Han
pasado más de cuarenta años. Quiero hablar de ello porque…
Bueno, hace unos días me invitaron unos buenos amigos a su
palco de la Opera de París, y allí vi algo que me revolvió
las tripas y los recuerdos. En el patio de butacas estaba
Martin Rothe, el que tuvo la culpa de todo… Pero será mejor
que me muerda la lengua, o la pluma, siquiera un momento.
Voy
a ver si consigo contarlo.
Creo
que empezaré por el final, sé de sobra que eso aclara mucho
las cosas.
Se
trata de mi lejano amigo Berg. El compositor vienés Alban
Berg falleció a finales de 1935 como consecuencia del
envenenamiento de la sangre provocado unos meses antes, según
se nos asegura, por la picadura de un simple mosquito. En
febrero tendría que haber cumplido cincuenta y un años. No
era edad para morirse, ni siquiera en aquella época en que,
sin saberlo, la gente se disponía a caer como moscas. Además
-y que Dios me perdone- es mucho más lastimoso que muera un
genio como el bueno de Berg que, qué sé yo, cualquier otro;
el canciller Dollfuss, pongamos por caso... Claro, que a
Dolfuss, pequeño brujo, ya se encargaron de llevárselo por
delante un año antes los mismos muchachotes que él creyó un
día que le servirían de apoyo.
En
la última década de su vida (pongamos de 1925 a 1935) Berg
viajó a menudo de Viena a Praga. Ha pasado mucho tiempo, y
apenas quedan testigos de aquellos días, pero puedo asegurar
que las excursiones praguenses de Alban Berg se desenvolvieron
en un agradable medio de amistades ilustradas y entrañables.
Berg veía allí a sus amigos Alexander von Zemlinsky, Alma
Mahler-Werfel, Franz Werfel... y Hanna Fusch-Robettin, née
Werfel. Zemlinsky era director del Deutsches Landestheater de
la capital checa, y lo era desde 1911, lo que demuestra
siquiera en parte que lo que destrozó todo por completo no
fue el resultado de la primera gran guerra, sino lo que vino
después; lo germano seguía teniendo presencia entre los
checos hasta la gran ruptura posterior a la Segunda Guerra
Mundial, y así fue como Zemlinsky permaneció en Praga como
Kapellmeister hasta 1927. Franz y Alma ya llevaban años
juntos.
Zemlinsky
ha sido un músico de primer orden. Durante mucho tiempo se le
ha considerado demasiado anclado en el pasado, en la tradición
tardorromántica, y sólo en los últimos años se le valora
como es debido. Compuso una amplia obra vocal, varias sinfonías
y poemas sinfónicos y nada menos que siete óperas. Su música
tiene mucho de expresionista, con obras densas, cargadas de
una música inagotable que surge y resurge en grandes oleadas
sonoras. Berg le conoció hacia 1904, al mismo tiempo que a su
gran maestro, Schoenberg, y a su gran amigo y condiscípulo,
Anton Webern.
En
1911 se marcharon de Viena tanto Schoenberg como Zemlinsky,
hartos del antisemitismo de la capital del Imperio. Como todo
el mundo sabe, ese antisemitismo era una broma comparado con
lo que vendría después. Entre el antisemitismo "estilo
imperio" y la persecución judía desatada a partir de
1933 y llevada a extremos impensables en los días de la
"solución final" había una distancia que nadie
pudo nunca imaginar, pese a estar prevista y advertida en un
libro llamado Mi lucha. Siempre me pregunto cómo ha sido
posible que un enano malo austriaco envenenara a la Alemania
de los chicos altos y guapos, pero así fue. Lo peor del espíritu
vienés (lo mejor sería, por ejemplo, Alban) inficcionó la
culta y humillada Alemania.
1911
es también el año en que muere Gustav Mahler, gran amigo de
aquel grupo, director y compositor no muy comprendido
entonces, una especie de padre de todos. Mahler también había
hecho algún que otro viaje en los años anteriores; buscaba
otras atmósferas, quería librarse del asfixiante
antisemitismo vienés. También entonces es cuando Alban se
casa con la bellísima Helen Nahowski, a cuyo padre tuvo que
convencer un día de que él (Alban) no era un inútil ni
procedía de una familia degenerada.
