El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV   

PARA ELISA

Eny Orellana

 

Eny Orellana, peruana

                           

 

La última vez que vi a Elisa fue la noche en que la conocí. Fue una noche de avanzado verano en la que el calor y la humedad se derramaban por doquier impregnándose en las cosas. Todo quemaba y apenas se podía respirar, el mundo entero era certeramente palpable, pero la textura de las cosas era pegajosa y de una cierta naturaleza huidiza. De igual forma, en el lugar donde nos encontrábamos, el mundo se estaba abrasando pero en él no parecían existir las ventanas. Allí, viscosamente, se aglutinaban los cuerpos unos a otros y, en su rozar, dejaban un rastro de sudor mundano en sus contornos.

Serían las doce de la noche cuando noté por primera vez a Elisa y, a esas horas, la noche ya había alcanzado el cenit de una dinámica que prometía hacerse interminable. Todo parecía moverse a una velocidad casi imperceptible pero, al mismo tiempo, todo giraba frenéticamente en torno a sí mismo. Los cuerpos rotaban, se alejaban y acercaban unos a otros, rozándose, palpándose y, finalmente, llevándose algo de la húmeda transparencia que destilaban.

En aquel lugar, en medio de aquella bacanal ceremonia de cuerpos y música, vi por primera vez a Elisa. Ella me llamó la atención porque era el único ser allí que parecía no moverse y su aspecto de pétrea estatua descomponía inocentemente aquella orquesta de ruidos retumbantes y voces y risas melódicas. Ella no se movía pero su cuerpo se tenía de pie y de brazos cruzados a una mesa alta llena de vasos. No parpadeaba, pero sus ojos seguían el movimiento de las cosas. No parecía respirar pero en realidad lo estaba haciendo a grandes suspiros que, al parecer, retenía en la garganta para hacerlos vibrar a un ritmo propio y luego soltarlos poco a poco por la boca. Creo que no sólo respiraba realmente sino que murmuraba o acaso tarareaba algo que le salía del alma.

A partir de ese primer momento no pude despegar los ojos de ella. Su rostro de piedra, que apenas daba señales de movimiento, me había envuelto en una curiosidad voraz que estaba empezando a consumirme por dentro. Quise seguir mirándola, pero supe que ello no bastaría para saciarme y mucho menos para acallar las incógnitas de mi mente.

Elisa seguía allí, apoyada, sin moverse y yo, que había dejado de rotar, parcialmente me detuve muy cerca de ella para aprovechar el momento y grabarla en mi recuerdo. Fue entonces que decidí que haría un dibujo de ella con los ojos. Para ello agucé la vista y recorrí con mis ojos, cual si fueran dedos, todas los contornos que la remarcaban y delimitaban del mundo. De esa manera, enmarqué su existencia en un cuerpo fuerte y joven de grandes pechos y escasas caderas. Luego coroné todo aquello con una negra y ondeada melena que le llegaba hasta los hombros y la que, a mi pesar, debí retocar con mechones de pelo espeso algo seco. Más tarde, incluso, tuve que valerme –para terminar el esbozo– de suaves y tímidas miradas, ya que Elisa había notado que yo llevaba algún tiempo observándola.

Después de ese revés de las cosas, y aunque ella ya sabía que yo la observaba, no se inmutó a cambiar de posición por completo, sino que tan sólo se limitó a mirar el suelo y a huir hacia una intimidad remota, a la par que con su espalda formaba una curva convexa y escondía en ella el imponente busto detrás del escote.

Yo, por mi parte, hice el ademán de perder la vista entre los otros pero paralelamente le dediqué una sonrisa que creo causó alguna sensación rara, puesto que –sin dejar de mirar al suelo– levantó levemente una ceja, cual si fuera esto una queja.

Debo decir que en ese momento percibí, asimismo, una especie de vergüenza cuyo origen no supe detectar pero –pasado el bochorno– me dediqué nuevamente –como deseado– a escrutar su rostro e inmovilidad. Así, constaté que lo más expresivo en él eran sus ojos. No por lo pequeños o porque estuviesen extendidos sobre altos pómulos y pecosas mejillas, sino porque proyectaban sombras entre las luces y los espejos. La nariz era recta y se perdía junto a unos labios que no dejaban de moverse y que aportaban también lo suyo a ese melancólico cuadro de oscuros colores. Sus labios eran carnosos, gruesos y, al mismo tiempo, delicadamente infantiles. El resto en ella sólo era un marco de difusas formas para mí; los pendientes, los pantalones ceñidos y el maquillaje que desde un principio me habían interesado poco o nada.

Pasaron las horas y, aunque no me atreví a hablarle por temor a que le resultase difícil entender lo que yo pretendía de ella, no le quité ni un minuto los ojos de encima. La observé y la seguí de cerca toda la noche. La vi bailando, la vi hablando con otros y, por último, la vi sonriéndole a un hombre que se le acercó con gesto seguro y mirada triunfante.

