<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. Átropos (La habitación de hotel)
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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

ÁTROPOS (LA HABITACIÓN DE HOTEL)

Jorge Márquez

Jorge Márquez, español

                                                                                      

    Después de un breve silencio ella le preguntó de golpe que si Piensas mucho en la muerte, pero él se había quedado perplejo y no supo qué contestar, y balbució un No sé, por decir algo. Ella insistió ¿Cómo te la imaginas, como el esqueleto de la guadaña de siempre, la vieja flaca y sarmentosa vestida de negro...? ¿Has pensado alguna vez que la muerte podría usar medias de seda, como yo? ¿O incluso ser una puta cara, como yo? ¿Has pensado alguna vez que la muerte podría ser la puta más cara y más deseable del mundo?, le susurró mientras acariciaba de nuevo sus pies desnudos, y con su uña roja y perfecta subiendo a lo largo del muslo le indicaba el camino de retorno al placer. Pero a él se le ahogaba la lujuria en un borbollón de temores.

Había desembarcado a media mañana en la ciudad de sus mentiras, la que. bajo el pretexto manido de importantes reuniones de empresa, periódicamente amparaba, en la anónima prolijidad de calles tortuosas v discretos rincones, el desenfreno de sus más turbios impulsos. Tomó habitación en el hotel suntuoso donde hasta el último empleado sabía quién era, quién apa­rentaba ser y cómo debía tratarlo, sin cuestionar jamás su poderío de oscuro millonario. A los diez minutos recibió la llamada del gerente, que le saludaba igual que a un príncipe árabe para ponerse a su servicio y brindarle, con una babosa servidumbre de alcahuete, la exquisita compañía de alguna mujer Muy especial, dijo, Porque usted ya sabe que nuestro hotel se com­place siempre en poner a su disposición las chicas más reservadas y apetecibles, dijo. Él respondió Vale, pero gruñendo el aviso de que Hoy quiero algo muy especial de verdad, de verdad, casi gritó, y añadió el apellido mondo del gerente por el gusto de dejar claras las insalvables diferencias de posición que separaban al señor del lacayo.

Sentada junto al teléfono, con un periódico entre las manos al que apenas atendía y revisando una y otra vez hasta el más mínimo detalle de su estudiado aspecto, aguardaba a que de un momento a otro la llamaran del hotel. Primero había averiguado dónde solía alojarse aquel cliente en particular, luego, regalando sus servicios al gerente una vez cada tres semanas, había logrado que le adjudicara los mejores feligreses del hotel, ese era el pacto. Incluso así, una vez que se enteró de que él iba a venir a la ciudad, le insistió al gerente en su especial interés por aquel individuo y comprometió con él su visita. Cuando sonó el teléfono, arrojó el periódico sobre el sofá, cerró los ojos, suspiró, carraspeó y procuró darle a su voz un tono de espontaneidad melosa.

Y ¿cuánto me va a costar esta joya?, inquirió tumbado en la cama, ostensiblemente satisfecho con la hembra que acababa de cerrar tras de sí la puerta de la habitación. Ella respondió Cien mil y sonrió quitándole importancia. Él apenas hizo un gesto ambiguo entre la contrariedad y la sorpresa, pero no dijo nada. Ella se desabrochó la blusa en dos segundos y le preguntó si No las valgo. Él dudó con una mueca excesiva y se limpió nervioso las comisuras de los labios, luego le ofreció tomar una copa y ella aceptó sin ganas, sólo porque sabía que formaba parte de la liturgia. ¿Y con esas tarifas tienes muchos clientes?, preguntó él sarcástico, y ella utilizó una vieja respuesta impecable. No, solo gente con un gusto exquisito, dijo, y añadió cariñosa Gente como tú. Y con una cuenta corriente exquisita, matizó él sonriendo.

