Estimado
Sr. Porquero:
Paseando
el otro día por mi jardín vi con asombro a una de sus cerdas
comiéndose tranquilamente mis cuidadas rosas llamadas de
«Pitiminí», como comprenderá mi susto fue mayúsculo porque la
intrusa era enorme, se trataba de esa marrón con manchas
oscuras que tiene cruce de jabalí y cuyo fiero aspecto impone.
Pues bien,
me costó Dios y ayuda echarla, se hacía descaradamente la
sorda, fingía ignorarme y tan sólo depuso su rebelde actitud
cuando le amenacé seriamente con llamar a la policía. Y claro,
luego como estaba enfadada se fue de malos modos pisando a su
paso clavelinas, margaritas, hortensias, y pensamientos,
dejándome el jardín como si hubiese pasado el ejército de
Atila.
Yo ya no
estoy para esta clase de disgustos. ¿No podría aleccionar
mejor a sus animales? Sobre todo a esta cerda de la que le
hablo, no es la primera vez que me la encuentro en mi jardín.
Además,
tiene una verdadera fijación con mis rosas de Pitiminí. ¿No
hay forma de que se solucione de una vez este engorroso
asunto? Sé que hay centros, hospitales, donde atienden este
tipo de problemas. Posiblemente este animal ha sufrido durante
su infancia algún trauma que ha repercutido luego
negativamente en su personalidad. Necesita ayuda sicológica.
Convendrá usted conmigo que su desmedida afición por las rosas
de Pitiminí no es nada normal.
Los gustos
gastronómicos de los cerdos van por otro lado. De ahí que
cuando se desperdicia algo de valor repartiéndolo entre
personas que no tienen la suficiente sensibilidad para
apreciarlo, se diga que: «Eso es como echar flores a los
cerdos».
Queda
claro por tanto, que en términos habituales para nada se
relacionan a los cerdos con las flores. Ahora mismo no se me
ocurre nada más que decirle, el incidente me ha puesto muy
nervioso, además, la visión arrasada de mi jardín, me produce
un gran desasosiego.
Dejo por
ahora esta carta, confiando en que pondrá los medios
necesarios para terminar de una vez por todas con este
desagradable conflicto.
Un cordial
saludo,
El
Jardinero.
Estimado
Sr. Jardinero:
Lamento
mucho que se encuentre usted en ese estado de aflicción, en
realidad debiera considerarse agraciado por el sincero aprecio
que por sus rosas de Pitiminí demuestra una y otra vez mi
cerda jabalina. Claro que usted ignora muchos datos para la
comprensión del hecho prodigioso que nos ocupa.
Y es que
la cerda en cuestión, a pesar de su fiero aspecto es con gran
diferencia el animal más sensible de todo mi establo, incluso
me atrevería a decir que tal vez me encuentre por primera vez
en mi vida de porquero ante un ejemplar único de cerda
metafísica.
Desde que
nació he venido observando en ella grandes dotes
contemplativas, a menudo, la encuentro en los atardeceres
ensimismada frente al crepúsculo o mirando embelesada el vuelo
de un pequeño pájaro entre las ramas. Pero lo que sin duda
alguna llama más poderosamente su atención son las flores,
puede estar horas enteras observándolas.
Conocidos
sus gustos, el lamentable suceso ocurrido con sus rosas de
Pitiminí es de todo punto lógico. Ya que este tipo de rosas
son su debilidad, hasta el extremo que su desbordada pasión da
lugar en su punto más álgido a fagocitar el objeto de su
delirio. Circunstancia por otro lado nada nueva en la historia
afectiva y amorosa de célebres personajes.
Recuerde
sin ir más lejos, como el desmesurado amor que tenía Enrique V
por
su fiel mastín «Dog» le llevó a ordenar a su cocinero que se
lo guisara con patatas para la festividad de San Francisco de
Asís patrón de los animales. Siendo así que el pobre «Dog»
acabó noblemente su destino en el estómago real.
O la
entrañable historia de Brumilda de Helvecia y Hans de
Bulgaria, que terminaron su apasionado amor comiéndose el uno
al otro frente a la catedral de Main en Frankfurt. El hecho
tuvo gran repercusión en toda Europa y parte de Asia, hasta el
extremo de que muchas fueron las parejas que siguieron su
ejemplo, devorándose unos y otras en menos que canta un gallo.
Es decir,
querido vecino, el canibalismo o la apasionada engullición del
objeto amado, no son sino expresiones máximas del amor y la
pasión de seres cuya sensibilidad está por encima de la media.
Centrándonos en el tema y aún lamentando profundamente la
destrucción de su jardín, cabe preguntarse si ¿No es acaso ése
un justo precio a pagar por la circunstancia prodigiosa de que
la belleza de sus rosas de Pitiminí siendo de tal magnitud, ha
conseguido levantar una verdadera pasión en el corazón de mi
cerda?
¿Se da
usted cuenta, que su dolor ,su desasosiego al verse privado de
la serena visión de su jardín, no es nada comparado con el
hecho de haber sido capaz con su buen hacer de jardinero de
acercar la belleza hasta el nivel de la bestia?¿Acaso puede
existir misión más grande?
