MARU LEE Enrique
Medina

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Acepta un volante, dobla por Florida y se encuentra con la peatonal
tranquila. Mira una vidriera de ropa. Tira el volante en uno de los
tachos municipales y recuerda que no hace mucho aún existían los
escraches a los bancos. Con martillos, palos, llaves, piedras,
cacerolas, con todo lo que vulgarmente se denomina elementos
contundentes, los manifestantes abollaban las chapas y tablones que se
colocaban como defensa de los edificios bancarios. Maru se sumaba al
reclamo de los ahorristas estafados y gritaba con toda la voz del alma
aquel estribillo murguero que dio la vuelta al mundo: "¡Chorros,
chorros, chorros!, ¡devuelvan los ahorros! ¡Chorros, chorros, chorros!
¡devuelvan los ahorros!"... El recuerdo se le hace presente a Maru y
ve a un estafado que escribe con aerosol un insulto más a los
banqueros. Entonces ella se quita un zapato y colabora golpeando la
chapa con ganas. Sin dejar de cantar el estribillo se mira con los
otros manifestantes y se sonríen hermanados y cómplices. Mira para el
otro costado, donde están los canas parados como postes bien al pedo,
piensa, y ve que uno la campanea. Como ella le sostiene la mirada, el
cana le guiña el ojo. Ella piensa que mejor sigue su camino, no vaya a
ser que se le rompa el taco. Abolla el volante y se lo tira al cana:
"¡Asesino hijo de puta!".
Confundida como siempre, enredada en su propio mundo, sin saber si
aceptar o no a Sebastián a pesar del montón de años que él le lleva,
sin saber ni estar convencida de la actitud a tomar para meterse de
lleno en la lucha social dentro de algún movimiento o sindicato y
largar lo que fue vocación y hoy apenas si es un humilde trabajo de
maestra, Maru entra a la pizzería porque se le antojó una de anchoas.
Militante independiente que se reconoce algo anárquica, estuvo en
todas, en los cacerolazos, en las marchas de protesta, los escraches a
políticos, y ahora con los piqueteros, que la quieren enganchar, y
ella que sí que no... ¡Vamos compañera, que necesitamos
intelectuales!, le dicen para engrupirla, pero no, no es tan fácil,
no. Si fuera fácil ya estaría con Sebastián. El le aseguró que no
perdería nada, le dio todas las garantías del caso por el respeto a su
vida privada, él mismo se lo juró. Y además es un gran tipo. ¿Pero si
una sigue siendo como quiere, como siempre, si como él dice en su
vida nada cambiará, cuál es el chiste de acollararse a un tipo? ¿Cuál
es la necesidad, dónde el misterio de una nueva vida?... Si es que hay
nueva vida. Ella seguiría igual, con sus mambos y tole-tole de rompe y
raja. ¿Y él?... Sólo le echaría una ojeada cuando tuviera que ir a
sacarla de la comisaría. Y eso no es justo, por más que él se la
banque. Pero da bronca cagar a la buena gente. Da bronca hacer mal
porque sí, simplemente por joder, y bronca por ensuciarse una, sin
necesidad. Aunque él aceptó el período de prueba que ella propuso,
ella igual sigue como la gata Flora... Y por si fuera poco su relación
amorosa con Clotilde se está pinchando sin que pueda hallar el parche
adecuado. Después de la pizza y la gaseosa pide un café y saca una
revista del bolso y lee para desentenderse de preocupaciones
personales. Pero por más que una quiera concentrarse, cuando el cuerpo
y la mente sienten que son observados, es difícil leer. Y Maru no
puede leer porque: 1) la decisión que debe tomar con respecto a su
vida sentimental la tiene muy preocupada y 2) porque levanta la vista
y se encuentra con los ojos de un tipo sentado en la mesa de al lado.
El le guiña el ojo. Ella vuelve al párrafo que ya leyó un montón de
veces sin entender lo que dice. ¿Quién es este tipo, lo conozco?
Vuelve a mirarlo. Lo que pensó y no creyó. Lo que le faltaba a su
enquilombada vida: nada menos que un cana. El cana que vestido de
civil puede disimular su condición, pero como hombre nunca el atributo
de guiñar el ojo con clase.
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