Después de un breve silencio ella le preguntó de golpe que
si Piensas mucho en la muerte, pero él se había quedado
perplejo y no supo qué contestar, y balbució un No sé, por
decir algo. Ella insistió ¿Cómo te la imaginas, como el
esqueleto de la guadaña de siempre, la vieja flaca y
sarmentosa vestida de negro...? ¿Has pensado alguna vez que
la muerte podría usar medias de seda, como yo? ¿O incluso
ser una puta cara, como yo? ¿Has pensado alguna vez que la
muerte podría ser la puta más cara y más deseable del
mundo?, le susurró mientras acariciaba de nuevo sus pies
desnudos, y con su uña roja y perfecta subiendo a lo largo
del muslo le indicaba el camino de retorno al placer. Pero a
él se le ahogaba la lujuria en un borbollón de temores.
Había
desembarcado a media mañana en la ciudad de sus mentiras, la
que. bajo el pretexto manido de importantes reuniones de
empresa, periódicamente amparaba, en la anónima prolijidad
de calles tortuosas v discretos rincones, el desenfreno de sus
más turbios impulsos. Tomó habitación en el hotel suntuoso
donde hasta el último empleado sabía quién era, quién aparentaba
ser y cómo debía tratarlo, sin cuestionar jamás su poderío
de oscuro millonario. A los diez minutos recibió la llamada
del gerente, que le saludaba igual que a un príncipe árabe
para ponerse a su servicio y brindarle, con una babosa
servidumbre de alcahuete, la exquisita compañía de alguna
mujer Muy especial, dijo, Porque usted ya sabe que nuestro
hotel se complace siempre en poner a su disposición las
chicas más reservadas y apetecibles, dijo. Él respondió
Vale, pero gruñendo el aviso de que Hoy quiero algo muy
especial de verdad, de verdad, casi gritó, y añadió el
apellido mondo del gerente por el gusto de dejar claras las
insalvables diferencias de posición que separaban al señor
del lacayo.
Sentada
junto al teléfono, con un periódico entre las manos al que
apenas atendía y revisando una y otra vez hasta el más mínimo
detalle de su estudiado aspecto, aguardaba a que de un momento
a otro la llamaran del hotel. Primero había averiguado dónde
solía alojarse aquel cliente en particular, luego, regalando
sus servicios al gerente una vez cada tres semanas, había
logrado que le adjudicara los mejores feligreses del hotel,
ese era el pacto. Incluso así, una vez que se enteró de que
él iba a venir a la ciudad, le insistió al gerente en su
especial interés por aquel individuo y comprometió con él
su visita. Cuando sonó el teléfono, arrojó el periódico
sobre el sofá, cerró los ojos, suspiró, carraspeó y procuró
darle a su voz un tono de espontaneidad melosa.
Y
¿cuánto me va a costar esta joya?, inquirió tumbado en la
cama, ostensiblemente satisfecho con la hembra que acababa de
cerrar tras de sí la puerta de la habitación. Ella respondió
Cien mil y sonrió quitándole importancia. Él apenas hizo un
gesto ambiguo entre la contrariedad y la sorpresa, pero no
dijo nada. Ella se desabrochó la blusa en dos segundos y le
preguntó si No las valgo. Él dudó con una mueca excesiva y
se limpió nervioso las comisuras de los labios, luego le
ofreció tomar una copa y ella aceptó sin ganas, sólo porque
sabía que formaba parte de la liturgia. ¿Y con esas tarifas
tienes muchos clientes?, preguntó él sarcástico, y ella
utilizó una vieja respuesta impecable. No, solo gente con un
gusto exquisito, dijo, y añadió cariñosa Gente como tú. Y
con una cuenta corriente exquisita, matizó él sonriendo.
