguien
pidió a gritos otra ronda de cervezas, que la dueña comenzó
a servir de mala gana. La chica entretanto se había quitado
los zapatos y estaba desabrochándose la blusa. Seguía con la
mirada fija frente a sí; no parecía ni disfrutar ni sufrir,
ni tener miedo ni estar excitada. Se desnudaba como si se
tratase de un ejercicio gimnástico que alguien le había
impuesto: respetando el ritmo, ateniéndose al orden de los
movimientos, pero sin poner en ello entusiasmo ni sentimiento.
Os
digo que está loca, repitió Pacocodrilo y Jorge asintió con
la cabeza.
Pues
tiene un par de tetas la loca, dijo Julito porque en ese
momento la blusa había salido disparada hacia el otro extremo
del bar y la chica se había quedado en sujetador.
Efectivamente, sus pechos eran más grandes de lo que cabría
esperar de una mujer tan menuda. Puso una sonrisa procaz, se
pasó la lengua por el labio inferior, lo que tampoco conseguía
hacer olvidar la frialdad de su mirada, ese aire ausente que
daba la impresión de que no estaba haciendo el striptease en
ese momento, sino sólo recordándolo. Se arrancó de un hábil
tirón el sujetador, y justo cuando de numerosas gargantas salía
un grito entusiasta, como si el propio equipo acabase de
marcar un gol de antología, se dio la vuelta para ocultar la
visión de las tetas ante tanto ojo hipnotizado.
Golfa,
gritó Carles, que se había dado cuenta de que un espejo de
la pared reflejaba, aunque borroso, lo que todos aún buscaban
con la vista. Hubo un momento de barullo, algunos se enlazaron
por los hombros y unos cuantos se llevaron la mano libre a los
huevos.
Las
bragas, las bragas, suplicó Piro coreado por Sebas, aunque la
chica aún tenía puestos los pantalones. Ella siguió contoneándose
de espaldas al público mientras desabrochaba el cinturón,
bajaba la cremallera de la bragueta y comenzaba a quitarse los
pantalones. Tenía unas piernas delgaditas, de rodillas
huesudas y tobillos frágiles, pero a nadie le importó porque
casi todos estaban mirándole el culo, o lo que se
transparentaba de él a través de las bragas de algodón
blanco algo grandes. Acabó de salir del pantalón de un pequeño
salto, chas, chas, dijo en voz alta imitando los platillos de
la orquesta imaginaria que tocaba para ella, aumentó su
contoneo, cruzó los brazos delante del pecho, tapándose las
tetas con las manos, volvió la cabeza para mirar a su público
-parte del cual había iniciado un redoble de "más difícil
todavía" golpeando el borde de las mesas con los dedos-,
se lamió otra vez el labio superior con mirada opaca de
pescado, giró repentinamente el cuerpo y, en medio de un
aullido generalizado, quitó las manos de delante del pecho
para mostrarles lo que había allí.
El
aullido no se cortó de pronto, sino por etapas, porque no
todos se dieron cuenta al mismo tiempo.
Hostia,
tío, fue todo lo que dijo Pacocodrilo.
No
jodas, completó Jorge.
Eso
ha sido con cigarrillos, apuntó Carles con gesto de
entendido. Venga chavala, bájate de ahí, le dijo Julito con
voz entristecida.
Pero
ella seguía moviéndose al ritmo de la canción que rumoreaba
en su cabeza, hilvanando gestos procaces e inexpresivos a un
tiempo, echando a veces el busto hacia adelante para que sus
enormes tetas se bamboleasen por encima de los espectadores más
cercanos.
Vamos
chica, baja, insistió Julito y la cogió por un tobillo. Ella
no interrumpió su baile; negó con la cabeza, y siguió
mirando al frente, lamiéndose los labios, acariciándose
entre las piernas, con los ojos repentinamente húmedos.
Deja
a la chica, coño. Venga bonita, enséñanoslo.
Pacocodrilo
se puso a dar palmadas rítmicas y la chica se lo agradeció
con un asentimiento de cabeza. Venga tíos, animadla, mirad qué
bien lo hace.
