El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV   

CERDOS Y FLORES

Julia Otxoa

 

Julia Otxoa (española)

 

Estimado Sr. Porquero:

Paseando el otro día por mi jardín vi con asombro a una de sus cerdas comiéndose tranquilamente mis cuidadas rosas llamadas de «Pitiminí», como comprenderá mi susto fue mayúsculo porque la intrusa era enorme, se trataba de esa marrón con manchas oscuras que tiene cruce de jabalí y cuyo fiero aspecto impone.

Pues bien, me costó Dios y ayuda echarla, se hacía descaradamente la sorda, fingía ignorarme y tan sólo depuso su rebelde actitud cuando le amenacé seriamente con llamar a la policía. Y claro, luego como estaba enfadada se fue de malos modos pisando a su paso clavelinas, margaritas, hortensias, y pensamientos, dejándome el jardín como si hubiese pasado el ejército de Atila.

Yo ya no estoy para esta clase de disgustos. ¿No podría aleccionar mejor a sus animales? Sobre todo a esta cerda de la que le hablo, no es la primera vez que me la encuentro en mi jardín.

Además, tiene una verdadera fijación con mis rosas de Pitiminí. ¿No hay forma de que se solucione de una vez este engorroso asunto? Sé que hay centros, hospitales, donde atienden este tipo de problemas. Posiblemente este animal ha sufrido durante su infancia algún trauma que ha repercutido luego negativamente en su personalidad. Necesita ayuda sicológica. Convendrá usted conmigo que su desmedida afición por las rosas de Pitiminí no es nada normal.

Los gustos gastronómicos de los cerdos van por otro lado. De ahí que cuando se desperdicia algo de valor repartiéndolo entre personas que no tienen la suficiente sensibilidad para apreciarlo, se diga que: «Eso es como echar flores a los cerdos».

Queda claro por tanto, que en términos habituales para nada se relacionan a los cerdos con las flores. Ahora mismo no se me ocurre nada más que decirle, el incidente me ha puesto muy nervioso, además, la visión arrasada de mi jardín, me produce un gran desasosiego.

Dejo por ahora esta carta, confiando en que pondrá los medios necesarios para terminar de una vez por todas con este desagradable conflicto.

Un cordial saludo,

El Jardinero.

 

Estimado Sr. Jardinero:

Lamento mucho que se encuentre usted en ese estado de aflicción, en realidad debiera considerarse agraciado por el sincero aprecio que por sus rosas de Pitiminí demuestra una y otra vez mi cerda jabalina. Claro que usted ignora muchos datos para la comprensión del hecho prodigioso que nos ocupa.

Y es que la cerda en cuestión, a pesar de su fiero aspecto es con gran diferencia el animal más sensible de todo mi establo, incluso me atrevería a decir que tal vez me encuentre por primera vez en mi vida de porquero ante un ejemplar único de cerda metafísica.

Desde que nació he venido observando en ella grandes dotes contemplativas, a menudo, la encuentro en los atardeceres ensimismada frente al crepúsculo o mirando embelesada el vuelo de un pequeño pájaro entre las ramas. Pero lo que sin duda alguna llama más poderosamente su atención son las flores, puede estar horas enteras observándolas.

Conocidos sus gustos, el lamentable suceso ocurrido con sus rosas de Pitiminí es de todo punto lógico. Ya que este tipo de rosas son su debilidad, hasta el extremo que su desbordada pasión da lugar en su punto más álgido a fagocitar el objeto de su delirio. Circunstancia por otro lado nada nueva en la historia afectiva y amorosa de célebres personajes.

Recuerde sin ir más lejos, como el desmesurado amor que tenía Enrique V por
su fiel mastín «Dog» le llevó a ordenar a su cocinero que se lo guisara con patatas para la festividad de San Francisco de Asís patrón de los animales. Siendo así que el pobre «Dog» acabó noblemente su destino en el estómago real.

O la entrañable historia de Brumilda de Helvecia y Hans de Bulgaria, que terminaron su apasionado amor comiéndose el uno al otro frente a la catedral de Main en Frankfurt. El hecho tuvo gran repercusión en toda Europa y parte de Asia, hasta el extremo de que muchas fueron las parejas que siguieron su ejemplo, devorándose unos y otras en menos que canta un gallo.

Es decir, querido vecino, el canibalismo o la apasionada engullición del objeto amado, no son sino expresiones máximas del amor y la pasión de seres cuya sensibilidad está por encima de la media.

Centrándonos en el tema y aún lamentando profundamente la destrucción de su jardín, cabe preguntarse si ¿No es acaso ése un justo precio a pagar por la circunstancia prodigiosa de que la belleza de sus rosas de Pitiminí siendo de tal magnitud, ha conseguido levantar una verdadera pasión en el corazón de mi cerda?

¿Se da usted cuenta, que su dolor ,su desasosiego al verse privado de la serena visión de su jardín, no es nada comparado con el hecho de haber sido capaz con su buen hacer de jardinero de acercar la belleza hasta el nivel de la bestia?¿Acaso puede existir misión más grande?

