Cuando cumplió cincuenta y cinco años, el profesor Fombona
había consagrado cuarenta al resignado estudio de las más
diversas literaturas, y los mejores círculos intelectuales
lo consideraban autoridad de primer orden en una dilatada
variedad de autores. Sus traducciones, monografías, prólogos
y conferencias, sin ser lo que se llama geniales (por lo menos
eso dicen hasta sus enemigos) podrían constituir en caso dado
una preciosa memoria de cuanto valor se ha escrito en el
mundo, máxime si ese caso fuera, digamos, la destrucción de
todas las bibliotecas existentes.
Su gloria como maestro de la juventud no era menor. El selecto
grupo de ávidos discípulos que comandaba, y con el que
compartía una que otra hora por las tardes, veía en él un
humanista de inagotable erudición y seguía sus indicaciones
con fanatismo incondicional, del que el propio Fombona era el
primero en asustarse: más de una vez había sentido el peso
de esos destinos gravitando sobre su conciencia.
El último, Feijoo, apareció tímidamente. Un día. Con
cualquier pretexto, se atrevió a reunírseles en el café *.
Aceptado en principio por Fombona, más tarde se incorporó
al grupo como todo buen neófito: con cierto temor inocultable
y sin participar mucho en las discusiones. Sin embargo,
pasados algunos días y vencida en parte la timidez inicial,
se decidió al fin a mostrarles algunos versos Le gustaba
leerlos él mismo, acentuando con entonación molestamente
escolar las partes que creía de mayor efecto. Después
doblaba sus papelitos con serenidad nerviosa, los metía en su
cartapacio y jamás volvía a hablar de ellos. Ante cualquier
opinión, favorable o negativa, desarrollaba un silencio
oprimido, molesto. Inútil consignar que a Fombona esos
trabajos no le parecían buenos, pero adivinaba en el autor
cierta fuerza poética oculta pugnando por salir.
La inseguridad de Feijoo no podía escapar a la felina
percepción de Fombona. Muchas veces lo pensó con detenimiento
y estuvo a punto de decirle unas palabras de elogio (era obvio
que Feijoo las necesitaba); pero una resistencia extraña que
no llegó nunca a comprender, o que trataba por todos los
medios de ocultarse, le impedía pronunciar esas palabras. Por
el contrario, si algo se le ocurría era más bien una broma,
cualquier agudeza sobre los versos, que provocaba
invariablemente la risa de todos. Decía que eso «descargaba
la atmósfera» haciendo menos sensible su presencia de
maestro; pero un acre remordimiento se apoderaba siempre de él
inmediatamente después de aquellas salidas. La parquedad en
el elogio era la virtud que cultivaba con más esmero. Sin
duda porque él mismo, a la edad de Feijoo, se avergonzaba
de escribir versos, y un rubor invencible -tanto mas difícil
de evitar cuanto más combatido le subía al rostro si alguien
encomiaba sus vacilantes composiciones. Aún ahora, cuando
cuarenta años de tenaz ejercicio literario -traducciones,
monografías, prólogos y conferencias- le deparaban una
seguridad antes desconocida, rehuía todo género de
alabanzas, y los elogios de sus admiradores eran para él más
bien una constante amenaza, algo que en secreto imploraba,
pero que rechazaba siempre con un gesto huraño, o superior.
Con el tiempo los poemas de Feijoo empezaron a ser
perceptiblemente mejores. Claro, ni Fombona ni su grupo se
lo decían, pero en ausencia de Feijoo comentaban la
posibilidad de que terminara por convertirse en un gran poeta.
Sus progresos fueron finalmente tan notorios que el mismo
Fombona se entusiasmó, y una tarde, como sin darse cuenta, le
dijo que a pesar de todo sus versos encerraban no poca
belleza. El rubor de Feijoo ante lo insólito de ese
inesperado incienso fue más visible y penoso que nunca.
Evidentemente sufría por la exigencia futura que esas
palabras implicaban: mientras Fombona guardó silencio no tenía
nada que perder; ahora su obligación era superarse a cada
nuevo intento para conservar el derecho a aquella generosa
frase de aliento.
Desde entonces le fue cada vez más difícil mostrar sus
trabajos. Por otra parte, a partir de ese momento el
entusiasmo de Fombona se transformó en una discreta indiferencia
que Feijoo no tuvo la capacidad de comprender. Un sentimiento
de impotencia lo asaltó ya no sólo ante los demás, sino
hasta a solas consigo mismo. Aquella alabanza de Fombona
equivalía un poco a la gloria, y el riesgo de una censura fue
algo que Feijoo no se sintió ya con fuerzas para afrontar.
Pertenecía a esa clase de personas a quienes los elogios
hacen daño.
En Daysie's el café no es muy bueno y últimamente lo
contamina la televisión. Saltemos sobre la ingrata descripción
de ese ambiente banal y no nos detengamos, pues no viene al
caso, ni siquiera a ver los rostros llenos de vida de las
adolescentes que pueblan las mesas, ni mucho menos a oír
las conversaciones de los graves empleados de banco que en las
tardes, a la hora del crepúsculo, gustan dialogar, llenos de
la suave melancolía propia de su profesión, acerca de sus
números y de las mujeres sutilmente perfumadas con que sueñan.
