La última vez que vi a Elisa fue
la noche en que la conocí. Fue una noche de avanzado verano en
la que el calor y la humedad se derramaban por doquier
impregnándose en las cosas. Todo quemaba y apenas se podía
respirar, el mundo entero era certeramente palpable, pero la
textura de las cosas era pegajosa y de una cierta naturaleza
huidiza. De igual forma, en el lugar donde nos encontrábamos,
el mundo se estaba abrasando pero en él no parecían existir
las ventanas. Allí, viscosamente, se aglutinaban los cuerpos
unos a otros y, en su rozar, dejaban un rastro de sudor
mundano en sus contornos.
Serían las doce de la noche
cuando noté por primera vez a Elisa y, a esas horas, la noche
ya había alcanzado el cenit de una dinámica que prometía
hacerse interminable. Todo parecía moverse a una velocidad
casi imperceptible pero, al mismo tiempo, todo giraba
frenéticamente en torno a sí mismo. Los cuerpos rotaban, se
alejaban y acercaban unos a otros, rozándose, palpándose y,
finalmente, llevándose algo de la húmeda transparencia que
destilaban.
En aquel lugar, en medio de
aquella bacanal ceremonia de cuerpos y música, vi por primera
vez a Elisa. Ella me llamó la atención porque era el único ser
allí que parecía no moverse y su aspecto de pétrea estatua
descomponía inocentemente aquella orquesta de ruidos
retumbantes y voces y risas melódicas. Ella no se movía pero
su cuerpo se tenía de pie y de brazos cruzados a una mesa alta
llena de vasos. No parpadeaba, pero sus ojos seguían el
movimiento de las cosas. No parecía respirar pero en realidad
lo estaba haciendo a grandes suspiros que, al parecer, retenía
en la garganta para hacerlos vibrar a un ritmo propio y luego
soltarlos poco a poco por la boca. Creo que no sólo respiraba
realmente sino que murmuraba o acaso tarareaba algo que le
salía del alma.
A partir de ese primer momento no
pude despegar los ojos de ella. Su rostro de piedra, que
apenas daba señales de movimiento, me había envuelto en una
curiosidad voraz que estaba empezando a consumirme por dentro.
Quise seguir mirándola, pero supe que ello no bastaría para
saciarme y mucho menos para acallar las incógnitas de mi
mente.
Elisa seguía allí, apoyada, sin
moverse y yo, que había dejado de rotar, parcialmente me
detuve muy cerca de ella para aprovechar el momento y grabarla
en mi recuerdo. Fue entonces que decidí que haría un dibujo de
ella con los ojos. Para ello agucé la vista y recorrí con mis
ojos, cual si fueran dedos, todas los contornos que la
remarcaban y delimitaban del mundo. De esa manera, enmarqué su
existencia en un cuerpo fuerte y joven de grandes pechos y
escasas caderas. Luego coroné todo aquello con una negra y
ondeada melena que le llegaba hasta los hombros y la que, a mi
pesar, debí retocar con mechones de pelo espeso algo seco. Más
tarde, incluso, tuve que valerme –para terminar el esbozo– de
suaves y tímidas miradas, ya que Elisa había notado que yo
llevaba algún tiempo observándola.
Después de ese revés de las
cosas, y aunque ella ya sabía que yo la observaba, no se
inmutó a cambiar de posición por completo, sino que tan sólo
se limitó a mirar el suelo y a huir hacia una intimidad
remota, a la par que con su espalda formaba una curva convexa
y escondía en ella el imponente busto detrás del escote.
Yo, por mi parte, hice el ademán
de perder la vista entre los otros pero paralelamente le
dediqué una sonrisa que creo causó alguna sensación rara,
puesto que –sin dejar de mirar al suelo– levantó levemente una
ceja, cual si fuera esto una queja.
Debo decir que en ese momento
percibí, asimismo, una especie de vergüenza cuyo origen no
supe detectar pero –pasado el bochorno– me dediqué nuevamente
–como deseado– a escrutar su rostro e inmovilidad. Así,
constaté que lo más expresivo en él eran sus ojos. No por lo
pequeños o porque estuviesen extendidos sobre altos pómulos y
pecosas mejillas, sino porque proyectaban sombras entre las
luces y los espejos. La nariz era recta y se perdía junto a
unos labios que no dejaban de moverse y que aportaban también
lo suyo a ese melancólico cuadro de oscuros colores. Sus
labios eran carnosos, gruesos y, al mismo tiempo,
delicadamente infantiles. El resto en ella sólo era un marco
de difusas formas para mí; los pendientes, los pantalones
ceñidos y el maquillaje que desde un principio me habían
interesado poco o nada.
Pasaron las horas y, aunque no me
atreví a hablarle por temor a que le resultase difícil
entender lo que yo pretendía de ella, no le quité ni un minuto
los ojos de encima. La observé y la seguí de cerca toda la
noche. La vi bailando, la vi hablando con otros y, por último,
la vi sonriéndole a un hombre que se le acercó con gesto
seguro y mirada triunfante.
