El último peldaño quedaba a
algo más de un metro del suelo. Armstrong juntó los pies y
se dejó caer. Pisó la polvorienta superficie, subió el peldaño
y volvió a bajar. Repitió la operación dos veces,
consciente de que la atracción de la gravedad era mucho
menor que en la Tierra. Quería familiarizarse con la
escalerilla, por si tenían que efectuar una retirada de
emergencia.
De pronto recordó que permanecía en comunicación con la
base de Houston, y temió haber olvidado la frase adecuada.
¿Cómo era?
-Un salto gigantesco para el hombre, pero un paso pequeño
para la humanidad- dijo, con súbita resolución.
En Houston se llevaron las manos a la cabeza. Bien fuese por
la emoción del momento o porque era ante todo un hombre de
acción, el comandante Armstrong lo había dicho exactamente
al revés. Tenían que haber elegido una frase más simple.
Por suerte, habían dispuesto un breve intervalo entre el
acontecimiento real y su emisión. Se pusieron a trabajar, y a
los pocos minutos los ilusos telespectadores de todo el
mundo, que creían estar presenciando el alunizaje en directo,
pudieron escuchar la frase correcta:
-Un paso pequeño para el hombre, pero un salto gigantesco
para la humanidad.
Antes de que su compañero Aldrin descendiera, Armstrong se
dispuso a saborear aquella situación única. Observó la
aridez del llamado Mar de la Tranquilidad, y la negrura de la
sombra que su propio cuerpo proyectaba. Contempló la Tierra,
una gran manzana azul flotando en el espacio, y pensó en su
mujer y en sus dos hijos, de quienes nunca se había alejado
tanto. Saltó sobre los dos pies y luego sobre uno, satisfecho
de su ligereza. Y comprobó un hecho curiosísimo: que a
diferencia de lo que ocurre en las playas, donde si uno
golpea la arena con el pie hay granos que se dispersan más
que otros, en la Luna las partículas de polvo se depositan
todas a la misma distancia, formando un círculo perfecto.
Hizo una foto de Aldrin bajando por la escalerilla, y
durante las dos horas siguientes llevaron a cabo las
actividades previstas, que comprendían la recogida de
muestras lunares, una serie de experimentos sísmicos, el
despliegue de un retrorreflector de rayos láser y una
conversación telefónica con el presidente Nixon.
Ya se dirigían de regreso al módulo cuando Armstrong envió
a la Tierra un saludo enigmático:
-¡Buena suerte, señor Gorski!
En Houston se miraron con extrañeza pero no intervinieron,
convencidos de que el destinatario era algún cosmonauta soviético.
Días antes, Pravda había llamado a Armstrong
"zar del Apolo XI". Eran guiños característicos de
la guerra fría.
Una vez en el módulo, Armstrong y Alvin recogieron los receptáculos
de orina y una bolsa con
envases de comida vacíos y restos de manzanas, y los
arrojaron al exterior. El sismógrafo que habían instalado
previamente informó a Houston del momento exacto en que cada
residuo cayó en la superficie lunar.
Horas después, el módulo inició la maniobra que debía
llevarlos hasta la nave.
De regreso en la Tierra, los astronautas fueron expuestos a la
curiosidad de los medios de comunicación. A Armstrong le
preguntaron por la identidad del señor Gorski, quien, según
habían comprobado, no figuraba en los programas espaciales
rusos, ni tampoco en los norteamericanos.
-Aún no puedo hablarles de eso- respondió, con una amplia
sonrisa.
Esa pregunta le fue planteada con frecuencia durante los años
siguientes. Pero Armstrong siempre contestaba lo mismo:
-Es demasiado pronto para comentarlo.
En 1999, con motivo del trigésimo aniversario del primer
viaje tripulado a la Luna, un reportero volvió a desenterrar
el tema. Esta vez, la respuesta de Armstrong fue distinta.
El señor Gorski y su esposa habían muerto, y ya nada le
impedía contar la verdad.
De pequeño, Armstrong había estado sometido a una absurda
moda dietética, felizmente extinta, en la que sus padres creían
a pies juntillas y que sostenía que la fruta era mala para
los niños. En virtud de esa moda, no comía fruta, prácticamente
no tomaba azúcar y consumía carbohidratos en exceso.
Sin embargo, su única enfermedad fue un ataque de sarampión,
que padeció a los diez años.
Quizá le salvó el hábito de hurtar manzanas silvestres de
un árbol corpulento que crecía en el jardín de unos
vecinos, los Gorski.
Cada noche, el joven Armstrong apoyaba una escalera de
jardinero en el manzano y se llenaba los bolsillos de fruta
prohibida. Algunas ramas llegaban hasta la ventana del
dormitorio de los Gorski, que solía estar a oscuras.
Armstrong trepaba por ellas y a veces escuchaba los gemidos
de placer, el chasquido de los resortes de la cama y, si
aguzaba el oído, el rítmico tintineo de un cuchillo para
fruta depositado en un plato, junto al lecho.
Debía de tener once o doce años cuando, cierta noche
particularmente luminosa, alcanzó a ver una pierna desnuda
alzándose en el aire y una camisa sobre el respaldo de una
silla. Pero lo que le impresionó de veras, hasta tal punto
que perdió pie y acabó cayendo, entre un crujir de ramas y
una lluvia de manzanas, fueron las palabras de la señora
Gorski, que le gritaba con voz airada a su marido:
-¿Sexo oral? ¿Tú quieres sexo oral? ¡Tú tendrás sexo
oral cuando el hijo de los vecinos llegue a la Luna!
Uno imagina el asombro del niño, su posterior carrera como
astronauta y la extrañeza y también la salvaje alegría del
señor Gorski al escuchar el comentario de Armstrong por la
televisión. Cabe, incluso, que aquella frase oída al azar
hubiera determinado el porvenir de Armstrong. Y cabe también
preguntarse si, ante la formidable magnitud de la trama
conjurada por el destino, la señora Gorski llegó a cumplir
su promesa.