El Dr. Karl Heinz von Nirgendwo
hubiera logrado una exitosa carrera como filólogo hispanista a
no ser por dos desafortunados sucesos ocurridos en su vida. El
primero: haber tropezado una tarde fría de invierno en los
oscuros pasillos de la Universidad de Fleckenburgo con Juanito
Corpancho. Juanito, uno de esos peruanos empedernidos que
llevaba el problema de la identidad reflejado hasta en el
color de las medias que usaba, no sólo se había empeñado en
doctorarse en el dificilísimo tema de la literatura oral
indígena peruana, sino que se le había metido en la cabeza que
el único capaz de asumir la tutoría de tan tronado proyecto,
era el minucioso y siempre bien intencionado Dr. von Nirgendwo.
Éste, dicho sea de paso, de indios, no conocía más allá de
Winnetou y una que otra escena de La Araucana. Pero
ello, al parecer, no preocupó mucho a Corpancho.
–Doctor –lo interceptó
abruptamente aquella tarde memorable–. Necesito hablarle.
–¡Pues, hable, hombre!
Más le habría valido no abrir la
boca a von Nirgendwo. Juanito Corpancho lo engatusó de
razones; le confesó su proyecto, al parecer, con tanto
entusiasmo que el pobre profesor sólo atinó a rascarse la
cabeza (gesto al que solía recurrir en sus momentos más
inseguros). Después, tuvo lugar el siguiente diálogo:
–Pues, verá, mi querido Sr. ...
–Corpancho, doctor.
–Sr. Korkplancho, existe un
pequeño problema...
–¿Cuál, doctor?
–¡Que yo de literatura indígena
no sé nada!
–Tanto mejor, doctor; yo tampoco.
–Y ¿Por qué no se busca otro tema
entonces?
–Míreme, doctor, ¿le parece que
con esta cara puedo dedicarme a von Tepl o a los Nibelungos?
¿Quién entiende las razones
dolosas de la sinrazón? Algo debió haber despertado en von
Nirgendwo aquella corta y graciosa charla, pues, desde aquel
día, se le extrañó en los amplios salones de la biblioteca de
románicas. En cambio se le vio a diario en los estrechos
corredores de la biblioteca del Instituto de Historia
Iberoamericana de la universidad, entregándose, en cuerpo y
alma, a escudriñar los pininos de la literatura indígena y a
estar –pues es harto sabido que la eficacia es una de las
obsesiones alemanas–, apto para el asesoramiento requerido por
el mesiánico estudiante. Al parecer pronto lo cautivaron los
harawis, los cantares históricos de los Incas. Juanito
Corpancho, ni corto ni perezoso, una vez detectado el
exquisito gusto de su tutor, se propuso doctorarse en dichos
cantares –¡que en otros cantares jamás se hubiera doctorado!–
y elaboró un proyecto de tesis que se hizo famoso en la
universidad toda, no tanto por sus virtudes académicas –que
alguna debió tener–, como por la inusitada transformación del
apacible y tímido en el apasionado y emprendedor Dr. von
Nirgendwo. Éste cambió de un día para el otro a Cervantes por
Titu Cusi Yupanqui, y a Amadís y al Arcipreste por Juan de
Betanzos y Sarmiento de Gamboa, adentrándose con inusitada
pasión en los intrincados senderos de la historia incaica.
Hasta allí, poco habría sido el
descalabro en la vida de nuestro ingenioso catedrático, pero,
por desgracia, a Corpancho se le ocurrió volarse los sesos una
hermosa tarde primaveral, dejando un inconcluso y prometedor
trabajo, así como un von Nirgedwo en volandas. No renunció,
sin embargo, el teutón a su nueva pasión indiana y continuó
sus escudriños históricos, esperando que el cielo le
proporcionara otro peruano, aunque sea uno de esos que andan
perdidos por el mundo, pensando en las propiedades
escatológicas de las moscas azules.
El segundo infeliz suceso que el
destino deparó a Karl Heinz von Nirgendwo fue el conocerme. Yo
había anclado en la universidad de Fleckenburgo buscando un
refugio que me eximiera de los tormentos legislativos o
arquitectónicos que me reservaba mi padre en caso de volver a
Lima. La musicología fue ese refugio. Mi rutina de estudiante
era escueta: un par de acordes por la mañana y por la tarde
hartos cafecitos para entregarme a la tertulia con quien se
ofrezca. El Dr. von Nirgendwo, por su parte, acostumbraba
recorrer diariamente los pasillos de la facultad en busca de
un nuevo Corpancho, así que nuestro encuentro era inevitable.
Una tarde estando en la cafetería me sentí acosado. Viré con
violencia y me topé con un anciano melenudo que me contemplaba
extasiado. Era el Dr. von Nirgendwo, por supuesto:
–¿El señor es por casualidad
peruano? –me interrogó, jugueteando con sus diminutas manos.
–¿Por casualidad, dice usted? Por
fatalidad –le contesté.
–¡Alabado sea Dios! –exclamó el
doctor, abrazándome efusivamente.
–Lavado tengo el saco que me está
arrugando caballero, ¿Con quién tengo el gusto?
–Herr Prof. Dr. Karl Heinz von
Nirgendwo –me contestó solemne–. Y usted habrá de retomar la
tesis que dejó sin concluir el finado Juanito Corpancho: Los
cantares históricos de los incas. Yo lo asesoraré. Debo
advertirle empero que trabajo el tema desde hace más de una
década –me informó tomándome del brazo, avanzando unos pasitos
conmigo entre las miradas de algunos alumnos–. Material no nos
faltará en absoluto. Venga mañana a mi despacho y le
adelantaré las últimas que me han confiado los dioses
tutelares. Apunte: Oficina 327, ¿Sr. ...?
–Rivero –respondí
automáticamente.
–Muy bien Sr. Rifero, lo espero
mañana. A las 11.
Se dio media vuelta y se alejó a
paso militar. Yo me quedé con las palabras en la boca. Hasta
ese entonces no había oído nunca nada de la existencia del
pobre Juanito Corpancho ni de las locuras de su frustrado
tutor, pero esa misma tarde empecé a preguntar entre los
latinos, y en menos de lo que canta un preso, me enteré de la
historia del catedrático con tantos pormenores que si
escribiera aquí todos los disparates que me refirieron, me
alcanzaría para escribir la tercera parte del Quijote. Salta a
la vista el paralelo, es cierto. Al Quijote lo perdieron los
libros de caballerías, a von Nirgendwo, los de historia.