Olfateaba
enseguida a este tipo de canallas de despacho, directivos y
altos cargos acostumbrados a subir clavando los espolones en
sus rivales hasta desangrarlos, millonarios gladiadores sin
escrúpulos que necesitan pelear también en la cama, gentuza
de finas maneras que odia acostarse con una putilla débil de
carácter y escasa de recursos intelectuales, con una de esas
criaturas endebles que apenas saben oponerse a nada. Aquel
individuo pertenecía a la índole miserable de los machos
que se excitan midiéndose, enfrentándose y venciendo a una
rival difícil, porque no les produce el mismo placer la
humillación sexual de una mujer inteligente y culta que la de
una torpe e ignorante. Ella, que nunca malbarataba la ocasión
de adentrarse en el ambiguo terreno de la ironía para
menospreciar a este tipo de chulos de lengua venenosa, buscó
el contraste en la respuesta a su sarcasmo y con un tono
maternal, casi entrañable, dijo Cien mil no es caro. Piensa
en todo lo que pagas con tan poco dinero. ¿Tanto voy a
comprar?, preguntó él mirándola de arriba abajo. No hablo
solo de mí, cariño, dijo ella. Por el mismo precio te
ahorras la molestia de tener que abordar un triste y
fastidioso juego de seducción en algún bar de copas, con
alguna jovencita borde que al final, probablemente, acabaría
escupiéndote a la cara lo viejo que eres y el asco que le
das. Por el contrario a mí no tienes que intentar seducirme,
tampoco tienes que sonreírme sin ganas; puedes ahorrar mucho
en verborrea, hipocresía, falsa amabilidad, falsa delicadeza,
falsa ternura, algún poema falso... Es más, si no te
apetece, ni siquiera tienes que ducharte o cepillarte los
dientes antes de meterte en la cama conmigo. Tú pagas, tú
mandas. Ni es necesario que gastes una sola de las mentiras
que tendrías que inventar para acostarte con ella, ni
esforzarte por que un simple polvo de urgencia parezca un acto
de suprema exquisitez, cuando no un certificado de amor efímero.
En cambio, yo sí voy a engañarte perfectamente, voy a
convencerte de que no eres viejo ni me das asco. Y todo por
cien mil. Así que, bien mirado, querido mío, no es tanto
dinero.
Él
sonrió encantado con el nervio de la hembra a la que iba a
someter a sus más retorcidos caprichos, y le dijo afable Eres
una maravillosa hija de puta. Y ella, dibujando también una
sonrisa de acero, respondió No, yo solo soy una maravillosa
puta, mi madre era una mujer maravillosa; el hijo de puta,
cariño, probablemente lo eres tú, le murmuró lasciva. Él
dijo ¿Vas a insultarme o vas a hablarme de tu maravillosa
madre? Y ella dijo De mi maravillosa madre, tú y yo lo tenemos
todo hablado; pero voy a hacer exactamente lo que tú me pidas
que haga, amor mío. Y aún más, susurró, Voy a hacerte un
regalo que deseas con todas tus ganas y no te atreves a
pedirme. Sacó del bolso un preservativo y sin rasgar el
envoltorio lo tiró a la papelera. ¿A pelo?, quiso asegurarse
él, y ella concedió indiferente A pelo. Él reconoció que
un hormigueo insólito le había subido por el pecho hasta
velarle la garganta.
Luego,
durante largos minutos, un reloj aburrido zanganea por la
habitación como un moscardón viejo, remedando sudor
apasionado y lamentos místicos. Cansado de soñar un tictac
confortable, y estragado de tanta burla amarga, agita en su
melancólico revoloteo confuso el aire espeso, húmedo y
caliente del barrizal de delirios donde se empantanan los de
abajo, los dos que yacen cadáveres de la ternura sobre la
cama, en la vertical amenazante de la lujosa araña que
gravita del techo, empeñados en alimentar la hoguera del celo
con un fuelle violento y ridículo que a compás de pelvis, de
muñeca, de nuca, va penetrando hasta abrir una luz de estiércol
en las cloacas del amor cojo. Y al fin hermanados en la
batalla del deliquio postizo, rota en mil cachos una vez más
la vieja película de siempre, él, actor original, enésima
copia de sí mismo, le concede que Eres muy buena en la cama.