Schoenberg
se exilió pronto, en 1933, mientras que Zemlinsky esperó
hasta el Anschluss. Ambos eran judíos de origen. Arnold
Schoenberg fue jefe de filas de un grupo vienés que pretendía
renovar las gramáticas y los contenidos de la música a
partir del legado wagneriano; en ese grupo militaban Berg y
Webern. Berg adoraba al maestro, aunque éste no siempre le
adoró a él. Schoenberg y Zemlinsky fueron cuñados durante
un buen montón de años, porque Arnold estaba casado con
Mathilde, hermana de Alexander. A estas alturas, cuando
comienza nuestro relato, Mathilde ya ha muerto. Arnold se ha
casado con otra hermana de otro amigo, con Gertrud, hermana
del violinista Rudolf Kolisch. Muchos años antes, Zemlinsky
se había enamorado de una joven discípula, Alma Schindler,
que coqueteó con él entre dos Gustavos, el pintor Klimt y el
músico Mahler. Alma debió de ser cruel con Alexander,
larguirucho y patito feo, y éste se permitió pequeñas
venganzas en sus obras, pero la amistad se conservó a lo
largo de los años. Praga y Werfel los mantuvieron cercanos.
Hay
una fotografía muy divertida: Alban, altísimo, se burla de
lo pequeño que es Werfel. Ambos ríen, están muy contentos.
Se han perdido otras instantáneas de aquellos tiempos, y sólo
mi recuerdo las preserva: Alma, interesante y dominadora;
Werfel, con cara de buenazo; Alban, bañado en una luminosidad
que le enciende el rostro; Hanna, al fondo, intentado mirar
hacia otra parte; Mutzi o Manon, la hija de Alma y de Walter
Gropius, que en ese momento es una linda nínfula de unos doce
años. Es un interior, en el que se adivina un piano. Hay al
fondo una pintura expresionista, que no reconocemos como de
Schoenberg, pero que podría haberlo sido: Schoenberg era
pintor, y durante muchos años de silencio creador como músico
se dedicó a los lienzos, cultivó su amistad con Kandinsky y
hasta expuso con el grupo de expresionistas del Blauer Reiter.
El grupo evoca en nosotros, que amamos a esos personajes con
una distancia sólo temporal, una alegría quebradiza que
pronto se iría a pique, y no únicamente por los exilios. No
está Zemlinsky en la foto, porque en esos momentos Alexander
trabaja con Klemperer en la Kroll Oper de Berlín. Estamos, más
o menos, en 1930. Los años anteriores han unido mucho a Alban
y a los Werfel; Alma puso su dinero para que pudiera
imprimirse la partitura de Wozzeck, la obra que
consagró a Berg y que demostró que la música atonal (como
se la llamó mucho tiempo, parece que incorrectamente) podía
atraer a públicos amplios. Además, estaba el asunto de Hanna…
Anna
Mahler, que por entonces empezaba la treintena y ya había
empezado una particular competición con su madre en cuanto a
coleccionar genios como maridos y amantes, aseguraba que la
primera mención a la septicemia que mató a Alban Berg la
hizo él mismo en una carta dirigida a los Werfel. Era en la
primavera de 1935 y por entonces pasaban ciertas cosas en
Europa. Por ejemplo, los alemanes le ganaban el pulso a
Francia en Renania y muchos austríacos vociferaban en favor
de Hitler, mientras unos cuantos le apoyaban con su gobierno:
tres años después, Austria "se incorporaba" al
Reich (Alban no lo vio, pero sí Webern).