Olfateaba enseguida a este tipo de canallas de despacho, directivos y altos cargos acostumbrados a subir clavando los espolones en sus rivales hasta desangrarlos, millonarios gladiadores sin escrúpulos que necesitan pelear también en la cama, gentuza de finas maneras que odia acostarse con una putilla débil de carácter y escasa de recursos intelectuales, con una de esas criaturas endebles que apenas saben oponerse a nada. Aquel individuo pertenecía a la índole misera­ble de los machos que se excitan midiéndose, enfrentándose y venciendo a una rival difícil, porque no les produce el mismo placer la humillación sexual de una mujer inteligente y culta que la de una torpe e ignorante. Ella, que nunca malbarataba la ocasión de adentrarse en el ambiguo terreno de la ironía para menospreciar a este tipo de chulos de lengua venenosa, buscó el contraste en la respuesta a su sarcasmo y con un tono maternal, casi entrañable, dijo Cien mil no es caro. Piensa en todo lo que pagas con tan poco dinero. ¿Tanto voy a comprar?, preguntó él mirándola de arriba abajo. No hablo solo de mí, cariño, dijo ella. Por el mismo precio te ahorras la molestia de tener que abordar un triste y fastidioso juego de seducción en algún bar de copas, con alguna jovencita borde que al final, probablemente, acabaría escupiéndote a la cara lo viejo que eres y el asco que le das. Por el contrario a mí no tienes que intentar seducirme, tampoco tienes que sonreírme sin ganas; puedes ahorrar mucho en verborrea, hipocresía, falsa amabilidad, falsa delica­deza, falsa ternura, algún poema falso... Es más, si no te apetece, ni siquiera tienes que ducharte o cepillarte los dientes antes de meterte en la cama conmigo. Tú pagas, tú mandas. Ni es necesario que gastes una sola de las mentiras que tendrías que inventar para acostarte con ella, ni esforzarte por que un simple polvo de urgencia parezca un acto de suprema exquisitez, cuando no un certificado de amor efímero. En cambio, yo sí voy a engañarte perfectamente, voy a convencerte de que no eres viejo ni me das asco. Y todo por cien mil. Así que, bien mirado, querido mío, no es tanto dinero.

Él sonrió encantado con el nervio de la hembra a la que iba a someter a sus más retorcidos caprichos, y le dijo afable Eres una maravillosa hija de puta. Y ella, dibujando también una sonrisa de acero, respondió No, yo solo soy una maravillosa puta, mi madre era una mujer maravillosa; el hijo de puta, cariño, probablemente lo eres tú, le murmuró lasciva. Él dijo ¿Vas a insultarme o vas a hablarme de tu maravillosa madre? Y ella dijo De mi maravillosa madre, tú y yo lo tene­mos todo hablado; pero voy a hacer exactamente lo que tú me pidas que haga, amor mío. Y aún más, susurró, Voy a hacerte un regalo que deseas con todas tus ganas y no te atreves a pedirme. Sacó del bolso un preservativo y sin rasgar el envoltorio lo tiró a la papelera. ¿A pelo?, quiso asegurarse él, y ella concedió indiferente A pelo. Él reconoció que un hormigueo insólito le había subido por el pecho hasta velarle la garganta.

Luego, durante largos minutos, un reloj aburrido zanganea por la habitación como un moscardón viejo, remedando sudor apasionado y lamentos místicos. Cansado de soñar un tictac confortable, y estragado de tanta burla amarga, agita en su melancólico revoloteo confuso el aire espeso, húmedo y caliente del barrizal de delirios donde se empantanan los de abajo, los dos que yacen cadáveres de la ternura sobre la cama, en la vertical amenazante de la lujosa araña que gravita del techo, empeñados en alimentar la hoguera del celo con un fuelle violento y ridículo que a compás de pelvis, de muñeca, de nuca, va penetrando hasta abrir una luz de estiércol en las cloacas del amor cojo. Y al fin hermanados en la batalla del deliquio postizo, rota en mil cachos una vez más la vieja película de siempre, él, actor original, enésima copia de sí mismo, le concede que Eres muy buena en la cama. Y ella responde com­placida Gracias, lo cierto es que empecé muy joven. Y él, galán barato, le corrige admirativo Eres muy joven, ¿es que empezaste de niña?, y cree haber hecho una broma, pero según se mire. Ella le responde que Casi, tenía doce años. Y él se escandaliza en realidad menos de lo que finge escandalizarse, y ella le explica con desgarradora crudeza que Mi papaíto de mi alma me jodió viva cuando acababa de cumplir doce años, o sea que verdaderamente me jodió viva, el cuerpo y el alma, mi pobre papaíto. Y los dos se quedan muy se­rios de golpe.

