ZACARÍAS Enrique
Medina

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Zacarías
ya está en los cincuenta años, pero, para muchos, la barba tobiana y
la ausencia de algunos dientes le ayudan a que supere con holgura los
sesenta, y mucho más con la facha que carga. Para taparles la boca a
quienes lo calumnian, pretende un andar fibroso y, lo que fue vientre,
ahora panza, hacia adentro. Se ayuda ajustando fuerte el cinturón.
Todavía no soy un viejo, dice.
El
pibe es el curita encargado de los "Zacarías", genérica y
cariñosa apelación que él mismo determinó para esta "corte de
los milagros" que recurre a las iglesias en busca de auxilio
desde que los dueños del mundo decidieron apretar las clavijas sin
anestesia. A causa de que, por necesidades de buena imagen, muchos
templos se han visto obligados al trámite de ayudar a estos
desarrapados de la globalización, dispusieron en las entradas grandes
canastos para que los donantes dejen ropa usada y todo lo que pueda
servirle a los "Zacarías". Estos quehaceres recaen en
primerizos que están llenos de auténtica misericordia por el prójimo,
y nada tienen que ver con los que ingresan al servicio de dios soñando
una "carrera" eclesiástica adornada con capas rojas y
pesadas, tocado de teja de oro, y coros celestiales. Estos curitas,
como corresponde, se inclinan y hacen la señal de la cruz cada vez
que pasan frente al altar mayor y delante de vírgenes y santos, pero
la especulación que los carga de fuerzas para realizar dichas tareas
está lejos de internas, rangos, operaciones políticas a las que
tanto afecto tiene gran parte de la alta curia. Ellos no les tienen
asco a los pobres, están en otra. Están inspirados por curas como
monseñor Novak, el obispo Angelelli, el cura Farinelo, y muchos otros
que cumplen su apostolado desde el anonimato. Saben, estos curitas,
que el cielo de arriba no existe, que el verdadero cielo está en la
misma tierra infernal que vivimos, y sólo se puede disfrutar de él
si se hace el bien.
–Hágame
caso, vaya al hospital Rivadavia. Ahí hay dentistas gratis. Y no deje
de confiar en dios, Zacarías...
–No.
Sí, claro que sí... Chau.
Zacarías
tantea con la lengua y comprueba que un diente ya no quiere más
guerra. No le gusta que el curita lo llame por el apellido. A pesar
del buen baño que se dio, siente que le vuelve la picazón entre las
piernas. Y le da bronca porque al escuchar su apellido se conflictúa,
se recuerda persona, y no lo que es: un vago que duerme en la calle y
vive de la caridad, se lava en los baños de la estación Constitución
o Retiro, un vago que con su presencia molesta a la gente y atemoriza
a los chicos, un vago que revisa los tachos de basura para alimentar a
sus perros. No le gusta escuchar su apellido. A él le gusta que lo
llamen Rolo, como lo llaman los otros que duermen en la calle, o los
canas que ya lo junan y de a poco lo están convirtiendo en ortiba
aunque para engrupirlo le digan que si logra ser un buen
"informante" le pueden tirar unos pesos , o los empleados de
los negocios que de tanto en tanto le dan una mano. Rolo lo llamaba
Mabel... Era pesada Mabel. Se le apareció una noche bajo el punte
cuando él ya se había bajado dos cartones. Hacía frío esa noche.
La pasaron calentitos. Era buena, pero no quería soltar el carrito de
supermercado que se había choreado. Cargaba bolsas y bolsas, al
divino cuete. Ni ella sabía lo que tenía adentro. Si había que
cruzar la calle él se adelantaba o se atrasaba para que la gente no
los mirara como a fenómenos de circo. Y ella lo llamaba a los gritos:
¡Rooo-loo, Rooo-loo! Estaba algo colifa la Mabel. Que dios la ayude.
Le gusta que lo llamen Rolo porque es más impersonal, y corto: Ro-lo.
También las travestis lo llaman así. Dejó de tenerles bronca
aquella vez que teniendo una mamúa universal un colectivo lo agarró
de refilón y lo tiró contra el cordón de la vereda. Con la cabeza
partida lo metieron en un taxi y lo llevaron al Fernández. Allí le
pusieron unos puntos y le dijeron que se rajara. Las travestis se
hicieron cargo y amaneció abrigado en una casilla. Ro-lo. Rolo, y
nada más. Sin historia. En cambio Za-ca-rías le suena detonante,
exigente, lleno de compromisos; le suena a hombre casado y con hijos,
a persona ocupada y requerida, un tal Zacarías puede ser director de
un Banco, dueño de una inmobiliaria, empresario, actor de cine, y
hasta presidente, presidente del país, eso. En cambio, Rolo suena fácil,
libre, pone distancias con las obligaciones de la vida cotidiana y la
desesperación de "llegar" a algo, de triunfar, tener éxito,
y morir de cáncer.