Y ella responde complacida Gracias, lo cierto es que empecé
muy joven. Y él, galán barato, le corrige admirativo Eres
muy joven, ¿es que empezaste de niña?, y cree haber hecho
una broma, pero según se mire. Ella le responde que Casi, tenía
doce años. Y él se escandaliza en realidad menos de lo que
finge escandalizarse, y ella le explica con desgarradora
crudeza que Mi papaíto de mi alma me jodió viva cuando
acababa de cumplir doce años, o sea que verdaderamente me
jodió viva, el cuerpo y el alma, mi pobre papaíto. Y los dos
se quedan muy serios de golpe.
Y
ella le dice también que Luego salí huyendo, y me acogió en
su casa una prima lejana de mi propio padre. Y sonríe cruel
consigo misma, y explica mordaz que Ya sabes, en este tipo de
historias melodramáticas siempre aparece una tía salvadora
como mi querida tía, la mujer que me ayudó a crecer y me pagó
la universidad. Y, al tiempo que a su cobijo iba moldeándose
este cuerpo que tanto os encabrita a los hombres, yo iba
moldeando la idea de convertirme en una puta culta y de lujo.
Desde entonces hasta ahora, querido mío, lo he vivido todo,
lo he probado todo; y cuando digo todo, quiero decir mucho más
de lo que puedes imaginar, créeme. Menos una cosa, puntualizó,
una sensación distinta que había olvidado y que acabo de
recordar ahora, contigo. Un leve gesto de sorpresa del hombre
delató que el comentario encendía su orgullo de macho zafio,
pero ella se apresuró a troncharle la euforia diciendo Por más
que me ha obsesionado durante todos estos años, nunca hasta
ahora había vuelto a experimentar nada parecido al asco de
recibir otra vez en mi propia vagina el mismo semen que me
engendró. Y él empalideció como un muerto nuevo.
Después
de un breve silencio ella le preguntó de golpe que si Piensas
mucho en la muerte, pero él se había quedado perplejo y no
supo qué contestar, y balbució un No sé, por decir algo.
Ella insistió ¿Cómo te la imaginas, como el esqueleto de la
guadaña de siempre, la vieja flaca y sarmentosa vestida de
negro...? ¿Has pensado alguna vez que la muerte podría usar
medias de seda, como yo?, dijo mientras con toda naturalidad
se ajustaba las ligas, ¿O incluso ser una puta cara, como yo?
¿Has pensado alguna vez que la muerte podría ser la puta más
cara y más deseable del mundo?
A
sus labios, cerúleos y temblorosos, apenas se asoma un Quién
eres tú acobardado que no es pregunta. Y ella responde grave
que Yo soy la muerte. Él sonríe aturdido, escéptico por
conveniencia, y masculla ¿La muerte? No digas tonterías, y a
él mismo le suenan sus palabras como una plegaria. Fue en
aquel preciso momento cuando ella ensombreció el rostro y
sentenció La tuya sí, papaíto. Y él acató que era el
protagonista final de una vieja historia de odio y venganza,
así que no intentó rogarle misericordia, ni lloró pidiéndole
que le dejara seguir vivo. La gélida tranquilidad de la
mirada de ella le decía que era inútil implorarle. Apenas
tuvo tiempo de suplicarle respeto para la dignidad de su cadáver,
y que permitiera a su actual mujer y a los tres hijos de ambos
no tener que agachar la cabeza cuando le recordaran, y que
nadie supiera nunca que había muerto violentamente a manos de
una puta. El resto de sus tristes súplicas se ahogó entre
las plumas de la almohada y los gorgoteos de la sangre que a
espasmos agónicos bombeaba la carótida, seccionada de un
tajo perfecto.
Lo
encontraron horas después. Su piel amarillenta sobre el rojo
de las sábanas empapadas abigarraba una bandera fúnebre, un
pastel macabro en cuyo centro, como una guinda deforme en
mitad del vientre ya verdoso, exponía atroz el guiñapo de su
pene y sus testículos torpemente cercenados a cuchilladas.
Sobre la frente destacaba el sello de carmín del primer beso
que la puta le dio, el último de su hija.