Porque ¿Qué valor tiene la contemplación de lo bello por unos ojos humanos? Esto en ellos es absolutamente habitual, pero ¿Qué me dice si un poema de Lord Byron o Novalis arranca lágrimas a un buey? o ¿Un cuadro de Turner ladridos de admiración a un perro? Eso es lo excepcional, lo admirable. Cuando el goce estético se acerca a la fuerza bruta ennobleciéndola con su contacto. Es precisamente entonces cuando el ideal de la belleza cumple su cometido de ser alimento espiritual de aquellos que más alejados están de ella.

Usted es por tanto un ser privilegiado, usted ha conseguido con sus magníficas cualidades como jardinero, aunar esos dos polos que parecían enemistados, atraer al cabo, poderosamente la atención, la pasión de la bestia, su amor hasta la cumbre más alta. Sólo un verdadero artífice podría escribir como usted las páginas de la belleza y seducir con ellas el alma animal.

Pero querido vecino, usted ignora sus propios dones y sobre todo, desconoce totalmente la personalidad de mi cerda. Lo que usted juzga altanería, malos modales, comportamiento violento no es tal. Mi cerda sabe desde hace tiempo que no cuenta con la comprensión del jardinero, pero su extrema sensibilidad le lleva una y otra vez hacia sus rosas, y allí se encuentra con la hostilidad de un ser despiadado que la humilla, que la amenaza con llamar a la policía, que la hostiga recordándole una y otra vez su condición de bestia. Póngase en su lugar. Su desbordada ira nace de su orgullo herido. Destrozando su jardín ella le suplica que le trate de otra forma.

Deje pues de acotar el goce espiritual únicamente para aquellos seres que usted considera dignos de poder valorarlo. Deje que el Arte se acerque a todos. La Cultura no puede tener niveles de consumo, y lo mismo ha de subir a los palacios como bajar hasta las porquerizas.

No equipare su cruel comportamiento con el de Jaime II el Obstinado, que obligaba a sus sirvientes a taparse los ojos antes de entrar en las dependencias de palacio donde se exhibían las grandes obras maestras de la pintura europea del XVII. Por considerar que no era correcto dejar contemplar a la servidumbre algo de tanto valor, algo que sobrepasaba infinitamente la capacidad de comprensión de aquellas gentes mayormente analfabetas.

O el de Federico III de Suecia, que prohibió terminantemente la alfabetización de todo el pueblo llano bajo su reino, argumentando que por la cultura se cuela siempre la traición. O aquella famosa prohibición del General Lee durante la guerra de Vietnam, no permitiendo a ningunos de sus soldados leer otra cosa que no fueran revistas militares o pornográficas, porque de enfrentarse con otro tipo de Literatura, por ejemplo, con poesía, esto podía mermar considerablemente en la tropa la capacidad de lucha. Ya que en combate un verdadero soldado tiene que estar siempre más cerca de la bestia que del espíritu.

En fin, reconsidere su postura, termine con esa negativa actitud de quedarse contemplando embobado su arrasado jardín, plante de nuevo clavelinas, y hortensias, margaritas y pensamientos, pero especialmente rosas de Pitiminí, ya que sería un lamentable error que una vez que mi cerda jabalina ha conocido, ha sido seducida en su grado más alto por la belleza, se viera de la noche a la mañana privada de ella por la cerrazón de un jardinero que se niega a admitir, que también los cerdos, pueden, pese a ese nefasto dicho popular, apreciar las flores.

Y sobre todo no se le ocurra bajo ninguna circunstancia enfrentarse a ella, se trata de un ser extremadamente sensible y lógicamente su orgullo herido, como antes le he dicho puede obligarla a hacer valer con violencia sus derechos. Por lo tanto solo usted es responsable de lo que pueda suceder. La solución es sencilla, no se trata de traumas ni patologías, ni de ningún problema a tratar en centros siquiátricos u hospitales de ese tipo. Aquí hay un conflicto de incomprensión entre usted y la delicada personalidad de mi cerda, que sólo puede superarse si planta con periodicidad sus rosas de Pitiminí, dejando luego que se las coman las bestias, considere que no es mucho lo que le pido.

A no ser que sea usted uno de esos jardineros elitistas, cegado para cualquier tipo de comprensión , en ese caso señor, usted no merece vivir, no me deja alternativa. No tendré otro remedio que dejar vía libre no sólo a mi cerda jabalina sino a toda mi cabaña de vacas, bueyes, terneros, asnos, gallinas, patos y conejos, para que entren y arrasen de una vez por todas su jardín, avanzando y tirando abajo la puerta de su casa, hasta subir a la habitación donde duerme y profanar su cama y comerle su delicado corazón tan lleno de derechos.

Un cordial saludo,

El Porquero

      

De Un león en la cocina, Editorial Prames 1999

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