NECESIDAD,
PRODUCCIÓN Y DIVISIÓN DEL TRABAJO (Sobre el dinero, II) Karl
Marx

(XIV), 7) Hemos visto qué significación tiene, en el supuesto del
socialismo, la riqueza de las necesidades humanas, y por
ello también un nuevo modo de producción y un nuevo objeto
de la misma. Nueva afirmación de la fuerza esencial humana
y nuevo enriquecimiento de la esencia humana. Dentro de la
propiedad privada el significado inverso. Cada individuo especula
sobre el modo de crear en el otro una nueva necesidad para
obligarlo a un nuevo sacrificio, para sumirlo en una nueva
dependencia, para desviarlo hacia una nueva forma del placer
y con ello de la ruina económica. Cada cual trata de crear una
fuerza esencial extraña sobre el otro, para encontrar así
satisfacción a su propia necesidad egoísta. Con la masa de
objetos crece, pues, el reino de los seres ajenos a los que el
hombre está sometido y cada nuevo producto es una nueva potencia
del reciproco engaño y la reciproca explotación. El hombre, en
cuanto hombre, se hace más pobre, necesita más del dinero
para adueñarse del ser enemigo, y el poder de su dinero
disminuye en relación inversa a la masa de la producción, es
decir; su menesterosidad crece cuando el poder del dinero
aumenta. La necesidad de dinero es así la verdadera necesidad
producida por la Economía Política y la única necesidad que
ella produce. La cantidad de dinero es cada vez más su única
propiedad importante. Así como él reduce todo ser a su
abstracción, así se reduce él en su propio movimiento a ser cuantitativo.
La desmesura y el exceso es su verdadera medida.
Incluso
subjetivamente esto se muestra, en parte, en el hecho de que el
aumento de la producción y de las necesidades se convierte en el
esclavo ingenioso y siempre calculador de caprichos
inhumanos, refinados, antinaturales, e imaginarios. La
propiedad privada no sabe hacer de la necesidad bruta necesidad humana;
su idealismo es la fantasía, la arbitrariedad,
el antojo. Ningún eunuco adula más bajamente a su déspota
o trata con más infames medios de estimular su agotada capacidad
de placer para granjearse más monedas, para hacer salir las aves
de oro del bolsillo de sus prójimos cristianamente amados. (Cada
producto es un reclamo con el que se quiere ganar el ser de los
otros, su dinero; toda necesidad real o posible es una debilidad
que arrastrará las moscas a la miel, la explotación general de
la esencia comunitaria del hombre. Así como toda imperfección
del hombre es un vinculo con los cielos, un flanco por el que su
corazón es accesible al sacerdote, todo apuro es una ocasión
para aparecer del modo más amable ante el prójimo y decirle:
querido amigó, te doy lo que necesitas, pero ya conoces la conditio
sine qua non, ya sabes con que tinta te me tienes que obligar;
te despojo al tiempo que te proporciono un placer.) El productor
se aviene a los más abyectos caprichos del hombre, hace de
celestina entre él y su necesidad, le despierta apetitos morbosos
y acecha toda debilidad para exigirle después la propina por
estos buenos oficios.
Esta
enajenación se muestra parcialmente al producir el refinamiento
de las necesidades y de sus medios de una parte, mientras produce
bestial salvajismo, plena, brutal y abstracta simplicidad de las
necesidades de la otra; o mejor, simplemente se hace renacer en un
sentido opuesto. Incluso la necesidad del aire libre deja de ser
en el obrero una necesidad; el hombre retorna a la caverna,
envenenada ahora por la mefítica pestilencia de la civilización
y que habita sólo en precario, como un poder ajeno que
puede escapársele cualquier día, del que puede ser arrojado
cualquier día si no paga (XV). Tiene que pagar por esta casa
mortuoria. La luminosa morada que Prometeo señala, según
Esquilo, como uno de los grandes regalos con los que convierte a
las fieras en hombres, deja de existir para el obrero. La luz, el
aire, etcétera, la más simple limpieza animal, deja de
ser una necesidad para el hombre. La basura, esta corrupción
y podredumbre del hombre, la cloaca de la civilización (esto hay
que entenderlo literalmente) se convierte para él en un elemento
vital. La dejadez totalmente antinatural, la naturaleza
podrida, se convierten en su elemento vital. Ninguno de sus
sentidos continúa existiendo, no ya en su forma humana, pero ni
siquiera en forma inhumana, ni siquiera en forma animal.
