El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV   

KRIMI EN LOS ANDES

Julio Mendívil

 

Julio Mendívil, peruano

                           

  

El Dr. Karl Heinz von Nirgendwo hubiera logrado una exitosa carrera como filólogo hispanista a no ser por dos desafortunados sucesos ocurridos en su vida. El primero: haber tropezado una tarde fría de invierno en los oscuros pasillos de la Universidad de Fleckenburgo con Juanito Corpancho. Juanito, uno de esos peruanos empedernidos que llevaba el problema de la identidad reflejado hasta en el color de las medias que usaba, no sólo se había empeñado en doctorarse en el dificilísimo tema de la literatura oral indígena peruana, sino que se le había metido en la cabeza que el único capaz de asumir la tutoría de tan tronado proyecto, era el minucioso y siempre bien intencionado Dr. von Nirgendwo. Éste, dicho sea de paso, de indios, no conocía más allá de Winnetou y una que otra escena de La Araucana. Pero ello, al parecer, no preocupó mucho a Corpancho.

–Doctor –lo interceptó abruptamente aquella tarde memorable–. Necesito hablarle.

–¡Pues, hable, hombre!

Más le habría valido no abrir la boca a von Nirgendwo. Juanito Corpancho lo engatusó de razones; le confesó su proyecto, al parecer, con tanto entusiasmo que el pobre profesor sólo atinó a rascarse la cabeza (gesto al que solía recurrir en sus momentos más inseguros). Después, tuvo lugar el siguiente diálogo:

–Pues, verá, mi querido Sr. ...

–Corpancho, doctor.

–Sr. Korkplancho, existe un pequeño problema...

–¿Cuál, doctor?

–¡Que yo de literatura indígena no sé nada!

–Tanto mejor, doctor; yo tampoco.

–Y ¿Por qué no se busca otro tema entonces?

–Míreme, doctor, ¿le parece que con esta cara puedo dedicarme a von Tepl o a los Nibelungos?

¿Quién entiende las razones dolosas de la sinrazón? Algo debió haber despertado en von Nirgendwo aquella corta y graciosa charla, pues, desde aquel día, se le extrañó en los amplios salones de la biblioteca de románicas. En cambio se le vio a diario en los estrechos corredores de la biblioteca del Instituto de Historia Iberoamericana de la universidad, entregándose, en cuerpo y alma, a escudriñar los pininos de la literatura indígena y a estar –pues es harto sabido que la eficacia es una de las obsesiones alemanas–, apto para el asesoramiento requerido por el mesiánico estudiante. Al parecer pronto lo cautivaron los harawis, los cantares históricos de los Incas. Juanito Corpancho, ni corto ni perezoso, una vez detectado el exquisito gusto de su tutor, se propuso doctorarse en dichos cantares –¡que en otros cantares jamás se hubiera doctorado!– y elaboró un proyecto de tesis que se hizo famoso en la universidad toda, no tanto por sus virtudes académicas –que alguna debió tener–, como por la inusitada transformación del apacible y tímido en el apasionado y emprendedor Dr. von Nirgendwo. Éste cambió de un día para el otro a Cervantes por Titu Cusi Yupanqui, y a Amadís y al Arcipreste por Juan de Betanzos y Sarmiento de Gamboa, adentrándose con inusitada pasión en los intrincados senderos de la historia incaica.

Hasta allí, poco habría sido el descalabro en la vida de nuestro ingenioso catedrático, pero, por desgracia, a Corpancho se le ocurrió volarse los sesos una hermosa tarde primaveral, dejando un inconcluso y prometedor trabajo, así como un von Nirgedwo en volandas. No renunció, sin embargo, el teutón a su nueva pasión indiana y continuó sus escudriños históricos, esperando que el cielo le proporcionara otro peruano, aunque sea uno de esos que andan perdidos por el mundo, pensando en las propiedades escatológicas de las moscas azules.

El segundo infeliz suceso que el destino deparó a Karl Heinz von Nirgendwo fue el conocerme. Yo había anclado en la universidad de Fleckenburgo buscando un refugio que me eximiera de los tormentos legislativos o arquitectónicos que me reservaba mi padre en caso de volver a Lima. La musicología fue ese refugio. Mi rutina de estudiante era escueta: un par de acordes por la mañana y por la tarde hartos cafecitos para entregarme a la tertulia con quien se ofrezca. El Dr. von Nirgendwo, por su parte, acostumbraba recorrer diariamente los pasillos de la facultad en busca de un nuevo Corpancho, así que nuestro encuentro era inevitable. Una tarde estando en la cafetería me sentí acosado. Viré con violencia y me topé con un anciano melenudo que me contemplaba extasiado. Era el Dr. von Nirgendwo, por supuesto:

–¿El señor es por casualidad peruano? –me interrogó, jugueteando con sus diminutas manos.

–¿Por casualidad, dice usted? Por fatalidad –le contesté.

–¡Alabado sea Dios! –exclamó el doctor, abrazándome efusivamente.

–Lavado tengo el saco que me está arrugando caballero, ¿Con quién tengo el gusto?

–Herr Prof. Dr. Karl Heinz von Nirgendwo –me contestó solemne–. Y usted habrá de retomar la tesis que dejó sin concluir el finado Juanito Corpancho: Los cantares históricos de los incas. Yo lo asesoraré. Debo advertirle empero que trabajo el tema desde hace más de una década –me informó tomándome del brazo, avanzando unos pasitos conmigo entre las miradas de algunos alumnos–. Material no nos faltará en absoluto. Venga mañana a mi despacho y le adelantaré las últimas que me han confiado los dioses tutelares. Apunte: Oficina 327, ¿Sr. ...?

–Rivero –respondí automáticamente.

–Muy bien Sr. Rifero, lo espero mañana. A las 11.