Y ella le dice también que Luego salí huyendo, y me acogió en su casa una prima lejana de mi propio padre. Y sonríe cruel consigo misma, y explica mordaz que Ya sabes, en este tipo de historias melodramáticas siempre aparece una tía salvadora como mi querida tía, la mujer que me ayudó a crecer y me pagó la universidad. Y, al tiempo que a su cobijo iba moldeándose este cuerpo que tanto os encabrita a los hombres, yo iba moldeando la idea de convertirme en una puta culta y de lujo. Desde entonces hasta ahora, querido mío, lo he vivido todo, lo he probado todo; y cuando digo todo, quiero decir mucho más de lo que puedes imaginar, créeme. Menos una cosa, puntualizó, una sensación distinta que había olvidado y que acabo de recordar ahora, contigo. Un leve gesto de sorpresa del hombre delató que el comentario encendía su orgullo de macho zafio, pero ella se apresuró a troncharle la euforia diciendo Por más que me ha obsesionado durante todos estos años, nunca hasta ahora había vuelto a experimentar nada parecido al asco de recibir otra vez en mi propia vagina el mismo semen que me engendró. Y él empalideció como un muerto nuevo.

Después de un breve silencio ella le preguntó de golpe que si Piensas mucho en la muerte, pero él se había quedado perplejo y no supo qué contestar, y balbució un No sé, por decir algo. Ella insistió ¿Cómo te la imaginas, como el esqueleto de la guadaña de siempre, la vieja flaca y sarmentosa vestida de negro...? ¿Has pensado alguna vez que la muerte podría usar medias de seda, como yo?, dijo mientras con toda naturalidad se ajustaba las ligas, ¿O incluso ser una puta cara, como yo? ¿Has pensado alguna vez que la muerte podría ser la puta más cara y más deseable del mundo?

A sus labios, cerúleos y temblorosos, apenas se asoma un Quién eres tú acobardado que no es pregunta. Y ella responde grave que Yo soy la muerte. Él sonríe aturdido, escéptico por conveniencia, y masculla ¿La muerte? No digas tonterías, y a él mismo le suenan sus palabras como una plegaria. Fue en aquel preciso momento cuando ella ensombreció el rostro y sentenció La tuya sí, papaíto. Y él acató que era el protagonista final de una vieja historia de odio y venganza, así que no intentó rogarle misericordia, ni lloró pidiéndole que le dejara seguir vivo. La gélida tranquilidad de la mirada de ella le decía que era inútil implorarle. Apenas tuvo tiempo de suplicarle respeto para la dignidad de su cadáver, y que permitiera a su actual mujer y a los tres hijos de ambos no tener que agachar la cabeza cuando le recordaran, y que nadie supiera nunca que había muerto violentamente a manos de una puta. El resto de sus tristes súplicas se ahogó entre las plumas de la almohada y los gorgoteos de la sangre que a es­pasmos agónicos bombeaba la carótida, seccionada de un tajo perfecto.

Lo encontraron horas después. Su piel amarillenta sobre el rojo de las sábanas empapadas abigarraba una bandera fúnebre, un pastel macabro en cuyo centro, como una guinda deforme en mitad del vientre ya verdoso, exponía atroz el guiñapo de su pene y sus testículos torpemente cercenados a cuchilladas. Sobre la frente destacaba el sello de carmín del primer beso que la puta le dio, el último de su hija.

 

De Las parcas (1999)

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