Retornan las más burdas formas (e instrumentos) del
trabajo humano como la calandria de los esclavos romanos,
convertida en modo de producción y de existencia de muchos
obreros ingleses. No sólo no tiene el hombre ninguna necesidad
humana, es que incluso las necesidades animales
desaparecen. El irlandés no conoce ya otra necesidad que la de comer,
y para ser exactos; la de comer patatas, y para ser más
exactos aún sólo la de comer patatas enmohecidas, las de
peor calidad. Pero Inglaterra y Francia tienen en cada ciudad
industrial una pequeña Irlanda. El salvaje, el animal,
tienen la necesidad de la caza, del movimiento, etc., de la compañía.
La simplificación de la máquina, del trabajo, se aprovecha para
convertir en obrero al hombre que está aún formándose, al
hombre aún no formado, al niño, así como se ha
convertido al obrero en un niño totalmente abandonado. La maquina
se acomoda a la debilidad del hombre para convertir al
hombre débil en máquina.
El
economista (y el capitalista; en general hablamos siempre de los
hombres de negocio empíricos cuando nos referimos a los
economistas, que son su manifestación y existencia científicas)
prueba cómo la multiplicación de las necesidades y de los medios
engendra la carencia de necesidades y de medios: 1º) Al reducir
la necesidad del obrero al más miserable e imprescindible
mantenimiento de la vida física y su actividad al más abstracto
movimiento mecánico, el economista afirma que el hombre no tiene
ninguna otra necesidad, ni respecto de la actividad, ni respecto
del placer, pues también proclama esta vida como vida y
existencia humanas: 2º) Al emplear la más mezquina
existencia como medida (como medida general, porque es valida para
la masa de los hombres), hace del obrero un ser sin sentidos y sin
necesidades, del mismo modo que hace de su actividad una pura
abstracción de toda actividad. Por esto todo lujo del obrero le
resulta censurable y todo lo que excede de la más abstracta
necesidad (sea como goce pasivo o como exteriorización vital) le
parece un lujo. La Economía Política, esa ciencia de la riqueza,
es así también al mismo tiempo la ciencia de la renuncia, de la
privación, del ahorro y llega realmente a ahorrar
al hombre la necesidad del aire puro o del movimiento
físico. Esta ciencia de la industria maravillosa es al mismo
tiempo la ciencia del ascetismo y su verdadero ideal es el
avaro ascético, pero usurero, y el esclavo ascético,
pero productivo. Su ideal moral es el obrero que
lleva a la caja de ahorro una parte de su salario e incluso ha
encontrado un arte servil para ésta su idea favorita. Se
ha llevado esto al teatro en forma sentimental. Por esto la Economía,
pese a su mundana y placentera apariencia, es una verdadera
ciencia moral, la más moral de las ciencias. La autorrenuncia, la
renuncia a la vida y a toda humana necesidad es su dogma
fundamental. Cuanto menos comas y bebas, cuantos menos licores
compres, cuanto menos vayas al teatro, al baile, a la taberna,
cuanto menos pienses, ames, teorices, cantes, pintes, esgrimas,
etc., tanto más ahorras, tanto mayor se hace tu
tesoro al que ni polillas ni herrumbre devoran, tu capital.
Cuanto menos eres, cuanto menos exteriorizas tu vida, tanto
más tienes, tanto mayor es tu vida enajenada y
tanto más almacenas de tu esencia... Todo (XVI) lo que el
economista te quita en vida y en humanidad te lo restituyen en dinero
y riqueza, y todo lo que no puedes lo puede tu dinero. Él
puede comer y beber, ir al teatro y al baile; conoce el arte, la
sabiduría, las rarezas históricas, el poder político; puede
viajar; puede hacerte dueño de todo esto, puede comprar
todo esto, es la verdadera opulencia. Pero siendo todo
esto, el dinero no puede más que crearse a sí mismo, comprarse a
sí mismo, pues todo lo demás es siervo suyo y cuando se tiene al
señor se tiene al siervo y no se le necesita. Todas las pasiones
y toda actividad deben, pues, disolverse en la avaricia. El
obrero sólo debe tener lo suficiente para querer vivir y sólo
debe querer vivir para tener...
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De Manuscritos
de 1844, Tercer manuscrito. |
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