Se dio media vuelta y se alejó a paso militar. Yo me quedé con las palabras en la boca. Hasta ese entonces no había oído nunca nada de la existencia del pobre Juanito Corpancho ni de las locuras de su frustrado tutor, pero esa misma tarde empecé a preguntar entre los latinos, y en menos de lo que canta un preso, me enteré de la historia del catedrático con tantos pormenores que si escribiera aquí todos los disparates que me refirieron, me alcanzaría para escribir la tercera parte del Quijote. Salta a la vista el paralelo, es cierto. Al Quijote lo perdieron los libros de caballerías, a von Nirgendwo, los de historia. Quizás no resulten tan evidentes las diferencias. Mientras Don Quijote perseguía una nueva realidad –digamos, histórica– en base a la ficción, el profesor germano había logrado construir en base a una realidad histórica una ficción descabellada. Sus teorías eran excéntricas, desaforadas, ridículas, amén todos los docentes del departamento de historia; sus maneras inadecuadas, denigrantes para alguien de su investidura ¡Y eso que me ahorro calificativos por no caer en prolijidad! En resumen, todos lo desacreditaban y lo evitaban por consecuencia. Y yo, muy contento, andando de compadrito con él. ¿Si no era para morirse? ¿Por qué me había dejado apabullar por ese viejo loco? Yo ya tenía suficientes problemas como para estar metiéndome en otros. ¡Tesis! Yo no había terminado aún los estudios generales, y ni siquiera estaba seguro de terminarlos ¿qué diablos tenía que andar preocupándome por la tesis? Se lo comenté a Mimi esa misma noche en su habitación. Mimi era mi chica, una bávara muy simpática, pero que a veces tenía unas ideas que realmente no sé... Ella fue de la idea de que debía apaciguar a von Nirgendwo en sus arrebatos incásicos, pero sin perder el contacto con él sino más bien tratando de ganarme sus simpatías para meterme de a poquitos en la argolla universitaria.

–¿Qué sentido tiene eso, Mimi? –la interrumpí mientras planeaba mi brillante futuro académico–. Yo no hago historia; yo estudio musicología.

–¿No te das cuenta, Chachi? –me contestó Mimi requetealegre–. Si von Nirgendwo te asesora la tesis tienes el doctorado más que asegurado.

–¿Estás loca? ¡Yo no voy a doctorarme en música de cholos! –repuse previendo uno de sus arranques de cólera–. ¿No entiendes, Mimi? ¡Mi papá me mataría! Si al menos fuese Alomía Robles, pero indios!...

–Ahhh, ¿no?... ¡Entonces lárgate con tu padre y búscate otra chica! –me gritó enseguida, echándome de su cuarto a empujones.

Me largué, claro. En mi cuarto pensé el asunto mil veces. Después de serias consideraciones, decidí que lo más importante era mi libertad y que yo no iba a dejar que nadie viniera a imponerme cosas por más doctorados que se me prometiesen. Ni loco, me dije. Yo había ido a Europa a incrementar mi formación y no para tirarla por la borda ocupándome de exotismos indianos. Ya veía la cara de mis amigos en el Garibaldi cuando se enteraran. No, no pude soportar la idea. Decidí no ir a la cita aunque ello significara perder a Mimi para siempre. Me tiré a dormir luego. Y dormí como una piedra. Lo juro.

Al día siguiente, a las 11. a.m., puntual, von Nirgendwo me recibió con gran entusiasmo. Mientras preparaba el café se refirió constantemente a una ruma de libros y fotocopias –el material– que nos esperaba ansioso sobre el suelo, al lado de su escritorio. Yo, como siempre que me encuentro en situaciones difíciles, no sabía qué decir.

–Dígame, doctor. Su proyecto es filológico, ¿verdad? –me animé a preguntar de pronto.

–Hmm, podría decirse que sí –reconoció algo indeciso.

–¡Qué pena, doctor! –le dije, poniéndome de pie mientras recogía mis pertenencias–. Porque yo soy estudiante de musicología. Tendrá que conseguirse otro.

–Caballero, por favor; no quiera contradecir los designios de los dioses tutelares.

–¿Los dioses qué, profesor?

–Tutelares, tutelares Sr. ... ¿Riviera? Me refiero a los wamanis, a los aukis y a los mallquis...

–La verdad, doctor, no sé si hablemos de los mismos. Yo sólo conozco al Alberto Wamaní, el que toca la zampoña. Los otros, de seguro, son nuevos...

–Al parecer usted no entiende la importancia del asunto, mi estimado... No se trata sólo de una tesis Sr. ...

–Rivero, profesor, Ri-ve-ro...

–Se trata de algo mucho mayor, se trata de desentrañar un gran misterio, el cual, si los dioses nos son favorables, podremos resolver con su ayuda...

–¿Tiene que ser necesariamente con mi ayuda, doctor? ¿No puede ser con la ayuda de otro peruano?

–Mi instinto no me falla, Ripero. Y él me dice que usted es un enviado de los dioses tutelares...

–Para ser sincero, doctor, a mí la que me mandó fue la Mimi; si no fuera por ella le juro que no venía...

Fue de más, von Nirgendwo ya no me escuchaba y se desataba dándome explicaciones, iniciándome en sus excéntricas teorías. Yo traté de escapar sigilosamente mientras él se ensimismaba en su discurso, pero al mirar de reojo por la ventana, me di con que afuera llovía a cántaros. Para variar, yo había olvidado el paraguas en casa, así que resolví quedarme sin otra que tragarme las peroratas del anciano. Tomé asiento, derrotado, resignado...

Calificaré la locura de von Nirgendwo como milenarista. Uno podía comentarle las subidas de precio, los recortes a las pensiones de jubilados o las guerras que asolaban al mundo y departir con él horas y horas de amena charla sin atisbar el menor indicio de chifladura. Sus razones siempre eran lúcidas, medidas. No pasaba lo mismo cuando asomaban las sombras incaicas. Entonces, como el Dr. Jekyll en Mr. Hyde, se transformaba en un ser intolerante, fanático y autoritario. Contradecirlo resultaba altamente peligroso. Uno podía ganarse desde insultos hasta bofetadas, pasando por puntapiés y cuadernazos en la cabeza. ¡Si no lo sabré yo! Uno optaba pronto por la hipocresía o la condescendencia. Lo mejor era darle un poco de cuerda y no intentar confundir la cochina realidad con el yelmo de Mambrino. Me costó diecisiete días convencer a von Nirgendwo de que la historia no era lo mío; sin embargo, fiel al castigo, acepté visitarlo regularmente para intercambiar puntos de vista sobre lo que él llamaba “mi historia”, como si yo tuviera algo que ver con toda esa indiada que tanto le interesaba. Elegimos los miércoles para nuestras citas. Yo acostumbraba aparecerme con empanaditas argentinas, entonces tomábamos café salvadoreño y nos hacíamos unas ensaladas cerebrales increíbles con Pachacutecs, y Quisquises que salían al ruedo a cada instante por parte del doctor. Yo que en esos temas no podía decir “esta boca es mía”, recurría irremediablemente a los calzoncillos de Mozart o los cuernos de Chopin para meterlos donde, francamente, no cabían. Pero bueno, el idioma hace milagros.