Quizás no resulten tan evidentes las diferencias. Mientras Don
Quijote perseguía una nueva realidad –digamos, histórica– en
base a la ficción, el profesor germano había logrado construir
en base a una realidad histórica una ficción descabellada. Sus
teorías eran excéntricas, desaforadas, ridículas, amén todos
los docentes del departamento de historia; sus maneras
inadecuadas, denigrantes para alguien de su investidura ¡Y eso
que me ahorro calificativos por no caer en prolijidad! En
resumen, todos lo desacreditaban y lo evitaban por
consecuencia. Y yo, muy contento, andando de compadrito con
él. ¿Si no era para morirse? ¿Por qué me había dejado
apabullar por ese viejo loco? Yo ya tenía suficientes
problemas como para estar metiéndome en otros. ¡Tesis! Yo no
había terminado aún los estudios generales, y ni siquiera
estaba seguro de terminarlos ¿qué diablos tenía que andar
preocupándome por la tesis? Se lo comenté a Mimi esa misma
noche en su habitación. Mimi era mi chica, una bávara muy
simpática, pero que a veces tenía unas ideas que realmente no
sé... Ella fue de la idea de que debía apaciguar a von
Nirgendwo en sus arrebatos incásicos, pero sin perder el
contacto con él sino más bien tratando de ganarme sus
simpatías para meterme de a poquitos en la argolla
universitaria.
–¿Qué sentido tiene eso, Mimi?
–la interrumpí mientras planeaba mi brillante futuro
académico–. Yo no hago historia; yo estudio musicología.
–¿No te das cuenta, Chachi? –me
contestó Mimi requetealegre–. Si von Nirgendwo te asesora la
tesis tienes el doctorado más que asegurado.
–¿Estás loca? ¡Yo no voy a
doctorarme en música de cholos! –repuse previendo uno de sus
arranques de cólera–. ¿No entiendes, Mimi? ¡Mi papá me
mataría! Si al menos fuese Alomía Robles, pero indios!...
–Ahhh, ¿no?... ¡Entonces lárgate
con tu padre y búscate otra chica! –me gritó enseguida,
echándome de su cuarto a empujones.
Me largué, claro. En mi cuarto
pensé el asunto mil veces. Después de serias consideraciones,
decidí que lo más importante era mi libertad y que yo no iba a
dejar que nadie viniera a imponerme cosas por más doctorados
que se me prometiesen. Ni loco, me dije. Yo había ido a Europa
a incrementar mi formación y no para tirarla por la borda
ocupándome de exotismos indianos. Ya veía la cara de mis
amigos en el Garibaldi cuando se enteraran. No, no pude
soportar la idea. Decidí no ir a la cita aunque ello
significara perder a Mimi para siempre. Me tiré a dormir
luego. Y dormí como una piedra. Lo juro.
Al día siguiente, a las 11. a.m.,
puntual, von Nirgendwo me recibió con gran entusiasmo.
Mientras preparaba el café se refirió constantemente a una
ruma de libros y fotocopias –el material– que nos esperaba
ansioso sobre el suelo, al lado de su escritorio. Yo, como
siempre que me encuentro en situaciones difíciles, no sabía
qué decir.
–Dígame, doctor. Su proyecto es
filológico, ¿verdad? –me animé a preguntar de pronto.
–Hmm, podría decirse que sí
–reconoció algo indeciso.
–¡Qué pena, doctor! –le dije,
poniéndome de pie mientras recogía mis pertenencias–. Porque
yo soy estudiante de musicología. Tendrá que conseguirse otro.
–Caballero, por favor; no quiera
contradecir los designios de los dioses tutelares.
–¿Los dioses qué, profesor?
–Tutelares, tutelares Sr. ... ¿Riviera?
Me refiero a los wamanis, a los aukis y a los mallquis...
–La verdad, doctor, no sé si
hablemos de los mismos. Yo sólo conozco al Alberto Wamaní, el
que toca la zampoña. Los otros, de seguro, son nuevos...
–Al parecer usted no entiende la
importancia del asunto, mi estimado... No se trata sólo de una
tesis Sr. ...
–Rivero, profesor, Ri-ve-ro...
–Se trata de algo mucho mayor, se
trata de desentrañar un gran misterio, el cual, si los dioses
nos son favorables, podremos resolver con su ayuda...
–¿Tiene que ser necesariamente
con mi ayuda, doctor? ¿No puede ser con la ayuda de otro
peruano?
–Mi instinto no me falla, Ripero.
Y él me dice que usted es un enviado de los dioses
tutelares...
–Para ser sincero, doctor, a mí
la que me mandó fue la Mimi; si no fuera por ella le juro que
no venía...
Fue de más, von Nirgendwo ya no
me escuchaba y se desataba dándome explicaciones, iniciándome
en sus excéntricas teorías. Yo traté de escapar sigilosamente
mientras él se ensimismaba en su discurso, pero al mirar de
reojo por la ventana, me di con que afuera llovía a cántaros.
Para variar, yo había olvidado el paraguas en casa, así que
resolví quedarme sin otra que tragarme las peroratas del
anciano. Tomé asiento, derrotado, resignado...
Calificaré la locura de von
Nirgendwo como milenarista. Uno podía comentarle las subidas
de precio, los recortes a las pensiones de jubilados o las
guerras que asolaban al mundo y departir con él horas y horas
de amena charla sin atisbar el menor indicio de chifladura.
Sus razones siempre eran lúcidas, medidas. No pasaba lo mismo
cuando asomaban las sombras incaicas. Entonces, como el Dr.
Jekyll en Mr. Hyde, se transformaba en un ser intolerante,
fanático y autoritario. Contradecirlo resultaba altamente
peligroso. Uno podía ganarse desde insultos hasta bofetadas,
pasando por puntapiés y cuadernazos en la cabeza. ¡Si no lo
sabré yo! Uno optaba pronto por la hipocresía o la
condescendencia. Lo mejor era darle un poco de cuerda y no
intentar confundir la cochina realidad con el yelmo de
Mambrino. Me costó diecisiete días convencer a von Nirgendwo
de que la historia no era lo mío; sin embargo, fiel al
castigo, acepté visitarlo regularmente para intercambiar
puntos de vista sobre lo que él llamaba “mi historia”, como si
yo tuviera algo que ver con toda esa indiada que tanto le
interesaba. Elegimos los miércoles para nuestras citas. Yo
acostumbraba aparecerme con empanaditas argentinas, entonces
tomábamos café salvadoreño y nos hacíamos unas ensaladas
cerebrales increíbles con Pachacutecs, y Quisquises que salían
al ruedo a cada instante por parte del doctor. Yo que en esos
temas no podía decir “esta boca es mía”, recurría
irremediablemente a los calzoncillos de Mozart o los cuernos
de Chopin para meterlos donde, francamente, no cabían. Pero
bueno, el idioma hace milagros.