Por
su parte el curita no tiene problemas con el apellido. Siempre le han
dicho "pibe", y sospecha que el apodo le quedará de por
vida. Y le gusta, porque es un apodo que le han puesto los "Zacarías",
los que vienen de abajo como él, que nunca tuvo padre ni madre ni
perro que lo lamiera, como sí tiene Zacarías que a falta de uno
tiene tres. El pibe curita sólo tuvo la suerte que un cura le
permitiera limpiar la vereda a cambio de sentarlo a la mesa. De a poco
se fue metiendo y limpió dentro de la iglesia y un día, inesperado,
el cura le dijo si quería ingresar al seminario. Y lo que parecía un
negro e infinito túnel a cruzar, resultó grato, delicado porvenir,
excepcional sentido de vida. Y así logró superar las carencias
personales, aunque sin olvidar las anhelos del que está clavado en la
cruz, con el que tiene buen trato, dialoga y le hace caso en eso de
ayudar a los desamparados, algo que muchos de sus superiores no tienen
en cuenta y él no entiende el porqué.
Cuando
le encomendaron encargarse de los vagos, el pibe se sintió feliz de
poder devolver algo de la suerte que le había tocado. Hace muchos años
que está en la tarea de ayudar y buscar trabajo en el barrio para
quienes le piden; la verdad, sin mucha suerte. Hay veces en que la
desesperación por ver a la gente tan mal lo lleva a pensamientos
incorrectos; pero enseguida se repone, piensa que "son esas
complicaciones de la política", y que la infinita bondad de dios
pondrá orden donde hace falta. Mientras tanto él cumple con lo que
leyó en un librito del Abate Pierre que decía: "antes de
hablarle de dios a un pobre primero tengo que ponerle una manta en la
espalda y darle de comer". Y es lo que el pibe cura hace con
alegría, creyéndose, sin ninguna duda, una herramienta de "el
señor", a quien ama profundamente porque lo protegió, le dio un
sentido a su vida, y porque sospecha, intuye, ¿por qué no?, o en
todo caso lo piensa porque lo necesita y basta, que el tal Zacarías
bien pudo haber sido su padre. Se sonríe muy adentro el pibe cura, él
es puro corazón, un buen hincha de Newell's, el equipo de sus
pasiones que, al venirse a Buenos Aires, tuvo que dejar en su Rosario
natal, donde por ser unánimemente huérfano se hizo hincha de fútbol
para tener una identidad.
Zacarías
se masajea un costado de la cabeza, luego la nuca, las sienes. No
consigue mucho pero él cree que el dolor se dulcifica un poco. Olvidó
pedirle aspirinas al pibe. No quiere darse manija pero tiene muy claro
que estos dolores además de recurrentes se le van intensificando.
Habrá que ir a un hospital. Si es que quieren atenderlo. Irá la próxima
semana cuando vuelva a bañarse en la iglesia. Se prueba el sobretodo
que le dio el pibe. Le queda bien. En la última tormenta, una de las
tres más devastadoras del siglo, según escuchó en su vieja radio de
mano a la que ya hay que ir cambiándole las pilas, perdió todo. Con
esfuerzo había levantado un techo de chapa sobre unos postes, adosado
unas planchas de madera a los costados y colocado unos restos de
alfombra sobre la tierra para lograr un rincón privado bajo el
puente. Por unos meses fue un señor. Pudo chupar mate caliente,
dormir sin que lo molestara la prepotencia del viento, apilar diarios
en un rincón, tener un banquito para sentarse, y convertir una silla
vieja sin respaldo en mesita. Estaba tan entusiasmado que había
empezado a soñar con bajar un cable de algún lado y poner luz. Hasta
los perros estaban contentos; ladraban diferente. Y perdió todo. Sólo
le quedó la radio, y los perros. No tiene espejo donde mirarse, pero
sabe que el sobretodo le queda bien, no está a la moda pero le va. Ya
se admirará frente a una vidriera. Seis botones y solapa en punta. De
su época. De cuando le iba bien en la construcción. El sobretodo le
ha cambiado la facha, ya mismo podría ir al hospital. De obrero llegó
a maestro mayor de obra. Sin título, pero aprendiendo en la práctica.
Increíble. El, que nunca había sido nada, escuchaba a amigos que le
decían que, de hecho, era un arquitecto. Se iba para arriba. Iba a
tener guita y minas.
Pero
no fue así.
Hubo
un parate en el trabajo, se enganchó en una milonga con una paraguaya
y la dejó embarazada. Había que abortar. Lo hace todo el mundo.