A Mimi le encantó lo de mis citas con von Nirgendwo. A los latinos también, claro. Apenas llegaron a sus oídos mis andanzas me adjudicaron el pedestal que Juanito Corpancho había dejado vacante, y me redujeron a un Sancho, pero sin panza. “Los perros ladran, Chachi...”, me dije y opté por disfrutar mis encuentros con el harawiólogo. Si en dicha trama quijotesca hube de identificarme con alguien, juro que no fue con el escudero sino con el párroco. ¡Cuántas veces traté de hacerle notar su desquicio a von Nirgendwo! Pero tratar de convencer a un alienado de su mal es tan absurdo como discutirle a los testigos de Jehová cuándo coño se acaba este mundo.

Como se sabe los incas no tuvieron escritura. Los harawis eran, por decirlo de algún modo, los libros de los incas. Éstos conocían sólo dos maneras de trasmitir la historia: por vía oral o por vía mnemotécnica a través de los quipus. Los Quipucamayoq eran los encargados de registrar los cantares en los quipus. Poco amor a la verdad mostraron los Quipucamayoq, quienes sólo incluyeron en sus cantares lo que el soberano consintió y borraron olímpicamente todo lo que a éste estorbaba. No quiero decir que nuestros historiadores no hagan lo mismo de alguna manera –no, por favor, a mí los libros todavía no me han enloquecido–, pero lo que hacían los incas era, por decir lo menos, clamoroso. Para muestra un botón: Wiraqocha tuvo que abandonar el Cuzco al verse asediado por los chancas, una etnia guerrera que habitada a las márgenes del río Apurímac. A pesar que su hijo Pachacutec expulsó a los invasores y recuperó la ciudad, Wiraqocha decidió honrar a otro hijo suyo, Inca Urco, con la borla imperial. A Pachacutec se le revolvió el potaje, tomó el Cuzco; confinó a su padre en un pueblito de las cercanías y borró tanto del mapa como de los harawis el menor rastro de su contrincante. Lo desapareció con una eficacia que despertaría la envidia de las dictaduras modernas. “¿Urco? No sabemos de la existencia de ningún Urco aquí, caballero”. “¿Qué dice? ¿Que hace días no aparece por casa? Quizás se haya ido con otra, señora”. ¡Pobre Urco! Si años más tarde, cuando llegaron esos raros peludos, algunos Harawiyoq de su linaje no hubieran soltado la bocaza, no habría habido posteridad ni historia ni nada para el inca destronado. Por alguna razón que escapaba a mi escuálido entendimiento, von Nirgendwo pensaba que ello escondía el secreto del ocaso andino, su obsesión histórica. Como es sabido los españoles encontraron un pandemónium al llegar al Tawantinsuyu, poco después de la muerte del inca Huayna Capac. Según los cronistas Huayna Capac nombró a su primogénito Huascar como su sucesor, pero el “bastardo” Atahualpa puso el grito en el cielo y se arrojó a la conquista del Cuzco y de la mascaypacha [1]. Dicha interpretación, a no dudarlo, más cabía en las páginas del Artús que en los revoltijos incaicos. Según Corpancho, que era entendido en la materia, los incas no tenían más criterios de sucesión que la porra y las lanzas. Bastaba que al inca le agarrara una simple diarrea y empezaban las intrigas y los desmanes y no terminaban hasta que uno de los candidatos acababa de Inca y el otro de pellejo para tambores. Pero dichos contubernios tampoco explicaban la caída según von Nirgendwo. Éste no la adjudicaba a las guerras fratricidas entre Huascar y Atahualpa, a la alta colaboración indígena o a la superioridad bélica europea. No. Para él seguía abierto el enigma. ¿Cómo había sido posible que un puñado de hombres rindiera a sus pies a un imperio que abarcaba casi todo el continente? ¿Cómo había sido posible que los feroces dioses andinos lo permitieran? Allí había gato encerrado, era obvio. Y Karl Heinz von Nirgendwo se sentía llamado a develar aquel misterio.

La casualidad quiso que, años después, los aborígenes australianos desentrañaran el misterio. Digo casualidad porque el azar me llevó a una ponencia sobre música aborigen australiana. Uno se preguntará ¿qué tienen que ver esos nómades con Huascar y Atahualpa? Imposible exponerlo sin echar mano a su mitología. Los aborígenes llaman Dreamtime al sueño y al tiempo mítico. Éste último se trata de un tiempo remoto poblado de una gran variedad de seres fantásticos. Dreaming son tanto las secuencias míticas como la serie de cantos sagrados que narran esas secuencias. Según los aborígenes esos cantos fueron compuestos por los ancestros después del acto creador y trasmitidos directamente a los hombres. Cada año, sin embargo, se componen cantos nuevos. Para resolver la paradoja explican que estos nuevos cantos son revelados a los compositores durante el sueño, pues, éstos, al soñar, ingresan al Dreamtime y recogen el nuevo repertorio. No habrá pasado inadvertida al lector cierta similitud con los harawis. Menos a mí. Se lo confesé a von Nirgendwo uno de nuestros miércoles y contrario a lo que yo esperaba, no hizo ningún comentario. ¡Quién sabe por qué palacios andaría bartuleando mientras yo me pulía en explicaciones!. Von Nirgendwo no me escuchaba simplemente. Detuve mi relato algo enfadado sin que siquiera se percatara de ello. Conjeturaba tal vez otra de sus hipótesis o soñaba.

–Sabe, una cosa, Riveros –me dijo de pronto con la sonrisa propia de un orate, de un asesino o de un iluminado–; algún día se harán películas con la historia incaica, ¿no cree?. La historia de sus antepasados está llena de épica, de traiciones y de intrigas...

–No sé, doctor; si usted lo dice. Yo, para que le voy a mentir, yo no sé ni de cine ni de hípica...

–Tengo que confiarle algo muy delicado. Se trata de nuestro colaborador el Sr. Corpancho. Hace poco recibí una visita suya y me comunicó una cosa que entonces no pude descifrar pero que ...