Seguí observándola y la vi luego sólo con él; bailando, girando, bebiendo e inmiscuyéndose con él. Parecía que ella lo había estado esperando para saciar una sed que venía cargando toda la noche.

Mientras bailaban, él la tocaba por todo el cuerpo y cuando se detenían él no dejaba que ella abriese la boca, ni siquiera para hablar.

El tiempo siguió pasando y ella seguía allí con él. La vi riendo, bebiendo aún más; embriagándose a una velocidad insólita que desencajaba con aquel lento mundo nocturno lleno de humo y olor a alcohol. Los minutos ya se arrastraban y, entre humo y alcohol, pude notar que ella todavía le sonreía, le atraía y no dejaba de darle a entender que él iba a conseguir lo que venía buscando.

Serían las seis de la mañana cuando por primera vez oí su nombre. Él me la presentó cuando salimos de aquel lugar y yo, por conocer a Elisa, me fui con ellos y con otros a beber una última copa más. Fue entonces, que a punto de marcharnos, abrió ella los labios –ahora ya maduros– y pronunció claramente el nombre Elisa y, al hacerlo, lo envolvió en una frágil vitalidad que ciertamente desentonaba con ella, pero que me dio a mí la certeza que mi esbozo tenía una voz que no se iría de mi cabeza.

Elisa era su nombre y yo quería beber una copa más con ella. Quería irme con ellos y lo estaba haciendo únicamente por ella, por conocerla a ella. Camino al otro lugar, donde beberíamos la única y última copa que compartimos, él no desistió en su intento de mostrarse como hortelano señor de aquella mujer que se movía a su lado. La llevaba del brazo, se sujetaba a ella y tambaleante trataba de marcarle el paso. Eso siguió así hasta que llegamos y no cesó tampoco cuando nos sentamos.

Situados ahí, ante la última copa, Elisa tomó asiento frente a mí y aunque dijo sólo lo necesario, no dejó ni un solo momento de demostrarle a él que estaba acertando en la jugada.

A esas alturas, el juego realmente estaba por terminar y el azar había querido que yo pudiese presenciarlo. Hacía más de una hora que había amanecido, justamente cuando estábamos saliendo del otro lugar y, sin embargo, la noche aún seguía pegada a nuestros cuerpos.

Todavía hacía calor pero ahí la humedad, que llenaba el aire, había empezado a cuajarse y se estaba convirtiendo en hielo: Frente a mí, detrás de la mesa, las manos de él seguían recorriéndola y sus ojos continuaban devorándola entre una etílica niebla y el lascivo centellear de sus pupilas. Su boca, a su vez, irrumpía constantemente en su rostro; sus labios refregaban sus mejillas y sus dientes se clavaban una y otra vez en su cuello. A ratos, él le decía cosas al oído y entonces parecía estar ofreciéndole el cielo en un raudal de saliva.

Entre tanto, Elisa ya no se movía. Ella había dejado de hacerlo y estaba más pétrea que hacía unas horas. Su cuerpo encorvado, sujeto a la silla por los brazos, no parecía palpitar, fluir ni respirar. Las líneas de su cara se habían endurecido y sus ojos, llenos de sombras, habían dejado de parpadear, revelando algo que yo interpreté como infinita soledad. Ahora, sólo se movían sus labios los cuales habían vuelto a dedicarse una vez más a la monótona actividad de antes.

Era aún de noche en nuestros cuerpos y ya de día afuera, el lugar era otro pero nosotros –al fin y al cabo– seguíamos siendo los mismos. Elisa y yo seguíamos allí, sentadas la una frente a la otra, sin decir palabra y sin soltar las copas.

Sentadas ahí, en un instante que no pude captar, fue que ella me miró por primera vez fijamente a los ojos y empezó una tácita pregunta que no terminó de formular. Allí, sentada frente a ella, quise contestarle pero no pude. Las horas de silencio y expectación me habían cerrado la garganta. Quise hacer algo pero no supe qué. Quise hacer algo por ella, pero tampoco supe qué y como no lo supe pensé en hacer algo para ella, algo sólo para Elisa.

La miré fijamente a los ojos y formulé una respuesta también tácita que culminó demostrativamente con una mirada explícita hacia la puerta. Luego me puse de pie, cogí mis cosas, le dediqué una sonrisa insistente –mi segunda sonrisa de la noche– y esperé unos segundos.

Elisa, pétrea y triste, con los ojos en tinieblas, me esquivó primero la mirada y luego desvaneció la propia en la nada. De sus labios –infantilmente maduros– sólo alcancé a oír una negación rotunda que se quedó grabada, como Elisa, en mi recuerdo.

    

Mi agradecimiento a la autora 

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Manuel Talens 2005