A Mimi le encantó lo de mis citas
con von Nirgendwo. A los latinos también, claro. Apenas
llegaron a sus oídos mis andanzas me adjudicaron el pedestal
que Juanito Corpancho había dejado vacante, y me redujeron a
un Sancho, pero sin panza. “Los perros ladran, Chachi...”, me
dije y opté por disfrutar mis encuentros con el harawiólogo.
Si en dicha trama quijotesca hube de identificarme con
alguien, juro que no fue con el escudero sino con el párroco.
¡Cuántas veces traté de hacerle notar su desquicio a von
Nirgendwo! Pero tratar de convencer a un alienado de su mal es
tan absurdo como discutirle a los testigos de Jehová cuándo
coño se acaba este mundo.
Como se sabe los incas no
tuvieron escritura. Los harawis eran, por decirlo de algún
modo, los libros de los incas. Éstos conocían sólo dos maneras
de trasmitir la historia: por vía oral o por vía mnemotécnica
a través de los quipus. Los Quipucamayoq eran los encargados
de registrar los cantares en los quipus. Poco amor a la verdad
mostraron los Quipucamayoq, quienes sólo incluyeron en sus
cantares lo que el soberano consintió y borraron olímpicamente
todo lo que a éste estorbaba. No quiero decir que nuestros
historiadores no hagan lo mismo de alguna manera –no, por
favor, a mí los libros todavía no me han enloquecido–, pero lo
que hacían los incas era, por decir lo menos, clamoroso. Para
muestra un botón: Wiraqocha tuvo que abandonar el Cuzco al
verse asediado por los chancas, una etnia guerrera que
habitada a las márgenes del río Apurímac. A pesar que su hijo
Pachacutec expulsó a los invasores y recuperó la ciudad,
Wiraqocha decidió honrar a otro hijo suyo, Inca Urco, con la
borla imperial. A Pachacutec se le revolvió el potaje, tomó el
Cuzco; confinó a su padre en un pueblito de las cercanías y
borró tanto del mapa como de los harawis el menor rastro de su
contrincante. Lo desapareció con una eficacia que despertaría
la envidia de las dictaduras modernas. “¿Urco? No sabemos de
la existencia de ningún Urco aquí, caballero”. “¿Qué dice?
¿Que hace días no aparece por casa? Quizás se haya ido con
otra, señora”. ¡Pobre Urco! Si años más tarde, cuando llegaron
esos raros peludos, algunos Harawiyoq de su linaje no hubieran
soltado la bocaza, no habría habido posteridad ni historia ni
nada para el inca destronado. Por alguna razón que escapaba a
mi escuálido entendimiento, von Nirgendwo pensaba que ello
escondía el secreto del ocaso andino, su obsesión histórica.
Como es sabido los españoles encontraron un pandemónium al
llegar al Tawantinsuyu, poco después de la muerte del inca
Huayna Capac. Según los cronistas Huayna Capac nombró a su
primogénito Huascar como su sucesor, pero el “bastardo”
Atahualpa puso el grito en el cielo y se arrojó a la conquista
del Cuzco y de la mascaypacha
[1].
Dicha interpretación, a no dudarlo, más cabía en las páginas
del Artús que en los revoltijos incaicos. Según Corpancho, que
era entendido en la materia, los incas no tenían más criterios
de sucesión que la porra y las lanzas. Bastaba que al inca le
agarrara una simple diarrea y empezaban las intrigas y los
desmanes y no terminaban hasta que uno de los candidatos
acababa de Inca y el otro de pellejo para tambores. Pero
dichos contubernios tampoco explicaban la caída según von
Nirgendwo. Éste no la adjudicaba a las guerras fratricidas
entre Huascar y Atahualpa, a la alta colaboración indígena o a
la superioridad bélica europea. No. Para él seguía abierto el
enigma. ¿Cómo había sido posible que un puñado de hombres
rindiera a sus pies a un imperio que abarcaba casi todo el
continente? ¿Cómo había sido posible que los feroces dioses
andinos lo permitieran? Allí había gato encerrado, era obvio.
Y Karl Heinz von Nirgendwo se sentía llamado a develar aquel
misterio.
La casualidad quiso que, años
después, los aborígenes australianos desentrañaran el
misterio. Digo casualidad porque el azar me llevó a una
ponencia sobre música aborigen australiana. Uno se preguntará
¿qué tienen que ver esos nómades con Huascar y Atahualpa?
Imposible exponerlo sin echar mano a su mitología. Los
aborígenes llaman Dreamtime al sueño y al tiempo mítico. Éste
último se trata de un tiempo remoto poblado de una gran
variedad de seres fantásticos. Dreaming son tanto las
secuencias míticas como la serie de cantos sagrados que narran
esas secuencias. Según los aborígenes esos cantos fueron
compuestos por los ancestros después del acto creador y
trasmitidos directamente a los hombres. Cada año, sin embargo,
se componen cantos nuevos. Para resolver la paradoja explican
que estos nuevos cantos son revelados a los compositores
durante el sueño, pues, éstos, al soñar, ingresan al
Dreamtime y recogen el nuevo repertorio. No habrá pasado
inadvertida al lector cierta similitud con los harawis. Menos
a mí. Se lo confesé a von Nirgendwo uno de nuestros miércoles
y contrario a lo que yo esperaba, no hizo ningún comentario.
¡Quién sabe por qué palacios andaría bartuleando mientras yo
me pulía en explicaciones!. Von Nirgendwo no me escuchaba
simplemente. Detuve mi relato algo enfadado sin que siquiera
se percatara de ello. Conjeturaba tal vez otra de sus
hipótesis o soñaba.
–Sabe, una cosa, Riveros –me dijo
de pronto con la sonrisa propia de un orate, de un asesino o
de un iluminado–; algún día se harán películas con la historia
incaica, ¿no cree?. La historia de sus antepasados está llena
de épica, de traiciones y de intrigas...
–No sé, doctor; si usted lo dice.
Yo, para que le voy a mentir, yo no sé ni de cine ni de
hípica...
–Tengo que confiarle algo muy
delicado. Se trata de nuestro colaborador el Sr. Corpancho.