–¿Una visita suya, dice? Yo pensaba que el señor Corpancho estaba...

–¿Muerto? Sí, sí, Justamente, mi estimado Riveros, justamente por eso es que él puede proporcionarnos información muy valiosa. ¿Se da cuenta? Los muertos pueden atravesar el pasado a su antojo. Ese era nuestro plan precisamente. A Corpancho nada le está vedado ahora. Él puede recorrer el tiempo a su antojo sin temer nada pues nada puede dañarlo, él puede penetrar en el pasado y ver la historia porque la muerte suspende las divisiones temporales, ¿me entiende? Todo es parte de un plan, mi estimado amigo. Durante años nos valimos de los métodos convencionales para investigar la historia, pero muy pronto nos dimos cuenta que chocábamos con obstáculos insuperables. Y Juanito estuvo dispuesto al sacrificio.

–Quiere decir doctor que Corpancho,...usted..., quiero decir...

–No, no hombre, no hubo delito alguno. Fue un suicidio auténtico. Sólo que nadie sospecha el motivo verdadero. El amigo Corpancho ha sido fiel a nuestro proyecto, no nos ha abandonado. Él cumple sus pesquisas y luego me visita y me revela sus avances..

–¿Le revela?

–Claro, hombre, por medio de los sueños ¿de qué otro medio podríamos disponer? El espiritismo está lleno de charlatanes y yo no sirvo para médium, así que nos valemos de la lira de Orfeo para comunicarnos. Pero como lo onírico tiene una carga demasiado simbólica, uno tiene que echar mano de la interpretación. Hace unos días recibí una visita de Corpancho. Me dijo que pensara en Chillopampa, la batalla que perdió Huascar a pesar de las predicciones de algunos oráculos. Esa idea me ha seguido todo este tiempo aunque no podía entender qué quería decirme nuestro hombre en el más allá, pero ahora empiezo a ver las cosas claramente. ¿Qué cree usted que hizo Huascar al enterarse de la derrota de Chillopampa?

–No sé; requintaría de su suerte, supongo –contesté imaginándome a Corpancho con su trajecito blanco, haciendo las de detective fantasma.

–¡No, hombre! ¡Destruyó las huacas que le habían profetizado la victoria! ¿Se da cuenta de lo que eso significa, Riveros? Yo tampoco no pude entenderlo en un primer momento, pero ahora lo veo muy claro. Piense un poquito, ¿qué haría usted si fuera un dios ultrajado por sus criaturas?

–Tampoco lo sé –respondí aguantando la risa, pensando que de ser dios no estaría allí perdiendo mi tiempo.

–¿No los destruiría, Riveros? ¿No desataría su furia contra ellos?

–¡Qué sé yo, doctor! Yo no soy vengativo...

–¡Eso es mi querido Riveros! ¡Venganza! Esa es la palabra. ¡La venganza de los dioses! Los dioses querían sangre...

–¡Ay, doctor, eso es lo último que nos faltaba! ¡Ponernos a hacer un Krimi [2]  en los Andes!

–Ése sería un excelente título para una película, mi estimado. ¡Estupendo! Ahora le ruego que se retire. Tengo que hacerme al trabajo...

En los días siguientes esperé su llamada. Sabía que von Nirgendwo se traía algo entre manos. No me equivoqué; al poco tiempo von Nirgendwo me comunicó que preparaba una conferencia en la sala de actos de la universidad. Se había preocupado de invitar a todas las personalidades universitarias porque esa noche revelaría el misterio del ocaso incaico. Para colmo de males, von Nirgendwo requería mi asistencia. “Ya metiste las cuatro, Chachi”, pensé, pero acepté llevado por ese derrotismo tan latinoamericano que nos asalta ante la inminencia de una catástrofe. Asistí a von Nirgendwo en todo y lo hice, vuelvo a jurar, con la mejor de las malas intenciones. Entonces sí me sentí como su escudero y me preparé para la bendita ponencia con el mismo temor con que Sancho descubría una venta.

La sala estaba llena la noche de la conferencia. Latinos a montones, y autoridades universitarias por doquier. Von Nirgendwo no necesitó más de media hora para despertar las carcajadas de los asistentes con su teoría de la venganza de los dioses. Inmediatamente estallaron las burlas. Alguien lo llamó el Brasseur de Bourbourg andino, y otro, peor aún, lo acusó de hechicero intelectual. Hubo pifias, gritos, manos en alto y hasta groserías de parte de los latinos que se habían congregado al fondo de la sala, al lado izquierdo, por supuesto. Von Nirgendwo soportó todo con estoicismo. Yo no sabía dónde meter la cara y rogaba a los malditos dioses tutelares que llegaran a socorrernos. Pero no llegaron (¡vaya a saber uno si también necesitan visa para actuar por otros lares!). Pasado el tumulto el doctor se despidió con la misma flema con que había expuesto y se retiró con el rostro erguido, repitiendo el mismo pasito militar con que marchara aquella lejana mañana en que, para su desgracia, me crucé en su camino. Alguien me increpó eufóricamente el fomentar su locura. Reconocí al instante la voz. Era Mimi. No me atreví a responderle. La vi partir, y mientras se iba haciendo cada vez más pequeñita, pensé que sólo la distancia podría reducir mi miserabilidad frente a los otros. La gente empezó a retirarse lentamente y por las miradas que recibía de los latinos pude entrever que pasaría mucho tiempo antes de que volviera a sentarme en una mesa con ellos a disfrutar una cerveza. Bien merecido me lo tenía. Yo mismo me había metido en ese embrollo. Y para remate, había contribuido a la ruina de von Nirgendwo con mi samaritanismo estúpido. Estuve al borde del llanto y palpé la soledad esa noche como nunca más la ha vuelto a sentir en mi vida. Permanecí en la sala vacía hasta que llegó el portero y me invitó cordialmente a que me largara.