El
caso es que, como hemos visto, en Praga vivía una hermana de
Franz Werfel, llamada Hanna, el amor de Alban desde unos diez
años antes. La historia entre ambos adúlteros, Hanna y
Alban, debió de ser la última de este género vivida por el
compositor vienés, cuyo corazón tendía a desbocarse. Mas la
bella Helen Berg, née Nahowski, no estaba dispuesta a
soportarlo. Sobre todo después de que un espíritu caritativo
le hubiera informado de cierta alusión musical en una obra de
Alban, el Cuarteto Suite Lírica, cuyo cuarto
movimiento citaba en parte una frase de la Sinfonía
también Lírica de Zemlinsky; la cita suponía un
homenaje al amor oculto de Hanna y Alban: "du bist mein
Eigen, mein Eigen", era la letra (traducida de un poema
de Tagore) para la música de Zemlinsky, y por ello
reminiscencia, evocación en la pieza de Berg, que a primera
vista parecía tan sólo rendir homenaje a la obra de un
amigo. Aseguran algunos que el espíritu caritativo fue el
doctor Martin Rothe, pero creemos que Rothe no le descubrió
nada nuevo a Helen. Esto es lo que, con el tiempo, se denominó
programa secreto de la Suite Lírica, y que
en aquel grupo no era ningún secreto. El caso es que desde
aquella referencia Helen no veía más que alusiones perversas
en las obras de su marido. En El vino, desde luego,
pero sobre todo en la ópera Lulu, cuyo tercer acto componía
él por entonces.
Eso
sí, es probable que las disputas de los Berg hubiesen caído
de tono de haberse mantenido la prosperidad de los años
anteriores. Pero a punto estaban hasta de vender Waldhaus, el
símbolo del desahogo perdido en aquella época de crisis económica
general y de ostracismo de Berg, cuyas obras vanguardistas no
eran del agrado de las autoridades nacional-socialistas de
Alemania, que lo controlaban todo, desde los ministerios hasta
los teatros. Se conservan cartas patéticas de Berg a las
autoridades alemanas; en ellas, protesta y asegura que él no
es judío. Quien compare el tono de cierta carta juvenil a
Herr Nahowski y el de sus súplicas ante las autoridades nazis
encontrará un espíritu autojustificativo muy similar.
Las
alusiones a la picadura de un mosquito que le habría
envenando la sangre se multiplican en la correspondencia a
medida que avanza el verano de 1935 y llega el otoño. A todo
esto, en primavera había aceptado Berg un encargo del
violinista americano Louis Krasner, cuyo resultado iba a ser
el Concerto para violín más hermoso de todo el
siglo XX, aunque en ese momento nadie pudiera siquiera
sospecharlo. Y he aquí que el 22 de abril moría una muchacha
deliciosa, bella e inteligente, Mutzi Gropius, hija de Alma y
de Walter, líder este último de la Bauhaus y anterior marido
de la "schöne Schindlerin". Aquello fue un mazazo
para todos. Berg le dedicó el concerto a Mutzi, Manon, Maria,
a "un ángel" que moría a la edad de dieciocho años.
Quedaba aplazada la orquestación de las degradaciones de Lulu
a merced de hombres como Casti-Piani o Jack el destripador.
Mas, ¡ay!, inmerso en el Concerto, nunca concluiría
esta ópera. Por lo demás, la longevidad de Helen, convertida
en espiritista que sabía muy bien los auténticos deseos del
fallecido Alban (al parecer tuvo con él un contacto habitual,
si no permanente, después de muerto), impidió durante cuatro
décadas que nadie le diera los últimos toques una vez que
amigos como Schoenberg o Zemlinsky declinaran el ofrecimiento
de la viuda ante la perspectiva de un estreno suizo.