Porque
¿Qué valor tiene la contemplación de lo bello por unos ojos
humanos? Esto en ellos es absolutamente habitual, pero ¿Qué me
dice si un poema de Lord Byron o Novalis arranca lágrimas a un
buey? o ¿Un cuadro de Turner ladridos de admiración a un
perro? Eso es lo excepcional, lo admirable. Cuando el goce
estético se acerca a la fuerza bruta ennobleciéndola con su
contacto. Es precisamente entonces cuando el ideal de la
belleza cumple su cometido de ser alimento espiritual de
aquellos que más alejados están de ella.
Usted es
por tanto un ser privilegiado, usted ha conseguido con sus
magníficas cualidades como jardinero, aunar esos dos polos que
parecían enemistados, atraer al cabo, poderosamente la
atención, la pasión de la bestia, su amor hasta la cumbre más
alta. Sólo un verdadero artífice podría escribir como usted
las páginas de la belleza y seducir con ellas el alma animal.
Pero
querido vecino, usted ignora sus propios dones y sobre todo,
desconoce totalmente la personalidad de mi cerda. Lo que usted
juzga altanería, malos modales, comportamiento violento no es
tal. Mi cerda sabe desde hace tiempo que no cuenta con la
comprensión del jardinero, pero su extrema sensibilidad le
lleva una y otra vez hacia sus rosas, y allí se encuentra con
la hostilidad de un ser despiadado que la humilla, que la
amenaza con llamar a la policía, que la hostiga recordándole
una y otra vez su condición de bestia. Póngase en su lugar. Su
desbordada ira nace de su orgullo herido. Destrozando su
jardín ella le suplica que le trate de otra forma.
Deje pues
de acotar el goce espiritual únicamente para aquellos seres
que usted considera dignos de poder valorarlo. Deje que el
Arte se acerque a todos. La Cultura no puede tener niveles de
consumo, y lo mismo ha de subir a los palacios como bajar
hasta las porquerizas.
No
equipare su cruel comportamiento con el de Jaime II el
Obstinado, que obligaba a sus sirvientes a taparse los ojos
antes de entrar en las dependencias de palacio donde se
exhibían las grandes obras maestras de la pintura europea del
XVII. Por considerar que no era correcto dejar contemplar a la
servidumbre algo de tanto valor, algo que sobrepasaba
infinitamente la capacidad de comprensión de aquellas gentes
mayormente analfabetas.
O el de
Federico III de Suecia, que prohibió terminantemente la
alfabetización de todo el pueblo llano bajo su reino,
argumentando que por la cultura se cuela siempre la traición.
O aquella famosa prohibición del General Lee durante la guerra
de Vietnam, no permitiendo a ningunos de sus soldados leer
otra cosa que no fueran revistas militares o pornográficas,
porque de enfrentarse con otro tipo de Literatura, por
ejemplo, con poesía, esto podía mermar considerablemente en la
tropa la capacidad de lucha. Ya que en combate un verdadero
soldado tiene que estar siempre más cerca de la bestia que del
espíritu.
En fin,
reconsidere su postura, termine con esa negativa actitud de
quedarse contemplando embobado su arrasado jardín, plante de
nuevo clavelinas, y hortensias, margaritas y pensamientos,
pero especialmente rosas de Pitiminí, ya que sería un
lamentable error que una vez que mi cerda jabalina ha
conocido, ha sido seducida en su grado más alto por la
belleza, se viera de la noche a la mañana privada de ella por
la cerrazón de un jardinero que se niega a admitir, que
también los cerdos, pueden, pese a ese nefasto dicho popular,
apreciar las flores.
Y sobre
todo no se le ocurra bajo ninguna circunstancia enfrentarse a
ella, se trata de un ser extremadamente sensible y lógicamente
su orgullo herido, como antes le he dicho puede obligarla a
hacer valer con violencia sus derechos. Por lo tanto solo
usted es responsable de lo que pueda suceder. La solución es
sencilla, no se trata de traumas ni patologías, ni de ningún
problema a tratar en centros siquiátricos u hospitales de ese
tipo. Aquí hay un conflicto de incomprensión entre usted y la
delicada personalidad de mi cerda, que sólo puede superarse si
planta con periodicidad sus rosas de Pitiminí, dejando luego
que se las coman las bestias, considere que no es mucho lo que
le pido.
A no ser
que sea usted uno de esos jardineros elitistas, cegado para
cualquier tipo de comprensión , en ese caso señor, usted no
merece vivir, no me deja alternativa. No tendré otro remedio
que dejar vía libre no sólo a mi cerda jabalina sino a toda mi
cabaña de vacas, bueyes, terneros, asnos, gallinas, patos y
conejos, para que entren y arrasen de una vez por todas su
jardín, avanzando y tirando abajo la puerta de su casa, hasta
subir a la habitación donde duerme y profanar su cama y
comerle su delicado corazón tan lleno de derechos.
Un cordial
saludo,
El Porquero