Cuando se tiene dinero. Era poco lo que cobraba la partera de la
villa, pero él estaba corto y la paraguaya muchas ganas de perderlo
no tenía. Así vinieron cuatro hijos, dos mujeres y dos varones. Un día
se dio cuenta de que la vida, además de apresarlo, se había puesto
demasiado agria y, decidido por las cartas que le había tirado una
vecina que de eso comía, escapó de la responsabilidad y se conchabó
de sereno en una pequeña fábrica por menos de lo que gana un
jubilado. En ese trabajo, solo como una rata, leía el diario dos y
tres veces para no aburrirse luego de marcar clasificados que al día
siguiente verificaba y de los que apenas si conseguía un mentiroso
"lo vamos a llamar". Trabajar de sereno es bueno para
meditar, y Rolo Zacarías aprovechó la oportunidad y pensó y pensó
en lo que había sido su vida, las peleas con su mujer, cuando ella le
tiró el velador y él se asustó, no por el velador, que lo había
encontrado nuevo en un volquete, sino porque el dolor que sentía en
su puño de tanto apretar y apretar el mango del cuchillo fue tan
salvaje como aliado incondicional que advierte. Más que las cartas de
la vecina fue este susto el que le recomendó la huída. Y, como
pensar amarga, Zacarías comenzó a chupar. Cuando se ponía muy
triste y lloraba sobre el tablón que hacía de mesa vaciaba tres
cartones de litro. Alertada por el vecindario, una noche cayó la
policía y lo encontró arrojando ladrillos a los ventanales de la fábrica
luego de haber arruinado varias máquinas de trabajo.
Los
dueños de la fábrica no formalizaron la denuncia, así que se salvó
de la cárcel. No de algunos días en la comisaría. Estos días le
vinieron bien porque, por un lado, el subcomisario le ofreció un
puesto en su organización de seguridad privada y, por el otro, luego
de años volvió a ver a dos de sus hijos. Los otros dos no lo
quisieron ver. Su mujer había muerto. Se fue a vivir a Guernica con
los dos hijos pero ellos no soportaban verlo borracho, así que lo
echaron. Y fue a anotarse en la bolsa de trabajo de San Cayetano.
Nunca fue llamado, pero él igual va a preguntar y a rebuscársela la
parrilla de enfrente donde siempre le dan algo para comer. O en los
comedores públicos; o en las bolsas de basura de los restoranes y
comercios de hamburguesas. El dueño de la parrilla le consiguió
trabajo como cuidador de coches en Barragán. Allí, en un auto
abandonado, organizó su vivienda. Era un buen lugar. Su mejor época,
casi. Pero como bien dice el tango: "nunca faltan encontrones
cuando un pobre se divierte". Un barrabrava acabado de salir de
la cárcel volvió y reclamó su puesto de trabajo....
Zacarías
vuelve a probarse el sobretodo. Está contento. Con este sobretodo la
vergüenza de que la gente lo vea dormir en la vereda tapado por
cartones no será tanta. Hizo bien en no darle bola al flaco Rufino.
Que chorée con otro. Si el primer afano sale bien uno se entusiasma y
a la larga... Nunca se sabe. Vaya uno a saber... A lo mejor el flaco
Rufino tiene razón y en esta novela de la vida uno tiene que cumplir
con el papel que le tocó. O podría agarrar viaje y hacer de correo y
llevar la bolsita de coca... Un viaje a la semana no es sacrificio. Si
me agarran, mejor, en la cárcel tengo la comida asegurada. Hay otros
que están peor...
Es
por esto que Zacarías, a pesar de saberse muerto en vida y tan pobre
que ni entierro tendrá, esta contento con el sobretodo. Se acomoda
las hombreras, estira las mangas, arregla el cuello en punta y mete la
mano en el bolsillo dejando afuera el pulgar como hace infinidad de años
vio que hacía un actor en una película policial. Hay algo en el
bolsillo. Cae la lluvia al mismo tiempo que dentro de su cabeza un
elefante comienza a malambear dolores inéditos. Zacarías saca la
mano apretando un plástico. Se tapa el ojo malo para ver mejor. Es
una vieja cédula. Toma conciencia de que él también alguna vez fue
una cédula. Alguna vez fue legal. Y votaba. Se rasca entre las
piernas. La lengua le avisa que el diente flojo ya está a punto. Mete
los dedos en la boca, lo arranca y lo tira como a un cigarrillo.
Escupe sangre. En la foto hay una cara con bigotes, cara de hombre
triste, mal peinado, corbata mal anudada dejando ver el botón alto de
la camisa con cuellito volador, rostro un poco ladeado. Con muy malas
intenciones la lluvia se larga. Si es como el temporal pasado, Zacarías
sabe que la pasará muy mal. No alcanza a leer bien. La firma es el
borrón de un nombre y un apellido que quiso ser y no fue. Cara de
boxeador tiene el de la cédula. La lluvia arrastra la basura hasta
las bocas de tormenta. Poco tiempo más y todo volverá a estar
inundado. Zacarías, mejor dicho Rolo -respetemos su derecho-, como si
arrojara el primer puñado de tierra sobre su propio ataúd recién
bajado al pozo, tira la cédula; y el agua, haciendo gambetas,
alegremente se la lleva.
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