Hace poco recibí una visita suya y me comunicó una cosa que
entonces no pude descifrar pero que ...
–¿Una visita suya, dice? Yo
pensaba que el señor Corpancho estaba...
–¿Muerto? Sí, sí, Justamente, mi
estimado Riveros, justamente por eso es que él puede
proporcionarnos información muy valiosa. ¿Se da cuenta? Los
muertos pueden atravesar el pasado a su antojo. Ese era
nuestro plan precisamente. A Corpancho nada le está vedado
ahora. Él puede recorrer el tiempo a su antojo sin temer nada
pues nada puede dañarlo, él puede penetrar en el pasado y ver
la historia porque la muerte suspende las divisiones
temporales, ¿me entiende? Todo es parte de un plan, mi
estimado amigo. Durante años nos valimos de los métodos
convencionales para investigar la historia, pero muy pronto
nos dimos cuenta que chocábamos con obstáculos insuperables. Y
Juanito estuvo dispuesto al sacrificio.
–Quiere decir doctor que
Corpancho,...usted..., quiero decir...
–No, no hombre, no hubo delito
alguno. Fue un suicidio auténtico. Sólo que nadie sospecha el
motivo verdadero. El amigo Corpancho ha sido fiel a nuestro
proyecto, no nos ha abandonado. Él cumple sus pesquisas y
luego me visita y me revela sus avances..
–¿Le revela?
–Claro, hombre, por medio de los
sueños ¿de qué otro medio podríamos disponer? El espiritismo
está lleno de charlatanes y yo no sirvo para médium, así que
nos valemos de la lira de Orfeo para comunicarnos. Pero como
lo onírico tiene una carga demasiado simbólica, uno tiene que
echar mano de la interpretación. Hace unos días recibí una
visita de Corpancho. Me dijo que pensara en Chillopampa, la
batalla que perdió Huascar a pesar de las predicciones de
algunos oráculos. Esa idea me ha seguido todo este tiempo
aunque no podía entender qué quería decirme nuestro hombre en
el más allá, pero ahora empiezo a ver las cosas claramente.
¿Qué cree usted que hizo Huascar al enterarse de la derrota de
Chillopampa?
–No sé; requintaría de su suerte,
supongo –contesté imaginándome a Corpancho con su trajecito
blanco, haciendo las de detective fantasma.
–¡No, hombre! ¡Destruyó las
huacas que le habían profetizado la victoria! ¿Se da cuenta de
lo que eso significa, Riveros? Yo tampoco no pude entenderlo
en un primer momento, pero ahora lo veo muy claro. Piense un
poquito, ¿qué haría usted si fuera un dios ultrajado por sus
criaturas?
–Tampoco lo sé –respondí
aguantando la risa, pensando que de ser dios no estaría allí
perdiendo mi tiempo.
–¿No los destruiría, Riveros? ¿No
desataría su furia contra ellos?
–¡Qué sé yo, doctor! Yo no soy
vengativo...
–¡Eso es mi querido Riveros!
¡Venganza! Esa es la palabra. ¡La venganza de los dioses! Los
dioses querían sangre...
–¡Ay, doctor, eso es lo último
que nos faltaba! ¡Ponernos a hacer un Krimi
[2]
en los Andes!
–Ése sería un excelente título
para una película, mi estimado. ¡Estupendo! Ahora le ruego que
se retire. Tengo que hacerme al trabajo...
En los días siguientes esperé su
llamada. Sabía que von Nirgendwo se traía algo entre manos. No
me equivoqué; al poco tiempo von Nirgendwo me comunicó que
preparaba una conferencia en la sala de actos de la
universidad. Se había preocupado de invitar a todas las
personalidades universitarias porque esa noche revelaría el
misterio del ocaso incaico. Para colmo de males, von Nirgendwo
requería mi asistencia. “Ya metiste las cuatro, Chachi”,
pensé, pero acepté llevado por ese derrotismo tan
latinoamericano que nos asalta ante la inminencia de una
catástrofe. Asistí a von Nirgendwo en todo y lo hice, vuelvo a
jurar, con la mejor de las malas intenciones. Entonces sí me
sentí como su escudero y me preparé para la bendita ponencia
con el mismo temor con que Sancho descubría una venta.
La sala estaba llena la noche de
la conferencia. Latinos a montones, y autoridades
universitarias por doquier. Von Nirgendwo no necesitó más de
media hora para despertar las carcajadas de los asistentes con
su teoría de la venganza de los dioses. Inmediatamente
estallaron las burlas. Alguien lo llamó el Brasseur de
Bourbourg andino, y otro, peor aún, lo acusó de hechicero
intelectual. Hubo pifias, gritos, manos en alto y hasta
groserías de parte de los latinos que se habían congregado al
fondo de la sala, al lado izquierdo, por supuesto. Von
Nirgendwo soportó todo con estoicismo. Yo no sabía dónde meter
la cara y rogaba a los malditos dioses tutelares que llegaran
a socorrernos. Pero no llegaron (¡vaya a saber uno si también
necesitan visa para actuar por otros lares!). Pasado el
tumulto el doctor se despidió con la misma flema con que había
expuesto y se retiró con el rostro erguido, repitiendo el
mismo pasito militar con que marchara aquella lejana mañana en
que, para su desgracia, me crucé en su camino. Alguien me
increpó eufóricamente el fomentar su locura. Reconocí al
instante la voz. Era Mimi. No me atreví a responderle. La vi
partir, y mientras se iba haciendo cada vez más pequeñita,
pensé que sólo la distancia podría reducir mi miserabilidad
frente a los otros. La gente empezó a retirarse lentamente y
por las miradas que recibía de los latinos pude entrever que
pasaría mucho tiempo antes de que volviera a sentarme en una
mesa con ellos a disfrutar una cerveza. Bien merecido me lo
tenía. Yo mismo me había metido en ese embrollo. Y para
remate, había contribuido a la ruina de von Nirgendwo con mi
samaritanismo estúpido. Estuve al borde del llanto y palpé la
soledad esa noche como nunca más la ha vuelto a sentir en mi
vida. Permanecí en la sala vacía hasta que llegó el portero y
me invitó cordialmente a que me largara.