Iturbe, Ríos y Montúfar charlaban sobre sus respectivas
especialidades: Montúfar, Quintiliano; Ríos, Lope de Vega;
Iturbe, Rodó. Al calor de un café que la charla había
dejado enfriar, Fombona, como un director de orquesta, señalaba
a cada uno la nota apropiada, y extraía una y otra vez de su
insondable saco gris (cruelmente injuriado por superpuestas
manchas de origen poco misterioso) tarjetas con nuevos
datos, por las cuales la posteridad estaría en aptitud de
saber que hubo una coma que Rodó no puso, un verso que Lope
encontró prácticamente en la calle, un giro que indignaba
a Quintiliano. Brillaba en todos los ojos la alegría que esos
aportes eruditos despiertan siempre en las personas de corazón
sensible. Cartas de primordiales especialistas, envíos de
amigos lejanos y hasta contribuciones de procedencia anónima,
iban a acrecentar semana a semana el conocimiento exhaustivo
de esos grandes hombres distantes en el tiempo y en la geografía.
Esta variante, aquella simple errata descubierta en los
textos, acrecentaban en el grupo la fe en la importancia de
su trabajo, en la cultura, en el destino de la humanidad.
Feijoo, según su costumbre, llegó en silencio y se colocó
de inmediato al margen de la conversación. Aparte de conocer
bien a Lope de Vega (aunque conocer «bien» a Lope de Vega
era algo que Fombona no creía posible), es improbable que
supiera distinguir con claridad la diferencia precisa entre
Quintiliano y Rodó. Resultaba fácil ver que se sentía
molesto y como disminuido.
Fombona consideró propicio el momento. Como solía en esos
casos, produjo un cargado silencio que se prolongó por
varios minutos. Después, sonriendo un poco, dijo:
-Dígame, Feijoo, ¿recuerda aquella cita de Shakespeare que
trae Unamuno en el capítulo III de Del sentimiento trágico
de la vida?
No; Feijoo no la recordaba.
-Búsquela; es interesante, puede servirle.
Tal como lo esperaba, al día siguiente Feijoo habló de
aquella cita y de su torpe memoria.
Unamuno dejó de ser tema de conversación por algunos días.
Y Quintiliano, Lope y Rodó tuvieron tiempo de crecer
considerablemente.
Cuando ya Unamuno estaba olvidado por completo:
-Feijoo -dijo otra vez sonriendo Fombona-, usted que conoce
tan bien a Unamuno, ¿recuerda cuál fue su primer libro
traducido al francés?
Feijoo no lo recordaba muy bien.
El sábado y el domingo siguiente no se vieron. Pero el lunes
Feijoo proporcionó ese dato, y la fecha, y el pie de
imprenta.
Desde ese día inolvidable las conversaciones adquirieron un
nuevo huésped efectivo: Feijoo. Ahora charlaban mucho mejor,
y cierto atardecer desapacible, en que la lluvia imprimía una
vaga tristeza en los rostros de todos, Feijoo pronunció por
primera vez, clara y distintamente, el nombre sagrado de
Quintiliano. Feijoo, antigua pieza suelta en aquel armonioso
sistema, había encontrado por fin su lugar preciso en el
engranaje. Desde entonces los unió algo que antes no compartían:
el afán de saber, de saber con precisión.
Fombona volvió a gozar el deleite de sentirse maestro, y un día
y otro imprimió un nuevo signo en aquella dócil materia.
¡La indecisión de Feijoo encajaba tan fácilmente en la
indecisión de Unamuno! El tema no fue escogido al azar. El
campo era infinito. Unamuno filósofo, Unamuno novelista,
Unamuno poeta, Kierkegaard y Unamuno, Unamuno y Heidegger y
Sartre. Un autor digno de que alguien le consagrara la vida
entera, y él, Fombona, encauzando esa vida, haciéndola una
prolongación de la suya. Imaginaba a Feijoo en un mar de papeles
y notas y pruebas de imprenta, libre de sus temores, de su
horror a la creación. ¡Qué seguridad adquiriría! Cómo
en adelante aquel querido muchacho temeroso podría
enfrentarse a quien fuera, y hablar de todo a través de
Unamuno. Y se vio a sí mismo, cuarenta años atrás,
sufriendo avergonzado y solo por el verso que se negaba a
salir, y que si salía era únicamente para producirle aquel
rubor como fuego que nunca pudo explicarse. Pero de nuevo
volvió la vieja duda a atormentarlo. Se preguntó otra vez
si sus traducciones, monografías, prólogos y conferencias
-que constituirían, en caso dado, una preciosa memoria de
cuanto de valor se había escrito en el mundo- bastarían a
compensarlo de la primavera que sólo vio a través de otros
y del verso que no se atrevió nunca a decir. La
responsabilidad de un nuevo destino oprimía sus hombros. Y
un como remordimiento, el viejo remordimiento de siempre,
vino a intranquilizar sus noches: Feijoo, Feijoo, muchacho
querido, escápate, escápate de mí, de Unamuno; quiero
ayudarte a escapar.
Cuando Marcel Bataillon nos visitó hace unos meses, Fombona
les propuso organizar una reunión para agasajarlo y hablar de
sus libros.
En la pequeña fiesta Bataillon se interesó vivamente por los
nuevos poetas, por la investigación literaria, por la
pintura, por todo. Como a las diez y media Fombona tomó a
Feijoo por el brazo (creyó percibir una ligera resistencia
que fue vencida más por la autoridad de su mirada sonriente
que por la fuerza), se acercó al distinguido visitante y
pronunció despacio, con calma:
-Maestro, quiero presentarle a Feijoo. Es especialista en
Unamuno; prepara la edición crítica de sus Obras
completas.
Feijoo le estrechó la mano y dijo dos o tres palabras que
casi no se oyeron, pero que significaban que sí, que mucho
gusto, mientras Fombona saludaba de lejos a alguien, o buscaba
un cerillo, o algo.
*
El Daisie's, en la calle de Versalles, cerca de Reforma.