<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. Las manzanas de Armstrong.
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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

LAS MANZANAS DE ARMSTRONG

Vicente Muñoz Puelles

Vicente Muñoz Puelles, español

 

    El último peldaño quedaba a algo más de un metro del suelo. Armstrong juntó los pies y se dejó caer. Pisó la polvorienta superficie, subió el pel­daño y volvió a bajar. Repitió la operación dos veces, consciente de que la atracción de la grave­dad era mucho menor que en la Tierra. Quería familiarizarse con la escalerilla, por si tenían que efectuar una retirada de emergencia.

    De pronto recordó que permanecía en comuni­cación con la base de Houston, y temió haber olvi­dado la frase adecuada. ¿Cómo era?

    -Un salto gigantesco para el hombre, pero un paso pequeño para la humanidad- dijo, con súbi­ta resolución.

    En Houston se llevaron las manos a la cabeza. Bien fuese por la emoción del momento o porque era ante todo un hombre de acción, el comandan­te Armstrong lo había dicho exactamente al revés. Tenían que haber elegido una frase más simple.

    Por suerte, habían dispuesto un breve interva­lo entre el acontecimiento real y su emisión. Se pusieron a trabajar, y a los pocos minutos los ilu­sos telespectadores de todo el mundo, que creían estar presenciando el alunizaje en directo, pudie­ron escuchar la frase correcta:

    -Un paso pequeño para el hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad.

    Antes de que su compañero Aldrin descendie­ra, Armstrong se dispuso a saborear aquella situa­ción única. Observó la aridez del llamado Mar de la Tranquilidad, y la negrura de la sombra que su propio cuerpo proyectaba. Contempló la Tierra, una gran manzana azul flotando en el espacio, y pensó en su mujer y en sus dos hijos, de quienes nunca se había alejado tanto. Saltó sobre los dos pies y luego sobre uno, satisfecho de su ligereza. Y comprobó un hecho curiosísimo: que a diferen­cia de lo que ocurre en las playas, donde si uno golpea la arena con el pie hay granos que se dis­persan más que otros, en la Luna las partículas de polvo se depositan todas a la misma distancia, formando un círculo perfecto.

    Hizo una foto de Aldrin bajando por la escale­rilla, y durante las dos horas siguientes llevaron a cabo las actividades previstas, que comprendían la recogida de muestras lunares, una serie de experimentos sísmicos, el despliegue de un retro­rreflector de rayos láser y una conversación telefónica con el presidente Nixon.

    Ya se dirigían de regreso al módulo cuando Armstrong envió a la Tierra un saludo enigmático:

    -¡Buena suerte, señor Gorski!

    En Houston se miraron con extrañeza pero no intervinieron, convencidos de que el destinatario era algún cosmonauta soviético. Días antes, Pravda había llamado a Armstrong "zar del Apolo XI". Eran guiños característicos de la guerra fría.

    Una vez en el módulo, Armstrong y Alvin recogieron los receptáculos de orina y una bolsa con

    envases de comida vacíos y restos de manzanas, y los arrojaron al exterior. El sismógrafo que habían instalado previamente informó a Houston del momento exacto en que cada residuo cayó en la superficie lunar.

    Horas después, el módulo inició la maniobra que debía llevarlos hasta la nave.

    De regreso en la Tierra, los astronautas fueron expuestos a la curiosidad de los medios de comunicación. A Armstrong le preguntaron por la identidad del señor Gorski, quien, según habían com­probado, no figuraba en los programas espaciales rusos, ni tampoco en los norteamericanos.

    -Aún no puedo hablarles de eso- respondió, con una amplia sonrisa.

    Esa pregunta le fue planteada con frecuencia durante los años siguientes. Pero Armstrong siempre contestaba lo mismo:

    -Es demasiado pronto para comentarlo.

    En 1999, con motivo del trigésimo aniversario del primer viaje tripulado a la Luna, un reportero volvió a desenterrar el tema. Esta vez, la respues­ta de Armstrong fue distinta. El señor Gorski y su esposa habían muerto, y ya nada le impedía con­tar la verdad.

    De pequeño, Armstrong había estado sometido a una absurda moda dietética, felizmente extinta, en la que sus padres creían a pies juntillas y que sostenía que la fruta era mala para los niños. En virtud de esa moda, no comía fruta, prácticamen­te no tomaba azúcar y consumía carbohidratos en exceso.

    Sin embargo, su única enfermedad fue un ata­que de sarampión, que padeció a los diez años.

    Quizá le salvó el hábito de hurtar manzanas silvestres de un árbol corpulento que crecía en el jardín de unos vecinos, los Gorski.

    Cada noche, el joven Armstrong apoyaba una escalera de jardinero en el manzano y se llenaba los bolsillos de fruta prohibida. Algunas ramas lle­gaban hasta la ventana del dormitorio de los Gorski, que solía estar a oscuras. Armstrong tre­paba por ellas y a veces escuchaba los gemidos de placer, el chasquido de los resortes de la cama y, si aguzaba el oído, el rítmico tintineo de un cuchillo para fruta depositado en un plato, junto al lecho.

    Debía de tener once o doce años cuando, cierta noche particularmente luminosa, alcanzó a ver una pierna desnuda alzándose en el aire y una camisa sobre el respaldo de una silla. Pero lo que le impresionó de veras, hasta tal punto que perdió pie y acabó cayendo, entre un crujir de ramas y una lluvia de manzanas, fueron las palabras de la señora Gorski, que le gritaba con voz airada a su marido:

    -¿Sexo oral? ¿Tú quieres sexo oral? ¡Tú tendrás sexo oral cuando el hijo de los vecinos llegue a la Luna!

    Uno imagina el asombro del niño, su posterior carrera como astronauta y la extrañeza y también la salvaje alegría del señor Gorski al escuchar el comentario de Armstrong por la televisión. Cabe, incluso, que aquella frase oída al azar hubiera determinado el porvenir de Armstrong. Y cabe también preguntarse si, ante la formidable mag­nitud de la trama conjurada por el destino, la señora Gorski llegó a cumplir su promesa.

 

De Manzanas. Tratado de pomofilia (2002)

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© Manuel Talens 2002