Berg
era aprensivo en cuanto a picaduras de dípteros, a las que se
consideraba muy vulnerable. Tres años antes había sufrido un
primer envenenamiento de la sangre por el ataque de unas
avispas en Trahütten. Ahora volvía a ser igual, quién sabe
si peor, y pese a los cuidados del joven doctor Rothe, que le
había inoculado gradualmente una especie de vacuna desde
principios de enero, el mal había hecho presa en él. Era
Rothe un buen amigo, músico de talento, y médico por
necesidad (según él), o como pantalla (según muchos), discípulo
de Zemlinsky y adorador de Schoenberg. Creía en el futuro de
la técnica y el espíritu del serialismo con empeño superior
al del maestro, un ardor que rayaba el fanatismo. El
fanatismo, cuando se da en filas propias, tiene algo o mucho
de simpático, de ahí que le hiciese tanta gracia al maestro
Schoenberg, ahora en el exilio, al apuesto y triunfador Berg,
al tímido y reconcentrado Webern. Es de los nuestros, debían
de pensar; esto es, lo contrario que reaccionarios tipo
Richard Strauss, Hans Pfitzner o ese oportunista jovenzuelo
llamado Erich Wolfgang Korngold, el hijo del vomitivo doctor
Julius Korngold, aunque también discípulo de Zemlinsky.
En
1934 y 1935, Rothe sirvió de intermediario entre Schoenberg,
que por entonces se instalaba en Estados Unidos, y algunos
amigos que permanecían en la Europa gangrenada. Entre esos
amigos, claro está, se hallaban Alma, Zemlinsky, Anton Webern
y Alban Berg. Para entonces ya estaba exiliado en Estados
Unidos el joven Korngold, poco mayor que Rothe. Korngold, de
ascendencia israelita y por ello prematuramente salido de su
medio centroeuropeo, se ganaba muy bien la vida componiendo
para el cine partituras como la de El capitán Blood.
No fue sólo la antipatía de Rothe hacia Korngold lo que
impidió que se entrevistaran en alguno de los viajes
americanos de aquél; lo fundamental era que Korngold desconocía
la existencia de Rothe.
El
caso es que, según parece, Alban era víctima otra vez de los
dípteros. Pero en esta ocasión las consecuencias fueron trágicas.
De resultas del nuevo envenenamiento fallecía el día de
Nochebuena de 1935. Había terminado el Concerto para violín,
pero dejaba inconclusa su segunda ópera, Lulu, de la
que ese año habían interpretado en Praga una especie de
suite orquestal, una sinfonía en cinco movimientos con dos
intervenciones vocales de soprano.
Se
acerca usted peligrosamente a algo parecido al Neoclasicismo,
le había dicho Rothe a finales de 1934, mientras examinaban
las partituras de la ya avanzada Lulu. Sonrió Alban,
y se dijo: qué cosas tiene el bueno de Martin Rothe; que no
se me olvide contárselo a Arnold en mi próxima carta. Yo,
neoclásico, como un Stravinski cualquiera...
Y
es que la salvación estaba en el serialismo. Fuera de él cabía,
si acaso, el extravío, el error, el tanteo. Pero en el
Neoclasicismo, ciudadela del diatonismo más simple en que
habitaban Stravinski y unos cuantos franceses negadores de la
marcha de la historia, residía el máximo yerro, la más
dolorosa cisma, la mayor supervivencia de muerte en forma de
cultivo deliberado del pasado, no de sus formas, sino de sus
esencias esparcidas en el hedor de los cementerios. En una de
sus tres Sátiras para coro a capella, ya había dado buena
cuenta el maestro Schoenberg de aquel payaso, de aquel felón
que pretendía hacerse pasar por papá Bach, por un clásico
en vida: “Mira, ahí está Modernski…”.
Claro,
las cosas no eran tan sencillas ni el maestro las enunció
nunca así, pero en esos momentos se elaboraba la edición
princeps de tamañas simplezas, destinada a numerosas
reimpresiones corregidas y aumentadas. Los profetas
proselitistas son siempre discípulos de segunda que expanden
con enojo algo sólo semejante a la doctrina originaria.
Llevan siglos proclamando la misma furia simplista con
distintos ropajes confesionales.
De
manera que fuera del serialismo (democracia de las doce notas
de la escala cromática, desusada interválica, variación
permanente tanto de letra como de color; todo lo cual llevaba
necesariamente a consecuencias armónicas, verticales) cabría
el infierno, quién sabe si el purgatorio, mas nunca la
salvación. Lo que en el maestro Schoenberg era atrevida
decisión, personal aventura, en otros fue pronto dogma hueco
y solemne... antes de bifurcarse en ideologías oficiales.