Me perdí por las calles de Fleckenburgo. Terminé en una cantina y me pegué una borrachera tal que hasta ahora me dura la resaca. No volví a la universidad por un tiempo, carcomido por la vergüenza. Durante mi ausencia, me comunicaron, von Nirgendwo presentó su renuncia y se enclaustró en su casa, en un pueblito en las cercanías de Fleckenburgo. No volví a verlo, aunque recibí una postal suya agradeciéndome la asistencia. Mi vida cambió desde entonces. Sin Mimi, sin von Nirgendwo, sin latinos, me volví huraño y taciturno. Y así permanecí hasta que terminé mi carrera y me volví al Perú, especializado en las analogías entre el acorde de doble dominante y los bucles de Juanito Arroyo. Aquí olvidé muy mal a esa especie de Quijote incaico. Y pesar de mis esfuerzos por evitarlo, hartas veces me sorprendí engullendo cronistas y buscando el hilo que me revelara las fuentes fantasiosas que motivaban el desquicio del germano. Después de unos años recibí carta suya. Me pedía datos sobre el Dreaming de los aborígenes australianos. Casi tuve que cortarme las manos para no escribirle, lo juro. Pero no lo hice. El mismo año una esquela me comunicó su muerte. “Muerto el perro se acabó la rabia, Chachi”, me dije. Pero la mala conciencia es como un pantalón orinado y, sencillamente, no se puede disimular con nada. Fue por eso tal vez que no me preocupó mucho la primera visita onírica de von Nirgendwo, pues la asumí con ese fatalismo punitivo que llevamos muy dentro los católicos renegados. Esa noche me lo encontré en una cantina, en el centro de Lima. Me llamó efusivamente y me invitó a sentarme a su lado. Conversamos de insignificancias como es dado a dos que se reencuentran después de muchos años y se deben razones:

–Mi estimado Riveros, ¿por qué no me cuenta algo de esos aborigines? –me preguntó por fin la voz lejana de von Nirgendwo en el sueño.

Yo me extendí en explicaciones y explicaciones justificando con tontos pretextos el no haber respondido a su misiva. Pero él insistió en el tema de los aborigines. Yo solté la lengua sin reparos porque en los sueños uno se larga a hablar sin tapujos, así que le expliqué hasta lo que ya no recordaba. Él me escuchaba con suma atención y me interrumpía constantemente para hacerme preguntas. Lo observé de pronto. No podía engañarme, algo maquinaba y trataba de utilizarme para seguir desde el más allá con sus quijotadas.

–No me haga trampa, doctor, o me despierto –le advertí.

–Eso no es problema –me respondió irónico–. Yo puedo esperar todo el tiempo del mundo, pero usted no puede prescindir del sueño.

La suerte estaba echada intuí enseguida: las visitas continuarían.

La segunda visita fue más corta y, en cierto modo, más simbólica. Yo andaba por una calle desconocida, algo similar a las calles grises y angostas de Fleckenburgo. Recorrí una alameda adornada con olmos que terminaba en una especie de ruina incaica. Sobre la puerta del edificio había una inscripción: Hotel Incap Pukaran. Entré y en la recepción me comunicaron que von Nirgendwo me esperaba en “los baños ”. Allí lo encontré sentado en un poyo de piedra con su terno impecable y un tocado indio de colores muy vivos. Lo observe detenidamente. Leía un libro sumamente concentrado. Le pasé la voz y al verme suspendió su lectura:

–¡Riveros, qué sorpresa! –simuló no esperarme–. ¿No es extraordinario que nos encontremos mientras yo leo esto?

–Más sorprendente me parece que usted se ande metiendo en todos mis sueños –le respondí recurriendo al sarcasmo típico de los Rivero.

–No se altere, mi amigo. Sólo le pido que le eche una hojeada a este librito –me dijo, mostrándome un ejemplar de bolsillo–. ¿No se daría usted el trabajito de buscarme unas líneas que me redimieran?

–¿No le bastaría con un par de líneas de Nazca? –le solté la pachotada.

–No sea bellaco e infacundo, Riveros –me increpó el Dr. von Nirgendwo en mi sueño–. Venga, acérquese. Yo se lo leeré...

Me acerqué a él unos pasos y pude entrever la carátula desgastada. Alfred Bester, The Men Who Murdered Mohammed, leí.

Von Nirgendwo regresó el libro hacia él como si temiera soltarlo, como si quisiera protegerlo de mis burlas; lo acercó a sus ojos pringados de tedio a la vez que hundía la cabeza para leer mejor. El libro estaba en inglés, pero como los sueños no son lógicos, leyó en español:

–“Cada uno de nosotros viaja en su propio pasado y no en el de otra persona. No hay continuo universal alguno...” –citó con su voz ronca–. “Sólo hay billones de individuos, cada uno con su propio continuo, y un continuo no puede influir en el otro...”.

Me miró y vi en sus ojos el brillo desquiciado con que miran los visionarios:

–¿Y? –dije –. ¿Qué pasa?

–¿No es fabuloso, dígame? ¿No le recuerda nada?

–Caray, doctor. Usted se me pone muy difícil en los últimos tiempos...

–¡Deje las bromas para después! –me dijo con el aire autoritario que solía asumir cuando empezaba a agotarse su paciencia–. Escuche esto: “Si un hombre altera su pasado, influye sólo sobre su propio pasado y no en otro. Con el pasado pasa lo mismo que con la memoria. Si se le borra la memoria a un humano se le aniquila sólo a él, a nadie más... Los mundos individuales de los otros siguen existiendo...”

Durante la lectura su voz recuperó el tono apacible; tornó a mirarme esperando una respuesta:

–Hmmmmmm –comenté profundamente interesado.

–¿No se da cuenta de lo que estoy tratando de comunicarle, hombre? –volvió al ataque–. Piense un tantito, Riveros. Fue usted mismo quien me puso tras estas pistas y ahora quiere desentenderse. No puede decepcionarme de esa manera.

–Usted mande y yo lo decepciono de la manera que usted desee –traté de calmarlo–. Pero no me pida que lo ayude más que ya bastantes problemas me ha ocasionado y sin promesas de islas o ducados.

–Lo desconozco –repuso von Nirgendwo, desvaneciéndose en lo denso del sueño–. Quizás sea mejor que se despierte.

–Quizás, doctor. Hasta la próxima.

Soy débil. Debí haber olvidado el sueño de inmediato. Mas no lo hice. Confieso que agoté todos los esfuerzos posibles para descifrar el mensaje que decía trasmitirme el finado, pero los designios divinos son inasibles y un pobre inepto, como yo, no pudo acertarlos. Entonces entendí que von Nirgendwo regresaría. Y temblé de miedo: harto sabido es que a la tercera va la vencida...