Seguí observándola y la vi luego
sólo con él; bailando, girando, bebiendo e inmiscuyéndose con
él. Parecía que ella lo había estado esperando para saciar una
sed que venía cargando toda la noche.
Mientras bailaban, él la tocaba
por todo el cuerpo y cuando se detenían él no dejaba que ella
abriese la boca, ni siquiera para hablar.
El tiempo siguió pasando y ella
seguía allí con él. La vi riendo, bebiendo aún más;
embriagándose a una velocidad insólita que desencajaba con
aquel lento mundo nocturno lleno de humo y olor a alcohol. Los
minutos ya se arrastraban y, entre humo y alcohol, pude notar
que ella todavía le sonreía, le atraía y no dejaba de darle a
entender que él iba a conseguir lo que venía buscando.
Serían las seis de la mañana
cuando por primera vez oí su nombre. Él me la presentó cuando
salimos de aquel lugar y yo, por conocer a Elisa, me fui con
ellos y con otros a beber una última copa más. Fue entonces,
que a punto de marcharnos, abrió ella los labios –ahora ya
maduros– y pronunció claramente el nombre Elisa y, al hacerlo,
lo envolvió en una frágil vitalidad que ciertamente
desentonaba con ella, pero que me dio a mí la certeza que mi
esbozo tenía una voz que no se iría de mi cabeza.
Elisa era su nombre y yo quería
beber una copa más con ella. Quería irme con ellos y lo estaba
haciendo únicamente por ella, por conocerla a ella. Camino al
otro lugar, donde beberíamos la única y última copa que
compartimos, él no desistió en su intento de mostrarse como
hortelano señor de aquella mujer que se movía a su lado. La
llevaba del brazo, se sujetaba a ella y tambaleante trataba de
marcarle el paso. Eso siguió así hasta que llegamos y no cesó
tampoco cuando nos sentamos.
Situados ahí, ante la última
copa, Elisa tomó asiento frente a mí y aunque dijo sólo lo
necesario, no dejó ni un solo momento de demostrarle a él que
estaba acertando en la jugada.
A esas alturas, el juego
realmente estaba por terminar y el azar había querido que yo
pudiese presenciarlo. Hacía más de una hora que había
amanecido, justamente cuando estábamos saliendo del otro lugar
y, sin embargo, la noche aún seguía pegada a nuestros cuerpos.
Todavía hacía calor pero ahí la
humedad, que llenaba el aire, había empezado a cuajarse y se
estaba convirtiendo en hielo: Frente a mí, detrás de la mesa,
las manos de él seguían recorriéndola y sus ojos continuaban
devorándola entre una etílica niebla y el lascivo centellear
de sus pupilas. Su boca, a su vez, irrumpía constantemente en
su rostro; sus labios refregaban sus mejillas y sus dientes se
clavaban una y otra vez en su cuello. A ratos, él le decía
cosas al oído y entonces parecía estar ofreciéndole el cielo
en un raudal de saliva.
Entre tanto, Elisa ya no se
movía. Ella había dejado de hacerlo y estaba más pétrea que
hacía unas horas. Su cuerpo encorvado, sujeto a la silla por
los brazos, no parecía palpitar, fluir ni respirar. Las líneas
de su cara se habían endurecido y sus ojos, llenos de sombras,
habían dejado de parpadear, revelando algo que yo interpreté
como infinita soledad. Ahora, sólo se movían sus labios los
cuales habían vuelto a dedicarse una vez más a la monótona
actividad de antes.
Era aún de noche en nuestros
cuerpos y ya de día afuera, el lugar era otro pero nosotros
–al fin y al cabo– seguíamos siendo los mismos. Elisa y yo
seguíamos allí, sentadas la una frente a la otra, sin decir
palabra y sin soltar las copas.
Sentadas ahí, en un instante que
no pude captar, fue que ella me miró por primera vez fijamente
a los ojos y empezó una tácita pregunta que no terminó de
formular. Allí, sentada frente a ella, quise contestarle pero
no pude. Las horas de silencio y expectación me habían cerrado
la garganta. Quise hacer algo pero no supe qué. Quise hacer
algo por ella, pero tampoco supe qué y como no lo supe pensé
en hacer algo para ella, algo sólo para Elisa.
La miré fijamente a los ojos y
formulé una respuesta también tácita que culminó
demostrativamente con una mirada explícita hacia la puerta.
Luego me puse de pie, cogí mis cosas, le dediqué una sonrisa
insistente –mi segunda sonrisa de la noche– y esperé unos
segundos.
Elisa, pétrea y triste, con los
ojos en tinieblas, me esquivó primero la mirada y luego
desvaneció la propia en la nada. De sus labios –infantilmente
maduros– sólo alcancé a oír una negación rotunda que se quedó
grabada, como Elisa, en mi recuerdo.