Mientras
Schoenberg daba un salto en el vacío, mientras Webern se
lanzaba con audacia hacia el futuro y mientras Berg pretendía
garantizar para la Escuela vienesa un vínculo con el pasado
(algo sentido por él como imprescindible, si bien de manera
intuitiva, no teórica, y mucho menos ideológica), Martin
Rothe simplificaba y fanatizaba las lecciones de la obra del
maestro. Y convertía en categorías lapidarias las quejas
amargas de quien se veía obligado a huir de Europa por su
condición de judío.
En
la historia y en la vida unos sufren, víctimas o
avanzadillas, mientras otros lavan su furia en ellos.
Vienen
después lo que hacen fortuna a costa de ambos, pero ésta no
es su historia.
Temo
adelantarme demasiado, apasionarme con epítetos y dejar
calificativos de las situaciones en lugar de dar las
situaciones mismas. Será mejor escuchar a Schoenberg y a
Rothe en cierto diálogo hollywoodense, a escasos metros de
una casa en la que viviría años después una pareja poco
apreciada por el maestro, los ciudadanos estadounidenses Igor
y Vera Stravinski. El joven doctor Rothe se movía como pez en
el agua en los trasatlánticos, y vivía en un perpetuo triángulo
de ciudades formado por Berlín-Viena, Nueva York y San
Francisco-Los Angeles. Hubo quien le acusó de espía a favor
del régimen alemán (que por entonces todavía no se había
hecho cargo de Austria), esto es, de viajar con el objeto
oficial y secreto de ayudar a que la colonia alemana pro-nazi
de Estados Unidos preparase allí una plataforma favorable al
régimen de Hitler. De aquello no había pruebas y no
resultaba convincente; Rothe podía ser un exaltado
schoenbergiano, pero no era un nazi. Sus medios de fortuna
explican sus viajes (lo que desmiente su “necesidad”), a
menudo a congresos médicos, a veces a acontecimientos
musicales, en determinado momento para propiciar una fuga de
capital propio. También explican su rápida huída de Viena
después del Anchsluss, precisamente a Estados Unidos, y no a
Suiza, porque entre las previsiones de Rothe figuraba que este
país caería antes o después en la órbita directa del
Tercer Reich, como complemento imprescindible entre la Francia
de Laval y la Italia de Mussolini. Desde nuestro punto de
vista, esta previsión habla mucho en favor de la capacidad de
análisis de Rothe. Según algunas personas de la época, no
era una profecía demasiado meritoria, sino proyección de la
superioridad incontestable del Tercer Reich del Anschluss, de
Múnich, de la caída de París... y de antes de Stalingrado.
Hoy sabemos que si Suiza no cayó tan bajo fue por méritos
ajenos; nos lo han recordado amigos suizos, entre los que contábamos
con un tal Max Frisch.
-
Le he dicho a Alban -se lamentaba Rothe- que corre el peligro
de caer en el Clasicismo, tal como dijo usted. ¿Creerá usted
que se ha limitado a reírse?
-
¿Que yo he dicho…? ¿A qué se refiere usted, Rothe?
Schoenberg
miró a Rothe con severidad.
-
Bueno, usted señaló que el Kammerkonzert encerraba
tendencias que…
Detuvo
Rothe su balbuceo, esperando ánimos del maestro.
-
Alban me dedicó el Kammerkonzert –objetó
Schoenberg-. Era una manera de demostrarme que sí era capaz
de desarrollos.
En
efecto, entre los despropósitos de un maestro celoso de su
discípulo, destacaba aquel reproche: incapacidad de
desarrollo de Berg. ¿Qué habría dicho de Debussy o del
cercanísimo Webern? ¿Qué demonios pinta el desarrollo después
de obras como Jeux, de Debussy?
Rothe
tragó saliva y se apresuró a afirmar:
-
Tengo pruebas de que Berg camina hacia el Clasicismo.
-
Me resulta difícil creer eso –dijo Schoenberg, algo
fastidiado por Rothe, del que sólo pensaba que quería hacer
méritos ante él a costa de un colega; una ruindad habitual
en esta y en otras profesiones.