La última visita onírica por lo mismo no fue inesperada. Yo volvía a casa después de muchas horas de deambular por diversas ciudades en las que había estado a lo largo de mi vida y me encontraba a von Nirgendwo sentado cómodamente sobre el sillón reversible de mi estudio, revisando algunos escritos dispersos sobre la mesa. Estaba alegre y visiblemente emocionado:

–Por fin ha llegado la hora –me sonrió con sorna.

–De irse a la cama, espero –parodié enseguida.

–Usted ya está en la cama, mi querido Riveros. ¿O se olvida que está soñando?

–Mire, doctor, entendámonos. Usted habría podido morirse cuerdo como don Alonso, pero no, usted tenía que seguir insistiendo con esa historia de los harawis y la santa pirindinga...

–¡Por la pirindinga, más te valdría escucharlo si no quieres que te parta el alma, traidor! –terció una voz desconocida.

–Mil disculpas, Sr. Riveros –se apresuró a explicarme von Nirgendwo–. Le presento a Juanito. Juanito Corpancho.

–Ahhh, conque con refuerzos es la cosa... Veamos, pues. De que se trata...

–¡Tú lo sabes perfectamente! –gruñó Juanito aún encabritado.

–Mire, mi querido amigo –me dijo von Nirgendwo adoptando otra vez un tono calmado–. Estamos en deuda con usted. Gracias a sus informaciones hemos podido reconstruir las causas que determinaron la destrucción de sus antepasados. Yo, si me permite la soberbia, no andaba tan lejos en mis deducciones. Desgraciadamente desoí su ayuda durante nuestras conversaciones en Fleckenburgo. Es que estábamos demasiados convencidos de nuestras pistas. Ahora con toda calma, hemos convenido en que sus sospechas no eran equivocadas. Sólo hay un pequeño problema. Que estamos muertos y que no podemos manifestarnos sino a través de mortales. Por eso lo hemos buscado: usted sigue vivo.

–Como siga soñando con usted pronto voy a tener que empezar a dudarlo –le contesté.

–Pronto vas a dejar de estarlo como sigas haciéndote el idiota –me amenazó Juanito.

–Dios mío, qué mal humor tienes, Juanito. Ahora comprendo por qué te pegaste un tiro, compare –contraataqué yo.

Von Nirgendwo apaciguó los ánimos otra vez:

–No perdamos tiempo, Riveros. La noche es corta. Y su misión es importante. Tenemos que explicarle todo antes de que despierte. ¿Recuerda la epidemia desatada por el primer arribo español? –me preguntó.

–Más o menos, doctor –repuse–. Hace tanto tiempo de ello. Huayna Capac estaba por allá arriba y lo agarró la sarna o el sarampión...

–Exacto. Huayna Capac temió por su vida y designó a Ninancuyuchi como sucesor, ¿no es cierto? –continuó von Nirgendwo.

–Ya, ya, ya..., ya recuerdo –afirmé con la cabeza–. La comitiva llegó a avisarle y él no se alegró nadita porque ya se había muerto.

–Lo envenenaron –informó Juanito.

–¡Ajá! –dije –. Me había olvidado del detective fantasma. Se puede saber ¿quién?

–Raura Ocllo, la madre de Huascar –añadió el catedrático–. Aprovechó que Atahualpa se había quedado en Tumibamba para provocar el nombramiento de su hijo y convencerlo de que Atahualpa preparaba una insurrección. Atahualpa, que no se imaginaba nada, envió, agasajos y regalos a su hermano, pero éste ordenó inmediatamente la muerte de los enviados, destruyó sus ofrendas, y le envió prendas, joyas y otros afeites femeninos de regreso...

–O sea que Atahualpa se rebeló porque no le gustaron las falditas –solté otra vez la pachotada.

–Véalo como mejor le parezca –propuso von Nirgendwo inmutable.

–¡No, no, doctor, yo quiero la verdad si voy a tomar parte en este asunto!

–Esos detalles son irrelevantes –argumentó Juanito con impaciencia.

–¡Tú cállate! –le grité, hirviendo en rabia–. ¡Yo decido qué es relevante en mis sueños y qué no!

–¡Señores, señores! –volvió a mediar von Nirgendwo–. No perdamos tiempo, he dicho. Preste atención, Riveros. Eso desató la guerra entre hermanos. Nada de reinos de Quito ni qué ocho cuartos. ¡Sólo intrigas! Atahualpa cayó preso en Tumibamba y lo encerraron en un tambo...

–Claro, claro –me adelanté–. Y después viene el rollo ese de que el sol bajó y lo convirtió en rata...

–En Amaru [3] –me corrigió Juanito.

–Es lo mismo –argumenté –; y pudo escapar por el hueco de una aguja...

–¡Por un agujero en la pared, imbécil! –tronó Juanito de nuevo y sentí que lo odiaba.

–¡Señores, por favor, cordura! –suplicó von Nirgendwo y continuó narrando sus laberintos dinásticos–. Después vino el tiempo de las consultas a los oráculos, ¿recuerda? La huaca Catequil pronosticó la derrota a Atahualpa y éste la destruyó sin piedad alguna.

–No empiece de nuevo, doctor, acuérdese de la conferencia...

–No se asuste, Riveros. Justamente allí está el problema, mi querido amigo. Me equivoqué, es cierto. El punto álgido no era ese si no el de las consultas a los oráculos, pues, al no ver realizados sus planes, ambos candidatos optaron por el holocausto de las huacas y después, ya en plena guerra, por el exterminio de los familiares del bando opuesto. Huascar arrasó con la panaca [4] de Atahualpa. Atahualpa hizo lo mismo con la de Huascar ¿me entiende? Quiero decir con Harawiyoq, Quipucamayoq y todo. Cada uno exterminó a los que compilaban las hazañas del otro, destruyendo así la memoria de su pueblo. Huascar cayó prisionero en Huanacupampa; Atahualpa fue capturado por los españoles. El primero murió en manos de Atahualpa y éste en manos de los invasores y la destrucción quedó consumada.

–Sigo sin entender, doctor –admití.

–Se lo dije, doctor –volvió a intervenir Juanito–. Este baboso no nos va a servir para nada. ¡Es una bestia!