Me perdí por las calles de
Fleckenburgo. Terminé en una cantina y me pegué una borrachera
tal que hasta ahora me dura la resaca. No volví a la
universidad por un tiempo, carcomido por la vergüenza. Durante
mi ausencia, me comunicaron, von Nirgendwo presentó su
renuncia y se enclaustró en su casa, en un pueblito en las
cercanías de Fleckenburgo. No volví a verlo, aunque recibí una
postal suya agradeciéndome la asistencia. Mi vida cambió desde
entonces. Sin Mimi, sin von Nirgendwo, sin latinos, me volví
huraño y taciturno. Y así permanecí hasta que terminé mi
carrera y me volví al Perú, especializado en las analogías
entre el acorde de doble dominante y los bucles de Juanito
Arroyo. Aquí olvidé muy mal a esa especie de Quijote incaico.
Y pesar de mis esfuerzos por evitarlo, hartas veces me
sorprendí engullendo cronistas y buscando el hilo que me
revelara las fuentes fantasiosas que motivaban el desquicio
del germano. Después de unos años recibí carta suya. Me pedía
datos sobre el Dreaming de los aborígenes australianos.
Casi tuve que cortarme las manos para no escribirle, lo juro.
Pero no lo hice. El mismo año una esquela me comunicó su
muerte. “Muerto el perro se acabó la rabia, Chachi”, me dije.
Pero la mala conciencia es como un pantalón orinado y,
sencillamente, no se puede disimular con nada. Fue por eso tal
vez que no me preocupó mucho la primera visita onírica de von
Nirgendwo, pues la asumí con ese fatalismo punitivo que
llevamos muy dentro los católicos renegados. Esa noche me lo
encontré en una cantina, en el centro de Lima. Me llamó
efusivamente y me invitó a sentarme a su lado. Conversamos de
insignificancias como es dado a dos que se reencuentran
después de muchos años y se deben razones:
–Mi estimado Riveros, ¿por qué no
me cuenta algo de esos aborigines? –me preguntó por fin
la voz lejana de von Nirgendwo en el sueño.
Yo me extendí en explicaciones y
explicaciones justificando con tontos pretextos el no haber
respondido a su misiva. Pero él insistió en el tema de los
aborigines. Yo solté la lengua sin reparos porque en los
sueños uno se larga a hablar sin tapujos, así que le expliqué
hasta lo que ya no recordaba. Él me escuchaba con suma
atención y me interrumpía constantemente para hacerme
preguntas. Lo observé de pronto. No podía engañarme, algo
maquinaba y trataba de utilizarme para seguir desde el más
allá con sus quijotadas.
–No me haga trampa, doctor, o me
despierto –le advertí.
–Eso no es problema –me respondió
irónico–. Yo puedo esperar todo el tiempo del mundo, pero
usted no puede prescindir del sueño.
La suerte estaba echada intuí
enseguida: las visitas continuarían.
La segunda visita fue más corta
y, en cierto modo, más simbólica. Yo andaba por una calle
desconocida, algo similar a las calles grises y angostas de
Fleckenburgo. Recorrí una alameda adornada con olmos que
terminaba en una especie de ruina incaica. Sobre la puerta del
edificio había una inscripción: Hotel Incap Pukaran. Entré y
en la recepción me comunicaron que von Nirgendwo me esperaba
en “los baños ”. Allí lo encontré sentado en un poyo de piedra
con su terno impecable y un tocado indio de colores muy vivos.
Lo observe detenidamente. Leía un libro sumamente concentrado.
Le pasé la voz y al verme suspendió su lectura:
–¡Riveros, qué sorpresa! –simuló
no esperarme–. ¿No es extraordinario que nos encontremos
mientras yo leo esto?
–Más sorprendente me parece que
usted se ande metiendo en todos mis sueños –le respondí
recurriendo al sarcasmo típico de los Rivero.
–No se altere, mi amigo. Sólo le
pido que le eche una hojeada a este librito –me dijo,
mostrándome un ejemplar de bolsillo–. ¿No se daría usted el
trabajito de buscarme unas líneas que me redimieran?
–¿No le bastaría con un par de
líneas de Nazca? –le solté la pachotada.
–No sea bellaco e infacundo,
Riveros –me increpó el Dr. von Nirgendwo en mi sueño–. Venga,
acérquese. Yo se lo leeré...
Me acerqué a él unos pasos y pude
entrever la carátula desgastada. Alfred Bester, The Men Who
Murdered Mohammed, leí.
Von Nirgendwo regresó el libro
hacia él como si temiera soltarlo, como si quisiera protegerlo
de mis burlas; lo acercó a sus ojos pringados de tedio a la
vez que hundía la cabeza para leer mejor. El libro estaba en
inglés, pero como los sueños no son lógicos, leyó en español:
–“Cada uno de nosotros viaja en
su propio pasado y no en el de otra persona. No hay continuo
universal alguno...” –citó con su voz ronca–. “Sólo hay
billones de individuos, cada uno con su propio continuo, y un
continuo no puede influir en el otro...”.
Me miró y vi en sus ojos el
brillo desquiciado con que miran los visionarios:
–¿Y? –dije –. ¿Qué pasa?
–¿No es fabuloso, dígame? ¿No le
recuerda nada?
–Caray, doctor. Usted se me pone
muy difícil en los últimos tiempos...
–¡Deje las bromas para después!
–me dijo con el aire autoritario que solía asumir cuando
empezaba a agotarse su paciencia–. Escuche esto: “Si un hombre
altera su pasado, influye sólo sobre su propio pasado y no en
otro. Con el pasado pasa lo mismo que con la memoria. Si se le
borra la memoria a un humano se le aniquila sólo a él, a nadie
más... Los mundos individuales de los otros siguen
existiendo...”
Durante la lectura su voz
recuperó el tono apacible; tornó a mirarme esperando una
respuesta:
–Hmmmmmm –comenté profundamente
interesado.
–¿No se da cuenta de lo que estoy
tratando de comunicarle, hombre? –volvió al ataque–. Piense un
tantito, Riveros. Fue usted mismo quien me puso tras estas
pistas y ahora quiere desentenderse. No puede decepcionarme de
esa manera.
–Usted mande y yo lo decepciono
de la manera que usted desee –traté de calmarlo–. Pero no me
pida que lo ayude más que ya bastantes problemas me ha
ocasionado y sin promesas de islas o ducados.
–Lo desconozco –repuso von
Nirgendwo, desvaneciéndose en lo denso del sueño–. Quizás sea
mejor que se despierte.
–Quizás, doctor. Hasta la
próxima.
Soy débil. Debí haber olvidado el
sueño de inmediato. Mas no lo hice. Confieso que agoté todos
los esfuerzos posibles para descifrar el mensaje que decía
trasmitirme el finado, pero los designios divinos son
inasibles y un pobre inepto, como yo, no pudo acertarlos.