-
Me he permitido hacer unas copias…
-
A ver…
-
[…]
-
Esto suena a Berg, sí… Pero, ¿realmente es de Berg?
Rothe
finge ignorar aquella duda, que le pondría demasiado en
entredicho.
-
¿No le parece a usted una auténtica traición?
-
¿Una traición…?
Y
Schoenberg pensó como su lejano discípulo: Rothe exagera.
Pero Rothe parecía exaltado, se había tomado mucha molestia
en transcribir aquellos complicados, numerosos compases, y no
parecía conveniente llevarle la contraria por una
insignificancia que no era más que exceso de celo.
-
Creo que tiene usted razón, Rothe -zanjó Schoenberg.
-
Habría que hacer algo. Hasta Helen se da dado cuenta…
-
¿Helen…? –preguntó Schoenberg, y más que pregunta era
un intento de dar sentido a aquella declaración; ni él ni
nadie habría tenido capacidad para unir a la bellísima Helen
y al torvo Martin Rothe, ni siquiera en un acuerdo fugaz sobre
tal o cual actitud de Alban. Y después de un silencio, y ante
la expectación de Rothe, el maestro salió por donde pudo
para cerrar de una vez la cuestión.
-
Sólo necesito una señal suya, Herr Schoenberg –apuró
Rothe, con un temblor en la voz, con un jadeo que no pudieron
pasarle inadvertidos al maestro; no, no pudieron.
Pero
Schoenberg no entendió o no quiso entender.
-
¿Una señal mía…? La tiene, Rothe, la tiene. Haga lo que
tenga que hacer.
Con
lo que quería decir: hable con él, dígale lo que tenga que
decirle, no me abrume usted más. Con lo que se decía a sí
mismo: ya escribiré a Alban y le contaré que Rothe...
No
le escribió, al menos no le contó nada de todo aquello. ¿Por
qué?
A
partir de ese momento, Schoenberg quedó preocupado por Berg y
también por Rothe. El virus del doctor músico hizo su
efecto. Algunas noches de su exilio nada dorado, el maestro se
comía los puños pensando que tal vez fuera cierto que Berg
iba a “pasarse al enemigo”. Por eso, tal vez, no trató el
asunto en las cartas al discípulo. Además, en el mundo y en
la propia vida del maestro había cosas mucho más importantes
que el supuesto extravío de Berg y las aversiones de ese tipo
afable y pesadísimo llamado Martin Rothe; que, era evidente,
no sentía especial cariño por Alban. Sí por Helen, pero no
por Alban.
Schoenberg
le daba vueltas por entonces a uno de sus héroes solitarios,
uno de esos seres incomprendidos, como el de La mano feliz,
su extrañísima ópera de años antes (si es que eso es una
ópera). Ahora se las veía nada menos que con Moisés, a
partir de cuyo conflicto con Aarón iba a levantar una
monumental ópera plenamente dodecafónica. Moisés posee la
palabra, el logos, pero carece de seducción expresiva; es
como si poseyera la legitimidad de la verdad y le faltara la
del carisma. Ese carisma lo tiene Aarón. El barítono Moisés
recita con ritmo (Sprechsgesang, un fascinante
invento de Schoenberg: palabra, pero palabra sometida a métrica
y a interválica); frente a él, el del tenor Aarón es un
canto seductor. Moisés necesita apoyarse en el canto de Aarón.
Mas Aarón va demasiado lejos...
¿Sería
Berg, en fin de cuentas, un Aarón cualquiera?
Al
regresar a Europa, Rothe empezó su peculiar tratamiento de la
enfermedad de Alban.
Un
mosquito. ¿A quién le cabe en la cabeza que un mosquito…?
Sí,
desde luego. No habría sido la primera vez ni la última.
Pero sé lo que me digo.