–¡Juanito! –el profesor le ordenó silencio–. ¿No se da cuenta, mi querido amigo? –se volvió hacia mí con la misma voz apacible de hacía unos minutos–. Los Harawis eran como esos Dreamings que usted me refirió aquella mañana en Fleckenburgo y que yo, tontamente, no supe valorar a tiempo. Al destruirlos, ambos incas destruyeron los pasados que los constituían y ocasionaron su declive, como en un castillo de naipes al que se le retira una carta. Por exterminar al otro propiciaron la destrucción del imperio todo. No destruyeron lo inca ¿entiende? Sólo destruyeron su propio continuo, ese continuo individual al que aludí al leerle a Bester. ¿Me ha comprendido?

–Sin embargo, no veo por qué el continuo de Huascar y Atahualpa tenga que haber sido el de los incas todos, doctor.

–La respuesta es sencilla, mi querido amigo, porque al exterminar a todos los cantores destruyeron el continuo de cada panaca. Se trata ahora de restituir la totalidad de los cantares, Riveros. Basta que alguien los cante una sola vez y se restituirá el orden antiguo. Sólo tiene que buscar al único Harawiyoq sobreviviente y revelarle el enigma. Él sabrá reponer el daño. Él podrá componer el fragmento que interrumpe el continuo de su pueblo y entonces no sólo habrá de redimir a su cultura y a su pueblo. El caso está resuelto, Riveros. Depende de usted hacerlo o no. Don Cipriano, un indio de Quero, radicado en Cuzco, es el Harawiyoq. Él lo está esperando. Nosotros podemos mover las cosas, podemos comunicarnos con los mortales a través de lo inmaterial como ahora aquí con usted, pero no podemos llegar a don Cipriano.

–No le prometo nada, doctor –le dije y supe que ya había logrado enredarme–. Voy a pensarlo.

–¡Qué vas a poder pensar tú si no tienes cerebro! –aprovechó Juanito para insultarme.

–Tú tampoco, baboso, tú estas muerto –repuse mostrándole la lengua–. ¡Y deja de insultarme en mi sueño si no quieres que me despierte!

–Píenselo, mi estimado Riveros –sugirió von Nirgendwo ya algo borroso–. Todo ya está dicho. Tómese su tiempo y decida. Nosotros le estaremos agradecidos por siempre. Y sus compatriotas también.

–Usted siempre ha sido todo un caballero, doctor –le dije depositando la mirada en los ojos encolerizados de Corpancho.

Cansado, aturdido, me volteé luego hacia von Nirgendwo, haciéndole adiós con la mano.

–Lo siento, doctor –le dije–. Son las seis de la mañana. Tengo que despertarme ahora sino llegaré tarde al trabajo. Le prometo pensarlo.

Desperté empapado y no pude liberarme de los fragmentos de sueño. Ya hace años de ello. Desde entonces creo haber visitado el Cuzco en tres o cuatro oportunidades. No busqué al anciano, sin embargo, movido por un natural instinto de conservación y en parte debido a que los sueños con von Nirgendwo desde aquella noche no se repitieron.

Alguna fuerza mayor me ha regresado otra vez al Cuzco y me tiene aquí en un hotelucho para mochileros y parejas fugaces, entreverando razones para buscar a Harawiyoq o lo que sea. Ayer decidí visitarlo. Desde la ventana de mi cuarto, el mismo en el que ahora escribo estas líneas que pretenden “redimirme”, veía las casuchas con sus techos de tejas perdiéndose en el melancólico ocre del cerro, y me pregunté en cuál de ellas estaría don Cipriano viendo mi pavor con sus ojos pequeños que ven hasta lo invisible. No necesité buscarlo. Me bastó echarme a la calle y convocarlo. Hubiera esperado una señal en Siete Culebras o en Santo Domingo, pero las revelaciones prefieren medios más triviales: Alguien me pidió fuego a la puerta de la central telefónica. Yo no fumo. Se lo dije. El hombre me detuvo y me miró a los ojos. Era un rostro sin facciones, uno de esos que uno nunca recuerda:

–¿Busca algo? –me dijo.

–Quizás alguien me busca –insinué sin poder ocultar mi nerviosismo.

–Hoy, a las siete y media en el Pinkipub –me respondió.

–¿En el Pinkipub? ¡Pero eso es un burdel! –protesté airado.

–No discuto –me respondió–. Yo soy un aparecido.

Entiendo que cualquier hombre, por más valiente que sea, hubiera temido en semejantes circunstancias. Yo estuve a punto de echarme atrás, pero pensé en la importancia de mi misión y sentí que debía contribuir al destino de mi pueblo. Volví al hotel y dormí el resto de la tarde. Me despertó el teléfono. Era el recepcionista que me recordaba la cita; ello me resultó sospechoso pues yo no había comentado con nadie que pensaba salir. Antes de tiempo abandoné el hotel. Bajé por Pumacurco en dirección a la plaza. Por un momento sentí que la ciudad toda participaba de una conspiración: las mamitas vendiendo emolientes bajo los portales o en las esquinas, los chiquillos andrajosos pidiendo limosnas a cada paso, los músicos ambulantes postrados a las puertas de las iglesias, y las paredes descomunales de los templos antiguos, y los balcones virreinales y hasta los enormes cerros circundantes. No pude soportarlo. Tomé la Avenida del Sol y me encaminé al prostíbulo después. La luz rojiza me dañó los ojos. No alcance a dar sino unos pasos en dirección al bar. Alguien me tomó del brazo:

–Sígame –me ordenó, y llevándome afuera, me introdujo en un auto pequeño.

Era el aparecido. Recorrimos la ciudad. Recuerdo muchas calles diminutas y numerosas zonas sumidas en las tinieblas. Entendí que dábamos vueltas con la evidente intención de desorientarme. En la radio alguien narraba a gritos un partido de fútbol. Muy pronto perdí la orientación. Cerré los ojos y traté de no pensar, escuchando como Rojitas se la pasaba a López y como López la perdía frente a Trigeño y Trigeño frente a Soriano que se la pasaba a Rojitas para empezar el círculo nuevamente. Un ruido seco suspendió la transmisión como si alguien hubiese callado al locutor de un sopapo. Abrí los ojos. Nos habíamos detenido frente a una casa de adobe revestido con yeso. Un afiche multicolor anunciaba una fiesta chicha contrastando con el fondo níveo de una pared. Bajamos. Entramos sin tocar a la puerta. Era una casa de indio, un sólo espacio que separaba el lecho del resto de la vivienda con una cortina de plástico descolorido. La mesita astillada, negreada por el hollín, pertenecía también al lugar que había ideado en mi imaginación, minutos antes, sentado en la carcocha. Don Cipriano mascaba coca sentado frente a la mesa. El hombre le habló en quechua. El indio asintió con la cabeza y el sin rostro desapareció sin prisa, dejándonos a solas. El indio me invitó a sentarme extendiendo su brazo, mostrándome la banca de madera desportillada. Me senté  y sentí a los cuyes correr de una esquina a otra del cuarto y reí. Yo había una visita a los extramuros del tiempo y la razón: en cambio, me encontraba con un cuadro folklórico:

–Vengo de parte de unos amigos –dije en castellano–. Ellos hubieran querido venir también, pero...