Entonces entendí que von Nirgendwo regresaría. Y temblé de
miedo: harto sabido es que a la tercera va la vencida...
La última visita onírica por lo
mismo no fue inesperada. Yo volvía a casa después de muchas
horas de deambular por diversas ciudades en las que había
estado a lo largo de mi vida y me encontraba a von Nirgendwo
sentado cómodamente sobre el sillón reversible de mi estudio,
revisando algunos escritos dispersos sobre la mesa. Estaba
alegre y visiblemente emocionado:
–Por fin ha llegado la hora –me
sonrió con sorna.
–De irse a la cama, espero
–parodié enseguida.
–Usted ya está en la cama, mi
querido Riveros. ¿O se olvida que está soñando?
–Mire, doctor, entendámonos.
Usted habría podido morirse cuerdo como don Alonso, pero no,
usted tenía que seguir insistiendo con esa historia de los
harawis y la santa pirindinga...
–¡Por la pirindinga, más te
valdría escucharlo si no quieres que te parta el alma,
traidor! –terció una voz desconocida.
–Mil disculpas, Sr. Riveros –se
apresuró a explicarme von Nirgendwo–. Le presento a Juanito.
Juanito Corpancho.
–Ahhh, conque con refuerzos es la
cosa... Veamos, pues. De que se trata...
–¡Tú lo sabes perfectamente!
–gruñó Juanito aún encabritado.
–Mire, mi querido amigo –me dijo
von Nirgendwo adoptando otra vez un tono calmado–. Estamos en
deuda con usted. Gracias a sus informaciones hemos podido
reconstruir las causas que determinaron la destrucción de sus
antepasados. Yo, si me permite la soberbia, no andaba tan
lejos en mis deducciones. Desgraciadamente desoí su ayuda
durante nuestras conversaciones en Fleckenburgo. Es que
estábamos demasiados convencidos de nuestras pistas. Ahora con
toda calma, hemos convenido en que sus sospechas no eran
equivocadas. Sólo hay un pequeño problema. Que estamos muertos
y que no podemos manifestarnos sino a través de mortales. Por
eso lo hemos buscado: usted sigue vivo.
–Como siga soñando con usted
pronto voy a tener que empezar a dudarlo –le contesté.
–Pronto vas a dejar de estarlo
como sigas haciéndote el idiota –me amenazó Juanito.
–Dios mío, qué mal humor tienes,
Juanito. Ahora comprendo por qué te pegaste un tiro, compare
–contraataqué yo.
Von Nirgendwo apaciguó los ánimos
otra vez:
–No perdamos tiempo, Riveros. La
noche es corta. Y su misión es importante. Tenemos que
explicarle todo antes de que despierte. ¿Recuerda la epidemia
desatada por el primer arribo español? –me preguntó.
–Más o menos, doctor –repuse–.
Hace tanto tiempo de ello. Huayna Capac estaba por allá arriba
y lo agarró la sarna o el sarampión...
–Exacto. Huayna Capac temió por
su vida y designó a Ninancuyuchi como sucesor, ¿no es cierto?
–continuó von Nirgendwo.
–Ya, ya, ya..., ya recuerdo
–afirmé con la cabeza–. La comitiva llegó a avisarle y él no
se alegró nadita porque ya se había muerto.
–Lo envenenaron –informó Juanito.
–¡Ajá! –dije –. Me había olvidado
del detective fantasma. Se puede saber ¿quién?
–Raura Ocllo, la madre de Huascar
–añadió el catedrático–. Aprovechó que Atahualpa se había
quedado en Tumibamba para provocar el nombramiento de su hijo
y convencerlo de que Atahualpa preparaba una insurrección.
Atahualpa, que no se imaginaba nada, envió, agasajos y regalos
a su hermano, pero éste ordenó inmediatamente la muerte de los
enviados, destruyó sus ofrendas, y le envió prendas, joyas y
otros afeites femeninos de regreso...
–O sea que Atahualpa se rebeló
porque no le gustaron las falditas –solté otra vez la
pachotada.
–Véalo como mejor le parezca
–propuso von Nirgendwo inmutable.
–¡No, no, doctor, yo quiero la
verdad si voy a tomar parte en este asunto!
–Esos detalles son irrelevantes
–argumentó Juanito con impaciencia.
–¡Tú cállate! –le grité,
hirviendo en rabia–. ¡Yo decido qué es relevante en mis sueños
y qué no!
–¡Señores, señores! –volvió a
mediar von Nirgendwo–. No perdamos tiempo, he dicho. Preste
atención, Riveros. Eso desató la guerra entre hermanos. Nada
de reinos de Quito ni qué ocho cuartos. ¡Sólo intrigas!
Atahualpa cayó preso en Tumibamba y lo encerraron en un
tambo...
–Claro, claro –me adelanté–. Y
después viene el rollo ese de que el sol bajó y lo convirtió
en rata...
–En Amaru
[3]
–me corrigió Juanito.
–Es lo mismo –argumenté –; y pudo
escapar por el hueco de una aguja...
–¡Por un agujero en la pared,
imbécil! –tronó Juanito de nuevo y sentí que lo odiaba.
–¡Señores, por favor, cordura!
–suplicó von Nirgendwo y continuó narrando sus laberintos
dinásticos–. Después vino el tiempo de las consultas a los
oráculos, ¿recuerda? La huaca Catequil pronosticó la derrota a
Atahualpa y éste la destruyó sin piedad alguna.
–No empiece de nuevo, doctor,
acuérdese de la conferencia...
–No se asuste, Riveros.
Justamente allí está el problema, mi querido amigo. Me
equivoqué, es cierto. El punto álgido no era ese si no el de
las consultas a los oráculos, pues, al no ver realizados sus
planes, ambos candidatos optaron por el holocausto de las
huacas y después, ya en plena guerra, por el exterminio de los
familiares del bando opuesto. Huascar arrasó con la panaca
[4] de
Atahualpa. Atahualpa hizo lo mismo con la de Huascar ¿me
entiende? Quiero decir con Harawiyoq, Quipucamayoq y todo.
Cada uno exterminó a los que compilaban las hazañas del otro,
destruyendo así la memoria de su pueblo. Huascar cayó
prisionero en Huanacupampa; Atahualpa fue capturado por los
españoles. El primero murió en manos de Atahualpa y éste en
manos de los invasores y la destrucción quedó consumada.
–Sigo sin entender, doctor
–admití.