Lo
que me digo ahora, porque entonces lo callé. Rothe trató a
Berg en su enfermedad. Y trató a Helen con su amistad
untuosa, llegando a ser ese bufón que S.A.R. tal vez echaba
de menos en su corte. No sugiero que Helen supiera que el
tratamiento de Rothe era mortal. La vanidad le impidió ni
siquiera sospecharlo.
La
muerte de Helen en 1976 permitió que emergieran secretos bien
guardados y un proyecto muy ambicioso. En 1977 se conoció el
llamado "programa secreto de la Suite Lírica", es
decir, el significado de la cita zemlinskiana en esa obra de
Berg, junto con otros extremos íntimos en cuanto a simbología
de las notas que aluden al amor entre Hanna y Alban. En la
primera mitad de los ochenta se conoció algo todavía más
recóndito, el "programa secreto" del Concerto
para violín, el concerto de Mutzi y Krasner. Se supo así
que Alban tenía una hija natural desde la época
inmediatamente anterior a su fogoso amor juvenil por Helen
Nahowski, y que paralelamente al ángel se evocaba un hecho sórdido
con consecuencias importantes.
Alma
Maria Mahler-Werfel, por su lado, había escrito en sus Memorias
algo que desconcertó a muchos (según ella, en Viena todo el
mundo lo sabía en aquellos tiempos) y para cuya lectura Helen
tuvo sobrado tiempo y oportunidad: que Helen no era hija de
Franz Nahowski, sino del emperador Francisco-José y una
costurera. Con el tiempo hemos sabido que lo que parecía un
chisme era sencillamente cierto, y que a Helen no le
disgustaba que la familia y los amigos la denominaran
jocosamente Alteza. Al parecer, aquello era de dominio público.
Lamento decir que yo nunca lo supe realmente. Traté a Alban,
pero poco a los Berg como tales y a su círculo de amistades,
formado por gentes tan dispares como los ya citados, y también
por Antón Webern, Soma Morgenstern o Theodor Wiesengrund (que
prefería llamarse Adorno, apellido italiano al parecer de su
madre), y nunca conocí aquellas intimidades. Mi trato más
intenso, ya que no íntimo, fue con Schoenberg.
Hablé
con Schoenberg pocos años antes de su muerte, después de la
guerra. Berg había muerto hacía tiempo y a Webern lo acababa
de matar por error un soldado americano del ejército de
ocupación en Austria. Demasiados lamentos. Yo le daba vueltas
a mi idea en medio de aquel exilio que para gente apegada a su
tierra como yo se hace demasiado cuesta arriba, aunque nunca
llegue al tormento (sí, tormento) del maestro Schoenberg. Yo
pensaba y pensaba en Berg, en Helen, en Martin Rothe. En un
momento dado, no pude contenerme y hablé. Dije lo que llevaba
dentro y que siempre había callado. Dije lo que sabía de
Rothe y de Alban. Schoenberg no reaccionó como yo esperaba.
No se indignó, ni se sumió en la consternación, ni se le
puso un nudo en la garganta. Calló. Se limitó a eso, a
callar. Ni siquiera pude sorprenderle unos ojos más abiertos
de lo habitual, tal vez porque sus ojos siempre estaban
demasiado abiertos. Acaso hacía un esfuerzo, o quería dar
rienda suelta a sus sentimientos sin mi molesta presencia. Tenía
que dejarle a solas. Así que me marché.
Volví
a verle varias veces, pero siempre en grupo. Nunca permitió
que nos encontráramos a solas.
¿Fue
por todo lo que dije por lo que renunció a terminar Moisés
y Aarón? ¿Dejaba inconclusa su maravillosa ópera lo
mismo que Berg dejó sin terminar Lulu? Es cierto que
no la había concluido antes por falta de medios, por falta de
motivación, por...
¿No
podría haberla concluido aunque no le concedieran aquella
maldita beca?
Recordemos
que Schoenberg no quiso terminar la Lulu de Alban
cuando aún hubiera sido posible.