–Has vinidu, puis –me interrumpió el indio esforzándose por hablarme en mi lengua–. Día grandi huy. Talviz Inkarri istá sojitando la sol con so soga juerte, agrandandu día. Talviz so cuirpo disdi dintro istá criciendo y so uma [5] tanbín. Talviz amigus con dioses conversando. Talviz abajo diablo istará cumiendu...

–Comiéndoselos estarán los gusanos, maestro. Pero no he venido por eso. Me han dicho que usted conserva algunos harawis incaicos, ¿es cierto?

–¿Quis cirto? ¿qui nuis cirto puis, niñu? –me refutó el indio, arrojando un bollito de coca sobre el piso de tierra–. Lo que sabis, nomás, vas hablar...

–Así fue la caída del imperio –le dije. Y empecé a hablar como si el espíritu quijotesco de von Nirgendwo se valiera de mi lengua.

Hablé largo rato, sintiendo el silencio rodear mis palabras como si fuesen una media vieja, escondida durante largo tiempo en un zapato también remachado. Permanecí fiel a “las locuras” del teutón y las referí con toda la precisión y minuciosidad que le son posibles a un trasnochado.

–He terminado –dije tras de agotar mi memoria.

Miré a don Cipriano a los ojos luego, esperando un gesto de aprobación, una confidencia. Nada. Éste empezó a reír suavemente curvando su cuerpo hasta reposar su frente sobre la tabla de la mesa; una risa susurrante lo invadió paulatinamente, sacudiendo su magrez hasta convertirse en una carcajada incontenible. Rió con todo su cuerpo, como si lo poseyera algún demonio. Pocas veces he visto reír a un indio; quizás por ello jamás olvidaré esa risa ni ese cuartucho oscuro y maloliente adonde me había llevado el desatino, a precio de terminar, sin Sancho ni panza, como otra triste figura desquiciada. Su risa sacudió el cuarto y yo pensé que me volvería loco. Sentí la orina chorreándose entre mis piernas. Salí despavorido y me eché a correr por las callejuelas, sin rumbo, hasta caer exhausto. Me faltaba el aire, oía a la gente pasar a mi alrededor, pero nadie se acercaba a socorrerme. “Me confunden con un borracho”, pensé. “Y a los borrachos no los socorren más que los muros y los postes”. Allí debí quedarme hasta perder el conocimiento.

Desperté en mi cuarto con los pantalones aún mojados y el corazón que se me quería salir del pecho. Alguien me había recogido y regresado al hotel en mi inconsciencia. No soñé por suerte. Pero tampoco recuperé la calma. Me he preguntado todo el día el motivo de la risa de don Cipriano sin llegar a contestarme. He barajado diversas posibilidades. La más descabellada de todas es pensar en una venganza del destino por haber asistido a von Nirgendwo en su conferencia, mas en mí algo se niega a reducir mi suerte a una charla de pacotilla. Más lógico sería admitir que tal vez todo este tiempo don Cipriano había dirigido las perquisiciones del teutón, acercándolo y alejándolo de la verdad, como si manejándolo a su antojo, perpetuara lo absurdo del destino, lo descabellado y risible de las grandes empresas. La más probable empero es que el indio no consideró viable la destrucción de un harawi y que von Nirgendwo haya estado tan lejos de la verdad como los testigos de Jehová del fin del mundo. Si fuera así, significa ello que el continuo sí existe; significa entonces que el pasado sigue alimentándonos a través de ese continuo; significa también que los malditos dioses tutelares habían previsto todo y que algún Harawiyoq, desde siempre, sigue, y seguirá, entonando el canto que nos sustenta. Un Harawiyoq ha de estar cantando a la puerta de la catedral, o en alguna chichería, o en alguna covacha del Cuzco, pellizcando las cuerdas de su arpa o de su charango o soplando en una caña como si fueran las tripas secas de un mamífero; ha de estar cantando y en su Harawi, la caída del imperio, y la victoria española, y la muerte de Corpancho, y las locuras apasionadas de von Nirgendwo allá en la universidad de Fleckenburgo, y aun el escribir estas líneas que anuncian la destrucción de nuestra sociedad, se suceden simultánea e infinitamente como una orden majadera y divina. Aquí no hay “¡Elemental, mi querido Watson!”, que valga ni párroco que me regrese apaleado a la aldea. Somos marionetas de los dioses. He ahí el meollo del asunto. El cuerpo de Inkarri andará ya caliente, creciendo, juntándose bajo tierra, anunciando el restitutio andino. El Harawi existe. Jamás se detuvo. ¿Pregonarlo? Ni loco. Yo no quiero problemas. Y sé que no van a creerme guilladuras si es que me descubren los de Inteligencia. No. No diré nada. Se acabó el viaje. Me voy a Lima mañana y no vuelvo nunca más al Cuzco. ¡Me importan un carajo los designios de los dioses! ¡Qué conspiración ni qué conspiración! Yo no creo en profecías ni en sandeces. Aquí se acaba. Me voy a seguir mis propios designios. ¡Qué se joroben los dioses!...Yo me voy...

He regresado a estos papeles minutos antes de partir pues me asalta la duda: ¿habrán decidido también los dioses mi silencio?


 


[1] Mascaypacha: la borla imperial inca.

[2] Krimi: abreviatura del término alemán Kriminalroman con que se designa a los cuentos y a las novelas de género policial.

[3] Amaru: serpiente.

[4] Panaca: linaje incaico.

[5] Uma: cabeza.

    

Ediciones del Curueño (León, 1998)

Mi agradecimiento al autor 

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Manuel Talens 2004