–Se lo dije, doctor –volvió a
intervenir Juanito–. Este baboso no nos va a servir para nada.
¡Es una bestia!
–¡Juanito! –el profesor le ordenó
silencio–. ¿No se da cuenta, mi querido amigo? –se volvió
hacia mí con la misma voz apacible de hacía unos minutos–. Los
Harawis eran como esos Dreamings que usted me refirió
aquella mañana en Fleckenburgo y que yo, tontamente, no supe
valorar a tiempo. Al destruirlos, ambos incas destruyeron los
pasados que los constituían y ocasionaron su declive, como en
un castillo de naipes al que se le retira una carta. Por
exterminar al otro propiciaron la destrucción del imperio
todo. No destruyeron lo inca ¿entiende? Sólo destruyeron su
propio continuo, ese continuo individual al que aludí al
leerle a Bester. ¿Me ha comprendido?
–Sin embargo, no veo por qué el
continuo de Huascar y Atahualpa tenga que haber sido el de los
incas todos, doctor.
–La respuesta es sencilla, mi
querido amigo, porque al exterminar a todos los cantores
destruyeron el continuo de cada panaca. Se trata ahora de
restituir la totalidad de los cantares, Riveros. Basta que
alguien los cante una sola vez y se restituirá el orden
antiguo. Sólo tiene que buscar al único Harawiyoq
sobreviviente y revelarle el enigma. Él sabrá reponer el daño.
Él podrá componer el fragmento que interrumpe el continuo de
su pueblo y entonces no sólo habrá de redimir a su cultura y a
su pueblo. El caso está resuelto, Riveros. Depende de usted
hacerlo o no. Don Cipriano, un indio de Quero, radicado en
Cuzco, es el Harawiyoq. Él lo está esperando. Nosotros podemos
mover las cosas, podemos comunicarnos con los mortales a
través de lo inmaterial como ahora aquí con usted, pero no
podemos llegar a don Cipriano.
–No le prometo nada, doctor –le
dije y supe que ya había logrado enredarme–. Voy a pensarlo.
–¡Qué vas a poder pensar tú si no
tienes cerebro! –aprovechó Juanito para insultarme.
–Tú tampoco, baboso, tú estas
muerto –repuse mostrándole la lengua–. ¡Y deja de insultarme
en mi sueño si no quieres que me despierte!
–Píenselo, mi estimado Riveros
–sugirió von Nirgendwo ya algo borroso–. Todo ya está dicho.
Tómese su tiempo y decida. Nosotros le estaremos agradecidos
por siempre. Y sus compatriotas también.
–Usted siempre ha sido todo un
caballero, doctor –le dije depositando la mirada en los ojos
encolerizados de Corpancho.
Cansado, aturdido, me volteé
luego hacia von Nirgendwo, haciéndole adiós con la mano.
–Lo siento, doctor –le dije–. Son
las seis de la mañana. Tengo que despertarme ahora sino
llegaré tarde al trabajo. Le prometo pensarlo.
Desperté empapado y no pude
liberarme de los fragmentos de sueño. Ya hace años de ello.
Desde entonces creo haber visitado el Cuzco en tres o cuatro
oportunidades. No busqué al anciano, sin embargo, movido por
un natural instinto de conservación y en parte debido a que
los sueños con von Nirgendwo desde aquella noche no se
repitieron.
Alguna fuerza mayor me ha
regresado otra vez al Cuzco y me tiene aquí en un hotelucho
para mochileros y parejas fugaces, entreverando razones para
buscar a Harawiyoq o lo que sea. Ayer decidí visitarlo. Desde
la ventana de mi cuarto, el mismo en el que ahora escribo
estas líneas que pretenden “redimirme”, veía las casuchas con
sus techos de tejas perdiéndose en el melancólico ocre del
cerro, y me pregunté en cuál de ellas estaría don Cipriano
viendo mi pavor con sus ojos pequeños que ven hasta lo
invisible. No necesité buscarlo. Me bastó echarme a la calle y
convocarlo. Hubiera esperado una señal en Siete Culebras o en
Santo Domingo, pero las revelaciones prefieren medios más
triviales: Alguien me pidió fuego a la puerta de la central
telefónica. Yo no fumo. Se lo dije. El hombre me detuvo y me
miró a los ojos. Era un rostro sin facciones, uno de esos que
uno nunca recuerda:
–¿Busca algo? –me dijo.
–Quizás alguien me busca –insinué
sin poder ocultar mi nerviosismo.
–Hoy, a las siete y media en el
Pinkipub –me respondió.
–¿En el Pinkipub? ¡Pero eso es un
burdel! –protesté airado.
–No discuto –me respondió–. Yo
soy un aparecido.
Entiendo que cualquier hombre,
por más valiente que sea, hubiera temido en semejantes
circunstancias. Yo estuve a punto de echarme atrás, pero pensé
en la importancia de mi misión y sentí que debía contribuir al
destino de mi pueblo. Volví al hotel y dormí el resto de la
tarde. Me despertó el teléfono. Era el recepcionista que me
recordaba la cita; ello me resultó sospechoso pues yo no había
comentado con nadie que pensaba salir. Antes de tiempo
abandoné el hotel. Bajé por Pumacurco en dirección a la plaza.
Por un momento sentí que la ciudad toda participaba de una
conspiración: las mamitas vendiendo emolientes bajo los
portales o en las esquinas, los chiquillos andrajosos pidiendo
limosnas a cada paso, los músicos ambulantes postrados a las
puertas de las iglesias, y las paredes descomunales de los
templos antiguos, y los balcones virreinales y hasta los
enormes cerros circundantes. No pude soportarlo. Tomé la
Avenida del Sol y me encaminé al prostíbulo después. La luz
rojiza me dañó los ojos. No alcance a dar sino unos pasos en
dirección al bar. Alguien me tomó del brazo:
–Sígame –me ordenó, y llevándome
afuera, me introdujo en un auto pequeño.