Rothe
le llamó la atención al maestro sobre cierto insulto
antisemita de uno de los personajes del tercer acto, el que
quedaba sin componer. Y lo puso en relación con los ingenuos
intentos de Berg de ser bien visto por los nazis. El insulto
ya aparece en la obra teatral en que se basó Berg, La
caja de Pandora, de Franz Wedekind, pero Rothe consiguió
presentar aquello como una mancha imposible de limpiar. La
cuestión judía, en un momento en que Schoenberg había
vuelto al credo israelita como solidaridad por el pueblo
perseguido en la Mitteleuropa (cuando ninguna mente, por fantástica
que fuera, podía imaginar la magnitud que iba a alcanzar lo
que más tarde se llamó holocausto), era la gran
herida del maestro, aquello ante lo que no podía hacer
concesión alguna. Hay que recordar que la conversión al judaísmo
vino con los nazis, pero después de soportar el antisemitismo
agresivo de socialcristianos y otros compatriotas. Rothe, en
este caso como en tantos otros, jugaba con ventaja, porque
conocía debilidades de la persona a convencer. Y con
mendacidad, al argumentar con datos exagerados o falsos. Pero
Rothe no se limitó a Schoenberg. También sembró doctrina en
la mente algo trastornada de Helen Berg, sumida en sus
sospechas y en sus despechos.
La
víctima fue Lulu. ¿Por qué deseaba Rothe que Lulu
no se terminara jamás? ¿Por la razón esa del Clasicismo? ¿O
era Rothe un puritano que detestaba el contenido rufianesco y
canalla de las dos escenas del acto inconcluso?
¿Era
Lulu símbolo de algo más que su propia historia y su bellísimo
despliegue sonoro? ¿No era Lulu un trasunto del Alban
dispuesto a volar lejos de la coerción de una Viena y una
Waldhaus cada vez más invivibles? ¿Amó el joven Rothe a la
madura Helen, a ejemplo de Werfel y Alma?
Schoenberg
se niega en 1936 e concluir la Lulu de Alban Berg.
Schoenberg
se niega a finales de los cuarenta a concluir su propio Moisés
y Aarón.
Para
mí, un hecho es consecuencia del otro, aunque para ello sea
necesario que medien por allí algunos balbuceos míos que
sembraron, naturalmente, la mayor consternación. Ahora bien,
lo que yo dije era verosímil, pero no por completo creíble.
Para creer en ello, tenía que habitarte desde antes. Era uno
de esos secretos que, cuando los cuentas, ves que ya estaban
en quien te escucha como dolorosa posibilidad; y que, por eso,
aunque nunca dejarán de ser del todo posibles, jamás serán
por completo tolerables.
Lo
que me temo es que Schoenberg ya no tuvo nunca oportunidad de
abofetear, siquiera abofetear, al doctor Martin Rothe.
Pero
hay otro secreto revelado entonces, el más importante de
todos, el proyecto ambicioso a que me referí antes: por
encargo de la Universal Edition, y a pesar de la clara
interdicción testamentaria de Helen, el compositor austriaco
Friedrich Cerha trabajaba para concluir Lulu. En 1976
moría Helen y poco después se programaba la nueva Lulu,
que se estrenó por fin el 24 de febrero de 1979, más de
cuatro décadas después de fallecer Alban. Al menos tres
nombres (Cerha, Jarmann, Boulez) hicieron posible el estreno
de esa versión, que desde entonces es definitiva. Fue en la
Opera de París, que todavía estaba en el Palais Garnier, con
Teresa Stratas en el papel titular y dirección escénica de
Patrice Chéreau.
En el estreno, algunos reconocieron entre los más entusiastas
aplaudidores a un anciano bien conservado, un médico gran
aficionado, un conocedor, un auténtico catador de nuevas músicas:
el doctor Martin Rothe. De esto hace unos días, y yo le vi
desde mi palco. Casi podría asegurar que le dominó la emoción
al final. ¿Era por sus turbios recuerdos o por la conmovedora
muerte de Lulu y la Condesa Geschwitz? ¿De veras –o son
imaginaciones mías- se le hizo un nudo en la garganta cuando
vio a Yvonne Minton arrastrarse hacia la yaciente Teresa
Stratas y cantarle: “Lulu, mein Engel…”?