Enseguida
unos cuantos empezaron a acompañar a Pacocodrilo con las
palmas. Miraban a la chica fingiendo interés, igual que ella
fingía excitación, pero sobre todo le miraban a la cara; sólo
de vez en cuando se les iban los ojos a las tetas de la chica,
soportaban unos instantes la visión de la piel llena de
cicatrices, -quemaduras, como decía Carles-, ese irregular
tatuaje que alcanzaba desde la marca que había dejado el
borde del sujetador bajo los pechos hasta por encima de los
pezones, tan sólo un momento se atrevían a quedarse mirando
aquel horror, y enseguida volvían la vista a la cara de la
chica, a sus ojos a la vez húmedos y fríos. Ella ahora había
metido los pulgares tras el elástico de las bragas, los
deslizaba una y otra vez hacia los lados, chas, chas, decía
oscilando las caderas, y todos aguardaban con miedo el momento
en que finalmente se bajase las bragas, intuyendo vagamente
huellas de alguna tortura inimaginable.
Taraara,
raraara, cantó la chica y se bajó las bragas de un tirón,
tapó el sexo con las manos, dio un par de golpes de pelvis de
atrás hacia delante, ¿queréis verlo? preguntó, ¿queréis
verme el coñito?, las primeras palabras con sentido que había
pronunciado desde que se subió a la barra. Nadie respondió.
Sin embargo, la chica separó repentinamente las manos y miró
ella misma hacia abajo como si quisiese cerciorarse de que
estaba allí lo que había prometido.
Hubo
un suspiro de alivio. No se distinguían huellas de mutilación
ni destrozo como habían supuesto. Bonito coño, se atrevió a
alabar Julito, que era el que más cerca estaba para verlo,
con la cabeza casi entre las piernas de la chica, y hubo un
inicio de risa algo tensa que se apagó enseguida, cuando ella
se dio la vuelta y se agachó para acercarles las nalgas, cuya
piel estaba irregularmente salpicada de manchas de textura
diferente: las huellas satinadas de la brasa.
Si
cojo yo a quien le ha hecho eso le arranco la piel a tiras,
juró Carles y otros asintieron.
Qué
hijos de puta hay por ahí sueltos.
Bravo,
tía, gritaron algunos pero no resultaron muy convincentes;
otros dieron silbidos. Juanma le tendió una mano para
ayudarla a bajar de la barra y otros se aproximaron con alguna
de las prendas que ella había desparramado por el bar. La
chica se quedó parada encima del mostrador, perdida, confusa.
Como no parecía reaccionar, Pacocodrilo se subió junto a
ella para ayudarle a vestirse.
Toma
guapa, lo has hecho muy bien; y le metió un par de billetes
en el bolsillo.
¡La
media!, gritó Piro.
Todos
miraron instintivamente las piernas de la chica. Ella también
bajó la mirada buscando.
¡Hostia,
tíos, que son las ocho y media!
Los
que estaban sentados se levantaron de un salto. Muchos
corrieron al mostrador y pagaron desordenadamente. Pacocodrilo
aún intentó acabar de subir el pantalón a la chica pero lo
llevaba tan ajustado que no conseguía que subiera por encima
de medio muslo, así que le hizo una caricia en el pelo y le
dijo: anda, acaba tú, que tenemos que irnos. Y bajó de un
salto del mostrador.
Dos
a cero. ¿Qué os apostáis que les metemos dos a cero?
A
por ellos, hoy arde el estadio, por mis muertos.
Colchoneros,
maricones.
Salieron
atropelladamente del bar. El alboroto de sus voces y carreras
fue alejándose. Al cabo de unos segundos, sólo se escuchaba
el rumor del tráfico, aunque dentro del bar había quedado
como un eco de cantos y exclamaciones soeces. La chica aún
estaba sobre el mostrador, con el pantalón a medio subir y el
busto desnudo. Miró a la dueña, que se dirigía ya hacia las
sillas volcadas con cara de cansancio. Se detuvo al pasar por
delante de la chica. Sacudió la cabeza al fijarse en las
cicatrices. Siguió sacudiéndola mientras miraba a la chica a
los ojos, que ya no eran fríos y distantes, sino tristes. Se
podía poner a llorar en cualquier momento.
No
le des más vueltas, hija. Es que son así.
Y se fue a buscar una bayeta para recoger del suelo la cerveza
vertida.