Era el aparecido. Recorrimos la
ciudad. Recuerdo muchas calles diminutas y numerosas zonas
sumidas en las tinieblas. Entendí que dábamos vueltas con la
evidente intención de desorientarme. En la radio alguien
narraba a gritos un partido de fútbol. Muy pronto perdí la
orientación. Cerré los ojos y traté de no pensar, escuchando
como Rojitas se la pasaba a López y como López la perdía
frente a Trigeño y Trigeño frente a Soriano que se la pasaba a
Rojitas para empezar el círculo nuevamente. Un ruido seco
suspendió la transmisión como si alguien hubiese callado al
locutor de un sopapo. Abrí los ojos. Nos habíamos detenido
frente a una casa de adobe revestido con yeso. Un afiche
multicolor anunciaba una fiesta chicha contrastando con el
fondo níveo de una pared. Bajamos. Entramos sin tocar a la
puerta. Era una casa de indio, un sólo espacio que separaba el
lecho del resto de la vivienda con una cortina de plástico
descolorido. La mesita astillada, negreada por el hollín,
pertenecía también al lugar que había ideado en mi
imaginación, minutos antes, sentado en la carcocha. Don
Cipriano mascaba coca sentado frente a la mesa. El hombre le
habló en quechua. El indio asintió con la cabeza y el sin
rostro desapareció sin prisa, dejándonos a solas. El indio me
invitó a sentarme extendiendo su brazo, mostrándome la banca
de madera desportillada. Me senté y sentí a los cuyes correr
de una esquina a otra del cuarto y reí. Yo había una visita a
los extramuros del tiempo y la razón: en cambio, me encontraba
con un cuadro folklórico:
–Vengo de parte de unos amigos
–dije en castellano–. Ellos hubieran querido venir también,
pero...
–Has vinidu, puis –me interrumpió
el indio esforzándose por hablarme en mi lengua–. Día grandi
huy. Talviz Inkarri istá sojitando la sol con so soga juerte,
agrandandu día. Talviz so cuirpo disdi dintro istá criciendo y
so uma
[5]
tanbín. Talviz amigus con dioses conversando. Talviz abajo
diablo istará cumiendu...
–Comiéndoselos estarán los
gusanos, maestro. Pero no he venido por eso. Me han dicho que
usted conserva algunos harawis incaicos, ¿es cierto?
–¿Quis cirto? ¿qui nuis cirto
puis, niñu? –me refutó el indio, arrojando un bollito de coca
sobre el piso de tierra–. Lo que sabis, nomás, vas hablar...
–Así fue la caída del imperio –le
dije. Y empecé a hablar como si el espíritu quijotesco de von
Nirgendwo se valiera de mi lengua.
Hablé largo rato, sintiendo el
silencio rodear mis palabras como si fuesen una media vieja,
escondida durante largo tiempo en un zapato también remachado.
Permanecí fiel a “las locuras” del teutón y las referí con
toda la precisión y minuciosidad que le son posibles a un
trasnochado.
–He terminado –dije tras de
agotar mi memoria.
Miré a don Cipriano a los ojos
luego, esperando un gesto de aprobación, una confidencia.
Nada. Éste empezó a reír suavemente curvando su cuerpo hasta
reposar su frente sobre la tabla de la mesa; una risa
susurrante lo invadió paulatinamente, sacudiendo su magrez
hasta convertirse en una carcajada incontenible. Rió con todo
su cuerpo, como si lo poseyera algún demonio. Pocas veces he
visto reír a un indio; quizás por ello jamás olvidaré esa risa
ni ese cuartucho oscuro y maloliente adonde me había llevado
el desatino, a precio de terminar, sin Sancho ni panza, como
otra triste figura desquiciada. Su risa sacudió el cuarto y yo
pensé que me volvería loco. Sentí la orina chorreándose entre
mis piernas. Salí despavorido y me eché a correr por las
callejuelas, sin rumbo, hasta caer exhausto. Me faltaba el
aire, oía a la gente pasar a mi alrededor, pero nadie se
acercaba a socorrerme. “Me confunden con un borracho”, pensé.
“Y a los borrachos no los socorren más que los muros y los
postes”. Allí debí quedarme hasta perder el conocimiento.
Desperté en mi cuarto con los
pantalones aún mojados y el corazón que se me quería salir del
pecho. Alguien me había recogido y regresado al hotel en mi
inconsciencia. No soñé por suerte. Pero tampoco recuperé la
calma. Me he preguntado todo el día el motivo de la risa de
don Cipriano sin llegar a contestarme. He barajado diversas
posibilidades. La más descabellada de todas es pensar en una
venganza del destino por haber asistido a von Nirgendwo en su
conferencia, mas en mí algo se niega a reducir mi suerte a una
charla de pacotilla. Más lógico sería admitir que tal vez todo
este tiempo don Cipriano había dirigido las perquisiciones del
teutón, acercándolo y alejándolo de la verdad, como si
manejándolo a su antojo, perpetuara lo absurdo del destino, lo
descabellado y risible de las grandes empresas. La más
probable empero es que el indio no consideró viable la
destrucción de un harawi y que von Nirgendwo haya estado tan
lejos de la verdad como los testigos de Jehová del fin del
mundo. Si fuera así, significa ello que el continuo sí existe;
significa entonces que el pasado sigue alimentándonos a través
de ese continuo; significa también que los malditos dioses
tutelares habían previsto todo y que algún Harawiyoq, desde
siempre, sigue, y seguirá, entonando el canto que nos
sustenta. Un Harawiyoq ha de estar cantando a la puerta de la
catedral, o en alguna chichería, o en alguna covacha del
Cuzco, pellizcando las cuerdas de su arpa o de su charango o
soplando en una caña como si fueran las tripas secas de un
mamífero; ha de estar cantando y en su Harawi, la caída del
imperio, y la victoria española, y la muerte de Corpancho, y
las locuras apasionadas de von Nirgendwo allá en la
universidad de Fleckenburgo, y aun el escribir estas líneas
que anuncian la destrucción de nuestra sociedad, se suceden
simultánea e infinitamente como una orden majadera y divina.
Aquí no hay “¡Elemental, mi querido Watson!”, que valga ni
párroco que me regrese apaleado a la aldea. Somos marionetas
de los dioses. He ahí el meollo del asunto. El cuerpo de
Inkarri andará ya caliente, creciendo, juntándose bajo tierra,
anunciando el restitutio andino. El Harawi existe.
Jamás se detuvo. ¿Pregonarlo? Ni loco. Yo no quiero problemas.
Y sé que no van a creerme guilladuras si es que me descubren
los de Inteligencia. No. No diré nada. Se acabó el viaje. Me
voy a Lima mañana y no vuelvo nunca más al Cuzco. ¡Me importan
un carajo los designios de los dioses! ¡Qué conspiración ni
qué conspiración! Yo no creo en profecías ni en sandeces. Aquí
se acaba. Me voy a seguir mis propios designios. ¡Qué se
joroben los dioses!...Yo me voy...
He regresado a estos papeles
minutos antes de partir pues me asalta la duda: ¿habrán
decidido también los dioses mi silencio?